Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda


    Menú
· Inicio
· Presentación
· Estatutos
· Conversaciones
  en el Valle

· Convocatorias
· Recomendar
· Contacto
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 441
Jueves, 08 enero a las 19:11:04

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 441 –  16 de diciembre de 2008

SUMARIO

  1. Periodistas de pesebre, educadores «progres» y la generación GH. Eduardo Arroyo
  2. Los monos de Wall Street. Miguel Ángel Loma
  3. El Yoni, la Yesi y el bombo de Bernat Soria. Pablo Molina
  4. Y ahora sin manos. Arturo Robsy
  5. Crisis económica y crisis de fe. Francisco Gil Hellín
  6. Bono colabora eficazmente en la contención del gasto público. ElSemanalDigital.com


PERIODISTAS DE PESEBRE, EDUCADORES «PROGRES» Y LA GENERACIÓN GH
Eduardo Arroyo
ElSemanalDigital.com

Hace unos meses, cuando escribí un artículo en esta misma columna denunciando la basura ideológica que se nos mete por debajo de la puerta, etiquetada como «cine español», más de un cineasta o cinéfilo salió en defensa de tan discutible gremio aduciendo que si tal o cual caso era lo contrario a lo que yo decía. Ninguno de esos críticos reparó en que, precisamente a esos casos –por otra parte sin relevancia social– era a los que no me estaba refiriendo. Si por mis críticos fuera, toda la caterva de parásitos del mundo de la «cultura», que hacen el trabajo sucio de lavar el cerebro a varias generaciones de españoles, para que el poder establecido recoja los frutos en forma de hegemonía social, quedaría totalmente impune.

No quiero generalizar porque no me gusta cometer injusticias. Pero lo que no es de recibo es que lo que se generalice sean los comportamientos inaceptables y que, escudados en la sempiterna cantinela de que «no todos son iguales» o de que «hay de todo», al final un colectivo profesional que se degrada a marchas forzadas se vaya de rositas sin reparar en la tremenda responsabilidad social que tiene. Y si entonces denuncié el «cine español» que padecemos –y no incluyo aquí las series televisivas españolas, mucho más lamentables si cabe– hoy quisiera referirme a ese grandísimo apoyo del poder que es, naturalmente, el ramo de los periodistas.

A este respecto un amigo mío escritor me escribe: «Una de las experiencias más frustrantes que he tenido en estos últimos años es ser entrevistado por quien no tiene ni idea de lo que se está tratando. Me ha sucedido varias veces. Es más, es la norma. Lo raro es encontrar un periodista inteligente e informado. Pues bien, acaba de hacerme una entrevista sobre mi último libro una chica de una emisora de ámbito nacional de cuyo nombre prefiero no acordarme, para hablar del pecado pero no del pecador, y la primera pregunta que me lanza es que se ha leído el prólogo y que si podría comentar algo sobre él. Y las demás preguntas fueron sobre qué trataban algunos capítulos de los que sólo había leído el título en el índice. Pero bueno, hay que resignarse. Así es la generación más preparada de la historia de España».

La ignorancia del periodista moderno le hace sin duda vulnerable, al igual que a cualquier otro, a la manipulación de los que sí saben de qué va el juego. El error radica en pensar que el aprendizaje del funcionamiento de la máquina periodística capacita para opinar absolutamente de todo. Nadie se para a pensar en que la responsabilidad social que tiene un periodista por el mero hecho de lanzar sus análisis al mundo debería implicar la responsabilidad personal, no solo de adquirir una formación amplia y en profundidad, sino de poseer además una moral intachable, de corte ciceroniano. Pero la multiplicación incesante de jovenzuelos con un título universitario devaluado, sin la menor formación sobre casi todo y con una patética creencia en la relatividad de las normas morales –e incluso de la verdad misma–, sirve sin duda a la otra gran perversión del periodismo; esto es, su utilización como arma de dominio social. En España el Grupo Prisa es un buen ejemplo de cómo ejercer el control social sin tener que recurrir a la represión de la policía.

