Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda


    Menú
· Inicio
· Presentación
· Estatutos
· Conversaciones
  en el Valle

· Convocatorias
· Recomendar
· Contacto
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
El Brocal: El Brocal Nº - 71
Lunes, 13 octubre a las 20:23:55

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 71  – 09  de octubre de 2008

SUMARIO



EMPIEZA A IMPLOSIONAR EL SISTEMA CAPITALISTA. Cada día peor (o mejor…, según se mire)
Juan Ramón Sánchez Carballido

ElManifiesto.com


Decir que en estos días estamos asistiendo a un colapso del sistema financiero es muy poco decir. En realidad, presenciamos el primer indicio de eso que el gran teórico incorrecto francés Alain de Benoist venía advirtiendo desde hace años: que el final del sistema capitalista no sería explosivo, sino implosivo; es decir, que se iba a derrumbar sobre sí mismo, senda en que ya lo precedieran los comunistas. Como en el caso ruso, nadie esperaba que el punto de fractura se presentara tan de improviso, pues las previsiones menos optimistas lo situaban no antes de transcurridos unos cien años.

A diferencia del desmoronamiento soviético, sin embargo, aquí parece imponerse la sensación de que no ocurre nada. Casi nada, que diría el castizo: desde fechas recientísimas se puede afirmar con rigor la inviabilidad del sistema capitalista, una inviabilidad que pone de manifiesto su incapacidad para sostenerse a largo plazo sin el apoyo de papá Estado, ese gran Leviatán que los liberales aborrecen y al que atribuían la extensa nómina de nuestros males cotidianos.

Uno mira a su alrededor, compra la prensa y hasta consulta a los amigos que acertaron a matricularse en Económicas para buscar una respuesta a la cuestión que verdaderamente importa: y ahora, qué. La conclusión llama a la perplejidad: ahora nada. La teoría del libre mercado ha quedado falseada por la experiencia, pero hemos decidido seguir adelante como si funcionara correctamente, como si la ficción de unas fuerzas económicas capaces de suplantar la acción Estado en la búsqueda del bien común (llámese progreso, bienestar o como se quiera) mantuviera incólume su antiguo prestigio. Sin sonrojo, nuestros políticos insisten en el pegajoso motete del valor de las privatizaciones (por ejemplo, Esperanza Aguirre), nuestros empresarios en la fórmula salvadora del abaratamiento del despido (por ejemplo, Gerardo Díaz Ferrán, presidente de la CEOE), y todos al unísono vuelven sobre las viejas recetas, pero careciendo ya, visto el colapso financiero, de todo poder de convicción en cuanto a su validez teórica, de forma que no les queda sino recrearse al menos en su probada capacidad para infligir sufrimientos gratuitos a las personas y a la sociedad: competitividad (que es sólo un eufemismo para ocultar el rostro siniestro de la explotación capitalista), intensificación de la jornada laboral, moderación salarial, movilidad geográfica y funcional, y un largo etcétera de refinadas técnicas de deshumanización del trabajo.

Pero políticos y empresarios están en nómina del Sistema y de ellos no cabría haber esperado nada diferente. Más lamentable es el silencio de la sociedad civil. Silencio de los sindicatos, centrados en la gestión cedida por las empresas de gigantescos fondos de pensiones o en la impartición de cursos de formación subvencionados por el Estado; sindicatos inexistentes en muchas ocasiones como no se cansa de denunciar ante todo el que quiera escucharlo el histórico y gran sindicalista azul Ceferino Maestú. Silencio de los militantes antisistema que, aturdidos por densas vaharadas de humo de cannabis, dedican sus energías a una estéril caza de ectoplasmas para alimentar el mito fundador de su lucha «antifascista». Silencio de los propios fascistas y neofascistas comme il faut, si es que alguno sobrevive al tiempo o a las seducciones del Sistema, para quienes estaría sonando la hora del desquite con el fracaso técnico de aquellos movimientos políticos de masas del siglo XX (comunismo y liberal-capitalismo) que les hurtaron a sangre y fuego, bajo tempestades de acero, su lugar bajo el sol. Silencio de los ecologistas, en fin, que después de percibir entre los más madrugadores los primeros indicios de alarma ni siquiera han hecho uso de la privilegiada tribuna que les ceden los medios de comunicación internacionales para plantear alternativas políticas globales, contentándose con actuaciones micro centradas en la preservación del hábitat natural de este u otro bicho concreto en peligro de extinción.

