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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 520
Monday, 26 July a las 15:59:30

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 520 –  19 de julio de 2010

SUMARIO

  1. División Azul, Juan Manuel de Prada
  2. La paguita de Cáritas, José Manuel Cansino
  3. Y es julio, Antonio García Barbeito
  4. Caballo de Troya, Ignacio Camacho
  5. Entre la prevaricación y el fraude de ley, Pablo Molina
  6. Y Expaña volvió a ser España, Javier Ruiz Portela
  7. La nación (el concepto), Santiago González


 
 
DIVISIÓN AZUL
Juan Manuel de Prada

(ABC)
 

Recordaba el sábado, en una espléndida Tercera, el comandante general don Juan Chicharro Ortega a los voluntarios de la División Azul, entre los que se contaron su propio padre y hasta tres tíos suyos, dos de los cuales perecieron en acciones de combate. Tiene razón don Juan Chicharro cuando resalta las virtudes heroicas de aquellos valientes; virtudes que, con frecuencia, llegaron más allá de lo que exigían las ordenanzas militares, hasta hacerse sobrehumanas. En los últimos meses, he leído infinidad de libros sobre la División Azul, quizá la última gran aventura acometida por el genio español; y estoy francamente conmovido por la gallardía de aquellos «guripas», que al ardor en el combate sumaban la magnanimidad hacia el enemigo, llegando a protagonizar episodios ímprobos de abnegación y sacrificio que a cualquier español bien nacido deberían llenar de orgullo.

Aquellos españoles que se alistaron en la División Azul fueron a combatir el régimen comunista soviético, al que consideraban –con razón– responsable de la situación social que había conducido a los españoles a la Guerra Civil; y responsable, sobre todo, de que esa Guerra Civil se prolongase encarnizadamente durante tres años. Apenas encontramos entre los divisionarios españoles signos de adhesión al régimen hitleriano; y, al contrario, enseguida descubrimos la infinita repugnancia que les provoca el trato vejatorio que los conquistadores germanos dispensan a los pueblos sometidos. El divisionario español, por temperamento y por credo, se rebela contra el antisemitismo nazi; y, en su avance a pie hasta el frente confraterniza primero con los polacos (con quienes comparte una misma fe) y después con los rusos, en quienes descubre rasgos de carácter muy semejantes a los españoles. Tales muestras de humanidad fueron reprobadas repetidamente por el mando alemán, al que horrorizaban la indisciplina y el desaseo de las tropas españolas; pero que, llegada la hora del combate, hubo de reconocer que nuestros divisionarios se batían con un denuedo insuperable, como quedó probado en repetidas ocasiones.

En febrero de 1943, con el frente ya rectificado y las tropas alemanas en franco retroceso, la División Azul hubo de hacer frente a un enemigo infinitamente superior que pugnaba por arrebatar el control de la línea férrea que conducía a la ciudad de Leningrado. En la batalla de Krasny Bor (la más cruenta librada por los divisionarios, y tal vez la más cruenta librada por tropas españolas en todo el siglo XX, con excepción de la batalla del Ebro) murieron más de dos mil españoles; y varios centenares cayeron en manos del Ejército Rojo, inciando así un calvario que se prolongaría durante más de diez años por los pavorosos campos de prisioneros estalinistas. De aquella aventura en los límites de la resistencia humana rindió cuenta un director de este periódico, Torcuato Luca de Tena, en un libro magistral y emocionante, Embajador en el infierno, donde narra las penurias soportadas por aquellos héroes, comandados por el capitán Palacios, que a su regreso a España sería condecorado con la Laureada. Invito a las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan a leer este libro grandioso, que acaba de ser reeditado por Homo Legens: es una forma humilde de honrar a aquellos compatriotas generosos e inolvidables, orgullo de cualquier español bien nacido.



LA PAGUITA DE CÁRITAS
José Manuel Cansino

(DiariodeSevilla.es)

LA Conferencia Episcopal Española ha publicado recientemente las conclusiones de un informe que cuantifica lo que la Iglesia católica ahorra al Estado.

Si el objetivo era influir en la conciencia de los contribuyentes españoles promoviendo que se marcase la casilla de la asignación tributaria a la Iglesia, el informe quizás llegó un poco tarde porque eran muchos los que ya habían liquidado (pagado) su impuesto sobre la renta.

