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El Brocal: El Brocal Nº - 85
Monday, 02 February a las 16:30:16

El Brocal

REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 85 – 29 de enero de 2009

SUMARIO



 
EL CASTELLANO , MAL LLAMADO ESPAÑOL
Alberto Buela


Como despedida del 2008 el diario El País, de España, en la edición argentina, publica un artículo a doble página en el centro del diario firmado por Tereixa Constenla titulado «El español, un filón huérfano de prestigio», en donde se vuelcan una sarta de mentiras a designio que sublevan al más calmo.

Este artículo confirma el título del último libro del pensador español Fernando Sánchez Dragó Si habla mal de España… es español, que a su vez viene de un viejo verso de Joaquín Bartrina que decía así:

Oyendo hablar a un hombre, fácil es
acertar dónde vio la luz del sol;
si os alaba Inglaterra, será inglés,
si os habla mal de Prusia, es un francés,
y si habla mal de España, es español.

Hablando con amigos colombianos que en estos días nos visitan recordábamos que tanto en sus escuelas como en las nuestras nos enseñaban que la lengua que hablábamos era el castellano y que el término español designaba la nacionalidad de los nacidos en España.
Pero la fuerza de las cosas hace que hoy, Internet mediante, se hable de español para referirse a nuestra lengua y no al castellano.

Pero la estulticia, para decirlo elegantemente, de los que hablan de su lengua, que es también nuestra lengua, es que lo hacen de manera menguada, recogiendo los argumentos de nuestros históricos enemigos políticos: los angloparlantes.[1]

La primera de las razones falsas argumentada por la autora es que «el español es la cuarta lengua más hablada del mundo, detrás del chino, del inglés y del hindi». Esto, como salta a las claras es falso de toda falsedad, pues el castellano es hablado por 300 millones en América del Sur (incluidos los 12 millones que lo hablan en Brasil), 44 millones en Estados Unidos, 52 millones en América Central y Caribe, y 104 millones en México. En África lo hablan de 2 a 3 millones, 500 mil en Europa Oriental, 45 millones en España y alrededor de 2 millones más en el resto del mundo, lo que suma un total de 550 millones de hispano parlantes con lo cual se desmienten totalmente las cifras divulgadas por el artículo de marras.

El castellano, patrimonio común a españoles, americanos y a algunos africanos, es la primera de las lenguas habladas en el mundo, pues el inglés no llega a 500 millones y el chino no es un idioma sino 129 a la vez, de los que se destacan el mandarín, idioma oficial desde la revolución cultural de 1966, el wu, el cantonés o yué, el min, el jin, el xiang, etc.) cuyas diferencias entre sí son mayores de las que existen entre el castellano y el portugués. Pues si a sumar fuéramos nosotros contabilizaríamos juntos la bicoca de 788 millones. (Brasil: 190 millones; Mozambique: 21 millones; Angola: 16 millones; Portugal: 11 millones).

Además, esto que estamos afirmando no es ninguna novedad, porque buscando en Internet hay muchas páginas que muestran que el castellano es el segundo idioma hablado del mundo, pero estas páginas no hacen la distinción que hacemos nosotros entre las distintas lenguas que se hablan en China.

Bueno, y si así fuera vaya y pase, pero de ahí a afirmar que está en un cuarto lugar y tan lejos en millones de hablantes como sostiene el artículo de El País es una mentira ex profeso y una falta de respeto a los millones que lo hablan y no fueron tenidos en cuenta.

La segunda falsedad es que «el español es la lengua de 18 países». Sólo en América somos 19 países, a saber: Argentina, Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, México, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. En Europa está España y en África Guinea Ecuatorial y lo que queda de la República Saharaui. De modo tal que no son 18 los países de lengua castellana sino 22. No es pequeño el error cuando se comete sobre cifras tan menudas y precisas, lo que denota mejor una intención para desviar y desvirtuar los datos objetivos y reales. Y así, a renglón seguido afirma «la gallega» que «no tenemos datos confiables del español pero si del inglés». Lo que confirma que la que no es confiable es la autora y el diario que le publica con los datos que maneja y tergiversa.

Y para fundamentar su tesis de que «el español» padece de una capitis diminutio congénita trae la opinión de un compatriota suyo, Antonio Muñoz Molina, alguien que dirigió el Instituto Cervantes de Nueva York, quien afirma suelto de cuerpo: «soy escéptico sobre la futura relevancia social, cultural y política del español vemos sino la escasa calidad de la TVE Internacional nada que ver con la parrilla exterior de la BBC de Londres».