No soy periodista ni me gano la vida con esto. Creo sinceramente que escudarse en la absurda y dogmática afirmación de que «el público tiene derecho a saber» debería ser motivo para llevar a la cárcel a cualquiera que esgrimiera tal defensa. En mi opinión no existe ningún derecho a saber nada sobre la vida de nadie cuando no se tiene la más remota idea sobre los fundamentos y razones de la vida propia. Me parece que está proliferando una fauna impresentable de tertulianos, pseudos-opinadores, columnistas y «escritores» que, amparados en la necia creencia de que es «cultura» todo lo que se da por escrito o en un plató, lanzan toneladas de mierda en millones de cerebros, mientras se amparan en la coartada de su «independencia».

Bajo la apariencia inofensiva que confiere la frivolidad, millones de «profesionales de la información» o del «espectáculo» intoxican a una población narcotizada e indefensa ante un poder aupado sobre las amplias bases de millones de sofismas. La «libertad de expresión» se esgrime como palabra tótem ante la que todos retroceden. Sin embargo jamás se dice que la «libertad de expresión» solo tiene sentido ante un pueblo con un elevado nivel cultural, conocedor de las razones que siempre han movido a las elites culturales a través de los tiempos, unas razones que son en definitiva las razones últimas de la vida humana, que nos capacitan para seleccionar lo que quieren vendernos aquellos que no tienen otro objetivo que el poder total sobre las conciencias. Pero muy al contrario, en la civilización de la «Wikipedia», donde se tiene el acceso a toneladas de información en menos que se acciona un «click» de mouse, la gente carece no solo de la formación más básica sobre la cultura en la que se mueven, sino también del conocimiento más elemental para gobernar sus vidas.

Esta combinación de hipertrofia informativa y de aplasia formativa, que diría un médico, deviene por fuerza en masas de borregos instrumentalizadas por un poder que aplaude su docilidad adulando su «madurez». Si exceptuamos a Mercedes Cabrera, cualquiera puede contemplar el nivel de burricie en aumento de toda una generación, que cree que no hay vida más allá de Gran Hermano, del último fichaje del Barcelona, del cantante de moda o de un niñato subnormal americano por lo menos tan ignorante como ellos.

Sobre la banalidad de las modas es imposible construir una vida y por eso no es de extrañar que la prensa «rosa» venda millones de ejemplares al tiempo que florecen ideas supuestamente respetables como el independentismo gallego o vasco, quiebran las familias por miles y, en suma, la sociedad se desintegra todos los días un poco. Un buen retrato de esta situación la da el nivel de la clase política que, si ya de por sí es pésimo, no deja de reflejar el hecho de que la gente ya considera normal que abunden ministras con un nivel intelectual borderline. Cosas como la relativamente limitada respuesta al lavado de cerebro que supone la «Educación para la Ciudadanía» pueden explicarse de la misma manera, porque, cuando el narcótico ha hecho su efecto, toda reacción se detiene.

En este sentido, la destrucción de la cultura denominada «humanista» en la enseñanza primaria –esa que los imbéciles creen que no sirve para nada porque «no tiene salidas»–, o la desaparición del esfuerzo y la disciplina en la época crítica de la adolescencia y la primera juventud, aderezados con las convenientes dosis de cine y televisión, tienen mucho que ver con fenómenos como la droga, la delincuencia o los catorce años de «felipismo» que tuvimos que padecer.

Entre periodistas de pesebre y educadores «progres» –una especie peor que las termitas–, el español moderno no tiene más horizonte que Cuéntame. Por desgracia, toda esta trivialización de la vida –que no es otra cosa– resulta muy necesaria para todos los que aspiran al control total sobre el alma misma de nuestro pueblo. Los resultados se están haciendo evidentes ya.