Pero aunque un poco tarde, el informe –elaborado con cifras oficiales– corrobora un hecho significativo. El hecho no es otro que –convicciones religiosas a un lado– la Iglesia católica española presta servicios esenciales –básicamente educación y asistencia sanitaria– a buena parte de la sociedad y lo hace a un coste inferior al del sistema público.

En el caso concreto de la Educación, esto se traduce en un ahorro anual al Estado de 4.148 millones de euros.

También en asistencia sanitaria, el análisis de costes –pionero en Andalucía– que permite informar a los pacientes hospitalizados en centros públicos del coste de su estancia sirve para llegar a conclusiones similares, habida cuenta de la presencia de órdenes religiosas en este sector, como la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y, principalmente fuera de España, la Orden de Malta.

Lo anterior obliga a numerosas instituciones religiosas a tener que captar fondos adicionales de sus benefactores a riesgo de verse abocadas a un colapso financiero.

De alguna manera, es como si a los demandantes de la enseñanza o sanidad concertadas se les obligase a pagar impuestos dos veces, pese a estar ejercitando un derecho constitucional y fundamental como son la elección de centro educativo y la asistencia sanitaria.

La prestación de servicios esenciales mediante el modelo de conciertos entre el sector público y el privado no es, pese a algunas opiniones interesadas, un modelo de gestión que beneficia a las élites económicas.

Se trata sólo una alianza que facilita eficazmente el acceso universal a la Educación y la asistencia sanitaria de los ciudadanos españoles.

En similares términos, resulta significativo que en otra de las caras más visibles de la acción social de la Iglesia, los comedores, roperos y albergues, no se discrimine entre beneficiarios por razón de credo, caso de tenerlo, realidad ésta que, aunque a la sociedad española le resulte conocida, no encuentra un parangón de reciprocidad en otras confesiones monoteístas. En estos casos, el auxilio material al infiel resulta proscrito.

Las cifras que están detrás de este Documento hablan por sí solas. Sólo entre 2008 y 2009, el número de personas atendidas por Cáritas en España pasó de 400.000 a 600.000. Para conocer con más detalle esta realidad, resultan de gran ayuda los informes del Observatorio de la Realidad Social que promueve la propia Cáritas.

Con todo, en relación con el informe de la Conferencia Episcopal, aún permanecen dos cuestiones que no pueden soslayarse.

La primera es que la moral inspirada en el mandato de Mateo 6,3 «cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha» acaba ocultando gran parte de la acción social de los católicos que, por esta razón, resulta de cuantificación imposible.

La segunda, y no menos importante, radica en que servicios como el acompañamiento a personas que se encuentran solas, a enfermos sin familiares, las donaciones de ropa, comida y alojamiento no pasan por el mercado, no se valoran con un precio y, por tanto, resultan todas de muy difícil cuantificación monetaria. Por esta razón, el conjunto de estas acciones también quedan excluidas del informe.

Las creencias religiosas no se explican ni sólo ni principalmente por sus posibles beneficios asistenciales. Pero, así las cosas, coincidimos con quien afirma que cuando el Estado promueve, enseña, o incluso impone formas de indiferencia ética, priva a sus ciudadanos de la fuerza moral indispensable para comprometerse con las necesidades de sus semejantes.

He aquí la paradoja que supone un prolífico desarrollo en España de una legislación con una clara orientación anticatólica e incluso cristofóbica –en la acertada definición de Joseph Weiler–, a pesar de la importancia social de su labor.

Es difícil objetar que en una situación dramática para miles de personas como la que nuestra nación soporta la labor de la Iglesia católica resulta imprescindible para un Estado con vocación de atender, particularmente, a quienes como denunciaba Tomás de Aquino, están en situación de necesidad extrema.

Una necesidad en la que se encuentran aquellos a los que, agotadas todas las prestaciones públicas, sólo les queda la paguita de Cáritas.




