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El Brocal: El Brocal Nº - 68
Tuesday, 23 September a las 17:27:07

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 68  – 18 de septiembre de 2008

SUMARIO



982 CRIMENES SIN MEMORIA HISTORICA
Manuel Aguilera

El Mundo

Es la lista más incómoda para los defensores de la Ley de la Memoria Histórica. En el fusilamiento de estos mil antifascistas por republicanos no intervino Franco. Un periodista los rescata del olvido, elabora un documento y se lo entrega a Garzón.

El coronel Luis Barceló no era comunista pero se había afiliado al PCE porque simpatizaba con su política de guerra. Fue el penúltimo fusilado por su propio bando, el republicano, apenas 12 días antes del fin de la guerra. 18 de marzo de 1939. Cementerio Este de Madrid. Un pelotón de soldados republicanos apunta al coronel. Pidió que no le vendaran los ojos, y en el último momento levantó el puño. La ráfaga no pudo silenciar su gritó: «¡Viva la República!». Cuatro días después, otro comunista, José Conesa Arteaga, cerraba la lista más infame. En el mismo cementerio, ante el mismo pelotón, con las órdenes del mismo verdugo: el coronel Casado, presidente del Consejo Nacional de Defensa de Rojos contra rojos. Socialistas disparados en la nuca por comunistas junto a una estatua de Pablo Iglesias, anarquistas aniquilados por los del puño y la rosa... Llevo cinco años investigando y ahora con el debate abierto de la Memoria Histórica, lo puedo contar. Esta es la historia de la otra lista sangrienta de la Guerra Civil. Mi lista: 982 antifascistas asesinados por antifascistas en el bando republicano. Muchos de ellos están en fosas perdidas.
Noche del 3 al 4 de mayo de 1937. Barcelona dormía en relativa paz. Poco o nada hacía pensar que durante el día, comunistas, nacionalistas y anarquistas habían estado combatiendo de nuevo en sus calles. Pero esta vez la lucha había sido entre ellos mismos. Rojos contra rojos. A escasos 200 metros de la Generalitat, varios Mossos d'Esquadra encargados de defender la sede del Gobierno catalán charlaban con sus compañeros comunistas de la Plaza del Ángel. Sentados en la barricada, junto a las ametralladoras, maldecían a su nuevo enemigo: «Estos murcianos nos van a hacer perder la guerra». «Tienen aterrorizado el campo con sus experimentos colectivistas. Al campesino que no les obedece, lo fusilan». En ese momento, dieron el alto a dos jóvenes que, un tanto despistados, se dirigían al edificio de la CNT en la Vía Laietana. «Estos también son italianos, fascistas encubiertos, contrarrevolucionarios», sentenció uno de ellos. «¡Llevadlos a la Generalitat!».
Eran Lorenzo De Peretti y Adriano Ferrari, veinteañeros anarquistas que se habían escapado de su casa en Milán para combatir al ejército de Franco. Apenas sabían español y menos catalán. No entendían donde les llevaban. A culatazo limpio los plantaron en la plaza de Sant Jaume, donde se encontraron con los ultranacionalistas de Estat Català, los que más odiaban a los anarquistas. Los que hacían de guardia personal del president Companys no lo dudaron. Llevaron a los detenidos a un lateral del edificio y los fusilaron.
Protegidos por la noche y la confusión de aquellas horas, sus ejecutores abandonaron los cuerpos en una callejuela cercana. «A estos desgraciados nadie los reclamará», pensaron. Pero la verdad siempre se abre paso. Los archivos del PCE, del Registro Civil de Barcelona y un libro de su compañero Aldo Aguzzi han permitido reconstruir aquel crimen. El cometido por republicanos contra sus propios compañeros de armas. La olvidada guerra civil dentro de la Guerra Civil.

Indalecio Prieto, ministro de Defensa de la República, recibió con semblante triste a los periodistas el 30 de agosto de 1937. Toda la franja del norte republicano –País Vasco, Cantabria, Asturias y parte de León– acababa de caer en manos del bando nacional. La primera pregunta fue: «¿Cuál ha sido la causa?». Él, de ojos grandes y barriga generosa, se quedó pensativo y contestó: «¡La Sexta Columna! Los antagonismos políticos y su conjunto corrosivo». Al leer esta frase supe que había tema de sobra para una tesis doctoral. ¿Se habían matado tanto entre sí los antifascistas como para afectar al curso de la guerra?

