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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 526
Wednesday, 15 September a las 15:07:21

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 526 –  30 de agosto de 2010

SUMARIO

  1. El último cartucho, Pedro Pitarch
  2. ¿Morir por Afganistán?, José María Carrascal
  3. Oración en la base de Mazar e Sharif, Un Guardia Civil
  4. Gorrones sin fronteras, Fernando Sánchez Dragó
  5. Aznar en Melilla, Alfonso Ussía
  6. Un agosto para el despotismo, Juan Antonio Zarzalejo


 


EL ÚLTIMO CARTUCHO
Pedro Pitarch

(Teniente General - ABC)


Míster Obama recuerda al típico sheriff justiciero de las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, tan populares en los años 60. En mayo de 2009, para cambiar de estrategia en Afganistán, el presidente muescó las cachas de su revólver tras freír al general McKiernan. A éste le sucedió el general McChrystal, hasta junio de 2010, cuando Obama desenfundó otra vez y también lo liquidó. Las opiniones sobre su presidente atribuidas a McChrystal en el famoso reportaje de la revista «Rolling Stone» fueron las razones «oficiales» para ese dramático desenlace. Pero releyendo con calma esa crónica, el espectador no niega que lo dicho sobre el presidente fue algo indiscreto e inoportuno, posiblemente una falta, pero de una gravedad controvertible. La inmediata algarabía modulada sobre la onda de la «supremacía del poder civil sobre el militar», que orquestaron los habituales descubridores de lo obvio, facilitó apretar un engrasado gatillo.

La chunga relación entre Obama y sus generales no es algo fortuito. Se inscribe en el sensible marco de las relaciones entre lo político y lo militar e impele a reflexionar, con respeto y seriedad, sobre ellas. La estrategia política emplea una mezcla de decisiones revisables, regates, amenazas, firmeza y concesiones para alcanzar los objetivos políticos con la mayor rentabilidad, o al menor coste, no sólo en términos económicos, sino también de imagen y, especialmente, electorales: la lógica política está gobernada por el principio de economía. La estrategia militar, por su parte, se concentra en el empleo de los medios para lograr los objetivos asignados por la política de la manera más rápida y rotunda: la lógica militar está regida por el principio de eficacia. Esta desemejanza de principios lógicos fundamenta una siempre latente desconfianza recíproca, que emerge pujante ante la ausencia de éxitos, de la que Afganistán es paradigma. Aceptando los riesgos asociados a las generalizaciones, se podría decir que el político sentiría alguna recóndita prevención hacia el uniformado, al entender (con cierta razón) que un fuerte y eficaz «poder» militar erosiona los valores democráticos y complica el ejercicio del «poder» civil. Y el militar recelaría del político al barruntar (no sin algún fundamento) que el interés del «poder» civil no va siempre más allá de procurar perpetuarse, al margen de la eficacia de su gestión. Sin embargo, cualquier militar de un país democrático suscribe, sin restricción mental alguna, la subordinación de las Fuerzas Armadas al poder ejecutivo en los términos previstos en las leyes. Tampoco cuestiona que la actividad militar debe estar sometida al control político. Lo cuestionable sería la manera como este dominio es ejercitado. En román paladino: hasta qué punto el Mando, especialmente en operaciones, debe estar intervenido por quienes, desde fuera de la cadena de mando, no solamente intentan imponerle lo que debe lograr sino incluso cómo tiene que hacerlo. Y en el argumento de McChrystal subyacen dos relevantes aspectos ignorados por los «analistas»: la legítima defensa de la razonable libertad de acción que todo militar necesita para cumplir las misiones encomendadas; y la serena protesta por la permanente intrusión en la cadena de mando, de políticos intermedios que medran metiendo su cuchara en la sopa del mando militar. Por cierto, ¿no es algo cínico que algunos que después de abroncar a los militares si, en situación de activo, osan filtrar la más mínima crítica sobre el poder, también les increpen si el comentario lo hacen estando en otra situación, por no haberse manifestado públicamente cuando estaban en activo? ¿En qué quedamos?