LOS MONOS DE WALL STREET
Miguel Ángel Loma

Una vez llegó a un pueblo de campesinos un señor muy elegante, se instaló en el único hotel que había y puso un aviso en la única página del periódico local anunciando que estaba dispuesto a comprar cada mono que le trajeran por 10 dólares. Los campesinos, que vivían en un pueblo con un bosque repleto de monos, salieron corriendo a cazarlos y cogieron cientos, que el señor elegante compró a 10 dólares cada uno conforme a lo prometido.

Cuando comenzaron a escasear los monos y no se hacía fácil su caza, los campesinos perdieron interés, y entonces el señor elegante hizo una nueva oferta de 20 dólares por cada mono, lo que movilizó de nuevo a los campesinos hacia el bosque a por más monos. Pero como ya quedaban muy pocos monos y la caza se iba haciendo cada vez más difícil, el señor elegante elevó a 25 dólares lo que pagaría por cada mono, lanzando nuevamente a los campesinos al bosque en busca de los ya escasísimos monos que iban quedando y cuya captura resultaba casi imposible.

En ese momento, el señor elegante dobló la cantidad, ofreciendo 50 dólares por cada mono, pero dijo que tenía que atender un asunto urgente en la ciudad y dejó el negocio de los monos y el cuidado de la inmensa jaula donde se hallaban, a cargo de un ayudante. Nada más marcharse el señor elegante, el ayudante se dirigió a los campesinos diciéndoles que tenía una gran idea que beneficiaría a todos: él les vendería a 35 dólares cada mono de la jaula, y así ellos podrían vendérselos a 50 dólares al señor elegante cuando éste regresara de la ciudad.

Los pobres campesinos reunieron todos sus ahorros y compraron los miles de monos que contenía la jaula, y se quedaron esperando el regreso del señor elegante para vendérselos a 50 dólares. Pero allí siguen esperando..., porque desde aquel día no volvieron a ver ni al señor elegante ni a su ayudante. Lo único que ven es una gran jaula llena de monos que compraron con sus ahorros de toda la vida. Ahora tienen ustedes una noción bien clara de cómo funciona el Mercado de Valores y la Bolsa».

(La fabulilla anterior es una tantas cosas anónimas que circulan por Internet, y que explica de forma muy mona los orígenes de la actual crisis económica).

EL YONI, LA YESI Y EL BOMBO DE BERNAT SORIA
Pablo Molina
LibertadDigital.com

La campaña para aumentar las cifras de embarazo entre adolescentes que ha puesto en marcha Bernat Soria es de lo más entretenido que puede verse actualmente en la televisión. Es natural, tratándose de alguien con un currículum tan abigarrado como el señor ministro.

Desde luego, está muy por encima de aquella campaña del «Póntelo, pónselo», puesta en marcha en su día por Matilde Fernández, una cosa ñoña y sin sustancia, más típica de una ursulina rebotada con ínfulas de progre que de un aguerrido político socialista. Si tenemos en cuenta que Bernat Soria, además, es un eminente científico, por cuyos servicios se darían de bofetadas las más importantes instituciones dedicadas a la investigación de frontera en caso de que alguna vez hubieran oído hablar de él, es lógico que las actuaciones del ministerio a su cargo tengan un resultado mucho más brillante que las de sus antecesores.

El objetivo de la campaña, al contrario de lo que parece sugerir su contenido, es que los chiquillos forniquen a destajo, y si puede ser con condón. De hecho, cuando salen en el telediario las autoridades socialistas lamentándose de las cifras cada vez más abultadas de embarazos no deseados entre adolescentes, ya ni siquiera se molestan en disimular. Los mismos que han promovido la eliminación de cualquier norma moral, denigrado la autoridad paterna –tachándola de imposición intolerable fruto de una educación caduca– y exaltado la rebeldía juvenil como símbolo del progreso no pueden pretender que les creamos cuando fingen horrorizarse por que el número de «rollos con bombo» no deja de crecer. Es el resultado natural de las políticas que vienen implantando desde hace años. Por eso, cuando Lorenzo Milá frunce el ceño para dar los datos de embarazos y abortos adolescentes, a mí me entra la risa.

