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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 446
Wednesday, 21 January a las 21:07:14

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 446–  20 de enero de 2009

SUMARIO

  1. Apuntaciones en torno a Maruja Torres. Antonio Castro Villacañas
  2. El matrimonio homosexual: ubicando la cuestión. Richard McCord
  3. Entrañables. Martín Quijano
  4. India. José Luis Orella
  5. Quieren imponer igualdad y democracia a las últimas tribus del Amazonas. Diego Díaz-Germán Sainz


 

APUNTACIONES EN TORNO A MARUJA TORRES
Antonio castro Villacañas

Acaba de ganar el premio Nadal. Yo la conocí hace muchos años, cuando ella empezaba a trabajar en la «Soli» de Barcelona, el periódico que antes de nuestra guerra se llamaba Solidaridad Obrera y defendía el anarquismo. A partir de enero del 39 continuó alentando la virtud de ser solidarios, pero desde una perspectiva nacional y personalista superadora de la simplemente clasista. Por eso bajo la dirección de Luys Santamaría, el cántabro que se hizo catalán, el diario barcelonés pasó a llamarse Solidaridad Nacional tan sólo, renunciando a ponerse también en el título «sindicalista» por estimar algunos que así sería demasiado largo y por ello poco periodístico. La verdad es que el periódico, anterior santo y seña de la CNT y la FAI, siguió hasta su muerte, que se produjo tras la restauración de la presente monarquía borbónica, siendo solidario, obrero y sindicalista, lo que llamaba mucho la atención en la prensa de aquella Barcelona de los años 40 y 50, preocupada por ser cuanto antes la insolidaria, pequeña burguesa, neocapitalista, poco nacional y en sí demasiado nacionalista, que se ve hoy por sus calles.

Cuando Maruja Torres empezó a trabajar en Solidaridad Nacional –donde conoció por cierto a Manuel Vázquez Montalbán, con quien comparte recuerdos y ensueños en las páginas de la novela-memoria ahora premiada– casi era todavía una niña y –lo diré con su propia voz– «la palabra funesta que amenazaba los hogares al acercarse estas fechas (las navideñas) no era “desempleo”, sino “desahucio”». Ella afirma que «casi todas las palabras amenazantes empiezan con el prefijo “des”», y yo me guardaré mucho de llevarle la contraria, entre otras cosas porque me importa un pito si lo que dice responde a una realidad filológica o es simple expresión de sus fantasías literarias. Sigo copiando parte del artículo «Prefijos odiosos» que ha publicado en El País porque «el fantasma de la Navidad de mis (sus) más que verdes años regresa (ha regresado) de nuevo para muchas familias. La cesta de este año va cargada con palabras que empiezan por “des”. Como desesperanza, con el sufijo (?) “des” antes de empleo. Y desahucio, para quienes no paguen la hipoteca o el alquiler, también. Como antes, sólo que entonces no podíamos pagar a pesar de que trabajábamos en varios curros agobiantes. Hoy es por haber perdido el que se tenía, o por no haber conseguido ninguno, o porque el que aún se conserva no da para mucho».

Dos párrafos antes, al principio de su artículo, ha recordado que cuando ella era pequeña, «en este país existían el Sindicato Vertical y muchas posibilidades de tener varios empleos mal pagados y humillantes», pero no que eso sucedía después de una penosa guerra civil, en medio o al final de otra contienda mundial aún más desgarradora, y cuando España sufría el desprecio (otras dos palabras, Maruja, con el odioso prefijo des) de los recién vencedores, por no haberse unido a ellos en la citada pelea... Circunstancias, por fortuna, completamente diferentes a las de ahora y que explican e incluso justifican el hecho de que en la España pobre de los años 40 y 50 del pasado siglo hubiera mucha posibilidad de trabajar en tareas mal pagadas –porque la economía nacional no daba más de sí– y no sé si humillantes puesto que Maruja Torres no aclara a cuáles se refiere, y yo estoy seguro de que en todo caso serían minoritarias y temporales.

