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El Brocal: El Brocal Nº - 84
Viernes, 09 enero a las 20:06:53

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 84 – 09 de enero de 2009

SUMARIO





ELLE DA UNA LECCIÓN DE SANO ESPAÑOLISMO AL INDEPENDENTISMO CATALÁN
ElSemanalDigital.com



La revista Elle lleva esta semana en portada un reportaje titulado España una buena marca en el que una docena de famosos catalanes pregonan a los cuatro vientos su orgullo de ser españoles.

En sus páginas aparecen deportistas de la talla de Pau Gasol, Gemma Mengual, Dani Pedrosa y Gisela Pulido. «Mi patria es España, mi barrio, mi colegio, mi infancia», señala el laureado pívot de baloncesto.

Junto a ellos figuran personajes del mundo de la cultura como Albert Boadella, director de la compañía de teatro Els Joglars y que a partir de 2009 se convertirá en el director artístico del madrileño Teatro del Canal. En 2007 publicó sus memorias Adiós Cataluña. Crónicas de amor y de guerra, a la vez que anunciaba con pena que no volvería a trabajar en Cataluña por el odio independentista hacia él.

La soprano Montserrat Caballé también ha querido sumarse a un homenaje a la bandera española desde las páginas de Elle, en las que asegura que siempre ha presumido de ser española y que cantar en castellano cuando está lejos de casa «es algo que me llena de una gran emoción».

Entre el plantel de catalanes figura además la ex modelo y presentadora Judith Mascó, que se lamenta de que a veces haya «cierta vergüenza por nuestra bandera». Vergüenza que, según ella, «sólo el deporte ha limpiado con un sentimiento de orgullo en todos». Por su parte, el diseñador Jordi Labanda ensalza los colores de la bandera española: «Creo que el rojo y el amarillo juntos dan calor, y el calor es acción», afirma.

Completan la docena de catalanes fichados por Elle para su último número la diseñadora Rosa Tous, el publicista Lluís Bassat y el trío cómico de El Tricicle: Carles Sans, Paco Mir y Joan Gràcia. Aunque con predominio catalán, el reportaje incluye a otros españoles orgullosos de serlo, como Rafa Nadal, Ainhoa Arteta, Rosa Díez o la pareja formada por Alaska y Mario Vaquerizo. «Si niegas una bandera te persigue su sombra», asegura la cantante.



MISERIA DEL ANTISISTEMA
José Javier Esparza
Elmanifiesto.com


Es enternecedor escuchar cómo los portavoces del desorden establecido reprueban los altercados de los «antisistema», en Grecia o en otros lugares. En el fondo, los severos amonestadores no dejan de sentir cierta inclinación hacia los iconoclastas: no en vano ellos fueron cocineros antes que frailes, pirómanos antes que bomberos, velocidad antes que tocino. Los turbulentos abuelos que en su juventud incendiaron el mundo, apelan ahora a la sensatez de los nietos (la sensatez que ellos no tuvieron). Es la esencia misma del liberalismo, por otro lado. Pero hablemos de cosas serias.

Abandonemos por un momento a los vigilantes del orden y escuchemos a los autodenominados «antisistema», esos muchachos que salen a la calle para romperlo todo. ¿Qué dicen? ¿Qué quieren? Es casi cómico: envueltos en una vetusta retórica aprendida en alguna web demencial, hablan de hundir el capitalismo y el «fascismo» para devolver el poder al pueblo. Juego de rol: me pido Trotski o, mejor, Bakunin; del mismo modo que hace algunos años, en la otra orilla, uno podía «pedirse» Mussolini o Himmler. Si cada sistema tiene el enemigo que se merece, al nuestro, tan ruin, no podía corresponderle otro que estos miserables espíritus atiborrados de porros y rap, con pelos rastafari y lecturas fragmentarias de fanáticos hoy olvidados.

Pero no creamos que todo esto carece de significado. Del mismo modo que hubo una vez un lumpenproletariado, indeseable casta paria de la clase obrera, hoy ha crecido una lumpenburguesía expulsada del paraíso de la prosperidad y que clama venganza. Esa generación es hija del optimismo desbocado de los «treinta años gloriosos» (1950-1980, más o menos) y ha crecido en un mundo que, a falta de esperanzas, multiplicaba las expectativas (de riqueza, de bienestar, de democracia, de prosperidad). Mas he aquí que el mundo se cierra, las expectativas se esfuman y, entonces, ¿qué? Nada. Y contra la nada oficial, se despierta otra nada subversiva. Lo decía Jünger: la frase «la propiedad es un robo» tiene un sabor singular cuando la pronuncian no los expoliadores, sino los expoliados. Pero no dejamos de movernos en el mundo del nihilismo, a ambos lados del campo de batalla.

