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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava - Nº 399
Lunes, 10 marzo a las 10:14:58

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 399 –  29 de enero de 2008

SUMARIO



     

    EL HOMBRE PROGRESISTA
    Antonio de Oarso

     

    El hombre que más está haciendo por la progresía en el mundo es precisamente el hombre más rico de la Tierra: Bill Gates. Nadie ha favorecido tanto como él los ideales progresistas. Su última aportación ha sido la adquisición del grupo PlanetOut, que se dedica a la pornografía homosexual (según el periódico inglés The Independent, «pornografía dura»). Los progres tienen que estar de enhorabuena, pues se trata de homosexualismo y pornografía, la unión de dos actividades por las que tanta inclinación sienten. Se da por seguro que con la dirección de Gates el grupo adquirirá un dinamismo y extensión extraordinarios. ¡Y todavía habrá algún inocentón que piense que el dinero está en la derecha!

    Al grupo PlanetOut pertenece la revista pornográfica Out, la web Gay.com, un instrumento para organizar citas y encuentros entre pervertidos y la empresa RSVP Cruises, de turismo sexual para invertidos, entre los que se encuentran los cruceros trasatlánticos de homosexuales, como el famoso crucero Atlantic integrado exclusivamente por turistas invertidos de Europa, Estados Unidos y Australia que atracó en Buenos aires en Febrero de 2006. Fue todo un festejo glorioso y ruidoso. «Se divertian como enanos», comentó un porteño. Como enanos homosexuales, se entiende.

    Al aborto ha destinado enormes inversiones Bill Gates, a través de su Fundación Bill y Melinda Gates. Otro multimillonario de izquierdas, Warren Buffet, aportó a los fondos de esta Fundación 31 mil millones de dólares. En ese momento se hizo público que los fondos se destinarían a control de la población, producción masiva de la píldora abortiva RU-486, la financiación de la IPPF («International Planned Parenthood Federation», la poderosa compañía que promueve el aborto por todo el mundo) y la financiación de «Católicas para el Derecho a Decidir», grupo disidente de la Iglesia católica.

    Resulta algún tanto irónico que la Fundación Bill y Melinda Gates recibiera el Premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional. Digo esto porque el premio se lo entregó el propio Príncipe de Asturias, un hombre a quien los progres tratan de vago de solemnidad. Alguien podría pensar que debería haber sido fiel a esta condición atribuida, negando a moverse de su palacio para entregar el premio, pudiendo, como podía, seguir tumbado en la cama.

    Gates financia además a la Sociedad Humanista de Estados Unidos. Se trata de una antigua institución que nació con el objetivo de erradicar el cristianismo y destruir concretamente a la Iglesia católica, buscando imponer una creencia universal contraria al orden natural y aboliendo las religiones monoteístas. Y es que piensan, como muchos, que el orden natural es pura invención de estas religiones. Un grave y perverso error.

    En 1999, y refiriéndose a nuevos donativos que iba a hacer, Gates declaró expresamente que irían destinados al control demográfico y el reconocimiento del aborto como derecho de la mujer. Las donaciones se encauzaron a través de la William H. Gates Foundation.

    William H. Gates, abuelo de Bill Gates, fue miembro de la Sociedad Humanista y participó activamente en el movimiento eugenésico de los años veinte, que se dio en Estados Unidos e Inglaterra, antes de quedar desacreditado por las prácticas de Adolfo Hitler, que llevó la eugenesia hasta sus últimas consecuencias unos lustros más tarde. En aquella época anterior, las sociedades eugenésicas de Estados Unidos e Inglaterra procuraban la esterilización de personas manchadas por su origen o de poco valor cívico (enfermos, latinos, negros, indígenas, católicos). Contaban con el apoyo del Poder Ejecutivo y de la Corte Suprema. Para cuando estas prácticas fueron prohibidas en 1945 se había esterilizado a 45 mil enfermos mentales.

    De casta le viene al galgo, y es comprensible que con esta familia Bill Gates haya dado a su dinero el destino citado, pudiendo ser calificado por sus inclinaciones y por su enorme potencial económico de «rey de la progresía».