En aquel momento, el listado de asesinados que tenía en mi ordenador era muy corto. Los 218 contados anteriormente por los historiadores Solé y Villarroya y algún otro perdido. Sin embargo, poco tardaron en aumentar. Cada día de archivo o de hemeroteca me aportaba casi siempre uno nuevo. Los casos se amontonaban con rapidez.

El 4 de mayo de 1937, nada más amanecer, los anarquistas atacaron por diferentes calles la plaza de Sant Jaume. Los Mossos y nacionalistas que defendían el enclave no hablaban del asesinato cometido la noche anterior. Simplemente, seguían maldiciendo a sus oponentes porque no les daban tregua. Mientras, en Sant Andreu, en las afueras de Barcelona, el secretario de las Juventudes Libertarias del barrio esperaba a sus correligionarios. Poco a poco llegaban anarquistas con las armas que habían podido conseguir (escopetas, fusiles y granadas). La mayoría era demasiado joven para ir al frente o estaba de permiso. «¡Venga, subid rápido que en el comité regional nos necesitan!». Al final, se montaron en el vehículo 12; dos delante y 10 detrás. «Con estos amigos de los burgueses no tenemos ni para empezar, ya veréis, cuando Barcelona sea nuestra iremos después a Valencia», comentó uno de ellos. El transporte público estaba en huelga y los comercios habían cerrado por miedo. Alguien les avisó que bajar por el Passeig de Gràcia era un suicidio. «Mejor dar un rodeo por el Parc de la Ciutadella». Allí les esperaba un control de milicianos comunistas de la Columna Carlos Marx. No hubo respuesta posible. Enseguida se vieron rodeados de fusiles y ametralladoras. Bajaron del camión con las manos en alto y fueron trasladados al cuartel Voroshilov. Los torturaron durante varias horas, llegando a amputarles dedos o testículos, hasta que decidieron sacarlos de allí para no dejar rastro. Maniatados y moribundos los trasladaron camuflados en ambulancias hasta la confluencia de las carreteras de Cerdanyola y Bellaterra. En una cuneta, recibieron el tiro de gracia. Los encontraron cinco días después, por lo que su identificación fue imposible.
Masacre del día 4

En mi tesis para doctorarme en Periodismo por la Universidad CEU-San Pablo, gracias a la documentación bibliográfica y de archivos, aparece el listado de las víctimas de aquella masacre del día 4. El número iba aumentando y aquella lucha fratricida revelaba episodios cada vez más atroces. La prensa y el archivo de la Causa General me informaban de multitud de asesinatos en pueblos aislados de la retaguardia. Por ejemplo, en el pequeño pueblo de Oliete (Teruel) el 7 de mayo de 1937 apareció un grupo de anarquistas y detuvo a cuatro antifascistas, militantes dos del PCE, otro de UGT y otro de Izquierda Republicana. Los apresaron sin justificación alguna y los asesinaron a tres kilómetros del pueblo. Un informe asegura que «a pesar de llevar armas los agresores, prefirieron hacerlo a cuchilladas».
Casos similares vivieron militantes de todas las ideologías antifascistas, aunque destaca la sufrida por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM). Además de la archiconocida desaparición de su líder, Andreu Nin, decenas de sus militantes fueron aniquilados. Tras declarar el Gobierno de la República ilegal el partido, la Guardia de Asalto comenzó a llamar a las puertas de sus afiliados y a enterrarlos en fosas que nadie ha encontrado aún: Kurt Landau, Hans Freund, Erwin Wolf...

