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El Brocal: El Brocal Nº - 77
Friday, 21 November a las 16:36:32

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 77 – 21 de noviembre 2008

SUMARIO



 
VERDADEROS PARA SER LIBRES
Fernando Sebastián
Arzobispo Emérito de Pamplona
 
 
 «La verdad os hará libres», nos dijo Jesús, en una palabra llena de resonancias antropológicas y teológicas. La verdad, para Jesús, en último término, es la bondad misericordiosa de Dios, reconocida como fundamento de todo cuanto existe. En un primer momento, verdad es la realidad consistente, la realidad del mundo, la realidad de las personas, en la medida en que está patente ante nosotros, ofreciéndonos la posibilidad de fundirnos con ella ampliando y enriqueciendo así, en la unidad del amor, nuestra propia existencia.

Ser persona es precisamente eso, vivir abierto, pegado a la realidad, vivir en la realidad del mundo, de las cosas, de las personas, arraigado en ellas por la fuerza del amor que recibimos y ofrecemos, tratando de crecer en esta comunión vital y de ayudar a crecer en la verdad y en el bien a cuantos viven en relación con nosotros. Esta dinámica común y permanente hacia el crecimiento de nuestro ser, en la verdad, por el amor, es el fondo y la grandeza de nuestra libertad. Ser libre es tener la capacidad de desarrollar la propia existencia en comunión con los demás, asimilando las riquezas de la realidad en la que estamos constituidos y arraigados.

Los hombres no somos islas. No vivimos ajenos unos a otros. Vivimos todos dentro de la gran unidad física y espiritual que es la humanidad, en un fluir de existencia que pasa de unos a otros y se multiplica sin cesar en las mentes de todos. Por eso, detrás de esta dinámica interior de nuestro ser personal, está la verdad y la realidad de Jesús. Nadie puede prescindir de Él, pues forma parte de nuestra humanidad. Él nos dice «Yo soy la Verdad», yo soy esa verdad que os permite crecer conmigo en la verdad y en la bondad de las cosas, la verdad que os permite entrar hasta el corazón del mundo, hasta el misterio interior de todas las cosas que se abre a la Verdad de Dios, de la que nace toda verdad, y de quien recibimos el espíritu de amor y de apertura para entrar en comunión con todos los existentes.

Este proceso se puede ver más claramente en una perspectiva descendente. Dios Padre es la fuerza del ser infinito que se afirma por Sí mismo, al afirmarse se hace Verdad, esplendor de Sí mismo, y a la vez se hace concordancia, fusión, gozo en la unidad del Ser infinito con el esplendor de la Verdad en un Amor personal que es la afirmación de la bondad y de la generosidad infinita del ser de Dios.

Algo de esto nos da Dios cuando nos crea a su imagen y semejanza, nuestro pequeño ser personal queda abierto a la verdad de Dios porque procede de Él, tiene en sus entrañas esa concordancia con todas las demás cosas y personas nacidas del mismo Dios, y por eso mismo es capaz de descubrirlas con gozo, de amarlas, de fundirse con ellas en el abrazo del espíritu, buscando la plenitud gozosa que solo nos puede venir del Dios original. La belleza y la bondad que encontramos en el mundo nos descubre lo que llevamos ya dentro de nosotros mismos, porque Dios lo ha puesto de antemano, al hacernos hijos suyos, abiertos a la realidad universal. Así es como la verdad, descubierta, amada, asumida, nos hace libres, vivientes, exultantes.

