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El Risco de la Nava: El Brocal Nº - 83
Viernes, 09 enero a las 19:48:21

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 83 – 2 de enero de 2009

SUMARIO



LA GRANDEZA DE UN PAPA
José Luis Restán
PáginasDigital.es



En España ni lo olemos. Pero en Italia, donde el debate en torno a las palabras y gestos del Papa suele ser muy vivo, las semanas previas a la Navidad han visto un endurecimiento y una acidez crecientes de los medios intelectuales laicistas hacia Benedicto XVI. Con la complicidad más o menos explícita de algunos sectores eclesiásticos. Para unos, el Papa Ratzinger está preso de sus refinadas elaboraciones intelectuales y termina siempre por decir «no»: no a la modernidad, a la ciencia, a la libertad y al progreso. Para otros, defrauda su falta de innovaciones o su escaso sentido de la escena.

Entre los defraudados se encuentra Marco Politi, el vaticanista de La Repubblica, que en su día apostó por Ratzinger como el hombre que mejor podía pilotar el reencuentro de la Iglesia con la modernidad. Y no estaba mal visto, porque ése es uno de los ejes del pontificado. Lo que sucede es que Politi, como tantos otros, quiere imponer a la Iglesia la carta de navegación para ese diálogo, y Benedicto XVI no traga. El penetrante análisis de la Spe Salvi sobre la idolatría de la ciencia y de la política marca el final del complejo de inferioridad del mundo católico a la hora de dialogar con la cultura moderna, y la lección de Ratisbona supone el desafío cordial de la Iglesia a la razón moderna para que recupere toda su amplitud.

¡Qué tremenda injusticia retratar al Papa Ratzinger como el sutil intelectual del siempre no! Precisamente él, que ama como pocos la ciencia, la filosofía y el arte, que proclama la racionalidad de la materia y su consiguiente orientación ética, que defiende la laicidad como patrimonio de la tradición cristiana, que propone como único método para la misión el diálogo de la razón y el testimonio de la caridad. Claro que, bien mirado, Jesús también resultaba antipático cuando explicaba que «en el principio no fue así», y que sólo por la dureza del corazón de los hombres Moisés se avino a reducir el horizonte de la expectativa humana. Comprender las debilidades de la gente es imprescindible para un Papa (para eso lleva impresa la marca del pobre pescador de Galilea) pero más aún es necesario que nos anuncie al Dios para el que nada es imposible, que se ha hecho carne para acompañarnos y sanar nuestra debilidad.

Cualquier nostalgia del régimen de cristiandad es absolutamente ajena al pensamiento y a la sensibilidad de Benedicto XVI. Muy al contrario, el Papa está preparando a la Iglesia para vivir en un contexto de creciente soledad cultural, sin ceder ni a la tentación de la ciudadela asediada ni a la de poner sordina a su misión profética. La fortaleza que busca Benedicto XVI no es fruto de movimientos tácticos, de medidas simpáticas o de reformas estructurales. Se basa en la propia fuente de la que vive la Iglesia, como ha demostrado el reciente discurso a la Curia Romana, dedicado en gran parte a la obra del Espíritu Santo. Sólo Él puede generar la comunión en el cuerpo de la Iglesia, sólo su escucha y acogida producen como fruto la alegría, sólo Él puede suscitar hombres y mujeres con la creatividad necesaria para afrontar una nueva etapa histórica llena de interrogantes.

En los días grandes de la Navidad, he vuelto a contemplar agradecido la inteligencia y la mansedumbre del Papa. Su predicación se ha dirigido al pueblo de los sencillos y atribulados, de los que vigilan y anhelan, de quienes no han cancelado las preguntas más verdaderas del corazón humano. El ministerio de Pedro consiste sobre todo en este acercar el Hecho viviente de Cristo a la razón y la libertad de los hombres, para ayudarles a conocerlo y amarlo. Como dijo a los miembros de la Curia, el Papa no es una super star, no es la estrella en torno a la cual gira todo, sino totalmente y solamente vicario, alguien que remite a Otro que está en medio de nosotros. La magnitud de un pontificado no se mide por las innovaciones doctrinales ni por los cambios organizativos, sino por la eficacia del testimonio de la fe que debe hablar al corazón de los hombres de una época.

