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Valle de los Caídos

El Risco de la Nava: El Risco de la Nava - Nº 1
Wednesday, 27 October a las 20:34:01

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 1 – 27 de octubre de 1999

SUMARIO

  1. A MANERA DE PRESENTACIÓN
    - Por qué de EL Risco de la Nava.
  2. PROGRESISMO
    - Disquisiciones sobre qué es progresismo.
  3. CONFIDENCIAS
    - Sobre la creación de OJE y elección de emblema.
  4. CALIDAD SOCIAL
    - Análisis sobre el comportamiento de la persona, la sociedad y las instituciones.
  5. ¿SÓLO PASADO?
    - Reflexiones sobre el pasado o presente joseantoniano.
  6. LIBROS
    - Nota sobre libros.


A MANERA DE PRESENTACIÓN

Permítenos llegar a tu buzón de correo-e mediante esta «publicación» de la Hermandad del Valle de los Caídos.

Quizá te preguntes qué es la Hermandad del Valle de los Caídos. La respuesta es sencilla: una asociación de carácter civil que acepta la primacía de los valores espirituales y el sentido cristiano de la vida; que de forma indeclinable se adhiere al ser íntimo de España, factor de su historia y movilizador significante de sus empresas comunes; que está en el convencimiento de que sin libertad no se alcanza vida verdaderamente humana y que ésta se perfecciona con el servicio a la verdad, a la solidaridad, a la hermandad y a la justicia social; que acepta el pasado en su auténtica realidad como base y enseñanza para la convivencia futura de los españoles; que pretende mantener viva la significación del Calle de los Caídos como expresión del dolor de España por todos cuantos murieron por ella, con propósito de superación de las causas de nuestras discordias civiles; y que se acoge a los brazos de la Cruz para el desarrollo de su vida asociativa.

Para cumplir esos propósitos, la Hermandad promueve estudios y actividades, entre las que cabe señalar la convocatoria anual de unas Conversaciones en el Valle en las que se reflexiona sobre un tema concreto desde diferentes enfoques, y la edición de la revista Altar Mayor. Ahora incorpora esta «gaceta» semanal El Risco de la Nava.

Si el título de nuestra publicación emblemática, Altar Mayor, responde al nombre del pico del valle de Cuelgamuros desde el cual se tomó la decisión de que el monumento del Valle fuera construido donde se halla ubicado, el título de El Risco de la Nava responde a su vez al lugar en el que está construido el Monumento.

La aparición, en período experimental, de esta «gaceta», nace con vocación de perdurabilidad y con intención de servir de puente a una próxima página web.

Si te interesa seguir recibiendo El Risco de la Nava, por favor, se tan amable de confirmárnoslo; si quieres mayor información de la Hermandad, indícanoslo también.

Por otro lado, nos gustaría nos dieras a conocer los comentarios que te sugiera nuestra «gaceta».
 

PROGRESISMO
Por Emilio Álvarez Frías

Seguramente muchos de los españoles que nos asomamos cada día a la ventana de la historia que va pasando, de los aconteceres que se suceden de continuo, de los hechos y sucesos que ya son pasado en el mismo momento en que han ocurrido, habremos visto caer la palabra progresismo incesantemente del bosque que forman los políticos de las más variadas especies. Diremos, de paso, que el árbol de cada político normalmente no está integrado por un nutrido follaje, sino que más bien es pobre su boscaje, como si surgiera de un secarral como los Monegros, falto de agua, de elementos nutrientes que den vitalidad y variedad al léxico que utilizan. Dicho de otro modo, su diccionario es parco, y por ende, repiten con reiteración hasta el agobio, o el aburrimiento, las mismas palabras. Palabras que, por otro lado, son clave para su «discurso».

Una de estas palabras es, precisamente, progresismo. Y la insistencia en su uso está muy centrada en la izquierda; cuanto más a la izquierda, más progresismo.

¿Qué es progresismo? Acudamos al diccionario, aunque pensamos no aclarará la preocupación que sentimos, pues el uso que habitualmente se hace de esas palabras no es el mismo que el que se encierra en las doctas páginas; es decir, que en muchas ocasiones se hace un uso indebido, o un abuso, para llevarlas al terreno de quien tras ellas esconde propósitos distintos, cuando no contrarios, a su significado con la idea de que con la confusión se pueda manipular a quienes escuchan o leen lo que se quiere inducir en las mentes que se intenta manipular en beneficio de intenciones dispares a lo que en apariencia se vende.

La Real Academia define al progresista así: «Dícese de la persona, colectividad, etc. con ideas avanzadas, y de la actitud que esto entraña»; y como progresismo: «Ideas y doctrinas progresistas». Para afianzar estas definiciones, vamos al María Moliner, donde seguimos toda la secuencia: progreso: «Marchar hacia adelante. Acción y efecto de crecer o mejorar en cualquier cosa. Se emplea particularmente con referencia al desarrollo cultural de la humanidad o de un país, en general, en una época o en un aspecto determinado»; progresismo: «Actitud de favorecer el progreso. Conjunto de ideas políticas de quienes son partidarios del cambio o evolución rápidos y profundos en las formas de vida colectiva»; progresista: «Partidario del progreso. Partidario del progresismo político».

Con estas definiciones nos acercamos un tanto a la comprensión de la palabras sin subterfugios y argucias, si bien lo de «cambio o evolución rápidos y profundos en las formas de vida colectiva» que incluye el María Moliner tiene una música próxima a otros signos distintos de progresismo y que son los utilizados en los planteamientos marxistas, lo que viene a ser confirmado cuando afirma con rotundidad, respecto a otra palabra: izquierda: «Sector político de ideas más progresistas».