    Y vemos una y otra vez cómo este progresismo desviado, en su afán antirreligioso, fatalmente se enfrenta con el orden natural, que piensa que es invención de la religión. Pero no podemos burlarnos de la Naturaleza sin pagar un precio. La Naturaleza no perdona nunca. Así, la homosexualidad, por mucho que nos cueste admitirlo, nos hace pagar con el precio del sida. Sí, porque fueron los homosexuales los que trajeron esta enfermedad a Occidente. Es lo que tenemos que agradecer a este colectivo. El aborto, aparte de las consecuencias para las mujeres que lo llevan a cabo, reduce nuestra población, y somos poco a poco invadidos por razas extrañas. Y así sucesivamente.

    Por tanto, iremos pagando el precio de nuestras desviaciones y degeneraciones, mientras los presuntos progresistas se resarcen no se sabe de qué, burlándose del Papa, de la Iglesia, de Cristo, y dedicándose a las blasfemias más absurdas y soeces. La naturaleza práctica de estas actitudes es perfectamente inútil, pero ellos se sienten rebeldes y audaces. ¡Qué absurdo! Su audacia y rebeldía son nulas porque el ambiente general les resulta favorable. Entonces ¿contra qué se rebelan? No sabrían contestar. Es una rebeldía inoperante contra una opresión inexistente. Se les podría llamar los «rebeldes de la nada». En cuanto a su lucha contra la Iglesia no se puede decir que sea titánica. En efecto tiene muy poco de heroica, pues se trata de una institución en plena ruina, donde los primeros rebeldes son los mismos curas. Que no esperen por parte de estos una oposición firme al aborto, al homosexualismo, etc. En realidad, ya saben que no la van a tener. Por eso, sus pretensiones de rebeldía y lucha son pura comedia. No. Gates y compañía tienen el terreno muy desbrozado.


    BLAS INFANTE Y EL CAFÉ PARA TODOS
    Antonio de Oarso


     Transcurrido un tiempo del escandalito producido por las descalificaciones de Alejo Vidal-Quadras a Blas Infante realizadas en una tertulia radiofónica (posteriormente rectificadas), y calmadas ya aquellas aguas que por tierras andaluzas fueron utilizadas en el intento de convertir al político catalán en enemigo del pueblo andaluz, recupero el episodio para realizar alguna consideración. Porque lo que subyace en este tema, cerrado un tanto en falso, afecta al ejercicio de un derecho tan fundamental como es la libertad de opinión y expresión que, si bien parece absoluta cuando se ejercita frente a unos, resulta cada vez más restringida cuando se refiere a otros. En esta España tan plural y tan diversa salirse de la fila no resulta gratuito.

    Aunque considero a Vidal-Quadras una de las mejores y más sensatas cabezas del PP (quizás por eso Aznar se la entregó en bandeja de plata a Pujol nada más ganar las elecciones del 96) no encuentro acertado ni caballeroso calificar de cretino integral a quien fue fusilado únicamente por sus ideas, aunque peor dialéctica practiquen a diario sobre los fusilados por el bando republicano quienes más se rasgaron las vestiduras con las palabras de don Alejo (y no me refiero precisamente a los andalucistas).

    Pero dicho lo anterior, Blas Infante, como político que fue, candidato por diferentes listas electorales, protagonista de acciones y planteamientos un tanto erráticos, puede ser objeto de opiniones críticas como cualquier otro. Sólo desde la ignorancia sobre el personaje cabe eludir que bastantes de sus aspiraciones (como la pretensión de restaurar una falsa e idílica Al-Andalus en Andalucía) son hoy tan ajenas a la mayoría de andaluces, como lo fueron cuando las proclamó.

    Sucede que, cuando nos llegó aquello del «café para todos» y el peligroso experimento constitucionalizado de transformar las, hasta entonces, regiones españolas en Autonomías con vocación de nacionalidades, los políticos andaluces del consenso echaron mano de Infante como máximo referente del nacionalismo andaluz; quizás, porque no había otro. Pero tal elección se hizo a fuerza de silenciar los planteamientos más conflictivos del personaje, enfatizando únicamente los elementos de su discurso que fueran asumibles, más o menos, por la mayoría. De ahí que las ideas políticas de Blas Infante sigan siendo tan desconocidas para la inmensa mayoría de andaluces como lo fueron en su tiempo, y que la enseñanza escolar sobre el personaje se limite a unos cuantos tópicos y a explicarles a los críos la bandera blanca y verde, el himno, el escudo y el relato de su desgraciado fusilamiento. Porque Blas Infante, para ser elevado a la categoría de «padre de la patria andaluza», ha sido sometido a una notable mutilación ideológica.