El Emboscado tampoco está a gusto en el sistema. No acepta que la función social de las personas se reduzca a ser una pieza de la Gran Máquina, no acepta que lo económico sea el único horizonte de nuestras vidas, no acepta que las cosas del espíritu se hayan reducido a una suerte de vicio privado que el (des)Orden Establecido ha de extirpar («por nuestro bien»), ni acepta tampoco que las relaciones entre los sexos se conciban como si el prójimo fuera simplemente una muñeca hinchable destinada (y destinado) a darnos placer, ni que la democracia se reduzca a esta farsa de caciques partitocráticos y banqueros plutocráticos, ni que nuestras identidades personales y colectivas se disuelvan en el magma fofo de una cosmópolis sin alma, ni que…

Pero el Emboscado no es un «antisistema» como estos orcos que queman contenedores y vehículos y tiendas, esta horda necia que hace pagar al pueblo la incompetencia y la corrupción de quienes exprimen la buena fe o la pereza de ese mismo pueblo –al final siempre es el pueblo el que paga: esto ha sido así en todas las revoluciones, revueltas, algaradas y fervorines que en el mundo han sido, incendiados todos ellos en nombre, precisamente, de la liberación del pueblo–. El Emboscado, digo, no es un antisistema porque percibe con toda claridad la trampa, a saber: el antisistema termina siendo exactamente lo que el sistema necesita para sobrevivir. Ningún orden puede sobrevivir sin enemigos. Cuanto más primario y elemental sea ese enemigo, mejor. Y el enemigo ideal es aquel que sólo aspira a romperlo todo para sustituirlo por el vacío –un enemigo que se hace necesariamente despreciable tanto por sus medios como por sus fines–.

El antisistema es un tipo que, cuando el sistema reparte las cartas, rompe la baraja y escupe sobre el tablero. Con ello se gana la animadversión de la concurrencia, da razones a la policía para que intervenga y, lo que es peor, deja las cosas como estaban. El antisistema de la lumpenburguesía, descerebrado por definición, no daña al Desorden Establecido, sino que lo fortalece. Ha entrado en el juego.

El Emboscado es otro tipo de temperamento. Para empezar, no acude a la timba. Y después, cuando el sistema reparte cartas, el Emboscado las desdeña. El Emboscado construye su propio juego fuera, en el exterior, reedificando la vida desde el principio, lo más lejos posible de las imposiciones de los vigilantes. ¿Dónde? En todas partes: en la vida familiar, en la educación de los hijos, en las lecturas que elige o las músicas que escucha, en las ropas que viste y en las oraciones que reza, incluso en su forma de hacer el amor.

Vivir en el bosque significa reconstruir la propia vida en un acto soberano de libertad personal. No es posible vivir como si el sistema no existiera, por supuesto; tampoco es cómodo vivir contracorriente. Sin embargo, es posible sentir de otra manera y plasmar todo eso en un orden propio y más digno.

Cuanto más crezca el bosque, menos temible será el sistema.



MARX, CAPITALISMO, CRISIS, IZQUIERDA
Esteban Hernández

ElConfidencial .com



Si las previsiones para 2009 se cumplen, es muy probable que, entre el empobrecimiento de la clase media, el paro creciente y el aumento de la conflictividad social comience a hablarse, más que de fallos en el sistema, de la misma quiebra del capitalismo. Y es que, si la crisis se hace más profunda, la vuelta de Marx será inevitable. De momento, El Capital está vendiendo mucho más desde que comenzó a hablarse de las hipotecas basura, sus obras son invocadas en ámbitos académicos y los partidos de izquierda ya no tienen reparos a la hora de pronunciar su nombre en voz alta. En España, el Partido Comunista vuelve a regir IU justo en el instante en que nace un partido anticapitalista (Izquierda Anticapitalista); en Francia hay un giro a la izquierda en el Partido Socialista mientras que Olivier Besancenot, el líder troskista, continúa siendo la figura más popular más allá del PSF; en Alemania, Marx es reivindicado de nuevo en la política cotidiana; y en Grecia, un buen número de anticapitalistas han tenido papel preponderante en las revueltas.

