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El Risco de la Nava: El Risco Nº - 412
Jueves, 01 mayo a las 12:53:51

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 412 –  29 de abril de 2008

SUMARIO

  1. Lo esencial es invisible a los ojos. Aníbal D’Angelo Rodríguezo
  2. El gobierno de ZP, a favor de los afrancesados. José Javier Esparza
  3. A vueltas con la cultura de Zapatero. Luis Mª Anson
  4. ¡Bravo por el Ministerio de la Igualdad!. Fernando José Vaquero Oroquieta
  5. La «Kakistocracia» de ZP: El gobierno de los peores y de los cutres. Eduardo Arroyo
  6. El islamista moderado no existe, sería como hablar de nazis moderados. LibertadDigital.com

     



LO ESENCIAL ES INVISIBLE A LOS OJOS
Aníbal D´Angelo Rodríguez

(Buenos Aires)

Antoine de Saint Exupery escribió, en El Principito, la frase que sirve de título a estas líneas. El significado es obvio: las cosas en verdad importantes en la vida humana no son los oropeles del mundo, los que se ven, se palpan y se disfrutan.

Pero, curiosamente, esa frase tan acertada vino a mi memoria hace pocos días, a propósito de algo que a primera vista poco tiene que ver con Saint Exupery: la llegada a nuestra Capital de la antorcha olímpica camino a Beijing y los juegos que se celebrarán allí en poco tiempo más. Los diarios informaban de algo curioso: a su paso por la Ciudad de la Santísima Trinidad y puerto de Santa María de los Buenos Aires, y a diferencia de la mayoría de las ciudades europeas y americanas, el desfile de la antorcha olímpica no sufrió el más mínimo menoscabo, protesta o repudio. Cosa nada fácil de entender. Si hay un país en el que proliferan los organismos defensores de los «derechos humanos» es esta pobre Ínsula. Y si hay un país que viola setenta veces siete cada día esos derechos es la China actual. ¿Cómo entender esta circunstancia? ¿Cómo hicieron estos ofensores para no tropezar con aquellos defensores? ¿Los pescaron descuidados o mirando para otro lado?

Quizás convenga buscar la explicación en una historia reciente pero hasta ahora muy mal contada: la del siglo XX. Imaginemos un selenita que cayera en la tierra y se atiborrara de los muchos libros en que se relatan los sucedidos de la recién fenecida centuria. Y que se tropezara con los numerosos testimonios de los crímenes del comunismo. El más completo de los cuales es El libro negro del comunismo por Stephen Courtois y otros. En él, como es sabido, se cifra en cien millones la cantidad de personas asesinadas, durante el siglo XX, por los diversos regímenes comunistas. ¿Qué diría el selenita? Primero preguntaría si el dato es verdadero y se le contestaría que varios comentaristas han observado que el cálculo es demasiado conservador pero que la cantidad de cien millones puede considerarse un mínimo indudable. A continuación el selenita sorprendido preguntaría si no era ese un dato esencial para entender la Historia del siglo en que se produjo tal matanza y se asombraría de ver el dato sencillamente ignorado en numerosos libros. Cómo –diría–, ¿qué historiador del siglo XIV podría omitir la Peste Negra que se llevó veinticinco millones de europeos?

¿Y qué historiador del siglo XVI podría olvidar los cerca de setenta millones de indígenas americanos que murieron víctimas de la viruela y otras enfermedades?

Es evidente que aquí hay algo raro. Si se analizan los regímenes comunistas en que se produjeron los crímenes, se verá también que no se trata de «accidentes históricos» no deseados, como las muertes del siglo XIV y del XVI, ambas producto de la irrupción de microbios contra los que las poblaciones locales no tenían anticuerpos. Por el contrario, aquellos regímenes no sólo practicaron el terror sino que hicieron del Terrorismo de Estado la clave de su supervivencia. Intentaban implantar un sistema contrario a la naturaleza humana y rechazado por el grueso de la población. Las minorías apoderadas del aparato estatal no podían mantenerse en su posición más que creando un clima de terror que paralizara a sus enemigos. Por eso ni cabe la discusión, a estas alturas, sobre si fue Lenin o fue Stalin el que comenzó la persecución a los burgueses, kulaks (campesinos ricos) y demás «elementos contrarrevolucionarios». La toma del Palacio de Invierno se hizo el 7 de Noviembre de 1917. La creación de la Cheka (primera forma del organismo represor que terminó llamándose KGB) fue el 7 de Diciembre de ese mismo año, exactamente un mes después. El comunismo, quedaba probado, no se sirve del terror, el comunismo es y siempre será el terror en acción.