Y ES JULIO
Antonio García Barbeito

(Abc de Sevilla)

Aquello de haber tenido un maestro que tuvo mando en la tropa durante la guerra, Cangui, nos dio a los niños de entonces una idea aproximada de lo que sería la mili, que el colegio tenía un aire castrense, quizá inevitable, por las consignas de arriba. De hecho, cuando llegué de recluta al Copero, en aquel patio me sentí como en el del colegio, que lo primero fue una voz de «¡Formen!», después, «¡Alinéense!», y como final, otro diario escolar: «Fulanito de tal…» «¡Presente!» Faltaba la diaria leche en polvo del recreo y el queso americano y amarillo de los sábados. Sin embargo, fíjate, Cangui, no recuerdo haber cantado el «Cara al sol», aunque quizá sea cosa de la desmemoria. Lo que sí recuerdo es que el maestro –como contaban los soldados que los trataban a ellos– nos hablaba de usted. Imponía, Cangui, ver al maestro, un hombre cuarentón, alto y con voz grave, hablarle de usted a un chiquillo de cinco o seis años. Imponía. Cuasi tanto como imponía, sobre la negra pizarra del fondo, la foto de Franco.

Entonces, Cangui, la historia de España estaba llena de victorias en todos los frentes. No perdíamos nunca, según contaban los libros. Lo raro es que ningún niño preguntará por qué si habíamos ganado siempre, arrastrábamos tanta miseria. Más tarde, cuando las clases empezaron a ser mixtas, una maestra les decía a los niños que Franco había ganado la guerra rezando, que en vez de irse a pegar tiros, como hacían los rojos, se encerraba en su habitación a rezarle a Dios. Y se quedaba tan tranquila. Ya ves, Cangui. Pero te hablo de aquella escuela sin uniformes donde la tabla de multiplicar trataba de hacer méritos para entrar en la lírica popular, junto a los límites de España. Escuela cantada, como el catecismo, que tan de carrerilla decíamos en grupo al rezar-cantar el credo «…Y desde allí / ha de venir / a juzgar a los vivos y a los muertos…» Ni gregoriano ni oración habitual, una casi canto, casi rezo. Y ningún símbolo más. Te digo esto, Cangui, porque a los escolares de la democracia y la libertad, quieren diferenciarlos con el escudo de la Junta en el uniforme. Esto es como el Rasca de la Once, rasca y gana, o pierde, o, mejor, sigue como antes. Llevan dentro un militar que no ganó la guerra, un rojo que ha perdido el color como tela de intemperie, un, en el fondo, sueño de conquista. Será que es julio, pero siempre hay en el aire del sur un amago de vuelta a otros tiempos que llamaban odiosos. ¿Sabes, Cangui? Prefiero aquel tiempo.
Porque todo esto lo hacían sin esconder que era un Régimen.



LA CARGA DE LOS TRES REYES
Arturo Pérez Reverter

(XLSemanal)
 
Ya ni siquiera se estudia en los colegios, creo. Moros y cristianos degollándose, nada menos. Carnicería sangrienta. Ese medioevo fascista, etcétera. Pero es posible que, gracias a aquello, mi hija no lleve hoy velo cuando sale a la calle. Ocurrió hace casi ocho siglos justos, cuando tres reyes españoles dieron, hombro con hombro, una carga de caballería que cambió la historia de Europa. El próximo 16 de julio se cumple el 798 aniversario de aquel lunes del año 1212 en que el ejército almohade del Miramamolín Al Nasir, un ultrarradical islámico que había jurado plantar la media luna en Roma, fue destrozado por los cristianos cerca de Despeñaperros. Tras proclamar la yihad –seguro que el término les suena– contra los infieles, Al Nasir había cruzado con su ejército el estrecho de Gibraltar, resuelto a reconquistar para el Islam la España cristiana e invadir una Europa –también esto les suena, imagino– debilitada e indecisa.

Los paró un rey castellano, Alfonso VIII. Consciente de que en España al enemigo pocas veces lo tienes enfrente, hizo que el papa de Roma proclamase aquello cruzada contra los sarracenos, para evitar que, mientras guerreaba contra el moro, los reyes de Navarra y de León, adversarios suyos, le jugaran la del chino, atacándolo por la espalda. Resumiendo mucho la cosa, diremos que Alfonso de Castilla consiguió reunir en el campo de batalla a unos 27.000 hombres, entre los que se contaban algunos voluntarios extranjeros, sobre todo franceses, y los duros monjes soldados de las órdenes militares españolas. Núcleo principal eran las milicias concejiles castellanas –tropas populares, para entendernos– y 8.500 catalanes y aragoneses traídos por el rey Pedro II de Aragón; que, como gentil caballero que era, acudió a socorrer a su vecino y colega. A última hora, a regañadientes y por no quedar mal, Sancho VII de Navarra se presentó con una reducida peña de doscientos jinetes –Alfonso IX de León se quedó en casa–. Por su parte, Al Nasir alineó casi 60.000 guerreros entre soldados norteafricanos, tropas andalusíes y un nutrido contingente de voluntarios fanáticos de poco valor militar y escasa disciplina: chusma a la que el rey moro, resuelto a facilitar su viaje al anhelado paraíso de las huríes, colocó en primera fila para que se comiera el primer marrón, haciendo allí de carne de lanza.