Nuestro Presidente Zapatero, quiso presentar las cosas de otra manera. Con una audacia de alto riesgo sentenció: «La libertad nos hará verdaderos». Esta manera de entender la libertad ya no está abierta ni arraigada en la realidad, es una libertad encerrada en sí misma, sin referencia a la verdad objetiva de los demás, es la libertad de los propios deseos, la libertad de las ambiciones y caprichos, una libertad ensimismada que no se molesta en buscar la consistencia de la verdad fuera y más allá de sí misma. En esta manera de entender las cosas, ser libre es llevar a término mis deseos, lo que en cada momento me apetece, así llego a ser verdadero, así consigo llegar a ser yo mismo. Pero un «yo mismo» que no ha crecido saliendo en busca de la rica y compleja realidad anterior a mí, mayor que yo, sino que se repliega sobre sí misma satisfaciéndose en los propios deseos. Esta manera subjetivista de entender la libertad, sin apertura a la realidad objetiva, previa y superior a nosotros, nos mantiene encerrados en una sala de espejos, en la que todos nuestros deseos nos reflejan a nosotros mismos, nos vemos de mil maneras pensando que somos el centro del mundo, pero en realidad sólo nos vemos a nosotros mismos y disfrutamos de nosotros mismos, cada vez más aislados de la verdad del mundo y de los hombres, más alejados de la verdad infinita de Dios, que queda al otro lado de los espejos, anterior e independiente de nuestros caprichos.

Esta manera de entender las cosas tiene dos manifestaciones en nuestra cultura que resultan verdaderamente trágicas y destructivas. La primera es el relativismo. Si nosotros somos el centro de la realidad, si las cosas o las personas que existen independientemente de nosotros no son término real de nuestra libertad, entonces es lógico que no queramos reconocer nada como objetivamente verdadero. Sólo es verdad lo que cada uno decida para su propio bien. Cada uno «crea» su verdad y tiene «sus» verdades. Una cosa es verdad para uno, y la contraria puede ser verdad para otro. En el fondo es que nada es verdad para nadie.

En esta manera de ver las cosas, cada uno vive encerrado en sí mismo, cada uno es la verdad para sí mismo, sin necesidad de mantener contacto real con lo que cada cosa es fuera de nosotros. En esta mentalidad la persona vive cerrada en su propio mundo, cerrada en sus propios deseos, de espaldas a la realidad. Como si fuera el principio y el fin del mundo. Esto, que en el mundo de las realidades físicas es imposible, en el mundo de las realidades espirituales y morales lo practicamos continuamente. «La Iglesia puede decir lo que quiera, yo pienso que…». Cada uno tiene su verdad, cada uno se fabrica su verdad. Pero esta verdad no sirve para comprender la realidad, ni para entrar en ella, ni para favorecerla, porque no es la verdad de la realidad, sino la verdad subjetiva de nuestros propios deseos. El relativismo es individualismo y termina siendo nihilismo.

La otra funesta consecuencia del subjetivismo es la legitimación de la mentira. Si la verdad nace de nosotros, si es verdadero lo que cada uno quiera, estamos facultados para decir en cada caso lo que nos convenga, lo que queramos que piensen los demás a favor de nuestros deseos, de nuestros planes ambiciones. No hay por qué atenerse a la verdad de las cosas, porque no hay una verdad objetiva, cada uno compone la verdad como le parece. El lenguaje mentiroso nos desconecta de la realidad, nos recluye de nuevo en nuestras pretensiones, manipula la realidad de los otros llevándolos a configurarse con la vanidad de nuestras fantasías y deseos. La cultura del subjetivismo termina siendo una cultura fundada en la mentira, es decir, en el vacío, en el no ser, en la nada, porque la mentira es lo que no es, el hueco de la existencia, la ficción de la realidad.

¿Qué pensar, qué se puede esperar de una sociedad en la que no se quiere aceptar la verdad de las cosas, en la que desde la opinión pública, desde la política, queremos que las cosas sean como nos interesa a nosotros, como si fuéramos realmente los creadores de un mundo de valores, de proyectos, nacido de la presuntuosa omnipotencia de nuestra engrandecida libertad? Cuando llegamos aquí estamos ya en el terreno de la idolatría, de las falsas divinidades creadoras de mundos falsos y decepcionantes. Nosotros mismos somos el ídolo al que atribuimos los poderes del Dios creador del mundo y fuente de la vida y de la felicidad.