Otra falsedad más, la Televisión Española Internacional (cualquiera que tenga TV por cable lo puede apreciar) es de una calidad poco común y superior a la media de los canales internacionales alemanes, franceses, italianos o ingleses que, en general, gastan su tiempo en programas de entretenimientos y musicales.

El problema de los canales internacionales de noticias no es el mayor o menor apoyo tecnológico que, en general, es parejo para todos, sino la producción de sentido de las noticias que se levantan y las que se dejan pasar sin más. Y en esta «producción de sentido» la Televisión Española Internacional adopta «el sentido» de las cadenas anglonorteamericanas. Y esto es lamentable, pues a ojos vista se ha producido una nefasta «americanización» de esta televisora. No es quejándose de «la escasa calidad» como se supera la calidad sino haciendo y produciendo calidad. Si el castellano no sirve como lengua mediática no es por el castellano en sí, sino por la incapacidad de sus usuarios. Y esto nos lleva a la tercera de las falsedades del malhalado trabajo.

El artículo termina sosteniendo la vieja tesis de la Ilustración francesa utilizada por los enciclopedistas enemigos de España, que «el español no es una lengua científica». Son las mismas tesis que sostenían que en América los indios no son fuertes porque no tienen barba o los leones son menos peligrosos porque no tienen melena. Las tesis de de Paw y el conde de Boufon, las tesis de Hegel y de tanto ilustrado suelto de los siglos XVIII y XIX.

Estos carajos, otro epíteto no se me ocurre, no tienen ni siquiera en cuenta los esfuerzos ciclópeos de un Ramón Cajal, de un Alberto Gaviola, de un Cecilio del Valle, de un Rey Pastor, y de tantísimos científicos e investigadores de primer nivel mundial que han fijado nomenclaturas científicas de todo tipo y en todos los campos. Incluso en Internet, ¿no se le ocurrió siquiera pensar a la autora quien dispuso que fuera la arroba (@), la cuarta parte de un quintal, el signo fundamental de los correos electrónicos? Ni que decir que el castellano puede como todas las lenguas romances nominar y denominar perfectamente por sí toda la nomenclatura científica que por convención es griega y latina.

Cualquiera que haya estudiado seriamente griego y latín, nuestra larga experiencia avala lo que decimos, sabe que los que hablamos castellano tenemos una ventaja exponencial en el aprendizaje y manejo de estas lenguas respecto de los franceses, ingleses o alemanes. Tanto en la escritura pero sobre todo en la pronunciación que se torna en ellos casi ininteligible.

Por supuesto, que ni una palabra siquiera a la dimensión antiimperialista del castellano como lengua de pueblos oprimidos por el imperialismo anglo-norteamericano. Porque para «los gallegos» como el presidente Zapatero el imperialismo no existe, por ello se jacta de imponer el inglés como segunda lengua en todas las escuelas, mientras que un sindicalista pobretón como Lula, reemplazó al inglés por el castellano como enseñanza obligatoria en todas las escuelas primarias y secundarias del Brasil. Claro está, unos renuncian a la capitalidad de un mundo que habla su propia lengua en homenaje a la lengua de sus enemigos históricos y otro quiere asumir la capitalidad de una ecúmene, la iberoamericana, que habla casi la misma lengua suya. En unos hay y se denota un esfuerzo gigantesco por instalarse con un lugar en el mundo y en otros una desidia producto de la autodenigración que los lleva a un seguro suicidio.

Por último, ¿tienen derecho españoles como la autora y el diario El País a bastardear temas importantísimos como lo es la lengua oficial de 19 países, más allá de España? No, no tienen ningún derecho porque es un tema delicado, valioso y que involucra los sentimientos de más de 500 millones de personas. Eso sí, tienen la obligación de tratar «seriamente» el tema de nuestra lengua común porque no se puede renunciar gratuitamente a una capitalidad que, aunque no la quiera ejercer, le corresponde, al menos, históricamente.

El músico que competía con Mozart, Salieri, se queja a Cristo y arroja el crucifijo al fuego diciendo: Toma, esto es lo que te mereces, porque me diste la vocación pero no los talentos. Todo indica que España marcha al revés de Salieri, tiene los talentos y tantos y tan grandes que posee, pero parece ser que no tiene la vocación de tomar el toro por las astas y ocupar un lugar de liderazgo en un mundo al que pertenece raigalmente y que le pertenece desde el fondo de la historia y desde el corazón de nuestros pueblos.

Modificado, el viejo proverbio sería: Dios le da pan a quien no quiere usar los dientes.


