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Memoria: Cuestiones sobre la Memoria Nº - 7
Thursday, 29 July a las 13:58:47

Cuestiones sobre la Memoria

Cuestiones sobre la Memoria
Nº 7 –  10 de julio de 2010

SUMARIO

  1. El Monumento del Cabo Mayor en Santander, Valentina Orte
  2. Memoria Sacra: Escultura monumental religiosa en Madrid, Jorge Martín Quintana
  3. Patriota, por encima de todo, Oscar Rivas


 

EL MONUMENTO DEL CABO MAYOR EN SANTANDER
Valentina Orte
Religión en Libertad
 
Hace días con motivo de un viaje a Santander, una señorita que oficiaba de guía de turismo explicó, con la mayor desenvoltura, que el monumento situado en dicho lugar, próximo al faro, fue erigido «en honor a los muchos asesinados por las tropas de Franco». Escribo por ello estas líneas para aclarar el sentido que tiene la magnífica cruz al borde de la escollera, a todos aquellos interesados en conocer la verdad histórica

Testigo de un sin fin de crímenes

Santander era mayoritariamente de derechas –como se había demostrado reiteradamente en las convocatorias electorales–, pero el gobierno y el absoluto control de la provincia lo habían ejercido, a partir de julio de 1936, las izquierdas, que lograron mantener la legalidad republicana ante la inoperancia de los confusos y desorganizados miembros comprometidos a unir Cantabria a la sublevación. Pero las izquierdas no supieron aprovechar la situación. En Santander, la mayoría de la población pensaba ingenuamente que la lucha en el norte era cosa de vascos y asturianos[1].

Así que el Gobierno santanderino, modelo de ineficacia militar, ni logró adiestrar adecuadamente a las tropas a su cargo, ni contribuyó decididamente al esfuerzo militar republicano, ni fortificó sus líneas de confrontación con las provincias sublevadas del sur, Burgos y Palencia, ni creó suficientes refugios para la población civil. Ineficacia administrativa también, pues a duras penas logró mantener en funcionamiento los servicios en tiempos de tranquilidad, siendo arrollado en los momentos difíciles, cuando los hospitales se llenaron de heridos y las calles de refugiados[2].

Cerrando la bahía de Santander por su parte occidental se encuentra el cabo Mayor, privilegiado balcón al mar y a la ciudad, cuyo faro, una de las construcciones más emblemáticas y sugerentes para los ciudadanos y visitantes de la capital, se alza sobre un enorme farallón de unos cuarenta metros de altura que cae a pico sobre las aguas y al que sirven de base agudos peñascos barridos continuamente por las bravías aguas del Cantábrico.

Fue testigo, durante la dominación roja en Cantabria, de un sin fin de horrendos crímenes cometidos por aquellos forajidos que se proclamaban leales al Gobierno de la República... Desde lo alto eran arrojadas las pobres víctimas que caían sobre las erizadas rocas y eran arrastradas por las olas.

Martirio de la comunidad de Trapenses

Como ejemplo de barbarie allí cometida, comentaré lo ocurrido con los monjes trapenses de Viaceli, cerca de Cóbreces, que fueron expulsados de su monasterio el 8 de septiembre de 1936 por agentes de la Federación de Anarquistas Ibéricos (FAI). Metidos en prisión, luego fueron puestos en libertad: Algunos se dispersaron en casas privadas, otros pudieron llegar a Bilbao donde no había una persecución religiosa violenta, otros se reagruparon en Santander, formando así tres pequeñas comunidades que trataban de mantener la vida monástica de modo oculto.

Probablemente por un plan premeditado de aniquilación y a causa de una delación, el 1 de diciembre fue arrestado un grupo compuesto solamente por hermanos conversos. La policía marxista decía querer conocer de dónde provenían sus medios de subsistencia, pero el Prior, Padre Pío Heredia Zubía (1875-1936) no quiso manifestar en modo alguno el nombre de quien les ayudaba. Después de penosos interrogatorios y malos tratos durante el proceso instruido en la noche del 2 de diciembre, se llegó a su ejecución. El proceso fue para dar una apariencia de legalidad a la condena de los religiosos, pero en realidad todo fue por odio de la fe. Según el testimonio de un oblato de quince años, que se encontraba con los monjes y que luego fue liberado, los religiosos fueron subidos en un camión en dos grupos separados, uno en la noche del 3 de diciembre, y el otro en la noche siguiente. De estos hermanos no se supo nada más. ¿Arrojados al mar contra las rocas del faro de Santander o conducidos en barca y hundidos en las aguas profundas de la bahía? La primera hipótesis parece la más probable, testimoniada por alguien que lo oyó a uno de los ejecutores[3]. Por otra parte era el método que solían utilizar con simpatizantes de las derechas. Dejo constancia de los nombres de estos mártires despeñados en Cabo Mayor[4]. En la noche del tres de diciembre de 1936:

Padre Prior JULIÁN HEREDIA ZUBIA de nombre religioso PÍO.
MARCOS GARCÍA RODRÍGUEZ de nombre religioso AMADEO
VALERIANO RODRÍGUEZ GARCÍA
JUAN FERRIS LLOPIS
ALVARO GONZÁLEZ LÓPEZ
FRANCISCO DELGADO GONZÁLEZ de nombre religioso ANTONIO

Y en la noche siguiente, cuatro de diciembre:

JACINTO GARCÍA CHICOTE de nombre religioso EUSTAQUIO
FRANCISCO DE LA VEGA GONZÁLEZ de nombre religioso ÁNGEL
EZEQUIEL ÁLVARO DE LA FUENTE
EULOGIO ÁLVAREZ LÓPEZ
ROBUSTIANO MATA UBIERNA de nombre religioso BIENVENIDO

Unos días después el mar devolvió a la costa los cadáveres de algunos. Varios aún conservaban las ligaduras de las manos a la espalda y los labios cosidos con alambre.

Asalto al barco-prisión

Durante aquellos tiempos de guerra, el ambiente que se respiraba en la región era de total tensión y crispación, a causa de los registros domiciliarios, requisas, robos de automóviles, detenciones continuas... que sufrían aquellos que no pertenecieran a grupos de izquierdas.

La cárcel y desde el 18 de Julio de 1936, el buque mercante «Alfonso Pérez», amarrado en los muelles de Santander, se llenaron con hombres de derechas, un sin número de sacerdotes, religiosos, militares y simples católicos que, en parte, fueron asesinados en el cabo Mayor y en su mayoría en el mismo buque.

Esta persecución a miembros de la iglesia, católicos en general y simpatizantes de la derecha española, se acrecentó por las incursiones de la aviación franquista, siendo la más grave la realizada el 27 de diciembre de 1936 por 18 aviones italianos, que produjo unos 68 muertos y 50 heridos entre población civil. La venganza fue terrible. Al día siguiente, las hordas encolerizadas, encabezadas por el consejero de Justicia, Quijano; el comisario de Policía, Neila[5]; el gobernador civil, miembro de las Juventudes Socialistas, Ruiz Olazarán, y el anarquista Hermenegildo Torres[6], se lanzaron contra el barco prisión Alfonso Pérez a la voz de ¡Al barco, al barco!. Comenzó entonces una masacre ametrallando a los prisioneros en la cubierta o bien arrojándoles bombas de mano a las bodegas en que se encontraban hacinados[7]. En esta masacre murieron 155 presos y a otros seis les llevaron al paredón de Ciriego, donde fueron fusilados.

Barco prisión Alfonso Pérez

No reflexionaron las turbas en la responsabilidad que, por sus propias víctimas, correspondía a sus autoridades por la falta de previsión en la creación de refugios. Lo hicieron posteriormente, según se deduce de su actuación, ya que este bombardeo hizo cambiar el plan de refugios. Hasta ese momento –explica el investigador José María Alonso del Val– sólo había veinte, y en poco tiempo se duplicó su construcción[8]. Aunque demasiado tarde, fue una manera de admitir su responsabilidad y culpa en tantas muertes y venganzas.

Personalidades como Concha Espina en Retaguardia y Luis Araquistain en Por los caminos de la guerra cuentan también estos terribles asesinatos.

Dice Araquistain:

Quien se asome a la baranda del faro, si es cristiano, hará que suba a sus labios una oración como encendido holocausto a los pobres mártires asesinados en el faro del cabo Mayor por la barbarie roja.

Un monumento junto al acantilado

En homenaje a aquellas personas que fueron arrojadas al acantilado durante la Guerra Civil Española con consentimiento del gobierno republicano, se erigió en 1941 este monumento costeado por la Jefatura Provincial del Movimiento siendo alcalde de la ciudad don Emilio Pino Patiño.