Todo ello sucedía «antes de que Comisiones Obreras se infiltrara y de que, luchando contra infinitos obstáculos, empezara a moverles el piso a Solís y Girón –los mayores saben de qué hablo– en busca de algo de justicia laboral», escribe con desparpajo la recién premiada fabuladora, que no tiene ni idea de cuándo, cómo y por qué nacieron las Comisiones citadas, ni vergüenza suficiente para reconocer que la justicia laboral existe en España merced a que Girón y Solís, con otros ministros de Franco, la dieron vida, forma y contenido, al tiempo que día a día, mes a mes, año tras año, disminuía el número de los mal pagados puestos de trabajo, sustituidos por otros cada vez más numerosos y mejor retribuidos, de modo y manera que poco a poco iba subiendo el nivel medio de vida de los españoles, que por algo fueron dejando de ser emigrantes a Europa y América... No es que gracias a los Sindicatos Verticales los españoles pasáramos de vivir en el infierno a situarnos en el paraíso social y económico, pero las cifras no mienten y ellas demuestran que a partir del año 39 y gracias al sacrificio y esfuerzo de todos España fue subiendo su nivel de vida hasta prácticamente equipararlo con el de la tan envidiada Europa. Un horizonte aún mejor estaba a nuestro alcance cuando murió Franco y España dejó de ser un Reino católico, social y representativo para constituirse en una Monarquía democrática y parlamentaria que disolvió los Sindicatos Verticales reemplazándolos en lo económico por asociaciones empresariales únicas y en lo social por varias centrales laborales políticamente enfrentadas entre sí y por ello de hecho con menor fuerza a la hora de conseguir que los trabajadores tengan la fuerza y la presencia política y social que merecen por su fundamental contribución a la prosperidad de todos.

El fantasma de la España económica y social de los más que verdes tiempos de Maruja Torres regresa de nuevo para muchas familias. «Hoy es por haber perdido el puesto de trabajo que se tenía, o por no haber conseguido ninguno, o porque el que aún se conserva no da para mucho». De aquella España salimos a fuerza de ilusión, unidad, disciplina y trabajo. Dios quiera que algo parecido suceda ahora aunque no dispongamos de esas eficaces herramientas políticas, económicas y sociales.


EL MATRIMONIO HOMOSEXUAL: UBICANDO LA CUESTIÓN
Richard McCord
Secretario para Laicos, la Familia y la Juventud de la Conferencia de Obispos USA


El matrimonio homosexual es una cuestión importante que necesita debatirse y lo más importante en esa discusión es el marco de referencia.

Un aspecto del tema es si a las personas homosexuales se les debería permitir casarse entre ellas. Pero el punto central tiene que ver con la naturaleza y los propósitos del matrimonio como una estructura social fundamental y una institución civil. Primeramente, no se trata de una cuestión de derechos civiles, o de discriminación, o de lograr la completa emancipación de las personas homosexuales, ni tampoco de dar estabilidad a un estilo de vida.

La postura católica no empieza con la teología sacramental, las enseñanzas morales y los pasajes de la Biblia. Empieza con lo que puede observarse en la naturaleza y el comportamiento humano y en lo que podemos deducir usando nuestra razón. Esta es la posición de la ley natural.

Uno no necesita tener fe religiosa para ver que el matrimonio es una relación única entre un hombre y una mujer. Lo que define esta relación es el hecho de que se trata de una sociedad basada en la complementariedad sexual. Ésta hace posible la realización de los dos fines equivalentes del matrimonio: el amor mutuo entre esposos y la procreación de los hijos. Ninguna otra relación humana, sin importar cuánto amor o cariño haya ni cuán generadora sea, puede adjudicarse este propósito ni cumplirlo.

El matrimonio es la unión entre un hombre y una mujer. Esta verdad puede ser descubierta por la razón humana. Está escrita en la ley de la naturaleza y en el lenguaje del cuerpo y del espíritu humano. Es una verdad enaltecida desde el principio de los tiempos. La enseñanza de la Iglesia comienza con esta verdad.

