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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 434
Martes, 28 octubre a las 21:24:16

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 434  –  28 de octubre de 2008

SUMARIO



LEVES APUNTACIONES SOBRE LA PALABRA «GARZÓN»
Antonio Castro Villacañas

Si no me falla la memoria, hace ya más de setenta y cinco años que escuché por primera vez la palabra «garzón». Se la oí con frecuencia a mi madre, quien todavía joven gustaba de acompañar sus trabajos domésticos con la música y las letras de aquellas canciones que por entonces estuvieran de moda, bien por ser recién estrenadas o por mantenerse como expresivas y bien hechas en la mente de quienes las oyeran. Mi madre cantaba unas veces romanzas de zarzuelas, en otras coplas populares, y de cuando en cuando cuplés, por lo que su repertorio era bastante numeroso y variado. Todo ello repercutía en beneficio de sus escuchantes, que en la práctica totalidad de los tiempos y los casos éramos sus hijos y su marido, amén de algunas vecinas por el aquél de las ventanas abiertas...

Sí, fue durante el preludio o introito de la República, o en los compases de sus primeros años, cuando aprendí de mi madre, entre tantas otras cosas que todavía recuerdo, el estribillo de una canción que oscilaba de lo frívolo a lo desvergonzado... Si escarbo en mi memoria, de ella extraigo algunos versos:

Soy la garzón, son, son,
con el pelo ondulao...
Soy una chica bien, bien, bien,
soy una mujer chic, chic, chic,
y todas las noches luzco
modelitos de París...

Tardé pocos años, los que van desde la Primera Comunión al comienzo del Bachillerato, en darme cuenta de que mi madre cantaba en castellano, al pie de la letra, una palabra francesa que exigía pronunciar la zeta en andaluz o sudamericano. Aprendí entonces que «garzón» no era el mote de una mujerzuela cualquiera, una de esas muchas que procuran engatusar a los hombres utilizando de modo arbitrario y exagerado cuantos artilugios les proporciona la moda, sino la voz que en lengua francesa significa niño, mozo o muchacho, y en ocasiones camarero o chico para los recados... «La garzón», pues, no era un travestido en busca de aventuras, sino una chica joven, una mujercita, vestida o no de hombre, encantada de protagonizar historias que resaltaran su nombre y amenizaran su vida.

Mientras fui joven, y después a lo largo de mi primera madurez masculina, no volví a tropezarme con esta palabra: no hubo garzones ni garzonas en todo mi horizonte vital, sólo chicas y chicos, mujeres y hombres, hechos y derechos, cada cual dueña y servidor, servidora y dueño, de sus propios sueños y hechos. En torno a 1975, cuando yo festejaba mis bodas de oro con la vida, un amigo andaluz y veterinario me explicó que él no se había casado ni pensaba casarse porque lo pasaba muy bien traduciendo a escala humana las «garzonerías» o «garzonías» de los animales; esto es, los arrumacos que éstos se daban entre sí cuando les llegaba la época del celo. En cuanto regresé a Madrid consulté mi diccionario para aclarar las cosas, y en él encontré que «garzona» es el periodo de celo que tienen los animales salvajes, «garzonería» es ese mismo periodo y cualquier acción que durante él lleven a cabo los animales encabritados por tal motivo, especialmente la de acariciar o favorecer a sus semejantes que se encuentran en parecido trance, mientras que «garzonear» es algo mucho más complicado y humano, porque consiste en galantear o cortejar a alguien, lo que igual pueden hacer hombres que mujeres, aunque casi siempre es tarea varonil, pues para nuestro pueblo quien por excelencia «garzonea» es el hombre que lleva una vida disoluta con distintas mujeres...

Poco tiempo después, ya en plena Tra(ns)ición política, alguien planteó en una amistosa tertulia si podríamos llamar «garzos» y «garzones» a los políticos que pululaban en diversos partidos, sobre todo en UCD y en el PSOE, procedentes del Movimiento Nacional de Franco. Adujo el curioso que «garzo» en español vale tanto como «azulado», y que por eso no sería injusto ni insultante calificar de «garzos» y «garzones», según los casos, a los Adolfos, Rodolfos, Fernández Ordóñez, etc., incluso al propio rey, puesto que en su biografía tienen años y actividades más o menos azules.

