Bienvenido a la Hermandad del Valle
    Búsqueda


    Menú
· Inicio
· Presentación
· Estatutos
· Conversaciones
  en el Valle

· Convocatorias
· Recomendar
· Contacto
    Publicaciones
· Altar Mayor
· El Risco de la Nava
· El Brocal
El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 449
Wednesday, 11 February a las 17:18:44

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 449 –  10 de febrero de 2009

SUMARIO

  1. Apuntaciones sobre el islamismo y la violencia. Antonio Castro Villacañas
  2. España 2011: ¿pobre y conflictiva?. Fernando de Haro
  3. Un estado para Urkullu. M. Martín Ferrán
  4. El gobierno de Navarra y el vascuence: durmiendo con su enemigo. Fernando José Vaquero Oroquieta
  5. Vocación por lo absoluto. Carlos Mira


APUNTACIONES SOBRE EL ISLAMISMO Y LA VIOLENCIA
Antonio Castro Villacañas

Conviene recordar de vez en cuando algunas verdades evidentes. Por ejemplo, que la inmensa mayoría de los países musulmanes padecen retraso y estancamiento cultural y social. O que el más cruel y brutal terrorismo casi siempre tiene raíces islámicas. No es una falsa creencia la hoy mayoritaria en la opinión pública occidental de que por desgracia lo islámico está asociado a masas aborregadas, mujeres esclavas, y fanáticos dispuestos a hacer saltar por los aires navíos, trenes o cualquier otro medio de transporte.

También es verdad que por ignorancia, oportunismo, convicción o conveniencia, bastantes políticos, intelectuales o periodistas, desde hace algún tiempo vienen trabajando para darle cierto barniz de respetabilidad a la estupidez y el atraso social de lo islámico. Así, concretamente en España, se nos quiere hacer creer que Al-Andalus fue una realidad política y social muy superior en casi todo a la de los condados y reinos cristianos... Sin duda por ello la herencia de Al Andalus, recibida y consolidada en los países del norte africano, es muy superior en todo a la de Portugal, España y Francia, como lo demuestra el gran número de franceses, españoles y portugueses que han emigrado desde Europa al Magreb –y siguen emigrando a diario– en busca de mejores oportunidades de vida y de formas individuales y colectivas de vida más calificadas.

Cualquier persona medianamente culta sabe que el islam es una religión profundamente monoteísta, equiparable en este aspecto al judaísmo y al cristianismo, y también que como cualquier otra religión es digna de respeto, pero esa misma persona también sabe que para juzgar si es mejor o peor que las otras religiones monoteístas o politeístas no solo deben de tenerse en cuenta sus dogmas, sino muy especialmente también sus resultados a la hora de ponerlos en práctica; es decir, el tipo de sociedad que crea. El islamismo es, por tanto, no una simple lectura religiosa de un libro, sino también una lectura y una escucha política, social y jurídica de sus intérpretes y propagadores.

Hay, en consecuencia, diferentes tipos de islamismos. Conviene por ello distinguir entre unos y otros, para no dar el mismo trato a los islamismos terroristas –como los de Hamas o Al Queda–, a los filoterroristas –como Iran–, a los filodemócratas –como Turquía o Siria– o a los demócratas de veras –si es que de verdad existe alguno...–. Algunos expertos en esta materia dedican buena parte de sus energías a destacar que en la ortodoxia islámica hay elementos que se esfuerzan en sustentar una interpretación reaccionaria, misógina, teocrática y hasta violenta del islamismo, pero que también existen otros dedicados a resaltar su posible interpretación pacifista, democrática, heterosexual y progresista... Mi escaso nivel de conocimientos en esta y otras materias no me permite dudar de tales afirmaciones, pero tampoco disipa mi escepticismo el hecho de que no se ven, no se notan, no se sienten, las interpretaciones optimistas de un islam moderno.

 
Esos mismos expertos, u otros muy semejantes, nos dicen que una dualidad parecida la podemos encontrar también dentro de las demás religiones: hay judíos demócratas y judíos totalitarios, budistas pacíficos y violentos, cristianos misóginos y homosexuales, etc. Yo estoy convencido de ello. Creo asimismo en la existencia de un pensamiento musulmán progresista, defensor de la compatibilidad del islam con la razón democrática, que no deja de dar señales de vida desde que terminó la I Guerra Mundial. ¡Lástima que sus esfuerzos sean poco visibles, no hayan sido eficaces, no abran puertas suficientes para la esperanza...!
 

