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El Brocal: El Brocal Nº - 67
Viernes, 12 septiembre a las 18:29:36

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 67 – 11 de septiembre de 2008

SUMARIO



 

LA AGONÍA DE LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA. El abismo del estatuto catalán
Luis Bouza-Brey
elmanifiesto.com

Es enormemente frustrante que ante un asunto de la magnitud que entraña la aprobación del Estatuto de Cataluña sigan sin tenerse los conceptos claros y repitiendo siempre los mismos errores de considerarlo como una norma federal. Como es frustrante también, además de suicida, la demora del Tribunal Constitucional y el atraso que supone su renovación en medio del proceso de emisión de la sentencia sobre este asunto.

Cuando hablamos de que España está sufriendo un proceso de balcanización no se quiere entender que el asunto es mucho más profundo que la disgregación territorial: implica también la violación de la Constitución, la destrucción del Estado de Derecho y la reducción de las libertades en los territorios implicados, afectando con ello no sólo a los residentes en ellos, sino a todos los españoles. Así que entérense de una vez, el Estado democrático español agoniza, y no porque el Estatuto de Cataluña sea federal, sino porque no lo es, puesto que es confederal, al establecer relaciones bilaterales e inter-nacionales y ámbitos de soberanía sobrepuestos a la Constitución y la voluntad de los españoles.

Los nacionalistas e izquierdistas abducidos por ellos, con su concepción del estado plurinacional, lo que están haciendo es iniciar un proceso de confederalización en el que se va privando al Estado y al pueblo español de ámbitos de soberanía cada vez más amplios, instaurando relaciones internacionales mediante normas estatuyentes que violan la Constitución y las competencias constituyentes del pueblo español y de su Estado, como si el Estatuto fuera un tratado internacional, y no una norma subordinada al ordenamiento jurídico español.

Ya hace bastantes años, Lowenstein formuló una tipología de las Constituciones según su grado de integridad, que a mí siempre me ha resultado esclarecedora. Lowenstein afirmaba que las Constituciones pueden ser normativas, nominales y semánticas, según que estén hechas para limitar el poder o no, y además se cumplan.

Las normativas están hechas para limitar el poder y se cumplen en la vida real; las nominales están hechas para limitar el poder, pero no se cumplen en la vida real; y las semánticas no están hechas para limitar el poder, y por eso se cumplen con más facilidad.

Si dedicamos unas líneas al tratamiento técnico de este asunto, podemos ver que una Constitución que está hecha para limitar el poder es válida, y si además se cumple en la vida real, es eficaz. Las Constituciones normativas son válidas y eficaces; las nominales son válidas pero ineficaces; y las semánticas son eficaces pero inválidas.

Pero, ¿cuándo se puede decir que una Constitución es válida? Cuando su contenido incluye una serie de exigencias universales necesarias para que se pueda considerar que el poder está limitado por la Constitución.

Estas exigencias son las siguientes:

Que el poder sea electivo y reversible, es decir que haya que ganarlo mediante elecciones y se pueda perder también por ellas. Lo cual significa un plazo limitado de duración del mandato electivo.

Que el poder actúe cumpliendo el principio de constitucionalidad y el de legalidad, que establecen que las normas hay que cumplirlas mientras no se cambien siguiendo el procedimiento establecido para su derogación o modificación, y que las normas inferiores están subordinadas las superiores.

Que el poder esté limitado por unos derechos fundamentales reconocidos constitucionalmente que garanticen un ámbito de libertad protegido judicialmente para los ciudadanos. Y que la limitación del poder sea protegida mediante un poder judicial independiente de los demás poderes, que pueda anular las normas y decisiones inconstitucionales.

En ocasiones se añaden a estos límites horizontales entre las instituciones unos límites verticales consistentes en la descentralización protegida constitucionalmente, típica de los Estados autonómicos y federales.

Pues bien, para concluir, las constituciones normativas son las propias de las democracias avanzadas; las nominales son las hechas para limitar el poder, pero ineficaces, propias en su momento de los países excoloniales del Tercer Mundo y su constitucionalismo fallido resultante de la baja conciencia constitucional de sus poblaciones y violado por obra de poderes fácticos tribales, internacionales o militares. Las constituciones semánticas son aquellas propias de los países comunistas, fascistas o autoritarios, inválidas y eficaces.

