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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 523
Wednesday, 08 September a las 15:21:36

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 523 –  9 de agosto de 2010

SUMARIO

  1. El último de Novgorod, Antonio Burgos
  2. Lo que hace un sindicato en España, Diario de un adolescente liberal
  3. Cataluña y la cultura de la incultura, Álvaro Vargas Llosa
  4. Agustín de Foxá: perfiles de un diplomático atípico, José Antonio Navarro Gisbert
  5. Luis Rosales, transeúnte alucinado, Miguel Gregorio González



EL ÚLTIMO DE NOVGOROD
Antonio Burgos

(ABC de Sevilla)
 
Hubo un tiempo en que los cerdos con dos cabezas y las gallinas de cuatro alas sólo nacían en La Unión y en Puente Genil. ¿Había en esos pueblos una maldición del diablo? No. Había un buen corresponsal de la agencia Efe, que hacía noticia mundial lo que en los restantes pueblos no pasaba de habladuría de casino. Y exclusivamente en esos dos pueblos solían morir los últimos de Cuba. Un breve telegrama decía que a los noventa años había muerto el último mozo reclutado forzoso para aquella guerra. Parecía que a la guerra de Cuba nada más que hubiesen ido quintos de La Unión o de Puente Genil. Ocurría como con los cerdos con dos cabezas o las gallinas de cuatro alas: que sólo aquellos corresponsales daban dimensión de noticia a un tañido de muertos en la torre del pueblo. Breves líneas que recordaban cargas de los mambises, miedos a los machetes de los insurgentes de Maceo en su zafra de cabezas de españoles, bohíos incendiados, penosas marchas por la manigua de la provincia de Oriente, un uniforme de rayadillo y un sombrero de palma con la escarapela de la bandera de España.

Yo te diré por qué mi canción evoca ahora a otros últimos de otra Cuba. A los últimos soldados españoles que fueron a combatir el comunismo como voluntarios de la División Azul. Los últimos antiguos soldados de trenes de ventanillas florecidas de brazos en alto, de picos de camisas azules asomándoles por la guerrera del uniforme de la División 250, están muriendo en silencio. Ayer, junto a la mar de Cádiz, se me murió el último divisionario que yo conocía. Era el coronel y académico don José Pettenghi Estrada. Yo he estado con él muchas madrugadas de periódico en las trincheras del hielo, en el frío del frente de Leningrado. En su compañía. Pettenghi fue en Rusia el teniente de mi redactor-jefe, de Paco Otero. Y en las madrugadas de la redacción de ABC, mientras esperábamos oír el ruido de la rotativa como si fuera la artillería de los órganos de Stalin en Novgorod, Paco Otero me contaba miedos y grandezas, fríos y heroicidades, amoríos ruskis y nostalgias de un muchacho de la Macarena con el uniforme de soldado del Ejército alemán, a las órdenes de un teniente gaditano, humano y valiente, que se llamaba Pepe Pettenghi. Por eso puedo decir que yo he estado junto a aquel teniente en el lago Ilmen helado, en chabolas bajo la nieve, aguantando bombardeos rusos, de tantas noches de relatos bélicos de Paco Otero. Hasta me sé canciones de la soldadesca divisionaria. Quizá fue El Quini, corista del Carnaval de Cádiz disfrazado de soldado alemán con el escudo de Falange tatuado al brazo, quien le cambió la letra a la Kalinka: «Si no saltas pronto los parapetos/otro año a orillas del Volchov». O al Barrilito de Cerveza: «Te vas a pasar por lila/otro invierno en Krasnigborg».

Paco Otero me hizo la más viva descripción del miedo en una guerra. Una mañana, la compañía dormitaba en el búnker de primera línea. Entró de golpe muy alterado Pettenghi: «¡Venga muchachos, fuera, que los rusos han roto el frente!». Otero me lo describía de tal modo que sentía su frío, su miedo. Me decía Paco Otero:

–Pettenghi entró más nervioso que lo vi nunca. Y al ver que hasta él mismo traía el fusil ametrallador colgado del cuello, cruzándole el pecho, para entrar inmediatamente en combate, se me aflojaron las piernas...

Luego se fajaron con valor y se llenaron de honor en la batalla. Unos soldados de España, hechos una piña con su teniente, junto al palacio de Novgorod. Sí, de donde se trajeron, para que no la profanaran los soviéticos, una cruz ortodoxa. De donde quedaron muchas cruces de muchachos españoles en los cementerios, vino aquella cruz de Novgorod. Ahora una España de libertades la devuelve a la Rusia libre del comunismo que Otero y Pettenghi soñaban. Yo ahora tomo esa cruz rusa y en su memoria la coloco sobre la tumba del teniente Pettenghi. Junto a la mar gaditana del último de Novgorod.