Dado que el matrimonio es una estructura social fundamental basada en la naturaleza humana, ni la Iglesia ni el estado pueden cambiarla en lo fundamental. El matrimonio, y la familia que éste produce, es una sociedad que precede a todas las demás sociedades. Es una institución que no poseemos, sino que hemos recibido. Esto no significa que la Iglesia y el estado no puedan regular el matrimonio, por ejemplo poniendo límites de edad mínima, pero sí significa que no somos libres de alterar su estructura básica.

El matrimonio de un hombre y una mujer hace una contribución única a la sociedad. Es el patrón fundamental para las relaciones entre hombre y mujer. Es el modelo de la manera en que las mujeres y los hombres viven de forma interdependiente y se comprometen, para toda la vida, a buscar el bien del otro. La unión también sirve al bien de la sociedad. De ella emana la siguiente generación al proporcionar la familia las mejores condiciones para criar a los hijos, esto es, la relación amorosa y estable de un padre y una madre presente sólo en el matrimonio. Otras relaciones pueden contribuir al bien común, pero no realizan en un sentido completo lo que hace el matrimonio.

¿Debería haber matrimonio entre personas del mismo sexo? La Iglesia católica enmarca esta cuestión en términos de la naturaleza del matrimonio y de su contribución al bien común. Como resultado, la Iglesia concluye que el matrimonio entre personas del mismo sexo es, por definición, algo imposible, una contradicción.

Algunas personas buscan localizar la cuestión dentro del marco de los derechos individuales y la justicia. La enseñanza católica afirma la dignidad de las personas homosexuales y pide que sean tratadas con respeto. Esto significa, entre otras cosas, que el estado puede crear leyes para proteger los derechos de estas personas y para proporcionarles beneficios sociales. Algunos ejemplos incluyen medidas para asegurar el acceso a puestos de trabajo, vivienda, cuidado médico, derecho a tener propiedad en común y la potestad de tomar decisiones médicas por la otra persona.

Existen beneficios y derechos que deben estar garantizados para cada persona. Pero el remedio para casos específicos de injusticia –falta de beneficios o de derechos– no puede ser una injusticia aún mayor, es decir, cambiar la definición del matrimonio.

El matrimonio está dirigido al servicio del bien común, no a proporcionar derechos y beneficios dentro de esa relación. No es, pues, necesario ni incluso deseable alterar una estructura social fundamental para proteger los derechos individuales y otorgar a todos los ciudadanos sus legítimos beneficios sociales.

El asunto del matrimonio entre personas del mismo sexo debe entenderse como una cuestión sobre el matrimonio tal como ha sido recibido del Creador y subsecuentemente recibido de cada generación a través de la historia. Percibirlo como una cuestión de justicia para las personas homosexuales supone ubicar la conversación en el lugar equivocado.


ENTRAÑABLES
Martín Quijano


La tasa de divorcios en España se aproxima A la de Matrimonios –la Vicepresidenta presume de ello, afirmando que forma parte de la política familiar de Su gobierno–; el número de abortos se acerca a los cien mil anuales; ocupamos la primera plaza europea en el consumo de drogas, tenemos el índice más bajo de fertilidad en Europa… ¿Qué ha sido de la «riqueza en virtudes entrañables» que José Antonio atribuía al pueblo español en su Testamento? De ser la «Reserva espiritual de occidente» hemos pasado a ser identificados como la Meca del puterío de Europa. ¿Qué nos ha pasado?

Una vez más, hay que apelar a la explicación de la falta de liderazgo. La baja calidad o el desconcierto de nuestras magras elites dirigentes nos han traído a esta precariedad, por no decir penuria, cultural en que nos encontramos. Hemos caído inermes en la vorágine cultural en que está sumido todo Occidente, sin elaborar mecanismos de defensa. Una vez más, nuestras clases dirigentes han fracasado en su tarea de conducir correctamente a la sociedad española. Y la masa de ésta, el pueblo, se ha encontrado desvalido ante las fuerzas degradadoras que le han acosado. Y, lo que es peor, no solamente han fallado las elites en la tarea de conducir al pueblo por el camino correcto, sino que podría reprochárseles un delito de alta traición: Haberse aliado en muchos aspectos con las fuerzas disgregadoras, en perjuicio de los altos intereses nacionales.

