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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 521
Thursday, 29 July a las 14:17:53

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 521 –  26 de julio de 2010

SUMARIO

  1. Razones de ser de un Tribunal, César Vidal
  2. El feliz irresponsable, Pablo Molina
  3. El malestar de España, Edurne Uriarte
  4. El maestro pensador, Ignacio Camacho
  5. Vicente Cebrian muere a los 96 años, El País
  6. Ha muerto un buen falangista, Pablo Fernández Barbadillo
  7. Mi primer director, Soledad Gallego-Díaz
  8. No es verdad, Gonzalo de Berceo


 


RAZONES DE SER DE UN TRIBUNAL
César Vidal

(La Razón)


Después de la última sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña y de la resolución rechazando suspender la aplicación de la ley del aborto no son pocos los que se preguntan, incluso con indignación, por las razones de ser de semejante organismo. Personalmente, estoy convencido de que pocas instituciones son más necesarias en una Historia como la española que un tribunal de garantías constitucionales. A diferencia de otras naciones, España no ha tenido nunca una tradición verdaderamente democrática. O se han contemplado las urnas como el lugar desde el que se perpetra el pucherazo, o se han considerado, especialmente desde la izquierda, como un engorro por el que hay que pasar para acometer lo que se desee, resulte o no legal, o incluso se ha afirmado que su mejor destino es que las rompan. Por todo ello, el tribunal de garantías constitucionales se convierte en un órgano indispensable para evitar que la mera partitocracia viole la ley apelando a un mandato derivado de la mayoría parlamentaria. Un tribunal así impediría, por ejemplo, que una mayoría en las cámaras privara de sus derechos a los judíos o desactivara normas que chocan directamente con los derechos fundamentales. Desgraciadamente, en España, el Tribunal Constitucional se ha convertido en una cáscara vacía de sustancia en la que existe la forma y falta el contenido. No hace falta decir que tan lamentable andadura comenzó con la famosa sentencia del caso Rumasa que llevó a su presidente a zanjar la votación con un voto de calidad y, acto seguido, a regresar al exilio del que había venido colmado de ilusiones. Sin embargo, los años de ZP constituyen la culminación de su descrédito. ZP –y con él personajes como Montilla o los próceres nacionalistas– parte de un punto de vista jurídico profundamente antidemocrático que enlaza con las cosmovisiones de los años veinte del siglo pasado, que afirmaban que una mayoría parlamentaria estaba legitimada para pisotear la ley sin que debiera ponérsele frenos. Esa conducta se ha visto en relación con la ley de matrimonios homosexuales, con el Estatuto de Cataluña, con la nueva regulación del aborto y con otros temas. En situaciones como ésas, el TC debía haber sido el valladar de la legalidad constitucional contra el despotismo partitocrático. Ha cumplido el papel diametralmente opuesto. Ignoro si María Emilia Casas es creyente y en qué, pero no me cabe la menor duda de que Dios le va a pedir cuentas por haber convertido la garantía de nuestras libertades en una mera caja de resonancia de un ejercicio despótico del poder. En lugar de defender a los ciudadanos de la acción de una casta política decidida a liquidar la existencia de una nación de ciudadanos libres e iguales, ha preferido inclinarse genuflexa ante sus órdenes recurriendo a métodos que, de no ser tan vergonzosos, provocarían la carcajada por su descaro. En su mano ha estado quizá más que nunca el proporcionar una justificación a la existencia del TC y lo que ha hecho ha sido resolver que para el Tribunal Constitucional es más importante paralizar el derribo de unas viviendas en ruinas que el asesinato en masa de millares de «nascituri» inocentes. Difícilmente se puede caer más bajo, pero, a fin de cuentas, es un retrato fidedigno de la miseria a la que ha quedado reducido el Tribunal Constitucional.





EL FELIZ IRRESPONSABLE
Pablo Molina

(Libertad Digital)

En su visita a Barcelona para dictar una conferencia a sus socios del tripartito, Zapatero ha explicado con total tranquilidad que «no se hace responsable» de la sentencia del Tribunal Constitucional. Confesada su irresponsabilidad, de la que en el resto de asuntos ya teníamos abundantes pruebas, Zapatero ha añadido que va a intentar todas las maniobras al alcance de su mano para revertir las consecuencias de la decisión del alto tribunal.

El día que prometió cumplir y hacer cumplir la constitución no dijo que la promesa quedaría sin efecto en caso de que los nacionalistas catalanes necesitaran destruir el orden jurídico-político de la nación española. Al contrario, tomó posesión de la presidencia del Gobierno, salió del paso con la mejor de sus sonrisas y aparcó la imagen en el rincón de la corteza cerebral responsable de la memoria a corto plazo para que no le asaltaran escrúpulos en el futuro cuando faltara a su palabra, cosa que el personaje hace constantemente como una prolongación natural de su personalidad.