¿Qué es, pues, progresismo? ¿Qué se nos presenta como tal? Los progresistas de hoy consideran que «marchar hacia adelante» es fomentar el aborto, esterilizar a la mujer en grandes masas de la población del llamado tercer mundo; es admitir la interrupción de la vida a voluntad, o fomentarla en las personas que ya no son «útiles» a la sociedad; es defender a ultranza la vida de los animales sin levantar voces de protesta por la privación de la vida a niños no nacidos; es considerar como corriente y normal la lucha sorda que el hombre mantiene para escalar puestos en la sociedad; es aupar los bienes materiales por encima de los espirituales; es patrocinar una educación científica y racional con abandono y casi desprecio de una formación humanista; es dirigir los deseos de los hombres hacia aquello que unos pocos consideran conveniente; es inducir a una libertad próxima o dentro del libertinaje en detrimento de una libertad responsable; es olvidarse de lo justo para ser sustituido por lo legal; es fomentar la ambigüedad de los sexos y ensalzar el «orgullo gay» frente a los dictados de la naturaleza; es justificar, admitir y patrocinar la vulgaridad y la zafiedad en la vida común y en los medios de comunicación; es...

No, eso no es progresismo. La «acción y efecto de crecer y mejorar» es otra cosa. Es la búsqueda de la vida; es el crear los medios para que se produzca de forma natural el amor entre las gentes; es perseguir que el hombre consiga la paz interior y la transmita a los demás; es conseguir desaparezcan las guerras; es ayudar a los demás; es evitar la pobreza, la marginación, el hambre; es alcanzar la justicia; es apostar por una educación firme y generalizada y una formación que permita a la especie humana su desarrollo; es... ¡unas cosas tan sencillas, pero tan importantes!

Que no nos hablen de progresismo quienes le tienen por todo aquello que acerca al hombre a los instintos: al deseo, al sexo sin limitaciones, a la libertad sin control, a la violencia, a la exclusión de valores del espíritu.

¿Podemos admitir como progresista el anuncio televisivo, promovido por el Gobierno, en el que una mamá recuerda a su hija que no salga de casa sin preservativos, y le hace entrega de uno? No, definitivamente no. Eso es la claudicación ante el más puro y vulgar materialismo con absoluto abandono de los valores fundamentales que ha de constituir el primer patrimonio del ser humano.

Posiblemente se nos tache de enemigos del progresismo. En absoluto: nosotros vemos el progreso en aquello que ayuda y sirve al hombre, no en aquello que le degrada, degenera, embrutece y sume en el abismo de la zafiedad.

Pidamos para que el hombre encuentre al hombre; para que la naturaleza sea conservada y disfrutada en toda su belleza; para que el amor sea el norte y guía de la especie humana; para que desaparezcan los odios, las envidias, las ambiciones desmedidas. Pidamos para que las palabras sean utilizadas en su justa acepción y no se empleen de forma engañosa para confundir y manipular a los hombres. Es tarea, según parece, casi vana; pero tenemos esperanza de que la Verdad será asumida en algún tiempo por la Humanidad.
 

CONFIDENCIAS
Por Jesús López-Cancio

RESPUESTA A PREGUNTAS INTERNAUTAS

Enmarcado en su tiempo excepcional, el Frente de Juventudes constituyó un acierto fundacional, tanto como de desarrollo y resultados: una limpia convivencia juvenil de clima montañero y espíritu dispuesto al encumbramiento de la patria común.

Salvo prejuicios, imputadores de un panteísmo inexistente, por parte de algún sector político, confesional o de clase, tuvo siempre un mayoritario crédito y popularidad social, tanto por su mera presencia juvenil, cuanto por la impresión anunciadora de una comunidad unida en paz laboriosa y alegre. El carácter de nueva generación de las Falanges Juveniles, y la experiencia abierta que se ofrecía en campamentos y albergues a escolares y aprendices no comprometidos, ni aspirantes a militancia política alguna, fomentaron esa simpatía.

En aquella doliente casa española, permaneció abierta hacia la aurora una de sus ventanas y por ella entró la luz de la esperanza y la alegría de la canción con el ritmo andariego de la nueva gente. Y se alivió su pesadumbre.

Quince años de trabajo, sacrificio, ilusión y fe de nuestro pueblo, dieron cimiento a la nación para un cambio decisivo de sus estructuras sociales, ya iniciado e irreversible. Al mismo tiempo, el desarrollo universal de la tecnología, reductor de límites y distancias, invitaban a una seria reflexión sobre métodos, procedimientos y objetivos a emplear y servir. La distensión de la normalidad, con sus nuevas apetencias, apoyatura, perspectivas, influencias y dificultades, aconsejaba poner letra nueva en el cancionero del Frente de Juventudes. Permanecer inamovibles hubiese sido, no sólo ineficaz, sino contraproducente

Así lo pensamos mis colaboradores y yo, cuando inesperadamente fui nombrado, en el año l955, Delegado Nacional. El equipo directivo quedó constituido, en su mayor parte, por jóvenes procedentes de las Falanges Juveniles y del SEU, y por veteranos educadores formados en propia Academia, todos queríamos para el Frente de Juventudes la perfección en el cumplimiento de la encomienda del Estado y la inspiración metapolítica del Movimiento, sin implicaciones con su detalle programático y actuaciones contingentes. Emprendimos la tarea con seriedad y entusiasmo, no comprendidos por algunos que nos trataron de flojos e, incluso de desleales, en tanto que otros nos tuvieron por taimados y embaucadores. Dejo a un lado lo relativo a los programas y textos de nuestras enseñanzas de «educación cívica», que ya expuse en otra ocasión, y me limito a satisfacer la curiosidad expresada por un grupo de jóvenes internautas referida a nuestro criterio sobre los movimientos juveniles y, en concreto, la razón de determinadas decisiones referidas a la OJE. Trataré de ser lo máis conciso posible y suficiente, aunque no tengo a la vista el cuestionario.

