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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 448
Thursday, 05 February a las 17:43:38

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 448 –  03 de febrero de 2009

SUMARIO

  1. La gran farsa. Rafael Sánchez Saus
  2. Apuntaciones treinta años después. Antonio Castro Villacañas


LA GRAN FARSA
Rafael Sánchez Saus
Diario de Cádiz
 
 
 
A pocos ha podido sorprender el fallo del Tribunal Supremo, contrario al derecho de objeción de conciencia en Educación para la Ciudadanía. En los medios judiciales se daba por sentado que nunca se iba a consentir la grave desautorización al Gobierno que hubiera implicado un fallo adverso, y para evitarlo se habían tomado las precauciones oportunas, especialmente el traslado de la decisión al Pleno de la Sala Tercera desde la sección a la que le correspondía dictaminar, menos previsible. Ello explica que la ministra de Educación conociera los términos de la resolución y se permitiera grabar un vídeo anunciándolos, incluso antes del comienzo de las deliberaciones. Esta vergonzosa evidencia de un resultado pactado o inducido es otro golpe durísimo para el prestigio de la Justicia, algo que exige el inmediato cese del presidente de esa Sala.

Además, el fallo introduce la recomendación de que la asignatura obligatoria elimine en sus contenidos cualesquiera criterios morales o éticos controvertidos en la sociedad, como si darles carta de naturaleza e imponerlos a los jóvenes no fuera el mismo objeto y razón de existir de EpC. Me conmueve esta preocupación de sus señorías por la recta impartición de la materia. ¡Qué altura de miras! No se había visto mayor candidez desde aquello tan citado de la Pepa sobre el deber de los españoles de ser justos y benéficos. Sólo que ha corrido ya mucho cieno por los desagües de la Justicia española desde entonces para que estas señorías de togas embarradas puedan pasar antes por ingenuos que por hipócritas, si es que simplemente no les ha movido la intención de minar el anunciado recurso de los padres objetores al Tribunal Europeo de Derechos Humanos. ¿Quién vigilará, señorías, que en manuales y centros escolares se respete tan virtuosa recomendación? ¿Qué padres tendrán las narices de recordársela a un profesor o a un colegio cuando se les ha negado su única arma, la objeción? ¿O será el mismo Gobierno que alienta la manipulación de la conciencia de los niños pero no es capaz de garantizar la enseñanza en español en la mitad del territorio nacional, el que se encargará de ello? Una zorra en el gallinero sería más fiable.

Dicen los que tienen contacto con el ámbito judicial que acudir a un juzgado es como ir a la tómbola, pero a partir de cierto nivel ya no importa qué ideología o prejuicio domine al magistrado que te toque. Si el siguiente paso en su carrera depende del favor político, puede darse por hecho, con sabidas y heroicas excepciones, que sus decisiones serán influidas poderosamente por esa circunstancia. Es tan humano mirar por uno mismo… Pero sin Justicia –¿y quién puede creer que la hay en España?– el Estado no es más que un mero instrumento de opresión y extorsión en manos de los que acceden al poder, aunque sea por vías democráticas.
 
 
 