Tendremos que cambiar y dedicarnos sinceramente a buscar juntos cómo son y cómo tienen que ser las cosas, por sí mismas, en atención a su propia naturaleza, al crecimiento de todos en la verdad y en el bien, en esa verdad universal que nos sostiene a todos, que tiene espacio para todos y que en último término está garantizada por la Sabiduría, el Poder y la Bondad de Dios. Sin esta voluntad conjunta de vivir y crecer en el camino de la verdad movidos por el amor a lo real, no hay cultura verdadera, ni hay sociedades fuertes, ni hay personas cabales.

Os invito a indagar las consecuencias de estas ideas en tres campos especialmente importantes de nuestra vida: la educación, la vida política y la religión.
 
 
LOS FASCISTAS LLEVAN CORBATA
Arturo Pérez-Reverte
XLSemanal
 
 
Cuando digo que este país es una mierda, algún lector elemental y patriotero se rebota. Hoy tengo intención de decirlo de nuevo, así que vayan preparando sellos. Encima hago doblete, pues voy a implicar otra vez a Javier Marías, que tras haberse comido el marrón de mis feminatas cabreadas, acusado de machista –¿acaso no se mata a los caballos?–, va a comerse también, me temo, la etiqueta de xenófobo y racista. Y es que, con amigos como yo, el rey de Redonda no necesita enemigos.

Madrid, jueves. Noche agradable, que invita al paseo. Encorbatados y razonablemente elegantes, pues venimos de la Real Academia Española, Javier y yo intentamos convencer al profesor Rico –el de la edición anotada y definitiva del Quijote– de que el hotel donde se aloja es un picadero gay. Lo hacemos con tan persuasiva seriedad que por un momento casi lo conseguimos; pero el exceso de coña hace que, al cabo, Paco Rico descorne la flor y nos mande a hacer puñetas. Que os den, dice. Y se mete en el hotel. Seguimos camino Javier y yo, risueños y cargados con bolsas llenas de libros. Bolsas grandes, azules, con el emblema de la RAE. Cada uno de nosotros lleva una en cada mano. Así cruzamos la parte alta de la calle Carretas, camino de la Plaza Mayor.

Imaginen –visualicen, como se dice ahora– la escena. Capital de España. Dos señores académicos con chaqueta y corbata, cargados con libros, hablando de sus cosas. Del pretérito pluscuamperfecto, por ejemplo. En ese momento pasamos junto a dos individuos con cara de indios que esperan el autobús. Inmigrantes hispanoamericanos. Uno de ellos, clavado a Evo Morales, tiene en las manos un vaso de plástico, y yo apostaría el brazo incorrupto de don Ramón Menéndez Pidal a que lo que hay dentro no es agua. En ésas, cuando pasamos a su altura, el apache del vaso, con talante agresivo y muy mala leche, nos grita: «¡Abajo el Pepé!… ¡Abajo el Pepé!». Y cuando, estupefactos, nos volvemos a mirarlo, añade, casi escupiendo: «¡Cabrones!».

Me paro instintivamente. No doy crédito. «¡Pepé, cabrones!», repite el indio guaraní, o de donde sea, con odio indescriptible. Durante tres segundos observo su cara desencajada, considerando la posibilidad de dejar las bolsas en el suelo y tirarle un viaje. Compréndanme: viejos reflejos de otros tiempos. Pero el sentido común y los años terminan por hacerte asquerosamente razonable. Tengo cincuenta y siete tacos de almanaque, concluyo, voy vestido con traje y corbata y llevo zapatos con suela lisa de material. Mis posibilidades callejeras frente a un sioux de menos de cuarenta son relativas, a no ser que yo madrugue mucho o Caballo Loco vaya muy mamado. Sin contar posibles navajas, que alguno es dado a ello. Además tiene un colega, aunque nosotros somos dos. Podría, quizás, endiñarle al subnormal con las llaves en el careto y luego ver qué pasa con el otro; pero acabara la cosa como acabara –seguramente, mal para Marías y para mí–, incluso en el mejor de los casos, con todo a favor, hay cosas que ya no pueden hacerse. No aquí, desde luego. No en este país miserable. Imaginen los titulares de los periódicos al día siguiente: «El chulo de Pérez-Reverte y el macarra de Marías se dan de hostias en la calle con unos inmigrantes». «Xenofobia en la RAE.» «Dos prepotentes académicos racistas, machistas y fascistas apalean salvajemente a dos inmigrantes.» Aunque aún podría ser peor, claro: «Marías y Reverte, apaleados, apuñalados e incluso sodomizados por dos indefensos inmigrantes».