Si la consideración de las relaciones sexuales como fruto del compromiso estable de una pareja adulta es cosa de curas y fachas, y de lo que se trata es de que los niños vean como un signo de modernidad la exploración a fondo de su sexualidad, a despecho de la opinión de sus padres, es absurdo pretender que sigan unas reglas estrictas como la de colocarse el impermeable antes de entrar a matar. Si se les induce a la rebeldía, lo lógico es que se rebelen hasta las últimas consecuencias y dejen los condones para que se los ponga el señor ministro de pasamontañas. El ministro finge querer actuar de padre y que los chiquillos le hagan caso cuando les habla del preservativo, pero los niños han interiorizado de tal manera que la rebelión ante cualquier autoridad es de buenos progresistas, que sus mensajes les dan risa.
No sé cómo llevarán en la casa de los Soria eso de las relaciones sexuales entre adolescentes, pero probablemente don Bernat cumpla el patrón progresista como cierta camarada catalana, ilustre política de izquierdas con una hija adorable que se dedica al cine y a la televisión. Muy buena actriz, por cierto, pero en una entrevista le preguntaron sobre el apoyo de sus padres cuando decidió dedicarse a la interpretación y, con toda inocencia, relató el broncazo que hubo en su casa el día que anunció que quería trabajar ante las cámaras. La primera que se opuso fue su señora madre, de la que cuenta la joven que jamás la acompañó a ningún casting. El cine es para lagartonas y desocupadas, debió de pensar mamá, así que déjate de coñas y estudia para ser una mujer de provecho en el día de mañana.

Es fácil imaginar, por tanto, que cuando los hijos de un político socialista aparecen en casa a altas horas de la madrugada, suficientemente borrachos y sin ropa interior, los papás no hacen precisamente una fiesta para exaltar la independencia de criterio de los chavales. Eso lo dejan para los albañiles del polígono, a los que han convencido de que la juventud tiene que vivir así y de que cualquier imposición paterna es una opresión intolerable propia de fachas. Los cachorros del progrerío, en cambio, van al colegio de curas y tienen terminantemente prohibido codearse con «malas compañías», es decir, los hijos de quienes forman la clientela electoral de papá.

Pero, volviendo a la campaña del «rollo sin bombo», que es de lo que se trata, debo decir que la elección del casting ha sido poco afortunada, porque los dos actores que aparecen en el spot no son precisamente los típicos adolescentes que se dan un par de revolcones en cuanto terminan de vomitar el alcohol de garrafa ingerido en el botellón semanal. A mí me fascina el anuncio, ya lo he dicho, pero me temo que el Yoni, la Vero, el Josete, la Yeni, el Pirulas, la Lorelai, el Yosua y el resto de la peñuka no van a terminar de verse identificados con los personajes elegidos para la campaña. Al chaval le falta un buen peinado cenicero y seis aros en la oreja izquierda, y a ella las mechas y un cuarto kilo de herrajes distribuidos por la jeta, aparte, claro está, del chándal dos tallas más grande y los bambos, que es la indumentaria unisex imprescindible para epatar a la chiquillería a la que va dirigida la campaña.

Así que, o adaptan el spot a la estética del polígono, o me temo que la Chenifer va a llegar virgen al matrimonio. Estando en plena crisis económica, es lo que les faltaba a las clínicas abortistas.


Y AHORA SIN MANOS (para los Gestores de Babel)
Arturo Robsy

Todos sabemos, de irlo viendo, que la forma sencilla de entrever lo porvenir es mirar lo que pasa en los Estados Unidos, o sea, lo que nos exportan en las películas y series. No se trata de asuntos ideológicos ni de discursos ni de ideas, sino de una acción estratégica que no parece organizada por su Gobierno ni por sus partidos.

