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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 433
Martes, 28 octubre a las 13:13:47

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 433 –  21 de octubre de 2008

SUMARIO

  1. ¿Qué crisis?. Dalmacio Negro
  2. España 2008: crisis económica y crisis moral. Antonio Martínez
  3. Frivolidad. Javier Compas
  4. La teta industrial. Arturo Robsy
  5. La muerte de los sindicatos. José Luis Restán
  6. La obsesión de los hunos y el juez Garzón. José María García de Tuñón
  7. La izquierda mexicana: las trampas de su fe. José Antonio Hernández García



¿QUÉ CRISIS?
Dalmacio Negro


Los diagnósticos de la crisis se dividen en dos: la crisis es financiera y la crisis es económica. No cabe duda que su causa inmediata principal es financiera (en la que, por cierto, no parece tenerse en cuenta la influencia de los petrodólares), aunque en parte es económica (exceso de construcción inmobiliaria pero no sólo eso). En realidad, se trata de una grave crisis política y social: el fracaso del Estado de Bienestar, un Estado eminentemente Fiscal y Burocrático, y de las clases dirigentes. Quizá cierre el ciclo del Estado Total. En suma, la crisis del Estado.

Ahora bien, la causa última concreta, desde el punto de vista político económico, es el abandono definitivo del patrón oro. Éste constituye un obstáculo para las manipulaciones de los gobiernos. Bajo el patrón oro, las inversiones dependen de los ahorros. Sin el patrón oro, las inversiones dependen menos de los ahorros que permite el fisco, y casi enteramente de la voluntad de los gobiernos: en términos simplistas, de la fabricación de dinero-papel a discreción de los Bancos, pero, en definitiva, de las decisiones de los Bancos Centrales controlados por los políticos. De ahí que la política se haya reducido progresivamente a la política económica dictada por los gobiernos, cada vez más omnipotentes –los gobiernos, no los Estados–, según las opiniones, los gustos, los caprichos, las necesidades demagógicas o, simplemente, los intereses políticos. El crédito, en último término papel-moneda, ha financiado el llamado Estado de Bienestar, que sería preferible llamar Estado Providencia: el Estado como el dios mortal, el dios de este mundo. Pues, reducida la política a la economía, quien dispone del dinero crediticio manda absolutamente y hay que adorarle. Exagerando un tanto, la política se ha reducido a la lucha por disponer directamente del dinero público (impuestos y, en su caso, inflación) –el Presupuesto es la verdad de la política, decía Schumpeter– y del control del empleo del crédito. Para los mismos ahorradores, lo más prudente es invertir en lo que digan los políticos, que cuentan con el sistema fiscal y especialmente con determinados impuestos (Irpf, patrimonio, plusvalía, etc.), generalmente elevados, para «orientar», o sea, manipular las inversiones a gusto de los políticos, sus amigos y sus clientelas.

Naturalmente, esto favorece la corrupción, puesto que, a mayor intervención del Estado, mayores son las posibilidades (y la necesidad) de hacer negocios por y con los políticos. Los Estados son hoy centros de negocios. Y no cabe duda que el aspecto financiero de la crisis tiene que ver con la corrupción, incluso legal, como la «ingeniería financiera», motor directo de esta crisis, que nada tiene que ver con la de 1929, cuando aun no existía el extenso e intenso Estado de Bienestar. Precisamente, este último (por supuesto hay antecedentes) salió de esa crisis (el New Deal de Roosevelt). Ahora, al parecer, los gobiernos pretenden sacralizar la corrupción acudiendo descaradamente en ayuda de los causantes de la crisis, que en el fondo no es otra cosa que la inevitable corrupción del Estado Providencia dado como es la naturaleza humana.



ESPAÑA 2008: CRISIS ECONÓMICA Y CRISIS MORAL
Antonio Martínez

ElManifiesto.com


A estas alturas, ya nadie puede negar que España ha entrado de lleno en lo que seguramente va a ser la crisis económica más grave de toda su historia. Los legos en economía entendemos a duras penas el galimatías explicativo en el que los expertos en el tema utilizan a mansalva conceptos técnicos de significado absolutamente críptico. La impresión que se extrae es que la economía constituye un campo de complejidad endiablada, que sólo un iniciado en la materia puede descifrar. Y pensamos: un problema económico sólo se puede resolver desde el propio plano económico. Lo cual, hasta cierto punto, es verdad.