ESPAÑA 2011: ¿POBRE Y CONFLICTIVA?
Fernando de Haro
PáginasDigital.es


El pueblo contra los americanos. El pueblo contra la Iglesia. El pueblo contra los jueces. El pueblo contra los banqueros. Y, cómo no, el pueblo contra el pueblo. La semana que acaba ilustra con precisión la esencia de la estrategia política de Zapatero en los últimos cinco años, que ahora se extiende al mundo de la economía. En la semana en la que hemos sabido que el número de parados ha superado los 3.300.000 y que el número de cotizantes a la Seguridad Social (índice de la destrucción de empleo) se ha reducido en 350.000 era necesario un conflicto. A pesar de que hay 850.000 familias en las que no trabaja ninguno de sus miembros, el descontento social no se expresa públicamente. Pero hay un enfado sordo, informe, no canalizado.

El domingo, Zapatero anuncia que va a apretarle las tuercas a los responsables de la banca, el lunes los recibe en Moncloa y parece que no se ha oído una palabra más alta que otra, el martes su ministro de Industria asegura que al Gobierno se le está acabando la paciencia y el miércoles el vicesecretario del PSOE, José Blanco, vuelve a los paños calientes. Suficiente. La polémica por la falta de crédito está montada.
 
El asunto es complejo porque desde que en octubre estallara la crisis financiera internacional todo ha cambiado radicalmente. El plan de ayuda a la banca, que incluye compras de activos por parte del Estado por valor de 50.000 millones de euros y que parecía tan imprescindible en ese momento, según algunos está perfectamente superado por la política del BCE y en realidad las entidades están acudiendo a las subastas por puro compromiso. Quizás sea una exageración. Es cierto que hay una serie de factores que encarecen o hacen mucho más difícil el crédito. La tasa de morosidad del sector financiero español había alcanzado ya el 3,18 por ciento, el nivel más alto en más de la última década, y puede superar el 7 por ciento a finales de año. Los bancos no quieren aumentar ese índice porque les supone costes a través de las provisiones. El precio oficial del dinero ha disminuido pero, para mantener sus beneficios, aumentan los márgenes y las comisiones. Dicho de otro modo: a la demagogia del Gobierno no le falta cierta base. Pero hay irresponsabilidad manifiesta en canalizar el descontento hacia una banca «egoísta» y en hacer soñar con crédito más fácil.

Ha sido precisamente el divorcio entre la economía financiera y la economía real, que empezó en la época Clinton y que llevó a facilitar hipotecas a los que no tenían recursos para pagarlas, la que nos hace estar donde estamos. Es otra irresponsabilidad repetir, como hace Zapatero, que somos la octava economía del mundo y que saldremos pronto de la crisis. FUNCAS dice que la economía española caerá en 2009 un 1,8 por ciento. El FMI y Bruselas pronostican recesión hasta 2010. España es un país pobre que no ha desarrollado ventajas competitivas, con niveles educativos muy bajos y con índices de I+D muy bajos. En los últimos 12 años hemos conseguido un paréntesis de riqueza. Durante la primera legislatura de Aznar se practicó una política de austeridad presupuestaria y estabilidad monetaria con motivo de la entrada en el euro. Nos hemos beneficiado durante todo este tiempo de una moneda fuerte. Pero cuando ha cambiado el ciclo, con un altísimo déficit comercial, se nos ha caído el modelo encima. La recesión va a provocar que 2009 se cierre con un déficit muy por encima del 6 por ciento previsto. La deuda pública, según Standard & Poor, que acaba de rebajar nuestra calificación de solvencia, podría alcanzar el 60 por ciento del PIB en 2011.

Estas cifras que parecen tan lejanas de nuestra vida cotidiana tienen que ver con nuestro bienestar futuro. El aumento de deuda incrementa los tipos reales, el precio que el Estado tiene que pagar para colocarla (el diferencial, con el bono alemán en julio estaba en 29 puntos básicos y en los últimos días ha estado en 127 puntos básicos, lo que quiere decir que tenemos que pagar un 1,27 por ciento más que Alemania por el mismo tipo de deuda). Y eso supone que la financiación del Estado pesa cada vez más sobre nuestras espaldas. Más gasto, pero menos inversión.