Nuestra tarea, hoy como ayer, es persuadir a los hombres de que Jesús no ha venido para unos pocos sino para todos, judíos y paganos, ricos y pobres, cercanos y lejanos, creyentes y no creyentes... para todos. Consiste en mostrar que aquel venir silencioso de la gloria de Dios en la noche de Belén continúa a través de los siglos, porque allí donde hay fe Dios reúne a los hombres, despierta sus corazones y crea la paz. Por eso el espíritu misionero de la Iglesia no es más que el impulso por comunicar la alegría que se nos ha dado. Que siempre esté viva en nosotros (no lo demos por supuesto) y que después se irradie en las tribulaciones del mundo. Palabra de Benedicto XVI.


FIESTA DE LAS LUCES
Arturo Robsy

En los primeros alientos del año, la epifanía se abre, como rosa, a la primera luz y, en esa alegría de la fiesta de las luces, los Reyes Magos traen los regalos, los anticipos de la redención. El objetivo está claro: liberarnos, empezando por la propia condición humana, doble y con doblez, entre la razonable bondad y la voluntad instintiva.

Librarnos del Pecado Original, de la obligación de actuar con arreglo al animal originario y devolvernos la virtud de la acción libre, es una de las necesidades sine qua non. No somos los católicos gentes deterministas que se creen conducidas por el destino y que sólo tenemos una libertad «a coaccione», o sea obligados por alguna violencia como puedan ser las leyes o el miedo, como postuló Calvino y creen aún las naciones dominantes hoy. Tampoco creemos, como hizo Lutero, en una libertad «sine re», sin contenido; especie de ficción –satánica según el reformador–, quizá último eslabón de aquel otro dicho de ser las palabras, los conceptos, flatus vocci, sonidos «sine re», sin contendido. La idea del destino es contraria a la libertad, pero entra.

Los caminos contra la libertad han sido muchos y nada proclives a reconocer la fiesta de la luz; la iluminación del mundo que llega en estas fechas y que necesita, claro es, una comprensión amplia del hombre en su concha; del esclavo en su valle de lágrimas. Porque para eso nació el Cristo ungido: para darnos la libertad y sacudirnos de tantos intereses y tantos miedos como esclavizan al hombre no redimido, cosa que empezamos, ahora, a ser todos.

Cuando una idea fundamental se vuelve costumbre deja de reclamar la atención necesaria, y hoy tendemos a suponer que la libertad es un hecho diario, en general político, que se da por supuesto. Una libertad que no existe sino a través de unos derechos consagrados en una ley matriz de la convivencia, aunque la libertad sólo reside, porque sólo ahí tiene sentido, en el entendimiento del hombre.

Hoy, en estas primeras luces del año y de la vida renovada, portadoras de la libertad de la redención, consideramos que nuestra libertad es asunto del estado que nos la garantiza y no del entendimiento de cada uno, socorrido por la fe, que incluye el afán de verdad y el de justicia. Hoy el centro del problema es el de no reconocer el origen de la necesaria libertad y confiar en lo que nos enseñan todos los medios y casi todas las prédicas desde la infancia, siempre desde su beneficio. Las enseñanzas disparan un relé, como cuando, algo se nos va de la mano y, de modo automático, tratamos de recuperarlo al vuelo antes de que caiga. El arco reflejo no es deliberado y, por lo tanto, no es libre. La suposición de que la libertad es lo que hemos oído miles de veces, algo relativo a la representación, el sufragio, la representación y el partido, no responde a un pensamiento consciente y es, como el arco reflejo, un acto indeliberado. Es decir, no libre. Inducido. Conducido por lo que se llamó, a la escolástica, «necessitas antecedens». La necesidad o la obligación que causa lo previo.