Como en todas las tertulias siempre hay un sabio, el pejigueras de la nuestra nos advirtió que por la tierra de su mujer llamaban «garzo» a una especie peculiar de hongo, el «hongo agárico», por lo que existía el riesgo de que calificáramos como setas gigantes o desmesuradas, venenosas, que viven bien agarradas en distintos árboles, a los «garzones» que sólo queríamos significar como antiguos azulados. Aunque esta definición les venía como anillo al dedo a cuantos garzones transicionistas estábamos criticando, no la utilizamos ni la hicimos circular por si alguno de ellos contraatacaba diciendo que el veneno no procedía de su personal naturaleza sino del tronco que estuvo chupando mientras le sirvió de provecho, con lo que aumentaría su falsedad e incrementaría su peso; es decir, sería aun más garzón agárico que antes de ser descubierto.

Mi posterior y definitivo encuentro con la palabra que vengo comentando se produjo cuatro o cinco años más tarde, cuando se hizo de uso común entre los lectores de periódicos, escuchantes de radios y espectadores de las teles por la cantidad de veces que en tales medios salía como apellido de un juez sobresaliente en instrucciones diversas, casi todas ellas con más interés y contenido político que penal. Apartado yo voluntariamente de ambos mundos, mi curiosidad por Baltasar Garzón y su apellido se limitó a seguir las peripecias del personaje que hacían públicas las informaciones de los aludidos voceros, y a repasar el diccionario de nuestra lengua para mejorar mi comprensión de sus extraordinarias actividades.

Gracias a dicho repaso aprendí que puede llamarse «garzón» al macho de las garzas y con mayor propiedad a una particular especie de estas aves. Todas las garzas son aves zancudas, de cabeza pequeña, pico largo y recto, y cuello en forma de ese; los garzones propiamente dichos son una variedad de las garzas reales que tienen la cabeza pequeña y desplumada, el pico muy largo, las alas negras, una especie de collar rojo, el vientre blanco, y una particular bolsa junto al pico en la que guardan agua...

En el mismo diccionario aprendí que «garzón», en lenguaje cortesano y militar era hace siglo y medio el Guardia de Corps encargado de ayudar al Mando en la tarea de transmitir y hacer cumplir sus órdenes. En el mundo del hampa, o al menos en cierta parte del mismo, suele decírsele «garzón» al bujarrón, al invertido.

Llegados a este punto, mis lectores saben tanto como yo de lo que esta palabra significa en español, y por ello pueden usarla según les convenga.

Lo que no sabrán nunca, porque yo también lo ignoro, es en virtud de qué la memoria me trae ahora a la mente un nuevo fragmento de los cuplés que cantaba mi madre mientras trabajaba en sus tareas de ama de casa... Esto decía el que ahora rememoro:

Tobilllera, tobillera,
ya te has hecho rodillera,
y al paso que tú vas,
muy pronto acabarás
siendo muslera,
muslera... y algo más.

 

HISTORIA DE MI FAMILIA
Carlos Martínez-Cava Arenas


Mi abuelo materno estuvo en la Puerta del Sol el 14 de abril de 1931. Feliz de que se proclamara la República. Descendiente del Conde del Valle de Suchill, su sentimiento y corazón se encontraba con la esperanza de un nuevo régimen. Llegó la guerra y se posicionó en el bando republicano. Luchó en la batalla de Teruel. Nunca quería hablar mucho de ello, pero si salía en alguna conversación siempre recordaba los más de veinte grados bajo cero que allí padeció. Físicamente era idéntico en su juventud al galán Glenn Ford. Conoció una joven alicantina a la que encandiló a sus dieciséis años y se casó con ella cuando tuvo dieciocho. El año que terminó la guerra civil nació mi madre entre aquellas palmeras del puerto y el aroma del jazmín en las noches de verano.