Todos, en definitiva, con cara de bobos confiando en que los que mandan, los mismos que han conducido hasta esta situación económica insostenible, nos digan lo que tenemos que hacer, acongojándonos ante la negra perspectiva de que las cosas vayan todavía a peor. A fin de cuentas, pensamos, la cosa no ha sido para tanto. Bien mirado, la tensión entre el mercado y el Estado no es más que una fruslería teórica que sólo afecta a las insondables mentes de los teoretas. Es cierto, sí, que nuestros impuestos estaban destinados a otra cosa que a salvar la cara de quienes han estado jugando con nuestra confianza: a incrementar los ratios de calidad en la sanidad, en la educación, en la seguridad ciudadana, en las infraestructuras viales. Es cierto, también, que nos han robado a dos manos: una por vía de los ahorros colocados en las grandes operaciones financieras, y otra por vía impositiva, pues del bolsillo del contribuyente –y no de una mágica chistera– van a salir los caudales que van a dispendiar los Estados para tapar las goteras de los grandes expertos en inversión. Empero, todo lo vivenciamos con candidez, con una inagotable indulgencia, creyéndolo tal vez un justiprecio por los elevados índices de bienestar y de libertad que el Sistema, graciosamente, nos ha deparado.

Quizás esté contenida en esta imagen la auténtica cuestión que debemos plantear: la necesidad de poner en duda si, en efecto, habitamos el mejor de los mundos posibles. Con otras palabras, si este bienestar y esta libertad merecen en realidad todos los sacrificios que se nos imponen: esas jornadas inacabables, esa sucesión de renuncias para llegar a fin de mes, ese dimensionamiento de nuestras familias en función del calado de nuestras nóminas, esa articulación de la vida a imitación de los ritmos y los rendimientos mecánicos de las máquinas.

¿No se tratará de una contrapartida demasiada elevada para los bienes que recibimos a cambio? Porque, a fuer de ser conscientes, ¿en qué medida podemos considerarnos hoy individuos verdaderamente libres y prósperos?

(Sugerencias para responder: decida previamente el lector si prefiere acudir al socorrido recurso de comparar nuestra época con las de grandes penurias del pasado, o si opta por hacerlo con los horizontes de libertad y de bienestar que la creatividad y la imaginación insitas en nuestra especie ponen al alcance de la mano, a condición de empeñarnos en la tarea de diseñar sin hipotecas del pasado nuestro futuro común).


LOS DOMINIOS DE TANATOS
Carlos Martínez-Cava Arenas



¿Hay alguna relación entre el reparto masivo de preservativos que va a efectuar el gobierno sobre la comunidad adolescente con el que en nuestra Nación se produzca un aborto cada 6,2 minutos? ¿Existen lazos en común entre el reparto a la comunidad adolescente de la píldora abortiva y el que España tenga los peores índices de natalidad de toda Europa? Y, por último –y muy incorrecto– ¿tiene algo que ver el que el placer se haya convertido en un derecho fundamental con el aumento de la homosexualidad masculina?

Sin duda, es contradictorio que una Nación que se moviliza en las calles por una mayor calidad de la educación de sus hijos –lejos de la tutela dirigista de un Estado con vocación agresivamente laicista– y exija, de una vez por todas, una Ley de Educación que garantice para varias generaciones un sistema de calidad que derrote el fracaso escolar y nos aparte del furgón de cola que, por tal motivo, ostentamos en la Unión Europea, no se preocupe por una exigencia de respeto a la vida en el plano moral.

Sería sorprendente ver manifestaciones en defensa de la vida –desde su concepción– en cuantía igual a las producidas en defensa de las víctimas del terrorismo, la familia de hombre y mujer y la educación como derecho de los padres sobre sus hijos. Y ello, no porque no sea una causa digna, sino porque la sociedad española ha ido claudicando paulatinamente, hasta el olvido, de la causa del Aborto como grave crimen contra la Dignidad Humana. Las que fueron promesas del centro-derecha-reformista se convirtieron en olvidos clamorosos en sus ocho años de gobierno (y ahora ya no figuran en sus pretensiones programáticas). Y, a remolque de una concepción hedonista –común, eso sí, a todo Occidente, pero más acentuado en este campo de pruebas o de ingeniería social en que se ha convertido la España de Zapatero– es ése propio centro-reformista (olvidaron ya el adjetivo de «derecha») el que contribuye al incremento del Poder de Tanatos en nuestras ciudades.