La Delegación Nacional pasó a llamarse de Juventudes, reservando el de Frente de Juventudes a la denominación del conjunto de asociaciones, movimientos y organizaciones juveniles propias y asociadas. La única propia, después de barajar varios nombres, decidimos llamarla Organización Juvenil Española (OJE), con sedes en la red de Hogares de la Delegación, y en cuya regiduría se daba participación a sendas representaciones de padres; se atenuaba el carácter castrense de su actitud externa, pero sin decaer del espíritu de milicia que debía seguir inspirando su estilo. En el escuadrismo continuaría anticipandose, como entrenamiento moral, la cooperación, solidaridad y mutua ayuda que la sociedad necesitaba para su cohesión, identidad y progreso. Por edades, los afiliados se agrupaban en tres grandes unidades: Flechas, Arqueros y Cadetes. En la consulta general que se hizo a todas las Delegaciones Provinciales, propuso la de Arqueros la de Santander, que fue aceptada; las otras dos -procedentes ya de las primitivas OOJJ- fueron respetadas como convenientes. Para la convivencia activa en los Hogares, fuera de las actividades al aire libre, los afiliados se congregaban en grupos por aficiones -entomólogos, ceramistas, músicos, actores, etc-. La uniformidad sólo era exigible en las marchas, campamentos y en las presentaciones públicas significativas. Prescindimos de la camisa azul -que seguíamos usando los dirigentes en las ocasiones acostumbradas- para evitar equívocos respecto de la finalidad de la OJE, que no era la militancia política, sino la españolidad y convivencia civil. Después de varios descartes, optamos por el color «beige» para la camisa, el gris para el pantalón -corto y largo- y el azul para la boina tipo paracaidista.

Para emblema de la OJE, rescatamos el león rampante del antiguo brazalete y lo blasonamos con una cruz potenzada, con lo que nos pareció conjugar unos elementos heráldicos suficientemente significativos, por campeadores. Propuse, y fue aceptado, el mote de «Vale quien sirve», que pregona el mérito del esfuerzo personal sobre el heredado y humilla el amor propio con su entrega a los demás.

Ha desaparecido de la estructura administrativa del Estado cuanto en ella había de tutela directa de la OJE; pero permanece, independiente ésta, su espíritu inicial. ¿Con más incomprensión y menos medios? No importa, si acepta la dificultad como estímulo y aprecia el valor de estos tres objetivos: servir a la dignidad de la persona humana, sea cual sea su color y situación; a la comunidad que recibimos de la historia, nos modela la antigua convivencia y nos obliga responder a los desafíos que, colectivamente nos depare el futuro; a la naturaleza que nos soporta y debemos cuidar; al Dios que nos hace transcendentes y cubre de esperanza nuestra pobreza.

La perdurabilidad de la OJE, constituye para mí alegre satisfacción que comparto con la honra y gratitud que merecen quienes hoy la guían y protegen. Y quienes la integran voluntariamente comprometidos a cumplir lo expresado en su «Promesa».
 

CALIDAD SOCIAL
Por Enrique Hermana

El grado de calidad ciudadana tiene múltiples facetas, desde el incuantificable nivel de sonrisas en la gente hasta el índice de actividad económica, pasando por tantas otras que es imposible listar aquí. Todo ello, integrado subjetivamente por cada persona, origina la satisfacción social de la misma, su grado de acomodo en la sociedad de la que forma parte.

En conjunto, se podría decir que se trata del resultado de las interacciones entre cada persona y el resto. Algunas de ellas son directamente procuradas. Como tales podríamos determinar las familiares, laborales, amistosas, etc. Pero muchas son involuntarias: las interacciones con los transeúntes en la calle, los vecinos en espectáculos, las imágenes que nos asaltan en nuestro deambular diario, la limpieza o suciedad del ambiente, etc.

Como en la mayor parte de los aspectos de la vida, los impactos de esas interacciones sobre nosotros no son absolutos, sino relativos, en función de otras sensaciones. Así, un papel tirado en la calle no origina tanta repulsa como su reiterada presencia allí. Molesta más la ineficiencia de los barrenderos que el propio papel en el suelo. Y suscita la inquietud al preguntarse cómo actuar para evitarlo, tanto el que alguien tire un papel al suelo como que el servicio correspondiente de limpieza no funcione adecuadamente.

En cada persona coexisten tres esferas de actuación o influencia: el nivel de actuación personal, individual, con sometimiento a criterios propios, personales, de conducta y calidad; el nivel social, referente a cómo nos comportamos colectivamente o cómo actuamos individualmente sobre el ámbito colectivo; y el nivel colectivo, sobre cómo actúan las instituciones que nos representan colectivamente.

Resulta interesante pensar en esos tres aspectos de la realidad española actual. Independientemente de tensiones políticas (si es que es posible hacer tal abstracción), parece que el español se comporta con calidad en su vida profesional y familiar. Pero está permanentemente enfadado respecto al comportamiento social, siempre deficiente respecto a sus expectativas, y considera enemigos, o incapaces, a las instituciones con las que se estructura la sociedad. Además, las considera distantes, inasequibles: como si modificar el comportamiento de esas instituciones fuese una tarea imposible para él. Se trata de un análisis simple, claro está, al que se le puede poner muchas matizaciones, o excepciones, pero útil para discurrir sobre ello.

Respecto a lo primero, satisfactoria calidad de comportamiento personal, hay múltiples pruebas de ello. Tenemos un índice de delitos menor que la media europea (excepto en hurtos), una productividad laboral mayor, mayor longevidad, menores índices de divorcio o descomposición familiar, menor desigualdad social, mayor integración entre generaciones,... Se podría seguir listando diversas facetas que mostrasen que el comportamiento personal español es bastante satisfactorio. El pueblo español mantiene una cultura de responsabilidad personal que continúa dando frutos favorables. Puede objetarse, con razón, que tenemos una moral personal timorata, que nos hace ser la sociedad menos prolífica del mundo, con el menor índice de natalidad. Pero cabe confiar en que sea una actitud pasajera, y que volveremos a una natalidad más coherente con una sociedad vitalista.

