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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 519
Monday, 26 July a las 15:15:00

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 519 –  12 de julio de 2010

SUMARIO

  1. ¿Estamos ante un golpe de estado?, Alberto González Rodríguez
  2. De burkas y libertades, Miguel Ángel Loma
  3. Cultura del akelarre, Javier Compas
  4. Las verdades del juez Serrano, Francisco Contreras
  5. Los socialistas dan ejemplo, Juan Manuel de Prada
  6. La carrera que yo habría querido hacer, Antonio Martínez


 
¿ESTAMOS ANTE UN GOLPE DE ESTADO?
Alberto González Rodríguez
(RenL

Sobre lo dicho en 1930 por Curzio Malaparte, ya en nuestros días Finer, Books y otros tratadistas han precisado qué es, y cómo se realiza, un golpe de Estado: Una opción de hacerse con el poder que suele identificarse con el levantamiento revolucionario de unos militares. Modalidad frecuente, en efecto, en países tercermundistas, pero que no es así, ni mucho menos, en todos los casos.

En cuanto a qué es, el concepto «golpe de estado» se aplica a la operación o conjunto de operaciones realizadas no necesariamente de forma violenta, ni por militares, sino muy a menudo por poderes civiles, mediante acciones de diversa índole tendentes a generar un caos social que desestabilice a quien titulariza el poder, a fin de provocar su caída y arrebatárselo, para subvertir el orden constitucional e instaurar otro distinto al hasta entonces establecido. A tal modelo responden –por ejemplo– los de Batista, Cuba, 1952; Gadafi, Libia 1969; Teodoro Obiang, Guinea, 1979; o Chile, 1973, que derribó a Allende.

Otra variante de golpe de Estado es el que perpetran, no los que están fuera del poder para apoderarse de él, sino quienes ya lo detentan, para evitar que otros puedan acceder al mismo por los métodos establecidos legalmente. Es el que suele llamarse «autogolpe, o golpe de Estado institucional». Ejemplos de tal modalidad resultan los de Alfonso XIII y Primo de Rivera en España, 1923; Fujimori, Perú, 1992; Musharaf, Pakistan, 2007; o el más reciente y conocido de Zelaya en Honduras, 2009.

En el primer caso, el golpe de Estado se trata de una acción por lo general sorpresiva, contundente, y de poca duración, no exenta en su caso del uso de la violencia. En el segundo los pasos son más sutiles y dilatados en el tiempo, no concretándose como algo unitario y rápido, sino como una serie de pasos sucesivos. Lo que pudiera llamarse «golpe de Estado poco a poco», que se va logrando por la devaluación progresiva del ordenamiento institucional vigente; el aislamiento y destrucción de la oposición política; anulación o debilitamiento de los medios de comunicación, poder judicial, ejército, Iglesia, sindicatos, y demás sectores económicos, culturales y sociales no afines y, en general, supresión o ignorancia de cuantas instancias a cualquier nivel puedan oponerse a la absorción absoluta del poder por parte de los golpistas. Modalidad que podría llamarse «golpe de Estado de guante blanco», si no fuera porque de ordinario se realiza de manera tan evidente que todo el mundo percibe que la operación en marcha es la que es. 

Pasos perfectamente medidos del proceso tendentes a crear un clima propicio al golpe son la alteración de la historia para rehacerla a gusto solo de la parte de la sociedad proclive al mismo; supresión de los principios religiosos y morales; normalización de toda clase de aberraciones, desde el aborto a la eutanasia; degradación de la educación y la disciplina familiar; lenidad ante la corrupción; anulación del sentido de responsabilidad política, y otros, como concesión a los sectores más radicales para afianzar su adhesión. A lo que se une la exacerbación del consumismo y la sexualidad en sus aspectos más degradantes; la tolerancia, cuando no estímulo, de actuaciones que colisionan gravemente con el orden constitucional vigente en materia de terrorismo, o separatismo de ciertos territorios del Estado como paso previo a su segregación de la Patria común, con la finalidad de propiciar cuanto pueda contribuir a fracturar y debilitar la sociedad a fin de dejarla inerme frente al golpe.