Ahora bien, así como el mago David Copperfield hizo desaparecer, ante un auditorio atónito, la Torre Eifel, los periodistas e intelectuales han escamoteado con un solo pase mágico este monumental hecho del siglo XX. Lo esencial se ha desvanecido delante de nuestros ojos: el terrorismo de izquierda no existe y naturalmente todos los juicios que se hacen respecto del comunismo en sus diversas formas quedan falseados ante esta colosal omisión.

Y la izquierda argentina ha logrado, además de coadyuvar en el objetivo general, que hasta la Corte Suprema, en un arranque de Suprema Irrisión, le de la razón. Los crímenes de los militares son imprescriptibles, inolvidables, imperdonables, los de los terroristas no. Asombroso pase de magia por el que unas vidas humanas son invalorables pero el Estado las pagará a precio de oro y otras en cambio sólo merecen el olvido.

Supongo, lector amigo, que has visto la relación entre Saint Exupery, la antorcha china y el terror comunista. Y has asistido a esta fascinante paradoja: lo esencial puede ser invisible a los ojos por su propia naturaleza o porque una clase dirigente intelectual lo hace desaparecer del horizonte dejando en su lugar una montaña de mentiras y engaños, una colina de sofismas.

 

EL GOBIERNO ZP, A FAVOR DE LOS AFRANCESADOS
José Javier Esparza
ElManifiesto.com

Era inevitable: cuando uno dedica su vida a tocar las narices al personal, no habrá freno ni muro que le detenga. El Gobierno, por mano de su vicepresidenta, ha decidido celebrar el 2 de mayo, aniversario de la insurrección contra el francés, regalando a los periodistas un ejemplar del libro de Miguel Artola Los afrancesados, que es una defensa de quienes, precisamente, no se levantaron. Esta gente nunca dejará de sorprendernos.

Conste que el libro de Artola es un buen libro. Damos la cita completa: Los afrancesados, Alianza Editorial Madrid, 2008. La reedición la ha pagado la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, o sea, el Gobierno, o sea, usted y yo. Se justificará mejor el gasto si al mismo tiempo se reeditan otros textos de posición más matizada. En cuanto a Artola, recordemos que es una figura clave de la historiografía progresista en España, muy interesado siempre por la burguesía revolucionaria del siglo XIX y tan caracterizado políticamente como académicamente respetado. Otra buena aportación de Artola es la edición de las obras inéditas de Jovellanos, un señor que, pudiendo haber sido afrancesado, sin embargo optó por ser patriota. Pero lo que hace irritante el gesto del Gobierno al regalar Los afrancesados no es, evidentemente, el libro ni el autor, sino lo que tiene de mensaje político, ideológico y cultural: ante la evocación patriótica de una fecha clave para la nación española, el Gobierno se pone del lado del francés.

La posición de los afrancesados

Es verdad que la historia no es nunca un relato de buenos y malos (tampoco, por cierto, la que pretende imponer la Ley de memoria histórica). En los sucesos de 1808 hubo enormes zonas grises, así en el lado patriota como en el afrancesado, así en la corona como en el pueblo, así en la facción liberal como en la tradicional. Es verdad también que la monarquía de Carlos IV era una calamidad sin precedentes, indigna de un país que todavía gozaba de la condición de gran potencia mundial. Es verdad, asimismo, que aquella España necesitaba reformas urgentes; no es indiscutible que éstas hubieran debido venir de una política más «ilustrada», pero la necesidad de cambiar aquello no admite dudas. Los «afrancesados» son aquellos que creyeron que la invasión napoleónica podría acelerar los cambios. En abstracto, sobre el plano de la ideas, puede entenderse su posición. Pero en concreto, sobre el plano de la realidad viva, hay un pequeño detalle que lo estropea todo: fueron partidarios de un ejército enemigo que invadió España e impuso su poder por la fuerza de las armas contra la independencia nacional.

