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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 435
Thursday, 06 November a las 11:55:18

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 435 –  05 de noviembre de 2008

SUMARIO

  1. La última de Vizcaíno casas. Miguel ángel Loma
  2. Apuntaciones sobre los intelectuales y «esta crisis». Antonio Castro Villacañas
  3. La reina y la periodista. Jesús Flores Thies
  4. La democracia, en peligro, amenazada por la opacidad y la corrupción. Enrique de Diego
  5. El anarquista Juan Peiró. José Mª García de Tuñón


LA ÚLTIMA DE VIZCAÍNO CASAS
Miguel Ángel Loma

El dos de noviembre de 2008 se cumplieron cinco años de la muerte del abogado, periodista y escritor, Fernando Vizcaíno Casas. Si no conociéramos cómo nos las gastamos en nuestra querida patria, resultaría difícil explicar el interesado olvido que, en tan poco tiempo, ha cubierto la memoria de un hombre cuya obra escrita constituye un referente ineludible para comprender nuestra situación actual, de dónde veníamos y hacia dónde vamos, si es que nadie lo remedia.

Ya en vida no le perdonaban el éxito millonario de sus obras, ni que provocara largas colas de lectores solicitando su firma allí por donde apareciese a presentar sus libros, ni que se mofara de toda esa «aguerrida» fauna política y farandulera que se acostó más franquista que Franco y se despertó con impecable traje de «demócrata de toda la vida». Y menos aún le perdonaban que sus burlas las hiciera sin necesidad de caer en el insulto ni perder la sonrisa; con absoluto respeto a la Constitución y desde la valiente lealtad a personas e ideas cuya sola mención ya casi resulta perseguible de oficio en esta España que, en efecto, no la conoce ni la madre que la parió. (Y lo que ya les remataba a muchos, es que además Fernando fuera un gran abogado ¡laboralista!).

Pero pese a esta institucionalizada amnesia sobre su recuerdo, no creo equivocarme demasiado si afirmo que somos muchísimos españoles los que seguimos teniéndole presente, y que basta con abrir el periódico o ver el telediario de un día cualquiera, para que se nos despierte el pensamiento de que, si Fernando hubiese seguido con la pluma cargada hoy, no sabría por dónde empezar. Y hasta hubiera albergado la esperanza, no infundada, de ganarle un pleito al mismísimo Gobierno ZP reivindicando derechos de autor; porque todo lo que está ocurriendo actualmente estaba ya vaticinado en sus obras. La España de Zapatero es, toda entera, una novela viva de Vizcaíno Casas, la última que ni siquiera tuvo necesidad de escribir.

Si este país disfrutara de mejor sangre y fuese cierto que la «pluralidad» (de la que tan machaconamente alardean esos mismos que no admiten voces discrepantes) es un principio constitucional vigente, Fernando Vizcaíno Casas seguiría gozando del reconocimiento que se merece; no sólo por haber retratado desde la mordacidad el último medio siglo de nuestra historia, sino por haber sido el profeta más exacto de nuestro tiempo.

El cerco de silencio que «la crema de la intelectualidá» progresista, que es la única que reparte el bacalao de la legitimidad democrática, ha tejido en torno a su persona y obra es una muestra incontestable del sectarismo que caracteriza a quienes nos dirigen, adoctrinan y pastorean.

Y es que Nietzsche tenía mucha razón cuando escribió aquello de que «No es la cólera, sino la risa la que mata». En este sentido, y con el permiso de Garzón (que parece empeñado en convertir la fecha del dos de noviembre en la nueva fiesta nacional), Fernando «mataba» muy bien a tantos «vivos» y reyezuelos que se pasean en pelota delante de nuestras narices, intentándonos convencer de que quienes no sepamos apreciar la exquisita textura democrática de sus ropajes, somos unos fascistas irredentos, enemigos del pueblo, de la libertad y hasta de la madre que parió a Bambi.

 

APUNTACIONES SOBRE LOS INTELECTUALES Y «ESTA CRISIS»
Antonio Castro Villacañas

¿Qué es un intelectual? Esta pregunta la responde así nuestra Real Academia Española de la Lengua: un intelectual es todo aquel realizador de actividades que requieren preferentemente el empleo de las facultades del intelecto. No es el mejor ejemplo de respuesta adecuada a la inquietud de quien pregunta, pues lejos de aclarar las dudas que motivaron el hacer la consulta, se limita a trasladarlas a otra palabra o a otro concepto, en este caso a saber qué demonio será el intelecto y qué tipo de actividades requieren el uso de ese instrumento...