Aunque, en realidad, afirma Augusto Zamora, profesor de Derecho internacional público en la Universidad Autónoma de Madrid y embajador de Nicaragua en España, no podía afirmarse que Marx hubiera dejado de estar entre nosotros. «Marx siempre ha sido muy estudiado: desde las facultades de economía japonesas hasta las universidades británicas o alemanas, a Marx se le tiene por un gran teórico, sin el cual es imposible explicar nuestro mundo. Lo que sucede es que antes se le había relegado a un rincón poco visible del salón mientras que ahora, con la crisis, se le ha vuelto a situar en el centro de la estancia». Así, Marx está dejando de ser una referencia sólo utilizable en los ámbitos docentes para convertirse de nuevo en un nombre vivo para la política cotidiana.

Y ese giro marxista se nota especialmente en que la izquierda está volviendo a los postulados materialistas, en desuso últimamente, como lugar central de sus políticas. En los últimos años, el apoyo a las minorías, las luchas ecologistas y las cuestiones morales (aborto, bodas gays, etc.) se convirtieron en el núcleo de las acciones de izquierda en detrimento de la clase obrera, sus reivindicaciones salariales y el horizonte de otro modelo estatal. En ese viraje influyó, según Zamora, la desorientación producida en las filas izquierdistas tanto por la consolidación del Estado de Bienestar y de las clases medias que aparejaba (lo que dejaba sin lugar al proletariado) como la desaparición de la URSS (lo que le dejaba sin modelo alternativo).

Y en la búsqueda de una nueva identidad, la izquierda perdió pie: «Los socialdemócratas dejaron de diferenciarse de la derecha, convirtiéndose en opciones políticas muy similares» y quienes estaban un paso más a la izquierda «no supieron adaptarse a las nuevas realidades sociales». En ese contexto, las cuestiones postmateriales se convirtieron en una salida sencilla del atolladero. La crisis, sin embargo, está obligando a resituar las cuestiones económicas en el centro de las propuestas y reivindicaciones de la izquierda. Según Zamora, «es inevitable que Europa piense de nuevo en lo material; Quizá ya no tengamos proletariado pero sí una gran masa de jóvenes condenados a una vida precaria que hacen imprescindible un nuevo modelo de redistribución de la riqueza».

La nueva cuña anticapitalista
En ese contexto, el término «anticapitalista» está resurgiendo con enorme fuerza. Lo que supone un indicador muy evidente, según Carlos Fernández Liria, profesor de Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid y autor de Educación para la ciudadanía, (ed. Akal), de que la izquierda está girando hacia Marx. Es por esa misma razón que el nuevo partido político, Izquierda Anticipalista (IA), «está teniendo una aceptación muy sorprendente».

Un hecho que podría explicarse, sin duda, por la timidez ideológica de la IU de los últimos años: «Desde la dirección de Anguita, IU no ha tenido una postura anticapitalista clara; ha preferido pactar con el PSOE y con Prisa, lo que consiguió que sus votantes naturales se abstuvieran o les apoyaran a regañadientes». Y como, en lugar de afirmarse en sus ideas, «ha optado por hacer el juego al sistema», es normal que haya otros jugadores que traten de arrebatarle el lugar que le era propio. Pero ese pequeño éxito inicial también viene causado porque «muchos intelectuales de izquierdas, que han estado marginados y que no sabían con qué alternativa quedarse, han depositado en el nuevo partido esperanzas muy importantes».

Aunque desde una posición ideológica diferente, también percibe Jorge Verstrynge, profesor de Ciencia Política de la Universidad Complutense de Madrid, esa necesidad de que la izquierda recobre su posición en el panorama político. En ese sentido, Verstrynge señala cómo la renuncia de la izquierda a sus postulados básicos la ha llevado a tener «una terrorífica responsabilidad en la situación actual. Los partidos de izquierda aceptaron que los salarios perdiesen poder adquisitivo y estuvieron de acuerdo con las políticas de privatización masiva. Y ahora nos encontramos con que hemos entregado todas las palancas de las que disponía el Estado para hacer frente a crisis como la presente».