Respecto a lo segundo, la calidad social, es más difícil definir una situación de forma sencilla. La primera impresión es bastante negativa: nuestra sociedad no tiene buenos hábitos colectivos, ensucia las calles, se aparca en las aceras y en las zonas prohibidas, el ambiente es excesivamente ruidoso, se destroza los céspedes de los parques,... Y todo ello sin suficiente acción correctora de las autoridades correspondientes. De forma generalizada, vivimos con expresión hosca frente al resto, como se puede comprobar el cualquier transporte público. Se trata de algo en lo que parece haber consenso, y que se manifiesta siempre en tertulias o conversaciones. Nuestro entorno y nosotros nos comportamos correctamente, pero ¡hay cada gente por ahí! La realidad es que una acción de gamberro o descuidado, un simple papel en el suelo, se hace notar más que centenares de conductas cívicas que procuran dejarlo en las papeleras. Pero el resultado social es que nos recrearnos en lamentarnos de lo que consideramos baja calidad del entorno social español, acentuada por una evidente incapacidad de las instituciones para imponer un adecuado comportamiento social (sea por ineficacia, sea por reticencia sentimentalista de cargar contra personas el peso del colectivo). Somos reacios a la satisfacción social, que reservamos a los triunfos deportivos, y propensos a la autoinculpación. Recientemente publicaba Forges en El País un chiste en el que su Blasillo y un amigo se preguntaban ¿Qué cambio crees tú que necesita nuestra Constitución? La respuesta era un escueto nosotros. Con concisión se transmitía el mensaje permanente de la clase dirigente española: con estos mimbres no se puede hacer buenos cestos. Los dirigentes, sean de derechas o izquierdas, insultan a su clientela diciéndole que no da la talla suficiente para el mundo perfecto que ellos serían capaces de diseñar. No les pasa por la cabeza su propia autoinculpación, pero la imbuyen eficazmente en los ciudadanos. Y tiene gran éxito, pues los inculpados admiten que, efectivamente, aunque ellos sean una excepción, su entorno es un desastre. Sólo se salvan los habitantes de las regiones separatistas, que tiene la escapatoria de pensar, imbuidos por la retórica dominante, que su entorno es envidiable, y ellos unos afortunados por vivir allí. Aunque, por supuesto (y eso es una constante de convencimiento del político separatista), tiene que defenderse de la enemiga del resto de las regiones, que les tiene envidia y quieren expoliarles. Sus dirigentes se ocupan constantemente de fomentar ese orgullo social.

Finalmente, las instituciones merecen poco crédito a los españoles: los funcionarios, la Iglesia, los partidos políticos, la Policía y el Ejército... reciben malas calificaciones en las encuestas. La sociedad española no se siente orgullosa de ellos, y las quejas predominan más que los elogios en cualquier conversación en que se les aluda. Constituimos una sociedad dispuesta a alegrarse de cualquier éxito de un español en cualquier ambiente, pero propensa a pensar que el éxito es algo inasequible para los españoles. Una sociedad con escasa fe en sí misma, pese a los múltiples casos -de los que antes se enumeraron algunos- para sentir satisfacción nacional. Muy diferente a las sociedades capaces de afrontar lo que fuese, relativamente frecuentes en nuestra historia.

¿Qué nos separa de aquellas sociedades admirables, distinguibles en diversos momentos señeros de España? Evidentemente, en primer lugar, nuestra actual falta de coherencia entre lo que pensamos, personal y colectivamente, y nuestra actuación. Lo cual es consecuencia de nuestra escasa cohesión social actual. Si ahora no nos atrevemos a pensar en nada con fuerza, es difícil que planteemos con fuerza ninguna posición colectiva. Eso debiera bastar, como esencial, como explicación, pues nadie puede sacar de donde no hay. Lograr cohesión nacional en cultura, creencias e ideas constituye una tarea indispensable para conseguir calidad y felicidad social. Algo que no puede suplir la actual tendencia dominante de colocar a la democracia en la cúspide de los valores nacionales. Se precisa una comunidad de ideas en temas trascendentes. Algo que se está procurando destruir concienzudamente en la España actual.

De forma adicional, aparentemente accidental, pero no desdeñable, cabe recordar que con zafiedad de lenguaje o de expresión -la predominante en tantos guiones de obras artísticas hoy- no puede mantenerse nada fuerte y de valía. Quizás la tarea de recuperación de la felicidad social, la coherencia entre pensamiento y acción, empiece modestamente por exigir una mínima calidad, y una disminución de esa zafiedad, en personajes de obras de teatro, cine y TV. Menos monjas drogadictas y embarazadas como objeto de descripción artística en películas ensalzadas en demasía, por ejemplo.
 

¿SÓLO PASADO?
Por Pablo Ortega

Parecerá absurdo a los nuevos Adanes- ese genial prototipo en el que siempre empieza el mundo- plantearse siquiera la posibilidad de que aquello dado a luz hace más de sesenta años pueda ser visto hoy más que en cuanto historia en conserva, e incluso apolillada, en el mejor de los casos. En el mejor de los casos quiere expresar la palpable y estridente realidad de que ni en cuanto historia- recuérdese la infantil sorpresa de Rosa Chacel, tardía descubridora de los textos de José Antonio, ante el hecho de su sonoro silenciamiento- contempla el hoy en ninguno de sus niveles lo que tan sólo es conocido por muy pocos supervivientes de lo por lo visto nunca sido por decreto para el común de los españoles. O por ciertos extraños ejemplares humanos medianamente bibliófilos y todavía enfermizamente empeñados en saber en serio por qué es su pueblo lo que es; por ejemplo quizá ni siquiera ya pueblo en rigor.

