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El Risco de la Nava: El Risco de la Nava Nº - 532
Wednesday, 10 November a las 18:39:19

El Risco de la Nava

GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 532 –  11 de octubre de 2010

SUMARIO

  1. Docta Bibiana, José-Fernando Rey Ballesteros
  2. Objetores criminales, Juan Manuel de Prada
  3. Apuntaciones sobre la Guardia Civil, Antonio Castro Villacañas
  4. Bibiana Aído: el concepto de ser humano es opinable, Análisis Digital
  5. Una opinión diferente y fundamentada, Centro Jurídico Tomás Moro
  6. «Desprecio profundamente el separatismo», Imanol Arias



DOCTA BIBIANA
José-Fernando Rey Ballesteros
Escritor (Análisis Digital)


He querido tomarme mi tiempo, porque los pensamientos profundos solo pueden ser asimilados con sosiego. Y escuchar a esta nueva Concepción Arenal, a la Rosalía de Castro andaluza, a la Edith Stein del Guadalquivir, requiere recogimiento, silencio y mucha meditación. Finalmente, después de haberme sumergido en sus palabras como en un mantra laico, me atrevo a glosarlas con mis pobres consideraciones. He aquí mis conclusiones acerca del sabio verbo de Bibiana Aído:

- «Abortar no supone acabar con una vida humana»: en el enciclopédico Corpus Doctrinal de la filósofa Aído encontramos las bases de esta doctrina: «el feto es un ser vivo» –Aído dixit–, «pero no es un ser humano». Coherente se muestra la doctora, cuando nos regala, finalmente, la conclusión del intrincado silogismo: «Acabar con una vida humana supone acabar con un ente que esté vivo y sea humano / El feto es un ente vivo, pero no es un ente humano / Acabar con la vida de un feto (es decir, abortar) no supone acabar con una vida humana». Con mayor temblor, si cabe, que el que embargó a Abrahán cuando se dirigía a Dios pidiendo la vida de los sodomitas, me atreveré a interrogar a la Docta Bibiana: comparto, ilustre mujer, la premisa mayor del silogismo, y compartiría también la conclusión si fuese capaz de compartir la premisa menor, pero en ella me detengo perplejo y anonadado. Dos preguntas me paralizan, cuya respuesta no alcanzo a vislumbrar: si el feto es un ente vivo, pero no es un ente humano, ¿cuál es su naturaleza, cuál su forma sustancial? ¿Es acaso materia informe? En segundo lugar: si usted, Docta Bibiana, se tiene por ser humano, y por tal la tengo yo, habiendo comenzado su corta pero jugosa existencia como feto (y espero no faltarle al respeto, pues si es usted semidiosa, nacida ya formada de la cabeza de algún dios, yo lo ignoraba)... ¿en qué momento exacto se produce la asombrosa transformación que lleva al feto a convertirse en ser humano? ¿Se trata de algún tipo de transustanciación? ¿Acaso media una intervención divina, infundiendo alma humana en amasijo de células? Sé que Santo Tomás, quizá su maestro, Docta Bibiana, sostenía que el alma humana era infundida por Dios días después de la concepción. Pero la Iglesia, que ha propuesto al Aquinate como maestro, sin embargo no ha accedido a darle la razón en este punto. ¿Es usted, Docta Bibiana, más tomista que Santo Tomás, y ha profundizado en su saber hasta el extremo de poder confirmar este aserto?