Marías parece compartir tales conclusiones, pues sigue caminando. A envainársela tocan. Lo alcanzo, resignado, y llegamos a la Plaza Mayor rumiando el asunto. «Es curioso –dice pensativo–. A mí tío, republicano de toda la vida, lo insultaban por la calle, durante la República, por llevar corbata.» Yo voy callado, tragándome aún la adrenalina. Quién va a respetar nada en esta España de mierda, me digo. Cualquier analfabeto que llegue y vea el panorama, que oiga a los políticos arrojarse basura unos a otros, que observe la facilidad con la que aquí se calumnia, se apalea, se atizan rencores sociales e históricos, tiene a la fuerza que contagiarse del ambiente. Del discurso bárbaro y elemental que sustituye a todo razonamiento inteligente. De la demagogia infame, la ruindad, el oportunismo y la mala índole de la vil gentuza que nos gobierna y nos envenena. Ésta es casa franca, donde todo vale. Donde todos tenemos derecho a todo. Cualquier recién llegado aprende en seguida que tiene garantizada la impunidad absoluta. Y pobre de quien le llame la atención, o le ponga la mano encima. O tan siquiera se defienda.

Así que ya saben, señoras y caballeros. Ojito con las corbatas y con todo lo demás cuando salgan de la RAE, o de donde salgan. Nos esperan años interesantes. Tiempos de gloria.

 
 
HASTA AHÍ LLEGARON LOS ESPAÑOLES QUE AÚN NO ERAN EXPAÑOLES. La invención del Pacífico
Iker Izquierdo Fernández
El Manifiesto.com
 
 
 
Hubo un tiempo en que el océano Pacífico fue un lago español. A ambos extremos de la mayor masa acuática del planeta había tierras que reconocían la soberanía del rey de España. Durante muchos años tan sólo las naves españolas surcaban el océano de costa a costa. Y este hito, fundamental en la historia de la humanidad, es prácticamente pasto del olvido.

En mi empeño personal por encontrar un vínculo histórico y sólido entre España y Asia me he tropezado con un libro que pasó desapercibido en nuestro país (excepto para un puñado de especialistas) cuando fue publicado hace dos años por la fundación Casa Asia. Ningún periódico se hizo eco del acontecimiento, ninguna supuesta autoridad supuestamente competente comentó algo al respecto. Silencio absoluto. Sin embargo, este libro supone el reconocimiento moderno de la importancia de España en la configuración del Pacífico como entidad histórica autocomprensible. El título de este libro es cuando menos revelador de la tesis que propone: El lago español, de O. H. K. Spate.

Primero desde Sevilla y después desde las costas occidentales de Nueva España salieron expediciones más o menos regulares durante todo el siglo XVI para explorar, y en caso propicio, colonizar el llamado por aquellos días Mar del Sur: desde la más importante, la primera, llevada a cabo por Magallanes y Elcano, que realizaron la monumental hazaña de circunnavegar el globo terráqueo en 1520-1522, hasta la de 1565 en que Urdaneta encontró la ruta de regreso desde Filipinas a México. Era la primera vez en la historia que todas las tierras del planeta (a excepción de Australia) quedaban ya interconectadas para siempre. El descubrimiento de las rutas marítimas del Pacífico dio paso al primer intento de globalización en la historia humana: el Imperio Español.