Lo que caracteriza a la Constitución española del 78 es que fue una Constitución normativa con importantes aspectos semánticos incluidos en el título VIII, referente al Estado autonómico. Aspectos semánticos orientados a consolidar y ampliar el poder fáctico del nacionalismo y de los caciquismos autonómicos. Y mientras el nacionalismo catalán aplicó la táctica pujolista de ir avanzando paso a paso en la adquisición de nuevas competencias mediante pactos parlamentarios, la Constitución se pudo considerar normativa.

Pero a partir del momento en que Maragall y el abducido PSC, apoyado en el PSOE de Rodríguez Zapatero, en sus aliados del tripartito y en CIU, deciden impulsar un Estatuto que rompe con la Constitución, impulsando la definición de relaciones bilaterales, confederales e inter-nacionales, así como la usurpación de competencias estatales y la instauración de ámbitos de soberanía a ampliar con posterioridad, la Constitución ha pasado a ser nominal, incumpliéndose día sí y día también por el conjunto de decisiones que afectan a dimensiones esenciales del poder político del Estado. Dimensiones tales como la cooficialidad, la educación, el bilingüismo en la Administración y los medios públicos de comunicación, el sistema fiscal, el poder judicial y, en general, la imposición al resto de los españoles y a los que se consideran españoles en Cataluña de una reducción del ámbito de sus derechos fundamentales constitucionalmente protegidos y estatutariamente violados.

Para concluir, podemos decir que el Estatuto de Cataluña aprobado no es federal, sino confederal, es inconstitucional y modifica ilegalmente el modelo de Estado regulado en la Constitución. Con ello, no hace más que comenzar a cumplir la voluntad del nacionalismo catalán e izquierdistas abducidos por él. Voluntad que refleja muy bien el fragmento de entrevista a Felip Puig, el número dos de Convergencia Democrática (¿?) de Cataluña que sigue a este párrafo:

ENTREVISTA A FELIP PUIG, SECRETARIO GENERAL ADJUNTO DE CDC,
Por Daniel G. Sastre en El Mundo del 22 de junio de 2008

P.- ¿Qué enmiendas serán más numerosas: las que buscan moderar la ponencia o las que la radicalizan?

R.- Siempre hace más ruido la posición radical que la mayoría moderada. Estoy convencido de que, como siempre que hemos tenido que buscar equilibrios entre quienes quieren explicitar su sueño independentista y los que entienden que en la independencia hay que pensar siempre pero hablar poco de ella, los encontraremos. Una vez más, CDC mostrará radicalidad en las convicciones y moderación en las formas.
El derecho a decidir es el paradigma que tiene que superar el Estado de las Autonomías. Y CDC apuesta definitivamente por una etapa de más poder político y más soberanía.
P.- ¿Es compatible el derecho a decidir con alcanzar pactos con el PSOE o el PP en Madrid?

R.- Hay que buscar decididamente una relación más confederal… Estamos ante una etapa de reforma del pacto constituyente entre Cataluña y España.

Estas ideas son las que definen muy bien el rumbo de aquellos con los que todos o casi todos los actores políticos quieren dialogar y pactar. El pacto que se busca llevará a la muerte de la democracia española y a la configuración de una confederación transitoria y provisional hacia la independencia, si no se articula un Pacto de Estado entre los dos grandes partidos para evitarlo.


INFORMACIÓN Y CULTURA
Matías  Cordón


Recientemente, una joven turista alemana, sorprendida por lo que veía en España, me decía que en su país le educaron haciéndole opinar que Franco fomentó el analfabetismo en los españoles como un medio de mantenimiento en el poder, pues así los hacía más dóciles. Independientemente de la falsedad informativa, que podría servir para una Antología del disparate antifranquista, tan frecuente en los medios progres, siempre proclives a la irracionalidad al servicio de sus convicciones, el caso sirve para especular ligeramente sobre la mitificación actual de lo que denominamos cultura y no es si no acumulación de información.

Ya en 1934, Chesterton advertía, con asombrosa clarividencia, que la mayor amenaza a la sociedad occidental radicaba no ya en el nazismo, «que comenzará su eclipse en cuanto cruce las fronteras de Polonia», ni en el comunismo, «que colapsará en cuanto intente plasmar en realidad su utopía», sino en el capitalismo, «que sojuzgará a las masas inundándolas con información abundante y confusa». Esa es la situación actual, con las personas sometidas a un aluvión informativo a coste bajo, cuando no aparentemente nulo, en televisión, radio y prensa. Continuamente se le informa sobre los temas más variados, entre los que abundan los que no le interesan lo más mínimo, con criterios conformados por la ideología dominante, que no tolera discrepancias. Cualquier opinión conflictiva con la ideología dominante es persistentemente descalificada, o, como inadecuada para el momento actual. No es atacada frontalmente, pues eso podría generar rechazo. No se le concede derecho a una calidad suficiente para ser adversaria digna, sino que es meramente desprestigiada como necedad impropia de personas cultas. Es decir, inadecuada para la dócil sociedad moderna que el capitalismo procura con todos sus medios de información/formación; es decir, deformación. El objetivo procurado es la anulación de cualquier voluntad de resistencia a su objetivo de dominar la sociedad, mediante la destrucción de cualquier base ideológica sobre la cual fundamentar esa voluntad.