- «Sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime»... Entiendo, Docta Bibiana. Ahora veo que no sólo al Aquinate iguala en sabiduría, sino que al mismo Catón se asemeja en su talante democrático. Si Descartes se negaba a aceptar cualquier idea que no se mostrase como clara y distinta, usted, Docta Bibiana, se niega a otorgar carta de naturaleza a cualquier concepto que no venga refrendado por un consenso democrático y unánime. Pero, en ese caso, ilustre mujer, ¿en qué podremos creer nosotros, pobres mortales? ¿Acaso existe algún concepto tan universal que sea capaz de suscitar la unanimidad de todos los mortales? Ha superado usted la gnoseología aristotélica, según la cual es la verdad la que da forma al entendimiento, y ha concluido, sabiamente, que es la suma de todos los entendimientos la que da forma a la verdad. Pero, en ese caso... ¿En qué creeremos? Tengo que decirle, Docta Bibiana, que existen malévolas mentes capaces de pensar que usted misma no es humana, sino invento de un Genio Maligno. Puesto que ni tan siquiera acerca de la humanidad de su docta persona encontramos pensamiento unánime... ¿Dudará usted de su propia humanidad?

- «Por vida humana nos referimos a un concepto complejo, basado en ideas o creencias filosóficas, morales, sociales...». En mi ignorancia, no exenta de cierta insolencia, me parece vislumbrar, Docta Bibiana, que se encuentra usted ante un nudo tan enrevesado y revuelto que no deja pasar luz hacia sus ojos. ¡Oh, clarividencia! Quienes no somos tan doctos y letrados hubiéramos sido capaces de interpretar su inteligente verbo adaptándolo a nuestras cortas mentes con frase tan grosera como «esto de la vida humana no tengo ni repajolera idea de lo que es; déjenme en paz y no me den la brasa». Pero usted, superando en su saber al propio Sócrates, lo expresa como «concepto complejo», inasequible a la prístina sencillez de su iluminada mente. Por eso su ignorancia es docta, Docta como la Docta Bibiana: «sólo sé que no se nada».
- «...En definitiva, sometida a opiniones o preferencias personales». He aquí la conclusión, la «fruitio intellectus», el «¡Eureka!» de esta Arquímedes de la política. De nuevo los simples, los iletrados, los indigentes intelectuales podríamos atrevernos a resumir tan denso pensamiento en soez frase: «¡Vamos, que vida humana será lo que a ustedes les apetezca, o lo que me apetezca a mí! ¡Déjenme en paz!». Pero ese atrevimiento es el descaro de quien no alcanza la altura de un pensamiento elevado como el de la Docta Bibiana. Lo que esta maestra está sugiriendo a sus pupilos es que dediquen sus esfuerzos al estudio, y que ellos mismos determinen, en su sabiduría, qué es vida humana y qué no, quién merece vivir y quién no, quien debe morir y quién no... De este modo, y tras haber superado a Santo Tomás, a Aristóteles, a Catón, a Descartes, y al propio Sócrates, la Docta Bibiana ha alcanzado la identificación con aquél que dijo al hombre: «Seréis como dioses» (Gén 3, 5).




OBJETORES CRIMINALES
Juan Manuel de Prada

(Religión en Libertad)

En unos pocos años, los objetores de conciencia se convertirán en seres asociales, en peligrosos criminales.

La Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa aprobaba el otro día una resolución por la que solicita a los Estados miembros que respeten el derecho a la objeción de conciencia de los médicos que se nieguen a perpetrar abortos. Tal resolución se adoptó después de una votación apretadísima; y como resultado de la tramitación de sucesivas enmiendas a un texto originario que proponía exactamente lo contrario: es decir, exhortar a los Estados miembros a impedir el ejercicio de tal derecho, convirtiendo a los objetores en criminales. Ingenuamente, podríamos creer que se trata de una victoria de la objeción de conciencia; cuando, en realidad, se trata de una paso más en la paulatina conculcación de este derecho, que se ha convertido en una suerte de «concesión graciosa» que los Estados permiten, cuando y como les apetece o conviene. Pues desde el momento en que aceptamos que los derechos humanos, «indivisibles, inviolables e inherentes» a la persona, pueden ser remodelados, redefinidos, desnaturalizados o simplemente negados mediante votaciones o mayorías parlamentarias, hemos aceptado su conculcación.