En Afganistán, la capital importancia de algunas cosas en juego –las vidas de nuestros soldados y guardias civiles en primer lugar– exige de nuestros responsables que, de una vez por todas, abandonen toda ficción. El nuevo comandante de ISAF, el general Petraeus, está tratando de armar su propia estrategia de contrainsurgencia, la cual, aunque me tilden de herético (ya estoy acostumbrado), demanda también ciertas dosis de contraterrorismo. Y para tener éxito necesita un mayor volumen de tropas y más tiempo. El primero parece hoy fuera de cuestión y, al menos de momento, el general no lo ha mencionado. Sí lo ha hecho con el segundo, el tiempo, que es el talón de Aquiles de la actual estrategia, de la que forma parte integral. No ha aclarado Petraeus si el tiempo del que habla ha de medirse con el reloj digital de la OTAN o con el de arena del talibán. En cualquier caso, tampoco será fácil obtenerlo y la negativa verbal ya ha salido de Washington. Obama está atrapado por su compromiso público sobre los plazos de repliegue. Promesa que sirvió de palanca impulsora para la adhesión a la nueva estrategia de los gobiernos contribuyentes a ISAF. Alguno, como el español, llegó a más: se abalanzó, en diciembre de 2009, a santificar la nueva estrategia que iba a ser presentada oficialmente a los aliados en la conferencia de Londres un mes después. Y así, España, ausente de la elaboración de esa estrategia, se co-responsabilizó de ella a tope innecesariamente, bajo el eslogan «vamos más para volver antes». En este escenario, si al final, el Gobierno estadounidense quebrara su compromiso con los plazos de repliegue de sus fuerzas ¿estaría dispuesto el español a hacer lo propio? Desgraciadamente, el estancamiento de las operaciones –Helmand y Kandahar son dos ejemplos, que tienen mucho que ver con la salida de McChrystal– no está aportando más efectos visibles que el incremento de los muertos y, como mucho, una cierta contención. Esta «vietnamización afgana» está reventando las costuras de algunos países que, participando en el esfuerzo de guerra, son paradójicamente incapaces de aceptar bajas; pero no ya solo las propias, sino incluso las del adversario. En la retaguardia, la guerra es percibida como excesivamente larga y, al no estar ganándose, se está perdiendo. Las filtraciones publicadas por «WikiLeaks» sobre presuntos crímenes de guerra, y que confirman la complicidad de los servicios pakistaníes con el talibán, incrementan exponencialmente el cansancio general.

No nos engañemos, el relevo de comandantes significa la revisión de una estrategia que, vendida hace unos meses como longeva panacea, está resultando estéril y fugaz terapia. El reciente repliegue del contingente de los Países Bajos, uno de los Estados históricamente más comprometidos con la OTAN, es una señal de grave deterioro de la solidaridad que cimenta el edificio atlántico. La credibilidad de la Alianza está amenazada en Afganistán y, consecuentemente, también lo está la de la defensa colectiva en Europa. En todo caso, sería conveniente contraponer las consecuencias de la no ampliación de los plazos de repliegue, con las de minar los fundamentos de la Alianza por hacer lo contrario. El espectador piensa que la estrategia inteligente pasa ahora por encontrar pronto una ventana de oportunidad para, salvando la cara, evadirse de la prisión afgana. Con la opción Petraeus, Míster Obama ha introducido en el tambor de su colt el último cartucho disponible hasta su próximo año electoral. Antes de gastarlo, tendrá que calibrar cuidadosamente lo que uno de sus antecesores en la Casa Blanca, Abraham Lincoln, afirmaba: «Una papeleta de voto es más fuerte que una bala».




¿MORIR POR AFGANISTÁN?
José María Carrascal
(ABC)


La única diferencia entre Irak y Afganistán son los actores, Bush y Aznar por un lado, Obama y Zapatero por el otro. En el resto, estamos ante el mismo conflicto: el Oeste batiéndose con el radicalismo islámico, con el propósito de establecer la democracia en ambos países, desde hace ya más tiempo que se batió con la Alemania nazi. Y con peores perspectivas. Podría alegarse que la intervención en Afganistán se hizo bajo el paraguas de la ONU, y la de Irak, no. Pero a estas alturas ambas tienen igual cobertura, aunque de poco les sirve.

Para el Gobierno español, sin embargo, se trata de situaciones totalmente distintas. Estamos ante otro de esos espejismos con los que nuestro presidente intenta sustituir la realidad por la ficción, como fue traer la paz al País Vasco negociando con ETA, articular territorialmente España con nuevos estatutos de autonomía o resolver la crisis económica negando su existencia. En Afganistán, se trata de llamar a aquella guerra «misión humanitaria». Las víctimas vienen a ser algo así como accidentados de tráfico, las condecoraciones, cruces de beneficencia. La guinda la puso el anterior ministro de Defensa: «Nuestro soldados sólo dispararán si son agredidos». Mientras la ministra actual, calla.