LO QUE HACE UN SINDICATO EN ESPAÑA
Diario de un adolescente liberal

(TengoPolitica.com)

Tengo formación académica como físico, en inteligencia artificial e ingeniería del conocimiento, y como economista. Soy liberal, comentarista de opinión en Libertad Digital y miembro del Instituto Juan de Mariana. Y soy controlador aéreo en Aena desde hace once años, de lo cual no estoy precisamente orgulloso. He estado destinado en las torres de control de Tenerife Sur y en Madrid Barajas (donde fui instructor y supervisor) y ahora estoy en proceso de instrucción en el centro de control de ruta de Madrid -Torrejón. Además he estado en comisiones de servicio en las torres de Almería, Ibiza y Málaga. Aclaro que este artículo lo escribo a título estrictamente personal.

Mis sueldos de los últimos años han estado ligeramente por encima de la media dada a conocer por el ministro Blanco (aquellos más de 330.000 euros brutos anuales). Además mi nómina era de las relativamente bajas en la torre de control de Barajas, ya que estando más o menos en la media de antigüedad y carrera profesional yo solo hacía la ampliación laboral básica (el primer nivel de los tres que había de horas extra). Y Barajas es una torre de categoría inferior a los centros de control, que es donde hay más personal destinado.

Estos abultados salarios se han conseguido mediante la elevación de la demanda de controladores y la restricción de su oferta, fenómenos que no han sido ajenos a la presión sindical y a su capacidad de hacer daño al dejar de prestar un servicio esencial difícilmente sustituible (la unión hace la fuerza, especialmente en un monopolio público como éste). Los propios controladores decidían de forma casi unilateral cuántos eran necesarios durante cada turno en cada dependencia (las configuraciones de referencia, con cantidades a mi juicio infladas y exageradas porque prácticamente siempre solía sobrar personal, a menudo se abrían sectores no estrictamente necesarios y las horas efectivamente trabajadas estaban lejos del límite reglamentario). Dada la limitación de horas a trabajar por convenio (1.200 anuales) se programaban grandes cantidades de horas extra.

Algunos controladores se han presentado ante la opinión pública como responsables trabajadores que sacrificaban su tiempo libre, su familia y su salud (el famoso presunto estrés laboral) para hacer las horas extra y salvar la navegación aérea, al turismo y al país: la verdad es que se aprovechaba cualquier oportunidad para generar esos servicios adicionales y se hacía cola para hacerlos y cobrarlos suculentamente. Simultáneamente el sindicato reclamaba con gran cinismo ante la opinión pública más controladores, justo lo contrario de lo que realmente quería (cualquier economista puede explicar cómo a los gremios les interesa restringir la competencia para elevar sus ingresos y mejorar sus condiciones).

Quizás por la bonanza económica o para evitar problemas políticos los ministros y los directivos anteriores de Aena cedieron ante la presión sindical, básicamente las amenazas de dejar de hacer esas infladas horas extra y quizás también retirar a los profesores de la escuela y parar en seco los procesos de formación. Otras medidas eran y son las típicas de las huelgas de celo: utilizar el reglamento y los procedimientos (estos últimos de nuevo decididos y aplicados según el criterio de los propios controladores) como excusas para ralentizar el tráfico (los controladores aéreos insisten mucho en la seguridad, la cual invocan constantemente y aprovechan para meter miedo al personal, pero de lo que no pueden presumir en general es de eficiencia).

Durante mucho tiempo advertí a mis compañeros de que se estaban pasando y que estaban generando un sistema insostenible, pero obviamente no me hicieron ningún caso y continuaron los excesos y abusos. Y entonces llegó la crisis económica, la reducción del tráfico aéreo y el cambio de ministro de Fomento y de equipo directivo en Aena. Y más recientemente las nuevas leyes sobre provisión de los servicios de navegación aérea. Lejos de practicar una sana autocrítica, el nuevo equipo directivo de USCA (Unión Sindical de Controladores Aéreos) ha decidido huir hacia delante, se han autoproclamado víctimas esclavizadas y han promovido la convocatoria de una huelga. Estoy totalmente en desacuerdo, y además me siento profundamente avergonzado e indignado por lo que he visto y oído en los últimos meses en la torre y en la sala de control. Por eso me he dado de baja del sindicato USCA y estoy considerando mi futuro profesional. En próximos artículos espero ir dando más detalles, aclarando ideas y desmontando diversas falacias difundidas interesadamente por algunos controladores aéreos.