Ya sin embargo, no es tan absurdo. O, si así se dictamina, califíquese al menos en forma análoga el hecho de que siga habiendo filósofos kantianos, hegelianos y hasta socráticos y aristotélicos a vueltas con el ser y esa terrible cosa a la que se llama metafísica. O economistas que aún se nutren en buena medida en Adam Smith o David Ricardo y sus sedisentes leyes universales. O -entiéndase la referencia tal y como debe ser entendida- muchedumbres entregadas a Jesús de Nazareth, tras de tantísimos años y aún siglos transcurridos desde que viera la luz Su Mensaje, o propuesta de Vida con mayúscula.

Y es que siempre habrá, por lo visto, gentes asentadas en la creencia o idea -tanto da aquí- de que hay una manera esencialmente inmutable e inesquivable de ser hombre. Y gentes, hoy predominantes en el escaparate de la llamada vida social -esos nuevos Adanes de hace un momento- para las que se agota la vida de éste, del hombre, en el puro presente, sin ayer ni raíz que valga.

Hay eso, o sea dos aprioris de siempre inconciliables. Ni que decir tiene que no entenderán, los segundos, tarea tan improductiva, para ellos, como lo es la de indagar en la posible vigencia de la doctrina y la manera de ser joseantoniana -demasiado olvidada, esta última, incluso por muchos de sus sedicentes seguidores de plantilla-. Y la entenderán en cambio los primeros, aun desde actitudes cerradamente opuestas a cuanto significó y dejó, si es que algo dejó realmente, José Antonio.

De modo que a ello. En el entendido de que se huirá, en ese irse a ello, de toda actitud sentimentalmente prefigurada. Y muy especialmente de esa habitual y patética actitud -muy noble y respetable por otra parte- consistente en aferrarse desesperadamente al tiempo viejo en cuanto propio, un mucho al estilo de esos crepusculares rusos blancos de las viejas películas entre los alcoholes nostálgicos y las lánguidas melodías de los decadentes cabarets parisinos.

* * *

José Antonio alumbró un diagnóstico, y una propuesta de soluciones, para la España de su tiempo, la que también soportamos y fuimos bastantes no del todo olvidadizos. Un diagnostico/propuesta sobre cuya adecuación a las necesidades terapéuticas de aquella España urgida por los hechos brutales algo menos bisojo y bastante más serio de lo que ahora se lleva habría que decir en rigor. Algo tan por demás contracorriente, por otra parte, como para que no esté demás ponerse la venda antes del cantazo de lo unánime acudiendo a aquel Foción investido en santo patrono laico, y zumbón, de toda antipática disidencia al preguntarse, abrumado por los aplausos de la Asamblea ateniense ante una de sus intervenciones: «¿Acaso he dicho alguna estupidez?». Por no arrimarse, asimismo, a nuestro Ortega y su no menos antipático «Porque las gentes no suelen ponerse de acuerdo si no es en cosas un poco bellacas o un poco tontas».

* * *

Muchas y muy determinantes cosas han ocurrido en el mundo y en España desde los años treinta. Tantas, tan determinantes y tan grávidas de implicaciones no siempre necesariamente confortables que trabajo cuesta no refugiarse en el burladero con sólo ver desde lejos su trapío. Aunque no sea lícito hacerlo, desde luego a sabiendas de que haría falta para una brega medianamente lucida alguien más diestro que quien, quizá sin el debido bagaje, se siente sin embargo ilegitimado para espantadas cobardonas. Sin que quiera ello decir que vaya a arrimarse en serio -esto es, con el oportuno detenimiento- a unas astas reservadas a los grandes maestros, de quedar alguno, fuera de las catacumbas, que se niegue al participar en el amén multitudinario al vociferante lo que se lleva, sea lo que sea lo que se lleve.

De forma que únicamente se va a enumerar aquí -y poco más- eso que ha ocurrido, sin excluir alguna ligera excursión colateral. Aunque algo de avalancha difícilmente evitable tenga esa enumeración si es que se desea realmente formar en fila a los hechos con una cierta pretensión de totalidad. Y aunque asimismo tal vez se escape a lo largo del camino algún indisimulable latido revelador de por dónde transcurren las aguas profundas de quien escribe ante el nuevo espíritu de los tiempos, tómese en este punto el vocablo espíritu en un sentido exclusivamente metafórico de acuerdo con la realidad exclusivamente positivista del actual postmodernismo. Unas aguas -debe quedar eso claro- cuya corriente difiere muy poco de las que manan de muy diversos autores, sobre todo foráneos y no incluibles en el escalafón de los oscurantistas, aún empeñados en pensar un poco y en decir lo que ven y piensan, ni mucho menos jubilosos.

Se va a enumerar con arreglo a una secuencia por la cual ha de partirse necesariamente de las raíces de lo que tenemos hoy los españoles alrededor -con todo lo que ello puede comportar de discutible dictamen teórico- para terminar en eso que tenemos alrededor, ya sin posible discusión, en cuanto vida inmediata y para muchos hiriente.

Fácilmente podrá comprobar quien quiera, en primer lugar, y conozca en serio nuestra reciente historia-después -pese a la caterva de historicidas hoy bullentes sin oposición intelectual efectiva- cómo siguen estando más o menos soterrados en la actual realidad algunos de esos problemas, si no todos, que caracterizaron ese tiempo en el gue surgimos José Antonio y esos nosotros aun en pie. Tal vez con otros ropajes o grados de intensidad vital; sin duda con otro equilibrio, o desequilibrio, de fuerzas, pero los mismos en sus raíces profundas.