Y, sin embargo, el presidente del Gobierno es el principal responsable de que los actos de los poderes públicos se ajusten a la legalidad vigente, por más que se pretenda, como Zapatero, que dirigir un país es tener carta blanca para llevar a cabo golpecitos de estado institucionales cada vez que las necesidades electorales de su partido así lo aconsejen.

Estamos en pleno proceso revolucionario, afortunadamente pacífico, impulsado precisamente por aquél que debería garantizar la estabilidad de las instituciones y su continuidad en el tiempo. La constitución no es una ficción coyuntural sometida a las tensiones de la aritmética electoral de los agentes políticos, sino la voluntad expresa de un pueblo acerca de cómo ordenar la vida en común. Si se subvierte de forma artera sin consultar a los ciudadanos podremos hablar de consulado, imperio, señorío, oligarquía, caudillaje, regencia o federalismo bilateral, que es la forma que finalmente parece que va a adoptar el engendro. De cualquier cosa menos del estado de derecho, fruto de una constitución que consagra la monarquía parlamentaria como sistema de gobierno de una nación de ciudadanos libres e iguales. Igual a la vuelta de las vacaciones la Casa Real tiene algo que decir al respecto, pero no lo den por seguro.





EL MALESTAR DE ESPAÑA
Edurne Uriarte
(ABC)


Eché de menos una pregunta en la rueda de prensa de Montilla ayer. La siguiente: «Sr. Montilla, ¿se siente usted parte de la nación española? Y, si eso es así, ¿le preocupa el malestar de España?».

amentablemente, nadie se lo preguntó. Lo que es peor, ni siquiera se lo preguntan al propio presidente del Gobierno de España. También a él le inquieren por el malestar de Cataluña, no por el malestar de España.

Y es que la clase política, pero también la intelectual, ha dado por supuesto que el problema de España es el malestar de Cataluña sin darse cuenta de que el problema de España es, crecientemente, el malestar de España. El malestar de los españoles que se sienten maltratados por Cataluña. Que están agotados con las permanentes exigencias de los políticos catalanes. Que están hartos de que el afán de la clase política sea satisfacer a los nacionalistas catalanes y no a la mayoría de españoles.

Es hora de reparar los daños a Cataluña, retó ayer José Montilla. Y añadió, no se puede tapar la boca a la sociedad catalana y la sociedad española no puede tapar los ojos. El problema para Montilla y su partido es que el rampante malestar de España exige un planteamiento de ese reto en la dirección justamente contraria. En la reparación de los daños a España, en la petición de que no se tape la boca a la sociedad española y tampoco los ojos la sociedad catalana.

Cataluña tiene un problema, por lo tanto, España tiene un problema, remató Montilla. Y España tiene un problema y, por tanto, Cataluña tiene un problema.

La gran diferencia entre estos dos malestares, el de Cataluña y el de España, es que nuestra clase política ha dedicado todo el período democrático a responder al malestar de Cataluña. Con un sonoro fracaso. No ha resuelto el malestar de Cataluña y ha creado, sin embargo, otro malestar de consecuencias imprevisibles, el malestar de España.




EL MAESTRO PENSADOR
Ignacio Camacho
(ABC)

Con apenas una breve experiencia como profesor asociado en la Universidad de León, Zapatero ha emprendido una revolución del Derecho Constitucional que puede superar el magisterio weberiano y convertir a Duverger, Sartori o Dahl en rancias reliquias de talento agostado. Su innovadora definición de la «nación política», evolución natural de la teoría de lo discutido y lo discutible, supera y arrincona la doctrina de los maestros pensadores con una síntesis decisiva fruto de la depuración del republicanismo cívico. En su impulso adanista ha alcanzado un estado de creatividad experimental en el que se siente lo bastante iluminado para reinventar con arrojo un orden jurídico. Si Alfonso Décimo escribió de su puño y letra una sustantiva porción de Las Siete Partidas y Napoleón fue capaz de dictar por sí solo un código civil y hasta otro de comercio, por qué no ha de poder nuestro audaz presidente alumbrar una solución posmoderna para el viejo problema de las identidades nacionales. Ingeniería conceptual, deconstrucción y reconstrucción: grandes hombres para grandes ideas.