Desde el principio las películas contribuyeron al cambio mucho más que los partidos, pero la dosis española era de dos, todo lo más tres a la semana. Impacto, sí, pero con descansos. Y la música, que en estos momentos, ha llegado a la «desmusicalización», si puede expresarse así. Ha venido el Rap, dicen que de rap-sodia, pero mejor se definiría con Mel, de mel-opea.

Las artes no se pueden comercializar, so pena de dejar de ser arte y dar cabida a una enormidad de elementos contrarios a ellas. El cine parece centrado, casi definitivamente, en la matanza, en gusto por la cópula o en lamento del cornudo. No es posible una película o una serie sin su muerto, salvo en las «comedias de situación», do reinan los maricones y los egoístas.

Ahora, con las 24 horas de tele y con los muchísimos canales, las dosis peliculeras son peligrosas y el tiempo que tardan en llegar a España las dolencias sociales americanas es mucho menor. A veces bastan dos años, tres todo lo más. Hay que fijarse en algunas de nuestras lacras recientes y comprobar de dónde proceden. Las agresiones de alumnos a profesores, por ejemplo. El número creciente de locos que matan al prójimo y de maridos que acaban con la mujer. Los ajustes de cuentas, con o sin drogas. Los nuevos polis, que actúan con prepotencia y falsía made in Hollywood. El universal espectáculo de la violencia y del coito y de la muerte: el Coliseo Romano trasladado a las calles. A guerra civil –polis contra psicópatas y extranjeros– ciudadana.

La bajísima calidad de la enseñanza, muy especialmente en ciencias sociales y en clásicas. Un mundo basado en sucedáneos. La potencia, de estado feudal, de las marcas, que capaces son de crear y estimular leyes. O de prohibirlas. Las bandas callejeras, con niños salvajes. Esos ñetas y demás, importados con la inmigración. No vale la pena insistir en ello: son productos importados, a imagen y semejanza de los Estados Unidos.

Lo mismo pasa con las leyes, empezando por la Democracia Moderna, o Liberal y siguiendo con las declaraciones de Derechos Humanos, que es un poderoso revoque aplicado al hecho de que el poder manda y manda de modo ilimitado. A la vista de ese poder, que llega hasta aquí, y de esas ideas falsas para las que no venden antibióticos, ya sabemos de dónde viene lo que nos deforma y nos saca del cauce natural de la sociedad, seguramente desde 1775.

Lo que ahora conviene saber es de dónde vienen esas barbaridades en los propios Estados Unidos, que nos las exportan no siempre voluntariamente: también hay que contar con el infinito número de gilipollas entregados a novedades averiadas, como, desde hace poco, el Halloween, vieja costumbre mágica que entraña satanismo y que potencian los iluminati, que tienen tanto derecho como los Imanes o los Cardenales.

¿Qué pasa en los Estados Unidos que, con su potencia multiplicadora, afecta a las sociedades universales? ¿Qué tienen de contagioso para el resto de la humanidad? ¿Qué tiene de universal la empresa sin fronteras, cuando se limita a aumentar beneficios a cualquier coste y aplicar los mismos remedios, las mismas marcas, los mismos consabidos a todos los hombres y a todas las culturas? Han impuesto, ya casi del todo, el usar y tirar, el despilfarro, y no es la empresa quien despilfarra sino el comprador que, de este modo, mira contra sus costes de vida. ¿Qué parte del producto vale más: el envase atractivo que el marketing aconseja, o el contenido?