La escabechina, muy propia de aquel tiempo feroz, hizo época. En el cerro de los Olivares, cerca de Santa Elena, los cristianos dieron el asalto ladera arriba bajo una lluvia de flechas de los temibles arcos almohades, intentando alcanzar el palenque fortificado donde Al Nasir, que sentado sobre un escudo leía el Corán, o hacía el paripé de leerlo –imagino que tendría otras cosas en la cabeza–, había plantado su famosa tienda roja. La vanguardia cristiana, mandada por el vasco Diego López de Haro, con jinetes e infantes castellanos, aragoneses y navarros, deshizo la primera línea enemiga y quedó frenada en sangriento combate con la segunda. Milicias como la de Madrid fueron casi aniquiladas tras luchar igual que leones de la Metro Goldwyn Mayer. Atacó entonces la segunda oleada, con los veteranos caballeros de las órdenes militares como núcleo duro, sin lograr romper tampoco la resistencia moruna. La situación empezaba a ser crítica para los nuestros –porque sintiéndolo mucho, señor presidente, allí los cristianos eran los nuestros–; que, imposibilitados de maniobrar, ya no peleaban por la victoria, sino por la vida. Junto a López de Haro, a quien sólo quedaban cuarenta jinetes de sus quinientos, los caballeros templarios, calatravos y santiaguistas, revueltos con amigos y enemigos, se batían como gato panza arriba. Fue entonces cuando Alfonso VII, visto el panorama, desenvainó la espada, hizo ondear su pendón, se puso al frente de la línea de reserva, tragó saliva y volviéndose al arzobispo Jiménez de Rada gritó: «Aquí, señor obispo, morimos todos». Luego, picando espuelas, cabalgó hacia el enemigo. Los reyes de Aragón y de Navarra, viendo a su colega, hicieron lo mismo. Con vergüenza torera y un par de huevos, ondearon sus pendones y fueron a la carga espada en mano. El resto es Historia: tres reyes españoles cabalgando juntos por las lomas de Las Navas, con la exhausta infantería gritando de entusiasmo mientras abría sus filas para dejarles paso. Y el combate final en torno al palenque, con la huida de Al Nasir, el degüello y la victoria.

¿Imaginan la película? ¿Imaginan ese material en manos de ingleses, o norteamericanos? Supongo que sí. Pero tengan la certeza de que, en este país imbécil, acomplejado de sí mismo, no la rodará ninguna televisión, ni la subvencionará jamás ningún ministerio de Educación, ni de Cultura.




CABALLO DE TROYA
Ignacio Camacho

(Abc)


EL Estatuto de Cataluña es la obra maestra de Zapatero, el epítome que compendia como un prontuario su deslavazada forma de gobernar y su frívolo estilo político. Un monumento a la improvisación, a la incoherencia y a la irresponsabilidad; un resumen perfecto de su relativismo intelectual, de su engañosa charlatanería, de su deslealtad constitucional y de su difuso concepto de la nación española. También de su desmañada torpeza legislativa, de su tendencia al apaño circunstancial y a la finta táctica, de ese incompetente manejo de las técnicas de gobierno que no sólo crea problemas donde no los hay sino que aumenta los nuevos con una maraña de rectificaciones y enredos. Convertido por su ineptitud en un lío sin final previsible, el Estatuto condiciona la política de alianzas, el modelo de Estado y quizá la duración real del mandato zapaterista.

Por esa posición cenital que ocupa en su ya menguado proyecto, el presidente mencionó la cuestión catalana como primera prioridad en el Debate sobre el estado de la Nación –¿de qué nación?–, por delante de la recesión económica y de la crisis financiera. Lógico: es lo que más le preocupa, habida cuenta de que a punto de perder la hegemonía andaluza es en Cataluña donde aún puede aspirar a una cierta ventaja electoral respecto al PP. En realidad, todo el descalzaperros estatutario obedece desde el principio a un mero cálculo tacticista de su diseño de poder, que se le ha complicado por incapacidad para manejarlo con una mínima coherencia. Ahora su principal afán consiste en recuperar credibilidad como privilegiado cómplice del soberanismo, un rango que ha quedado en solfa tras el alboroto de la sentencia; los nacionalistas se distancian de él por estrategia electoralista y Montilla se le rebela con furia suicida en un desaforado galope hacia el abismo. Para Zapatero, cuya política esencial consiste en hacer todo lo posible, y al precio que sea, para que le quieran, no hay peor drama que contemplar cómo le dejan de querer.