Quienes promueven esta desnaturalización actúan de forma muy astuta, en su propósito de crear artificialmente una «opinión pública» favorable a sus manejos. Para lograr sus propósitos, desarrollan un activismo incansable en los organismos internacionales, donde se redactan textos en los que se redefinen constantemente los derechos humanos. Tales textos carecen de valor jurídico, pero tienen una gran importancia política, pues –por estar bendecidos desde instancias de tanto «predicamento»– crean un espejismo de «consenso internacional» y aparecen revestidos de una legitimidad de la que en realidad carecen. El Consejo de Europa es uno de los centros favoritos de los promotores del Nuevo Orden Mundial, desde el que se evacuan documentos sin valor jurídico que luego son asumidos por el activismo proabortista e introducidos en el lenguaje político, hasta que acaban siendo adoptados por los Estados, que a la vez que fingen obedecer una instrucción internacional pueden presumir de respetar los procedimientos democráticos (votaciones, mayorías parlamentarias, etcétera). Así se impone una nueva y más sibilina forma de totalitarismo que, a diferencia de los totalitarismos antañones, ya no actúa desde una esfera política exterior, sino modelando a su gusto y conveniencia la esfera interior o conciencia del individuo, mediante la manipulación de la «opinión pública» (que es como eufemísticamente se llama al rebaño sometido y adoctrinado).

En esta votación los promotores del Nuevo Orden Mundial no consiguieron aprobar un texto que satisficiera sus propósitos, por un levísimo error de cálculo. No importa: volverán a intentarlo en unos pocos años, y lograrán aprobar la ansiada resolución que exhorte a los Estados miembros a impedir el ejercicio de la objeción de conciencia. Cuando los Estados miembros la incorporen decididamente y sin ambages a sus legislaciones (en España ya la están incorporando sibilinamente, convirtiendo a los objetores en apestados), la «opinión pública» habrá dejado de resistirse. En unos pocos años, los objetores de conciencia se convertirán en seres asociales, en peligrosos criminales que pretenden impedir el libre ejercicio del sacrosanto «derecho al aborto». Así actúa el Nuevo Orden Mundial: con la irreprochable lógica del Mal.



APUNTACIONES SOBRE LA GUARDIA CIVIL
Antonio Castro Villacañas
 

La reciente manifestación de los guardias civiles, primera en la historia de tan benemérito Cuerpo, ha hecho revivir en mí una serie de consideraciones que no puedo por menos de hacer públicas.

Quizá el rasgo más saliente de nuestro carácter nacional consiste en la inclinación a «esquivar el deber». No por cobardía –a veces es más duro lo que emprendemos que lo que dejamos–, sino por inquietud, por falta de «seriedad en la vocación». Apenas hay español que no se considere llamado precisamente a aquello que no le corresponde hacer. «Si yo fuese ministro de Hacienda...». «Como me dejasen gobernar el Banco de España durante un mes...». Y al mismo tiempo que quien esto dice rumia en su espíritu maravillosas innovaciones que implantaría, se atrasa y se adocena en el cumplimiento de su verdadera misión.

Por otra parte, nos falta casi por entero el «sentido social»: ese goce de sentirse parte de un todo, armónico, de comportarse como pieza puntual para que el conjunto de la máquina funcione bien. Aquí preferimos no pasar de tosca herramienta, con tal de que sea independiente, mejor que entrar como rueda secundaria en un maravilloso mecanismo. La aspiración de casi todos nosotros sigue siendo, como cuando Ganivet escribía, la de regirnos por una Constitución individual, donde no haya más que un artículo: «Este español está autorizado para hacer lo que le dé la gana».

Pero entonces, si somos así, si en todos asoma aquella falta de seriedad en la vocación y esta arriesgada indisciplina, ¿cómo puede existir entre nosotros la Guardia Civil?