CATALUÑA Y SU CULTURA DE LA INCULTURA
Álvaro Vargas Llosa
(El Diario Exterior)

Las corridas de toros han sido debatidas durante siglos, y prohibidas por Papas y gobiernos. Incluso Hemingway admitió en El verano peligroso que «cualquier cosa capaz de despertar pasiones a favor despertará sin duda pasiones semejantes en contra».

Pero la decisión del Parlamento de Cataluña de prohibir las corridas de toros a partir de 2012 es la mayor victoria lograda hasta ahora por sus detractores. Fue tomada en una comunidad importante de España, cuna de la lidia, en un momento en el que grupos de presión globales demonizan diversas tradiciones con subterfugios políticamente correctos.

Para los nacionalistas catalanes, la prohibición del toreo es un arma contra España. Vino a remolque de la decisión del Tribunal Constitucional de dejar sin efecto la disposición del Estatuto de Autonomía que define a Cataluña como una «nación». Conscientes de que las corridas vienen declinando en su comunidad desde hace algún tiempo, los nacionalistas sabían que tenían una oportunidad para disparar una bala perfecta en el corazón de la cultura española.

El argumento moral de los políticos catalanes hubiese sido creíble si la carne y el «foie gras» también hubieran sido prohibidos, y si no hubieran hecho una excepción con el correbous, ritual del sur de Cataluña que consiste en prender fuego a los cuernos de un toro y tirar de su rabo. Nadie podrá acusar de coherencia moral al nacionalismo catalán, cuyos ataques contra las libertades locales son desvergonzados. La mitad de los habitantes de esa región considera al español su lengua materna pero las leyes dictan que la educación primaria sea recibida en catalán y que los comercios presenten rótulos e información en ese idioma.

Los detractores de las corridas tienen todo el derecho de no asistir a una plaza, de vituperarlas desde los medios de comunicación y de manifestarse en su contra. Pero prohibirlo es un acto totalitario. Los españoles en general lo han entendido así. Una encuesta reciente mostró que al 60 por ciento de los ciudadanos no les gustan las corridas, pero el 57 por ciento está en desacuerdo con la prohibición catalana.

Es posible que las corridas de toros dejen de ser una tradición cultural extendida. Las encuestas muestran que a los menores de 35 años no les interesan. Un efecto de la globalización es el ritmo acelerado del mestizaje cultural, por lo que las viejas costumbres tienen más dificultades para atraer a las generaciones más jóvenes, expuestas como están a las influencias internacionales. Pero, ¿tengo acaso derecho, como simpatizante del toreo, a proteger por la fuerza a los jóvenes de las influencias externas para preservar esta tradición cultural, que en su versión moderna se remonta al siglo 18? No tengo más derecho a hacer eso que el que tiene el Parlamento catalán de decretar la extinción de la tradición.

Muchas formas del trato a los animales son crueles. Según el Departamento de Agricultura de Estados Unidos, 8,600 millones de pollos, 570,000 vacas y toros, 839,000 de cabras y 113,7 millones de cerdos fueron sacrificados en este país el año pasado. El peso total de los bovinos y cerdos sacrificados en Europa en 2008, según la Comisión Europea, fue de 8 millones de toneladas y 22,5 millones de toneladas respectivamente. Cualquiera familiarizado con algunos de los métodos empleados consideraría a las corridas de toros, donde el matador arriesga mucho más que los matarifes, una confrontación menos sangrienta y desigual.

Llevado a su extremo lógico, el argumento contra la lidia privaría a los seres humanos de cualquier alimento relacionado con los animales. Desaparecerían las vacas de pastoreo que degradan los ecosistemas. Dado que la agricultura amenaza la ecología, tendríamos que suprimirla también. Si revocar todo dominio del hombre sobre la naturaleza es lo que los taurófobos desean, que aboguen sin complejos por eso mismo. Es más honesto reconocer el verdadero objetivo que comportarse de la manera hipócrita y falaz en que el Parlamento catalán ha prohibido las corridas a pesar de que apenas el 5 por ciento de los toros de lidia son utilizados en las festividades españolas cada año.