Es curioso ver que las revoluciones que en el mundo han sido, las que abrieron como melón la Edad Contemporánea, lo hicieron en nombre de la libertad. Sólo alcanzo a una, católica, que propusiera la justicia, guiada por un gran sentido histórico. Las demás jamás clamaron por la Justicia, por ejemplo, que es asunto previo: en habiendo justicia, ¿qué libertad sería imprescindible? Es posible creer que ese primer grito del trío revolucionario, fue el más pensado y el mejor interpretado.

Las primeras lenguas antiguas, como el protoindoeuropeo, y muchas de las segundas, carecían de una palabra para «libertad» que, en muchas sociedades, sólo significó quedar libre del servicio de las armas. El antecedente –casi imagen del inconsciente colectivo– señala directamente a la voluntad, en su sentido menos elevado: «Hacer lo que a uno le viene en gana». Cúmplase mi voluntad y perezca el mundo.
Esa es la libertad que todavía se entiende hoy, y que equivale al «ad limitum» de las partituras: según la voluntad o deseo. Y deseo es lo que incumbe al sentido de libertad que han renovado en nuestras sociedades, seguramente desde el Romanticismo: libertad es lo que yo quiero, y basta con recordar las Cuitas del joven Werther para comprobar que aquella libertad, que tantos suicidios causó en su momento, era la libídine, deseo no muy ordenado del ayuntamiento carnal, cosa hoy perfectamente natural, libertad bendecida por el uso, libertad lasciva, pero causa de un crecimiento del desamor general. Libídine, libidinoso: ese es el antecedente primitivo de lo que ahora se grita como culmen de la convivencia, la Libertad, pero no como punto más elevado del que busca la justicia.

Desde aquí es desde donde conviene volver a la «Fiesta de las Luces», que es la Epifanía, y considerar por un instante lo que traen los Reyes Magos: el anticipo de la redención que se nos regala. Estamos en un momento en que también sería regalo notable que se nos llevaran algunas cosas de las más habituales. El miedo, por ejemplo, que es la Antilibertad. La actual Libertad de Culto que, en esta democracia no tiene que ver con el derecho tradicional del practicar públicamente la religión propia, pues ahora se trata de la no exhibición de los signos de la fe. La voluntad de los Estados y, ya, de las Corporaciones, de asumir las funciones de Dios, como distinguir el bien del mal, lo justo de lo injusto o la virtud de lo inhumano.

A las luces nuevas del año, antes de que el año y los hombres se pongan a bostezar, ¿podrían llevarse los Reyes Magos tantas hipotecas como paga la razón a la forma de vida y de pensamiento que se han vuelto habituales por repetición y no por demostración? Ya se supone que nadie, o casi nadie de los que conocen la estructura del poder, tendrá la osadía de pedir que los reyes magos se lleven la Libertad de Pensamiento, aunque sólo haya dos pensamientos autorizados, o, mejor, uno y medio en España. ¿O la equívoca idea de que el pensamiento proclamado no tiene que ver con la realidad? ¿O revisar, sin aspavientos, que el culto al César, tenido como Dios, deje de actuar y de exigir postrarnos ante las mil y una leyes votadas anualmente en beneficio de los poderosos nacionales o forasteros? ¿Dos mil o tres mil años de historia han de concluir en el retorno del poder que no admite réplica, como lo estamos viendo y del hombre esclavo del hombre?

Es un asunto de luz; de las primeras luces del día, que es trasunto del año pero no del parlamento y las corporaciones. ¿Cuánto tiempo se necesita para comprender que «libertad para todos» es un imposible cuyos términos se excluyen? Claro que está la parábola de la baldosa: Si no pisas la del vecino, respetas su libertad.

Si somos, como parece, «iguales pero distintos», y esas otras maravillas de la magia de la palabra, ¿cuántas libertades son posibles para satisfacer a todos? ¿Cuántos caprichos puede permitirse el Estado con la voluntad de cada uno? Porque no puede ser, y a la vista está, que el banquero, que también cobra del estado, sea tan libre como el soldado, o el moribundo como el recién nacido. ¿A qué clase de razón nos aboca la ortodoxia del estado?