En materia política, los creadores de opinión cayeron en la trampa de seguir la pauta de muchos opinadores extranjeros sobre nuestra situación, confundiendo una anormalidad, la dictadura de Franco, ciertamente anómala dentro del contexto internacional, con un mal. Sin juzgar los resultados, los calificaron de malos, o indeseables, como viciados de origen, y por tanto rechazables. Con lo que llegaron a la conclusión, gravemente errónea, de que la consecuencia de esos resultados debería ser transformada radicalmente: Si entonces se potenciaba la solidaridad interregional en España, debería ahora impulsarse la disgregación nacional y el enfrentamiento, cuando no odio, interregional. No sólo hemos llegado a tener, cuando no fomentar, disputas interregionales por distintos intereses, sino a manifestaciones públicas de dirigentes políticos regionales en la que se declaran antiespañoles, explícitamente odiadores de España, cuya legalidad les sustenta. Y, del Rey abajo, los dirigentes políticos españoles con responsabilidad nacional, han preferido no enfrentarse declaradamente con esa actitud, sino contemporizar con ella dándoles favores con la esperanza, reiteradamente frustrada, de aplacarla. Y la gran masa de nuestra sociedad ha tenido que asistir, perpleja, a una presión que la perjudica, sin poder apoyarse en ninguna opinión autorizada de quienes están obligados a defenderla.

Ese error en el planteamiento de los intereses nacionales ha tenido una réplica en el planteamiento de la política cultural. La anterior protección a la familia y el fomento de la natalidad se trastocó en la legalización del divorcio, con la destrucción subsiguiente del concepto mismo del matrimonio, y del aborto. Para ello fue preciso abotargar la sensibilidad social a este último crimen, lo que se logró con múltiples apelaciones a la normalidad internacional del mismo, que convertía su rechazo en más anómalo y condenable que el crimen en sí. El pueblo español, ante la falta de alegatos en contra de ello, que mantuviesen la vigencia de los valores hasta entonces aceptados por la mayoría, se plegó a tal «normalización», incluso con un cierto entusiasmo, como deseando resarcirse del «oscurantismo» en el que, según le decían sus actuales dirigentes, le habían mantenido sojuzgado los anteriores. No hubo oposición calificada a tal cambio, excepto singularidades –entre los que se debe destacar a Julián Marías– eficazmente sofocadas por los nuevos políticos, convertidos, por la suprema legitimidad de la Transición, en mentores culturales de la Sociedad, y siempre apeladores a la nueva piedra de toque irrefutable, el criterio democrático. Del que, por supuesto, ellos se proclamaron únicos oráculos. Lo cual fue mansamente acatado por nuestra sociedad, sin protestas, rebeldías ni discrepancia. En la nueva situación, nadie tiene derecho a opiniones que prevalezcan sobre las de los políticos electos, como advirtió claramente Alfonso Guerra con ocasión el litigio con el Consejo General del Poder Judicial. En el tema de la drogadicción, nuestro pueblo se ha encontrado con una clase política en el poder que ha frivolizado públicamente sobe el consumo de drogas, negándose a combatirlo de raíz. El resultado ha sido nefasto, como sabemos.

Por otra parte, la Iglesia española, enfangada en el complejo de haber colaborado con el Régimen anterior, y en medio de la confusión generada por el PostConcilio, enmudeció ante la nueva situación, cuando no agravó la situación decantándose apasionada y acríticamente partidaria de los criterios democráticos. Con ello cedía autoridad moral a los políticos, detentadores de la nueva ortodoxia. El resultado fue la inexistencia de un debate público con la suficiente intensidad o pasión exigibles para lograr un impacto en la sociedad y un posicionamiento de los fieles en el mismo, tanto sobre el tema del divorcio como sobre el aborto. El resultado neto fue establecer en nuestra sociedad un clima de indiferentismo, sin pasión cultural profunda, sobre uno de los temas más graves de nuestra situación actual. Constituye la versión social de lo que Pablo VI denunció como el mejor resultado del demonio en el siglo XX; la pérdida de consciencia personal del pecado. Solo tras el grandioso Pontificado de Juan Pablo II ha comenzado la Iglesia española a enderezar su rumbo.