En el frente, los soldados anarquistas y del POUM tenían a su principal enemigo en los oficiales comunistas. El método era ordenarles presentarse en un puesto de mando de la retaguardia y asesinarles allí mismo. Así cayeron poumistas como José Hervás, José Meca y Jaume Trepat en marzo de 1938. La CNT llegó a ordenar a sus militantes que «cuando sean llamados por un jefe marxista, no vayan solos».
Una historia escalofriante fue la que leí en el libro del propio ejecutor de un asesinato, el coronel comunista David Alfaro Siqueiros. Una noche de julio de 1937 en Valsequillo (Córdoba) le trajeron a su puesto de mando un soldado de 25 años que habían detenido por hacer «propaganda derrotista entre las tropas, con los argumentos característicos del POUM». Le dijo que se sentara y cenara bien, mientras comentó a sus subalternos que después lo fusilaría. Nadie le tomó en serio. Una hora después lo llevaron a una cuneta lejana y el coronel le pegó dos tiros. El crimen fue tan atroz y sorprendió tanto a los presentes que el chofer se puso nervioso y al dar la vuelta al coche se equivocó y pasó por encima del cadáver del chico.

En todos los archivos históricos hay una situación que se repite con frecuencia. Llegan descendientes de algún fusilado o desaparecido y preguntan por él. La respuesta suele ser negativa, pues sólo existen listados de oficiales del Ejército de la República y sin apenas información. En mi listado tenía tanto a los fallecidos como a supervivientes de la guerra. Dar alguna pista sobre su paradero es la mayor satisfacción para un investigador. He ofrecido datos sobre personas en multitud de ocasiones y siempre tengo una extraña sensación al hablar a alguien sobre su propio familiar. Un día que me llamó un amigo para preguntarme si sabía quién había sacado a su abuelo de la cárcel Modelo de Madrid al inicio de la guerra. Hubo suerte y su abuela se enteró con 90 años de quién había salvado a su marido.

La mañana del 5 de mayo de 1937 los Mossos d'Esquadra y los miembros de Estat Català habían conseguido hacer retroceder una vez más a los anarquistas. La ejecución de aquéllos dos jóvenes italianos había pasado desapercibida. Ahora anhelaban que todo acabara cuanto antes. Sin embargo, a media mañana les llegó una penosa noticia. Sus enemigos acababan de abatir en la calle Casp al nuevo conseller de Trabajo, Antoni Sesé. Su coche oficial cogió el camino equivocado a la Generalitat, y se encontró de frente con una barricada anarquista que no falló. Murió al instante. En la plaza de Sant Jaume pidieron venganza.

Cadáveres en la calle

Apenas dos horas después un grupo de Mossos bajó de nuevo hasta la Plaza del Ángel y pidió a los comunistas que allí se encontraban la cabeza de los populares anarquistas italianos Camilo Berneri y Francesco Barbieri, cuyo domicilio se encontraba allí mismo. Estos no eran hombres de armas sino intelectuales que se habían trasladado a Barcelona para escribir sobre la revolución libertaria. Berneri había escrito la noche anterior en una carta a su hija lo siguiente: «Esta noche todo está tranquilo y espero que la crisis se resuelva sin ulteriores conflictos que puedan comprometer la guerra. ¡Cuánto daño hacen los comunistas también aquí!».

Sus esposas abrieron a los policías que amenazaban con derribar la puerta. La compañera de Barbieri preguntó: «¿Por qué venís a por nosotros si somos anarquistas, es decir, antifascistas?». El guardia les contestó: «Precisamente porque sois anarquistas, sois contrarrevolucionarios». Como había ocurrido con Peretti y Ferrari, trasladaron a los anarquistas a la plaza de Sant Jaume y los ejecutaron. Esta vez no se molestaron en abandonar los cuerpos muy lejos, los dejaron en la calle Paradís, a escasos metros de la sede del Gobierno catalán.

A medida que mi investigación iba tocando a su fin, me convencía más de la necesidad de unificar los listados de asesinados. Conocí a otros doctorandos que tenían sus propias listas y pudimos ayudarnos unos a otros. Si estuvieran todos en uno, muchos descendientes de aquellas víctimas dejarían de estar eternamente buscando. Obviamente, fui consciente de que jamás se conseguirá un inventario completo.
Un día buscando en Madrid la casa donde se ubicó un cuartel comunista, comencé a preguntar a los ancianos que me cruzaba. Una mujer me preguntó de qué trataba mi investigación y al explicársela me dio una respuesta diferente a todas las que me había encontrado hasta ese momento: «¡Ah! Sí, a mi vecina los comunistas le mataron a su hijo socialista al final de la guerra en plena calle Luchana, se llamaba César». Se refería al Golpe del coronel Casado, unos combates ocurridos en la capital también entre comunistas, socialistas y anarquistas.