Siguiendo lo mejor que pueda el ejemplo de tan docta institución, doy por hecho que mis lectores conocen de sobra quiénes son y qué es lo que hacen tales empleadores de las facultades propias del intelecto. Por ello me limito a exponer lo que quizá se podría considerar una tipología general de intelectuales, y que consiste en situar a un lado los científicos, hombres de buena conciencia, que estudian las cosas tal como realmente suceden en nuestro planeta sin plantearse dilemas morales, por lo que de forma deliberada se apartan de cualquier clase de debates ideológicos y con ello persiguen el sueño de vivir una existencia realmente humana y por tanto libre de cualquier clase de contactos impuros; y en otro lado poner a cuantos hombres sufren por el estado del mundo, lo encuentran siempre imperfecto, y se quejan por ello de no poder estar nunca satisfechos.

Esta división entre «puros» y «quejitas», es decir, entre científicos y escritores y políticos, puede con facilidad llevarnos a pensar que tal vez el no plantearse dilemas morales sea el mejor camino para tener intenciones impuras y realizarlas, así como que la insatisfacción puede ser la puerta de salida hacia la melancolía, el desprecio y hasta el olvido del mundo, el repliegue sobre el propio yo, y la soberbia actitud de creerse en todo superiores a los demás infelices mortales...

La alternativa a la melancolía es –dicen algunos quejitas– la utopía, el sueño de un mundo mejor... Durante los tres últimos siglos –continúan diciendo– la historia intelectual de Europa puede sintetizarse en el planteamiento y el desarrollo de una variable tensión entre la utopía y la melancolía. El mérito de los utópicos consiste en haber logrado a lo largo del tiempo disminuir e incluso ahuyentar la melancolía de sus rivales intelectuales, y su demérito radica en haber conducido sus utopías hasta extremos totalitarios en los que resulta obligatorio ser felices, según sucede en los paraísos marxistas.

Los intelectuales puros, los científicos, han sabido siempre escapar de esa tentación. Nunca son ni melancólicos ni utópicos porque, a pesar de que no les gusta el mundo en que viven, su disgusto no les desespera sino que les lleva a tratar de comprenderlo, explicarlo, y en definitiva perfeccionarlo, pero no del todo y al mismo tiempo sino poco a poco y en la medida de sus posibilidades en los ámbitos del pensamiento y de la acción.

Cuantos vivimos este principio de siglo con algo más de quince o veinte años podemos recordar tanto el optimismo generado por la reunificación europea conseguida en 1989 como la inquietud surgida poco más tarde a causa del retorno de la violencia nacionalista –todavía viva, aunque soterrada– en el siempre convulso teatro de los Balcanes, aún abierto en funciones nocturnas y matinales.
El final de la utopía comunista rusa parecía significar el definitivo triunfo de la utopía liberal capitalista propugnada por el mundo europeo y norteamericano. La crisis que hoy vivimos, ¿puede ser el retorno de los viejos fantasmas –depresión económica, fascismos, guerras– que surgieron en los felices años 20 del también vigésimo siglo? ¿Está realmente en paz este mundo de hoy? ¿Qué sentido tienen las guerras abiertas del Líbano y Afganistán y las ocultas de los diversos terrorismos? ¿Podemos considerar consolidadas la democracia y la economía de mercado tanto en la América del Norte como en Europa, no digamos en Suramérica, África y Asia?

Dos últimas preguntas: ¿podemos confiar en que el progreso científico esté a punto de abrir, si todavía no la ha abierto, la puerta de una nueva revolución tecnológica, capaz de cambiar materialmente el mundo? ¿Estamos seguros de tener a punto la respuesta espiritual que esa apertura exige?



LA REINA Y LA PERIODISTA
Jesús Flores Thies
Coronel de Artillería-retirado

Se dice que el hombre es el animal que tropieza dos veces en la misma piedra, pero como ahora está de moda eso del «género», habrá que decir que también la mujer es tropezona.