Sin embargo, en otro sentido tal aserción incurre en un flagrante error. Pues un principio filosófico capital nos enseña que un problema nunca puede resolverse realmente desde el propio plano o nivel en el que se produce, sino sólo desde otro, superior y más amplio, que lo abarca y del que, en último término, procede: pues sólo «mirando desde arriba» accedemos a una visión panorámica del problema en cuestión y a un correcto diagnóstico del mismo, que posibilitará el tratamiento posterior.

Es lo que sucede justamente hoy con la crisis económica que ya está sufriendo nuestro país. No estamos sólo, ni primordialmente, ante una crisis económica. Nos hallamos inmersos en una auténtica crisis moral. Y afirmamos esto no sólo apoyándonos en una reflexión filosófica abstracta, sino en las explicaciones que escuchamos a los propios analistas financieros. Durante los últimos seis u ocho años, una serie de agentes económicos básicos –consumidores, inmobiliarias, ayuntamientos, bancos, propietarios privados de suelo, administraciones públicas etc.– han estado tomando decisiones imprudentes, irresponsables, basadas en cálculos cortoplacistas e indiferentes a lo que el Código Civil siempre ha llamado «la conducta de un buen padre de familia». Se ha comprado lo que no se podía comprar, se han inflado los precios inmobiliarios con total descaro, se han concedido créditos que no se debían conceder, se ha especulado a troche y moche, se ha incurrido en los más vergonzosos cambalaches. Pero como, de momento, las cifras macroeconómicas parecían ir bien, todos seguimos empujando hacia delante la bola de nieve, que adquiría proporciones cada vez más gigantescas. Hasta desembocar en una crisis económica que sólo constituye la consecuencia última de una previa y funesta crisis moral.

La España posmoderna o la irresponsabilidad a gogó

Durante la última década, España se ha convertido en un país en el que sucedían cosas increíbles, totalmente inaceptables en cualquier otro país civilizado. Los delincuentes de Europa del Este se trasladaban en masa a nuestra tierra porque era la que les ofrecía mejores condiciones para trabajar: leyes blandas, colapso judicial y penitenciario, policía desbordada, urbanizaciones indefensas, garantismo exagerado. El fraude en materia de aborto se cometía con total impudicia y a plena luz del día, ante el clima de impunidad reinante y la connivencia de PSOE y PP. Asistíamos al esperpento de que el castellano quedase expulsado del sistema educativo catalán –y, ahora, pronto, del gallego y del vasco–. Y se redactaba y aprobaba un nuevo Estatuto de Cataluña meridianamente anticonstitucional.

Y aún hay más. Así, se trataba con una exquisitez indignante a De Juana Chaos, hasta que los vientos cambiaron y fue oportuno políticamente mantenerlo un breve tiempo más en la cárcel. El gobierno del PSOE, pertinaz y recalcitrante, mantenía la filosofía de la LOGSE que nos ha llevado a la hecatombe educativa. España se convertía en líder mundial en materia de botellones y de desprotección de los sufridos vecinos ante los desmanes etílicos de las hordas adolescentes. Se aprobaba, bajo gobierno del PP, una Ley del Menor que significa la práctica impunidad de los menores de dieciocho años. Y, en el tema económico, se confiaba de manera por entero irresponsable en que la locomotora de la construcción tiraría eternamente del tren de la economía nacional. Los propietarios de un piso creyeron que poseían un tesoro: un año pedían por él quince millones de pesetas y, dos años después, veinticinco. La vivienda, aparte de transformarse en objeto supremo de especulación, casi se convirtió en un artículo de lujo. Los jóvenes empezaron a ver imposible su emancipación. Los solares se cotizaron a precio de oro. Las grandes inmobiliarias construyeron pisos a lo loco. Los bancos, cegados por la codicia, dispararon alegremente las tasaciones y concedieron créditos exagerados, esclavizando a sus clientes con hipotecas igualmente exageradas. La burbuja se hinchaba y se hinchaba, cada uno procuraba hacer su agosto y, de momento, todos tan contentos. Hasta que, finalmente, la burbuja explotó.