El método politológico presidencial se basa en un mecanismo tan simple que sorprende que a nadie se le haya ocurrido antes. Todo consiste en sustituir el significado de los conceptos por el significante de las palabras, otorgando a éstas un poder demiúrgico. El principio fundamental, la piedra filosofal del pensamiento zapaterista, está escrito en los albores de su fecundo mandato: «las palabras han de estar al servicio de la política y no la política al servicio de las palabras». Y al fin y al cabo, qué es el Derecho sino un conjunto de palabras herméticas interpretadas por una casta de chamanes. La cuestión primordial es arrebatarles a esos oscuros taumaturgos el poder de la interpretación y ponerlo al servicio de una causa progresista.

Así, si la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña establece que no hay otra nación jurídica posible que la española, basta con crear un término nuevo que dé cabida a las aspiraciones soberanistas. ¿Estado, nación, nacionalidad? «Palabras, palabras, palabras», que decía Hamlet. Tanto experto devanándose los sesos y se trataba del huevo de Colón; creatividad es lo requería este enredo de juristas doctrinarios. Voilà: la nación política, que se le ha escapado a las minervas del TC. El arriscado preámbulo estatutario podrá no tener efectos jurídicos, pero los puede tener políticos si hay un gobernante dispuesto a otorgárselos. Y como el veredicto sí admite de hecho la existencia de una «nación económica», con privilegios de desigualdad competencial, el resto consiste, como decía Pujol, en el uniforme de los guardias y el idioma de los letreros. Maldita la falta que hace la juridicidad cuando existe una imaginación tan esclarecida.




VICENTE CEBRIAN MUERE A LOS 96 AÑOS
El País

Vicente Cebrián Carabias falleció anoche en Madrid [6 de julio], después de una larga vida dedicada al periodismo en sus más diversas facetas. Nació en Madrid en 1914 y desarrolló su carrera profesional en diversos medios de la prensa más relevante del periodo franquista. Era el padre de Juan Luis Cebrián, primer director de El País y actual consejero delegado del grupo PRISA (editor de este diario), y de nuestra compañera Belén Cebrián Echarri, directora adjunta de la Escuela de Periodismo UAM-EL PAÍS.

Aunque había estudiado Medicina, nada más terminar la Guerra Civil comenzó a trabajar en el diario Arriba. Vicente Cebrián pasó allí 20 años, en los que ejerció como redactor jefe y director (entre 1957 y 1960).

Su siguiente destino fue la dirección de la agencia de noticias Pyresa. En esa agencia Vicente Cebrián trabajó hasta 1966; regresó 10 años más tarde, hasta 1974.

Vicente Cebrián fue vocal del Consejo Nacional de Prensa (1966) y secretario general de Prensa del Movimiento hasta 1970.

En la última década del régimen, Cebrián continuó al frente de diferentes medios de comunicación oficiales, como la agencia de noticias SIS (Servicios de Información), los semanarios Tiempo Nuevo y La Voz Social. Colaboró asimismo en Radio Nacional. También fue secretario de la Asociación de la Prensa de Madrid.

Recibió el premio nacional de periodismo Jaime Balmes en 1964, como mejor director de agencia informativa, y el premio nacional de Prensa del Movimiento Uno de Octubre. Fue consejero del Instituto de Cultura Hispánica. Tuvo seis hijos.


 
HA MUERTO UN BUEN FALANGISTA
Pedro Fernández Barbadillo
(Periodista Digital)


Una mala noticia: un caballero, un patriota, un hombre honrado, un falangista, un veterano de la guerra y de la reconstrucción de España acaba de fallecer.

Vicente Cebrián, español, patriota, falangista, español, periodista y padre de periodistas, ha muerto a los 96 años. Era uno de esos muchos falangistas que fueron excelentes personas, tal como reconocen sus hijos, como los antifranquistas José Bono y Cristiana Almeida. Él no pedía carnés a sus subordinados ni militancia.

Reproduzco algunos párrafos del obituario publicado en El País y del artículo firmado por Soledad Gallego-Díaz:

Tuvo siempre aspecto de coronel de lanceros bengalíes: rubio, alto, bigote, chaquetas de tweed, las manos a la espalda y un agradable sentido del humor a la hora de la verdad, como periodista, a Vicente Cebrián le venció siempre la curiosidad, el sentido del humor y, sobre todo, el oficio.

Él, como algunos otros periodistas que se habían juntado en ese momento en Prensa y Radio del Movimiento, eran personajes peculiares, que jamás preguntaron a los jóvenes aprendices de dónde procedían o cómo pensaban y que nunca exigieron adhesiones ideológicas o personales.