Hace años, Pilar Urbano, que es como una ardilla en el campo del periodismo y del oportunismo literario, escribió un libro «a medias» con doña Sofía, aunque en este caso sin los tremendos patinazos que protagonizara el rey en aquel libro «autorizado» que se sacó de la manga Vilallonga, en el que hacía declaraciones absurdas, con gran regocijo de Jaime Capmany. En éste otro, la Urbano puso en boca de la reina una serie de absurdos y hasta de simplezas que no encajaban bien en la idea que teníamos de ella, ya que la considerábamos muy superior intelectualmente a su marido, el manipulado por Vilallonga. Y es que muchos entrevistadores hacen decir a sus entrevistados lo que ellos quieren que diga o dicen que dijeron lo que en realidad no dijeron…, cualquiera sabe.

Hasta el mismo Cela cayó más de una vez en esa trampa. Le «regañamos» y, don Camilo, en carta agradecida (que no hemos enmarcado porque somos personas discretas), prometió que en adelante cuidaría mucho las entrevistas para que no le llevaran como un pardillo al huerto del periodista.

A raíz de aquel primer libro sobre la Reina, escribimos a Pilar Urbano una larga reseña de absurdos, falacias, mentiras y simplezas aparecidas en su libro LA REINA, que ponía a veces en boca de doña Sofía. Enviamos una copia a la Casa Real, además de una breve carta en la que poníamos sobre aviso a la Reina del peligro de dejarse mecer por entrevistadores de poco fiar. Recibimos un cortés acuse de recibo de una secretaria. Al menos ella (la secretaria) se enteraría del contenido de nuestra crítica.

¿Por qué en aquella ocasión no hubo protestas de eso que llaman «colectivos» ni de entidades «profundamente democráticas»? Pues porque en ningún momento se metió con el mundo que hoy se denomina absurdamente «gay» ni, por supuesto, se hizo elogio alguno del hombre que había elevado a su marido al Trono. En esta ocasión el fortísimo poder de ese inframundo poderoso de «gays», lesbianas e indefinidos se ha metido por medio, y el suelo «d´estepaís» ha temblado..

No hemos leído este libro, pero sí los comentarios que sobre él se han escrito o divulgado, y nos da la impresión que en esta ocasión doña Sofía se ha sincerado con la astuta periodista respondiendo a un amplio cuestionario, pero manteniendo un nivel en sus respuestas que no tuvo en la vez anterior.

Estamos convencidos de que doña Sofía considera a los homosexuales como personas tan dignas como los llamados heterosexuales, pero con una disfunción en alguna parte que los mantiene al margen de lo que exige la propia Naturaleza, y estamos también convencidos del asco que le provoca el homosexual reconvertido en marica. Como es persona inteligente y sensible, considera que no existe matrimonio donde no hay matrimonio, que el Día del Orgullo Gay es una akelarre donde prima lo zafio, lo pringoso y lo miserable (pagado con nuestros impuestos); o que el aborto es una crimen (ella es mujer ¿no se han dado cuenta sus críticos?), aunque se legalice, se amplíe y hasta se ponga obligatorio.

Un pelanas de la cadera blanda, en un ataque de constitucionalismo y de parlamentarismo a tumba abierta, nos dice por la «tele» que si el Congreso y el Senado aprueban una ley hay que aceptarla sin la menor abstracción mental. Si mañana esas instituciones de sesteantes aprueban una ley declarando delictivo gritar «Arriba España», mencionar a Dios en un acto público o escribir que Franco no era tan bajito ¿hemos de acatar unas leyes para ilotas idiotas? Por cierto, que la cosa no es tan absurda porque un giliflautas alemán, además de otro de la misma catadura, pero hebreo, se han quejado porque en un libro español se decía que «Heil!» era una forma de saludo habitual. Si esta palabra está censurada en Alemania ¿cuánto más no será objetivo de sanción gritar o susurrar por estos pagos «¡Arriba España!»? El mundo de lo absurdo prima sobre la razón.

Como la inteligencia no es ya necesaria, ni siquiera para ejercer de portavoz o portavoza, alguien de la casa Real ha salido a la palestra para echar agua al vino. Ha sido peor, porque lo que dijo la reina, lo dijo y bien claro. Una de las tonterías de los tontos ha sido la de decir que la reina lo es de todos los españoles y no puede alinearse con unos pocos (han llegado a decir que sólo el 17 % es contrario al aborto). Como es de todos los españoles, se la puede ridiculizar en revistas zafias o en parodias televisivas sin que pase nada, pero ella no puede decir ni tan siquiera que el aborto es un crimen o que le revientan los insultos, para no ofender a los insultadores.