El caso es demostrar que no estamos en una guerra y ahí tienen al ministro de Interior anunciándonos, de riguroso luto, las dos últimas bajas, como horas antes daba por cerrada la crisis con Marruecos por Melilla. Si lo cree, es un ingenuo. Si no lo cree, un cínico.

Seguimos sin debate sobre nuestra participación en Afganistán, que es lo menos que puede pedirse en una democracia, sin saber por tanto si los costes compensan los beneficios. Todo por el maniqueísmo de un gobierno que hace la misma guerra que el anterior, y al que criticó hasta la saciedad por ello.

Lo de Afganistán, como el resto de las crisis en que anda metido, no hará más que empeorar. Es aquél un conflicto demasiado complejo para abarcarlo en una «postal», por lo que lo dejo para una próxima «Tercera». Pero adelanto tres cosas: que aquello es una guerra. Que se está perdiendo. Y que el Gobierno español seguirá mintiendo hasta el final, por más que los hechos le contradigan, como está haciendo con la crisis económica. Y es que ya no sabe hacer otra cosa. El mundo ficticio donde se ha instalado se lo impide e incluso tiene que mentir en aquello que debiera enorgullecerle, como es defender la democracia en la otra esquina del mundo. A tal extremo le ha llevado la ignorancia, el sectarismo y la obstinación.

Mientras a los españoles sólo parece preocuparnos la Liga que empieza. Claro que puede ser más real que nuestra política. Y menos peligrosa. 


ORACIÓN EN LA BASE DE MAZAR E SHARIF
Un Guardia Civil


Este es un mensaje recibido del Contingente de la Guardia Civil en ISAF. Es imposible entender el inmenso significado de la foto adjunta sin leer dicho mensaje.

Queridos compañeros,

Es solo una imagen, de poca calidad pero con mucho significado. Además de querer compartirla espero que de alguna forma os reconforte. Esta mañana el pequeño grupo de Guardias Civiles destacados en Mazar e Sharif (Afganistán) decidió pedir permiso para cambiar la bandera de EEUU que habitualmente ondea en nuestra base e izar la española a media asta en señal de duelo por nuestros compañeros. El Jefe de la Base accedió un poco extrañado, pues era la primera vez que esto ocurría.

Al anochecer íbamos a formar los cinco para arriarla y rendir una pequeña oración. De pronto, de forma voluntaria se nos unió el contingente francés al completo (izquierda), luego los US Marines (fondo derecha), los polacos y los holandeses (fondo). También nos acompañó, aunque no se ve en la foto, personal civil de Dyncorp (american contractor).

Desde que empezó el año desgraciadamente hay que contar centenares de víctimas de todas las nacionalidades. Sin embargo, éste ha sido el primer homenaje que se ha rendido en esta Base. No hubo corneta ni himnos, no hubo orden previa ni ensayos, tampoco prensa o autoridades. Sólo unas palabras sentidas que a duras penas fueron pronunciadas en su memoria, seguidas de un silencio desgarrador mientras se arriaba nuestra bandera.

Jose María, Leoncio,... ¡va por vosotros!¡Viva España y Viva la Guardia Civil!

Contingente Guardia Civil (Mazar e Sharif).


Es imposible entender la historia y la trayectoria de la Guardia Civil sin internalizar de qué clase de madera estamos hechos los guardias civiles, que somos capaces de proponer que se rompan las estrictas normas estandarizadas del Ejército de los EE.UU. cuando realmente es necesario ¡y lo conseguimos!

Es imposible entender la adhesión, el apoyo y el respeto que con toda naturalidad se gana la Guardia Civil y que merecemos los guardias civiles salvo que se hable de abnegación, entrega, espíritu de sacrificio, solidaridad, disciplina y compañerismo. Esos son los valores que llevan a los demás a admirarnos y respetarnos aunque hablemos mal el inglés o tengamos carencias de otros tipos. Lo verdaderamente importante, al final prevalece.

Y por supuesto, es imposible entender por qué el «Todo por la Patria» es tan importante para nosotros si no se entiende la reacción natural de nuestros guardias civiles que prestan su servicio tan lejos de ella en lo físico y tan cerca de ella en el corazón, pues así lo demuestran sus nobles hechos.

Para los guardias civiles de bien, es el sacrificio de personas como el capitán Galera, el alférez Bravo o el guardia civil D. Miguel Jorge Piñeiro Lorenzo –asesinado en Pontevedra apenas hace una semana cuando trataba de detener a los ladrones de un banco– lo que llena de contenido ese lema que tan orgullosamente lucimos en nuestras casas-cuarteles. Porque lo demostramos día a día.

