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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 431
Lunes, 13 octubre a las 19:01:14

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 431 –  07 de octubre de 2008

SUMARIO



12 DE OCTUBRE. DÍA DE LA HISPANIDAD
José  Mª García de Tuñón

Pocas fechas hay en nuestra historia de España como la del descubrimiento de América –cuyo aniversario celebraremos el próximo día 12–, para despertar el patriotismo dormido de algunos y para forjar en el pueblo español la conciencia de la gloria de su raza. Pocas fechas también, tan simbólicas de la unidad de nuestra patria, porque las capitulaciones de aquel descubrimiento se pactaron frente a los muros, todavía musulmanes, de Granada por una reina de Castilla y un rey de Aragón. Y las naves que habrían de arribar en el Nuevo Mundo salieron de un puerto andaluz, tripuladas por marineros de todas las costas de España: gallegos, vascos, andaluces y levantinos. Y en Barcelona los reyes reciben a Colón a su regreso, después de descubrir aquellas tierras que hoy forman todas ellas el continente americano con sus luces y sus sombras. Sin un pueblo capaz de llevar a cabo la civilización de un mundo nuevo, el viaje del navegante Colón hubiera sido sólo una nueva ruta abierta a todos los aventureros del mundo. La colonización de América, nombre más propio que el de conquista, fue la gran obra de toda España.

Por eso, es muy difícil para mí, sin que sienta cierta turbación, poder escuchar a los que manejan los medios en España, decir Latinoamérica en vez de Hispanoamérica; claro que también se escuchan cosas peores diariamente, sin que, al parecer nadie tome medidas para corregirlo. El latinismo viene a ser un sinónimo de galicismo, inventado por un francés. Que Francia desee para sí la hegemonía de las que llama naciones latinas no puede producirnos asombro, porque el Estado francés ve en esa expresión el medio para otras conquistas políticas. Pero la más lejana imitación de estos ejemplos de patriotismo nos impone a nosotros, españoles, la protesta contra ese monopolio del latinismo que Francia pretende imponer, y, sobre todo, contra la manera de ser utilizado para sus fines particulares, con daño a nuestra Patria y a los pueblos unidos a nuestra historia y a nuestra civilización. España no siente el latinismo; siente, en cambio, el hispanismo; siente la comunidad espiritual con América, desde tierras altas de América hasta la Tierra de Fuego. Y este es el patrimonio que a toda costa debemos, y estamos obligados, a defender.


EMPAR PINEDA Y EL RATONCITO PÉREZ
Miguel Ángel Loma

En la información de doble página de ABC del pasado 28 de septiembre titulada «El Gobierno se lanza a la ampliación del aborto», se recogían las siguientes palabras de Empar Pineda, portavoz de la asociación de clínicas abortistas: «La ley del aborto no quita el problema de raíz si no le acompaña una buena política de educación». Quien desconozca las ideas y el discurso de doña Empar podría llegar a pensar que un noble altruismo inspiraba sus palabras, y que éstas iban contra sus propios intereses comerciales, ya que «una buena política de educación» (no hay que estrujarse el cráneo para deducir que se refería a la sexual) disminuiría el número de abortos. Pero que nadie se llame a engaño...

Cuando Empar Pineda reclama educación es porque sabe que el tipo de educación sexual que se está impartiendo, y de la que ella es encendida partidaria, conduce impepinablemente a más aborto. Algo perfectamente comprobable en nuestro país, donde no deja de crecer el número de embarazos entre adolescentes y, por ende, los abortos, pese a que a los pobres niños se les bombardee con supuesta información sexual a todas horas, y que a sus padres ya casi se les aconseja que ante la caída de los primeros dientes de sus retoños, el ratoncito Pérez les traiga condones en vez de euros.

Una buena política de educación colocaría al sexo en su lugar (unas cuartas más abajo de la cabeza), formaría a los jóvenes en el respeto al cuerpo y no les alentaría irresponsablemente al «ejercicio del sexo» como si se tratase de un deporte más. Pero me da a mí que doña Empar no se refería a esta educación, porque ésta sí que reduciría drásticamente el número de embarazos y abortos.

¿Y... POR QUÉ NO JUSTICIA SOCIAL?
Carlos Martínez Cava-Arenas

No me resigno. No soy de aquellos que, en los últimos días de Constantinopla, antes de su toma al asalto por los turcos, se desesperaban infinitamente y ante la marea de conquistadores de aquel extremo de nuestra Civilización exclamaba «Porque la voluntad de Dios es, sin duda, que el mundo se haga turco». Nunca cabe la desesperanza por que es la entrega de nuestra voluntad.