Lo que hemos entrevisto sobre las palabras de la reina, nos la presentan como una mujer inteligente, digna, enterada y segura de sus convicciones morales, que no pueden ser arrasadas por aquello de que la mitad más uno ha votado la muerte obligatoria por mano (in)humana al principio y al final de la vida.

Ya tenemos otro toro que lidiar para distraer a la cansada afición de problemas auténticos, que se une a otros como el de los desenterradores de Garzón agarrados a la ley zapatera de la Memoria Histórica, que los medios institucionales, del Estado o Taifas que pagamos todos, convierten en un lavado de cerebros no pensantes de forma continua, pesada, agobiante, bellaca y miserable. Nunca ha habido, ni en tiempos stalinianos, una operación de lavado de cerebros tan brutal, constante y abyecta como la que entre la izquierda rencorosa y la derecha cobarde están llevando a cabo con eso que antes se llamaba pueblo español y que hoy es una masa de muy difícil definición.

Esto se pone caliente. Veremos que va a pasar cuando los hijos de papá franquista, los Kindelán, Gallarza, Muñoz Grandes, Queipo de Llano o Varela, vean que estas leyes votadas por resentidos y cobardes, sientan a sus padres en el banquillo de los criminales de guerra. A lo mejor sólo será una tormenta en un vaso de agua en la que, en definitiva, saldrá ganando la parte más miserable de los políticos españoles.

Alguien dijo que en España todos los escándalos son biodegradables, es decir, que en este incidente del libro de la Urbano no va a pasar nada, sólo una lección. Porque doña Sofía se habrá dado cuenta de la ínfima calidad moral e intelectual de estos descendientes de españoles (la auténtica raza española se extingue, ya lo sabemos). Y posiblemente aparecerá una portada bestial en El Jueves, que es algo así como el libro de cabecera de la progresía. Y ¡ojo!, que alguien sacará el pasado familiar alemán de la Reina, con lo que eso puede doler.
En definitiva, este «escándalo» se biodegradará, y el resultado final será un beneficio millonario para esa ardilla del periodismo, «meapilas» en ratos libres, falsaria en otros, inteligente en los que quedan, llamada Pilar Urbano.


LA DEMOCRACIA, EN PELIGRO, AMENAZADA POR LA OPACIDAD Y LA CORRUPCIÓN
Enrique de Diego
El SemanalDigital.com

La transparencia no es ni más ni menos que un principio. Dice el Gobierno que qué beneficio obtendríamos de saber a qué bancos o cajas se destinan los dineros que nos han incautado. Argumento falaz. El beneficio es que no acaben con nuestra libertad y con la democracia, toda vez que ya han acabado con nuestros ahorros, salvo que nos neguemos a pagar facturas que no hemos firmado.

La transparencia no es algo opinable, sino un imperativo ético categórico, una condición sine qua non de la democracia: cuando no hay transparencia, simplemente, no hay democracia, no hay libertad, y entramos en el campo de la servidumbre y la tiranía.

Es indudable que esos bancos y cajas, más lo segundo que lo primero, a los que se van a comprar activos tóxicos, llevando al Estado al colapso y a los ciudadanos a la ruina, tendrían perjuicio si se supiera quienes de ellos precisan de más ayuda. Ocultarlo es, por de pronto, beneficiar a los más incompetentes e irresponsables, a los más manirrotos y a los más imprudentes. Es favorecer las malas conductas. Es, y no se trata de cuestión menor, poner bajo sospecha a todos, también a los responsables, y, a la postre, dañar a todos, generando un clima generalizado de sospecha, consecuencia lógica e inmediata de la opacidad.

La opacidad conduce de la mano a la corrupción, como las aguas estancas se pudren y emiten hedor. Y aquí, sin pudor ninguno, en este clima de casta parasitaria, el hedor ha empezado a aparecer a las primeras de cambio. El inefable Carlos Arenillas y el lobby de influencias Intermoney ya está sacando tajada del contribuyente con el rompecabezas de la fusión de las cajas castellanoleonesas; fusión en la que la clave es que, como en «El gatopardo», algo cambie para que todo siga igual; es decir, que ni uno solo de los consejeros pierda poltrona, bicoca y faltriquera.

El déficit público se va a disparar más allá del 20%, pero los amigos de Zapatero van a hacer buenos negocios con la miseria y el paro de los españoles.

Lo grave es que la perversión de la democracia se pretende llevar a líneas de no retorno, en los que el control resulte imposible e incluso sea diabolizado, como si fuera cuestión de curiosidad malsana, cuando no hay principio más original a la democracia que ligar la tributación con la representación y que cada euro del contribuyentes ha de ser archiexplicada su utilización.