* * *

Frente al José Antonio trascendente y el mundo todavía en buena medida enraizado en los viejos valores europeos -Grecia, Roma y el Cristianismo-, lo que va a informar el después en España y en el mundo es lo siguiente, aunque se dirija ese lo siguiente muy especialmente hacia nuestra especifidad españolas tal y como quedará claro en algunos puntos -la Justicia por ejemplo- no fácilmente trasplantables al exterior sin incurrir en ligereza:

- un economicismo erigido en principio y fin de todas las cosas; un economicismo resultante, y a la vez motor, de un hecho en sí perfectamente saludable: el de una España por fin incorporada a un por lo menos mediano pasar, tras de siglos de atraso y, en síntesis, miseria generalizada entre los más;

- en cuanto variable o resorte instrumental, un nuevo capitalismo híbrido a partir de cierto punto -el estrepitoso derrumbe del socialismo real- ya sin oposición o contrapunto efectivos; un nuevo capitalismo internacional en buena medida derivado de unos avances tecnológicos realmente fabulosos y cuya consecuencia última se materializa en um dinero asimismo internacionalizado en su esencia y dependiente de los centros mundiales de poder;

- la abolición por todos los medios, hoy tan poderosos -sobre todo la asfixiaste tecnología de la llamada información-, del viejo yo personal origen de toda nuestra cultura y su sustitución por ese nosotros o yo colectivo y prefigurado por el sistema de poder, tal vez no por el hombre, al que se llama Estado. Por un Estado que hoy ocupa hasta el último resquicio de la vida social;

- en último término, como condición sine que non y a la vez resultante, un nuevo prototipo de hombre también español, aunque no sólo español, exacta y, por tanto, impúdicamente dejado al desnudo por W. Röpke en el antipático párrafo que enseguida sigue de su La crisis social de nuestro tiempo: «...una gran parte de la opinión pública se encuentra hoy todavía sometida al pleno influjo de esa carencia de criterio cansada y enfermiza y de esa estetizante ausencia de todo compromiso, que hasta hace poco dominaran en la ciencia y en la literatura. Este influjo es el que -a más de los síntomas de decadencia de índole sociológica- explica esa deprimente presencia de la burguesía decadente que, así como en sus concepciones histéricas se entrega al culto galante de los falsos grandes hombres de la historia (por ejemplo, Napoleón), también se doblega blandamente ante el poder y el triunfo habiendo perdido la fe en otros valores más elevados que no sean el de la propia seguridad y comodidad, llegando a embrutecerse a fuer de tanta cobardía. Es absurdo negar la existencia de este mundo decadente liberal burgués, y han pasado los tiempos en que al dar la razón al fascismo en la crítica de esta sociedad se exponía uno a caer en el equívoco.

- el abandono, o al menos residenciamiento, de toda interpretación trascendente o no meramente productivista de la historia -el triunfo, en definitiva, del marxismo en sus raíces, aunque escandalice la afirmación-, en alguna y muy determinante medida como consecuencia de los dos siguientes factores, evidentemente hermanos de sangre:

a) la avasalladora ocupación del territorio por un antropocentrismo excluyente de todo lo que no provenga directamente del hombre sin más referencias, sea lo que sea (véase a lo que hoy se aplica el antes respetable nombre de cultura). E, inevitablemente desde tal principio, la radical derogación de cualquier idea de mal, con o sin mayúsculas. No existe, pues, lo antisocial, o lo inaceptable porque sí. No existe el cáncer.

b) la confusión reinante en el aún subsistente pueblo de Dios como consecuencia de una apresurada acomodación de la Iglesia, y muy específicamente de la española, a los nuevos signos de los tiempos, según manifiesta sin ambajes el Cardenal Ratzinger cuando afirma en 1988: «Todo esto lleva a muchas personas a preguntarse si la Iglesia es hoy, todavía, la misma de ayer, o si no será que se la han cambiado sin avisarles».

-en consecuencia, esa radical ausencia de toda norma que caracteriza, hueras fraseologías aparte, al presente español y que muy hien pudiera ejemplificarse en los casos de una Justicia convertida urbi et orbi en irrisión, y el de esa mentalidad asentada en un nuevo humanismo difuso, cursilón, y por el cual tiene en España plena vigencia esta no lejana sentencia de un pensador europeo ni mucho menos retrógrado: «Entre el asesino y la víctima, la culpa es siempre de la víctima». Tan así es que lo que predomina hoy a tambor batiente, en España, es, por un lado, un clima de resignado miedo ante lo que, por lo visto, no tiene más remedio que ser en cuanto hermano gemelo de la libertad recobrada -de una muy determinada y tullida acepción de la libertad-; y, por otro, la chulesca prepotencia, nunca vista, de una delincuencia de toda laya muy comprensiblemente crecida con sus nuevos y sacrosantos derechos. Recuérdese que no exista ya el mal.

Con el resultada ya palpable y adhesivo, todo ello, de una destrucción, en la práctica, de esa urdimbre social previa a todo lo demás, economía incluida, y sin la cual se convierten los pueblos en penosas caricaturas de sí mismos;

- en una forma inmediata y necesariamente derivada de lo anterior -la urdimbre social destruida-, la floración ya epidémica, por generalizada, de unas conductas antes delictivas en todos los órdenes y capaces de dejar convertidas nuestras viejas vergüenzas -estraperlo y asunto Nombela, por ejemplo y en cuanto peripecias históricamente próximas- en minucias carentes de toda importancia. Y, paralelamente en cuanto surgida de la misma raíz, la asfixiante entronización masiva de una zafiedad en las formas de relación social propiciada desde todos los medios de adoctrinamiento del sistema. De una zafiedad, creciente en una forma además exponencial, que nos hace a algunos -por lo visto no muchos- recordar las siguientes palabras de José Antonio en su brindis en el banquete homnaje a Eugenio Montes de 24, febrero, 1935: «No faltan consejeros oficiales que nos digan, Dios sabe con qué intención: "Hay que hablar al pueblo de una manera tosca para que lo entienda". Eso es una injuria para el pueblo y para nosotros [...] ¿Quién ha dicho que nuestro pueblo sólo entiende lo zafio? En el teatro de Calderón está toda la Teología y toda la Metafísica contenidas en la forma más disciplinada, y sin embargo fue bien popular».