Todo ello a través del torcimiento de la ley y la coacción, bajo diversas fórmulas, del poder judicial y demás órganos que aseguran la estabilidad del régimen a suplantar. Actuación a la que se añade la creación y mantenimiento de una situación de inestabilidad social y crisis económica en que la única posibilidad de subsistir sea mantenerse fiel a quien reparte los trabajos, ayudas y subvenciones, hasta alcanzar lo que se ha dado en llamar «pobreza controlada». Esto es, el clima de «tensión que beneficia», que alguien propició en su momento.

Observando el panorama actual de España, donde las instituciones aparecen cada vez más devaluadas y entorpecidas en el cumplimiento de sus funciones, y la ciudadanía cada vez más crispada y enfrentada, merced al impulso de una memoria histórica dedicada a abrir viejas heridas en lugar de a cerrarlas, cuyo resultado es una creciente fractura social que hace temer su división de nuevo en dos bandos irreconciliables, muchos empiezan a preguntarse con perplejidad: ¿Qué está pasando para que hayamos llegado a esto?

Lo que pasa, responden algunos, es algo tan grave que no puede resultar solamente consecuencia de factores adversos no controlables, sino resultado de la acción consciente de alguien dispuesto a todo con tal de perpetuarse en el poder. Esto es, de un proceso muy bien premeditado y programado.

Y relacionando todas estas cosas exclaman con honda preocupación:

¿Estamos ante un golpe de Estado?


DE BURKAS Y LIBERTADES
Miguel Ángel Loma

Cuando se puede despejar un balón en el área grande, peligroso es enredarse reculando para despejarlo en el área chica. Por eso, la prohibición del uso público del burka y del niqab, en tanto que ambas prendas ocultan el rostro de quien las porta, debería abordarse como una simple medida de orden público. Porque, aun sabiendo que el problema que aflora textilmente en este asunto hunde sus raíces en una cuestión de mayor complejidad, enredarnos en el debate sobre el significado religioso o cultural de su uso, en los límites de la tolerancia con otras culturas, en la dignidad de la mujer, etc., a lo único que nos conduce es a que, antes de que nos hayamos dado cuenta, tengamos las calles salpicadas de burkas, como ya sucede en muchos países europeos. Además, recuerdo perfectamente que uno de los motivos utilizados desde el poder, para justificar la intervención de nuestro Ejército en Afganistán era el de acabar con el uso del burka... ¿Y ahora resulta que lo vamos a permitir aquí?

Si hoy aceptáramos el uso público del burka, por un supuesto respeto hacia la diversidad cultural, ideológica o religiosa, mañana tendríamos que aceptar el derecho de cualquiera a salir a la calle como le plazca. Y así nos encontraríamos con quienes se cubren todo el año con el antifaz penitencial de su Hermandad; o con quienes prefiriesen deambular con un cucurucho en el pitorro como los bosquimanos visitantes de Gran Hermano; o con quienes se paseasen directamente en pelota añorando el adámico nudismo del edén antes del episodio serpentino. Y ni siquiera tendrían que justificarse alegando razones ideológicas, culturales o religiosas, ya que el derecho fundamental de libertad ideológica y religiosa ampara el absoluto silencio ciudadano cuando se es requerido sobre creencias o increencias personales.

O comenzamos a legislar clara y tajantemente sobre este tema, o acabaremos transformando nuestras calles en un permanente carnaval. Aunque, pensándolo bien, quizás sea eso lo que se pretenda con tanto enredo innecesario. 



CULTURA DEL AKELARRE
Javier Compas


Conozco Benamahoma, precioso pueblo de la sierra de Cádiz, lleno de cuestas, casitas encaladas con acogedoras chimeneas y unos magníficos desayunos de pan de pueblo con manteca de lomo, con su zurrapa, como debe de ser. Allí, en ese enclave de paz y belleza, un alcalde de esos al que el apelativo de cateto le viene al pelo, de esos mindundis de partido que quieren ser más zapateristas que Zapatero, ha tenido la ocurrencia de, en la noche de San Juan, organizar una especie de aquelarre en la plaza de toros del pueblo, con hogueras incluidas y la contratación, a expensas de los dineros de los contribuyentes, de una bruja, no sabemos si la famosa bruja Lola de la tele, para realizar un «rito de purificación» del citado coso taurino, lugar testigo de aquellas muertes que, en uno y otro bando de nuestra terrible Guerra Civil, asolaron el suelo de España.