Se lo digo ya: Llámese como se prefiera, si todos somos libres: más allá del margen de la libertad, que es el de la justicia, nadie es libre, porque nuestra libertad es desigual y chocante. Dar libertad al prestamista es quitársela a los demás.

Y, al hablar de prestamistas, hablemos de la usura: dar libertad al socialismo, o al liberalismo, excomulgados, es poner la ambición por encima de la equidad; y el ansia por delante de la justicia, cosa reconocida por las leyes, aunque no sospeche alguien que eso lleva a la esclavitud próxima. Quien predica libertad y no dice lo que es la libertad, es contrario a la luz de la Epifanía y, además, se imagina que el pensamiento es de balde.

La libertad para todos sólo significa, desde siempre, libertad para quienes ya la tienen, a costa de la injusticia.


LA ADMINISTRACIÓN DEL IMPERIO CAROLINGIO
Gonzalo Fernández
Universidad de Valencia


Carlomagno es coronado emperador el 25 de diciembre de 800. Sus dominios se extienden desde el Atlántico al Elba y del Mar del Norte a la Abadía de Monte Casino en Italia. Voy a analizar en este artículo sus órganos de administración.

La administración carolingia: Se articula en un nivel central, un segundo regional y unos funcionarios fiscalizadores que se conocen por missi dominici.

Administración central: La autoridad ejecutiva se halla en el Palacio Imperial que reside en Aquisgrán. Existen dignatarios eclesiásticos y laicos. Los eclesiásticos actúan de notarios y escribas al ser todos ellos personas letradas. A su vez los dignatarios seculares son:

• Senescal. Proviene del antiguo mayordomo de palacio que existe en la Galia Merovingia. El senescal se ocupa de que en el Palacio Imperial nunca falten ni la comida para las personas ni el avituallamiento de los animales.
• Copero Mayor. Con Carlomagno se ocupa de la administración fiscal del Imperio.
• Condestable. En épocas anteriores es el comes stabulorum (conde de los establos) quien es el jefe de las caballerizas de los emperadores romanos del Bajo Imperio y los reyes germánicos federados con el Imperio durante la Antigüedad Tardía. Carlomagno crea la figura del condestable a partir del anterior comes stabulorum. Carlomagno encarga al condestable la jefatura de las fuerzas armadas a caballo.
• Camarero. Se encarga de la custodia de la cámara donde se guarda el tesoro imperial. Asimismo el camarero se encarga de administrar el susodicho tesoro.
• Conde de Palacio (Comes Palatii) quien entiende de los juicios que se celebren en el Palacio de Aquisgrán
De aquí se infiere que Carlomagno:
• Crea la figura del senescal a partir del mayordomo de palacio merovingio bien que sus funciones sean idénticas.
• Crea también la figura del condestable desde el anterior comes stabulorum pero ampliando sus funciones de jefe de las caballerizas a director de la caballería.
• Amplía las funciones del copero mayor y el camarero otorgándoles responsabilidades fiscales y económicas.
La asamblea se celebra con una frecuencia anual. Se llama el Campo de Marzo o Campo de Mayo según el mes de celebración. El Campo de Marzo o Campo de Mayo es una costumbre germánica en su origen. El emperador fija el punto donde ha de celebrarse el Campo de Marzo o Campo de Mayo. Allí acuden los optimates quienes son los dignatarios eclesiásticos y laicos de todo el Imperio. También llega el ejército como representación del pueblo en armas. El emperador les plantea sus propuestas. Los optimates deliberan acerca de ellas y el ejército promulga los resultados de aquellas deliberaciones publicadas en capitula (medidas sobre un aspecto determinado) o capitularia (conjuntos de capitula).