Lo que decíamos: la crisis económica que padecemos no es sólo una crisis económica. Es, sobre todo, una crisis moral. Hoy sufrimos las consecuencias de una catarata de irresponsabilidades y disparates que hemos acumulado –en el campo económico y, antes, en muchos otros– durante los últimos años. La España indisciplinada, inmadura y adolescente que ha alcanzado su clímax bajo la estulticia de Zapatero ve cómo hoy la némesis invisible de la Historia le reclama su deuda. La tendremos que pagar entre todos. Y sólo conseguiremos hacerlo si comprendemos que el verdadero problema de la España de hoy no consiste esencialmente en una pavorosa crisis económica, sino en una crisis moral que está carcomiendo los cimientos mismos de nuestro país.


FRIVOLIDAD
Javier Compas

En la recién celebrada Universidad de Verano de la Fundación José Antonio tuvimos ocasión de asistir a interesantes debates en torno a la conmemoración de los treinta años de nuestra actual Constitución. Un verdadero foro plural donde se vieron diversos puntos de vista sobre la realidad socio política de la España actual y, desde esa diversidad, diversas formulas para afrontar el futuro. Jóvenes investigadores y consagradas figuras de la vida política española de los últimos años expusieron sus opiniones en un clima de tolerancia y buenas maneras del que deberían tomar nota muchos políticos actuales. No obstante, y sin abandonar nunca el respeto al otro y las buenas maneras, hubo momentos de confrontación intelectual. Sobre la mesa se pusieron temas que suscitaron interesantes debates, como la cuestión monarquía o republica, la reforma o la ruptura con la Constitución de 1978 y la manera de recuperar para el Estado central algunas competencias transferidas a las comunidades autónomas.

Entre los asistentes hubo diversos protagonistas políticos de la llamada Transición, alguno con cargos relevantes en el régimen político del General Franco, luego en UCD y, posteriormente en el PP, muestra admirable de ciertas «castas políticas» supervivientes en todas las circunstancias por las que atraviesa un país. Personas que, en sus declaraciones demuestran un pragmatismo político que me es ajeno y que, obviamente, es el que les permite convertirse en verdaderos «animales políticos», siempre dispuestos a servir a la patria, ora de camisa azul, ora de traje a medida.
Personas para las que plantear la vigencia de la monarquía en España es una frivolidad en estos momentos, pero que no tienen empacho en declarar que un partido debe «escuchar» la voz de la calle para ganar unas elecciones y adecuarse en cada momento «a lo que haga falta para llegar al poder», ¿y los principios?, bueno eso es otra cuestión, si la calle quiere divorcio, pues divorcio, si la calle quiere aborto, aborto, si la calle quiere desmembrar a España en desquiciados reinos de taifas, lo que haga falta.

Así no es de extrañar que el señor Rajoy piense que la conmemoración del Día Nacional es un «coñazo». Este señor quiere ser presidente del Gobierno de España y para ello apela, de vez en cuando, a un seudo patrioterismo melifluo y desnatado, para contentar a esas bases de fieles votantes que ven en el PP el único partido que defiende sus ideales. Pero Rajoy quiere ganar votos por la izquierda, quiere aparecer como el adalid de ese limbo político que llaman centro y del que el PSOE, con risitas soterradas, tira más y más hacia la izquierda. Para Rajoy asistir al Día de la hoy llamada Fiesta Nacional, Día de la Hispanidad, Día de la Raza, es una tarea incómoda y aburrida, probablemente preferiría pedalear un rato por sus montes gallegos a contemplar el dolor de las víctimas del terrorismo llevando, a los emocionantes sones de La muerte no es el final, una corona de flores en recuerdo de sus familiares muertos por la Patria, a escuchar el himno nacional y la subida de nuestra bandera, o a ver pasar a nuestros maltratados militares recibiendo el aplauso del pueblo.