El esperpento se realizó al amparo de la no menos delirante ley de la Memoria Histórica, ahora más que nunca memoria histérica, aunque el mismo Movimiento para la Recuperación de la Memoria Histórica lo haya criticado.

Joaquín Ramón Gómez, que así se llama el alumbrado alcalde de la pedanía, también ha sido criticado por los vecinos de la localidad y por sus propios compañeros del partido socialista, todo lo cual ha motivado, al fin un rasgo de coherencia en todo este despropósito, su dimisión que ha sido aceptada por la alcaldesa de Grazalema, también del PSOE, municipio al que está adscrita la pedanía de Benamahoma.

La intención, al parecer, era purificar la plaza de toros de los malos espíritus que, presuntamente, quedaron por allí desde los tristes sucesos de la guerra. No deja de ser curioso que un ayuntamiento gobernado por el PSOE, pues suponemos que un acto así debe de ser votado en un pleno municipal y no obra de un solo individuo, realice una celebración de carácter tan espiritual cuando es un partido tan abiertamente laicista, claro que a lo mejor las únicas celebraciones que molestan a los socialistas son las católicas y no estas pantomimas chirigoteras de presuntas purificaciones de espíritus, conjuros de brujas y aquelarres paganos del solsticio de verano.

Más le hubiera valido al alcalde emplear sus energías y el dinero de los contribuyentes en promocionar verdaderas iniciativas culturales en el bello marco de su precioso pueblo, como potenciar sus fiestas de moros y cristianos, que llevan al pueblo la algarabía de la pólvora, el colorido de las banderitas de colores, la alegría de las casetas, y, por cierto, la concurridísima procesión de San Antonio Abad, llevado en andas por costaleros, patrón de la localidad, así como fiestas taurinas en el «maldito» coso, aunque quizás, a tan espiritual alcalde, ni le guste la procesión del Santo, ni las luchas entre los fanáticos católicos y los tolerantes moros, ni los festejos taurinos en su acogedora y encalada plaza de toros.




LAS VERDADES DEL JUEZ SERRANO
Francisco Contreras

(ABC de Sevilla)


El Consejo General del Poder Judicial ha abierto expediente al juez Francisco Serrano; se le imputa la terrible irregularidad de haber presidido la Asociación de Investigación sobre Interferencias Parentales sin permiso (aunque el interesado asegura que informó al vicepresidente del CGPJ, Fernando de la Rosa, quien de hecho participó en las jornadas de la Asociación). Joaquín Moeckel se ha atrevido a decirlo: el CGPJ ha evidenciado «un celo muy especial contra un juez incómodo, políticamente incorrecto».

Serrano se había convertido en bestia negra de la prensa de izquierdas y las organizaciones feministas (la Federación de Mujeres Progresistas ya pidió hace meses que se le expedientara «por su ideología» [SIC], no por el asunto de la Asociación) desde que proclamó un secreto a voces: que la Ley contra la Violencia de Género (2004) ha dado lugar a innumerables abusos: denuncias falsas (sólo un 6.57% de las 480.660 interpuestas en los tres primeros años de vigencia de la Ley culminaron en sentencia condenatoria); recurso habitual a las acusaciones de maltrato en los procesos de separación… Pero es que Serrano no se limita a la fenomenología judicial, sino que profundiza hasta las raíces político-ideológicas: «hay un feminismo del resentimiento y del oportunismo que lucha por una nueva era de discriminación por razón de sexo basada en la ideología de género»; «más de 130.000 personas viven hoy en España de la llamada política de género».