 
APUNTACIONES TREINTA AÑOS DESPUÉS…
Antonio Castro Villacañas

¿Cuáles fueron los elementos esenciales de la transición por excelencia, esa que tanto exaltan los que prácticamente no la vivieron y sí de ella se han beneficiado? Quienes quedan de cuantos la protagonizaron, en su mayor parte suelen decir que estaban motivados por el afán de la reconciliación nacional... Quien estudie sin apasionamiento la historia española de los siglos XIX y XX se dará cuenta de que ese mismo motivo, u otro análogo, fue el impulsor de la Segunda Restauración Borbónica tras el fracaso de la Primera. Fernando VII, el Deseado como Rey por todos los españoles a causa de la invasión francesa, se convirtió muy pronto, tras recuperar el trono perdido por ella, en un indeseable para buena parte de sus súbditos. Indeseables fueron también para unos y para otros, respectivamente, quienes sus partidarios llamaron CarlosV e Isabel II en razón de que fueran sí o no reconocidos como legítimos herederos del felón Fernando después de que este muriera. «Carlistas» o «isabelinos» fueron, pues, los españoles durante casi todo el siglo XIX, añadiendo motivos ideológicos más modernizados a los que desde el principio de su enemistad acompañaron los inicialmente dinásticos... No es cosa de analizar aquí las peripecias de ambas Cortes, de sus respectivos súbditos y de los enfrentamientos bélicos, políticos y sociales que hubo entre unos y otros hasta el punto de propiciar el surgimiento de una facción nueva, la republicana, tras el fracaso del intento de sustituir la monarquía borbónica por la saboyana alegando que ésta era y sería más europea y moderna... Basta, pues, con recordar que cuando Alfonso XII recuperó el trono que habían perdido su madre Isabel II y su tío Carlos VII, también se dijo a los españoles que esta Segunda Restauración iba a producir la inmediata reconciliación de todos ellos en el común empeño de hacer una España mejor por más adecuada a los tiempos nuevos.
El año 1970 se hizo y se publicó un informe sociológico sobre la situación social de la España de aquel tiempo, tan criticado y despreciado hoy en día. Dicho documento decía –entre otras muchas cosas de particular interés– que dentro del pueblo español se notaba la presencia de varias actitudes políticas, algunas extremadas a izquierda o derecha de las mayoritarias y centradas. Todas –como es lógico– pensaban más en el futuro que en el pasado, pero tanto la extrema izquierda como la derecha coincidían en que el mañana no podía ni debía hacerse enterrando el ayer, sino teniéndole siempre presente, los zurdos para satisfacer su espíritu de revancha y los diestros por afán de superación. La mayoría de los españoles –según el informe– miraba sin embargo al pasado con el limpio deseo de rectificarlo en cuanto tuviera de reprochable para poderlo seguir utilizando en lo mucho valioso que guardaba, aunque solo fuera como buen o mal ejemplo... Los españoles de hace treinta y nueve años no deseaban enterrar el pasado sino guardarlo en el baúl de los recuerdos para poderlo sacar en el momento y en la medida e intensidad que conviniera o hiciera falta.