De su realización se encargaron Lavín del Noval, arquitecto municipal, y José Villalobos, escultor castreño.

Este majestuoso monumento de piedra porosa consiste en una cruz a cuyo pie ha sido esculpida la figura de un hombre con los brazos y manos alzados, asiéndose a la cruz y con su cuerpo destrozado. Impresionante.

En la cruz rezaba la inscripción: «Caídos por Dios y por la Patria» y en la base se encontraba la palabra «Presentes» junto con el emblema del yugo y las flechas. La Administración del Estado ha eliminado, como tantas otras, dichas leyendas. A la vista de lo relatado, es lógico que los sucesores de aquellos criminales, defensores del Gobierno «legítimo» de una República «democrática» hayan desmantelado el monumento, pero eso no impedirá que los santanderinos suban al faro a rendir el acostumbrado homenaje a las víctimas, porque esta es «Otra Memoria Histórica» que no se debe olvidar.

Así lo recomienda el Papa Juan Pablo II[9]:

En diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodia de la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio.

Homilía en la Capilla Papal para la Beatificación del Siervo de Dios José Aparicio Sanz, presbítero, y CCXXXII Compañeros Mártires. San Pedro en el Vaticano, 11 de marzo de 2001
 



MEMORIA SACRA: Escultura monumental religiosa en Madrid
Jorge Martín Quintana
Lienciado en Historia
 

No resulta fácil acabar con dos mil años de Historia, con dos mil años de Arte, con dos mil años de Cultura, con dos mil años de intensa espiritualidad y profunda devoción. A pesar de ingenierías sociales y embestidas gruesas, en la Memoria de los pueblos y ciudades de España permanece la huella de dos mil años plenos de creaciones humanas inspiradas por la fe, y a poco que miremos hacia un lado u otro, o levantemos nuestra cabeza unos centímetros, veremos que por allí asoma una cruz, por allá una hornacina que contiene la talla de un santo, más lejos la esbelta o la rotunda silueta de un campanario… Algún lumbrera ya quiso laicizar el horizonte de Varsovia, es decir, destruir todo el patrimonio histórico, artístico, cultural, espiritual y humano de la católica Polonia. Gracias a Dios, no lo consiguió y, como siempre ocurre, la sangre de los perseguidos, fue semilla de nuevos cristianos y de un renovado empuje de la Fe en el país del Vístula.

En más de una ocasión se pretendió hacer en otra capital, Madrid, algo parecido, usando, por ejemplo, el fuego, como ocurrió con la quema de iglesias y conventos en mayo de 1931, obra continuada a lo largo de los años que duró la República y, de manera dramática y vesánica, durante los primeros meses de la Revolución de 1936. Es así como, junto a la invasión napoleónica y la Desamortización de Mendizábal, la II República ha pasado a convertirse, por méritos propios, en uno de los hitos más significativos del proceso de destrucción de patrimonio histórico-artístico en España.

Desde 2004 se abre un nuevo período de iconoclastia y vandalismo que se ceba, o lo intenta, con monumentos cristianos tan significativos como el Cristo de Monteagudo, el Monasterio de Yuste o la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, entre otros. Quizás los que abrieron ese período quieren hacer nuevos méritos para convertirlo en el cuarto hito destructivo del patrimonio histórico-artístico de España.

Ante la amenaza constante que se cierne sobre dicho patrimonio, no está nunca de más, conocer de manera amplia, y apreciar de manera emocionada y profunda, todos los monumentos que conservan la memoria de esa Cristiandad que se resiste a dejarse aplastar y que defiende su derecho a existir y ser, la Memoria Sacra de los pueblos, ciudades, encrucijadas, caminos, campos y montañas de nuestra España.

En el caso de Madrid, y a modo de ejemplo, podemos mencionar la esculturas del Sagrado Corazón que podemos encontrar, por ejemplo, en los distritos de Tetuán, Fuencarral-El Pardo o Ciudad Lineal, asociadas a instituciones hospitalarias, educativas y misioneras respectivamente –tareas a las que siempre se aplicó la Iglesia haciendo tanto bien a tantos y tantos seres humanos a lo largo de su Historia–, el sobrecogedor monumento a la Inmaculada que se levanta en Moncloa, la soberbia imagen del Arcángel San Miguel de Hortaleza, el Ángel de la Guarda de la calle Tutor o los deliciosos relieves que, de la Sagrada Familia, se muestran, sencillos pero firmes, en colegios cercanos a la Plaza de Castilla o al Parque de la Fuente del Berro.