Administración regional: La unidad administrativa básica del Imperio Carolingio es el condado. Cada condado se halla gobernado por un conde que recibe la denominación de comes en las antiguas provincias del Imperio Romano o Graf en las zonas de habla germánica. En principio el comes no supone un cargo hereditario. Con la debilidad de los sucesores de Carlomagno los condados van haciéndose hereditarios.
Misiones del conde:

• Ejerce el poder en su condado por designación del emperador.
• Desempeña funciones tributarias de suerte que ha de recoger impuestos en dinero y especie en su condado para dirigirlos al Palacio de Aquisgrán donde los administran el Copero Mayor y el Camarero con la salvedad de un porcentaje que destina a su uso personal.
• Realiza misiones judiciales asistidos por letrados expertos en la legislación anterior y las costumbres del condado.
• Convoca el ejército del condado y lo pone bajo la autoridad del emperador bien para asistir a los Campos de Marzo o Mayo bien con objeto de marchar a la guerra.
Emolumentos del conde:
• El tanto por ciento de los impuestos que detrae de las cantidades que envía a Aquisgrán.
• Honor del condado o parte de las riquezas del condado destinada a su uso.
• Multas judiciales impuestas a los contraventores de las leyes o los usos del condado que no fueran merecedores de otros castigos más graves.

Auxiliares del conde: Estriban en notarios, vicarios o vegueres y vizcondes. Los notarios redactan los documentos del condado y por lo tanto es requisito imprescindible que sepan leer y escribir. Los vicarios o vegueres ejercen la jefatura de los municipios y demás comunidades pequeñas dentro de los condados. Los vizcondes sólo aparecen en condados muy grandes sobre todo en el sur de la Galia. Los vizcondes asumen dos formas: o actúan a manera de simples auxiliares de los condes o el gobierno del condado se divide en dos partes de las que una se reserva al conde y otra al vizconde.

Además de los condados existen otras circunscripciones en el Imperio Carolingio que radican en agrupaciones étnico-culturales existentes con anterioridad. Éstas son:

1) El Reino de los Lombardos con administración propia.

2) Los Ducados de Germania entre los que destacan los de los Bávaros y Alamanes.

3) Las Marcas. Consisten en circunscripciones fronterizas que incorporan territorios no asimilados al Imperio Carolingio. Pueden dividirse en dos grupos:

• Marcas que unen una concepción geográfico-política a otra geográfico-defensiva (vg. las Marcas de Sajonia y Austria).
• Marcas con una sola concepción geográfico-defensiva (vg. la Marca Hispánica cuyo límite es el Río Llobregat y que coincide con la llamada Cataluña Vieja).

Los missi dominici: Consisten en funcionarios fiscalizadores que el emperador envía a las distintas regiones sin periodicidad determinada. Son dos que actúan de manera colegiada. Uno es religioso (obispo o abad) y el otro un laico (generalmente un conde). Su misión y el territorio al que se les envía llevan la designación de missaticum.

Los missi dominici ejercen las funciones de:

• Asegurar la paz.
• Responsabilizarse de que la región visitada continúe en buen gobierno tras su marcha.
• Corregir abusos y desaciertos.
• Estudiar los casos particulares que se denuncien.

No obstante por debajo de estas autoridades existe en todo el territorio imperial una nobleza terrateniente que se halla en crecimiento y dispuesta a conseguir privilegios en detrimento del poder imperial y sus delegados. Además aquellos grandes terratenientes se encomiendan hacia el vasallaje o el señorío asentado en la encomienda y el colonato. La presencia de esa nobleza terrateniente será una de las causas del hundimiento del Imperio Carolingio junto a:

• Tratarse de una obra personalísima de Carlomagno.
• Ausencia de base social ya que su sociedad merece el calificativo de prefeudal.
• Falta de fundamento económico pues el Fisco ubicado en el Palacio de Aquisgrán a cargo del camarero y el copero mayor depende de las aportaciones de los condes.
• Enorme extensión de los territorios sometidos a Carlomagno y al tiempo ausencia de un cimiento cultural que permita tener una idea de Imperio.
• Aplicación del concepto patrimonial germánica en la sucesión del Imperio.


 
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