    El hecho de que tal paternidad se haya otorgado vía Estatuto de Andalucía (cuya sustancial reforma ha sido aprobada por el 87,32% de sólo el 36% de los andaluces convocados a las urnas) en absoluto le otorga inmunidad de crítica sobre su vida y obra, como han pretendido argumentarnos mediante la falaz interpretación extensiva de que quien descalifica a Infante, descalifica a todos los andaluces. Con esa misma argumentación, cualquier día nuestro inefable Manuel Chaves se concede vía decreto su intangibilidad a la crítica nombrándose abuelete de la patria andaluza; su presidencia perpetua de la Junta de Andalucía le otorga méritos suficientes para ello.

    Lo deseable y necesario es que las críticas se hagan con respeto, pero el respeto, como aquel café del invento autonómico que tan caro nos está resultando, también debería exigirse para todos aquellos que, como Blas Infante, murieron fusilados por sus ideas y que hoy todavía siguen siendo objeto de las más hirientes injurias.

     

    UNA CRÍTICA DEL ANARQUISMO AL MARXISMO
    Alberto Buela

    Cada vez que escucho «humanidad» sé que quieren engañar, es la lapidaria sentencia de Proudhon (1809-1865), el padre del anarquismo moderno. Y esta sentencia marca uno de los rasgos más profundos de esta corriente filosófico política que tuvo su mayor desarrollo en la segunda mitad del siglo XIX y primeros años del siglo XX, el de ser una aristocracia popular.

    El espíritu anarquista está dado por el rescate de la persona, «el único» para Max Stirner (1806-1856), su máximo filósofo, ante el capitalismo y su socialización masificante cada vez más profunda. El desarrollo del capitalismo produce una vulgarización del hombre que lo arranca de sus raíces y cultura popular. Este extrañamiento se explica porque la cultura histórica de la comunidad precede a la económica de la sociedad, pues la cultura popular conserva un patrimonio y un arte de vivir anterior a la sociedad económica cuyo corazón es el negocio (nec=sin; otium=ocio).

    Es que la cultura popular para el anarquismo se opone a la cultura proletaria, expresada ésta en la ecuación proletario=trabajador asalariado.

    Y entramos aquí en el meollo de la crítica del anarquismo al marxismo, que radica en la incomprensión de éste último del carácter contradictorio del concepto mismo de proletariado.

    Para Marx los proletarios no existen solos o aislados sino en tanto miembros de su clase social y esta clase es juzgada como revolucionaria. Así, los proletarios son el motor de la historia, que viviendo en una sociedad burguesa se transforman en una «Clase de disolución de clases que se debe abolir a sí misma para la liberación de la humanidad». Posteriormente, al darse cuenta que esto era un imposible, propone la toma del poder y la dictadura del proletariado para luego liberar a la humanidad por el comunismo.

    El anarquismo no va en su crítica contra las recetas político sociales de Marx, siempre cambiantes, sino que va dirigida a la incapacidad de Marx de contemplar y comprender al verdadero proletario. Y esta es la crítica de Max Stirner en su libro El único y su propiedad.

    El proletariado para el anarquismo produce de suyo el «desclasamiento» voluntario de sus miembros. El hecho escandaloso para el marxismo, pero al mismo tiempo el más evidente que nos muestra la realidad, es que el proletario busca salir de su «clase» para acceder a la clase media y lo más común es ver cómo los proletarios se comportan como individuos singulares bajo el lema de nuestros mayores: «yo me llamo Juan Palomo, yo me lo gano y yo me lo como». Es la expresión máxima del anarquismo individualista. Así puede afirmar Max Stirner: «Mi causa no es divina ni humana, no es ni lo verdadero ni lo bueno ni lo justo ni lo libre: es lo mío. No es general sino única, como soy yo único. Nada está para mí, por encima de mí»

    El carácter contradictorio del proletariado es aquello que el anarquismo pone de manifiesto y viene a representar. Porque para él, el proletariado es libre de entrar o no en la relaciones de producción y en las relaciones de consumo. El proletario es en palabras de Nietzsche: «l´uomo libero e un combattente. Da che si misura la libertá, negli individui come nei popoli?».