Pretendemos exigir a la juventud el esfuerzo de unos estudios que contribuyan a su formación intelectual y les garanticen la independencia suficiente para hacer realidad sus proyectos vitales, pero, sin duda, renunciamos a exigir a esa juventud el esfuerzo de rechazar una sociedad en manos de un eros enfermo que desnaturaliza la misma esencia de su humanidad. Incapaces de encauzar un camino que devuelva a los sexos su polaridad y muestre el camino del Amor, como núcleo fundador de la Vida, permitimos que los instrumentos de Tanatos lleguen a ellos de forma gratuita, fácil e inocua.

La pretendida revolución sexual no ha traído mas que nuevos grilletes a la persona. Pretendieron romper con la religión o con las instituciones económicas y lo sometieron a un nuevo imperativo universal: el sexo como producción. Y olvidaron que la seducción y el deseo –manifestación del Amor– es metáfora del juego.

Todos los movimientos de la denominada «liberación de la mujer» son hijos de una concepción freudiana de la relación entre hombre y mujer. Han considerado que el estado de la naturaleza humana es la bisexualidad; que el estado primigenio es la sociedad matriarcal, comunista y pacifista, y que para volver al paraíso perdido hay que implantar la intercambialidad de los roles sociales de hombre y mujer. Tanto Jean Braudillard como Guillaume Faye han coincidido en esta conclusión.

La polaridad sexual es necesaria porque el hombre tiene necesidad de la mujer como ésta del hombre. Pero no sólo desde el punto de vista sexual, sino también desde un punto de vista psicológico y espiritual, para construirse como antagonismo, confrontándose en la diferencia elemental que es el signo más visible de la diversidad universal.

Un comportamiento sexual no selectivo es, en una sociedad, un signo seguro de decadencia. El sociólogo Helmut Shelsky consideraba que «la ausencia de normas corresponde a un estado de decadencia biológica [...] Una promiscuidad sexual desordenada corresponde a un hecho de pre-civilización». Negar la Naturaleza, como negar la Cultura, es negar la condición humana.

El Amor en el ser humano no está «pacificado» como creía Herbert Marcuse. La sexualidad debe integrarse en un marco cultural, específicamente humano. La definición de ese marco se inscribe, en la cultura europea, en la noción de Familia. La familia arbitra las distintas funciones sexuales: erótica, afectiva, reproductora y de selección de pareja. En períodos de decadencia cultural, estas funciones se ven perturbadas. Y la función erótica adquiere un desarrollo excesivo sobre las otras funciones. La función afectiva se debilita al perder las parejas su estabilidad. La reproductora queda anulada, produciendo un saldo demográfico negativo. Y la selectiva desaparece, provocando el caos multicultural donde toda Cultura muere.

Si la función erótica domina sobre las demás, se convierte en reclamo publicitario, anulando la polaridad entre sexos. Y una sociedad despolarizada es una sociedad erótica. Y por ello la homosexualidad se incrementa porque el aspecto femenino se incrementa dentro de lo masculino.

Otra manifestación enfermiza de la anulación de la polaridad sexual se presenta en la política. ¿Acaso es casualidad que el político no pretenda convencer sino seducir? ¿Acaso no se valora más la imagen que el contenido real? Todo cede ante el maquillaje. Impera, por tanto, el narcisismo y la esencia queda ocultada por una imagen adulterada.

Dominada por el culto a la propaganda los políticos han abandonado renunciando a defender lo esencial de Occidente: la integridad y dignidad de la persona. Ríen en sus mítines vacíos mientras regalan instrumentos de muerte a sus jóvenes. Les piden que sean libres mientras administran «soma» para el Mundo Feliz que nos hundirá a todos en el Maelstrom de la muerte demográfica.

¿Quién les votará entonces?


LAICIDAD, SÍ; LAICISMO, NO
Felipe Arizmendi Esquivel
Obispo de San Cristóbal de Las Casas (Méjico)



Ver

Avanza el consenso de diferenciar laicidad y laicismo. Laicidad es respetar las diferentes opciones de fe, en un marco jurídico de libertad religiosa para todos; es que el Estado ni imponga una religión a los ciudadanos, ni la obstruya. Laicismo es el rechazo a todo lo ligado a una concepción creyente; es pretender que ni Dios ni las Iglesias tengan cabida en la vida pública; es eliminar todo rastro religioso en las leyes y en las instituciones.

Con motivo de la reciente visita del Papa Benedicto XVI a Francia, es clarificador lo dicho por éste y por el Presidente de ese país.