Históricamente, puede objetarse que fueron los reyes de España los que permitieron la entrada de Napoleón en el país, de manera que el dominio francés no carecía completamente de avales legales. Es un argumento, que en todo caso, se desvanece desde el momento en que la familia real fue confinada y las tropas «invitadas» se comportaron como un ejército de ocupación y represión, y eso fue lo que pasó el 2 de mayo de 1808. A partir de ese momento, los afrancesados no fueron otra cosa que traidores. Junto a la minoría idealista que soñaba con reformas políticas (y al margen de lo más o menos acertado de esos sueños), medró la eterna podredumbre de quienes son capaces de vender a su madre a cambio de prebendas y poder. Para entender la situación basta pensar en un contexto que a nuestro Gobierno debería sonarle, aunque sea sólo desde el punto de vista propagandístico: el de los países ocupados por Alemania durante la segunda guerra mundial y, aún más claro, el caso de la Francia de Vichy. ¿Veremos a doña De la Vega regalando a la prensa los volúmenes –por otra parte, excelentes– escritos por Celine durante los años de la colaboración con el III Reich?

Nueva objeción del pro afrancesado: «es que los alemanes representaban a una tiranía y Napoleón encarnaba la libertad». Y un jamón. Al margen de lo que representaban las tropas de la Wehrmacht, Napoleón no representaba la libertad en modo alguno. Primero, hay que deshacer a toda velocidad el mito que consagra la revolución francesa como una conquista de la libertad: nunca en Europa se había matado tanto en tan poco tiempo como en los años del terror revolucionario; el hecho de que se matara en nombre de la libertad no hace sino más perverso el crimen. Después, hay que recordar que Napoleón no era precisamente un demócrata, sino un dictador que pretendía deshacer el poder de otros para imponer el suyo propio. Dicho sea de paso, conviene leer el Estatuto de Bayona, que es la constitución que traía consigo José Bonaparte: era un texto formalmente mejor que la Pepa de Cádiz de 1812 y, por otro lado, mucho más acorde con el sistema tradicional de organizar el poder. Pero, una vez más, nos topamos con el pequeño problema: una invasión militar cruenta y una sanguinaria represión contra el pueblo. ¿Libertad, de quién? ¿De un pueblo invadido y sojuzgado a punta de bayoneta? No, decididamente a los «afrancesados» no hay por dónde cogerlos. 

Malestar de España

Como la reivindicación del afrancesado es un gesto sólo válido como hipótesis intelectual y poco coherente con la realidad histórica y política, hay que preguntarse qué extraño chip se ha despertado en las meninges del Gobierno Zapatero para descolgarse con semejante ocurrencia. La respuesta, una vez más, tiene que ver con ese «malestar de España» que caracteriza a nuestra izquierda, siempre convencida de que la España real, la que existió en la Historia, es una sórdida atrocidad retrógrada y reaccionaria que necesita ser redimida por ellos, los progres, cargados de una especie de virtud eterna que se transporta a través de los tiempos. Ese «malestar de España», que al cabo deviene en simple odio a lo nacional, es lo que les lleva a cantar las loas del Al-Andalus contra la reconquista, denigrar a los Reyes Católicos, suscribir la leyenda negra, abominar de la conquista de América, considerar que los enemigos de España siempre tenían razón y, en fin, reivindicar a los afrancesados.

Allá cada cual con sus prejuicios. Ahora bien, hay cosas que para un gobierno deberían ser elementales. La primera de ellas es que, si el enemigo ataca, uno se tiene que defender, y si alguien quiere violentar la independencia de la nación, es precisamente el gobierno el primero que tiene que poner la cara para que se la partan. Entre otras cosas, para eso mantenemos al Estado y le concedemos el monopolio legal de la violencia, que decía el viejo Max Weber. Este Gobierno, por el contrario, nos manda regularmente el mensaje inverso: bienvenido sea todo lo que hiere a la patria y menoscaba la nación. Es insólito. Aún más insólito es que buena parte de la población española coree el baile.