Todos los grupos sociales, tanto los diferenciados por razón de edad como los divididos a causa de su actividad profesional, coincidían –en un porcentaje superior al 70 % de sus respectivos censos– que el factor social más positivo de cuantos tenía entonces España a su disposición para construir su futuro era el de que su juventud no hubiera hecho ni vivido la guerra civil de 1936-1939. Los autores del informe que comento señalaban que «lo más positivo que se puede decir después de un siglo y medio de guerras civiles es que las actitudes de los españoles parecen querer concluir definitivamente con este trauma colectivo que entre nosotros ha hecho historia». La práctica totalidad de los militares en activo compartía ese deseo, aunque simultáneamente todos ellos pensaran cumplir con su obligación de mantener el régimen y defender la integridad de España en cuanto fuera necesario.
Diferente era la actitud de los españoles «civiles» o «paisanos». Los pertenecientes a grupos de extrema izquierda, junto a los miembros de la izquierda clásica e incluso los de la izquierda moderada, se manifestaban en privado –e incluso en público cuando podían hacerlo– como poseídos de un afán de revancha, en el sentido de no conformarse con un simple pase de página en el libro de la historia ni menos aún con hacer borrón y cuenta nueva en el de la contabilidad política hispánica, sino en el de volver atrás, ganar la guerra perdida en 1939 y reanudar la interrumpida construcción de la avanzada República social muerta en 1936. No tiene nada de extraño que los españoles agrupados en núcleos de extrema derecha manifestaran su intención de oponerse con todas sus fuerzas a tan reaccionarios deseos, que incluso aparecían de vez en cuando en determinadas voces del antiguo Partido Socialista.
La gran mayoría de los españoles con capacidad de actuar políticamente en los años 70 del siglo pasado estábamos convencidos de que tras la muerte de Franco habrían de cambiar bastantes aspectos o muchas características de su régimen, pero no todos coincidíamos en la necesidad de sustituir las Leyes Fundamentales de aquel Reino católico, social y representativo por una Constitución que garantizara la alternancia de partidos. Dentro del franquismo, a su derecha, quienes defendían el conservadurismo social y la tecnocracia autoritaria sentían que les pesaba como una losa el haber servido a quien empezaban a llamar en la intimidad Dictador, a ver si de esta manera hacían méritos para formar parte de la nueva aristocracia política llamada a configurar la también nueva Monarquía. La mayor parte de los españoles, fueran antifranquistas, franquistas de izquierda o simplemente franquistas, demostraron durante aquel decenio, antes y después de la muerte del Generalísimo, que deseaban llegar a una democracia semejante a las predominantes en el mundo occidental, pero partiendo y caminando desde las leyes franquistas: Por eso no hubo durante aquel decenio, aparte de las inevitables algaradas propias de la extrema izquierda, manifestaciones en contra o a favor de nuevas soluciones políticas. El pueblo español aceptó que el franquismo muriera con Franco porque así estaba establecido por Franco y los franquistas, para dar paso al Rey que el Caudillo había criado a sus pechos y a los franquistas monárquicos que tanto y tan bien habían prosperado durante el último franquismo. Por eso aprobó sin demasiada oposición la Ley para la Reforma Política del sistema que había aceptado y servido durante cerca de treinta años. Por eso eligió sin demasiadas pugnas unas Cortes que nunca se le dijo iban a ser Constituyentes, las mismas que después fueron utilizadas por el Rey y su cortejo sociopolítico para romper con el franquismo en vez de para reformarlo y mejorarlo...
Pero de esto y de sus consecuencias, que ahora estamos viviendo, ya tendremos ocasión de seguir hablando.
 