Mi abuela materna siempre me contaba cada 19 de noviembre –año a año– que en la madrugada de esa noche al 20 mataron a José Antonio. Y que ella vivía al lado de la Cárcel de Alicante, en ese barrio de Benalua lindero con el de la Florida. Y cómo al oír los disparos que segaron la vida de aquél poeta que calcinó su juventud por los campos y las calles de España, muchos salieron a la calle, incrédulos, apenados: «¡Han matado a José Antonio!». Y, aún en aquél clima, se persignaban por su alma.

Fue un matrimonio feliz. De los de antes. Ella murió un 23 de febrero de 2005 –un poco antes que Juan Pablo II–. Él, un año después, en una noche fría e inhóspita de noviembre. Nunca me recuperé de su ausencia. Del vacío que dejaron en mi vida. Y todavía busco los pasos de mi abuela por las esquinas de Príncipe de Vergara con Costa Rica, Chile, Potosí, saliendo a mi paso, sonriendo y pidiéndome un beso.

Ella fue joseantoniana de siempre. Tenía para sí que aquél hombre era «un hombre bueno». Él, votó siempre al socialismo desde que regresó la democracia liberal. Su izquierdismo confeso no le impidió que, al conocer que su nieto a los 17 años (año 1981) se interesaba por la vida y los textos de Jose Antonio, se fuese en secreto muchas mañanas a la Hemeroteca Nacional a recopilar fotos, imágenes que iba metiendo en un sobre. Un día, en esos momentos que abuelo y nieto compartían en la mesa, le puso el sobre encima de la mesa y dijo: «Toma, creo que este sobre te puede interesar». Yo lo abrí y volqué sobre la mesa. Ante mí cayeron media docena de fotografías de José Antonio niño, José Antonio adolescente, José Antonio político…

Levanté la vista. Aquel viejo republicano me había dado una lección de amor y reconciliación nacional sin palabras. Recuerdo aquel momento como si acabara de ocurrir.

Lo recuerdo y leo el Auto de Garzón. Y me pregunto: Juez Garzón, ¿a cuál de mis abuelos debo condenar?


CARMEN CHACÓN Y EL ONGÉRCITO ESPAÑOL
Miguel Ángel Loma


La ministra de Defensa, doña Carmen Chacón, Carme Chacón (o Carmen Chacó, como la ha llegado a llamar Zapatero, porque esto de las lenguas tampoco es el fuerte de nuestro presidente), en la entrevista realizada por el director de ABC y publicada por este periódico el pasado 12 de octubre, decía que «el ejército ha pasado de ser temido a admirado en una sola generación».

Ignoro en qué tipo de datos fundamentaba la señora ministra su particular valoración, tanto respecto al anterior temor como a la actual admiración, pero al menos en esto último la percepción de doña Carmen no se corresponde con la realidad contable y la, nunca mejor dicho, demanda social.

Porque si el ejército fuera una institución admirada, generaría en la juventud española una demanda por alistarse en sus filas; y más aún cuando la oferta se apoya en continuas campañas gubernamentales de captación que presentan un panorama tan idílico en la pertenencia a la profesión militar, que recuerdan más a la propaganda de una ONG multiusos, que a las funciones que le asigna a las Fuerzas Armadas el artículo 8 de la Constitución.

Y desde luego, no estaríamos como hemos estado: rebajando el coeficiente intelectual de los aspirantes para facilitar el ingreso en la milicia a cualquier precio, y aumentando continuamente el cupo de inmigrantes en nuestro ejército que, en lo que respecta a ciudadanos marroquíes, no hace falta señalar el peligro que encierra.

No cabe duda de que los efectos de la crisis económica harán disparar (con perdón de la ministra) el número de solicitantes a ingresar en el ejército (de hecho, ya se está produciendo), pero esta súbita «vocación» militar se deberá a una cuestión de mera necesidad y no precisamente a la admiración. Y eso de entrar impelido por el agobio económico, no creo yo que sea la mejor fórmula para formar las filas de un ejército.

Pero en fin, de quien llegó a decir, como la señora Chacón, que había podido realizar sus estudios universitarios gracias a las becas de Felipe González (¡ahora resulta que el sistema de becas lo creó Felipe!) se puede esperar cualquier declaración.