Saludos en un día más bien triste.

Un guardia civil más.



GORRONES SIN FRONTERAS
Fernando Sanchez Dragó

Remoloneo en la cama. La tele dice que los misioneros sin crucifijo, pero con chalecos de coronel Tapioca, secuestrados en Mauritania siguen en paradero desconocido. Mi mujer, que es japonesa, exclama:

¡Menudo chollo! Los españoles pagáis al contado y, encima, convertís en héroes a esos pijos. Razón lleva. Pijos, caraduras, gili**** y gorrones, añado. ¿Acció solidaria? No. Acción mamaria (de mamoneo). Lo de esa gubernamentalísima organización no gubernamental es como para clamar al cielo en el que sus frailes no creen. Pijos, porque basta verlos, saber quiénes son sus papis y pasar lista a los enchufes de los que viven. Caraduras, porque jeta de granito hay que tener para asegurar que es la misericordia –solidaridad, la llaman. Jerga progre– lo que los mueve.

¡Oh, cuánto sacrificio! ¡Qué entereza de ánimo la que los lleva a arrostrar las penalidades del turismo de aventura! Gili****, porque lo es en grado sumo todo el que piense que con unos cuantos camiones cargados de alubias, chocolatinas y preservativos va a sacar de apuros a millones de personas gobernadas por sinvergüenzas. Son éstos quienes se quedan con el cepillo.

Y aunque así no fuese, ¿no sería más lógico cargar la ayuda en un mercante y entregarla en los puertos de destino a cualquier institución solvente (si existiera, lo que es dudoso) o depositarla en las huchas del Domund? Tres cuartas partes, como mínimo, del dinero recaudado por las oenegés laicas van a parar al pozo de los gastos de gestión y al sumidero de la corrupción. Añadan a eso los del viajecito de treinta y tantas personas –¡treinta y tantas!– enviadas desde Cataluña, a todo tren, a tan lejanos parajes y echen cuentas. ¿Es que no hay aquí pobres sin intermediarios a la vuelta de cualquier esquina? Y si el donante los prefiere de raza negra o circuncisos y con chilaba por mor del exotismo, no han de faltarle. En cuanto a lo de gorrones. Yo también me pongo a veces ridículos chalecos de coronel Tapioca, pero los pago de mi bolsillo. Si cruzo el Sáhara para revolcarme en las dunas y me descalabro o me voy al Índico a pescar atunes y doy en hueso, es sólo asunto mío o de los míos. ¡Ojalá los chupópteros sin fronteras regresen ilesos a sus camitas, pero confío en que lo sucedido sirva de escarmiento a esos tontainas y a quienes les consienten los caprichos! ¡Qué buenos son los politicastros mendicantes que nos llevan de excursión! Nunca viene mal una colleja propinada en el momento justo.
 



AZNAR EN MELILLA
Alfonso Ussía

(La Razón)

Corría el año 2003. Las tensiones con Marruecos provocaron la eventual retirada de embajadores. El entonces líder de la Oposición, Rodríguez Zapatero, dio la espalda a los intereses de España y voló a Rabat a entrevistarse con el caprichoso Sultán Mohamed VI. Hablaban y sonreían con un gran cartel de fondo en el que las islas Canarias formaban parte del territorio marroquí. Hasta la isla de San Borondón, que es alucinación, sueño y prodigio de entreluces, pertenecía a Marruecos. Aquello sí supuso una grave deslealtad con España. Establecer comparaciones entre el viaje rastrero de Zapatero y el paso por Melilla de Aznar sólo es factible mediante el cinismo.

Aznar ha estado en Melilla, y ha hecho muy bien. Melilla ha sido abandonada por nuestro Gobierno, el ministro de Asuntos Exteriores se ha comportado como un gamberro, Zapatero ha demostrado que le importa un bledo el presente y futuro de la ciudad española y la sensación de desamparo se ha extendido por todos los melillenses. Y Aznar ha viajado a Melilla. No a entrometerse en nada. Lo ha hecho como un español. Es innegable que Aznar no es un ciudadano del montón, y que su condición de ex presidente del Gobierno le concede unos matices diferentes. Para lo bueno y para lo malo. En el presente caso, el primer apartado. La indignación socialista es consecuencia de su humillación ante el Sultán, y cualquier excusa le sirve al Gobierno para disfrazar su inacción, su sometimiento y su política de cuclillas permanentes. Un español no tiene que pedir permiso a nadie para visitar una ciudad española. Y si esa ciudad española está siendo objeto de toda suerte de provocaciones, menos aún.