Hay que repetirlo: ¿qué ha provocado que los Estados Unidos hayan normalizado una inestabilidad económica, social, intelectual, cultural, médica y sexual? Se oyen respuestas, quizá demasiado urgentes y simples: «Estas son cosas de sociedades ricas. Mirad a Roma». «Los procesos de decadencia pasan siempre por idénticas fases: falta de fe, incluso en la nación. Y en uno mismo. Desconocimiento de la historia, maestra de la vida. Reconocimiento de la esfericidad del mundo e incapacidad para situar en él lugares, gentes y acontecimientos. Sencillamente, estamos en época de decadencia y nos pasa lo que en las decadencias: menos moral, menos hijos, menos serenidad, menos capacidad de servicio, menor aceptación de deberes y máximo uso de derechos».

Si se supone que las señales son ciertas y que hemos entrado en una decadencia que se acelera y que parece derivar a un «Nuevo Orden Mundial», sea el que sea, las pregunta sigue siendo la misma: ¿Por qué sucede la decadencia? ¿Qué cosas fundamentales la provocan? Porque decadencia –véanse Roma o Egipto– no equivale a pobreza ni a escasez, sino a disolución: desaparecen vínculos, objetivos superiores y los básicos sentidos de la vida hasta que ésta es un simple sobrevivir. Y muy caro.

¿Qué ha creado un universo contemporáneo tan voraz y tan poco satisfactorio? Veamos la historia y, más exactamente, la Historia Sagrada, que no se estudia ya. Apenas si se dan referencias lejanísimas del Paraíso, de la cautividad en Egipto, de Judit, de Rut, de David y de Salomón. Las que se hacen sobre Cristo suelen ser en base a astronautas.

No: no se está haciendo una pirueta en la línea de razonamiento, comenzada en el cine, en la predicción de acontecimientos a través de los sucesos de Estados Unidos, la decadencia y, por sorpresa, la Historia Sagrada, esa desconocida después de milenio y medio de universalidad.

El creyente y el que no pueden ver, sobre todo en el Antiguo Testamento, que el Dios de Israel se tomaba venganzas. No se trata de si eso fue cierto o no, sino de que esas acciones fueron terribles y calculadas como una carambola de billar. La que es ejemplo para hoy es Babel, o sea, la confusión de lenguas. No va por Cataluña ni por Vascongadas ni por Galicia, Valencia y Baleares. En esos reinos no hay confusión de lenguas sino de mentes.

Dice la historia que, tras la confusión, las gentes se separaron y formaron pueblos distintos. Distintas culturas que, como sabemos, arraigaron. Y se conservaron muchas, hasta hoy, con sucesivas divisiones y confusiones. Pero, salvo guerras, manteniéndose en su sitio y velando todas por su forma de vivir, por sus tradiciones que hacían más confortable y fácil la vida también del alma.

Pero Estados Unidos, zona más que despoblada y, al parecer, repleta de ideales sobre la libertad del humano, sobre la felicidad del humano y sobre la individualidad del humano, lanzó la proclama de llamada a los perseguidos y desdeñados de todo el universo, como si no fuera posible ver entonces –y lo veían, claro– que el hombre nunca va solo. Una persona no lo es en unicidad: lleva con él cosmovisiones, historias, dioses y fórmulas para alabar a Dios o someterse a él. Tabúes, y formas de emparejarse. Hay demasiado en el interior de un hombre solo.
Así es como se formó la sociedad allí, con un espejismo de felicidad y con numerosas culturas ante las que los gobiernos sucesivos no quisieron legislar con visión de futuro. Lo primero, la libertad. Lo segundo, con barrios para cada minoría y cada dios. Es decir que importaron la confusión de lenguas y de fe, con la esperanza de que de ahí saldría una sociedad distinta pero común para todos los ciudadanos de los Estados Unidos.