Decía Wilhem Ropke en Civitas Humana que «La invasión que amenaza a nuestro mundo occidental… viene de dentro. Es más una infección que una rebelión. Es una descomposición vergonzante de los contenidos de nuestras creencias, de las convicciones inviolables, de las supremas concepciones de los valores y una confusión moral y espiritual».

Se habla de crisis y aprovechándose de ella, gobiernos como el nuestro, toman las famosas «medidas» que reclama el partido popular. ¿No sería mucho más digno poner en cuestión el funcionamiento de un sistema económico que ha generado tanta injusticia distributiva? ¿No habremos de reconocer que un sistema financiero basado en el lucro sin trabajo productivo y en la especulación es el causante de que ahora millones de personas tengan problemas en pagar sus hipotecas? ¿En que ese mismo sistema financiero sea el culpable de que los salarios no crezcan y sí la inflación y los tipos de interés, empobreciendo cada vez más a las clases trabajadoras?

Hubo un Hombre de Dios que, a muchos nos acompañó desde nuestra adolescencia. Un Hombre de Dios que sufrió dos invasiones totalitarias en su Patria. Un Hombre de Dios que inspiró a los obreros a rebelarse justamente contra el hambre, contra la inmundicia de un materialismo socialista, contra el mensaje de la desesperanza y la muerte. Un Hombre de Dios que en una Encíclica llamada Laborem Exercens proclamó que el primer fundamento del valor del trabajo es el Hombre mismo, su sujeto. Que la verdad cristiana sobre el trabajo debe contraponerse a las diversas corrientes de pensamiento materialista y economicista. Y que esta concepción cristiana debe encontrar un puesto central en toda la esfera de la política social y económica.

El trabajo es un bien del Hombre. Y por ello, es obligada la Solidaridad allá donde hay hambre, donde hay explotación y donde hay miseria. ¿Cómo vamos a seguir sosteniendo a quienes afirman que hay que «globalizar» aún más la Economia mundial, cuando es ése sistema el que ha contribuido a la deslocalización de tantas empresas que han encontrado mano esclava más allá de sus fronteras?

El trabajo es un bien del Hombre. Y por ello, en él se realiza a sí mismo como Hombre. Por el trabajo el Hombre crea una familia, la cual es un Derecho Natural y su vocación. Sin trabajo no es posible crear una familia.

Aquel Hombre de Dios venido del Este, de un mundo de alambradas y frío. Con su mirada cálida y su fortaleza nos dijo que sería justo un sistema de trabajo que superase la antinomia entre el trabajo y el capital.

Estamos viviendo una muy peculiar dictadura de lo económico (donde no hay electores ni elegibles) sobre lo político (donde el principio de subsidiariedad conforme se sube en los peldaños administrativos: municipio, comunidad, nación, unión de estados, desaparece).
Justa será la rebelión de ideas que desate una tormenta de esperanza y justicia.

Es misión del católico defender la dignidad de la persona. No basta rezar, también hay que dar trigo.

LA SGAE (SOCIEDAD GENERAL DE AUTORES) ATACA DE NUEVO
José Luis Sampedro

Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padres de alumnos. Sus «clientes» éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.

Muchos años después hice una visita a una bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería. Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas.

Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos. Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.

Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago.
Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir –eso dicen– a los autores del desgaste del préstamo.

Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura?

Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación? ¿Acaso dejaron de cobrar por el libro? ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas? ¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?
Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura?, ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos? No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.

Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

¡No al préstamo de pago en bibliotecas!


ES QUE NO JUNTAMOS LAS SEÑALES
Arturo Robsy

Y así nos va. Porque todo está a la vista, ya del ojo, ya de la analogía, ya de la suspicacia ordenada. La Inteligencia ha de ser suspicaz que, en origen, es observar, perspicaz que mira desde abajo. Y, a escala planetaria, estamos abajo.

Las cosas que de verdad pasan lo hacen por una ancha vena subterránea que, a veces, toma aspecto de cloaca. Y lo que pasa de verdad es muy sencillo: Sobrevivir llegando a más. A veces se ha dicho que hombre es el ser que peca. Se puede afinar más: hombre es el ser que codicia. No todos los hombres, no todas las codicias. Pero cuando un humano codicia humanos andamos por los límites.