Una vez asentado cierto consenso sobre la necesidad de que regresen las cuestiones materiales al centro de la escena, hay que ver cómo se articulan esas nuevas opciones y a qué escenarios nos llevan: porque no es lo mismo que regrese Marx que lo haga el Estado soviético; no es lo mismo que se pretenda regresar a postulados comunistas clásicos o que se traten de impulsar nuevas prácticas a partir de la vieja teoría. En primera instancia, hay quienes aseguran que todo este movimiento no irá más allá de la recuperación de algunas recetas de corte keynesiano, ligadas al clásico Estado del bienestar.

¿Sin alternativas al Capitalismo?
En ese terreno se mueve Verstrynge, quien asegura que «hoy no parece haber alternativa al capitalismo, a excepción del caso de Chávez, que no es fácilmente aplicable en Europa». Por eso, sus recetas, y más en una situación de crisis como la presente, consistirían en «la utilización de instrumentos públicos para forjar el empleo y relanzar la máquina; en acabar con los paraísos fiscales; en volver a la circulación regulada de capitales; en crear una potente banca pública y en el regreso a políticas proteccionistasۚ». Eso sí, los postulados keynesianos ya no podrían llevarse a cabo desde territorios estrictamente nacionales. Verstrynge coincide con Emmanuel Todd, quien acaba de proponer en su obra Àpres la democratie, «la conversión de Europa en una fortaleza comercial, desconectándola de la economía de EEUU. Y de la británica».
Fernández Liria señala que la izquierda del futuro cercano será claramente anticapitalista y que, además, habrá perdido cierto complejo antiestatalista que la animó en los últimos años. Desde esa perspectiva, Liria dice tener esperanzas «en cuanto a la posibilidad de la refundación de la izquierda, porque si bien la crisis va a ser un desastre sin referentes, percibo una gran madurez que no existió en los años siguientes al 68, donde se confundieron de enemigo. El problema no es el Estado de derecho sino el capitalismo. Es éste el que hace imposible el derecho y la democracia, el que vuelve abyecto al Parlamento, el que vuelve inoperantes y contraproducentes las instituciones». Es en ese sentido que Fernández Liria afirma que «las tendencias anarquistas me parecen muy peligrosas porque su reacción contra las instituciones coincide punto por punto con el discurso neoliberal».

Y, por último, hay quienes piensan que de esta crisis saldrá una nueva izquierda, alejada tanto de los parámetros socialdemócratas como del marxismo clásico. Según Carlos Prieto del Campo, de la Universidad Nómada, director de la colección Cuestiones de Antagonismo, de la Editorial Akal, «los cambios en IU y el nacimiento de IA son interesantes, pero no creo que sean expresiones de lo que la izquierda va a construir en los próximos 20 años. El proceso de refundación va a ser mucho más radical». Para Prieto, es esencial repensar las bases teóricas de la izquierda para darlas una formulación mucho más acorde con nuestra época. Así, la puesta en marcha de formas de acción reales pasa por «una nueva lectura de cómo funciona el capitalismo; por pensar espacios de actuación europeos y no nacionales; por un nuevo sindicalismo que identifique las nuevas formaciones de clase, con las cuencas de trabajo migrante, precario, cognitivo, etc., no representado por las grandes centrales sindicales… Se van a crear nuevos escenarios de lucha que sorprenderán al establishment».



CLARIDAD MORAL EN GAZA
Charles Krauthammer
LibertadDigital.com


«El pasado sábado, miles de habitantes de Gaza recibieron un mensaje de correo en árabe en el que el ejército israelí les instaba a abandonar las casas en que pudiera haber armas escondidas» (Associated Press, 27 de diciembre). Hay conflictos geopolíticos que son moralmente complicados. La guerra que se libra en la Franja no es uno de ellos: su claridad moral es no sólo infrecuente, sino atroz.

Israel es tan escrupuloso con la vida de los civiles que, arriesgándose a perder el factor sorpresa, se pone en contacto con el enemigo no combatiente para advertirle del peligro que se avecina. Hamás, que inició este conflicto con sus ataques incesantes con cohetes y morteros a israelíes desarmados (durante los últimos tres años ha lanzado 6.464 proyectiles desde la Franja), despliega deliberadamente sus armas dentro y cerca de los hogares de su propia gente. Y lo hace por dos razones. En primer lugar, como tiene muy en cuenta los escrúpulos morales de Israel, se figura que la proximidad de la población civil le ayudará a conservar al menos parte de su arsenal. En segundo lugar, como sabe que los israelíes tienen armas de precisión que les pueden ayudar a sortear ese obstáculo, confía en que el inevitable daño colateral –o, si tiene suerte de verdad, una bomba perdida– mate a gran número de palestinos, de lo cual el mundo, por supuesto, culpará a Israel.