La Guardia Civil es precisamente la negación de los dos defectos. De un lado, nada más severamente adicto al cumplimiento del deber que un guardia civil. Al cumplimiento del deber sin brillo; del de todos los días; con perfección que igual se extrema en el servicio extraordinario y en la aburrida misión de recorrer durante ocho o diez horas carreteras intransitadas. Y de otro lado, nada más devotamente impregnado del espíritu del Cuerpo –disciplina, sentido social– que un guardia civil. No hay uno siquiera que acepte personal recompensa ni aún elogio. Una y otro los declinan siempre en provecho y gloria del Instituto, al que pertenecen con la ufanía y el rendimiento del que profesa en una religión.

¿Cómo pueden darse entre nosotros hombres de este corte en tal abundancia? No una docena, ni un centenar, sino veintitantos millares. ¿En qué especie de metal incorruptible los transforman cuando les invisten el uniforme, que así quedan inmunes a todo mal ejemplo?

¿Qué maravillosos fluidos, llegados de Dios sabe qué distancia, captan los picos del tricornio, que así neutralizan en quien lo lleva toda imperfecta inclinación nativa? Es un milagro: el milagro de la Guardia Civil. No es que la Guardia Civil haga milagros, sino que es un milagro en sí misma.

Así, mientras unas instituciones caducan y otras no medran por falta de perseverancia o de solidaridad, la Guardia Civil sigue como siempre: no mejor, ni peor, sino «perfecta». Cada individuo en su puesto, y todos tan iguales en el rigor, en el aseo, en la severa cortesía, en el valor a toda prueba y en la infatigable asiduidad, que se dijeran formados en el mismo molde.

Ha llegado el momento de rendir homenaje al glorioso Instituto. Nadie le regateará su aportación. Por mucho que hagamos, siempre quedaremos en deuda con él. ¿Qué son unos euros o unos renglones al lado de lo que le debemos? Gracias a él se recorre España sin peligro de Norte a Sur, aun las comarcas más abruptas, vivero antaño de salteadores. Los que vivimos fuera de la ciudad, sobre todo, no podemos agradecer bastante los servicios de los guardias civiles. A veces volvemos de noche por la carretera. Los cristales del automóvil se empañan; debe helar. Las casas que vamos dejando atrás tienen los balcones cerrados.

Hacemos correr a nuestro coche, ganosos del hogar caliente y de la cama mullida. Todos duermen ya. ¿Todos? No: de pronto los faros iluminan, sobre el fondo oscuro, dos siluetas viriles. El haz luminoso se quiebra en los uniformes verdes y en las armas vigilantes. Pasamos a su lado. Los saludamos. Y seguimos con emoción confortadora, en la que tal vez asoma un punto de remordimiento. Ellos quedan allí, velando por todos: austeros, severos, sencillos, como si no hicieran nada sobresaliente; con la robusta serenidad de lo duradero.





BIBIANA AÍDO: EL CONCEPTO DE SER HUMANO ES OPINABLE
Análisis Digital

Lo dijo hace más de un año en unas declaraciones radiofónicas que, para algunos, fueron una especie de desliz de indocumentada más que una agresión a la inteligencia y al sentido común. Pero no: la señora Bibiana Aido, ministra de Igualdad, lo ha reafirmado ahora por escrito y en un documento parlamentario: que un feto humano es un ser vivo, pero no un ser humano… Y lo asegura con esta asombrosa lección de ética social-zapateril: «El Gobierno no puede compartir la afirmación de que la interrupción del embarazo sea la eliminación de la vida de un ser humano porque sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime, ni una evidencia científica...». Con esta peregrina teoría, el Gobierno llegó a la convicción de que el aborto se podía convertir en un derecho de la mujer, al menos hasta la semana 14 de embarazo. Así fue posible la Ley del Aborto.