Abandonado así por sus mentores culturales, el pueblo español ha quedado a merced de los nuevos dirigentes culturales de Occidente, los guionistas de cine y TV, que han impuesto sus criterios y valores, ciertamente escasos, a la sociedad moderna. Hollywood, la gran colonizadora cultural actual, nos uniformiza, y pervierte, con tanta más facilidad cuanto mayor es nuestra inermidad cultural. Las virtudes entrañables, de las que el pueblo español ha dado tan cumplida muestra durante siglos, y, más recientemente en las décadas centrales del XX, se han volatilizado.

Y su recuperación, del estado latente en que cabe confiar que confío estén, requiere un esfuerzo positivo de jerarquización de valores, que no parece haberse iniciado aún. Menos si confiamos en que emane de los políticos españoles actuales.


INDIA
José Luis Orella

Ya.es

El cristianismo tiene una presencia en el subcontinente indio desde hace 2000 años, cuando Santo Tomás y San Bartolomé llegaron a la costa occidental. Desde entonces tuvieron dos grandes avances, cuando sirvieron de refugio a los cristianos nestorianos y después con la evangelización portuguesa a partir del siglo XVI. San Francisco Javier iniciará una conversión masiva de las poblaciones indígenas de la costa occidental, controlada por los lusos. Por esta razón, la Iglesia Católica tiene un intenso sabor portugués, y se encuentra muy unida también a España.

En la actualidad, los cristianos son el 2,5 % de los más de mil millones de personas de la India. Católicos son un 1,8 % representativo de 18 millones de fieles, de los cuales, casi 4 millones son de rito Siro-Malabar, y algo menos al medio millón, al Siro-Malankar, procedentes de la integración de los grupos cristianos nestorianos y de Santo Tomás. En la zona tradicional de evangelización de Kerala, los cristianos son un 25 % de la población, pero en estados, como el de Orissa, protagonista de las últimas persecuciones, son un 2,5 %. La Iglesia católica presenta unas cifras llenas de orgullo, representativa de una comunidad joven, activa y fiel a Roma.

Dispone de 11.437 sacerdotes diocesanos, 8.509 religiosos, y 82.348 religiosas. Los seminaristas son casi 8 mil. La compañía de Jesús, con una amplia historia en el lugar, desde la llegada de San Francisco Javier, dispone de 3 mil jesuitas de nacionalidad india, procedentes de Gujerat y Goa, en su mayor parte. Aunque el hinduismo y el Islam se presenten bastante impermeables a la labor de los ancianos misioneros y los jóvenes sacerdotes indios, la población tribal del Himalaya está proporcionando parte de las numerosas conversiones de adultos. El número de conversos llegó a ser de 50.000 al año, lo que provocó en algunos estados leyes contra la conversión.

La Iglesia gestiona el 30 % del servicio social: 680 hospitales, 1.700 dispensarios, 246 leproserías, 326 centros de asistencia social, 339 casas para incapacitados, 1.389 orfanatos, 1.422 centros de formación para disminuidos y 2.836 centros de acogida para jóvenes trabajadores. También el 20 % de la educación primaria, con 10 mil escuelas primarias, 5 mil secundarias, trescientos colegios profesionales, un centenar de escuelas de magisterio y otro de institutos técnicos superiores. La intensa labor social no desmerece de la espiritual, gran parte de las parroquias tienen presente al Santísimo Sacramento, y la peregrinación a la Nuestra Señora de la salud de Vailankanny, reúne a más de 40 mil peregrinos. Toda esta labor se centra en los más desposeídos, los 165 millones de dalias (intocables) y los 60 millones de adivasis (indígenas).

Éstas fueron las poblaciones autóctonas, anteriores a las invasiones arias. Marginados a los bosques, vivieron de forma comunal e igualitaria, también hombres y mujeres. Algo que ayudó a asumir el cristianismo como algo propio. Sin embargo, estos parias de la tierra, por su analfabetismo son explotados en terribles condiciones por los propietarios hindúes. La labor de promoción educativa y social, llevada por la iglesia, como la entrega de un camello y un carro a los nómadas, supuso el fin de la esclavitud por deudas. Estas comunidades han empezado a disponer de clases medias y cuadros dirigentes, gracias a las instituciones educativas católicas. El fin de la explotación laboral de estas comunidades, que reivindican sus derechos y tierras, se inicio con los primeros dirigentes educados en las escuelas católicas.