Subsiguientemente, o, por mejor decir, en cuanto también causa y, a la par, consecuencia de tanta raíz enferma, la sustitución obligatoria de toda ejemplaridad, en cualquier terreno, por una nivelación descendente al nivel de lo más ruin cuya manifestación permanente está hoy en el orden del día desde que sale el sol hasta el ocaso y aun después;

- la exacerbación, hasta unos límites corrosivos, por patológicos, de toda posibilidad real de vida en común, de esos particularismos centrífugos en los que viera Ortega -y siguen viendo bastantes- uno de los ingredientes constitutivos del viejo España como problema; de unos particularismos cuyo nutritivo caldo de cultivo se encuentra en una acepción real del Estado va ya para muchos años dictaminada por F. Bastiat al escribir que «El Estado es la gran ficción por la cual todo el mundo se esfuerza en vivir a expensas de todo el mundo»;

- vergüenza apresuradamente inoculada por nuestra historia y, por tanto, por aquello que la hizo posible: nuestra unidad.

Entiéndase bien: no superación de nuestra historia en aras de un posible y atractivo fin ecuménico, sino puro y simple bochorno por haberla hecho. Algo -añádase enseguida- en lo que ningún otro país europeo nos acompaña, pese a todo. Es decir, pese a que también ellos persiguen ese posible objetivo ecuménico sin dejación de su yo nacional. Resulta así, en suma, que si fue España uno de los primeros proyectos y realidad nación, es hoy asimismo la primera empeñada -así lo parece- en dejar de serlo, por cierto con ese mimético apresuramiento aldeano ya identificado hace bastantes años por don Claudio Sánchez Albornoz;

- y nuevamente, aunque desde un plano ya distinto, por otra parte mucho menos accesorio de lo que pueda pensarse, absoluta petrificación, por un lado, de una economía radicalmente capitalista en su esencia, ciertamente avanzada pero caracterizada por el paro agobiante sobre todo de una juventud desesperanzada y, consiguientemente, degradada; y, por otro, marginación efectiva de amplias masas humanas ni mucho menos partícipes en el lujo de los demás.

No es inoportuno señalar aquí el hecho de la interpretación, por muchos, de la Centessimus Annus -1991- como una especie de tardío espaldarazo romano al capitalismo, por el simple hecho -ciertamente nuevo- de la ausencia en ella de esa condena simétrica de ambos sistemas -marxismo y capitalismo- hasta ella presente en las Encíclicas Papales. Aunque deba señalarse enseguida que no por ello deja de palpitar la Doctrina de la Iglesia de su vieja desiderata de una tercera vía, ciertamente indefinida pero no necesariamente imposible;

- paralelamente, también absoluta fosilización de unos viejos sistemas supuestamente representativos cuya encarnación monopolizan unos partidos políticos cada vez más empeñados en dar la razón a esos poderosos cerebros del ayer y del hoy para los cuales tan sólo han sido los partidos políticos hasta ahora conocidos unas endogámicas y cerradas estructuras de poder no necesariamente entrevadas al bien común.

Con ello basta, y hasta es posible que sobre para muchos. Podría haberse desmenuzado mucho más, en realidades a pie de obra, el a modo de dictamen del hoy, sobre todo español, en el que no ha habido más remedio que embarcarse desde la Lógica determinante de los tiempos. Podría haberse hecho, mas con ello puede bastar a la espera de algún diagnóstico más operativo, por también más lúcido y sistematizado. Aunque convenga advertir de algo que con seguridad se negarán a aceptar los de siempre. Esto: coinciden nuclearmente en ese dictamen mentes de muy dispar y distante procedencia o filiación ideológica, aunque, naturalmente, puedan diferir y difieran en las soluciones. Algunas muestras de ello van por delante, y muchas más podrían ir si fuese preciso ampliar la lista de los nombres sobresalientes radicalmente insatisfechos -e incluso aterrados- ante el hoy.

* * *

Así están las cosas de acuerdo con la propia interpretación. Unas cosas cuya sedimentación permite ver en ellas, sin violentar el razonamiento, diversos planos conflictivos, a insatisfactorios -profunda y peligrosamente insatisfactorios-, en el orden de la vida ya inmediata en la que hoy somos, o, más exactamente, se nos hace ser. Quizá piensen algunos que no existe esa insatisfacción, que se corresponde el diagnóstico a una mentalidad en buena medida fósil por enraizada en unos viejos principios y formas de ser hombre hoy innecesarios. Quizá tengan razón, o, mucho más probablemente, no la tengan, si es que tiene alguna razón de ser a lo que anuncian con unas ciertas tonalidades funerales algunos, bastantes cerebros, aún empeñados en pensar en serio más allá de la algarabía en que consiste el sistema.

Tal vez nos hayamos desviado demasiado, con la anterior excursión exploradora, de un camino tan sólo encauzado a identificar -de ser ese el caso- las posibles vigencias actuales del viejo proyecto joseantoniano. Y, sin embargo, no había más remedio que situar, a riesgo de lo que fuera, ante nuestras propias narices españolas, el espejo en que podamos ver lo que en realidad somos, aunque no se nos deje ver o no queramos, o ni siquiera podamos ya verlo.

Es al lector a quien corresponde ahora decretar por sí mismo la existencia, o no, de esas vigencias. ¿Acaso sólo esa manera de ser ante todo lo turbio e injusto que ejerció José Antonio hasta el final? ¿Tal vez alguna otra actitud frente a unas nuevas formas de capitalismo tampoco tan distintas de las de otros tiempos, aunque -eso sí- sea muy otra para la mayoría, ni nucho menos para todos, la realidad económica del presente?

Eso véalo él. Además del tiempo por venir, siempre, como se sabe, tozudamente empeñado en resucitar algunas cosas por lo visto permanentes.
 