ELOGIO DEL TEOCÓN
Pablo Molina

libertaddigital.com


Ser de derechas de toda la vida es algo que no está bien visto. A uno y otro lado del espectro ideológico. Lo correcto es haber coqueteado durante la juventud con la izquierda, cuanto más extrema mejor, para iniciar desde ahí un periplo intelectual con destino a las riberas del liberalismo. Una guerrera con unas cuantas medallas ganadas en la lucha por el marxismo parece conceder un plus de autoridad del que carece quien ha sido toda su vida una persona decente, es decir, de derechas.

Ser titular de un pasado revolucionario tiene la enorme ventaja de que inmuniza ante muchos de los tics ideológicos que atenazan a la derecha clásica, incapaz de declararse abiertamente a favor de la unidad de España o en contra de los matrimonios entre personas homosexuales, por poner dos ejemplos en los que se comprueba bien que los que más y mejor combaten son quienes no tienen que pedir perdón por haber sido conservadores y haber creído desde siempre en la moralidad de esos u otros objetivos similares.

El problema, por tanto, surge cuando el liberal no tiene un pasado revolucionario del que hacer gala. El pavor a que le consideren un conservador (o, por decirlo en la jerga al uso, un representante de la derecha rancia, casposa y reaccionaria) le lleva a estar más pendiente de marcar distancias con los sufridos compañeros de viaje que con los adversarios ideológicos. El término teocón, con el que muchos liberales de familia bien denominan a quienes desde unas posiciones conservadoras han defendido siempre la libertad individual, de acuerdo con la tradición católica, es la última moda impuesta por la izquierda; término que los liberales exquisitos utilizan mucho, como si en vez de hacer un favor a quienes más les odian estuvieran frente a un hallazgo semántico que separa definitivamente el liberalismo bueno del malo.

En el barrio de Salamanca y demás zonas nobles de España los cachorros de las familias que se forraron con el franquismo se han hecho ateos. Se siguen casando por el rito católico, claro, en la catedral y con trescientos invitados, todos con chaqué, pero aclaran, sin que se les pregunte, que lo hacen por no darle un disgusto a mamá, porque la Iglesia, ya se sabe, es un reducto reaccionario para casposos contrarios al progreso. Esto no es el freudiano «matar al padre». Si acaso es darle un pescozón desabrido, pero allá cada cual con sus dramas familiares.

Los teocones hacemos algo que irrita bastante a los liberales anticatólicos, y es que, al contrario que ellos, no nos avergonzamos de nuestro pasado. Cada uno tiene la familia que tiene y ha vivido la vida que le ha tocado. Quien no lo acepta tiene un problema, no los demás. Sólo faltaba que el fontanero de Vallecas, un anarcocapitalista frito a impuestos que vota al PP, tuviera que pedir perdón a los señoritos de la calle Serrano por ir a misa los domingos.

Por otra parte, hasta la fecha nadie ha conseguido probar que un liberal lo sea en menor grado por el simple hecho de respetar y profesar el catolicismo. Y es que se da la feliz circunstancia de que el liberalismo y el catolicismo defienden unos principios básicos comunes, pues ambos se basan en el reconocimiento de la existencia de unas instituciones naturales (libertad individual, propiedad privada, familia, etc.) que son las que permiten la vida en una sociedad moralmente sana y el avance de la civilización.

Unos creen que estas instituciones surgieron espontáneamente y otros creen que son el reflejo de la impronta sobrenatural que posee el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios. Este detalle, que afecta únicamente a las convicciones íntimas del individuo, no invalida el hecho de que tanto unos como otros defienden en esencia los únicos principios que nos han hecho libres a lo largo de la Historia. Olvidarse de ello y recurrir a lo accesorio no es precisamente lo más inteligente que el liberalismo ha hecho en el último siglo y medio.