El resultado, ya conseguido en buena parte, es la destrucción de la cultura humana ajena al poder del mercado, y por ende al poder financiero. El objetivo más identificable en nuestro mundo occidental es la creencia cristiana en la Encarnación divina, que nos proclama hijos de Dios y herederos del Cielo. Tal idea, representada por la Iglesia, implica una subordinación a una Trascendencia que nos hace potencialmente rebeldes al acatamiento de verdades de menor rango, como las que se nos propone continuamente como directrices de nuestras vidas. Por ello, la creencia cristiana nos es presentada continuamente como algo obsoleto, propio sólo de mentes primitivas, pendientes de acoplar a los tiempos modernos. Algo que permanece como mero hábito social, pero sin engarce alguno con la realidad actual. Se trata del perenne objetivo masónico, sin que de ello se pueda colegir que la masonería actual tenga tal poder o influencia.

Los resultados de esta acometida son patentes, incluso en la propia jerarquía eclesiástica. Cada vez hace ésta menos énfasis en la exposición del Misterio básico y más en los aspectos humanitarios de la labor eclesial. La Iglesia parece pretender defenderse como la perfecta ONG, exhibiendo sus encomiables resultados en la tarea de asistencia a los menesterosos, y elude recalcar la trascendencia de su interpretación cultural de la existencia humana. El pueblo reacciona a esa situación amoldándose a ella y postergando en sus manifestaciones todo sentido de la Trascendencia, continuamente subordinada a la bondad, que los políticos traducen en buenismo. Se pierde así progresivamente la base cultural que ha regido a incontables generaciones de cristianos. Con una creciente inmersión inconsciente en un neopaganismo, la base cultural cristiana es sustituida subrepticiamente por veneración de conceptos pretendidamente venerables, como el ecologismo, el cambio climático, la eliminación del hambre o la pobreza, cuyos propulsores muestran un entusiasmo activista ante el que palidece el afán evangelizador de muchos clérigos o seglares católicos.

Desprovisto de esa base cultural que ha sustentado y dado seguridad a sus antecesores en todos sus criterios y actuaciones vitales, el hombre moderno es presa fácil de todos los que le proponen actuaciones basadas en la bondad, la mansedumbre o el sentimentalismo. La violencia es condenada como intrínsicamente mala, independientemente de sus motivaciones. Ese sometimiento a lo que se le propone tras la abundante información es completo. Incluso si van contra sus intereses inmediatos, de los cuales debiera tener consciencia fuerte. Es el caso de las votaciones políticas en las que se aceptan criterios perjudiciales para los votantes. El caso más flagrante en nuestro entorno es el de los hispanoparlantes en regiones periféricas españolas, que eligen opciones políticas que acaban oprimiéndoles lingüística y culturalmente. Lo hacen convencidos acríticamente de que deben reparar bondadosamente una mala acción que cometieron sus antepasados. La avalancha de información que reciben les ha convencido de que existió realmente esa mala acción, pues están culturalmente inermes e incapaces de argüir contra ella. Quien tiene el poder informativo les apabulla convirtiéndoles en sus siervos culturales. Otro caso flagrante es el sometimiento generalizado a los pretendidos axiomas ecologistas proclamados por una especie de clase sacerdotal «ad hoc» que pretende manipular, a su particular criterio y beneficio, todas las actividades económicas humanos. Su poder es tal que eluden toda confrontación con expertos que pudiera poner en cuestión sus dogmas particulares. Son lo suficientemente inteligentes para no poner en peligro su dominio de la opinión, sometiéndolo a riesgos innecesarios en una confrontación de sus ideas con los hechos.

La pregunta inevitable es: ¿A quién sirve, o qué procura, a la larga, este potente dominio ideológico de la Humanidad? Sólo cabe responder con una réplica suprema de Fe: el Maligno. Estamos simplemente ante una fase más de la eterna batalla.