La fiesta española ha preservado toda una raza de ganado en los últimos tres siglos. El toro de lidia probablemente se habría extinguido –como ocurrió con sus ancestros, los urus, en el siglo 17– si no fuera por la cría selectiva y el cuidado con el cual se prepara a estos toros en las dehesas y haciendas españolas y latinoamericanas. ¿Es la protección de animales el nombre apropiado para una campaña que acabaría con toda esta raza?

Un aspecto de la tauromaquia merece ser condenado: los subsidios del gobierno. La Unión Europea y los tres niveles del Estado español gastan unos 500 millones de euros anualmente. ¿Correrían peligro las corridas de toros sin esas subvenciones? Tal vez. Pero esa es una decisión que corresponde a individuos libres. La cultura que vive de los ucases deja de ser cultura.




AGUSTÍN DE FOXÁ: Perfiles de un diplomático atípico
José Antonio Navarro Gisbert

(El Manifiesto)


El Foxá envuelto en una espesa nube que hace difícil distinguir en él lo verdadero de lo legendario, lo auténtico de lo verosímil, era merecedor de una biografía esclarecedora de un personaje en la doble acepción de la palabra: la que se refiere a un ser de carne y hueso, y la del que siguiendo los pasos de Pirandello encontró autor. En el caso de que Foxá hubiera tenido más larga vida, y en los años reposados de una fértil existencia hubiera acometido una autobiografía, es probable que le planteara la dificultad de distinguir entre la aureola que se fue tejiendo alrededor de él y lo real a través de su obra literaria y peripecia vital.

Una aproximación a su vida y obra ha venido a corregir una ausencia que chirriaba. Luis Saguera, diplomático de carrera como Foxá, aunque de una generación posterior puesto que su ingreso en el cuerpo data de 1968, ha venido a corregir esta ausencia con una obra publicada dentro de una colección «La valija diplomática» en la que importantes miembros de la carrera han dejado testimonio de su paso por diversos espacios geográficos lugar de destino para el desempeño de sus funciones. Escogidos a voleo figuran en la colección embajadores de España como Jaime de Piniés, representante español en las Naciones Unidas, donde protagonizó destacados episodios diplomáticos; Enrique Llovet, memorable autor de la letra de la habanera que como tema musical de la película «Los últimos de Filipinas» fijó en la memoria de los españoles una época en la que el «yo te diré, por qué mi canción…» hizo fortuna. Llovet, con el seudónimo de Marco Polo ofreció en las páginas de la prensa española de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, una amplia visión de los problemas del mundo, y dado el conocimiento que de él tenía, le permitió definirse como «experto en follones internacionales». Treinta y dos títulos contiene esta «valija diplomática» que permite acercar a los interesados en temas relacionados con la presencia de España en el escenario del mundo al conocimiento de importantes episodios de nuestra política exterior.

Luis Sagrera, al abordar la ejecución de su obra, reconoce, son sus palabras, que «corría el peligro de sentirme desorientado por las afirmaciones y silencios que rodeaban a la polémica figura de Foxá, objeto de apasionadas y opuestos puntos de vista. He tratado de superarlos recordando que de él podría decirse lo que Clouard escribió sobre Alejandro Dumás: “Se le ha reprochado haber sido divertido, fecundo y prolijo ¿Habría ganado algo con ser aburrido, estéril y avaro?”».

Prolífico en el cultivo de diversos géneros, destacó sobremanera como conversador de altos vuelos. Está extendida la opinión de cuantos tuvieron oportunidad de tratarlo todo lo asiduamente que permitía el agitado traslado continuo impuesto por su condición de diplomático, que de haber tomado nota del caudal de sus observaciones, ocurrencias y opiniones acerca de los temas más dispares, dispondríamos ahora de una ingente obra literaria para agregar a la recopilación publicada por Prensa Española.

Fue, entre otras cosas, un insigne escritor oral. La fama de su calidad expresiva de viva voz llegó al extremo de que era suficiente que cualquier anfitrión al invitar a sus comensales pronunciara el «viene Foxá» para garantizarse plena asistencia.

Durante su paso por Italia tuvo ocasión de asistir a la histórica entrevista de Franco con Mussolini que tuvo lugar en Bordighera. Allí fue testigo del argumento que el Caudillo esgrimió ante el Duce, mediante el cual afirmaba la negativa a sumarse a la causa del Eje. La base argumental la desarrolló Franco mostrando a Mussolini un pan negro habitual en el consumo de los españoles de aquellos años. Según Luis Segura, «le dijo que generalmente las guerras comenzaban comiendo pan blanco y terminaban comiendo pan como el que le enseñaba. Con ello quería Franco hacer hincapié en la imposibilidad de que, comenzando por lo que debía ser el final, un país como España entrara en la guerra». Además de Roma dejó estela de su paso por Bucarest, Helsinki, Montevideo, Buenos Aires, La Habana y una luz efímera en Manila de donde abatido por la enfermedad tuvo que ser trasladado a Madrid para vivir sus últimos días.