Las más duras diatribas contra la Iglesia y los curas ya no provienen de la izquierda, que, por cierto, tiene en la curia a muchos de sus más fervientes defensores, sino de los liberales sin pasado, cuyo odio visceral contra el catolicismo tiene un carácter proteico. No será, desde luego, porque los curas oprimieran en exceso a las familias bien de las que provienen (en cuyos colegios, por cierto, se educaron la mayoría de ellos). Tampoco porque haya una contradicción fundamental entre el catolicismo y el liberalismo (excuso poner la lista de pensadores católicos liberales, por extensa y conocida). Es sólo que el ser moderno, cuando uno no lo ha sido de joven, exige este tipo de aspavientos ridículos.

La distinción entre el liberalismo fetén y el que necesita ser bendecido por las aguas laicas de los ateos sobrevenidos pasa, por tanto, por el respeto a la religión católica. Si has creído toda tu vida en las ideas liberales, leíste de joven a Santo Tomás y a Huerta de Soto (salvando las lógicas distancias… a favor de D. Jesús) y a los cuarenta años sigues yendo a misa, corres el riesgo de que te llamen teocón. Que te lo llame la izquierda te importa un pijo, que decimos en mi tierra. Que lo hagan individuos de niñera inglesa, colegios de curas y máster en los EEUU, dos, y bien hermosos. En la calle Génova, por cierto, estos señoritos comecuras harían una carrera fulgurante. Pero no se precipiten. Tengo entendido que por allí hay overbooking.


LA UNIVERSIDAD: ¿TROQUEL DE TÉCNICOS? ¿O CENTRO DEL SABER?
Antonio Martínez

ElManifiesto.com

A propósito del «Proceso de Bolonia»

Este miércoles, 22 de octubre, mis alumnos de Bachillerato no han venido a clase. Convocados por el Sindicato de Estudiantes, han ido a la huelga contra el Proceso de Bolonia. Seguramente no saben mucho acerca del tema. Lo que más les suena es que, de aplicarse la reforma universitaria europea, la Selectividad les va a resultar más difícil. Razón suficiente, a su juicio, para sumarse a la protesta y ahorrarse unas cuantas horas de fastidio en el Instituto.

En realidad, no todos mis alumnos han secundado la huelga. Algunos han venido a clase de Filosofía, y hemos estado hablando sobre el tema. Algo hemos comentado sobre la habitual retórica del ultra-izquierdista Sindicato de Estudiantes. Las consignas nos resultan bien conocidas: «Se va a privatizar, elitizar y mercantilizar la Universidad». «Es un ataque contra la enseñanza pública». «Se va a expulsar del mundo universitario a los hijos de los trabajadores». Percibimos aquí, sin dificultad, una abundante ración de demagogia trasnochada; pero es de justicia reconocer que algo de verdad se encierra también en tales afirmaciones.

El «Proceso de Bolonia» pretende crear una Universidad europea más eficiente, más competitiva, más adaptada a las demandas reales de la sociedad, la empresa y el mercado de trabajo. Ahora bien: si la Universidad pasa a ser concebida en tales términos, ¿dónde queda la sabiduría, la formación humana integral, el saber humanístico que transciende las dictatoriales exigencias de la Diosa Economía? ¿A qué oscuro rincón se destierra al alma de la Universidad, tal como nació en los lejanos siglos de la Edad Media? ¿Acaso la comunidad universitaria fue entendida en su origen como una maquinaria destinada a troquelar trabajadores aptos para incorporarse al engranaje productivo? ¿No es absolutamente justo, entonces, echarse a la calle para protestar, como en aquellos inolvidables años setenta del pasado siglo, contra el avance avasallador del Dios Mercado?

El problema está, por supuesto, en que esta protesta llega demasiado tarde y no reconoce sus propias culpas. La hipocresía alcanza unas proporciones realmente gigantescas, acaso incluso mayores en el caso de España. Veamos: en la gloriosa década de 1970, protestábamos contra una Universidad disciplinar, reaccionaria, anacrónica, cargada en todos sus instersticios de viejos resabios metafísicos. Se imponía desterrar el tufo medievalizante de muchos planes de estudios, la grandilocuente pretensión universalista de una Universidad entendida, siquiera residualmente, como refugio sagrado del saber. Aunque, por supuesto, ya entonces, y desde dentro del propio franquismo casi feneciente, los tecnócratas del Opus Dei propugnaban algo muy similar a lo que hoy impulsa el Plan de Bolonia: un mundo universitario regido por el principio de eficiencia y de adaptación a las modernas necesidades económicas.