Diego de los Santos ha hablado en un libro reciente del «régimen feminista de España». El ultrafeminismo generista (nada que ver con el feminismo razonable anterior a 1960 –las sufragettes, etc.– que se limitaba a pedir la igualdad de ambos sexos ante la ley) es, en efecto, una de las nuevas referencias con las que la izquierda ha remendado su orfandad tras el fracaso planetario del socialismo. La Ley de Violencia de Género está trufada de sectarismo feminista: no, obviamente, por intentar combatir la violencia doméstica (algo en lo que está de acuerdo cualquier persona de bien), sino por su diagnóstico de dicha violencia y las soluciones que arbitra. Las «soluciones» (ineficaces, pues el número de agresiones no deja de crecer) ya las conocemos: medidas preventivas y sancionatorias dirigidas específicamente contra los varones (la misma agresión es delito si es cometida por el hombre, y falta si es cometida por la mujer), con desdoro de los principios de no discriminación por razón de sexo y de presunción de inocencia, y medidas «educativas» dirigidas a erradicar los «estereotipos sexistas».

Más revelador resulta, sin embargo, el concepto mismo de «violencia de género». Teóricas como Celia Amorós insistieron en que el concepto «violencia doméstica» fuese sustituido por el de «violencia de género»: el primero es neutro y abarca cualquier agresión cometida en el hogar (con independencia del sexo del agredido); el segundo es un término ideológicamente cargado: presupone que la mujer es víctima por definición, y que la causa de la violencia estriba en las «relaciones de dominación patriarcal». El art. 1 de la Ley define así la «violencia de género»: «La violencia que, como manifestación de la discriminación, la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, se ejerce sobre éstas [por sus maridos o compañeros sentimentales]».

El ultrafeminismo es, a su modo, heredero del marxismo: sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos. La idea se repite en las principales teóricas del movimiento. Kate Millet definió la relación hombre-mujer como «una relación de poder»; Shulamith Firestone pensaba que la lucha entre los sexos es el motor de la historia, que las mujeres debían relevar al proletariado como sujeto revolucionario, y que el matrimonio y la familia eran formas de «violencia institucionalizada», diseñadas para mantener a la mujer en la sumisión. Es frecuente, también, la conceptuación de la masculinidad como agresiva y opresora: la mujer es «el sexo que engendra»; el varón, «el sexo que mata». «Los hombres aman la muerte» (Andrea Dworkin); «el macho humano es un animal depredador» (Germaine Greer).

Pero el ultrafeminismo yerra en su diagnóstico de la violencia doméstica. Si su causa estribara en la «mentalidad machista» y las «estructuras patriarcales», ¿cómo explicar que las tasas de feminicidio en Finlandia (9.35 por millón en 2000-2006) o Austria (9.40) sean casi cuatro veces superiores a la de España (2.81)? Si la tesis feminista fuera cierta, habría que esperar más violencia doméstica en los países mediterráneos y católicos en los que aún colean la supuesta «mentalidad machista» y la odiosa «familia tradicional». Pero ocurre exactamente lo contrario: mueren más mujeres en los muy secularizados y liberados países nórdicos y centroeuropeos (Francia, 5.22; Gran Bretaña, 4.20).

Quien se interese por la verdad, y no por dogmas sectarios, que busque otra correlación. Los países más feminicidas son los países con menor tasa de nupcialidad, los países en los que el matrimonio ha sido desplazado por la cohabitación. Y la cohabitación resulta ser un «factor de riesgo» de primer orden en la violencia doméstica: según un estudio del INCAS-CIDE, en 2001, la tasa de feminicidios en España fue de 0.31 por 100.000 en las parejas casadas y de 3.19 en las parejas de hecho; en 2002, de 0.30 y 3.13 respectivamente; en 2003, 0.39 y 4.21… La mayor parte de los crímenes se producen en el proceso de ruptura de la pareja. Y las parejas de hecho se rompen mucho más fácil y frecuentemente que los matrimonios. La Federación de Mujeres Progresistas puede ya pedir que me inhabiliten a mí también por «mi ideología».