Durante el Golpe de Casado, en marzo de 1939, se produjeron igualmente numerosos asesinatos entre antifascistas. El comunista Fernández Cortinas cuenta en un informe cómo ejecutó al comandante socialista Carlos Bellido en el Círculo Socialista: «Saqué a Bellido del Círculo, y en el jardín, junto a la estatua de Pablo Iglesias, le metí yo mismo un cargador en la cabeza». Unos dirigentes del PCE también asesinaron junto al Palacio de El Pardo, sin motivo aparente, a tres tenientes coroneles republicanos y al comisario socialista Ángel Peinado Leal. No obstante, al perder los comunistas la batalla, el coronel Casado fusiló a dos de ellos como represalia.

Terminada la guerra (abril del 39), mi listado de víctimas arroja 982 nombres. Una de las dos últimas fue el coronel Luis Barceló. Habla para Crónica su nieto, Roberto Company Barceló: «Lo fusilaron los antifascistas traidores y derrotistas. A nuestra familia no nos queda ni el consuelo de que fuera ejecutado por Franco, como el resto de republicanos». Un abuelo más entre los olvidados.

El pasado 1 de septiembre el juez Garzón anunció una macroinvestigación judicial sobre los asesinados en la Guerra Civil y la primera época del franquismo. Pidió los listados de asesinados a ayuntamientos y parroquias. Jamás me hubiera imaginado que la unificación de las listas, esa que yo creo que puede ayudar a las familias, se produjera en la Audiencia Nacional. Allí acudí.

Jueves 11 de septiembre. 11.45 horas. Subo al Juzgado de Instrucción nº 5 con el listado de 982 antifascistas asesinados por la República. Pido entregárselo personalmente al juez Baltasar Garzón. Una funcionaria me sugiere que espere, pero que lo ve difícil. Lo consulta y me dice que pase. Garzón me esperaba. Le estrecho la mano y le entrego el listado (86 folios) mientras le explico de quiénes se trata. El me escucha atentamente y me pide un número de contacto, que yo había adjuntado en una carta. De nuevo nos damos la mano y nos despedimos. Parecía estar muy ocupado.


LA GUERRA CIVIL DENTRO DEL FRENTE POPULAR
Miles de muertos que Rodríguez y asociados quisieran olvidar:

Uno de los hechos más silenciados de la Guerra Civil española es la guerra civil dentro del Frente Popular. Se trata de miles de muertos, y esto que presento es sólo un pequeño esbozo.

El 10 de junio de 1936 se produce un enfrentamiento sindical en Málaga, los de la CNT asesinan al concejal comunista Andrés Rodríguez González, respondiendo los de la UGT abatiendo de seis balazos a Miguel Ortiz Acevedo, dirigente de la CNT. Al día siguiente es asesinado el sindicalista Antonio Román Reina, y finaliza la batalla en el puerto con la muerte de un obrero afiliado a la CNT.
En julio de 1936 en Barcelona, militantes de la CNT asesinaron a más de 80 miembros de la UGT.

Los asesinatos de modestos campesinos, artesanos y comerciantes, la mayoría partidarios del Frente Popular, asesinatos cometidos por la CNT-FAI, al imponer e implantar por la fuerza de las armas las colectividades agrícolas.

Edward Knoblaugh, corresponsal norteamericano en Madrid en 1936 escribe: «Los anarquistas y los socialistas-comunistas se mataban entre sí con regularidad uno o dos muertos al día. [...] La ejecución de cientos de izquierdistas moderados, bajo acusación de sabotajes y actividades contrarrevolucionarias».

El fusilamiento en agosto de 1936 del socialista teniente coronel Cuervo, falsamente acusado de tratar con el enemigo, según testimonio del general y ex ministro republicano Luis Castelló Pantoja y del ex ministro socialista Julián Zugazagoitia.

El asesinato por sus propios compañeros del joven poeta inglés John Cornford, dirigente comunista universitario alistado en las Brigadas Internacionales, según confesión de su madre Frances Cornford al historiador Hugh Thomas.