Juzgar

Nicolás Sarkozy, en un discurso que pronunció en Roma en diciembre pasado, dijo: «Ya nadie contesta que el régimen francés de la laicidad es hoy una garantía de libertad: libertad de creer o de no creer, libertad de practicar una religión y libertad de cambiar, libertad de no ser herido en su conciencia por prácticas ostensibles, libertad para los padres de dar a los hijos una educación conforme a sus creencias, libertad de no ser discriminado por la administración en función de su creencia. La laicidad se presenta como una necesidad y una oportunidad. La laicidad no debería ser la negación del pasado. No tiene el poder de desgajar a Francia de sus raíces cristianas. Ha tratado de hacerlo. No hubiera debido. Una nación que ignora la herencia ética, espiritual, religiosa de su historia comete un crimen contra su cultura, contra el conjunto de su historia, de patrimonio, de arte y de tradiciones populares que impregna tan profunda manera de vivir y pensar. Arrancar la raíz es perder el sentido, es debilitar el cimiento de la identidad nacional, y secar aún más las relaciones sociales que tanta necesidad tienen de símbolos de memoria. Tenemos que asumir las raíces cristianas de Francia, es más valorarlas, defendiendo la laicidad finalmente llegada a madurez. Hago un llamamiento a una laicidad positiva, es decir, una laicidad que velando por la libertad de pensamiento, de creer o no creer, no considera las religiones como un peligro, sino como una ventaja».

Respondiendo a una pregunta de los periodistas durante el vuelo Roma-París, el Papa dijo: «Me parece evidente que la laicidad no está en contradicción con la fe. Diría incluso que es un fruto de la fe, pues la fe cristiana era, desde el inicio, una religión universal, por tanto, no se identificaba con un Estado y estaba presente en todos los Estados».

En París, agregó: «En torno a las relaciones entre campo político y campo religioso, Cristo ya ofreció el criterio para encontrar una justa solución a este problema al responder a una pregunta que le hicieron afirmando: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. La Iglesia en Francia goza actualmente de un régimen de libertad. La desconfianza del pasado se ha transformado paulatinamente. Usted, Señor Presidente, utilizó la expresión “”laicidad positiva” para designar esta comprensión más abierta. En este momento histórico en el que las culturas se entrecruzan cada vez más entre ellas, estoy profundamente convencido de que una nueva reflexión sobre el significado auténtico y sobre la importancia de la laicidad es cada vez más necesaria. En efecto, es fundamental, por una parte, insistir en la distinción entre el ámbito político y el religioso para tutelar tanto la libertad religiosa de los ciudadanos, como la responsabilidad del Estado hacia ellos y, por otra parte, adquirir una más clara conciencia de las funciones insustituibles de la religión para la formación de las conciencias y de la contribución que puede aportar, junto a otras instancias, para la creación de un consenso ético de fondo en la sociedad».

Actuar

Sigamos aclarando conceptos y derechos. Los obispos no pretendemos que el Estado imponga el catolicismo a todos los mexicanos, sino que los ciudadanos de cualquier credo tengamos plenos derechos a ejercer la libertad religiosa. Ni un catolicismo impuesto a la fuerza, ni negación a los creyentes para confesar y practicar pública y abiertamente su fe, superando cortapisas que aún tiene nuestra legislación.

SOBRE LA REPRESIÓN EN LA PLAZA DE LAS TRES CULTURAS EN EL 68


En relación con el trabajo publicado en el número 70 de El Brocal, bajo el título «El movimiento estudiantil del 68 [en México]: ¿un mito más en la interpretación de la historia nacional, original de Austreberto Martínez Villegas, Secretario Nacional de Juventudes de la Unión Nacional Sinarquista de Méjico, y a nuestra pregunta de la magnitud de lo que desde aquí entendemos como la masacre de la Plaza de las Tres Culturas, nos dice:

Agradezco tu mensaje, pues en cuanto a cifras en lo referente a números de muertos, podemos mencionar que como es evidente, siempre los rojos tratan de maximizar la cantidad por obvias razones de propaganda manejando cifras que van de los 150 a los 200 muertos.

Sin embargo la cifra que puede ser una de las mÁs confiables es la que manejó en su momento el gobierno mexicano que fue de 33 personas, aunque el monumento erigido en memoria de los fallecidos contiene 40 nombres. Por tanto el mito de la masacre masiva no es más que una fantasía propagandística típica de la izquierda.

Un abrazo y seguimos en contacto.


 
    Opciones

 Versión Imprimible Versión Imprimible

 Enviar a un Amigo Enviar a un Amigo

Disculpa, los comentarios no están activados para esta noticia.