 
LA CRISIS Y LA FE
Amadeo Rodríguez Magro
obispo de Plasencia (España)
 
 
La crisis ha modificado bruscamente un logro de nuestra sociedad que parecía definitivo e incluso en alza; está poniendo en riesgo un nivel de vida holgado, del que disfrutaba una gran mayoría de españoles. Todo eso parece venirse abajo por un terremoto económico de proporciones mundiales, que paradójicamente no ha respetado ni a los más ricos. Y, si para estos es así, no nos queremos ni imaginar lo que supondrá, si no se encuentran soluciones a tiempo, para los más pobres. Ante esta situación se están buscando las medidas más adecuadas que permitan atajar esta grave crisis. Es evidente que, si el problema es sobre todo económico, las soluciones habrán de venir de un nuevo orden en la economía mundial.

Sin embargo, muchos se preguntan si la crisis es sólo económica o si todo lo que está ocurriendo tiene algo que ver con otros valores. También es frecuente escuchar que entre crisis y fe hay mucha relación. En principio pienso que es así, porque en el ser humano no hay esferas exclusivas y cerradas: todo en él es siempre unidad e integración y, cuando se produce en su vida alguna alteración las causas no son únicas y las soluciones también han de venir desde todas sus dimensiones; por supuesto también desde la espiritual.

Por eso la fe y la crisis se tienen que entender, y necesariamente se ha de producir un diálogo entre ellas. La fe ilumina al hombre y a la mujer en sus experiencias personales y sociales. Es por eso que la situación de crisis está demandando el protagonismo de nuevos valores, nacidos de la fe, que tengan su fuente en los sentimientos mismos de Dios, manifestados especialmente por la encarnación de su Hijo Jesucristo. Y de entre ellos, dos son especialmente protagonistas en estos momentos: la solidaridad y la austeridad.

Hoy todos, también desde otros ángulos y visiones de la vida, reclaman el valor de la solidaridad; quizás sea porque no hay nadie que no se sienta afectado por este mal que nos ha sobrevenido. En realidad, al mirar a nuestro alrededor, enseguida se comprueba cómo afecta al vecino de piso, de trabajo, de barrio, de población, de región..., cómo la crisis es una gran mancha que atrapa poco a poco a todos. Pues la mancha la hemos de limpiar con el mejor de los disolventes: el de la ayuda mutua, que ha de ir especialmente dirigida a aquellos que estén siendo más afectados, los más severamente empobrecidos.

Esa mirada solidaria a nuestro entorno, lleva también a unas actitudes y modos de vida más austeros. En realidad la austeridad, si es sana, es la clave de la solidaridad: cada cual ayuda en la medida que comparte lo que tiene, y eso le lleva a situar su modo de vida al nivel de los que lo están pasando mal, a cuyo servicio se pone lo que se es y lo que se tiene. No obstante hay que evitar la austeridad que no es sana; es la de la imagen, la de aquellos que le dan un cierto tono demagógico a las medidas y actúan siempre en función de quedar bien o mal en determinadas situaciones.

A todos les parece evidente que esos dos valores, el de la solidaridad y el de la austeridad, que siempre se dan la mano, son necesarios en estos momentos de crisis. Y para que brillen en todo su esplendor, es decir, en toda su pureza y verdad, os recomiendo que situemos nuestras vidas en el amor providente de Dios. A mi entender, quizás sea este un buen momento para recordar el valor de la Providencia divina, tan devaluada en el reciente pasado, quizás porque se nos había subido a la cabeza la abundancia.

Ahora nos conviene saber que «en todas las cosas interviene Dios para el bien de los que le aman» (Rm 8,16). En estos momentos, quizás nos purifique y aliente reconocer y proclamar de nuevo que Dios es el Señor de la historia y del mundo, aunque los caminos de su providencia frecuentemente no los conozcamos. Quizás sea bueno rebajar la confianza en los dominadores del mundo, que habrán de ganársela en la medida que trabajen por mejorarlo en caridad, justicia y paz. No obstante, esa confianza en las capacidades humanas no nos hará olvidar que también en las decisiones del G8 y el G20 se muestra providente el Señor, que nos sostiene con el concurso de sus criaturas; pues a veces Dios se sirve de nosotros para la realización de sus designios.


 
LA SANTA SEDE ILUSTRA EN LA ONU LA CONTRIBUCION DE LAS RELIGIONES A LA PAZ 
Intervención del cardenal Tauran, presidente del Consejo para el Diálogo Interreligioso
 
Con mucho gusto me asocio a todos los que me han precedido en esta tribuna para expresar, en nombre de mi delegación, la más profunda gratitud por la acogida que se nos ha ofrecido.

Tengo el privilegio de transmitiros el aliento cordial del Papa Benedicto XVI para quien la cultura de la paz es una necesidad, como testimonia su magisterio. Él mismo tuvo la oportunidad de expresaros aquí mismo la estima que siente por las actividades de la ONU.