Para Hamás, lo único que vale más que un judío muerto es un palestino muerto. En su mundo, el culto al asesinato de judíos y al martirio es omnipresente, y profundamente perverso: pensemos, por ejemplo, en ese programa infantil de la televisión de Hamás en el que un adorable Mickey Mouse palestino es apaleado hasta la muerte por un israelí... y sustituido enseguida por Nahul, la abeja, mucho más militante, que hace un llamamiento a seguir el camino hacia el martirio de su primo Mickey.

En la guerra que se libra en Gaza, una de las partes está decidida a causar el mayor sufrimiento a los civiles de ambos bandos. La otra, en cambio, está decidida a salvar cuantas vidas sea posible; también en ambos bandos. Es una constante que siempre se repite. Israel lanzó advertencias parecidas entre los habitantes del sur del Líbano antes de atacar a Hezbolá en la guerra de 2006. Y lo hizo a sabiendas de que le haría perder el factor sorpresa y bastantes vidas entre sus propias filas.

He ahí la asimetría entre Hamás e Israel por lo que a medios se refiere. Pero es que también se da en el terreno de los fines. Israel tiene un único objetivo en Gaza: la paz, las relaciones abiertas y normales que ofreció a la Franja cuando se retiró de ella en 2005, haciendo algo que jamás hicieron los turcos, los británicos, los egipcios, los jordanos: dar a los palestinos, por primera vez en la historia, un territorio soberano.
¿Qué pasó después? Se sabe de sobra. ¿Acaso se pusieron los palestinos a erigir un Estado, es decir, a hacer realidad lo que, dicen, es su gran aspiración nacional? No. Nada de carreteras, nada de industrias. Ni tribunales ni asomo de algo parecido a la sociedad civil. Los florecientes invernaderos que Israel dejó atrás fueron arrasados y abandonados. Lo que desde entonces vienen haciendo los dictadores proiraníes de Gaza es dedicar todos los recursos a hacer de la Franja una plaza fuerte del terror: allí se importa armamento, se entrena a terroristas, se excavan túneles para el secuestro de israelíes; y, por supuesto, se lanzan proyectiles contra Israel.

¿El agravio? No hay ocupación, control militar o colono a quien echar la culpa. Todo eso se acabó en septiembre de 2005. Sólo hay un problema, y Hamás es absolutamente clara al respecto: la existencia misma de Israel.

Tampoco se puede decir que oculte su estrategia. Hamás provoca el conflicto, espera las inevitables bajas civiles y la condena mundial de Israel, a quien pretende forzar a un alto el fuego insostenible; justo lo que hizo Hezbolá en el Líbano. Y entonces, y justo como Hezbolá en el Líbano, se rearmará, se reconstruirá y se movilizará con vistas a la siguiente ronda de enfrentamientos. Es la guerra perpetua. Puesto que su raison d'etre es la erradicación de Israel, sólo concibe dos finales: su propia derrota o la desaparición de su enemigo.

La única respuesta de Israel pasa por trata de hacer lo que no hizo tras abandonar la Franja. El enorme error estratégico de su arquitecto, Ariel Sharón, no fue la retirada, sino el no haber establecido de inmediato un régimen de disuasión que no tolerase violencia alguna luego de la completa evacuación israelí (la justificación de los ataques palestinos era, precisamente, la presencia israelí en el territorio). En vez de eso, Israel permitió el lanzamiento incesante de proyectiles, con lo cual, implícitamente, dio su consentimiento a un estado de guerra activa y terror indiscriminado.

El rechazo de Hamás a una prolongación de su ampliamente violada tregua de seis meses (los proyectiles no dejaron de volar en momento alguno) dio a Israel una rara oportunidad de fijar las normas que debió fijar hace tres años: nada de cohetes, nada de morterazos, nada de secuestros, nada de actos de guerra. O, como ha afirmado el Gobierno estadounidense formalmente, un alto el fuego sostenible y duradero.
Si este enfrentamiento finaliza de cualquier otra manera, Israel habrá vuelto a perder. Pero la gran cuestión no es ésa, sino si Israel sigue teniendo el nervio y la certeza moral que necesita para vencer.