 
 
 
 ZAPATERO Y EL MATERIALISMO LEGISLATIVO 
Pablo Molina
LibertadDigital.com
Un rasgo distintivo del progresismo es su desprecio hacia el orden natural de las cosas. No se trata de algo casual, sino de un requisito necesario para su plan de transformar la sociedad en función de patrones ideológicos. Al progre de izquierdas no le gusta la realidad ni la forma en que la sociedad se organiza espontáneamente, de ahí su propósito permanente de subvertir los valores en que se fundan las relaciones humanas.
Pero esta tarea de subversión necesita revestirse de cierta legitimidad bajo el imperio de la democracia, porque de lo contrario la injusticia del abuso se haría demasiado evidente. Las leyes –o, más específicamente, el Boletín Oficial del Estado– son el instrumento de que se valen para legitimar las tropelías que cometen desde el poder.
Para la mentalidad democrática, es decir socialdemócrata, el hecho de que una decisión del gobierno se convierta en material legislativo y aparezca en el boletín oficial correspondiente es la garantía de que el contenido de la misma es bueno para los ciudadanos, que no tienen más opción que el acatamiento, si no quieren ser considerados unos peligrosos intolerantes. En el currículum de la nefasta asignatura «Educación para la Ciudadanía» se establece específicamente el derecho positivo como fuente de moral ciudadana, suceso que en la tradición jurídico-filosófica occidental aparece, como una enfermedad, bajo los regímenes totalitarios. De hecho, la filosofía del derecho o el arte de lo justo (jurisprudencia) no sólo distingue entre legitimidad y legalidad o entre legal y justo, sino que advierte muy seriamente de que las decisiones jurídicas adoptadas incluso por una cámara de representantes elegidos democráticamente constituyen en muchas ocasiones una vulneración de los derechos civiles de las minorías.
Ante el gobierno democrático, toda limitación estatal se derrumba bajo esta ficción: el hecho de que el político deba rendir cuentas ante un parlamento elegido por sufragio hace innecesaria cualquier limitación, por lo que las salvaguardas tradicionales que mantenían los derechos y libertades individuales a salvo de la intromisión estatal no son precisas.
Zapatero se escuda en esta suerte de materialismo legislativo para eludir cualquier responsabilidad moral respecto al resultado de su política (la ética de la convicción convertida en sumo principio moral de la democracia). Sobre el aborto no se pronuncia personalmente, salvo para exhibir una sentencia del Tribunal Constitucional que validó la ley actual, como tampoco lo hace sobre la grave cuestión de las familias que no pueden escolarizar a sus niños en el idioma materno, como ocurre en varias regiones españolas. Según Zapatero, hay leyes autonómicas que garantizan la enseñanza del castellano, luego cualquier otra apreciación sobre la forma en que se aplican, o sobre si en el propio texto legislativo se vulneran derechos básicos, carece de relevancia.
Con el nuevo estatuto catalán ocurrirá exactamente lo mismo en cuanto el TC se pronuncie favorablemente sobre su contenido. La evidencia de que esta norma dinamita el orden constitucional y establece una discriminación abusiva entre aquella comunidad y el resto de España no interpela su conciencia como gobernante, cuyo primer deber es garantizar el bien común. Todo queda reducido a una decisión jurisdiccional, tomada además en órganos en los que funciona milimétricamente la lógica partitocrática, de tal forma que conceptos como bien común, igualdad, solidaridad, justicia o derechos civiles quedan completamente eliminados.
Aquí se pone de manifiesto la perversidad política de Zapatero, pero con todo esto es mucho más grave que el fenómeno subyacente a toda concepción positivista del Derecho: la impotencia de la ley. Mas lo de ZP no es sólo positivismo rampante, sino algo peor, puro materialismo, como las categorías clásicas marxistas, en este caso el darle a la ley una misión histórica, reformadora de la sociedad y de la naturaleza del hombre, según un patrón ideológico.
Zapatero, claro, no está solo en esta función de sustituir la lógica y el respeto a los derechos elementales. Le acompañan como cooperadores necesarios los órganos judiciales y todo un elenco de catedráticos de derecho político (ahora constitucional) que nunca antes habían caído tan bajo en lo que se refiere a conocimientos y honestidad intelectual. A pesar del abundantísimo material con que cuentan para realizar una crítica jurídico-política contundente respecto a las cuestiones más candentes de la actualidad nacional, sólo se les escucha cuando colocan una sabanita en los periódicos nacionales para dar por buena la última tropelía de las Cortes Generales o exigir cosas tan peregrinas como llevar a Aznar ante el Tribunal Penal Internacional.
La forma de ver la política de Zapatero es idéntica a la de los déspotas comunistas. También a ellos les bastaba con poner en el primer artículo de la ley fundamental de turno que su nación era un Estado democrático garante de los derechos civiles de la ciudadanía para saldar el expediente y convertirse en admirados defensores de la libertad.
Sin embargo, la izquierda sólo es partidaria de obedecer las disposiciones legales emanadas del órgano legislativo cuando está en el poder. Mientras está en la oposición no reconoce más legitimidad que la de «la calle» (antes «el pueblo»), a la que pueden llevar del ronzal gracias a su entrenamiento en la manipulación de masas, que dura ya más de un siglo.
Hayek denunció hace más de treinta años el peligro de que la democracia liberal degenere en tiranía si no se otorga la debida preponderancia a las tradicionales limitaciones al poder del Estado. Su advertencia es hoy, en la España de Zapatero, más pertinente que nunca.

 
 
 
EL ISLAM AVANZA POR DOQUIER… Y APUNTA HACIA ESPAÑA
J. Gómez Montero
ElManifiesto.com
 

Cada nación, digna de serlo, tiene un proyecto geoestratégico, para el cual sus dirigentes juegan sus bazas. Se trata de situarse en el mundo. Hubo un tiempo en el que algo llamado «la Cristiandad», aún no compartiendo un mismo proyecto, tenía consciencia de pertenecer a un conjunto en el que todos, aunque con matices, se reconocían. Y cuando las cosas se ponían feas y el enemigo común amenazaba la unidad de ese mundo, todos (algunos más que otros) partían y daban la batalla por defender ese mundo en el que se reconocían.