¡Cómo no recordar hoy con motivo del tema que nos reúne –«la cultura de la paz»– que la ONU, por su naturaleza y misión, debería ser una escuela de la paz! Aquí deberíamos aprender a pensar y a actuar siempre teniendo en cuenta las aspiraciones e intereses legítimos de todos. Aquí todos los países miembros tienen la misma dignidad y los intercambios cotidianos al igual que las grandes decisiones pueden hacer crecer el sentimiento de pertenencia a una misma familia. Al esforzaros por superar la mera lógica de las relaciones de fuerza para dejar lugar a la fuerza del derecho y a la sabiduría de los pueblos os convertís en «artífices de paz».

En esta tarea tan exigente, señoras y señores, los creyentes y sus comunidades tienen un lugar y un papel que desempeñar. Las religiones, a pesar de las debilidades y contradicciones de sus adeptos, son mensajeras de reconciliación y de paz.

En sus familias y escuelas, así como en los lugares de culto respectivos, los creyentes que rezan practican la solidaridad y alientan todas las iniciativas que contribuyen a la defensa de la persona y de la tierra, enseñando asimismo el lenguaje y gestos de paz. Se esfuerzan por escuchar, comprender, respetar al otro, confiar en él antes que juzgarle. Todas estas actitudes educan y abren un espacio a la paz.

Nosotros, creyentes, deseamos ofrecer a todos este patrimonio de valores y actitudes, pues estamos convencidos de que la paz «peligra por la indiferencia ante lo que constituye la verdadera naturaleza del hombre» (Benedicto XVI, mensaje con motivo de la Jornada Mundial de Oración por la Paz, 1 de enero de 2007).

Cada semana, millones de creyentes se reúnen en sus sinagogas, iglesias, mezquitas y otros lugares de culto para rezar. Hacen la experiencia de la fraternidad. Realizan la unidad en la diversidad. ¡Recuerdan a todos que «el hombre no sólo vive de pan»! Queremos poner a disposición de todos este «saber hacer». Al invitar a la interioridad, a la armonía consigo mismo, con los demás y con la creación, las religiones dan sentido a la aventura humana.

Para ello, en primer lugar, es necesario, claro está, que los creyentes sean coherentes y creíbles. No pueden utilizar la religión para limitar la libertad de conciencia, para justificar la violencia, para promover el odio y el fanatismo, o para socavar la autonomía de lo político y de lo religioso.

Por otra parte, al participar en el diálogo público en las sociedades de las que son miembros, los creyentes se sienten llamados a cooperar en la promoción del bien común, que sigue el surco de los valores comunes a todos, a creyentes y a no creyentes: el carácter sagrado de la vida, la dignidad de la persona humana, el respeto de la libertad de conciencia y de religión, el apego a la libertad responsable, la acogida de la las opiniones en su diversidad, el recto uso de la razón, el aprecio de la vida democrática, la atención a los recursos naturales, por citar sólo algunos.

En julio pasado, durante la Conferencia de Madrid, los participantes, pertenecientes a diferentes religiones, han afirmado, en la Declaración final, que el «diálogo es una realidad esencial de la vida. Es un medio importante para hacer que los pueblos lleguen a encontrarse para reforzar su cooperación [...] para buscar la verdad, contribuyendo de este modo a la felicidad de la humanidad». ¡Este es el diálogo que estamos practicando aquí, en estos días!

Para terminar, señor presidente, quisiera hablar ahora en nombre de la Iglesia católica para confirmar a la comunidad internacional su voluntad, tanto de sus pastores como de sus fieles, para seguir ofreciendo a todos sus hermanos y hermanas en la humanidad un espíritu –el de la fraternidad–; una fuerza –la de la oración–, una esperanza –la que ofrece Cristo quien «destruyó el muro de odio que separaba a hermanos enemigos» (Efesios 2,14)–. Estos son los valores que inspiran nuestra acción sobre el terreno, allí donde el ser humano sufre y espera.

¡Que todos juntos, sin renunciar a nuestros aspectos específicos culturales y religiosos, podamos trazar el camino hacia un mUndo más seguro y solidario! ¡Vayamos más allá de la mera tolerancia y de compromisos inciertos! ¡Hagamos que la fraternidad no sólo sea un ideal, sino una realidad!


[1] Por si no lo saben, tres mil criollos colombianos al mando de Blas de LeZo derrotaron a la armada inglesa de veintitrés mil hombres al mando de Vermont en 1741 en Cartagena de Indias y criollos argentinos al mando de Santiago de Liniers derrotaron también a los ingleses en 1806 y 1807 en Buenos Aires.

 
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