El Estado se convierte en el competidor de las empresas y de la iniciativa social en la captación de recursos. Ya a mitad de octubre pasado Financial Times nos situaba, junto con Grecia, Italia y Portugal, entre los «países pigs» de Europa. Fue seguramente una denominación injusta, pero lo cierto es que España sólo ha estado fuerte cuando ha reconocido sus debilidades. Sacar pecho es inútil y contraproducente. No reformar el mercado laboral, aumentar el peso del Estado y, sobre todo, no fomentar una cultura económica en la que se recupere el esfuerzo, la mirada hacia el medio y el largo plazo y el sentido del trabajo nos hará más pobres. Más pobres y más enmarañados en conflictos sociales, reales e inducidos. La responsabilidad no sólo es del Gobierno. La sociedad civil, al menos en ciertos sectores, puede sustraerse a esa conflictividad que busca Zapatero y empezar a construir con todos aquéllos que estén sinceramente interesados por un bienestar estable.
 
 

UN ESTADO PARA  URKULLU
M. Martín Ferrand
Diario ABC

 
Incluso quienes sentimos la pasión de ser españoles y gozamos con los paisajes, las piedras y los sabores de este país hemos de reconocer que, si circunscribimos la observación a la política y sus protagonistas, lo mejor de España es el extranjero. Ser español y tratar de ejercer como tal, con respecto a las instituciones, resulta agotador. Baste pensar, como ejemplo, que el hecho elemental de que la bandera nacional, la roja y gualda, llegue a ondear en el Parlamento Vasco ha costado casi treinta años, desde 1980, y la acción de la justicia. Si uno de los diecisiete parlamentos territoriales en que la Nación expresa su voluntad es así de reacio a mostrar la bandera de todos, cabe preguntar sin esperar respuesta: ¿España es posible?

Ayer, en uno de esos desayunos en que los líderes políticos dicen lo que callan en sus tribunas naturales, el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, manifestó su disgusto ante el hecho de que la bandera constitucional luzca en el Parlamento de Vitoria. «Yo me siento solo vasco», enfatizó el sucesor, que no heredero, de Josu Jon Imaz. Demuestra la experiencia de la Historia que una incoherencia asumida suele resultar más demoledora que un tremendo error inadvertido. En ello estamos. Si el presidente de uno de los partidos con voz en el Congreso de los Diputados y en el Senado dice no sentirse español; las Cámaras, ¿pueden decirse representativas de la ciudadanía española?

Aún si se considera que estamos a solo veinte días de distancia de las próximas elecciones autonómicas en el País Vasco, el desplante de Urkullu resulta descortés. Rechina con la tradición de su propio partido y convierte en señoritismo el señorío de que siempre quisieron hacer gala sus predecesores. Si Urkullu, presidente del PNV, no se siente español, ¿por qué el Presupuesto General del Estado atiende la financiación de su partido?

Habla Urkullu de que la bandera en el Parlamento Vasco es la imposición de un emblema «por encima de los sentimientos y en base a la legalidad». ¿No debe de ser así? La legalidad no es algo menor en un Estado que pretende serlo de Derecho y los sentimientos, incluso los del PNV, se corresponden con un amplísimo catálogo de individualidades. Es muy cansado, ya digo, ser español; pero así, y más en tiempos de crisis, terminará por ser imposible. Cuando llegue ese día, ¿qué va a ser de Urkullu? Un Estado le vendría inmenso.
 
 

EL GOBIERNO DE NAVARRA Y EL VASCUENCE: DURMIENDO CON SU ENEMIGO
Fernando José Vaquero Oroquieta

 
Es evidente que el nacionalismo vasco nunca ha renunciado a la «unificación» de Navarra y Euskadi; una etapa imprescindible en su proyecto hegemónico de Euskal Herria. Lo que no siempre se ha evidenciado es la voluntaria y paradójica contribución de los sucesivos gobiernos de Navarra a esa machacona intromisión política que, ritual y periódicamente, denuncian.