Aquí se ha apagado la luz y se ha despedido a los taquígrafos. La democracia está en peligro.

Otrosí: Resulta gratificante la rapidez vertiginosa con la que se está extendiendo la conciencia social de la expoliación de las clases medias y la convicción de que esa es la esencia del sistema. También en menos de una semana desde la salida de mi libro Casta parasitaria ese término se ha hecho de uso común. Incluso se están sumando periodistas sin discurso, que han sido hasta ayer coartadas histéricas del sistema. Casta y parasitaria, ambos conceptos unidos. Casta parasitaria indica tres cosas: a) la clase política ya se está heredando por los hijos, proceso reaccionario, predemocrático, b) la clase política, para sobrevivir de manera vitalicia, se dedica a la expoliación, de forma que los escándalos de estos días no son errores personales, sino la lógica del sistema que es parasitar al contribuyente; b) del proceso de la expoliación, para transmitir la herencia a sus vástagos, se pasa al dominio sobre la sociedad y se entra en la terrible vía del totalitarismo, de ahí la memoria histórica, la imposición lingüística, el totalitario ministerio de igualdad y educación para la ciudadanía.

Ahora queda el subtítulo del libro: La transición como desastre nacional. Un debate ineludible pues de aquellos polvos vienen estos lodos, y de aquellos errores, estos desastres.

 

EL ANARQUISTA JUAN PEIRÓ
José María García de Tuñón

El pasado día 23 de octubre, el catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza, Julián Casanova, escribía un artículo en el diario El País recordando al anarquista Juan Peiró que fue ministro de Industria en el Gobierno de Largo Caballero, y que sería fusilado en Valencia el 24 de julio de 1942. Ahora Casanova, 66 años después, se queja del olvido a que tienen sometido a Peiró «las historias que dicen recuperar a las víctimas del franquismo». Pero este catedrático de Historia solamente cuenta lo que a él más le interesa olvidando que su cátedra es para enseñar y no para silenciar, por ejemplo, algunos hechos que, en este caso, ocurrieron antes de ser fusilado Juan Peiró, porque el juicio a que fue sometido este anarquista bien merece unas pocas líneas

El consejo de guerra que lo juzgó se celebró en Valencia y en el mismo tuvo buenos valedores como Miguel Primo de Rivera y otros, según cuenta el que fue abogado en la zona republicana Pérez Verdú en su libro Cuando Valencia fue capital de España. También Luys Santa Marina y que en torno a él falangistas intelectuales de Barcelona, Luis de Caralt y Martín de Riquer, intervinieron activamente en defensa del hombre que estaba siendo juzgado y así lo recoge el antiguo miembro de las Juventudes Libertarias Antonio Téllez en su libro La red de evasión del grupo Ponzán, donde dice que el falangista Luys Santa Marina llegó incluso a ofrecerle cargos en los sindicatos franquistas y obtener así inmediatamente el indulto, pero Peiró prefirió el fusilamiento. Asimismo el propio abogado defensor, el capitán Luis Serrano, relata en una carta reproducida en el libro Juan Peiró, teórico y militante del anarco-sindicalismo español, editado en 1978 por su hijo José Peiró, que dice haber mantenido un cambio de impresiones con Luys Santa Marina y con el también falangista Adolfo Rincón de Arellano (en ese momento Jefe Provincial del Movimiento y que había tenido a su padre condenado a muerte en la Prisión Militar Valenciana de Monteolivete por los nacionales), para ponerse de acuerdo y no fallar en las preguntas que iba a hacerle al primero porque actuaría como testigo de descargo.

De nada sirvieron las declaraciones a favor del reo, por parte de las personas mencionadas. Tampoco sirvieron las palabras del abogado defensor que basó su defensa en la tesis de José Antonio sobre el sindicalismo obrero. «¿Cómo podía condenarse a un hombre por su único pecado de ser verdadero sindicalista cuando esta condición la incorporaba a su bandera la revolución redentora de España que predicó ilusionado el fundador de la Falange?», termina preguntando Francisco Pérez Verdú en su libro citado.

De todo esto ni una sola palabra por parte del catedrático Julián Casanova que solamente cuenta su historia y silencia la que le interesa silenciar. ¿O es que no la sabía? Pues ahora ya la sabe.


 
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