Los sectores dominantes hinduistas que se beneficiaban del trabajo servil de aquellas personas, ayudaron al ascenso político de los fundamentalistas hindúes. El nacionalismo hindú, es una de las fuerzas principales de la India y se sustenta en grupos muy radicalizados, como el Vishawa Hindu Parishad, que propugna el hinduismo como única religión de Estado. Su líder, el guru Swami Lakshmananda Sarawasti, fue asesinado por la guerrilla maoísta el 23 de agosto de 2008. Su asesinato fue la excusa perfecta para desencadenar, por parte de sus seguidores, y con la inhibición de las autoridades, una violencia que se ha cobrado más de 80 mártires y 50.000 desplazados. Los ataques de los guerreros azafranados se han orientado contra el personal religioso, incentivando incluso la violación de las religiosas. Entretanto, occidente mira a otro lado, y la nueva iglesia mártir ve cómo su dolor no tiene eco en los canales del primer mundo.

 

QUIEREN IMPONER IGUALDAD Y DEMOCRACIA A LAS ÚLTIMAS TRIBUS DEL AMAZONAS
Diego Díaz-Germán Sainz

ElManifiesto.com


En estos tiempos en los que el tercer milenio transcurre a pasos realmente vertiginosos, pareciese que el pasado siglo que acabamos de dejar atrás no fuese más que el recuerdo de un mundo más diverso, un mundo de diferentes. Cuando ya parecía que nada podía asombrar a un desencantado Occidente tecnicista, algunas noticias de última hora nos permiten a algunos preservar la capacidad de asombro, aunque muy devaluada, por cierto. El 30 de mayo de 2008, los medios de comunicación del mundo entero se hacían eco de un asombroso hallazgo en la zona limítrofe del Amazonas brasileño con Perú. Una tribu de indígenas hasta ahora desconocida había sido descubierta desde un helicóptero en la impenetrable selva del estado brasileño de Acre. El suceso dejó perplejos a unos cuantos.

Apenas se nos presentó la oportunidad de compartir la noticia con algunos allegados simpatizantes de las ideas de izquierdas, sus puntos de vista respecto a la situación de los aborígenes nos produjeron cierta sorpresa. Parecía que el asombro que generó la noticia quedaba sepultado para encarnarse en un halo de «misericordia universal».

Ante la pregunta de qué suerte debían correr los indígenas, nos encontramos ante la paradójica situación de enfrentarnos a una vieja y conocida visión: ¡Hay que llevarles la modernidad! Sencillamente comenzaron aflorar las argumentaciones de unos individuos que muy a su pesar denotaban su emotivo impulso totalitario.

La sola observación de la fotografía tomada desde el helicóptero de aquellos hombres teñidos de rojo prácticamente desnudos y arrojando flechas a la aeronave, producía esa reacción endémica del humanismo moderno. El natural escenario selvático que rodeaba a los indígenas portaba en su seno todo aquello que es deseable que desaparezca de la faz de la Tierra: pobreza, ignorancia, enfermedad, oscuridad, atraso... y todo ello en nombre del progreso y la necesaria exportación del bien universal de los derechos del hombre.

No podíamos sino observar perplejos que la filosofía de las Luces está más viva que nunca, y no precisamente en los despachos del Pentágono, sino en el alma de las generaciones bien pensantes de nuestros días y que se identifican de izquierdas.

El problema del «otro»

El descubrimiento y posterior conquista del continente americano y toda la interpretación historiográfica en torno al acontecimiento, tuvo su influencia en muchos autores de renombre. El conocido lingüista búlgaro Tzvetan Todorov abordó dicho suceso histórico desde la hermenéutica y la semiótica, y no dejó de realizar un interesante análisis antropológico desde la perspectiva de la comunicación, la utilización de la simbología y el lenguaje humano para abordar el problema de «el otro». Para Todorov, la modernidad encarnada en el hombre europeo se impuso a un «otro» desconocido que para ser comprendido debía necesariamente parecérsele. La izquierda intelectual ha ido más allá de las explicaciones lingüísticas del caso. El europeo civilizado habría sometido al desventurado indígena, ese portador del «estado de naturaleza», un ser libre del pecado original. Luego vendrían la teoría del genocidio, los excesos y la búsqueda desenfrenada de riquezas.