Pero, ¿cómo podría ejecutarse tal unificación? Tácticamente, se nos ocurren tres alternativas:

1.       Mediante los rígidos mecanismos legales; en concreto, la Disposición Transitoria Cuarta de la Constitución española de 1978, y el Pacto sobre Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral de Navarra de 1982. Esta vía presenta, para su materialización, unas dificultades actualmente insalvables; no en vano se requiere una mayoría muy cualificada partidaria de la modificación del actual status, lo que no parece previsible dado el peso excepcionalmente mayoritario de UPN y PSOE y cierta incapacidad del nacionalismo vasquista en superar su «techo» electoral.

2.       «Independencia, aquí y ahora»: mediante alguna fórmula derivada de los diversos «planes Ibarretxe» o similares, o por medio de una expresión sorpresiva y contundente de la «ruptura democrática» propugnada por ETA y su MLNV. Ninguna de estas dos sub-vías son factibles, pues requeriría, en todo caso, una rendición del Estado español, con la consiguiente violación de Constitución, Amejoramiento y Estatuto vasco.

3.       Mediante fórmulas gradualistas: echándole imaginación; sirviéndose de lagunas legales; atrayendo la ingenuidad o complejos de inferioridad de quienes no comparten ese proyecto revolucionario. En cualquier caso se trata de unas posibilidades apenas dibujadas hoy día, si bien ya, en su momento, generaron algunas expectativas en torno al llamado «Órgano Común Permanente»; lo que en principio –pese a su periódica reivindicación por parte del PNV– parece haberse descartado. Pero, ¿no sería posible alguna otra modalidad «gradualista» aunque efectiva?

En torno a esa supuesta «nueva» vía, esbozada con efectos necesariamente a largo plazo, recogemos las interesantes reflexiones efectuada por Jesús Urra, un histórico militante navarro de la izquierda vasquista no abertzale (procedente de los restos de las antiguas LCR y MCE), publicada en la página 16 de la revista Hika (número 204, febrero 2009) que editan sus correligionarios vascos de Zutik (incorporados ahora a Izquierda Anticapitalista y hermanos de Batzarre, una de las fuerzas de Nafarroa Bai). Hemos de destacar que en Hika, un espacio muy interesante de reflexión colectiva de las izquierdas vascas, encontramos desde significativos representantes del PSE-PSOE, hasta cualificados miembros de la izquierda abertzale «oficial», pasando por numerosas expresiones de los movimientos sociales afines; un buen escaparate de las ideas-fuerza y tendencias de ese espectro político. Veámoslo. «Na-Bai […] debe reconocer y ser consecuente con un hecho sustantivo: la tendencia de la sociedad navarra en el único período largo de democracia (30 años) en que se ha podido expresar directamente –y este es un hecho nuevo e importante– refleja claramente la perspectiva de una Comunidad Foral constituida, independiente y claramente asentada. En consecuencia, la perspectiva que tenemos para bastantes años no es la unificación, sino la de reforzar los vínculos con la CAV, desarrollar las afinidades entre ambas comunidades…Igualmente, sería oportuno reflexionar acerca de admitir una moratoria en algunos temas centrales del llamado conflicto vasco-navarro, dada la excepcionalidad que impone ETA entre las gentes vasco o navarro-españolas y dada la falta de un consenso mínimo en la sociedad vasco-navarra para encarar los grandes temas pendiente».

Está bastante claro, pues, qué deben hacer los interesados en esa «unificación», sin prisas, pero sin pausa: «desarrollar afinidades entre ambas comunidades». Entonces, ¿se está trabajando en esa dirección?

Recordemos un hecho. El pasado 26 de enero de 2009, el consejero de Educación del Gobierno de Navarra, Carlos Pérez-Nievas López de Goicoechea, y la consejera de Cultura del Gobierno Vasco, Miren Azkarate Villar, suscribieron una Declaración de Voluntades para el fomento del vascuence en la que se afirmaba «Que el Departamento de Educación del Gobierno de Navarra y el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco, en el ámbito propio de sus respectivas competencias, comparten el interés por el intercambio de experiencias e información en materia de normalización lingüística del euskera». Pero, tal acuerdo, nos preguntamos, ¿no supone «desarrollar afinidades entre ambas comunidades»? Y se hace ¡desinteresada y voluntariamente!, suponemos. Este Gobierno, navarrista por definición, ¿no está adoptando, entonces, una de las tácticas posibilistas más significativas de sus temidos rivales panvasquistas? ¿No está trabajando, pues, para beneficio otros? ¿Qué está pasando?