Una rápida y sucinta muestra de ese Madrid Sacro, de una ciudad más de esa España que no ha dejado de ser católica y que materializa su fe, su adhesión a los valores más humanos –por estar re-ligados a Dios– y a la libertad, con estas muestras de la creatividad y el genio del ser humano que, por ser serlo, deberían ser así mismo defendidas por todo aquel que defienda la existencia de una sociedad libre basada en valores positivos, constructivos y benefactores para el ser humano y el Bien Común.




PATRIOTA POR ENCIMA DE TODO
Óscar Rivas
Minuto Digital


A José Calvo Sotelo lo asesinaron los rojos de Indalecio, socialista de profesión y golpista por vocación. Lo hicieron a su manera: con alevosía, nocturnidad, y arrancándole de los brazos de su familia: un 13 de julio de 1936. Hoy a Prieto se le elogia su moderación. Pero era tan moderado que ordenó asesinar al líder de la oposición conservadora parlamentaria. Así es como entendía la izquierda el parlamento en aquella época. Ese era el sentido democrático, el carácter pacífico que la memoria histórica concede a los patrocinadores de quienes son hoy sus antecesores ideológicos. Cierto que los había verdaderamente moderados –ahí tenemos el ejemplo de Julián Besteiro– pero cuando no eran despreciados, se les ignoraba.

De cualquier modo, la muerte no sorprendió a Calvo Sotelo. Hacía tiempo que el líder del Bloque Nacional era consciente de su destino inmediato. Hubiera sido imposible ignorarlo en sus circunstancias. Apenas tres semanas antes, en sesión parlamentaria, Casares Quiroga, Presidente del Consejo de Ministros había cargado sobre su persona la responsabilidad de un posible golpe militar, lo que equivalía a situarle en la diana de los pistoleros de la izquierda. Para más inri, La Pasionaria, la idolatrada comunista, a la que si algo apasionó en vida, no fue otra cosa que el odio y la instigación al asesinato, también le había profetizado su destino. Lo hizo in situ, en la misma y fatídica sesión: «este hombre ha hablado por última vez». Era una sentencia que no tardaría en hacerse efectiva. La suerte de Calvo Sotelo estaba echada y él lo sabía.

No era la primera vez que la izquierda parlamentaria amenazaba a un adversario político en Las Cortes. Antes al contrario, tal uso formaba parte de su tradición política. Tampoco Calvo Sotelo ignoraba esta realidad. Le hubiera resultado imposible. Pues cómo olvidar que con solo 17 años y siendo ya un joven maurista, quien fuera su inspirador Antonio Maura, había sido amenazado, también en sesión parlamentaria, con el atentado personal. La amenaza provenía esta vez, nada menos que del fundador del PSOE, Pablo Iglesias. A éste también la memoria histórica hoy nos lo vende como un venerable anciano. Tan venerable que amenazó con atentar contra un adversario político por el solo hecho de pretender volver al gobierno legítimamente. No, no ignoraba don José cómo se las gasta la izquierda cuando las urnas no les dan la razón. Lo que no sabía –no podía saberlo– es que el partido que amenazara a su maestro político, el PSOE, sería el mismo que terminaría asesinándole.

Lo cierto es que la izquierda debía pensar que le sobraban los motivos para segar la vida de su oponente político. Monárquico y conservador de principios, José Calvo Sotelo fue siempre un hijo de su tiempo. Decidido partidario del maurismo en su juventud, nunca se adhirió a aquellos que desde la bancada conservadora entendían la política como un instrumento al servicio de sus intereses particulares. Tampoco compartía las ideas de quienes tenían la convicción de que el progreso era un peligro. Igualmente, se negaba a aceptar las tesis de quienes postulaban que todo, absolutamente todo, merecía ser conservado. Lejos de ser un reaccionario, tal y como afirman muchos de quienes hoy escriben la historia, Calvo Sotelo supo ver en Antonio Maura, la figura reformista que realmente fue. De él aprendería que, si bien era necesario forjar una revolución que acabara con el injusto status quo de aquella España vieja, ésta debía nacer de arriba. Gracias a Maura supo otorgar al municipio la dimensión que merecía y la imperiosa necesidad de reformarlo. Sería él precisamente quien, años más tarde, como Director General de Administración, concibiera y aprobara el Estatuto Municipal, toda una revolución democrática que si no llegó a más, ello fue debido al freno que imponía la reacción aún aferrada en algunos estadios del poder.