Pero aún ahora persisten las grandes diferencias. Las sociedades multiculturales, que suenan tan bien, no son posibles: una de las culturas está llamada a absorber a las demás, sólo que las absorbidas también modifican a la absorbente. Y en eso estamos: un mundo americano mal asentado, donde nadie puede ser lo que es porque las demás culturas, la del vecino, no pueden sentirse despreciadas u olvidadas. Una resta cultural en busca de lo básico que se pueda compartir: que ser rico es bueno. Lo que se dice ha de haber sido pensado para no decirlo todo y, aún así, este es el principal foco de todas las violencias de aquella nación, y la base de cuanto nos están importando, incluido llamar a las Navidades «Fiestas», «solsticio de invierno», o cualquier otra vaguedad, representadas, además, por un personaje arreglado y recolorado (rojo y blanco) por la casa Coca Cola. Las culturas se restan las unas de las otras. Nunca se suman.

Sería osado decir, tajantemente, que Estados Unidos es la actual Babel. Porque el inglés es común, como la ambición y la multinacional. Pero allí no se entiende que se ha dado al Estado el monopolio de la violencia y sí al ciudadano el derecho a armarse para defender su libertad y, de paso, el capricho. Eso mismo es lo que recibimos, más la implacable idea de la guerra de extermino y venganza posterior.
Entre nuestras viejas culturas, algo desleídas, y la presencia de una en desorden y cambiante, andamos conduciendo la bicicleta sin manos: la cultura no nos la hacen ya ni estudiosos, ni artistas ni estilos ni fe. Ni historia. Ni el refranero. Surge del marketing, del consumismo y de la incapacidad del hombre moderno para atreverse a ser lo que es o para decir no, cuando el no es necesario.

Sin manos ahora, camino de un porvenir que ni se nos ocurre. Y, pronto, sin dientes. Hay una cultura, inestable y frenética, mucho más pujante que la nuestra. Y nos resta. Y gana.

Los nuestros son los gestores de Babel. Por eso se les entiende tan mal.


CRISIS ECONÓMICA Y CRISIS DE FE
Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

Hay un hecho que ha traído de cabeza al creyente desde los tiempos del Antiguo Testamento: el triunfo del cínico y corrupto y el fracaso del pobre y del bueno. Durante mucho tiempo, el pueblo de Dios creyó que eran buenos los que triunfaban en su vida familiar, profesional y social; mientras que el dolor, la enfermedad y la pobreza eran signos de maldad. Según esta concepción, Dios premia a los buenos y castiga a los malos ya en esta vida.

Esto les provocó un enorme conflicto para su fe en Dios. Porque si los éxitos son signo de uno es bueno y los fracasos de que es malo, ¿cómo explicar que los malvados triunfen mientras que el justo está destinado a sufrir? El salmo setenta y tres expresa con toda crudeza esta desazón, cuando el orante se encara así con Dios: «Envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados. Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos; no pasan las fatigas humanas ni sufren como los demás».

A nosotros puede ocurrirnos algo semejante en este momento de crisis económica generalizada y que, según los expertos, será cada día más aguda. Los que han arruinado las empresas y llevado a la ruina a muchísimas familias y particulares, quedan impunes de sus errores y se llevan indemnizaciones millonarias. En cambio el trabajador honrado y responsable, que ha pagado religiosamente los plazos convenidos en el contrato de su hipoteca, pierde su trabajo, su dinero y sus ahorros. Y se enfrenta a un porvenir incierto y nada halagüeño.

Es innegable que la gente buena y creyente, al ver y sufrir todo esto, corre el peligro de extraviarse en su fe y desertar. ¿Dios –se pregunta– no ve lo que pasa? ¿No le preocupa nuestra suerte? ¿Para qué seguir siendo honrado y creer en Él?

Evidentemente, todos deseamos que los parados vuelvan cuanto antes al trabajo, que los salarios permitan seguir pagando los plazos y la hipoteca del piso, que las autoridades tomen medidas pertinentes para impedir que las cosas vuelvan a repetirse, que se revisen los sueldos escandalosos de ciertos directivos, que no se malgaste el dinero público, que no se permitan asumir riesgos imprudentes, etcétera. Pero esto no resuelve el problema de fondo.