A finales del verano de 1936 cerca de Barbastro, fueron asesinados por militantes anarquistas 25 afiliados a la UGT.

En octubre de 1936 en el frente de Tagus y por orden del general republicano José Asensio, son fusilados 30 milicianos.

50 muertos en octubre de 1936 en Madrid, en la plaza de Tetuán y calles limítrofes, por enfrentamientos entre fuerzas del orden y anarquistas.
El 19 de noviembre de 1936, el líder anarquista Buenaventura Durruti es herido de muerte de un disparo realizado a corta distancia y por la espalda, cuando estaba inspeccionando las tropas del frente de la Ciudad Universitaria de Madrid.

Los asesinatos de republicanos e izquierdistas cometidos por las anarquistas y autónomas Columna de Hierro y Columna del Rosal, sus enfrentamientos con otras fuerzas del Frente Popular, como el choque de noviembre de 1936 en Valencia, cuando la Columna de Hierro sembró el terror en la ciudad y su posterior batalla con la Guardia Popular Antifascista, policía comunista-socialista, que dejó un saldo de 148 muertos.

En el pueblo toledano de Villanueva, por orden del alcalde comunista, fueron asesinados 16 militantes de la CNT.

A finales de diciembre de 1936 en el pueblo tarraconense de La Fatarella, hubo más de 20 muertos por los enfrentamientos entre socialistas y comunistas de la UGT y militantes de la CNT-FAI.

En 1936 son asesinados por venganzas y rivalidades los delegados de Abastos, Manuel López de la CNT y el comunista Pablo Yagüe de la UGT.

El 25 de abril de 1937 en el barcelonés Molins de Llobregat, es asesinado Roldán Cortada dirigente del PSUC. Al día siguiente en Puigcerdá, son abatidos a balazos el anarquista Antonio Martín y dos de sus compañeros.

Antonio Sesé Artaso secretario de la UGT catalana, dirigente del PSUC y consejero de la Generalidad, el 6 de mayo de 1937 es herido de muerte de un disparo realizado por militantes del PSUC. En un informe secreto de 14 de octubre de 1936 elaborado por André Marty, el dirigente de la Internacional Comunista afirmaba: «Sesé, un hombre sospechoso desde todos los puntos de vista».

Los sucesos del mayo catalán, con un mínimo de 277 muertos, como los 36 anarquistas asesinados por el PSUC en Tarragona, o los 12 cadáveres de los jóvenes anarquistas abandonados en el cementerio de la barcelonesa Sardañola, «horriblemente mutilados, con los ojos fuera y las lenguas cortadas», según denunció la ex ministra y dirigente anarquista Federica Montseny Mañé.

Al conocerse los sucesos de Barcelona, el 4 de mayo de 1937, fuerzas anarquistas abandonan sus posiciones en el frente de Aragón y se dirigen a la Ciudad Condal a defender a sus compañeros. A su paso por Binéfar, Barbastro, El Grado, Albalate de Cinca, Peralta de Alcofea, Valderrobres, Mora de Rubielos y otras poblaciones, se producen enfrentamientos, asesinatos y ejecuciones.

Después del mayo catalán vendrán las represiones, primero contra el POUM, hasta casi su total exterminio.

Según el dirigente del POUM Andrés Nin Pérez, en diciembre de 1936 tenían 30.000 afiliados, y según Erwin Wolf, que también fue detenido y hecho desaparecer por el NKVD –la policía secreta soviética–, el 6 de julio de 1937 escribía: «Es imposible decir cuántos miembros activos quedan del POUM, 100, 200, 300 como máximo».

Andreu Nin Pérez, ex hermano, ex consejero de la Generalidad y uno de los líderes del POUM, detenido el 16 de junio de 1937 en Barcelona por orden del jefe del NKVD, Alexander Orlov, fue trasladado a Madrid y torturado hasta la muerte, su cadáver, como el de otros muchos desaparecidos, posiblemente fue a parar al secreto horno crematorio de Orlov, horno crematorio cuya existencia fue revelada en el año 1998 por el coronel y archivero del KGB, Vasili Nikitich Mitrokhin.