Su partener en tan clarificadora conversación no podía ser otro que Javier Arenas, ese que quiere ser presidente andaluz, el que manda a los suyos en masa a homenajear a Blas Infante, el que ha condenado al PP en Andalucía a un cómodo lugar de eterna oposición.

A usted le traerá sin cuidado señor Rajoy, pero sepa que yo jamás le votaré, estoy harto de escucharles a usted y a los suyos y creo, sinceramente, que un gobierno presidido para usted no sería bueno para España, por eso, pienso en Gallardón, en Soraya, en Arenas, en Cospedal, y digo ¡qué coñazo Mariano!


LA TETA INDUSTRIAL
Arturo Robsy


Estudié sociología bajo el poder benévolo de Amando de Miguel. Ya sabía que el fundador de la ciencia, Augusto Compte, antiguo secretario del agudísimo Saint-Simon, estaba algo loco y acabó sus días fundando una religión, aunque no he sabido si se creía Jesucristo.

Algo saqué muy en claro: no hay que filosofar sobre la sociedad y decir que se hace sociología. Americanos sabios, como Merton o Newcomb, luchaban por la objetividad. Para juzgar las manadas humanas, mira hacia la movilidad social, intelectual, que es situs, status y locus, por ejemplo, y decide cómo vive la gente a través de sus propiedades terrenas y sus despilfarros. Y sus estudios, a veces.

Amando de Miguel dirigía el proyecto Foesa, un informe sobre la «realidad» Española y ahí se analizaba España por el número de teléfonos, televisores, automóviles, libros y todo lo demás que consumía. De ello se extraían, sin dolor, consecuencias interesantes, y hasta se podía apostar sobre la evolución futura después de Franco. Nadie acertó, claro, porque no fue la sociedad analizada la que hizo la transición. Nos la hicieron. Gratis. En apariencia.

Desde esos informes Foesa, como sabemos, las cosas se han movido de sitio. Aquellas elegancias sociales del regalo, que decían los grandes almacenes, y aquel presumir de coche, de marca de tele o de camisas de terlenka se ha desplazado a otros asuntos, como cuánta energía consumes, cuántas veces te has casado o si fumas, que es de derechas según me ilustró un alcalde-diputado del Psoe.

Parece –y esto es de mi Minerva– que el gasto inútil o psicológico da una buena medida sobre el nivel de vida. Gastar en lo necesario es fácil y está al alcance de medio Tercer Mundo. Los postindustriales como nosotros, gastamos en lo innecesario, en lo superfluo y, en casos descarriados, en lo perjudicial. La medicina se ha vuelto cara, por ejemplo. ¿Qué significará?, pues que tenemos de donde gastar. O sea, cultura por un lado: cuidar de uno mismo y no hacer lo que los anacoretas de la Tebaida, es cultura. Empastarse las muelas, es cultura. No conformarse con el seguro obligatorio de enfermedad e ir a la privada, es cultura. No hablemos ya de la cirugía estética, también llamada cirugía tética, tal cual.

Ahí tenemos un buen criterio para calcular el lujo de la vida o su pobreza. En tiempos de Franco estábamos tan atrasados que sólo se arreglaban las domingas las actrices que, a menudo, lo hacían en el extranjero. Ahora hemos avanzado y tenemos fácil el bisturí. Incluso si te sobra pene te lo recortan gratis en la S.S. ¡Dios mío si Mengele hubiera jugado a convertir hombres en mujeres!

En suma, a lo moderno: El nivel de vida y la cantidad de felicidad alcanzada por la sociedad debe medirse en tetas, que, amejoradas y retranqueadas, dan la medida de la cultura del cuidado del cuerpo y del ego, y del poder de adquisición de las personas. Jóvenes y jovenas, tradicionalmente más pobres; solteras y casadas, todas cambian de teta varias veces, porque parece que la teta tiene muy buenos efectos sobre el espíritu. El de la mujer y el del hombre, que se alegra según lo que ve, y ama lo borneado. La teta da la felicidad, como creo que propugna una película española; un razonamiento que va de lo particular (la eta) a lo universal (la fábrica de felicidad).