 

A VUELTAS CON LA CULTURA DE ZAPATERO
Luis María Anson
El Imparcial

A José Luis Rodríguez Zapatero le irritó mucho una canela fina que publiqué en el diario El Mundo y en la que, delicadamente, le recordaba que la cultura española es una pizca más que Serrat, Sabina y Pedro Duque, los tres nombres citados por el presidente como la esencia cultural española, como el no va más de la expresión artística nacional.

Le explicaba al presidente que, además de Sabina, Serrat y Pedro Duque, alguna significación tenían los catedráticos de las universidades españolas, los académicos de la Real Academia Española y demás academias, los investigadores de los centros científicos públicos y privados, los millares y millares de artistas, cantantes y músicos.

Así es que, un poco atribulado, ordenó que se sumaran a sus candidaturas nombres ilustres y que se les convocase a todos en el Círculo de Bellas Artes. ¡Qué fracaso! Los agentes zapaterescos se desplegaron en miríadas empleándose a fondo, y al final, en ausencia de los grandes nombres de la cultura española, consiguieron el respaldo de un argentino, un portugués y un mexicano, ciertamente ilustres, que ni siquiera acudieron a la cita presidencial del Círculo de Bellas Artes. Allí estuvieron los de siempre, incluso menos que los de siempre. La verdadera cultura, salvo excepciones, no se deja instrumentar políticamente.

 

¡BRAVO POR EL MINISTERIO DE IGUALDAD!
Fernando José Vaquero Oroquieta

Estoy entusiasmado. Debo reconocerlo: me encanta la idea. ¡Nada menos que un Ministerio para avanzar decididamente en la igualdad real entre hombres y mujeres! Que se anticipe en el futuro e impulse nuevos movimientos sociales igualitarios. Que supere viejos y nuevos prejuicios. Más allá de los dogmas imperantes. Formidable.

Por ello espero que –sin miedo y bajo su sabio impulso– se empiece a valorar por igual, en juzgados y comisarías, la palabra de hombres y mujeres. Y que el principio de presunción de inocencia tenga efectos reales… ¡también con los hombres! Y que la Justicia persiga con el mismo entusiasmo las denuncias falsas, los maltratos psicológicos, los asesinatos, etc., sean sus víctimas mujeres… u hombres.

Seguro que este Ministerio abordará sin prejuicios el Síndrome de Alienación Parental, partiendo del hecho de que sus víctimas pueden ser niñas… y niños; y que el agresor puede ser hombre, pero también mujer.

También deposito mi esperanza en este Ministerio por lo que respecta a ese slogan casi clandestino, silenciado por los mass-media, y al que se apuntan cada vez más hombres y mujeres de todas las ideologías; que dice algo así como «custodia compartida ya». Vamos, que los hombres –incluso– podrían ver y atender a sus hijos, una vez expulsados del hogar merced al correspondiente repudio judicial, algo más del actual 8% del tiempo actual que de media «disfrutamos». Por cierto, ¿la presunción jurídica y sociológica de «buena madre» podrá coexistir, o al menos dejar paso, a la de «buen padre»? ¿O seguirá siendo, el hombre, un sujeto jurídico de segunda, sospechoso de cualquier brutalidad, siempre movido por impulsos criminales, y, en consecuencia, difícilmente un «buen padre»?

¿Sería mucho pedir que este Ministerio de Igualdad, preocupado por la salud integral de mujeres (y hombres, suponemos…), impulse estudios y medidas tendentes a reducir el impacto de los autoaccidentes automovilísticos que encubren el suicidio de numerosos varones en proceso de crisis familiar o separación contenciosa?. Y también podrían impulsar –los Ministerios de Igualdad y Sanidad– campañas contra la mutilación genital masculina, que, al igual que Teruel, también existe. Y si no se lo creen, pregúnteles a los no pocos musulmanes y hebreos aquí residentes.