La verdadera solución sólo vendrá si el justo y honrado que sufre mira a Dios y, mirándolo, ensancha su horizonte. Este nuevo horizonte consiste en descubrir que los éxitos y riquezas de los cínicos y de los ricos son pura apariencia y necia estupidez si son sólo eso: dinero, bienestar y poder material. El verdadero rico es el que posee a Dios y el verdadero éxito no es tener y gozar cada vez más, sino ser justo y honrado en esta vida y esperar una eternidad feliz y dichosa.

No se trata de una vaga esperanza en el más allá. Se trata, más bien, de despertar a la percepción de la auténtica grandeza del ser humano, de la que forma parte también la vida eterna. El Señor nos emplaza a que aprovechemos la crisis para pasar de una concepción puramente material de la vida –y, por ello, equivocada–, a la verdadera sabiduría: descubrir cuál es el verdadero bien de la vida y seguirlo. Los cínicos pueden pensar que la vida licenciosa y sin escrúpulos del rico y poderoso es un bien. En realidad es un mal, pues le encierra en una perspectiva meramente animal de la existencia y le cierra el horizonte del más allá.

La crisis, además, es un aldabonazo de Dios que quiere despertar nuestras conciencias egoístas y abrirlas a los hermanos pobres y necesitados –que van a sufrir sus consecuencias de modo más incisivo–, para que compartamos con ellos nuestros bienes. La crisis puede y debe dar lugar a una inmensa catarata de solidaridad y fraternidad. Vivida desde la perspectiva de Dios, puede convertirse en un inmenso bien.


BONO COLABORA EFICAZMENTE EN LA CONTENCIÓN DEL GASTO PÚBLICO
ElSemanal Digital.com

 
Bono, falto de cariño, reparte paletillas de Jabugo entre el personal

Las crisis económicas, como las personales, generan soluciones imaginativas. Obligado a afrontar la antesala de una recesión, José Bono, subido a la torreta presidencial del Congreso, pastoreando el rebaño de los diputados, metió el tijeretazo a algunas partidas. Los llamamientos del castellano-manchego a apretarse el cinturón tenían con la mosca detrás de la oreja a sus Señorías, temerosas de unas Fiestas «Low Cost».

Esto es, que Bono quisiera reducir el importe destinado a los tradicionales obsequios de Navidad. Pues no. El presidente de la Cámara ha huido de los denostados portarretratos de cuero que puso de moda en sus tiempos la popular Luisa Fernanda Rudí, abrecartas o bagatelas de ese estilo y, desde luego, no ha querido ser menos que su antecesor en el cargo, Manuel Marín, que se descolgó durante su mandato con una cesta con paletilla de Jabugo, lomo ibérico, queso y un Rioja.

José Bono ha decidido calcar el generoso regalo, según cuentan a Garganta Profunda. Cosas veredes, amigo Sancho. Poco dado a pasar inadvertido, Bono jamás permitiría la añoranza de su antecesor en el cargo. Más aún después de haber logrado el complejo mérito de irritar por igual a todos los Grupos Parlamentarios, apenas ocho meses después de haber llegado a la presidencia. Casi nadie dudaba de que dejaría huella en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, pero lo cierto es que tiene mérito enfurecer a propios y extraños.

José Bono parece dispuesto a ganarse al personal a golpe de paletillas y, por lo menos, acabar el año habiendo logrado una unanimidad en el Congreso. Al jamón de Huelva no le hace ascos ni el más acérrimo nacionalista. Y no, no todos se los van a repartir entre los 350 diputados, sino que entre los agraciados también se hallan los asesores de los diferentes grupos, todos los funcionarios que hacen posible que todo marche cada día y, por supuesto, los periodistas que cubren habitualmente la actividad parlamentaria.

En total, son algo más de mil cestas, así que cualquiera puede hacer las cuentas de cómo es la factura.


 
    Opciones

 Versión Imprimible Versión Imprimible

 Enviar a un Amigo Enviar a un Amigo

Disculpa, los comentarios no están activados para esta noticia.