Desde ese momento acontecimientos que ocurrían en Europa o América influirían decisivamente en Asia, y viceversa. La débil línea de comunicación que unía la costa occidental americana con las islas Filipinas daría lugar a enormes transformaciones en el mundo asiático. El viaje anual del legendario Galeón de Manila hizo posible que en nuestros días, el profesor Spate, emulando la obra del gran Pierre Chaunu, Sevilla y el Atlántico, pueda hablar en su obra de Sevilla y el Pacífico. Las enormes remesas de oro y plata del Nuevo Mundo pasaban por Sevilla, se desparramaban por Europa y después salían de sus puertos para comprar especias y otros productos en las costas de China y del Sudeste Asiático. A finales del siglo XVI, cuando el asentamiento en Luzón, Manila, estaba más o menos asegurado, el rey permitió también que parte de la plata de Nueva España se dirigiera a Filipinas. Allí, las elites coloniales la utilizarían para el comercio con China, que pronto se vería inundada de plata americana y nuevos cultivos que al igual que en Europa permitió una gran expansión agrícola pero también enormes trastornos económicos fruto del calentamiento excesivo de la economía. Los problemas ocasionados por la inflación en China a principios del siglo XVII originaron revueltas populares que en última instancia acabarían con la caída de la dinastía Ming a manos de los manchúes en 1644. También la decisiva presencia de los españoles en el Pacífico occidental trajeron como consecuencia el cierre de Japón durante dos siglos, pues la mayor facilidad de acceso a las costas asiáticas provocadas por el descubrimiento de la ruta de regreso a Nueva España animó a franciscanos y dominicos, que habían llevado a cabo la evangelización de América, a adentrarse en tierras «espiritualmente» vírgenes, y con ellos trajeron una concepción más intransigente de la evangelización, hasta entonces practicada en exclusiva por los jesuitas. Tras la grave revuelta de Shimabara de 1639, de inspiración cristiana, y ante los temores de una invasión española, el shogun Tokugawa Iemitsu decidió aislar Japón. El primer europeo en pisar tierras coreanas fue el español Francisco de Céspedes, que llegó al País de la Calma Matutina en 1596 en la expedición militar del shogun Toyotomi Hideyoshi que pretendía conquistar China. La costa occidental de Taiwan todavía conserva los restos de dos antiguos asentamientos españoles de mediados del siglo XVII. La gran isla de Nueva Guinea fue así nombrada por parecerles, a los expedicionarios españoles que la hollaron por primera vez, que sus habitantes se parecían mucho a los de la Guinea africana.

Toda la geografía del Pacífico occidental está jalonada de topónimos españoles. Hechos decisivos en la historia de países tan importantes como puedan ser hoy China, Japón, Corea u otros del Sudeste Asiático no pueden entenderse sin la acción española en América y el gran océano. Las aventuras de los españoles en el Pacífico hubieran dado para montones de películas estilo Hollywood, pero holandeses, ingleses y finalmente norteamericanos se hicieron sucesivamente con el control de las rutas marítimas y las tierras occidentales del Pacífico, y provocaron el olvido y el desconocimiento de lo que un día fue un lago español.

Como ya he dejado dicho en algún artículo anterior creo que Asia es el nuevo polo dinamizador de la economía mundial y que el liderazgo mundial se está desplazando a esa región del mundo. Sería entonces bueno para España recordar y recuperar una historia tan apasionante como desafortunadamente desconocida o descuidada. Quizás cuando los gobiernos de turno destierren el actual provincianismo de nuestro deplorable y atomizado sistema educativo, las nuevas generaciones puedan descubrir, con asombro, la quizá no tan débil línea histórica que nos une con Asia, y también que España, descubriendo el Pacífico, cambió la historia del mundo para siempre.

 
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