Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda


    Menú
· Inicio
· Presentación
· Estatutos
· Conversaciones
  en el Valle

· Convocatorias
· Recomendar
· Contacto
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
El Brocal: El Brocal Nº - 51
Martes, 15 abril a las 12:43:57

El Brocal REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 51 – 5 de abril de 2008

SUMARIO

 


 

PAISAJE ELECTORAL DESPUÉS DE LA BATALLA. Las cosas no son como nos las están pintando
José Javier Esparza
Elmanifiesto.com 

Y por eso Rajoy dice que se queda. Con los números en la mano, es lo suyo. Pasado el momento de los festejos, el PSOE tiene razones para ser prudente. Los resultados objetivos no dan para orgasmos de Zerolo. ZP podrá gobernar con más comodidad ahora, porque tiene más escaños, pero su aumento de votos ha sido muy pobre: apenas cuarenta mil respecto a 2004, mientras que el PP ha crecido más de cuatrocientos mil. Es la primera vez que un partido gobernante, en su segunda legislatura, ve reducida su distancia respecto a la oposición.

El debate que se ha trasladado a la opinión pública está bastante viciado, porque parte de supuestos que no se valoran adecuadamente. El primero de esos supuestos es que Zapatero ha ganado, de lo cual se deduce que la población avala mayoritariamente sus políticas. Y Zapatero, en efecto, ha ganado, pero es imprescindible examinar cómo, por qué y quién le ha votado. El segundo supuesto es que la derecha ha perdido, de lo cual se deduce que el país valora negativamente el trabajo de la oposición. Y Rajoy, en efecto, ha perdido, pero es imprescindible levantar acta de su formidable apoyo social, que ha superado el de cuatro años atrás.

Los hechos

Zapatero ha vencido por una causa no del todo previsible: la abundante incorporación de voto comunista y separatista. Esto lo sabe todo el mundo y para comprobarlo basta con ver los resultados en detalle. Si Zapatero ha conseguido esa incorporación –insistimos, no fácilmente previsible hace tres o cuatro meses– es porque ha movilizado en su favor el voto radical bajo el argumento del miedo a la derecha. ¿Estaba justificado ese miedo? Ya hemos visto que, en la lógica izquierdista, sí, porque el PP ha ganado votos. Lo cual, por su lado, nos permite sacar otra conclusión avalada por el escrutinio: la derecha, con todo en contra, no sólo no se ha visto desgastada por su papel de oposición, sino que ese papel la ha hecho crecer significativamente.

Demasiados análisis interesados están pasando por alto este punto: acabamos de vivir cuatro años durante los que todos los días, todos, ha habido declaraciones de algún portavoz del poder, repicadas hasta el hastío por todos los grandes canales de televisión, acusando a la derecha de extremista, fascista, reaccionaria, antipatriota y «crispadota»; cuatro años en los que todos los días, todos, se ha tendido alrededor de la derecha social, política y cultural un «cordón sanitario» que ha llegado al extremo de promover detenciones ilegales de militantes del PP o de pedir la cárcel para historiadores incómodos. Y a pesar de ese clima de intimidación, de violencia sorda –y a veces, material–, la derecha ha votado masivamente, se ha reafirmado en su opción política mayoritaria –el PP–, ha sumado medio millón de votos a su bolsa y ha recuperado algunas posiciones en terrenos tan complicados como Cataluña y Andalucía. Con el mapa en la mano, es difícil decir de dónde podría sacar más votos el PP. La derecha ha perdido las elecciones, pero llamar a eso «fracaso» distorsiona la realidad. Por eso Rajoy ha decidido quedarse.

Las conclusiones

La realidad del tejido nacional, a la luz de estas elecciones, es la siguiente. Hay once millones cien mil votantes que respaldan a Zapatero (un 43,64% del cuerpo electoral), de los cuales una porción decisiva –no menos de medio millón– le ha prestado su apoyo para que deshaga España. Enfrente hay diez millones doscientos mil votantes (un 40,11%) que está expresamente contra las políticas de Zapatero y que ha apoyado al PP a pesar de cuatro años de violento bombardeo mediático; no será ilegítimo añadir a estas filas los 300.000 votos de Rosa Díez, que parecen muy verosímilmente haber restado más al PP que al PSOE.