    La segunda crítica furibunda del anarquismo al marxismo está dada por la cita de Proudhon que encabeza este artículo y es a su humanismo, categoría que el marxismo, en tanto pensamiento de la modernidad, toma prestada al liberalismo y así, el anarquismo, criticando la concepción liberal, terminará invalidando la proposición básica del marxismo de «liberar a la humanidad por el comunismo».

    Al respecto se pregunta Stirner a quién tiene de semejante el liberal. Al hombre. El liberal te llamará tu hermano. Ve en ti la especie, no a Pablo o a Pedro sino al hombre, no al individuo de carne y hueso sino al espíritu. La humanidad no tiene manos ni pies, había dicho años antes el danés Soren Kierkegaard.

    Y termina afirmando en forma tajante: «Feuerbach (y con él, el marxismo) cree haber descubierto la verdad cuando humaniza lo divino. Pero si el Dios nos ha hecho sufrir cruelmente, “la humanidad” está en situación de martirizarnos más cruelmente aún».

    El anarquismo funda su crítica al humanismo en la vaciedad o «universalidad abstracta» de dicho concepto y de él va a derivar toda una serie de críticas al democratismo, o sea, a la extensión de la democracia a todos los ámbitos, a la muchedumbre, caracterizada como muchas cabezas y ningún cerebro, a los partidos políticos, porque el partido es contradictorio a la imparcialidad y esta última es la manifestación del egoísmo del único, del individuo». Al pueblo, pues «Desde la Revolución Francesa se procura hacer la felicidad del pueblo, y para hacer al pueblo grande y feliz, etc. se nos hace desgraciados. La felicidad del pueblo es mi desgracia».

    En definitiva, al comunismo pues «los comunistas siendo enemigos del egoísmo son cristianos subordinados y avasallados a una generalidad, a una abstracción cualquiera (Dios, la Sociedad, etc.)».

    El anarquismo con la defensa raigal de la autonomía del individuo y su organización social directa se opone a toda subordinación o sumisión y está a favor de la abolición de cualquier tipo de dominación. Así la anarquía (an=sin y arjé=poder o jefatura). Sin necesidad de jefe ni autoridad, busca el ejercicio del poder y la autonomía de cada individuo y sus organizaciones mutuas, voluntarias e igualitarias en democracia directa sin representantes por acclamatio.

    Se destacaron históricamente cuatro corrientes: el mutualismo de Proudhon, el individualismo radical de Stirner, el colectivismo de Bakunin, el comunismo libertario de Kropotkin.

    Así el mutualismo no es otra cosa que la auto organización, el único es aquel que puede romper con las relaciones de producción y de consumo, el colectivismo se funda en la libre constitución de federaciones agrícolas e industriales, y el comunismo libertario con la abolición de toda forma de gobierno a favor de una sociedad cooperativa.

    El hilo conductor de toda la meditación ácrata es el rescate de la persona de carne y hueso por sobre «el hombre» y el pacto libre por sobre la imposición gubernamental. Así al rescatar de las garras de la modernidad ilustrada al hombre como un ser único, singular e irrepetible y su ejercicio de las libertades concretas, está, probablemente sin saberlo, instalándose en un pensamiento postmoderno de carácter fuerte y no débole como el que nos tienen hoy acostumbrados los mass media.