Vicente Cebrián nunca soportó que se amenazara a «sus redactores»: «A quien quiera protestar, le das mi teléfono y te vas», me aseguró

Nació en Madrid en 1914 y desarrolló su carrera profesional en diversos medios de la prensa más relevante del periodo franquista.

Vicente Cebrián fue vocal del Consejo Nacional de Prensa (1966) y secretario general de Prensa del Movimiento hasta 1970.

También fue secretario de la Asociación de la Prensa de Madrid. Recibió el premio nacional de periodismo Jaime Balmes en 1964, como mejor director de agencia informativa, y el premio nacional de Prensa del Movimiento Uno de Octubre. Fue consejero del Instituto de Cultura Hispánica. Tuvo seis hijos.

No creo que Vicente Cebrián fuera como los falangistsa que describe el periódico de sus hijos en un editorial de El País titulado «Ganan los falangistas». ¡Pensar que este buen hombre pudo llegar a ser empapelado por el juez Garzón!

Le deseo sinceramente que se haya reencontrado en el Cielo con José Antonio Primo de Rivera y sus demás camaradas caídos por Dios y por España.




MI PRIMER DIRECTOR
Soledad Gallego-Díaz
(El País)

Tuvo siempre aspecto de coronel de lanceros bengalíes: rubio, alto, bigote, chaquetas de tweed, las manos a la espalda y un agradable sentido del humor. Yo le recuerdo dando grandes zancadas por la redacción de la agencia que dirigía, el día en que volaron al almirante Luis Carrero Blanco: «No os creáis una palabra. Nada de accidente. Le han matado».

Vicente Cebrián fue mi primer director, el primer periodista de verdad, que conocí y el primero que me enseñó una lección básica de este oficio: hay que desconfiar de cualquier comunicado oficial. Recordándolo hoy puede parecer extraño, porque ocupaba un cargo importante en el Movimiento Nacional y fomentaba una imagen de autoridad, pero lo cierto es que, a la hora de la verdad, como periodista, a Vicente Cebrián le venció siempre la curiosidad, el sentido del humor y, sobre todo, el oficio.

«Comprueba y vuelve a comprobar», me aconsejó el día que atravesé la puerta de la agencia Pyresa (Prensa y Radio del Movimiento) como estudiante en prácticas. Y a continuación, Vicente me dio un enorme tocho elaborado por los servicios de estudios de un banco: «Resúmelo en tres tomas». Cuando conseguí llevarle las tres hojas de 20 líneas, orgullosa de mi esfuerzo, me volvió a pedir el libro. «Pero, si este libro es de hace dos años...», exclamó, tirando el volumen, y mis tres hojas, a la papelera. «Primera lección: atenta a las fechas y horarios». Nunca más volví a leer un documento sin comprobar antes la fecha.

Lo que más le podía satisfacer a Vicente Cebrián era comprobar que los diarios Abc o Ya o, mejor todavía, Informaciones, donde trabajaba su hijo Juan Luis, publicaban una noticia firmada por Pyresa. Le gustaba muchísimo el trabajo de las agencias y creía, con razón, que era la mejor escuela de periodismo posible. «Aquí no hay firmas ni personajes. Solo Pyresa. Nada de adjetivos», explicaba a los redactores que le pedían firmar algunas noticias. «Si quieres firmar, haz reportajes», sugería. Fuera de tu horario laboral, por supuesto.

Aquellos fueron tiempos difíciles. Vicente abandonó la dirección de la agencia antes de los últimos y más terribles coletazos del franquismo, pero en su época ya estaba claro que el régimen llegaba a su fin. Él, como algunos otros periodistas que se habían juntado en ese momento en Prensa y Radio del Movimiento, eran personajes peculiares, que jamás preguntaron a los jóvenes aprendices de dónde procedían o cómo pensaban y que nunca exigieron adhesiones ideológicas o personales. Lo único que querían es que trabajaras, mucho y que, de vez en cuando, le mojaras la oreja a un periódico nacional con una información propia.

Seguramente Vicente sospechaba lo que muchos de sus redactores pensaban, o con qué grupos ilegales se podían relacionar, pero jamás les trató de manera distinta o peor. En mi caso, le estaré siempre agradecida porque cuando uno de sus sucesores, Julio Merino, nos despidió a Bonifacio de la Cuadra y a mí por seguir una huelga profesional, Vicente Cebrián, mi antiguo director, me llamó a casa para ofrecer ayuda: «¿En qué lío os habéis metido? Dile a tu abogado, el rojo ese que has contratado, que pida tu expediente laboral: hay algunas felicitaciones de mi época y pueden serte útiles en el juicio laboral».