Pero ésa es otra historia.

Sucede que en el inconsciente de las nuevas generaciones, se establece un conflicto de difícil resolución; por un lado, debe aceptarse que la diversidad –«el otro»– es un bien inobjetable; y la identidad, un derecho humano fundamental. Pero ¿qué hay de llevar a los desventurados ese progreso «prometeico» del que buen uso realizamos a diario? ¿Dónde queda el calor universal por el prójimo que ante todo es además un igual? La izquierda continúa percibiendo a la civilización moderna como la más evolucionada de las culturas, aquella que bajo la máscara de los indiscutidos derechos universales, ha procurado y procura el establecimiento del mundo de los iguales y por ende un modelo a seguir. La premisa de que toda riqueza descansa en la diversidad se omite automáticamente cuando el universalismo se articula en un refinado totalitarismo con tendencia «pedagógica». El «otro» (en este caso el indígena) debe ensamblar en esa idea del hombre genérico y universal. Todo nominalismo es descartado por injusto. Las «deficiencias» que rodean a los desdichados amazónicos no permite la comunicación debida. Primero debe ser igualado.

Los primeros viajeros que emprendieron expediciones al mundo no occidental estaban de acuerdo en que existía una absoluta ausencia de miseria en dichos pueblos, reinaba la buena salud física y una abundancia material relativa. Incluso se sabe, por ejemplo, que las poblaciones tradicionales de África no conocían el término «pobre», y su equivalente más cercano era «huérfano». Poco interesaba a nuestros interlocutores introducirse en estos «detalles». Sencillamente se percibía en la cualidad de semejante de los aborígenes un mal a curar, un ignorante al que educar, un «otro» que igualar.

No se equivocaba Alain de Benoist cuando ya en los años setenta denunciaba a la ideología igualitaria como el verdadero enemigo de los pueblos, el nuevo reducto del totalitarismo moderno.

Cabe preguntarse: ¿qué pensarán estos bienpensantes del progreso producido durante el siglo XIX uruguayo y la suerte corrida por los últimos charrúas a los que tanto rememoran? ¿Habrán acaso sido víctimas de la civilización o simplemente padecieron las inevitables consecuencias de una modernidad que despreciaron aunque a todos trajese la felicidad? ¿Felicidad?

La contradicción en el discurso

Si se hace un rápido análisis histórico, ninguna idea-civilización como la Modernidad nacida en Occidente, se ha autoconvencido de que es «el modelo». Realmente considera que no llevar este modelo a toda la humanidad es una especie de egoísmo, y la historia nos demuestra a diario que insiste con su regocijado mesianismo civilizatorio. Hay en ella una visible falta de la más mínima «humildad histórica», y, como diría un pensador francés, realmente se cree «moderna», ultima, resultado final de pruebas fallidas y oscuras, de pretéritos no «evolucionados». Resultado de ello es la total incapacidad que tiene de entender, siquiera superficialmente, al otro como «otro», sea este otro un hindú de 2008 o un europeo del año 1000. Por ello, de tanto en tanto, intenta condenar, olvidando tiempo y espacio, sucesos o personajes que no se comportaron según los buenos modales que recomienda «su» modelo, aunque tengan que remontarse miles de años atrás. Su tendencia a la «abstracción atemporal» no le permite ver su anacrónica «justicia».

La contradicción entre la supuesta «defensa de la diversidad» izquierdista y su deseo de llevar «el modelo de progreso» a toda la «humanidad», la deseen o no, les asusta, los emparenta más con Condoleeza Rice que con los chechenos, tibetanos, palestinos u otra de las causas que reivindican constantemente. No deberían temer…, en definitiva son hijos del mismo padre.


 
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