     
    EL DESAFÍO DEL TERRORISMO ISLÁMICO
    ¿Han sido adecuadas las respuestas?
    Gustavo Morales.
      Minuto Digital

     
    Las comunidades islámicas se instalan en países europeos que les brindan los derechos políticos, económicos y sociales de los que carecen en sus países de origen. Ahí comienza una acción que les llevará de su presencia como invitados ajenos a otro nivel donde reivindicarán la total hegemonía, sin espacio para otras religiones. Cuando los musulmanes poseen una parte importante de la población o reivindicaciones históricas, como es el caso de Andalucía, pasan de considerar el territorio donde están de dar el ahd, tierra de kafar, infieles, donde no pueden reclamar la aplicación de la Shariá o ley islámica, a dar al hard, territorio por conquistar donde los mahometanos pueden llevar a cabo la yihad, la guerra santa, hasta conseguir dar el Islam, territorio del Califato donde sí se aplica únicamente la jurisprudencia coránica. Las comunidades pasan de llevar una vida cerrada, de espaldas a la sociedad, a intervenir en la vida pública. Esto ya ha ocurrido en Francia.

    Pero ni siquiera dar el ahd es un seguro para los occidentales. Los centros de edición y distribución de la prensa radical, ya sea de los islamistas armados argelinos como los paquistaníes, se centran en Londres, París y Berlín donde aprovechan las libertades de expresión y publicación que niegan donde ellos reinan. Es necesario recordar, como dice Gustavo Bueno, que la Filosofía y el Derecho sólo se desarrollaron en territorio cristiano, en las zonas sometidas al Islam sólo existe la teología de la media luna.

    Las autoridades europeas cometen un error básico: prefieren tratar con los ulemas o líderes de estas comunidades a tratar con los musulmanes como individuos, un ciudadano más. Refuerzan el liderazgo musulmán y dan carta de naturaleza a las comunidades de esa religión totalitaria, permitiéndoles menoscabar los derechos de sus mujeres y aplicar en sus áreas la normativa coránica. Esto se evidenció en las protestas de padres mahometanos contra la presencia de crucifijos en colegios. De hecho, el edicto de Jomeini contra Salman Rushdie, los furibundos ataques contra las naciones cuya prensa caricaturizó a Mahoma o las violentas protestas contra el Papa cuando disertó en la Universidad alemana son muestras de que no renuncian a intervenir directamente en áreas ajenas a su fe.

    Los defensores de la guerra santa contra el Cristianismo, los yihadistas, carecen de un Estado, están repartidos por medio centenar de naciones y diluidos entre casi mil millones de musulmanes. La poderosa maquinaria de guerra occidental no puede dañarles porque carece de una cabeza a la que golpear.

    Donde sí se ha producido una intervención militar, en las naciones iraquí y afgana, la rápida victoria de los ejércitos occidentales se ensombreció con la ocupación. Los combatientes que iniciaron su singladura en 1980 luchando contra el ateismo soviético en Afganistán, agrediendo a India en Cachemira o bañando Argelia en sangre, se han concentrado de nuevo en aquellos dos países. En Irak el caso es más sangrante porque el baasismo laico de Saddam Hussein, destruido por el presidente Bush, fue durante mucho tiempo un muro de contención contra el islamismo. Baste citar la guerra de ocho años que mantuvo Bagdad para derrocar, sin éxito, la teocracia persa de Teherán.

    La acción constante, aunque no resolutiva, de guerrilleros y terroristas debilitan el apoyo de la opinión pública norteamericana, y la opinión pública es esencial en una democracia (El rey de Arabia Saudí no tiene ese problema). Es imposible eternizar la presencia de ejércitos occidentales en Irak y Afganistán. Y son esas tropas anglosajonas y polacas en su mayoría, más las empresas de soldados corporativos, las que sustentan ambos raquíticos Estados cuya autoridad no alcanza su propio territorio. El aparato del terrorismo yihadista lo sabe; ataca a las naciones ajenas al Islam y fuerza su política, como ha sido el caso de los cristianos coreanos en Afganistán. Antes o después, irán a la guerra civil para conquistar el poder, en el momento que los marines de EE.UU. se marchen.