Destaquemos una circunstancia muy relevante: dicho acuerdo se sirve, tal y como denunció el Partido Popular de Navarra en un comunicado difundido el día siguiente del evento, de la perspectiva propia del nacionalismo lingüístico vasco; por ejemplo, al emplear conceptos como el de «normalización». Otro ejemplo de uso pernicioso del lenguaje. Acaso, ¿el vascuence está discriminado en Navarra? Y, desde otra perspectiva, ¿todavía ignora, el consejero de Educación del Gobierno de Navarra, que el euskera batua está concebido como un instrumento decisivo para la «construcción nacional vasca»?

En realidad, esta noticia tampoco nos toma desprevenidos; de hecho, es una de tantas cesiones del navarrismo gubernamental ante las pretensiones de los incansables «actores sociales» del euskera panvasquista. Así, recordemos, la implantación de la toponimia euskérica en Navarra se ha efectuado desde la quimera artificiosa de la «reconstrucción» lingüística del batua; olvidando las especificidades de los dialectos del vascuence navarro. Y podríamos hablar también de la cuestionable implantación del euskera en el sistema educativo navarro y en las mismas administraciones públicas; en la polémica zonificación de la oficialidad de los idiomas hablados en Navarra; en el siempre privilegiado tratamiento de las ikastolas; en la timorata y limitada gestión de la reimplantación de las cadenas públicas vascas de televisión por medio de la TDT en Navarra; etc.

Y es indiferente que este «nuevo» episodio sea –acaso– efecto del desesperado esfuerzo de CDN, socio de UPN en el actual Gobierno, por delimitar y mantener un espacio programático y electoral propio ante las diversas amenazas de extinción que sufre; no en vano el presidente Miguel Sanz ha avalado este pacto. En definitiva, y con la gravedad que ello implica, este nuevo hito es coherente con esa larga política de acomodación gubernamental ante la presión de los activistas de la euskaldunización política.

Nos encontramos, de este modo, en una situación paradójica. A corto plazo, y a medio también, la estabilidad del régimen político navarro está garantizada; incluso con la posibilidad de una alternancia UPN-PSOE en el gobierno foral. Pero, a largo plazo, se están potenciando las bases de su desestabilización; pues cierta cultura que se impone –en este caso por medio de la punta de lanza del euskera político– no es neutra, por mucho que pretendan tranquilizarnos unos (los vasquistas por prudencia, para «no asustar») y otros (los navarristas gubernamentales, para justificar sus contradicciones). Ya lo señalábamos antes: el euskera y su compleja y atractiva cultura, en buena medida, son armas decisivas de la «construcción nacional». Y así seguirá siendo mientras no se le contraponga una política cultural alternativa y atractiva; pretensión en tantas ocasiones declarada, pero nunca afrontada con decidida voluntad política y las subsiguientes iniciativas legales y materiales.
 
 

VOCACIÓN POR LO ABSOLUTO
Carlos Mira
ElDiarioExterior.com

Después de leer los diarios del fin de semana pasado, se tiene la sensación de que el mundo tiene una vocación irrefrenable hacia el absolutismo, cuando no directamente hacia el estado despótico.

Quizás, después de todo, no sea cierto que el hombre es un ser cuya tendencia natural lo inclina hacia la libertad, sino que, al contrario, la libertad sea un trabajo, el fruto de un esfuerzo arduo y pertinaz que, en cuanto se afloja, se pierde a manos de la esperanza siempre viva de que es posible vivir mejor bajo un régimen en donde un selecto grupo de privilegiados decide la vida de todos.