La misma Ley General de Educación de 1970 fue defendida por Villar Palasí como un intento de racionalización educativa con arreglo a los criterios «científicos» de la sociedad contemporánea. Rodríguez Adrados, García Gual y otros grandes catedráticos se llevaron las manos a la cabeza ante la calamidad que se avecinaba. La misma Facultad de Filosofía y Letras tenía firmada su sentencia de muerte, en beneficio de unos reinos de taifa universitarios que vieron nacer, entre el regocijo general («¡Hemos vencido, hemos vencido!»), docenas de nuevas Facultades, hijastras parricidas que se repartieron los despojos de una madre odiosa: Filosofía y Letras representaba el espíritu mismo del franquismo, la escolástica dominante en los años cincuenta, la visión cristiana del saber que alentaba en el nacimiento del CSIC, destinado a «restaurar la unidad medieval del saber», como ramas que brotan de un solo tronco (¿recuerda el lector aquel venerable árbol de Porfirio con el que los viejos manuales de Filosofía enseñaban aquello del género y la especie a los alumnos de 6.º de Bachillerato?).

Y es que había, sin duda, mucho, mucho que demoler. Mucha antigualla filosófica pendiente de derribo. El anarquismo libertario y toda la extrema izquierda de la época se encargó del trabajo. ¿Para dar paso a una Universidad menos anquilosada por rigideces intelectuales que era necesario renovar, pero dentro de ese amor universitario a la sabiduría que está en la médula misma de su génesis medieval? ¡Quiá, nada de eso! ¿Es que ya no nos acordamos de Nietzsche? Filosofar a martillazos, es decir: estudiar a martillazos, desterrando a los clásicos, rebelándonos contra todos los cánones de belleza y tradición. ¡Cuánto disfrutamos jubilando por anticipado a los viejos catedráticos tardofranquistas, sometiéndolos a humillaciones sin cuento, anarquizando a mansalva los planes de estudios y el funcionamiento todo de la Universidad y convirtiendo los Departamentos en zahúrdas incestuosas sometidas a la vergonzosa ley del compadreo, la adulación y la endogamia! Y todo esto, en España, bajo responsabilidad directa del PSOE, y con la impagable connivencia de la derecha. Resultado: el caos, la ineficacia, el cabildeo, la desmoralización de los buenos profesores, el medrar rampante de los mediocres, el despilfarro, la masificación, la devaluación de los títulos etc. etc. etc.

Con matices y peculiaridades propias de cada lugar, la muerte de la Universidad se ha ido produciendo, a lo largo de las últimas décadas, en todos los países de Europa. La anarquía intelectual, el absurdo y la ineptitud campan por doquier. Y, diagnosticado el absceso, lo que el cirujano prescribe es sajar y sacar el pus. ¿Me preguntan por el bisturí? Precisamente el Proceso de Bolonia es ese instrumento salvífico, ese afilado escalpelo que va a racionalizar una Universidad hundida en el fango que ella misma ha generado. Muerto el criterio humanístico –que, al final, por cierto, también es económicamente rentable, si bien de manera indirecta–, se precisa con urgencia un principio que lo sustituya. Ockham nos presta de nuevo, y con gusto, su navaja: extirpar la metafísica, la literatura y la poesía –esos gérmenes de futuros días melancólicos–, y reemplazarlas por el imperio absoluto de la Economía, ciencia acéfala y sin rostro –pero, ¿lo tenemos aún nosotros mismos?–. Cada época elige sus propios dioses. O, dicho de otra manera: cada época tiene los dioses que se merece.

Definición del Proceso de Bolonia en el Diccionario Transcendental de un mundo futuro que hoy clama por surgir desde las honduras mismas del espíritu: «Némesis ineluctable de una cultura autófaga. Dícese también “occidental”».


 
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