LOS SOCIALISTAS DAN EJEMPLO
Juan Manuel de Prada
(Renl)

Leire Pajín, bendecida con los dones de profecía (como demostrara anticipando la conjunción planetaria) y de lenguas (como demostrara en su arenga políglota del Senado), quiere también revestirse con las virtudes cristianas, entre las que figura el desapego al dinero. Y, como aquellos primeros cristianos que depositaban todo lo que tenían a los pies de los apóstoles, ha anunciado Pajín que los dirigentes socialistas se bajarán el sueldo en una proporción mayor que los funcionarios, para dar ejemplo. En este gallardo gesto, los dirigentes socialistas pueden mirarse en el espejo de Bono, a quien la «extrema derecha» persigue con encono por «socialista y cristiano», según él mismo ha afirmado ante sus conmilitones, que lo aplaudieron, puestos en pie, emocionaditos de contar entre sus filas con un hombre que muestra tamaño desapego al dinero.

Que Bono sea un cristiano y socialista fetén es algo que está fuera de toda duda; y para comprobarlo no hay más que leer el articulazo que se marcó defendiendo la nueva ley del aborto, rematado con aquel apóstrofe que dejaba chiquito el que Jesús lanzó a la mujer adúltera: «¡Mujer, actúa en conciencia, esta ley no te condena!». En aquel articulazo, Bono afirmaba que «quiere inspirar su vida en el Evangelio de Jesús»; y nadie podrá discutir que lo intenta como un auténtico jabato. Yo, puesto a mirarle con lupa los desfallecimientos en su ideal de vida evangélica, sólo he logrado detectarle dos: el primero cuando se injertó un felpudo capilar, rasgo de vanidad que parece rebelarse contra el pasaje evangélico que nos enseña que hasta los cabellos de nuestra cabeza están todos contados; y el segundo cuando la «extrema derecha» acudió al Registro de la Propiedad y le encontró pisos hasta debajo del felpudo capilar, rasgo de avaricia que parece contradecir el pasaje evangélico que nos aconseja no amontonar tesoros en la tierra. Pero dos golondrinas no hacen verano; y, además, a nadie debe extrañarle que, en su seguimiento del Evangelio de Jesús, Bono se haya saltado alguna página sin querer, pues como todo el mundo sabe las ediciones del Evangelio que circulan por ahí están todas impresas en papel biblia, que es un papel muy finústico y delicado que dificulta mucho pasar las hojas. Si en la impresión del Evangelio se emplease, pongamos por caso, el mismo papel correoso que la fábrica nacional de moneda y timbre emplea en la impresión de billetes de quinientos euracos, estoy seguro de que a Bono, deseoso de inspirar su vida en el Evangelio de Jesús, no se le habría pasado ni un solo pasaje. Y ya estaría, como cristiano y socialista fetén que es, vendiendo cuanto tiene y dándoselo a los pobres, como Jesús recomendó al joven rico que quería alcanzar la vida eterna.

Pero la intención es lo que cuenta; y, aunque algún pasaje del Evangelio de Jesús en el que quiere inspirar su vida se le haya pasado por descuido, nadie podrá dudar del desapego que Bono tiene al dinero, en lo que confirma la virtud que Pajín atribuía a los dirigentes socialistas; y en lo que se justifica el aplauso cerrado que sus conmilitones tributaron a Bono, emocionaditos y puestos en pie. Este desapego al dinero, que consiste en tratarlo como a cosa sucia y deleznable, se puede demostrar de las formas más diversas; pero acaso ninguna tan gráfica y desdeñosa como envolverlo con periódicos atrasados. Decía Ruano que los periódicos atrasados sólo servían para envolver pescado; y donde dijo pescado podría haber dicho cualquier otra cosa cochina y apestosa, como por ejemplo billetes de quinientos euracos, pues para el hombre con desapego al dinero más repulsivo al tacto que un congrio maloliente resultan aún los billetes de quinientos euracos, de los que se desprende sin que su mano izquierda sepa lo que hace la derecha. Así se da ejemplo de desapego al dinero; así una vida se inspira en el Evangelio de Jesús.



LA CARRERA QUE YO HABRÍA QUERIDO HACER
Antonio Martínez
(El Manifiesto)


En las últimas décadas del siglo XX, el Occidente posmoderno barrió los últimos vestigios de la gran tradición universitaria que, procedente del mundo medieval, proporcionaba a los estudiantes una auténtica cultura general de carácter humanístico. Y no pocos de nuestros actuales problemas derivan precisamente de una anarquía intelectual que está relacionada con la práctica desaparición de lo que, en nuestra memoria colectiva, se vincula con el término «Filosofía y Letras», así como con el más universal de «Humanidades».