Hoy la vieja Cristiandad se niega a sí misma, mientras los hijos de Mahoma se reafirman en su objetivo: la conquista del mundo infiel en nombre de Alá. Puede parecer que no tienen los medios para alcanzarla, pero cada día están más cerca, y si algo nos les falta es el sentido de unidad en el destino.

Tiempo atrás mi espíritu aventurero me llevó de un país a otro, y pude comprobarlo: ¡en todos y cada uno de ellos vi una mezquita! El Islam está presente en todos los continentes. En China, por ejemplo, son más de 100 millones de musulmanes que tienen el mismo objetivo que los 20 millones de musulmanes de Europa o que nuestros queridos vecinos del sur.

En Beirut estuve en una clase de historia de la que consideran la mejor universidad del mundo musulmán, la American University of Beirut, donde se adiestran sus elites y donde no faltaban descapotables conducidos por chicas de pañuelito o sin él. Allí el profesor de historia (norteamericano), desplegando un mapa en el que Israel no existía, explicaba que en el sur de España la gente quiere la independencia en nombre de Alá. Añadía que en España cuando decimos olé queremos decir Alá. Os podéis imaginar cuál fue mi respuesta y la que se armó en el aula. En Siria encontré un gran comercio llamado Alhambra y otro Al-Andalus. A buen entendedor pocas palabras bastan.

En Tioman, una islita paradisíaca (sin carreteras y sin vehículos) de Malasia, saludé a un imán y a su sequito (llevaban todos su túnica blanca) con un: «Sala malik ken». El imán abrió los ojos de par en par y me preguntó de dónde era. Al final nos entendimos en ingles. «Soy español», le dije. Ante lo cual me tendió la mano justo antes de preguntarme si era musulmán, y al responderle que católico, apostólico y romano, le mudó la cara de color y se marcharon. Me quedé hablando con uno del séquito, quien me explicó que aquel con el que había hablado era el nuevo imán mandado desde Arabia Saudí y que en teoría no dan la mano a infieles.

Por cierto, en la playa hacía un calor de mil demonios. La verdad es que nunca he conseguido entender cómo logran sobrevivir al calor yendo vestidos de la cabeza a los pies. (Yo, por mi parte, iba armado con bermudas y la primera novela de Esparza).

En Hainan, una isla del sur de China situada en el Mar de Vietnam, una chinita musulmana intentaba vendernos perlas en la playa, y nosotros íbamos diciéndole que repitiera «Zapatelo embustelo» mientras lo grabábamos con el móvil. Cuando le pedimos que dijera algo de Sadam –ya ni recuerdo de qué se trataba; que seguro que ella ni lo entendía–, sus ojos se encendieron como los del imán y se puso a gritar algo contra América, Bush y los cristianos. Así que no compramos las perlas terroristas y nos fuimos.

En Phi-Phi una islita del sur de Tailandia, nos despertaban los cánticos del imán llamando a la oración cada mañana al salir el sol.

En Bondi Beach (Sidney) no pudimos ir a las playas durante días, pues la policía las había cercado. La violación de una australiana a manos de un musulmán había dado lugar a batallas campales en todo el país. Miles de jóvenes se daban cita en las playas a través de internet. De un lado, jóvenes australianos, experimentando aquellos mismos sentimientos que tiempo atrás habíamos vivido nosotros en El Ejido o Ca’n Anglada. Del otro, jóvenes musulmanes (en su mayoría nacidos en Australia) que en vez de avergonzarse y rechazar el comportamiento de su paisano, acudían en manadas a la llamada étnica del grupo.

¿Qué es lo que os quiero decir con todas estas anécdotas? Que no son coincidencia, que todo musulmán siente un nexo de unión muy fuerte. Aunque les separen miles de kilómetros, raza e idioma, todas sus elites persiguen un mismo fin del que ha ido mamando el pueblo a través de la televisión, la radio, la escuela, las mezquitas y los imanes. Añoran un pasado de esplendor personificado en el califato de Córdoba.