Este es el mundo de la muerte, por la misma razón que es el de la vida. Pero, además, es el de la matanza. Son miles de millones de años, de vueltas completas al sol, con miles de muertes violentas y salvajes. Todo se organizó, desde los principios entre comer y ser comido; matar o ser muerto. Ya lo sabemos, cierto, pero no lo sentimos ni lo aquilatamos. ¿Acaso cae en nuestras responsabilidades la angustia por todas esas esponjas muertas; por esos protozoarios, por aquellas moles que fueron los diplodocos?

De lo que se trata es de sacar factor común de cómo los vivientes se organizan. ¿Cómo lo hacen? Siempre igual desde los orígenes. O sea, el carnívoro se nutre de herbívoros y el herbívoro se junta en rebaños, donde aparecen los roces propios de la multitud, del apareamiento y de la dominación. Lo hacían los dinosaurios. Lo hacen los cardúmenes. Las aves, los mamíferos, nosotros.

Claro que el hombre sólo es un mínimo porcentaje de la vida en estos andurriales cósmicos, salvo que lo veamos como de verdad se ve: nuestro mundo no es un planeta, sino el hombre. Nuestra sociedad no es una más entre los seres sociales, sino el rebaño universal y, dentro de nuestra especie, se producen las mismas cosas que en el planeta entero: algunos somos depredadores y otros herbívoros tratando de protegernos mediante la cantidad y tratando de que no aparezcan más dominadores en nuestro seno. Tarea más que inútil. Este es un mundo para vivir del débil y del indefenso.

Vemos estas señales pero no las empalmamos con orden. A veces, ante un mundo intrínsecamente perverso, tenemos ganas de ser altaneros: Quien me mate, morirá. Y es cierto, pero en diferido. Todos esos tipejos que sabemos, que dificultan la vida, la armonía y la paz, morirán, pero demasiado tarde. Son esos tipos supremos los que deciden qué se investigará y qué se dejará pasar. Los que decidieron forzar la aparición de fármacos y vacunas para al sida. ¿Por qué? Porque será un negocio de larga duración.
No se hace nada, en investigación y desarrollo, que no vaya a ser negocio aceptable.

Esto explica por qué algunas ciencias se están olvidando, como la Filosofía y su Ontología: ¿A quién le interesa estudiar y conocer lo que sea el Ser? ¿Se puede fabricar y comercializar? ¿Y la Sociología? Caso distinto: los que deben ya saben cómo es la sociedad y no tienen deseos de que los estudiosos se la cambien, porque ellos están bien establecidos y, además, se están llevando el gato al agua desde que, al invertir en los sistemas de comunicación y aislamiento, han podido llegar a todos los hombres para decirles que es la mayoría quien manda. Que la sociedad es un asunto de multitudes y no de razones ni de verdades.

Pero esas mayorías no existen, sino una larga cadena de mando y de intoxicación, de extranjerización del universo que , en estos momentos, no tiene casi nada en común con los hombres que lo habitan, como bestias en una reserva. Porque es gran negocio invertir en la masa, alucinarla, e implantar en sus conocimientos otros más básicos para continuar así. Así para siempre, por más que la historia advierta que todos los intentos de dominio universal han fracasado, que las esclavitudes se diluyeron, aunque vuelvan. El último caso de fracaso es muy reciente, de 1989, aunque en esta ocasión fue, sencillamente, la invasión de una tiranía por otra mejor reparada: la que tiene en nómina partidos, internacionales, gobiernos y estados.

Las cosas habituales de nuestras vidas son mientras creemos que son. Todos llegamos, con los años y los vistazos, a la conclusión de que hemos vivido en libertad vigilada, cada vez más, incluso los sayones que han sido los vigilantes. Pero no solemos entender que, sabiendo que también pasarán por la muerte, ambicionan de un modo tan extremo y sacrifican lo que sea a Moloch. Es sencillo, aun descartando la malformación de la mente: El placer del poder absoluto es el mayor. Y crea adicción. Los grandes carnívoros piensan antes en matar que en comer.