Los meses transcurridos en la capital finlandesa alcanzaron notoriedad debido al éxito alcanzado por la obra de Curzio Malaparte Kaputt. La arrogancia de este condotiero de la pluma le llevó a decir años después de la publicación de esta obra, modelo dentro de la literatura de escándalo, refiriéndose a Foxá: «el conde Agustín de Foxá, a quien hice célebre con Kaputt…». Lo cierto es que junto con Himmler, Isabel Colonna o la princesa Luisa de Prusia, Foxá es una de las figuras destacadas del libro, pero, por otra parte, brillaba con luz propia, proponiéndoselo o espontáneamente.

Una excursión desde Buenos Aires, donde estuvo destinado, le llevó al altiplano boliviano, y como contagiado por el efecto alucinógeno de la coca que mastican los indios como remedio infalible para combatir el soroche o mal de altura, dejó esta pincelada ilustrativa de toda una cultura: «Fui a Bolivia, donde las indias van vestidas de lagarteranas pero con bombín de Charlot y pendientes de diamantes entre sus trenzas. Llevan siete sayas de diferentes colores y, cuando bailan, se irisan entre las llamas de ojos de mujer y caderas tan voluptuosas que obligarían a dictar una disposición a los Virreyes prohibiendo a los indios pastores del altiplano conducirlas si no iban bien acompañados de sus mujeres. Así nació el pecado nefando que no mereció la anatema de la Biblia porque Jehová nunca vino a América…».

En La Habana, para hacer frente a determinados comentarios, uno de ellos procedente de un conocido empresario azucarero, su capacidad de improvisación le permitió salir al paso de malintencionadas ironías con la siguiente andanada:

Para presumir de genio
y para hablar mal de España
hay que tener mucho ingenio
y el tuyo… sólo es de caña.

Acerca de Foxá una conspiración de silencio ha pretendido ocultarlo a la curiosidad de cuantos puedan tener interés por conocer a los auténticos valores de la literatura española del siglo XX. Ha sido obra de la inteligentsia encargada de expender pasaporte de progresía con criterios dignos de los mejores tiempos del Santo Oficio. Se atribuye a Baroja, nada sospechoso de la más mínima gota de reaccionario, la afirmación de que «la intransigencia de los liberales y de los que en España se llaman avanzados» ha instalado una alcabala para cobrar peaje a los señalados como conservadores, fascistas y otras caprichosas lindezas.

Los 53 años de su corta vida pudieran describirse así: nació, escribió, vivió y murió. Una vida que puede definirse como rica anécdota tras la que se escondía una frondosa personalidad.




LUIS ROSALES, TRANSEÚNTE ALUCINADO
Manuel Gregorio González

(Diario de Sevilla)


Con ocasión del bicentenario de Larra, hace ahora un año, ya vimos la parvedad de las celebraciones y el magro entusiasmo con que se recordó a una de las mayores inteligencias críticas del XIX. Al desdichado Fígaro de entonces (Azorín nos recordaba el escaso suceso de su muerte, prestigiada apenas por un Zorrilla adolescente), vino a sumársele este olvido de hoy, cuyo origen es tan oscuro como claras sus consecuencias. No parece que Luis Rosales, altísimo poeta del XX, vaya a correr distinta suerte en este año de 2010. Alguna meritoria antología, quizá un simposio recóndito y emotivo, y después el silencio que a todos, ay, nos iguala. Por fortuna para el lector curioso, existe la memorable edición de sus obras completas (1996), amplísima labor a cuyo cargo estuvieron, asimismo, dos poetas: Antonio Hernández y Félix Grande.