Y, cómo no, bienvenidas las cuotas. Dadas las tendencias actuales, algo hará este Ministerio para que la sanidad, la Justicia, la Docencia, la Función Pública… no terminen convirtiéndose en cotos exclusivos de mujeres. ¡Una oportunidad a los menos evolucionados de la humanidad, por favor!

¿Y una política de vivienda para los más desfavorecidos? Jóvenes, mujeres maltratadas, inmigrantes, excarcelados… ¿y viviendas también para divorciados expoliados econonómicamente? Oiga; que muchos se conformarían con unas económicas soluciones habitacionales. Tampoco es pedir mucho, ¿o sí?

La lista de sugerencias, de buenos deseos, de programas «rompedores», sería interminable. Y seguro que a usted, paciente lector, se le ocurren más y mejores. Muchos más.

Pero… ¡se me olvidada! ¡Estamos en España! Y, aquí, la igualdad, en realidad, quiere decir supremacía; y el feminismo encubre hembrismo; y la supuesta protección de la mujer alimenta toda una industria de la desigualdad que se traduce en dolor, sufrimiento y agravios irracionales. Pero, no se alarmen… que no es para tanto. ¡Cuánto se quejan los hombres! Pobrecillos. No se enteran. Ni falta que hace.

¿Ministerio de Igualdad o Ministerios de la Verdad y del Amor en uno, versión siglo veintiuno, del Gran Hermano? Mejor dicho: Gran Hermana. Que estamos en la España del talante zapateril. Y no en el 1984 de Orwel.

 

LA «KAKISTOCRACIA» DE ZP: EL GOBIERNO DE LOS PEORES Y DE LOS CUTRES
Eduardo Arroyo

ElSemanalDigital.com

Voy en el coche y sintonizo el dial de una radio al azar. Se detiene en un número caprichoso que resulta ser la Cadena SER. Normalmente, doy gracias a Dios por no ser «periodista» y más aún por no ser «tertuliano», independientemente de que participe en alguna tertulia o escriba artículos. En realidad, mi reino no es de ese mundo. Pero volvamos al coche y a la radio. Un tipo intenta torpemente argumentar. No hay que escucharle demasiado para concluir que no tiene ni idea. El asunto versa sobre los comités éticos de los hospitales. En palabras de este terrorista del espíritu, todo el asunto se reduce a si "hay curas o no hay curas" (sic) en los mencionados comités éticos. Esta brillante frase es el corolario de su deducción previa: las decisiones que se toman en los hospitales son, a su (corto) entender, «decisiones clínicas».

¿Qué hace por tanto un cura decidiendo sobre algo que es puramente clínico? Reitero una vez más que el pollo en cuestión no sabe nada de los hospitales, de las decisiones clínicas y menos aún de los curas, pero ahí le tienen, opinando. Meto la directa y acelero mientras pienso en el efecto de unas cripto-estupideces sobre la tremenda masa de millones de personas, ideológicamente desarmadas por un medio social a merced de cualquier chacal de las ondas.

No lo puedo remediar pero es Arthur Schopenhauer quien me viene a la cabeza: él llevaba muy mal, como me sucedía a mí en aquél preciso instante, que a cualquier majadero le estuviera permitido dar su opinión, independientemente de que fuera o no una pura sandez.

Al fin y al cabo, a mí sí que me aterroriza la idea de que hubiera un periodista de la SER en un comité ético o, sencillamente, la mera presencia de alguien que formara su visión del mundo a partir de las regurgitaciones de una cadena de radio hecha a golpe de dinero y que es uno de los pocos países del este que van quedando.