Relevantes intelectuales de nuestra época han llamado la atención sobre este preocupante estado de cosas: así, por ejemplo, Umberto Eco ha intentado recuperar, dentro de la Universidad de Bolonia, el viejo aspíritu medieval de las Facultades de Artes; y, entre nosotros, el recordado Julián Marías insistía en la necesidad de que Occidente «volviera a la escuela», que es tanto como recobrar el afán de aprendizaje de los escolásticos y su amor por los auctores de la Antigüedad. Y, en efecto, en una época de superficialidad y atomización de los saberes, cuando el especialismo extiende su nefasta influencia por doquier, resulta natural aspirar a una síntesis, a una unificación de las disciplinas que hoy, aisladas, conforman un archipiélago de islas cada vez más inconexas entre sí.

 En la nueva cultura que nacerá de las ruinas de una sociedad –la actual– cuyo modelo está agotado, una de las instituciones que deberían surgir sería una carrera universitaria de Humanidades que impugnase esa fragmentación de los saberes y reintegrase al conocimiento en su antigua dignidad, hoy pisoteada por la barbarie de la simple información. Tal carrera podría cursarse en cuatro años, a razón de cuatro materias por curso, y contener las siguientes asignaturas:

  1.      Filosofía.
  2.      Historia de la Filosofía.
  3.      Historia Universal.
  4.      Literatura Universal.
  5.      Historia de las Religiones.
  6.      Historia de las Ciencias.
  7.      Historia de la Cultura.
  8.      Historia del Arte.
  9.      Simbología.
10.     Historia del Esoterismo.
11.     Historia de la Cosmología.
12.     Historia del Cine.
13.     Historia de la Música.
14.     Historia de la Iglesia.
15.     Historia cultural del siglo XX.
16.     Filología y Etimología.

Por supuesto, se trata de una selección de asignaturas matizable: podríamos pensar también en otras como Mitología Universal, Etnología y Folklore o Antropología Filosófica. Sin embargo, no sería difícil incluir en las dieciséis materias propuestas todos los contenidos culturales que el profesorado considerase relevantes. Así, por ejemplo, las cuestiones etnológicas y folklóricas podrían tener acogida en Historia de la Cultura.

En cuanto a la organización práctica de la carrera, se establecerían cuatro horas de clases diarias, cuatro días a la semana, de lunes a jueves. El viernes por la mañana quedaría para debates, proyecciones, cinefórums, conferencias, etc.

Lógicamente, una carrera así sería imposible si los profesores que dan clase en ella no forman una auténtica comunidad, en torno a unas intensas convicciones espirituales. Y, al menos idealmente, habría que aspirar a que todos esos profesores pudieran impartir cualquier asignatura; y sería recomendable que, de hecho, rotasen cada cierto tiempo, aunque tuviesen una que fuera de su preferencia y se encargasen de ella con más frecuencia que de otras. Porque, si la finalidad de esta carrera de Humanidades es proporcionar una gran cultura general humanística, una síntesis del saber que supere todos los dañinos particularismos de hoy, ¿no sería lógico que los profesores diesen ejemplo y demostrasen estar en posesión –o trabajar sin descanso por acercarse a estarlo– de aquello que propugnan como ideal?

Habría que hacer otras muchas consideraciones para explicar en detalle la naturaleza, finalidad, organización concreta y utilidad social de esta futura carrera de Humanidades. No las voy a hacer en este momento: me contento simplemente con plantear la idea. Sin embargo, apuntaré al menos un requisito que me parece esencial: que la carrera se concibiera de manera conjunta y unitaria, con la colaboración constante de todos los profesores, de manera que las asignaturas sólo sirvieran como principio organizativo, y no estableciesen –como sucede hoy– compartimentos estancos y opacos entre los que tiende a haber un grado mínimo de comunicación.

Cuando, allá por 1984, terminé el Bachillerato, cursé Derecho en atención a consideraciones de orden práctico. Ahora bien: si hubiera existido una carrera de Humanidades como la que describo, la habría elegido. Sin pensármelo dos veces y sin lugar a dudas

 
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