La moraleja es otra cosa: de estos hechos es forzoso deducir que los socialistas ya no son socialistas, porque de serlo, y con lo que les gustaba meterse en la vida privada del personal en los tiempos de las hoces y los puños, hubieran legislado y establecido tamaños obligatorios, o sea, como en los uniformes femeninos que hizo que un ministerio estudiara desapasionadamente el cuerpo de la mujer: Trapecio, Huevo y no se qué más.

Han dejado la teta en libertad. Y es de agradecer. Tetas, claro, que no son para dar de mamar: lo útil es cutre, que lo sepas. Por eso nos gobiernan ellos.


LA MUERTE DE LOS SINDICATOS
José Luis Restán
PáginasDigital.es


He leído, entre incrédulo y amargado, la noticia de que los sindicatos UGT y CCOO han dictado instrucciones a su gente para que persigan de diversas maneras a los alumnos objetores de Educación para la Ciudadanía. De todos es conocida la sumisión ideológica de estos sindicatos a la izquierda radical-burguesa (que no está precisamente en sus orígenes populares), pero de simpatizar con la EpC a perseguir a los objetores va un abismo. ¿Qué necesidad tenían, ellos que supuestamente nacen del pueblo y sirven a la causa de los más débiles frente a los abusos del poder?

Durante dos años, entre el 93 y el 95, me tocó informar sobre la actividad sindical, y allí encontré, junto a gente mediocre y adocenada, hombres curtidos en la lucha por los derechos de los trabajadores, gente con conciencia de pueblo, es decir, de los vínculos que unen a unos hombres con otros en camino hacia un destino bueno compartido, personas nobles con capacidad de sacrificio y anchura de miras. Pero no es un secreto que estos sindicatos atraviesan una etapa languideciente de su historia, marcada por el sometimiento al poder político, por la rigidez ideológica y por el sectarismo. En el ámbito de la Educación esto resulta evidente, con una hostilidad enfermiza hacia todas las iniciativas de la sociedad civil y una especial antipatía frente a las obras que surgen del mundo católico. Es triste ver a quienes existen para defender los derechos de los más débiles oponerse con ahínco a su libertad de construir y de elegir, y convertirse en meros altavoces de la ideología dominante, de lo políticamente correcto y del predominio invasor del Estado en todos los campos. Ese estatalismo ha devorado su creatividad, su capacidad de verdadera oposición al poder, su savia vital y su antigua capacidad educativa.

Pero la noticia de que instan a sus afiliados a presionar y asfixiar a los objetores frente a la EpC supera lo imaginable. De esta forma se convierten en una especie de inquisición laica, en lugar de ser valedores de los derechos de la gente sencilla. Han olvidado sus orígenes populares y se han convertido en fiscales de la moral estatal definida por un Gobierno al que no han sido capaces de criticar una sola vez. En lugar de estar en la lucha por la libertad (incluso la de aquéllos que no piensan como nosotros), han preferido ser guardianes de la homologación ideológica. De nuevo se han equivocado de orilla y por eso son ya poco más que un apéndice estatal. En el tiempo que se avecina harán falta los sindicatos, pero ciertamente no éstos, que se han cubierto con el oprobio de perseguidores de la libertad.


LA OBSESIÓN DE LOS HUNOS Y EL JUEZ GARZÓN
José Mª García de Tuñón


Hace pocos días finalizaba el libro de José Bergamín titulado "El pensamiento perdido", y en él pude leer el siguiente delirio de quien fue presidente de la Alianza de Intelectuales Antifascitas : «Hubo, en aquellos días, pequeños disturbios en Madrid, provocados por los jóvenes fascitas de Falange Española. Unos cuantos mozalbetes entraron en aquella tarde en el templo de San Luis, que estaba casi totalmente vacío, precisamente a aquella hora. Ninguna persona del templo pudo, por lo visto, avisar a tiempo de haber evitado la fechoría. Y la iglesia ardió en unas horas». Anteriormente había terminado la obra del izquierdista Juan Chavás Historia de la Literatura Española, y en ella leía que Federico García Lorca «murió asesinado por Falange». Semejante despropósito me hizo recordar a Mercedes Formica cuando en su libro Visto y vivido, en apoyo de los falangistas, escribe haciéndose eco de lo que leía –como me ha pasado a mí–, de lo que algunos escritores decían solo con el ánimo de dañar a Falange: «A Lorca lo asesinaron los falangistas. Los falangistas se llevaron a mi hijo. Ellos mataron a mi padre. Entraban en los pueblos y se cargaban a los campesinos». Y esta escritora terminaba preguntando: «¿De dónde salieron tantas camisas azules?».