Después de terminar con el POUM, en todo el territorio del Frente Popular, socialistas y comunistas desataron una campaña contra las colectividades anarquistas. Enrique Lister, el comandante comunista de la XI División, fue el responsable de numerosos asesinatos de campesinos castellanos, como los 60 fusilados en el pueblo toledano de Mora, ejecuciones que jamás negó e incluso justificó; pero tanto en número como en crueldad fue superado por su camarada comunista Valentín González, «el Campesino». Según testimonios, sólo en la zona central castellana fueron eliminados cientos de pequeños campesinos, comerciantes y artesanos colectivistas.

Finalizada la liquidación de las colectividades agrarias le llegó el turno al anarquista Consejo de Aragón, instalado en Caspe.

Aragón había quedado dividido en dos partes, las capitales Zaragoza, Huesca, Teruel y algunas poblaciones era zona nacional, y desde octubre de 1936 los anarquistas eran dueños de la otra parte de Aragón, y según los comunistas, esos territorios estaban dominados por el pillaje, el desorden y el crimen.

El 5 de agosto de 1937 el ministro de Defensa, el socialista Indalencio Prieto, llamó a Enrique Líster para darle una orden, pero no por escrito, sino verbal, de que actuase sin contemplaciones ni trámites burocráticos y acabase con el Consejo de Aragón. Enrique Líster, que además de asesino contaba con una de las mejores y más eficaces unidades armadas del Frente Popular, cumplió con creces la orden verbal. A finales de agosto, cuando ya casi estaba dominado todo el territorio aragonés que había estado en poder de los anarquistas, fue nombrado gobernador general de Aragón el militante de Izquierda Republicana, José Ignacio Mantecón, y con las compañías de Guardia de Asalto que le acompañaron más la División de Líster, se dio por finalizada la misión, que fue llevada a cabo «con extremada violencia».

De las numerosas ejecuciones del comunista Enrique Líster –de algunas de ellas alardeó ufano hasta el último día de su vida–, se sabe que durante la ofensiva de Brunete en julio de 1937, ordenó fusilar a un comisario de división y a un comandante de brigada regular, ambos anarquistas.

En cuanto al desconocido número de ejecuciones dentro de las Brigadas Internacionales, en Brunete, y en la noche anterior a las ejecuciones ordenadas por Líster, fueron fusilados 18 «brigadistas».

Uno de los jefes carceleros de las Brigadas, el croata Copic, hermano del coronel Vladimir Copic, con motivo de la llegada de nuevos prisioneros «brigadistas», ordenó fusilar a 16. En otra ocasión 50 prisioneros «brigadistas» lograron evadirse, por lo que ordenó como escarmiento la ejecución de 50 presos.

El «brigadista» francés Roger Codou consultó algunos informes sobre las prisiones de las Brigadas, descubriendo que muchos de los prisioneros morían por «inmersión en agua».

El 14 de junio de 1938, el teniente alemán Hans Rudolph, torturado durante seis días, fue ejecutado de un tiro en la nuca junto a otros seis «brigadistas».

Otras veces los ejecutados eran computados como muertos en combate, como el caso de Erich Frommelt, «brigadista» fusilado en noviembre de 1937 y dado oficialmente por muerto en el frente de Teruel.

Existe un escrito donde el miembro del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y uno de los organizadores de las Brigadas Internacionales, el hermano francés André Marty, informa en noviembre de 1937 al Comité Central del Partido Comunista Francés: «Estas ejecuciones, las que han sido dispuestas por mí, no pasan de quinientas». El mentiroso historiador Rémi Skoutelsky, afirma que en ese escrito hay añadiduras y falsificaciones, y que él investigando había dado con la fuente franquista de la falsificación, el librito editado en Barcelona en 1939, Las Brigadas Internacionales según testimonio de sus artífices. Pues bien, yo conocía ese librito y he consultado tres de sus ejemplares y puedo afirmar que se limita a traducir y recoger sólo una parte del informe de Marty, informe completo que fue reproducido por el «brigadista» Andreu Castells en su libro, Las Brigadas Internacionales de la guerra de España, Barcelona, 1974, pp. 257 y 258.