NOTAS SOBRE EL RESENTIMIENTO
Alberto Buela

En estos días se habla mucho desde los grandes medios de comunicación acerca del tema del resentimiento en el accionar político. Y como a nosotros nos han ya preguntado varias veces sobre el tema, intentaremos en forma breve y clara fijar algunas notas sobre el concepto mencionado. El resentimiento es un fenómeno complejo, basado en la conciencia de la propia incapacidad y flaqueza, principalmente cuando esa incapacidad no permite llevar a cabo la venganza deseada.

Su importancia en la génesis de la moral es que puede dar lugar a una inversión de la jerarquía de valores, juzgando como superiores los valores que se pueden realizar y como despreciables los valores que son inaccesibles para el hombre resentido. Existe una conciencia de impotencia frente a los valores verdaderos.

El resentimiento es una autointoxicación psíquica que surge al reprimir sistemáticamente los afectos y las descargas emocionales normales. Revela la conciencia de la propia impotencia pues lleva a refrenar ese impulso espontáneo de venganza que se va acumulando, y retrasando así el contraataque. El resentimiento acumulado acaba por deshumanizar al contrincante, abriendo así la puerta al exterminio. Como dijo un asesino de las FARC: «Yo no he matado a una persona, he matado a un empresario».

El resentimiento se manifiesta a través del sentimiento de rencor que podemos definir como «odio retenido», de ahí que antiguamente se llamaba «amargos» a los resentidos porque retienen la ira por largo tiempo (Tomás de Aquino, S.T. I-IIae, cuestión 46, de las especies de iras).

Se debe a Robespierre, el gran jacobino de la Revolución Francesa, el mérito de haber sintetizado en una frase la psicología de aquella Revolución como del resentimiento: «Sentí, desde muy temprano, la penosa esclavitud de tener que agradecer». El resentido padece una ceguera moral respecto de la gratuidad, la donación y el agradecimiento.

El resentimiento fue estudiado en profundidad por dos autores alemanes contrapuestos en este punto: Federico Nietzsche en La Genealogía de la Moral y Max Scheler en El Resentimiento en la Moral.

Es sabido que la forma del razonamiento de Nietzsche en todas sus obras es a través de una refinada psicología que explica las cosas ad inferiori, por lo bajo. «Esta interpretación sofística y psicologizante consiste en interpretar la genealogía del ideal desde su contrario». Así va a sostener que la santidad tiene su origen en la perversión, la verdad en el instinto de engaño, el derecho en la voluntad de aprovechamiento del otro. Piensa que la caridad, la castidad, la humildad y la paciencia son vistas como valores sólo por los débiles, por la moral de esclavos de los cristianos, que son aquellos que no tienen fuerza para superar la opresión y las situaciones de injusticia.

Nietzsche, como pensador anticristiano por antonomasia, va a afirmar en forma tajante: «Desde su impotencia, crece en ellos el odio hasta convertirse en algo gigantesco y siniestro, en lo más espiritual y lo más venenoso. Los más grandes odiadores de la historia mundial siempre han sido los sacerdotes».

Max Scheler va a responder que este razonamiento es falso en lo que atañe a la moral cristiana, pues el perdón cristiano no es un poder no vengarse por debilidad personal, sino el privarse libremente de la satisfacción de la venganza. El cristiano genuino tiene conciencia espontánea de su propio valor, lo cual le da seguridad y le permite aceptar el valor de los demás, incluso cuando son superiores a él. El resentido, por el contrario, en lugar de reconocer los valores superiores y resignarse, los rebaja, negando la bondad de aquello mismo que envidiaba.

El motor de la moral cristiana no es el desear lo que no se tiene sino que consiste en el darse y donarse, por parte de quien tiene, y se siente lleno de valor y felicidad. Es un movimiento que brota de la más íntima seguridad en la plenitud de su propio ser. Nietzsche, para Scheler, confundió y asimiló el cristianismo a la moral burguesa de su tiempo, propia de los pastores luteranos, como su padre, ignorando la naturaleza del cristianismo católico.

La moral burguesa, afirma Scheler, ha transformado el amor cristiano en pura filantropía sentimental, que lo reduce a la simpatía, la emoción o a un sentimiento de lástima. Defiende Scheler con fuerza la gran diferencia que existe entre la misericordia cristiana auténtica y la moderna lástima sensiblera. A la radical desconfianza en el otro propia del mundo burgués, opone la solidaridad moral característica de la comunión de los santos. A la multiplicación infinita de medios en el mundo burgués y una clara confusión en los fines, opone el mundo católico de la edad Media que con un mínimo de medios se sabía gozar en ellos mismos. Incluso el ascetismo de aquella época provocaba una mayor capacidad de goce con el mínimo de cosas agradables: Una gota de lluvia sobre una hoja. El cristiano burgués y luterano contra el que reacciona Nietzsche no es el mejor ejemplo de lo que sea el cristianismo.