Para evitarlo no le importa subvertir la legalidad que está obligado a defender y respaldar; de hecho es lo que lleva seis años haciendo al propiciar una reforma encubierta de la Constitución que ahora, fracasada la deriva estatutaria, pretende llevar a cabo mediante leyes orgánicas. En cualquier otro hombre de Estado habría resultado sangrante el lamento que dejó caer en la tribuna sobre el recurso del Estatuto y su sentencia; lo que dijo significaba que hubiese preferido que prevaleciese una ley inconstitucional. En él, sin embargo, resulta de una naturalidad desalentadora; él mismo nos ha acostumbrado a verlo como un deconstructor del sistema. Y las escasas instituciones que aún permanecen sin desguazar parecen sombrías casandras tratando de advertir en vano contra el caballo de Troya.



ENTRE LA PREVARICACIÓN Y EL FRAUDE DE LEY
Pablo Molina

(LibertadDigital)


La gravísima responsabilidad de José Luis Rodríguez Zapatero en el enjuague legislativo que el PSOE tiene previsto realizar a cuenta del estatuto de Cataluña no debería pasar inadvertida para los españoles.

Supongamos que un concejal de urbanismo tiene la brillante idea de colocar un vertedero justo al lado de un colegio público. Es una barbaridad, claro, pero resulta que los dueños de esa empresa de tratamientos de basuras mandan mucho en el partido del concejal, y de su apoyo depende que en la próxima legislatura siga apareciendo en las listas electorales. El expediente para la construcción se inicia, los padres de los alumnos acuden lógicamente a los jueces y obtienen una sentencia que declara la ilegalidad de construir ese tipo de industrias junto a un centro de enseñanza en virtud de la legislación actual sobre urbanismo e industria. Los padres de los niños correrían al concejal a gorrazos por las calles del pueblo, el tipo no volvería a presentarse a las elecciones y aquí acabaría la historia.

Acabaría ahí, en efecto, salvo que en lugar de un concejal y un juzgado ordinario se trate de Zapatero y el Tribunal Constitucional, en cuyo caso se procede a cambiar la legislación todo lo necesario para llevar a cabo la instalación declarada inicialmente ilegal, aunque la consecuencia sea la indefensión de todos los afectados.

La gravísima responsabilidad de José Luis Rodríguez Zapatero en el enjuague legislativo que el PSOE tiene previsto realizar a cuenta del estatuto de Cataluña no debería pasar inadvertida para los españoles. Se trata, ni más ni menos, de que el presidente del Gobierno está dispuesto a cometer un enorme fraude de ley, por más que el juego de las mayorías parlamentarias avale el despropósito.

El deterioro de la imagen de España en el exterior no puede ser muy profundo porque ya está suficientemente dañada en todos los órdenes, pero es evidente que muy pocos inversores van a confiar su dinero a un país cuyo principal mandatario vulnera los principios constitucionales que ha jurado cumplir y hacer cumplir. Sin seguridad jurídica no hay confianza y sin ésta, pocas posibilidades de contar con dinero de fuera. A ver cómo consigue Zapatero, después de consumar su operación del Estatut, que nos llegue un solo euro a un precio no demasiado astronómico.




Y EXPAÑA VOLVIÓ A SER ESPAÑA
Javier Ruiz Portella

(El Manifiesto)

La locura colectiva desencadenada en la noche del domingo 11 de julio demuestra una cosa: el sentimiento de identidad nacional existe (incluso en «este país») y su fuerza es poderosa. O digámoslo con aquella antigua palabra hoy convertida (salvo en determinadas regiones) en políticamente incorrecta: el patriotismo existe y su fuerza es poderosa. Y añadamos para nuestro escarnio: el patriotismo sólo se expresa en España adorando un objeto redondo al que unos «héroes» (otra palabra que la corrección política prohíbe) propinan patadas.