Ahora, con el mismo ánimo, viene Garzón, y con gran desconocimiento de nuestra historia, pide la relación de los máximos dirigentes de la Falange desde el 18 de julio de 1936 a 1951. Este juez ignora que Falange acabó su andanza política en abril de 1937. Lo que vino después fue otra cosa que llevaba el nombre larguísimo de Falange Española Tradicionalista de las JONS, y más largo todavía si añadimos lo que dijo Agustín de Foxá en plan de mofa: «Y de los Grandes Expresos Europeos». Por lo que hemos podido leer en la prensa, entre los 35 imputados por el juez, figura también el nombre de Raimundo Fernández-Cuesta, antiguo falangista; pero lo que no dice es que Fernández-Cuesta, que sufría cárcel cuando estalló la guerra, padeció los horrores de la cheka de Serrano, cuando estuvo detenido en Madrid. Algo que, por lo visto, debe alegrar mucho a la señorita., o lo que sea, Salomé García que desde el periódico Público pide vendetta para algunos de los dirigentes de la Falange que busca el juez. Pero, ¿para cuándo Carrillo?, en aquella época consejero de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid. ¿Y por qué comienza a pedir responsabilidades desde el 18 de julio de 1936 y no el 13 que mataron a Calvo Sotelo? ¿Y el 34? ¿Y por qué no busca a los asesinos de los cerca de siete mil sacerdotes, religiosos y religiosas que no participaron en la contienda?, produciéndose de esta manera la mayor persecución de la Iglesia católica jamás vista en Europa occidental.


LA IZQUIERDA MEXICANA: LAS TRAMPAS DE SU FE
José Antonio Hernández García
El Manifiesto.com


Hace 40 años, el 68 mexicano
Este 2 de octubre se conmemoraron cuarenta años de la revuelta estudiantil en México, fecha que para el imaginario político de la izquierda se convirtió en un hito de la transformación del sistema político nacional. Con una obsesión cuantitativa demoliberal (trauma ideológico de psicología política profunda), la vetusta izquierda del sesenta y ocho se dispuso a marchar para demostrarnos que, más allá de la racionalidad, perviven sus «ideales anti-autoritarios» y «libertarios». Cooptada por el sistema, en un extraño trueque de prebendas y poder por legitimidad y «corrección política», la izquierda catapultada hace cuarenta años ha padecido congénitamente desde el purismo ortodoxo (estalinista, trotskista, maoísta, castrista, senderista, aprista) hasta el pragmatismo más descarnado. Ha habitado algunas buhardillas del Estado, aunque no esconde su predilección por los sótanos y los desvanes. ¿Podríamos hacer, pues, una valoración casi a vuelapluma de la izquierda mexicana, a la luz de esta conmemoración simbólica?

Para comenzar, debemos aclarar que, al igual que en muchos otros países, no existe una izquierda monolítica en México. Y hay un problema de origen: el Estado mexicano nacido al amparo de la revolución mexicana, imprimió un sello social inédito hasta entonces. Por lo que las demandas de la izquierda de las primeras tres décadas del siglo XX estaban, por decir lo menos, deslegitimadas, desustanciadas. De allí las pretensiones maximalistas de los grupos marxistas, anarquistas y anti-oligárquicos.