Queda finalmente por responder si puede el hombre salir o liberarse del resentimiento. Nosotros entendemos que del resentimiento se puede salir de cuatro formas o maneras:

a) la primera y más expeditiva es la venganza de la ofensa, que produce la liberación del odio retenido o rencor.
b) la segunda posibilidad es el perdón, que es sacrificar libremente el valor de la satisfacción que produce la venganza, pero al mismo tiempo sólo se perdona auténticamente cuando uno todavía se siente lastimado.
c) la tercera actitud es a través del olvido, lo que implica el paso del tiempo, y por último,
d) tenemos el duelo, interpretando de otra forma la ofensa, reubicándola en el recuerdo.

Vemos, pues, que lo determinante en el surgimiento del resentimiento, así como su solución o superación, no radica tanto en la ofensa sino en la respuesta personal a la misma. De ahí que una misma agresión u ofensa hecha por igual a varias personas, en unos cause un sentimiento pasajero de dolor y en otros despierte un resentimiento perdurable.


EL CONFLICTO DE GEORGIA: TRASFONDO ECONÓMICO Y GEOPOLÍTICO
elmanifiesto.com

 
Empecemos con el gas. Rusia considera que es muy limitada la libertad de maniobra que tiene la Unión Europa en su apoyo a las posiciones de Estados Unidos: el invierno se acerca y Moscú tiene la llave de los gasoductos que surten a los países europeos. El grado de dependencia de Europa respecto al gas ruso es enorme: el 26 % del consumo europeo de gas proviene de Rusia; el 38% del consumo alemán; el 65,7% del austriaco; el 74,6% del checo; el 25 % del francés. A ello hay que sumar otro dato fundamental: un país consumidor de petróleo puede buscar fuentes alternativas. Un consumidor de gas, en cambio, está básicamente en manos de los dueños de los gasoductos. Y en el caso de Europa, el dueño es Gazprom, la gran empresa gasista rusa, junto con su artífice, el ahora primer ministro ruso, Vladimir Putin, a quien muchos llaman con razón Gasputín.

Sólo una de las medidas occidentales ha hecho mella en el gobierno ruso: la presencia de barcos de guerra de la OTAN en el Mar Negro. Estos buques militares que circundan desde hace días la costa georgiana, ucraniana y rusa, con el pretexto de dar ayuda humanitaria a Georgia, le han puesto los pelos de punta a Moscú, porque son una réplica directa a la intervención rusa en Georgia. Si Rusia intentó mostrar quién manda en su periferia, Estados Unidos quiere probar que, aun sin los georgianos y sin Ucrania, la OTAN domina el Mar Negro (desde donde podría atacar a Rusia por la planicie que se extiende entre Rostov y la legendaria Stalingrado –hoy Volvogrado–), al tiempo que controla el Bósforo y los Dardanelos, que son la puerta de entrada y de salida al Mar Negro, y más grave aún, al Mar Egeo y al Mediterráneo. Un recordatorio oportuno en estos momentos, porque entre otros productos, 1.360.000 barriles de petróleo ruso atraviesan cada día los estrechos.
Estas medidas –un anuncio ominoso del posible renacimiento de la Guerra Fría– han comprometido a otros actores en el drama caucásico. Turquía, guardián del Bósforo y de los Dardanelos, está entre la espada de la OTAN y la pared de la presión de Moscú. Rusia es el principal socio comercial de Ankara y proveedor del 60 % de su energía. Para presionar al gobierno turco, en las últimas dos semanas Rusia ha detenido mercancías turcas por 3.000 millones de dólares en sus puertos y le ha recordado a Turquía los términos de la Convención de Montreux (1936), que limita el número de días en que navíos de guerra pueden permanecer en el Mar Negro.

Moscú trató de obtener, asimismo, el apoyo de China y de los países de Asia central en la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghai que se celebró el 28 y el 29 de agosto en Tajikistán. Los chinos tienen muchas razones para no apoyar a Rusia; los países de Asia central tienen menos. Pero la moneda está en el aire: en el Cáucaso y en Estados Unidos. Una Guerra Fría globalizada puede ser el primer reto al que tenga que hacer frente el nuevo presidente norteamericano


 
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