De aquí hay que sacar las conclusiones adecuadas. Evidentemente, la derecha debería ser capaz de ganar para sí el apoyo de una porción del voto socialista; Rajoy está demostrando carecer de esa capacidad, y eso ha de mover a reflexión. Pero, con la misma fuerza de evidencia, la izquierda debería ser consciente de que no puede gobernar contra más de un 40 % de los españoles, y menos aún si tenemos en cuenta el potencial literalmente suicida –desde el punto de vista nacional– de parte de la base electoral socialista.

Si las bases electorales de la izquierda parecen firmes –con las reservas expresadas–, las de la derecha no lo son menos, y puede decirse que lo son aún más. El PSOE tiene enfrente a una media España extraordinariamente sólida y con una gran cohesión interna, que ha soportado cuatro años de aislamiento y presión sin ver mermada su fuerza. En ese paisaje, sería una auténtica locura promover políticas de enfrentamiento, es decir, las políticas que han caracterizado hasta ahora a Zapatero y que, por otra parte, son las mismas que le van a exigir al PSOE sus sectores más radicales. Al contrario, los pasos que dé el nuevo Gobierno deberían estar guiados por la prudencia. Otra cosa es que ZP sea apto para tales ejercicios. ¿Quizá por eso amaga Rubalcaba con marcharse?

LA MEMORIA DOLIENTE
Ricardo García Cárcel. Catedrático de Historia Moderna (UAB)
ABC

Dicen que la historia la escriben siempre los ganadores. Ello exige matices y desde luego, en nuestro país, cuesta creerlo. En la memoria histórica de España, la memoria colectiva, larga y ancha, tengo la impresión que ha dejado más secuelas la España doliente de los perdedores que la España autosatisfecha de los ganadores. De entrada, éstos siempre tienen sobre los perdedores el lastre de haberse quemado más por su protagonismo ante los focos del escenario histórico. Los perdedores se han refugiado muchas veces en el limbo envueltos en solidaridad ternurista. Permiten la especulación contrafactual de qué hubiera pasado si ellos no hubieran sido marginados o derrotados. El dictamen de Parker: «el éxito nunca es definitivo» les ha servido de permanente aval consolatorio y la historia les ha llamado a la escena política, tras su fracaso, repetidas veces y ha estigmatizado con adjetivaciones apodícticas el gobierno de los ganadores. Con el término «década ominosa» han repetido los bachilleres durante varias generaciones el juicio que los historiadores otorgaban a los diez últimos años del reinado de Fernando VII sin saber bien qué significaba el oprobioso adjetivo: ominosa, mientras que nadie parece haber debatido a fondo las razones de las repetidas oportunidades políticas frustradas de las víctimas de Fernando VII y sus herederos, más allá de las siempre presentes «oscuras fuerzas reaccionarias».

La memoria doliente, la construcción de la culpa, el complejo, nunca convicto y confeso, de inferioridad, ha estado demasiado presente en nuestra historia. La pasión victimaria con la Inquisición convertida en el monstruo legitimador de todas las propias carencias (en las Cortes de Cádiz se le llegó a atribuir que por su culpa «nadie pudo pensar»), el morbo descriptivo de la estela de las represiones y exilios producidas por los ganadores de las diversas guerras civiles que han surcado nuestra historia conflictiva, con la tendencia al dramatismo cuantitativo y cualitativo, el síndrome de fracaso con el que tantas veces se ha descrito la historia de España (fracaso de la revolución burguesa, de la revolución industrial, de la nacionalización española...), el concepto de la leyenda negra y su trasfondo victimista de la ansiedad sentimental siempre insatisfecha del «no nos quieren»... ¿Y qué decir del discurso de los nacionalismos periféricos con la coartada permanente de la atribución del pecado original al perverso Estado, responsable de todos los males pasados, presentes y futuros? Ni que decir tiene, hoy la memoria doliente hispánica, acomplejada con el Imperio a cuestas, maltrecha por la herencia de las críticas lascasianas a la obra en América, con unos héroes que presuntamente no merecían serlo, añade a su larga lista de «meas culpas» la asunción de que, efectivamente, los agravios de las periferias están más que fundamentados.