Después de Israel, justo en el momento en que éste caiga, toda esa presión, odios y rencores se abatirán sobre España. Israel no es, para mí, un ejemplo a seguir, ni histórico ni ético, pero aquí me remito a las palabras de José Javier Esparza: «Y mi enemigo no será sino éste: el que con más fuerza amenace mi supervivencia».

 
 
 
 
¿ES QUE NO TIENEN OTRA COSA QUE HACER NUESTROS MAGISTRADOS?
Roberto Arias
ElDiarioExterior.com
 
 
Israel califica como «muy grave» que un magistrado español intente juzgar a un ministro hebreo
 
El 22 de julio de 2002 Beniamin Ben Eliezer, más conocido como Fouad, dio la luz verde para que un caza de combate lanzara una bomba de una tonelada contra la casa de Salah Shehade, jefe del brazo armado del grupo islamista Hamas. En el ataque en pleno centro de la ciudad de Gaza, Israel no sólo mató a Shehade sino también a 14 civiles.
La decisión del juez de la Audiencia Nacional, Fernando Andreu, de tramitar una querella contra él y otros seis israelíes por presunto «delito contra la humanidad» ha provocado estupor y mucha sorpresa en Israel. Los principales medios se hacen eco de la noticia, que en muchos casos encabeza sus telediarios o páginas electrónicas.
El ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, afirma en un comunicado que «hará todo» por anular la querella admitida a trámite.
Uno de los implicados, el actual ministro Avi Dichter se queja de que «Israel es un objetivo fácil, no presentan denuncias contra potencias como Gran Bretaña o Estados Unidos en Afganistán. Espero que recapaciten. Israel nunca ha atacado a civiles de forma intencionada».
Hace unos meses y tras enterarse de las intenciones de grupos palestinos de acudir al tribunal español, la ministra israelí de Exteriores, Tzipi Livni se dirigió a su homólogo español, Miguel Ángel Moratinos, para intentar solucionar el caso. «No podemos aceptar que una denuncia política antiisraelí dañe a oficiales reservistas», le pidió.
Livni, candidata del partido Kadima en las elecciones del 10 de febrero, confiaba con esta petición que España hiciera como Reino Unido en el tratamiento de posibles denuncias contra oficiales israelíes.
De hecho, España e Israel mantuvieron contactos secretos para que dicho caso no provocara un incidente diplomático. Al mismo tiempo, Exteriores en Jerusalén pidió a Ben Eliezer y otros ex oficiales no viajar a España. 
 
 
¡QUÉ MEMOS!
LD (Europa Press)
 
 
IU pide que RNE cambie de nombre porque le encuentra una «connotación franquista»
 
Llamazares ha pedido al Gobierno que Radio Nacional de España cambie de nombre porque en el actual, dice, «existe una connotación franquista». Quiere que la emisora pierda el calificativo de «nacional» que ya ha desaparecido de otros organismos, como el antiguo Instituto Nacional de Meteorología.
Llamazares había dirigido una pregunta por escrito al Ejecutivo en la que le consultaba si tenía previsto cambiar la denominación de RNE y proponía que se llamase Radio Española, «como es el caso de Televisión Española».
El Gobierno envió la pregunta parlamentaria al presidente de la Corporación RTVE, Luis Fernández, quien responde que no es su competencia responder a preguntas formuladas al Ejecutivo. En opinión de Llamazares, el gabinete de José Luis Rodríguez Zapatero trasladó la pregunta a Fernández «con la intención de eludir su responsabilidad y dar una larga cambiada», evitando así tener que pronunciarse sobre este tema.
En cualquier caso, el diputado de IU aseguró que volverá a presentar la misma pregunta al Ejecutivo socialista para saber si éste quiere o no cambiar el nombre de Radio Nacional de España. 
 

Y mientras ellos, los políticos españoles, se entretienen en estas cosas, el país a la deriva…

 

 
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