Nunca (excepción hecha del 2 de mayo de 1808) el pueblo español se había lanzado tan masiva, espontánea y unánimemente a la calle como ese 11 de julio de 2010, que «pasará a la Historia», según aseguran los comentaristas.

Nunca nadie había estado más orgulloso de ser español. Nunca habían ondeado tantas banderas, nunca se habían dado tantos gritos de ¡Viva España!, nunca había resonado en las calles un tan ensordecedor clamor.

Nunca había sucedido nada parecido en todos los pueblos y ciudades de España.

Nunca tampoco la odiada bandera de España había ondeado con tan multitudinaria presencia en las calles de Cataluña y del País Vasco. Nunca se habían oído en sus ciudades tantos Vivas dados a la nación de la que se quieren con rabia segregar. (El fervor patriótico hasta llegó a lugares segregados desde hace ya muchos años; hasta México, por ejemplo, donde enfervorizados mexicanos gritaban Yo soy español…).

Nunca, sin embargo, algo tan profundo como la identidad de un pueblo había tenido que recurrir, para expresarse, a algo tan baladí como un juego de pelota.

Nunca tampoco un tan gran fervor colectivo habrá sido de tan corta duración.

No teman los desmembradores de España. No teman aquellos a quienes les repugna hablar su lengua, pronunciar su nombre, ondear su bandera.

No teman tampoco los gregarios individualistas que tan nerviosos se ponen con sólo oír hablar de identidad colectiva.

No tema ninguno de los representantes, a derecha o izquierda, de nuestra casta política: terminada la fiesta, concluida la algazara, todo volverá a su lugar.

El fuego fatuo… fatuo habrá sido. España volverá a ser Expaña. El silencio reinará.




LA NACIÓN ( EL CONCETO)
El blog de Santiago González
(ABC)

Lo dijo ayer el presidente, cuando creíamos que la vida y el cargo le habían enseñado a reconocer tonterías en el pasado, como aquella de que «la nación es un concepto discutido y discutible». El error de la frase no estaba en ella misma, sino en el sujeto. Si cualquiera de los portavoces parlamentarios de CiU, PNV, ERC, un suponer, hubieran dicho: «La nación (española) es un concepto discutido y discutible», no habría motivo para el escándalo. Los nacionalistas periféricos se aproximan al asunto con dos premisas: Todo lo que no es el nacionalismo propio es otro nacionalismo concurrente (vasco, catalán, gallego, etc.) o enfrentado a él, nacionalismo español. De ahí, que sigan tomando el gentilicio (vasco, catalán, gallego, español, etc.) como calificativo y determine que el nacionalismo sea malo o bueno.

A partir de la misma idea, el presidente clasificó las naciones. Hay un concepto de «nación jurídica», que es lo que dice la Constitución que, como madre, no hay más que una y a ti te encontré en la calle:

«De la nación puede, en efecto, hablarse como una realidad cultural, histórica, lingüística, sociológica y hasta religiosa. Pero la nación que aquí importa es única y exclusivamente la nación en sentido jurídico-constitucional. Y en ese específico sentido la Constitución no conoce otra que la Nación española».

El TC no dice que haya dos clases de naciones, sólo de que la nación es un a realidad que tiene componentes culturales, históricos, lingüísticos, sociológicos y hasta religiosos. En la misma línea podrían añadirse: gastronómicos, y folclóricos y paisajísticos, etc. Bueno, pues de este párrafo Zapatero deduce que hay dos clases de naciones: la jurídica y, ojo al disparate, la política.

La nación política es forzosamente la nación jurídica. No puede ser una cosa distinta a lo que dicen las leyes. De ahí, José Luis, el sintagma «Estado de Derecho». Tal vez esto no lo comprenda Paul Kagame, pero está obligado a entenderlo el presidente del Gobierno de España, salvo que siga hasta el final el hilo de su razonamiento y admita que la nación puede ser también «político-militar», nación VIII Asamblea, etc.

La dicotomía de Zapatero, contemplada a partir de su pensamiento y de su, llamémosle «jurisprudencia», sólo admite una conclusión: la nación jurídica son sólo palabras, que, como ya dijo en su día, «han de estar al servicio de la política». «¿Qué es el divorcio?», preguntaba Walter Burns/Cary Grant a su ex-mujer Hildy Johnson/Rosalind Russell, a la que quería atraer de nuevo. «Unas palabras pronunciadas por un juez».

Exactamente. Una sentencia.


 
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