    Al Qaeda, la cabeza de turco de Washington, no es una organización internacional terrorista sino un centro fanático de apoyo económico, organizativo y de entrenamiento para cientos de grupos musulmanes indígenas instalados en sus propias naciones o en la emigración. Su discurso va contra Occidente, abanderado de los derechos humanos y la democracia. Los yihadistas denuncian sus contradicciones como el apoyo a regímenes autocráticos como los de la Península Arábiga o a Israel. La acción terrorista sólo distingue entre los suyos y los demás. Los atentados yihadistas buscan matar al mayor número de personas, ya sean infieles: Nueva York, Madrid, Londres, París, El Cairo, Yemen; como «malos musulmanes»: Irak, Afganistán, Indonesia. El mayor número de víctimas de los yihadistas siguen siendo musulmanes.

    En el caso de un Estado islámico radical, como Irán, la respuesta a su agresivo programa nuclear es el tímido bloqueo de los foros políticos y económicos occidentales. Nadie parece comprender que la financiación saudí al movimiento deobandi también contempla, como Ben Laden ha demostrado, el exterminio de los «herejes» chiítas. Teherán intenta generar un ecumenismo islámico para recuperar el liderazgo del renacimiento musulmán que tuvo en 1979. Es difícil, sólo uno de cada diez mahometanos es partidario de Alí, chiíta, y sus seguidores, como los hazaras afganos, han sido blancos frecuentes de los yihadistas y de sus aliados talibán. Irán, más práctico que Al Qaeda, abre nuevos frentes, profundiza una relación iniciada por Jomeini, con el envío de su hijo Ahmed en los años 80 a Cuba y Nicaragua estrechando lazos y firmando acuerdos. La vieja Persia sigue creando alianzas basadas en su común enemistad con Estados Unidos, sin exigir un sometimiento estricto al Islam como hacen sus ofuscados rivales yihadistas. El presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, ratificó la alianza con el boliviano Evo Morales, tras asistir a la 62 Asamblea General de la ONU y antes de partir para reunirse con el venezolano Hugo Chávez. En esa asamblea de Naciones Unidas el presidente Kirchner solicitó la entrega de los iraníes reclamados por la justicia argentina por el atentado de la AMIA en Buenos Aires, el más importante que se haya cometido contra la comunidad judía desde la Segunda Guerra Mundial.

    La extensión del Islam ha estado históricamente ligada a la guerra. Mahoma fue un guerrero que expandió su religión con las armas. En la mayor parte de los Estados musulmanes están prohibidas otras religiones. Personalmente sólo he podido asistir a misa en una iglesia en Teherán. La conversión de un musulmán a otra religión está penada con la muerte. Algunos pretenden fomentar un Islam moderado frente al Islam radical, cuando aquél nunca ha combatido a éste. El yihadismo encuentra un terreno abonado en una Europa con una diáspora de millones de musulmanes, cuyos jóvenes se sienten marginados y buscan reconstruir su identidad. A los actos terroristas no les han seguido movilizaciones masivas yihadistas todavía pero los extensos incidentes en Francia preconizan un cambio cuyo eje son las mezquitas donde se predica el salafismo y otras formas extremas de Islam sunnita, el mayoritario. Las aspiraciones frustradas de los más pobres en el continente más rico pasarán del terrorismo radical a movilizaciones sociales donde el componente religioso de los agitadores supone un factor de confusión para los países receptores, desarmados ante este fenómeno gracias al laicismo que heredamos de la Revolución francesa.

    Frente a ello se toman medidas cortas de miras y erróneas en su aplicación. Las actuaciones de inteligencia se basan en la tecnología, sin ocultar el déficit de agentes de campo en el mundo islámico. La específica del sujeto a estudiar, el islamista, por la asunción de una serie de roles y ritos desde la infancia, dificulta la penetración de agentes de campo foráneos. Los movimientos deobandi, la secta chiíta o ismaelí, los wahabies o salafistas, realizan un proceso de aculturación imposible de imitar durante largos periodos de tiempo. Esta respuesta policial produce colateralmente un debilitamiento del Estado del bienestar por dos vías: Un incremento no calculado de sus beneficiarios, con la pérdida de derechos de los sustentadores históricos de la seguridad social, los indígenas europeos. También se produce un debilitamiento de los derechos civiles de los ciudadanos occidentales por la razón de Estado: la lucha contra el terrorismo.