Mientras tanto, la memoria épica, la que tenía que construir un pasado glorioso, permanece inhibida y apenas respira para no molestar. Lo curioso es que históricamente se ha tratado de una épica principalmente resistencial, más que agresiva, poblada de lugares de memoria defensivos (Numancia, Sagunto), de héroes ejerciendo de vasallos maltratados por sus Reyes (Cid-Alfonso VI, Gran Capitán-Fernando el Católico, Juan de Austria-Felipe II), de hombres y mujeres inmolándose para salvar la patria frente al enemigo invasor (Daoiz, Velarde, Agustina...). Hasta un referente como el de Santiago Matamoros fue cuestionado por demasiado agresivo y pretendidamente relevado en el patronazgo español ya en el siglo XVII por una santa autóctona políticamente mucho más correcta: Santa Teresa de Jesús. La «maurofilia» literaria ha sido significativamente una constante destinada a neutralizar la mala conciencia de la represión de los moriscos. Y los complejos con los que hoy se aborda la Reconquista desde Covadonga hasta la toma de Granada, exigirían una consulta psiquiátrica colectiva.

La épica imperial autosatisfecha y feliz, ha sido frágil y cultivada de modo esporádico a lo largo del tiempo por la historiografía española (la generación de Campomanes, la generación de Cánovas y el primer franquismo). Ha pesado más la herencia comunera de los perdedores de Villalar que la de Carlos V y de sus intelectuales orgánicos. Ha contado más la crítica profunda desde dentro de España (más allá de Antonio Pérez) del reinado de Felipe II que la historia oficial emitida por los cronistas del Rey. Las Casas pudo publicar su célebre Brevísima relación en Sevilla en 1552 y su opositor, el oficialista Ginés de Sepúlveda tuvo que publicar su tesis en Roma, porque nadie se la editaba en España. Cabrera de Córdoba, el cronista de Felipe II, sólo pudo publicar la primera parte de su obra en su tiempo. La segunda parte en la que comentaba las alteraciones aragonesas de 1591, ante los comentarios negativos del grupo de presión aragonesista de los Argensola, no se editó entonces y no se publicaría hasta el siglo XIX. ¿Puede considerarse la Historia de España del padre Mariana representativa de la historia oficial?

De las debilidades de la historia oficial española, es un buen reflejo la visión que los cronistas borbónicos de la Guerra de Sucesión (Bacallar, Belando) dan de las consecuencias de la batalla de Almansa y de la supresión de los fueros en Aragón y en Valencia. Desde luego no puede extrañar que no satisfacieran el ego de Felipe V. De las limitaciones de la historiografía franquista a la hora de imponer su discurso ideológico, a partir de los años sesenta del siglo XX, habría mucho que decir, ahora que tanto se cultiva el adanismo de los actuales descubridores de la memoria histórica de la República y la Guerra Civil. Hasta los logros de un período como la transición política, subsiguiente a la muerte de Franco, hoy están denostados como fruto de la presunta intimidación de un contexto determinado, con pacto de silencio incluido, que se inscribiría en las forzadas concesiones de la izquierda por el imperativo categórico de la necesidad coyuntural.

El imaginario de la España contrafactual, de la España que no pudo ser, ha hecho palidecer siempre las vanidades de la historia oficial. El sueño de la convivencia medieval de las tres culturas se ha impuesto sobre las celebraciones de 1492. La alternativa del austracismo imaginado ha triunfado sobre la realidad de lo que significó la Monarquía borbónica. Los afrancesados han propiciado la especulación permanente acerca de si fue un error el patriotismo emocional del Dos de Mayo de 1808. El federalismo, que tuvo una experiencia concreta, fugaz y desde luego nada feliz, sigue siendo sublimado como la panacea ideal para resolver la eternamente pendiente asignatura de la construcción del Estado ideal. El republicanismo también se esgrime como la solución a cualquiera de los problemas que afectan hoy a los ciudadanos españoles que se caracterizan, ante todo, por su mentalidad arbitrista, siempre con la pócima mágica a punto.

Es curiosa la trayectoria de los historiadores de mi generación. De niños fuimos educados por el franquismo en el cultivo de los mitos más heroicos de nuestra historia. Después llegamos a la universidad en los sesenta y nos lanzamos a la caza y derribo de toda la mitología que creíamos había inventado el franquismo en rigurosa exclusividad. Así, hemos acabado sin mitos referenciales en los altares de nuestra historia nacional, en contraste con los franceses y sus felices «lieux de memoire», hemos denigrado buena parte de los signos identitarios españoles, dejando en manos del hispanismo foráneo la glosa de la memoria heroica y parece más vigente que nunca la memoria doliente, masoquista, autofustigadora de todas las presuntas pretéritas glorias. Decididamente, en España, no escriben la historia los ganadores.


 
    Opciones

 Versión Imprimible Versión Imprimible

 Enviar a un Amigo Enviar a un Amigo