Pero tal es la condición del hombre: o de rebaño o de caza. Unos son ñúes para los leones y los cocodrilos y otros, los que los acechan y los mantienen con los hábitos que permiten cazarlos con menor dificultad. Señales de ello hay. Y de las jaulas invisibles que alguna vez sirvieron más para que no entraran que para que saliéramos. De hecho hay que preguntarse por qué las primeras medidas españolas, en la mera transición, fueron contra la jaula, que tenía barrotes y también independencia: El libre tráfico de capitales; el cierre de industrias importantes, como –sólo un ejemplo– los astilleros. Las asociaciones multinacionales, o sea, el Mercado Común, hoy la Unión Europea. La eliminación de fronteras. Estas medidas en ningún caso nos hacían más libres. Ni la participación única a través de partidos que se nos instalaron desde fuera. Hay que recordar la fiebre de las «homologaciones».

Cuando las cosas fronterizas estuvieron agotadas y la gente aprendió a decir «soy ciudadano del universo» sin necesidad de apuntarse a la logia de la esquina. Cuando la gente, en masa, en todas las naciones moribundas, no pestañeaba ya ante la sangre, la matanza vista, servida por los medios mejorados cada día, ante el concepto de que el cuerpo es propio, en especial el de la mujer, que es la que puede abortar; que es necesario que la mujer mismo se ampute su hecho diferencial, que es concebir, mediante unas químicas a propósito. Cuando, los que un día serán viejos, reconocen que los ancianos son un gasto insoportable y no miran hacia la comercialización de alimentos de fabrica, responsables al menos de una enfermedad que aumenta y mata, la diabetes 2, y, de la falta de poder genésico de los jóvenes porque las aguas, los envoltorios, las basuras, están saturadas de hormonas femeninas y manejamos a diario substancias que se comportan como tales. Entonces, hoy, ciegos al fracaso de un sistema que nos lleva hacia enfermedades y muertes, aceptamos como progreso la «mundialización», que no es otra cosa que la instauración oficial de una oligocracia, de una tiranía que ya está intentando recoger el ADN de todos, reformar los recuerdos de todos y suministrar a todos psicofármacos que los aproximen al sueño de la razón.

O piensen, si no, por qué en España penetró la droga como una riada y por qué se legisló que su consumo no es delito, mientras apenas se cogía –y se coge– un diez por ciento del tráfico y que muchos agentes de la autoridad, sabiendo dónde y cómo se pasa y se vende, permanecen inactivos. A veces por órdenes superiores, al hilo de lo que un día respondió Felipez González cuando le preguntaron por los porros: «¿Eso es sano, no?» No no.

La droga es un gran negocio y, por lo tanto, está intervenida por otros poderes de los que transitan por la vena subterránea. Use una regla de cálculo: Cuando vea que algo se podría acabar, y no se hace, piense en la mundialización y en los que siguen creyéndose ciudadanos del universo. Si no le gusta, llámelo «Globalización». Nunca faltan nombres que poner a un tirano.

Vaya juntando las señales, que ahí están. No se queje cuando vea que el agua pertenece a determinadas empresas, porque pronto vendrán motores de hidrógeno y los manantiales, y aun los ríos, harán las veces de los pozos de petróleo.

Tampoco olvide la ley de las mayorías, de las multitudes. Comprueba que ante una multitud que se retroalimenta, las leyes quedan en suspenso, con porrazo o sin él. No es la multitud, la masa, la mayoría quien las hace, sino quien puede romperlas sin excesivas consecuencias. Hace falta, pues, más valium, más lorazepam, más antidepresivos, Prozac de diputado, o sea, más adormideras estimulantes, y más, mucha más orina de mujeres de píldora para que a los hombres se les encojan los atributos de siempre. Por su bien, claro. Vean las películas americanas donde las mujeres dicen «aquí se huele mucho a testosterona». La mejor forma de ser es ser mujer y, a ser posible, invertida-o, por nacimiento o aprendizaje. Los globalizadores leyeron a Malthus, y se lo han creído.

Hemos de ser menos. Seis mil millones son difíciles de catalogar y espiar. Están haciendo lo que nuestros antepasados con las cabras, las ovejas, las vacas y los demás: El hombre doméstico es el futuro. Claro que con los leones no funcionó la domesticación. Y están casi extintos. Animales para zoológico más que nada. Como los psiquiatricos de laURSS.

Insensata vida la de los próximos esclavos. O sea, está a punto de terminar la Revolución Francesa. Cómo pasa el tiempo hasta alcanzar los últimos objetivos, ¿verdad, Logia Sol de Levante 161?


 
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