Vicente Cebrián nunca soportó que se amenazara a «sus redactores»: «A quien quiera protestar, le das mi teléfono y te vas», me aseguró, protector y paternal, cuando le conté, todavía como becaria, el monumental enfado que había provocado en un dirigente sindical de la época. Me alegró poder manifestarle hace algunos años el gran afecto que siempre le tuve.




NO ES VERDAD
Gonzalo de Berceo
(Α y Ω)


Si, como señala Mingote en su viñeta, la bandera nacional de España ahí queda, tras la exaltación maravillosa y sorprendente de estos días por las calles y plazas de España, el Mundial de fútbol, además de una espléndida y bien ganada victoria deportiva, habrá sido algo más, mucho más para esta nación que, como ha quedado suficientemente claro, tan necesitada está de algo que le dé esperanza. En otra viñeta de estos días, Mingote ha pintado al seleccionador Del Bosque, junto a Zapatero, y le dice: «Pues a mí me parece que para seleccionar bien hay que estar previamente bien seleccionado». Sí, seguramente se trata de acertar, a la hora de seleccionar. A ver si aprendemos la lección y no ocurre como en otra viñeta, ésta de Martínmorales, en ABC, en la que se ve a Zapatero diciéndole a un periodista: «Hay quienes eligen ser futbolistas y llegan a hacer felices a los españoles. Mi vocación es distinta».

La explosión de españolidad que hemos vivido estos días, llamativa y masiva, entre los más jóvenes, es un fenómeno del mayor interés, que los políticos de pensamiento débil y único (el del poder por el poder) deberán tener en cuenta, a partir de ahora. Y los medios de comunicación moralmente estreñidos, también. He leído, estos días, algo que Zapatero dijo hace unos años: «España necesita niños». Hace falta cinismo a espuertas para decir eso, a la vez que se promueven y promulgan leyes como la del aborto, para matarlos antes de que nazcan. Si, pongamos por caso, estos socialistas que dicen que nos gobiernan, perpetraran una ley a favor del racismo, ¿no tendría que negarse a cumplirla todo ciudadano digno, limpio y honrado? Pues con la barbarie del aborto mucho más. Porque cada vida humana aniquilada en cada aborto es irreversible. Ahora dice Zapatero que es una ley preventiva; y ¿qué es lo que previene? Él dice que embarazos; ¿pues no quedábamos en que España necesitaba niños?

ZP habla –y, lo que es peor, hace y deshace– de objetivo cumplido. Efectivamente, para ese objetivo le eligieron. Cataluña, gracias a él, no es, como España, una nación discutida y discutible; y también gracias a él los españolitos a los que dejen nacer y vivir en esa región española no van a poder estudiar en español. ¡Objetivo cumplido! Ahora el tal Montilla dice que lo del Estatut es tocarle las narices; es lo único que él ha estado haciendo con sus compatriotas españoles, desde que, no se sabe por qué, fue nombrado para ese cargo. Si lo que ha ocurrido estos días en las calles y plazas también de Cataluña fuera el pan normal de cada día, las soflamas separatistas y las marchas de enanos independentistas y –no faltaba más– subvencionados, nada tendrían que hacer con su aldeanismo cutre, a su medida, de todo a cien. Hacen un ridículo políglota los que enarbolan esa pancarta en la que se lee Catalonia is not Spain. Desde luego que Catalonia no; pero Cataluña, en cambio, desde luego que sí es una parte y muy querida y muy hermosa de esta España que, gracias al fútbol, miren ustedes por dónde, ha dejado de avergonzarse de sí misma. Ya iba siendo hora...

Escribo este comentario horas antes del llamado Debate sobre el estado de la nación. El estado de la nación ya lo hemos visto estos días en la calle y está más claro que el agua clara. Lo que no está nada claro, cada vez menos, es el estado de la mente de los políticos que forman parte del Gobierno socialista actual, ni el de sus camarillas mediáticas. Habría que hacer un debate sobre los políticos en general, con sus obvias excepciones, mientras Zapatero se prepara a recibir a Montilla para reconducir la Sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña; un Estatuto, conviene recordarlo, que nadie pedía en Cataluña y que no hubiera sido posible ni siquiera plantearlo, a no ser porque Rodríguez Zapatero tenía «un objetivo que cumplir» y una irresponsabilidad que azuzar, con la ayuda de los tontos útiles del nacional laicismo que siente nostalgia –de ello escriben–, de los tiempos del nacional catolicismo, en el que todavía viven. Podría dar nombres, pero eso es lo que andan buscando, y se van a quedar con las ganas.

 
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