Para finalizar este apartado sobre las ejecuciones en las Brigadas Internacionales, he de decir que en un informe alto secreto del camarada Gómez; es decir, Wilhelm Zeisser, agente del GRU –el servicio de inteligencia militar soviético– y jefe de la base de Albacete de las Brigadas Internacionales, a 31 de marzo de 1938 el total de los incorporados a las Brigadas era de 31.369: 15.992 disponibles, 5.062 devueltos a casa heridos y 4.575 muertos y desaparecidos, y el apartado denominado «diferencia»: 5.740, es el total que incluye a los desertores y a los ejecutados. (Ronald Radosh. Mary R. Habeck y Grigory Sevostianov. España traicionada. Barcelona, 2002. pp. 511 y 549). Ejecutados cuyo número real jamás sabremos, al igual que pasa con los miles de ejecutados en y por el Frente Popular.

El 20 de enero de 1938, fueron fusilados en el pueblo turolense de Rubielos de Mora, 46 milicianos acusados de insubordinación. (Son los de la Brigada 84, que habían tomado Teruel y estaban de permiso. Los fusiló su jefe, el alcalde de Mérida).

Del 5 al 13 de marzo de 1939 tuvo lugar en Madrid la última batalla de la Guerra Civil, donde se enfrentaron fuerzas prosoviéticas socialistas y comunistas, contra fuerzas anarquistas de Cipriano Mera Sanz y del militar profesional y republicano, el hermano Segismundo Casado López. Tampoco se conoce el número exacto de muertos, y las cifras que dan algunos historiadores van desde los más de 200, 500, unos 2.000, más de 5.000 y hasta 20.000; eso sí, se sabe que el coronel o general Casado ordenó fusilar a los comunistas coronel y hermano Luis Barceló Jover y al comisario José Conesa, y que anteriormente fuerzas de Barceló habían ejecutado a los ayudantes de Casado, los coroneles José Pérez Gazzolo, Arnoldo Fernández Urbano, Joaquín Otero Ferrer y al comisario Ángel Peinado Leal.

Finalizada la Guerra Civil e incluso después de la II Guerra Mundial, asesinos comunistas refugiados en Francia, continuaron la eliminación de antifascistas españoles; como el caso de Joan Farré Gasso, antiguo dirigente del POUM de Lérida y participante en la resistencia francesa contra los alemanes, que fue interceptado en Montauban por los maquis comunistas y asesinado.

Presidente Rodríguez y asociados, no sean tan cobardes y tengan memoria de todos sus muertos. Y digo todos sus muertos, porque como usted Rodríguez ha declarado sentirse muy orgulloso de ser rojo; pues bien, sepa y recuerde que esos fueron rojos asesinados por rojos, hágase pues cargo de los miles y miles de esas víctimas, y a los cientos de sus asesinos recompénseles por su callada labor realizada, labor que nunca será reconocida ni siquiera por ellos mismos.

Este trabajo es una parte de las páginas del libro: El chantaje de la izquierda. Las falsedades de la Guerra Civil española. Se puede adquirir en la Librería Histórica. c/ Lagasca 120. Madrid.


LA DIADA DE CATALUÑA  O LA MANIPULACIÓN HISTÓRICA
Álex del Rosal
LibertadDigital.com

Los popes del nacionalismo catalán nos venden cada 11 de septiembre la misma burra: la Diada se celebra por un pretendido rencor a España, dicen, por el recuerdo de la guerra de 1714. Y con ello aprovechan para llenar el saco de otras patochadas que tienen como objetivo exaltar a Cataluña contraponiéndola a España.

Es el drama de los catalanes. El nacionalismo ha logrado encubrir, ocultar y manipular la historia de nuestra pequeña patria hasta hacerla irreconocible. Y todo ello gracias a la nómina de historiadores que han reescrito la historia del Principado como les hubiera gustado que hubiera sido y no como realmente fue. Imbuidos por un romanticismo de leyenda, han forzado los hechos del pasado hasta convertirlos en caricaturas, con interpretaciones irreconocibles que no aguantarían un riguroso análisis historiográfico.

En esa tergiversación de los hechos pasados los políticos nacionalistas, siempre al acecho, han descubierto una poderosísima arma ideológica que emplear contra el adversario, para dejarle sin argumentos y acomplejado por no hallar réplicas a la historia oficial. Así las cosas, llevan treinta años ganando la batalla política, y tienen muchas posibilidades de seguir haciéndolo durante lo que queda de siglo.
Es la historia al servicio de la construcción virtual de una nación con ansias de independencia.