Fiel al maurismo hasta el final, recabó y consiguió el apoyo del viejo Maura a la hora de participar con Miguel Primo de Rivera en uno de los grandes proyectos modernizadores que ha vivido nuestra nación en los últimos cien años. Si en el ámbito de la política local, logró configurar un municipio libre, democrático y poderoso, en el que ya pretendía la igualación de la mujer con el hombre, como Ministro de Hacienda consiguió tales niveles de prosperidad para la nación que solo el resentimiento ideológico de la izquierda, y la cobarde miopía de la derecha, consienten que sus acciones permanezcan en el olvido. Quizás en aras de silenciar que en aquella que llaman la dictadura, con la excepción del anarquismo, el PSOE disfrutó de unas prebendas que, a buen seguro, ellos no hubieran concedido de haber detentado el poder. Como no tardarían en demostrar.

Con la llegada de la República Calvo Sotelo se exilió durante tres largos años. Temía la represión de esa izquierda que olvidando su participación en el régimen de Primo de Rivera, no dudaba, sin embargo, en depurar a quienes desde la derecha también habían colaborado con el dictador. Una vez hubo retornó a España todos sus esfuerzos se centraron en unir a las derechas. En esas estaba cuando, ya liderando el Bloque Nacional, el PSOE tuvo a bien asesinarle. Tenía poderosos motivos para hacerlo. Calvo Sotelo representaba lo mejor de la derecha. Fue conservador, pero lo fue reformista; defendió la tradición pero promovió el progreso; nunca fue un socialista, pero advirtió de los peligros del capitalismo financiero; fue un excelente político, pero lo fue mejor como pensador. Pero por encima de todo, fue un patriota. Un patriota que nunca ocultó su orgullo de ser español. Tanto como para afirmar que estaba dispuesto a admitir antes una España roja que una España rota. Aunque en eso, el maestro se equivocaba: una España roja solo puede ser sinónimo de una España rota. A las pruebas nos remitimos.

En suma, la figura de don José Calvo Sotelo adquiere tales dimensiones, que pretender perfilarla en unas pocas líneas, solo puede abocarnos al fracaso. Afortunadamente, ahí está su legado, abierto a cualquier espíritu inquieto que no tema descubrir aquellas verdades que la historiografía oficial le niega. En cuanto a su rehabilitación política, habida cuenta de la inepcia que caracteriza a nuestra clase política, sería como pedir peras al olmo.


[1] El Mundo: «La Guerra Civil Española, mes a mes» Tomo 16, pag 14.
[2] Ibidem pgs. 15 y 16.
[3] Página oficial de la Orden Cisterciense de la Estricta Observancia (Trapenses).
[4] Estos nombres corresponden exclusivamente a los mártires de Viaceli despeñados en Cabo Mayor.
[5] «Neila, jefe de la checa de Santander, un desalmado y asesino fue el responsable de todas las fechorías y muertes. Enemigo de los vascos que pretendían huir a Francia por mar en barcos pesqueros pequeños, les apresaba asesinándoles, y, con un tiro en la nuca, les arrojaba al mar por los acantilados citados. Así murieron muchos gudaris y paisanos vascos, como Iñaki, comandante intendente del batallón Kirikiño; Zubiri, Otazua, Andima, Orueta y otros muchos. Se dijo que el torrero del faro murió loco al oír los lamentos de los que morían al fondo del acantilado. Y que el “valiente” Neila consiguió escapar a México». Publicado por Ahaztuak 1936-1977
[6] http://la-falange.mforos.com/692694/6792145-el-monumento-de-cabo-mayor-santander/.
[7] José López en Diario independiente Digital.
[8] http://www.eldiariomontanes.es/prensa/20060716/sociedad/vestigios-santander-guerra-civil_ 200607160034.html.
[9] José Francisco Guijarro García: Persecución religiosa y Guerra Civil. Ed. La Esfera de los Libros S.L. 2006.

 
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