Olvido el asunto pero unas horas después cae en mis manos un periódico de esos que coges mecánicamente mientras esperas tu turno para cortarte el pelo. Una tal Elena Valenciano reitera la polémica contra los religiosos católicos «en los hospitales» y asegura que «los curas solo creen en los mártires y nosotros en la ciencia». Se me ocurre que tanta estupidez no cabe en una persona sola, por lo que a lo mejor la tal Valenciano es un pseudónimo y han parido la memez entre ocho o diez. Pero ahí no para la cosa: otro personaje, que afortunadamente me es desconocido –responde por Álvaro Cuesta–, habla de «mentes podridas que desde el dogmatismo intentan prácticas confesionales» y remata la faena el tristemente célebre José Blanco –«número dos» del PSOE a falta de ser algo en cualquier organización normal– que dice que con la presidenta madrileña no va la libertad de conciencia.

No voy a intentar argumentar, porque se sale de la extensión de este artículo, acerca de la importancia del hecho religioso, de la importancia del cristianismo en la génesis de nuestro universo intelectual ni tampoco voy a explicarles a esta panda de zotes disfrazados, que la belicosidad de sus ataques nace de la incipiente crisis intelectual del materialismo –científico y filosófico– en algunos países que lideran la I+D mundial. Tampoco voy a cansar al lector explicándole que existe una ley muy anterior a Esperanza Aguirre, que es la que se cumple en la Comunidad de Madrid. Más bien apelaré al interés del lector esforzado y riguroso a que por sí mismo alcance el núcleo de una polémica que, por motivos solo explicables a los políticos, parece haberse creado como por ensalmo, posiblemente para tapar otros problemas mucho más reales. ¿Conocen a alguien que se haya quejado de «los curas» en los comités éticos? 

Por el contrario, quiero explicar aquí que invade una profunda tristeza solo de pensar que mis compañeros acumulan mérito tras mérito y engrosan sus currículos para concurrir a sesudos exámenes donde, cuando no están manipulados por el sindicato de turno, saben que se las verán con otros por lo menos tan capaces. Sollozo de pensar que no pueden aprovechar todas las oportunidades que genera el «mercado de trabajo» porque existe siempre un «perfil» que selecciona a unos y no a otros. Ellos, mis compañeros, son simples mortales, claro. Con los políticos sucede algo muy diferente: cualquier necio puede llegar a los puestos más elevados del Estado solo con tener el favor de la camarilla de turno. El nivel y la excelencia parecen habernos dejado.

Es precisamente este combate arrabalero por el poder el que alimenta a menudo las páginas de los periódicos, mostrando la estampa patética de un PP que pregona la «democracia» y que, como sucede con todos los partidos, no puede tolerar la democracia interna en su seno, igual que sucedió en el PSOE en sus años oscuros de su ostracismo aznarista. Pero no importa porque, al más alto nivel, lo importante es entrar en el meollo de los que mandan. Después ya no se sale. Que se lo digan a los ministros «independientes» del PSOE a quienes ningún militante votó.

Hoy eres ministro de trabajo y pasado mañana de ciencia y tecnología o pasas de dirigir el ministro de cultura al de fomento en un santiamén.

Para colmo, retomo el relato de mi ocasional lectura periodiquera y me encuentro al «doctor Montes» –cuyo nombre me recuerda a un supervillano de la Marvel, pero de Leganés– que anuncia que está dispuesto a «tomar la calle» contra «este estado de pensamiento único que nos quieren imponer». Curiosamente esto no se le ocurrió hace años, antes de que el Colegio de Médicos descubriera que él era un mal médico. De nuevo es la huída hacia delante en busca de «la pomada» del poder, esa que salva lo insalvable y que te permite decir que el País Vasco es a «España» como el Tíbet es a China, o que la mejor medida para salvar un partido «estatal» consiste en «dialogar» con los que quieren destruir ese mismo Estado, sin que se note que eres gilipollas.

El esfuerzo, las privaciones, los temarios, los currículos por triplicado y, en definitiva, la exigencia, son cada vez más para el resto de los mortales, no para la casta del poder. Y es que los efectos de esta «kakistocracia», o gobierno de los peores, son el origen de todos nuestros males. Pero ella tiende a perpetuarse.

 

EL ISLAMISTA MODERADO NO EXISTE; SERÍA COMO HABLAR DE NAZIS MODERADOS
LibertadDigital.com

En la entrevista realizada por Ignacio Arana Araya, en ABC, al filósofo francés Robert Redeker, nos muestra la realidad sobre el Islám.