    En cuanto al mensaje, los medios de masas yerran cuando se preocupan de distinguir el Islam de los islamistas, más que por justicia para no provocar una mayor extensión con persecuciones. Su éxito se hace notorio con un sencillo ejemplo: En España no hubo ni un incidente con la comunidad marroquí por el 11 de Marzo.

    Entre las medidas económicas contra este estado de cosas, el capitalismo fomenta el desarrollo de las naciones musulmanas pobres, como Marruecos, Egipto o Mauritania. Tras la presentación sociopolítica está la verdad, la desconcentración de empresas está impulsada, en realidad, por la inexistencia de poder sindical en aquellos países y la mano de obra barata, además de los incentivos fiscales y el acercamiento a las materias primas y a nuevos mercados. Sólo el crecimiento de la acción directa islámica ha frenado la llegada de muchas empresas occidentales.

    Finalmente los gobiernos occidentales apoyan un desarme ideológico. En realidad, asignaturas como la Educación para la Ciudadanía sólo tendrían sentido en los colegios donde hay una fuerte presencia de inmigrantes de culturas autoritarias y antidemocráticas a los que sí hay que adoctrinar.

    Andre Malraux tenía razón: el siglo XXI será religioso o no será.

     
    MÁS DEMOCRACIA
    Eduardo López Pascual
     

    De ninguna manera voy a caer en la tentación de escribir mal de los partidos que hoy nos gobiernan con mayoría aplastante; esa es una trampa en la que uno, que se siente político, aunque escribidor, o a la inversa, en absoluto pretende alentar a nadie, ni siquiera a mí mismo, convencido como estoy de que, como diría Churchill, esto es lo menos malo de los inventos para gobernar un país. O sea, populares y socialistas están en perfecta legitimidad y derecho para procurar ganar la voluntad de los electores y así continuar mandando como la democracia exige. Sin embargo, permítanme que, sin alterar lo profundo del sistema, quiera llamar la atención precisamente para reforzarlo, para dar más democracia, porque no todo se reduce a los citados partidos políticos, sino que existe Teruel (una metáfora geográfica), esto es, que hay otras fuerzas democráticas que quizá, con su presencia en las cámaras de representantes en las Cortes, dieran más jugo y juego a la acción de gobernar.

    Por ejemplo, a mí me parece que aún nos faltan varios grados de autenticidad democrática; por ejemplo, el de una verdadera participación del pueblo español en las tareas de responsabilidad civil, o, incluso, en la exigencia a nuestros diputados y senadores para que obren más en función de sus representados que en función de su inclusión en unas listas determinadas. Esto, claro es, no lo ofrecerían nunca, o casi nunca, los partidos tradicionalmente sentados en las poltronas del poder –Estado, Comunidades, Ayuntamientos–, casi por supervivencia física, pendientes como siempre de continuar en el «machito» todo el tiempo que haga falta a fin de no perder sus sabrosas situaciones personales. Da la sensación de que existe una gran falta de exigencia democrática, pues el cargo debe de corresponder a los ciudadanos y jamás a los aparatos de los partidos. En otros países, como EE.UU. –tan denostados por otros motivos–, o en la «pérfida» Albión (Reino Unido), el mandato de los representantes por parte de los votantes es mucho más expreso, lo que parece un mayor índicedemocrático.

    No es nueva la permanente petición de grupos o partidos minoritarios que seguramente suman una mayoría de los españoles, ni la única en el deseado proceso para consolidar y fortalecer la democracia que desde el principio hemos asumido y aceptado, como sería la elección de los candidatos por listas abiertas, que no implica negar procedencia política, o, por qué no, que los presidentes de Gobierno, Comunidades, y Ayuntamientos fueran por elección directa de los aspirantes; es decir, todo un «meaning» –empeño continuado de cambio, según los anglosajones–, que serviría, ni más ni menos, para dar más democracia a la forma de gobernar que nos hemos dado en paz y en libertad. Así pues, aunque es verdad que las opciones para conseguir que una idea política se asiente en los escaños del Congreso es misión dificilísima, casi inalcanzable, sería muy bueno que alguna gente se rebelara contra un camino muy trillado y dieran una oportunidad cuando menos para que se sepa que existe un sentido auténtico de transformación.


     
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