Son varias izquierdas las que desde entonces, cual anémonas, se agrupan y se regurgitan, se adhieren y se escinden obedeciendo a las ingestas de aire presupuestal, a las ambiciones de poder y a las calendas electorales; carecen de un horizonte que las unifique. Además, su ideario (¿se puede hablar de semejante especie?) parece estar supeditado a las precisiones de lo inmediato, a los imponderables de la circunstancia, a los caprichos de sus reverendos. La izquierda mexicana siempre está ahogada de presente, indigestada por el futuro y estreñida por su pasado: su parálisis parece surgir de la colisión de las necedades de sus líderes carismáticos con las necesidades de su funcionamiento burocrático interno, así como por los imperativos de la realpolitk en las negociaciones legislativas. No se podría entender esa izquierda, la actual, sin todas esas trampas de su fe.

Después de una elección problemática realizada en marzo (no exenta de hechos violentos), para elegir a su nueva dirección, el partido que parece aglutinar a sectores sociales urbanos de ciudades del sur mexicano, el PRD, se ha sumido en una querella interna que le ha hecho perder popularidad y puntos en las encuestas. Y por si fuera poco, ha hecho que no asuman una directriz única en torno a problemas acuciantes e impostergables de la agenda nacional: la seguridad pública y la violencia, la política energética, el combate a la pobreza.

Hemos visto el panorama de enredos (propio de una comedia de teatro guiñol) de una izquierda guerrillera que, galvanizada por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, se opuso abiertamente al candidato presidencial de la izquierda, quien abanderó la alianza de cierta izquierda. Hoy el EZLN ha abdicado de su virulencia enunciativa; muchos de sus miembros han vuelto a la vida civil, a su entorno de carencias ancestrales. Su líder, el subcomandante Marcos, conserva el disfraz con cananas, botas y cantimplora (reloj digital y ordenador portátil) para pasearse por los salones de candilejas literarias; ha sido la mercadotecnia literaria más arriesgada de un escritor en busca de lectores. Su estilo literario, sin embargo, antaño pulcro y con chispas de gracejadas progre, se ha tornado adusto, con pretensiones apodícticas, de comediante de concurso de belleza: de Zapata a Bob Hope sin red de protección. El EZLN es el epítome de los desatinos existenciales de una izquierda que ha devaneado con su «clientela» natural, para luego despojarlos de lo único que es suyo: su inconformidad, su capacidad de insubordinación.

A su vez, el PRD (el Partido de la Revolución Democrática) nació de una bipartición del partido que fue el dominante en México desde 1929 hasta el año 2000: el PRI. Para decirlo en pocas palabras, a la «izquierda» le gusta persistir como fuerza difusa sin identidad ideológica; puede mantener posiciones antagónicas y disconformes ante un mismo problema, lo que ha hecho que, en estricto apego a la teoría de juegos, ganen siempre los terceros en discordia; sin certezas ideológicas, cualquier planteamiento se convierte, para la izquierda mexicana, en un dilema irresoluble.

Varios elementos problematizan más a esta izquierda celebratoria y claudicante: la anticipación en la búsqueda por la candidatura presidencial del 2012, la elementalidad de su nacionalismo discursivo, la incapacidad histórica para superar las pretensiones personales de poder, la ausencia de visión estratégica (el Instituto Federal Electoral acaba de multar, con más de cinco millones de dólares, al PRD por el bloqueo de calles y avenidas que hicieron como protesta ante los resultados electorales), su clientelismo corporativo y sindical (y que tan acremente criticaban de los regímenes priístas)…

Las manifestaciones estudiantiles que culminaron el 2 de octubre de 1968 con la matanza de algunos estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas han suscitado también algunas dudas. Uno de los líderes visibles de ese movimiento estudiantil, Marcelino Perelló, a contrapelo de muchos otros, ha desmitificado el afán martirológico de sus publicistas. Revisionista de los relatos tétricos que se han vuelto la ortodoxia libertaria, Perelló ha demostrado que el sesenta y ocho mexicano obedece también a la dinámica de la anémona, al movimiento peristáltico más que a las fuerzas históricas profundas…

Tal vez sea más apropiado para el inconsciente colectivo recordar, este 2 de octubre, a los ángeles custodios que las pretensiones «libertarias» de una izquierda sumida en el pasmo de sus inconsecuencias…

 
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