Aznar ha pisado y paseado las calles que ha rechazado Moratinos. Aznar ha saludado a los españoles a los que Moratinos ha negado el saludo y la cordialidad. Aznar ha recordado que Melilla es España mientras Moratinos no ha movido un dedo de los pies para salir de su escondite veraniego. El compromiso de Aznar ha sido con su presencia, que no con su voz, porque se ha limitado a pronunciar unas pocas palabras que no pueden considerarse aprovechadas o inoportunas. El problema de Melilla es el Gobierno de Zapatero, no Aznar. Y si el Gobierno de Zapatero no hace nada por remediarlo, habría de comprometerse a mantener su humillante silencio y no a reaccionar con celos histéricos por una actuación individual absolutamente normal. Dice Blanco que Aznar no visitó Melilla en sus ocho años de presidente del Gobierno. Y no le falta razón. Pero no ha acudido a rendir pleitesía al Sultán en contra de los intereses de España con unas islas Canarias marroquíes como telón de fondo.

La tragedia es que el Gobierno de España ha perdido su autoestima. No se tolera a sí mismo. Y esa grieta en la estimación propia la aprovechan los de siempre. No sirve, para esta ocasión, el pase de modelos de la vicepresidenta Fernández de la Vega. A Mohamed VI, los modelos de la vicepresidenta le importan la mitad de un dátil. Él no habla con mujeres, que por algo es más que un aliado de civilizaciones. Mucho y bueno tiene Marruecos. Es el tapón del islamismo sangriento. Y nuestras relaciones, siempre a caballo del amor y del odio, necesitan de una inteligencia diplomática que hoy nos resulta inalcanzable. Zapatero es un torpe y Moratinos un vago. Aznar ha estado en Melilla y su presencia hay que interpretarla con sosiego y normalidad. Un español por España nunca es una provocación. Y más vale tarde que nunca.





UN AGOSTO PARA EL DESPOTISMO
José Antonio Zarzalejo
(El Confidencial)


El presidente y los miembros del Gobierno utilizan con frecuencia un lenguaje gelatinoso en el que términos como «prudencia» o «responsabilidad» son pretextos verbales para imponer una opacidad en la que ejercen como ningún otro Ejecutivo occidental un radical despotismo. No se trata, por supuesto, del despotismo ilustrado de algunas monarquías del siglo XVIII, sino de un despotismo a secas, aquel que se define como un abuso de superioridad remitiendo a la idea de que se gobierna sin sujeción a ley alguna. Y si ya incurren con frecuencia en este comportamiento, tanto Zapatero como algunos de sus ministros han ofrecido este mes de agosto –embozados en el estío vacacional– todo un recital de despotismo.

Quizás el más irritante de todos los que han perpetrado haya sido el de avenirse –no sabemos en qué medida– al chantaje de Al Qaeda del Magreb Islámico para rescatar a los dos cooperantes catalanes que tan irresponsablemente emprendieron una «caravana solidaria» que le ha salido cara al erario público y ha mostrado la debilidad despótica e impune de un Gobierno que –con turbiedad absoluta– negocia con terroristas. El folklore político en torno a la costosa liberación de los dos cooperantes cuyas cualificaciones como tales son desconocida más allá de su militancia –se supone que progresista– en la ONG catalana Acció Solidaria ha sido impúdico. El presidente del Gobierno –creyendo protagonizar un éxito cuando en realidad representaba lo contrario– anunció la liberación; un avión de las Fuerzas Armadas trasladó a los dos cooperantes desde Burkina-Fassó; fueron recibidos en el aeropuerto del Prat por el presidente Montilla y otras autoridades, mientras el secuestrador –que fue el que devolvió a los secuestrados– aparecía en unas inenarrables imágenes de televisión cerrando el negocio que acaba de hacer con la fragilidad despótica del Gobierno de Zapatero.

Por el momento, no hay explicación gubernamental del modo y de las contrapartidas por la liberación de los cooperantes pero ni la excarcelación de un terrorista ni el pago de determinadas cantidades, han sido extremos desmentidos por el Gobierno que ampara su silencio en «la prudencia» y la «responsabilidad». Al parecer, ni las instituciones representativas ni la opinión pública tienen derecho a conocer el modo de proceder del Gobierno en un caso tan sensible. Por el contrario, ambas instancias deberían –y es lo propio del despotismo– asumir que el Gobierno es titular de un poder sin límites para disponer, no sólo de las arcas públicas, sino también del ejercicio de la soberanía nacional.