¿No es ésta una música que nos suena de alguna manera. No con exacta partitura, no con una orquesta similar. Pero sí en la línea de encontrar el mismo fin. Lo que Hamás apetece como única meta es, salvando las distancias, lo mismo que lo que pregona ETA. Ni unos ni otros lo ocultan. Y Zapatero navegando al lado de los terroristas.


VETADO EL ACCESO A LOS CATÓLICOS
José Luis Restán
PáginasDigital.es


En la Sala del Congreso de los Estados Unidos, en Washington, se alza la estatua de un fraile mallorquín, el beato Junípero Serra. El edificio que mejor representa la aventura democrática de Norteamérica se honra con la presencia de este franciscano evangelizador de California y nadie siente que con ello haya sufrido la laicidad consagrada por la Constitución. Al contrario, la memoria de hombres y mujeres de diferentes credos en el edificio del Congreso, ilustra perfectamente la idea de que cada uno con su identidad peculiar, puesta en juego en diversas circunstancias históricas, ha contribuido a la grandeza de la nación.

No así en Madrid. La inocente pretensión de que una monja ilustre, Santa Maravillas de Jesús, fuese recordada por una placa en el Congreso, ha suscitado una polémica amarga y patética que nos deja alguna que otra lección. Una serie de lazos históricos y familiares avalaron la idea de recordar a esta carmelita en la sede parlamentaria. Quiso la providencia que naciera en un edificio que hoy está integrado en el complejo de la Carrera de San Jerónimo (¿habrá que cambiar el nombre a la calle?), y resulta que fueron diputados sus abuelos, su padre y su tío, y alguno de ellos llegó a ostentar la presidencia de la Cámara. Resulta además que la monja no fue una monja cualquiera. Con un temple y un empuje singulares puso en marcha una importante reforma dentro de la Orden de las carmelitas descalzas, fundó numerosos monasterios y desplegó una importante labor social. Y por si fuera poco, Juan Pablo II la canonizó en su último e inolvidable viaje a España, en 2003.

Pues con todo y con ello, aceptemos que era discutible poner o no la placa en el Congreso. Se podía argumentar que, habiendo poca tradición de este tipo de símbolos en dicha casa (sólo existen dos placas, una para Alfonso XIII y otra para Clara Campoamor), había que pensar bien quién y por qué sería el tercero. Lo que en ningún momento se podía aducir es que Maravillas no podía estar por tratarse de una monja católica, y contradecir por tanto la aconfesionalidad del Estado.

Al portavoz Alonso, antiguo compañero de pupitre de Zapatero, no podía salirle una excusa más mísera e intelectualmente raquítica. En primer lugar la sana laicidad no aconseja (como pretende el PSOE) el vacío de connotaciones religiosas en el espacio público, sino al revés, un espacio que acoja cordialmente la diversidad de identidades culturales y religiosas que han contribuido a forjar la sociedad española. Por otra parte, una placa recordando a Santa Maravillas nunca sería «un símbolo religioso», sino una memoria civil de que existió una mujer que, a través de su vocación religiosa emprendió una serie de tareas que han contribuido a plasmar el rostro de la sociedad española. Tiene gracia que el Congreso pueda recordar a un médico, a un monarca, a una sufragista o, llegado el caso, a un domador de circo, pero de ningún modo a una monja.

Con la gramática parda del ceñudo ex ministro Alonso, un católico tendría que desproveerse de su fe (como si de la piel de un lagarto se tratara) para que el venerable caserón de San Jerónimo tuviera a bien rendirle un modesto homenaje, sean cuales sean los méritos de su biografía. Y éste es el fondo del problema. Que el incontenible sectarismo de esta generación socialista es incapaz de aceptar que la fe cristiana da forma al compromiso civil de muchos ciudadanos españoles, y que resulta una violencia intolerable (desde el punto de vista moral, pero también jurídico) que se les excluya del ámbito público en cuanto tales.

No es que Santa Maravillas se haya perdido mucho con el frustrado intento de colocar su placa; es que la sociedad española, bajo la férula de estos laicistas iluminados, camina hacia la división y la exclusión, hacia un empobrecimiento espantoso. ¿Y éste es el PSOE que Bono quería refundar sobre la base del humanismo cristiano?


 
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