Lo cierto, en cualquier caso, es que el Rosales poeta goza de un reconocimiento (todo lo escaso y pudibundo que se quiera), del que carece por completo el Rosales ensayista. Y a este extraño discurrir de las letras españolas, entre el olvido y la ignorancia, van dedicadas estas líneas. ¿Por qué el «transeúnte alucinado»? Porque así, como «transeúntes alucinados», definió el poeta granadino a una de sus más dilatadas ocupaciones intelectuales; esto es, la radical vigencia de El Quijote, y deambular incesante de sus personajes. En Cervantes y la libertad (1960), extraordinario ensayo de Rosales, no sólo por el abultado monto de sus páginas, sino por la fina argumentación y la profunda verdad que en ellas se contiene, lo que viene a argumentarse, en total consonancia con el ensayismo europeo, es el problema de la libertad humana. O lo que es igual, los diferentes modos en que el hombre ha vivido y entendido este concepto, y principalmente, la fractura que se abre, quizá para siempre, en el siglo barroco, entre el hombre y la sociedad, entre el individuo y su prójimo. Quiere esto decir, en contra de quienes hablan del páramo cultural en la segunda mitad del XX español, que a aquel periodo pertenecen buena parte de nuestra mejor novelística, una excelente gavilla de poetas, además de un ensayismo ejemplar, de poderoso vuelo, como es el caso que hoy nos ocupa.

Si los 50 de Barthes, si los 60 de Sartre y de Camus, si los 70 de Foucault se ocuparon de la libertad y el poder, de su infausta relación, de su ominoso equilibrio, no es menos cierto que todos esos temas están, de modo singularísimo, en la obra ensayística de Luis Rosales. Cuando Foucault, en Las palabras y las cosas, abra su libro con una referencia a la ironía en Cervantes y un ensayo sobre Las Meninas, no estará haciendo sino abundar en un asunto, de capital importancia, que cruza la totalidad del XX. Este asunto no es otro, como ya se ha dicho, que el conflictivo entendimiento de la libertad que se adivina ya en El Quijote. La libertad, vale decir, como valor en negativo, como huecograbado de una antigua presencia. Así, la plenitud de movimientos del Renacimiento, la íntima correlación del hombre con el mundo, viene a sustanciarse, pasado el tiempo, en la abierta hendidura que separa al individuo de cuanto una vez le había sido familiar y cercano. A este súbito distanciarse, a la sorpresa y la extrañeza ante lo obvio, se le llamó ironía. Al dolor que produce esta llaga irresuelta, se le llamará sarcarmo, sátira. Se le llamará Barroco.

He aquí la novedad que descubre Rosales en El Quijote. La orfandad sobrevenida ante lo circundante. Esta misma orfandad, de naturaleza escapista (Alonso Quijano, el licenciado Vidriera, la bella Marcela), es la que Rosales atisba, y con él el pensamiento europeo, en la sociedad de masas que capitaliza el XX. Rosales, cristiano al fin, encuentra la solución en la tríada famosa: fe, esperanza y caridad. Así lo habían hecho antes Chesterton y Bernanos, también aquel gigante ebrio que fue Léon Bloy, y así lo hará, con inusitado lirismo, la obra de Álvaro Cunqueiro. Por su parte, el pensamiento francés, hará una entomología inmisericorde de la sociedad burguesa. En cualquier caso, el diagnóstico es el mismo. El hombre se siente asediado, frágil, inmiscuido en su ser, y la respuesta, barroca por cervantina, es la dilución, la huida, la búsqueda de una improbable Edad de Oro (el Paraíso Original que buscaron Jean Jacques Rousseau y Sabino Arana), en la que sentirse a salvo de diversos gravámenes y artefactos: la sociedad, el Estado, el rumor insistente de lo vivo.

Rosales, al cabo, viene influido por el raciovitalismo de Ortega. Y desde esta concepción del ser humano como empresa (el hombre es una flecha que ignora su destino), es como debe entenderse el firme pensamiento, el asentado discurrir de Luis Rosales. Desde Colón a nuestros días, el hombre ha perdido a sus dioses y ha ganado un concepto ingobernable: el infinito. Esto es lo que se escenifica, con meridiana precisión, en El Quijote y Las Meninas. Ésa es la asombrosa novedad con la que, desde entonces, convivimos. Ante esa vastísima soledad, hija de Kepler y nieta de Galileo, el hombre apenas tiene dos opciones: vivir la vida a ultranza, empuñando la propia existencia como una daga, o enajenarse en la fantasía, en la soledad eremítica, en un delirio vagabundo, como los personajes, alocados y extraños sobre la piel del globo, de Cervantes.

Parece claro que Rosales, «transeúnte alucinado» por el tenue y sin embargo vivo esplendor del mundo, escogió lo primero. Sus versos lo declaran de modo inolvidable: así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón / en el baño, / sabiendo que jamás me he equivocado en nada, / sino en las cosas que yo más quería.

 
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