LIBROS Y REVISTAS

ARTE Y GUERRA CIVIL (Editorial GEC)
Luis Monreal y Tejada

Un interesante libro de memorias tardías; esquema de las que el propio autor declara que ya nunca escribirá, pues, a los 87 años, se declara ya sin fuerza para ello. Se trata de los recuerdos del autor de tiempos de la Guerra, desde que, como alférez de ingenieros en Zaragoza, se encuentra incorporado al servicio de recuperación de Obras de arte en las zonas que se iba liberando a medida que avanzaba la guerra, hasta pocos años después del final de la misma. En los años de la posguerra como Comisario del Patrimonio artístico Nacional en la zona de Levante.

Sus recuerdos tienen lagunas en lo referente a algunos nombres de protagonistas de los mismos, pero son extremadamente valiosos como testimonio de una época y un espíritu ilusionado. Ilusión de la que el autor da aún testimonio a su avanzada edad, protestando por la tergiversación actual de los hechos de entonces.

Entre las muchas facetas interesantes del libro, el autor recuerda que en zona nacional nadie se preocupaba de proteger las obras de arte, pues se daba por descontado que no corrían peligro, ni por vandalismo ni por acción bélica. Este segundo aspecto era propugnado incluso por las autoridades, que consideraban espíritu derrotista retirar de primera línea obras de arte, lo que condujo a alguna pérdida lamentable en Belchite, por ejemplo. En zona nacional no se dio la imagen similar a la de la Cibeles protegida con sacos terreros.

El servicio de recuperación que avanzaba tras las tropas se ocupaba de proteger lo que encontraba, restaurar en lo posible lo destrozado, buscar lo desaparecido y restituir lo encontrado a sus orígenes. Ese servicio estableció con frecuencia buenas relaciones con las personas y comités que en zona republicana habían procurado proteger (en muchos casos, con heroísmo) el patrimonio artístico del vandalismo imperante. Destaca la peripecia del ocultamiento y recuperación del Santo Grial, en Valencia

Se describe numerosos episodios de este esfuerzo, y se expone algunos ejemplos de ese increíble vandalismo, que avergonzaría a muchos de los defensores actuales de aquel lado. Junto a ello, no se escatima los elogios a esos protectores, autoimplicados o nombrados, que, en buena parte de los casos, eran confirmados en su tarea por los recién llegados.

El libro se completa, aparte de opiniones diversas del autor, con testimonio de su participación en la repatriación de las obras de arte de El Prado, guardadas en La Sociedad de Naciones, y las conseguidas de Petain (La Inmaculada de Murillo robada por Soult y la Dama de Elche, principalmente). Un episodio poco aireado que, sabiamente, fue planteado como intercambio comercial por otras obras de arte de menor importancia, para evitar posibles retractaciones futuras, cuando la situación política de Francia no fuese tan precaria como la de aquel año 1941. Otro episodio curioso es el «poblamiento» del Monasterio de Poblet, aún no restaurado, por cuatro monjes del Cister traídos de Italia en 1942.

Un libro de historia. Excepcionalmente valioso por ser testimonio del protagonista en primera persona. E inusual en estos tiempos de visión unilateral de aquellos años. Y contrario a esa visión unilateral actual, por lo que no suscitará muchos comentarios en medios de comunicación.

E. Hermana
 

AVERROES (Alianza Editorial)
Dominique Urvoy

El 10 de Diciembre de 1198 fallece en Marrakech Abû l-Walid Ibn Rusd, universalmente conocido como Averroes. Tres meses después del óbito su cadáver es trasladado a Córdoba, su patria, a la que amaba. Cumplidos en 1998 los ochocientos años de su muerte, la España oficial -salvo algunas tímidas celebraciones en su ciudad natal, Córdoba- lo ignoró, prolongándose así, a través de los siglos, se podría pensar, la incomprensión y hasta la intolerancia religiosa que sufriera en vida aquél que, como otros filósofos, intentara conciliar la razón con la verdad revelada. Perteneciente a una distinguida familia de ulemas y juristas, este genial comentarista de Aristóteles ejerció durante siglos una influencia fundamental para la cultura occidental a partir del momento que surge en la parisina Sorbona el movimiento filosófico conocido como «averroismo latino», que fuera combatido por Tomás de Aquino.

En España son escasas, y de muy limitada difusión, las obras dedicadas a su estudio (sólo recordamos la importante aportación biográfica de Miguel Cruz Hernández), por lo que es muy de agradecer la aparición del libro de Dominique Urvoy (publicado, además, por una importante editorial) que es, en realidad, una biografía intelectual alejada de toda tentación anecdótica. A través de estas páginas es posible seguir, al menos como aproximación, la aventura filosófica de Averroes y su compleja personalidad. Averroes fue también juez y médico y su curiosidad alcanzó a la ciencia, y de todo ello dejaría constancia escrita. De la vida plena de este hombre tolerante y amable, testigo del esplendor y el ocaso de los almohades en Al Andalus, nos informa con rigor Dominique Urboy.

J. Briz
 

NACIÓN, PATRIA, ESTADO (Unión Editorial)
Luis Suárez Fernández

En este volumen el profesor Suárez recoge, una vez retocados, los trabajos que han ido apareciendo en Altar Mayor entre los números 54 y 61.

Recordarán nuestros lectores los sugestivos títulos de los diferentes capítulos: El hombre, ser que sucede en el tiempo; Al final de la Utopía; Autoridad y Potestad; Moralidad y Ley; Nación y Patria; Estado o Polis; Grandeza y miseria de la modernidad; y La herencia inmediata.

No vamos a comentar la importancia de lo que estas páginas contienen, pues son conocidas por todos nuestros lectores. Sí decirles que si quieren tener recogidos todos estos trabajos del profesor Suárez en un solo volumen, es la oportunidad.

E. Álvarez


 
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