De esta manera, la ministra de Igualdad, Bibiana Aído, ha respondido, según recogía la edición de ayer del diario ABC, a dos preguntas concretas formuladas por el diputado de UPN Carlos Salvador, sobre la opinión del Gobierno a cerca del aborto. Una de las preguntas, formuladas por el diputado navarro con la oportuna habilidad parlamentaria, escudándose en la violencia de género, era la siguiente: «¿Considera que el hecho de abortar constituye un evidente acto de maltrato contra la vida humana?, ¿considera la ministra que existe una escala de dignidad atribuible a los seres humanos en función de la fase de desarrollo vital en que estos se encuentren?...».

A estas preguntas del diputado Salvador, la ministra hacía referencia al aval del Consejo de Estado a la nueva ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo que, a su vez, respondía a las premisas que le planteó el Gobierno, apoyadas en el dictamen de sus asesores, todos ellos proabortistas. Pero en el colmo del cinismo, la ministra de Igualdad no duda en argumentar en su escrito parlamentario que el «Estado debe proteger la vida del no nacido y ello debe hacerse desde el inicio de la gestación y hasta el momento del nacimiento»… Justo lo que dice la Constitución. Pero como aquí no se trataba de cumplir el mandato constitucional sino de justificar el aborto libre, la señora Aído explica que «abortar no supone acabar con una vida humana porque sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime, una evidencia científica, ya que por vida humana nos referimos a un concepto complejo basado en ideas o creencias filosóficas, morales, sociales y, en definitiva, sometida a opiniones o preferencias personales».

Se da el caso de que cerca de 3.000 intelectuales, catedráticos, profesores universitarios y profesionales médicos y sanitarios, muchos de ellos especialistas en Biología Celular, Genética, Bioética o Microbiología, como los profesores César Nombela, Nicolás Jouvé o Mónica López Barahona rubricaron en marzo de 2009, el conocido Manifiesto de Madrid, considerado como «una referencia insoslayable de la opinión científica española sobre el aborto». En su informe, los firmantes dejaron claro que «la vida humana empieza en el momento de la gestación» y que, por lo tanto, un feto es un ser humano con todo el derecho a ser protegido.

Como esta evidencia científica venía a derribar las teorías de los «expertos» asesores de la ministra, ésta se limitó a ignorarla y ni siquiera se molestó en matizar su opinión personal de que «un feto de 13 semanas es un ser vivo, pero no es un ser humano». Por supuesto, tampoco tuvo en cuenta el dictamen del Consejo Fiscal, contrario al aborto libre ni tampoco los empates que se produjeron en el seno del Consejo General del Poder Judicial y que, al menos, pudo haber considerado también como «opiniones»... Mucho menos aún escuchó siquiera las razones que le alegaron las organizaciones defensoras de la vida que llevaron a la calle a cientos de miles de personas con una «opinión» opuesta a la sostenida por el Gobierno, como tampoco atendió las razones del Partido Popular que, cuando menos, representa al 40 por ciento de la Cámara...

Sin embargo, el departamento de Aído ha necesitado casi seis meses para contestar al diputado Carlos Salvador que registró sus preguntas el pasado 15 de abril, es decir, tres meses antes de que entrara en vigor la nefanda ley, basada tan solo en la «opinión» más desfavorable a la vida y en nombre de la cual no llegarán a ver la luz cientos de miles de niños. Su vida por una opinión, la de Bibiana Aído.





UNA OPINIÓN DIFERENTE Y FUNDAMENTADA 
Centro Jurídico Tomás Moro


Madrid, a 6 de octubre de 2010.- Este Centro Jurídico se ve en la necesidad de disentir firme y amargamente de las afirmaciones realizadas por la ministra Aido en una respuesta parlamentaria a UPN.

Efectivamente, la ministra interpelada por el partido Unión del Pueblo Navarro, ha llegado a afirmar que «el Gobierno no puede compartir la afirmación de que la interrupción del embarazo sea la eliminación de un ser humano».

Desde luego la afirmación no sólo es incierta, sino falaz e incompatible con el cargo de Ministra que ostenta la citada Señora Bibiana Aido. No vamos a discutir en este momento lo que de suyo es una verdad científicamente indiscutible, y emocionalmente compartido por cualquier madre: la vida surge desde el momento de la concepción.