El filósofo francés Robert Redeker está condenado a muerte por extremistas musulmanes debido a sus críticas al Islam, pero no por ello piensa callar o moderar su discurso. Para él, el Islam es una historia de fracaso, hablar de islamistas moderados es como hablar de nazis mesurados, y los musulmanes quieren transformar a la civilización Occidental desde dentro, por lo que hay que reaccionar.

Bajo omnipresentes medidas de seguridad, Redeker presentó recientemente en la fundación FAES su libro ¡Atrévete a vivir!, en el que relata su experiencia desde que es perseguido como consecuencia de una columna de opinión que publicó en el diario francés Le Figaro el 19 de septiembre de 2006 y en el que criticó al Islam.

P. ¿Qué amenazas concretas ha recibido desde que escribió el artículo en Le Figaro?

R. Hubo dos tipos de amenazas. Recibí muchas amenazas de muerte por correo electrónico y luego una condena a muerte hecha por una página de internet islamista. El publicar en una página de internet que hay que matar a Robert Redeker es un llamado al asesinato que se va extendiendo. Ese tipo de llamados padeció Van Gogh (el cineasta holandés asesinado en 2004 por un islamista).

P. Usted dice que el islam es una amenaza si Occidente no reacciona a sus intimidaciones. ¿A qué intimidaciones se refiere y cómo cree que deberían enfrentarse?

R. Las intimidaciones en Occidente son algo cotidiano. Ocurren en el colegio, en los hospitales y en las cárceles. Hay una presión fuertísima del Islam para que las sociedades democráticas renuncien a parte de su libertad y se adapten al dictado de esa religión. Pero es el Islam el que tiene que adaptarse a la laicidad, no al contrario.

P. A su juicio, ¿de qué manera el islam promueve la violencia?

R. Hay que leer el Corán y ver qué dice de los no creyentes, de los paganos y los judíos. Dos de cada tres páginas del Corán son un llamado a la violencia contra los demás, y eso es lo que lo diferencia de la Biblia. El Corán prescribe el odio y la violencia como deberes.

P. ¿Pero acaso se puede esperar que cambie el mensaje de una religión tan extendida y asimilada?

R. Hay dos interpretaciones posibles sobre el mensaje. Si se trata solamente de ti, Dios existe, ha sido revelado y el hombre tiene que mejorar, lo que es un mensaje común a muchas religiones. Pero si el mensaje es que la única religión es la sumisión a Dios, y que hay que imponer esa religión al mundo, eso constituye un peligro.

Quizás dentro de cinco siglos el Islam pueda cambiar, pero históricamente no me siento optimista y eso se vincula a la situación geopolítica. El mensaje del Islam es un mensaje muy orgulloso, de dominación, pero la historia del mundo árabe-musulmán es la historia de pueblos que siempre pasan al lado de las cosas. Salvo la época gloriosa de hace siglos, la del Islam es una historia de fracaso. Y el mundo musulmán, en vez de imputarse los fracasos, los convierten en agresión a los demás. Ellos se están quedando fuera de la historia. El futuro se sitúa en Asia, y la humillación para el mundo árabe-musulmán va a ser aún más crucial.

P. Vivimos una globalización creciente en la que hay más roces interculturales y la población islámica crece más rápido que la occidental. ¿Cree que es natural o inevitable un choque entre Occidente y los musulmanes?

R. El choque ya se inició porque los musulmanes lo quisieron. Lo tenemos cotidianamente. Si no, no se podría explicar que en Berlín un director de teatro anule una ópera de Mozart porque puede molestar a los musulmanes. Se trata de una guerra de civilizaciones.

R. ¿No sería mejor que los medios occidentales dieran más tribuna a líderes musulmanes moderados antes que a los extremistas?

R. No existe el islamista moderado. La diferencia entre mesurado y no equivaldría a hablar de nazis moderados y nazis extremistas. El objetivo en ambos casos es el mismo: que Europa sea musulmana.


 
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