Melilla y el Checkpoint Charlie marroquí

Tampoco tenemos derecho a saber –y ahí la oposición con excepción del PP y de UPyD ha hecho el caldo gordo al despotismo gubernamental– qué ha ocurrido de verdad en la crisis con Marruecos, cuya existencia se niega. El Gobierno hizo intervenir al Rey para que aplacase a Mohamed VI, cuyo Gabinete emitió hasta cinco notas incendiarias contras las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado en Melilla y desplazó a Rabat a Pérez Rubalcaba para que –por enésima vez– se nos hiciese creer que el bloqueo de la ciudad española de Melilla había sido un episodio sin importancia.

La realidad es otra. Mohamed VI pretende tanto Ceuta como Melilla y desearía que en el futuro el paso fronterizo de Beni-Enzar se visitase como el Checkpoint Charlie de Berlín. La ciudad resiste cada vez con más dificultades. La determinación de la comunidad cristiana y hebrea –reducida pero muy activa– es constante, pero la islamización de la urbe progresa de manera geométrica. En las calles de Melilla se oye más el árabe que el español, nuestros compatriotas están adquiriendo viviendas en Málaga, donde envían a sus familias, y se ha instalado un estado de inquietud y provisionalidad en la población que el Ejecutivo niega de manera sistemática pero que se comprueba con una breve estancia en la ciudad.


Los hechos cantan: el rey alauita no ha enviado todavía a su embajador a Madrid y los acuerdos entre Rubalcaba y su homólogo marroquí son más antiguos –e incumplidos– que el hilo negro. Rabat aprieta y afloja hasta que decida que ha llegado su momento y lleve a efecto –como Hassan II con el Sáhara– la «unificación nacional» que proclama anualmente en el Discurso del Trono, es decir, la anexión de Ceuta y Melilla a Marruecos, ambas ciudades españolas –no plazas de soberanía–, lo que provocaría una crisis de consecuencias impredecibles. Con los marroquíes –vinculados a los intereses de Francia en la región y viceversa–, la historia es una aleccionadora maestra. La política de apaciguamiento de Zapatero, no sólo es contraproducente, sino impropia y, además, despótica, porque no se somete al control del Congreso. Debemos ser «prudentes» y «responsables» porque de lo contrario «calentaríamos» a los vecinos marroquís. De nuevo la gelatina verbal del despotismo.

Burla al Constitucional

De forma asimismo déspota, el presidente del Gobierno ha decidido poner en marcha –sin debate en las Cortes– el «rescate» del Estatuto catalán sorteando en lo posible la sentencia del Tribunal Constitucional que, aunque intérprete de la Constitución, parece que puede ser burlado con recursos normativos que quizás no violen la letra de su sentencia pero sí, desde luego, su espíritu. Poder sin límites, sin rendición de cuentas, interlocución mano a mano con Montilla –para prometer autogobierno en vísperas electorales– y con Griñán para, sin más criterio que el del propio presidente, asegurarle que Andalucía –tambaleante la mayoría socialista– se llevará la parte de león de los 700 millones de euros recuperados –en hábil triquiñuela de Blanco– del tijeretazo de más de 6.000 previstos por el Ministerio de Fomento. También en este caso «prudencia» y «responsabilidad» es lo que nos pide, como un mantra desquiciante, la vicepresidenta primera del Gobierno.

El despotismo lo puede ejercer el presidente, y así lo practica en su propio partido, como se ha podido comprobar a propósito de los candidatos socialistas a la Comunidad de Madrid y a la alcaldía de la capital. Si sus compañeros se lo consienten, allá ellos. Puede –también como un acreditado déspota– linchar políticamente al secretario general del PSM, Tomás Gómez (¿por qué se ha prestado Pérez Rubalcaba a darle la puntilla al de Parla aduciendo que su activo será haber dicho «no» al presidente del Gobierno?). Pero lo que no puede es alzarse con una abusiva expansión de los poderes ejecutivos aprovechando un agosto tórrido que ha exprimido para perpetrar algunas fechorías muy graves en política interna e internacional. La simulación –«prudencia», «responsabilidad»– se le daba bastante bien a Zapatero. Pero en este agosto se le ha ido la mano y se han hecho visibles las mañas déspotas de este político de regate corto que, paso a paso, está degradando la calidad democrática española.








 
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