Ya lo decía el escritor Josep Pla: «La historia romántica es una historia falsa». Y a continuación reclamaba una nueva generación de historiadores catalanes que fueran fieles a la verdad: ¿Tendremos algún día en Cataluña una auténtica y objetiva historia?, ¿tendremos una Historia que no contenga las memeces de las historias puramente románticas que van saliendo?

Una de esas memeces históricas a las que se refería Pla es, precisamente, la Diada, la denominada Fiesta Nacional de Cataluña, que se celebra cada once de septiembre. Es una jornada reivindicativa del nacionalismo en la que los grupos más radicales muestran su rechazo a España por una supuesta agresión histórica que terminó en derrota catalana.

Vamos a la moviola.

En 1700 el rey Carlos II muere sin descendencia, a raíz de lo cual se desata una lucha encarnizada entre las distintas monarquías europeas por conseguir la corona de España y, con ello, la gran herencia que representaba el todavía mayor imperio del mundo. Se abre, pues, la espita de la Guerra de Sucesión, que enfrentará al archiduque Carlos de Austria, hijo de Leopoldo I, y Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV, que representaban formas de gobierno y modelos de sociedad completamente diferentes.

«Estaba la nación dividida en dos partidos [...] –escribe el historiador y político barcelonés Antonio Capmany–, pero ninguno de ellos era infiel a la nación en general, ni enemigo de la patria. Se llamaban unos a otros rebeldes y traidores, sin serlo en realidad ninguno, pues todos eran y querían ser españoles».

El archiduque Carlos contaba con la general simpatía del pueblo catalán por su apego al tradicionalismo y su respeto a las concesiones reales que disfrutaba el Principado, con sus jurisdicciones propias, sus inmunidades, sus fueros y privilegios.

Por el contrario, Felipe de Borbón representaba el centralismo y un acentuado liberalismo, además de personificar la aversión que tenían los catalanes hacia todo lo que fuera francés, algo así como una francofobia verdaderamente virulenta, debido a los desatinos que produjo el sometimiento de Barcelona y de otras zonas de Cataluña a la Francia de Richelieu, unas décadas atrás. Con este panorama, era normal que la mayoría de la población catalana abrazara la causa del archiduque Carlos.

Entre 1705 y 1714 los catalanes lucharon en la Guerra de Sucesión española contra el modelo liberal y antifueros que querían implantar los borbones. La lealtad hacia la causa del archiduque Carlos garantizaba el mantenimiento tanto del tradicionalismo como de los privilegios históricos de que gozaba el Principado. Tanto es así que algunos historiadores nacionalistas, como Rovira i Virgili, han afirmado que los herederos directos de los combatientes de 1714 no son los nacionalistas, maulets o separatistas de hoy, sino los carlistas. Una declaración que supone una desconexión entre el nacionalismo moderno, nacido en el siglo XIX, y esa guerra tan lejana. En el alzamiento antiborbónico no existía ninguna aversión hacia España; pero sí al absolutismo borbónico, ilustrado y liberal representado por Felipe de Anjou, e importado de Europa.

Cuando el 11 de septiembre de 1714 los barceloneses deciden claudicar ante el ejército de Felipe de Borbón, el alcalde de la ciudad edita un bando que resume el sentido español de los ideales por los que lucharon esos hombres. «Salvar la libertad del Principado y de toda España; evitar la esclavitud que espera a los catalanes y al resto de los españoles bajo el dominio francés; derramar la sangre gloriosamente por su rey, por su honor, por la patria y por la libertad de toda España»: este párrafo es una prueba más de que la Guerra de Sucesión no tuvo un cariz nacionalista ni separatista, sino únicamente sucesorio y antifrancés.

El futuro de Cataluña se juega en el saber decir a la gente de hoy lo que pasó ayer. Recuperando el pasado con todo rigor, sin manipulaciones románticas y ensoñaciones sentimentales, Cataluña puede reconciliarse con su historia y abandonar esos derroteros que le quitan seny y la abocan a su propia destrucción. ¿Para cuándo una revisión de la historia oficial del Principado?


 
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