Dado que la ministra ni tiene experiencia real de lo que es la ciencia, ni experiencia real de lo que es la maternidad, este Centro Jurídico considera inútil argumentar con razones científicas y sentimentales que ni comprendería, ni compartiría la antedicha ministra.
No obstante, Aido ha hecho gala una vez más de incongruencia lógica y jurídica. Efectivamente, si el nasciturus no fuera vida humana, tal y como llega a afirmar la ministra, no haría falta ninguna regulación legal para dar cobertura al aborto, al igual que no existe cobertura legal para la extracción de una muela, a para la eliminación de un orzuelo.

No obstante, si dicha afirmación es completamente inveraz e ilógica, más peligrosas aún para la sociedad es otra afirmación realizada igualmente en respuesta parlamentaria, por la que la ministra manifestaba que «abortar no supone acabar con una vida humana porque sobre el concepto de ser humano no existe una opinión unánime, una evidencia científica, ya que por vida humana nos referimos a un concepto complejo basado en ideas o creencias filosóficas, morales, sociales y, en definitiva, sometida a opiniones o preferencias personales».

El afirmar que no existe opinión unánime sobre lo que ha de entenderse por vida, y remitir dicha consideración a las creencias filosóficas, morales y sociales, alejando la discusión del único terreno posible, el científico, es una afirmación sumamente peligrosa al relativizar la vida humana. En este sentido, sus afirmaciones son contrarias al derecho natural, que enseña que el derecho a la vida es una realidad absoluta, incuestionable, y que constituye el derecho primero y básico de cualquier ser humano. Igualmente, dichas afirmaciones son contrarias no sólo a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, sino también a numerosos tratados y convenios internacionales suscritos por España.

En este sentido, resulta sumamente peligroso que la Ministra utilice los mismos argumentos que utilizaron los antiabolicionistas del siglo XIX para defender la esclavitud, o que utilizó el régimen nacionalsocialista alemán para justificar la persecución de judíos, cristianos y gitanos.

Este Centro Jurídico, cree que la titular del Ministerio de Igualdad debería retractarse públicamente de sus afirmaciones, al ser claramente incompatibles con los Derechos Humanos, con nuestra Constitución, con los más elementales principios científicos, y sobre todo, por ser dichas afirmaciones contrarias al derecho natural.





«DESPRECIO PROFUNDAMENTE EL SEPARATISMO»
Imanol Arias
(MD)

El actor Imanol Arias, que interpreta al personaje Antonio Alcántara en la serie de TVE Cuéntame, afirma en una entrevista en El Periódico que «tengo la sensación de que en España, cuando hay un objetivo común, todos nos identificamos a pesar de las diferencias.

»Es muy fácil decir lo de que el fútbol es un comecocos, lo de pan y circo. Al final, es el espectáculo televisivo más visto y deseado por las cadenas. Yo nunca había visto España llena de banderas y de reconocimiento a lo que somos. Había muchas banderas dobles».

«Yo me siento español desde hace muchísimo tiempo. De lo que estoy contento es de ver el sentimiento español. Tengo un profundo desprecio por el separatismo. Me parece que si no quieren estar, lo mejor que podían hacer es marcharse, pero de uno en uno. A ganarse la vida por ahí, que es lo que hemos hecho otros para querer a España».

«En España faltan sentimientos comunes que nos identifiquen, aunque luego nos peleemos. España es muy guerracivilista, todo está ultramontanizado. A mí me siguen diciendo que soy de los de la ceja (por Zapatero) cuando no hay ninguna imagen mía con la ceja. Nunca estuve con la ceja. Además, ser de la ceja no creo que suponga nada, visto lo visto. El problema es que tenemos solo dos partidos y lo que habría que hacer es no votarles a ninguno. Propongo que no se vaya a votar o que se vote en blanco».


 
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