El estallido de la crisis de 2008 ha hecho renacer esa utopía. La edición de La Nación del domingo 1 de febrero daba cuenta, por ejemplo, de que en Rusia miembros del Partido Comunista y del Partido Bolchevique Nacional (algo así como un neonazi-comunismo) se manifestaron en varias ciudades en contra el capitalismo y por la vuelta a la panacea del estado socialista. ¡En Rusia! Un país que durante los 70 años de dominio comunista no sólo no fue capaz de acceder a los más mínimos elementos de confort moderno para su pueblo, sino que estuvo a punto de matarlo literalmente de hambre. Pues bien, estos muchachos, algunos de ellos enfundados en rutilantes camisas Burberry´s, abogaban por la socialización de los medios de producción como si la experiencia fuera completamente nueva.

En la vereda de enfrente, el partido oficial del primer ministro Putin, «Rusia Unida», apela al clásico melodrama fascista de la «unidad» para salir del pantano. Unidad, por supuesto, dirigida y supervisada por la mano de hierro de un mandamás.

Nadie parece confiar en las fuerzas creativas del hombre individual. De un lado o del otro, todos parecen converger en la convicción común de que una casta apoltronada en el poder manejando los destinos de la sociedad a su antojo es la única solución posible.

En la cuna de la bravura individual, los Estados Unidos, el país que hasta ahora se había diferenciado de todo el resto por haber evitado caer en esos desvaríos totalitarios, también se ha puesto la esperanza en el Estado. No quizás con la concepción absolutista que las diferentes extravagancias nacidas del hegelismo europeo hizo proliferar en el mundo del siglo XX, pero si con un alejamiento preocupante de las convicciones americanas clásicas de que es el hombre individual el único capaz de desarrollar una actividad creativa e innovadora que haga posible la evolución y el progreso.

Los países europeos, inmersos en una historia ligada a la supremacía del Estado, que han visto a los arrestos de libertad más como ventarrones de desconfianza que como inercias liberadoras de los espíritus y del desafío a las verdades establecidas, parecen haber recibido la crisis con la dosis de algarabía necesaria que justifica su regreso al redil protector del Estado dueño de todo.

Ni hablar de la cultura latinoamericana, heredera, quizás, de una de las peores cruzas posibles para la libertad: la del poder absoluto y la corrupción. Allí, la crisis es un anillo al dedo de los corruptos y de los que se adueñan de los lugares públicos para su beneficio personal. La crisis es para ellos una especie de suplente de la guerra: frente a ella hay que actuar con excepcionalidad, hay que pedir sacrificios, limitación de los derechos, más poder para poder lidiar con la malaria. La gente, por su parte, ha creído razonable reconocer el poder absoluto porque, después de todo, todos tienen que sacrificar algo para contribuir a la solución.

El mundo no saldrá del marasmo en que se metió con la suma del poder público, con nacionalizaciones y con el achicamiento del derecho civil. Ya sabemos cómo termina esa historia. Es falso que esta sea una crisis del capitalismo. Esta es la crisis de la aspiración fascista de que es posible poner a salvo todas las ventajas del capitalismo y evitar todos sus «malos tragos».

En el pasado, el mundo atravesó situaciones parecidas o peores. Pero, frente a las consecuencias, no se dejó actuar la lógica de la «destrucción creativa» con que Schumpeter definía al capitalismo y se intervino para atenuar los efectos, siempre bajo la omnímoda convicción del dirigismo de que un grupo de iluminados logrará hacer una tortilla sin romper ningún huevo. Como consecuencia de ello se salvó a jugadores que las reglas del capitalismo habrían condenado.

El resultado de semejante intervención ha sido la creación de una convicción generalizada de que es efectivamente posible hacer cualquier cosa sin sufrir las consecuencias. Frente a un mundo de inimputables, las apuestas subieron porque el intervencionismo había logrado destruir el reloj del riesgo. El capitalismo funciona porque existe el riesgo. Sin riesgo no hay capitalismo. Por ello esta es una crisis del fascismo. Y pese a la aparente vocación absolutista de la humanidad, no se saldrá de ella con más fascismo, sino con más capitalismo. Sin embargo, cuidado: con el capitalismo en donde el reloj del riesgo funcione y no sea manipulado por relojeros que, en el mejor de los casos, no entienden nada de relojes… Y que, en el peor, sólo quieren que el reloj funcione a su favor.

 
    Opciones

 Versión Imprimible Versión Imprimible

 Enviar a un Amigo Enviar a un Amigo

Disculpa, los comentarios no están activados para esta noticia.