El Brocal - Nº 2
Fecha Sábado, 26 enero a las 00:52:16
Tema El Brocal


REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 2 – 26 de enero de 2002

PRENSA Y PODER POLÍTICO
Por Gustavo Morales

Prensa y civilización

La prensa se desarrolla con la burguesía. Max Horkheimer fija dos etapas del mundo burgués que marcan la instrumentalización ideológica de los medios de comunicación. En una primera fase, la burguesía ascendente difunde unos valores sólidos: religión, patria y familia, y unas virtudes, recogidas por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, como el ahorro, la responsabilidad, la decencia, etc. En la segunda fase, de gran expansión del capitalismo, cuando se hace apátrida, todos esos valores y virtudes son trabas de las que hay que librarse en la tercera ola postindustrial que anunció Toffler. El Club de Roma, en 1991, reconocía «una pérdida general de los valores que anteriormente aseguraban la coherencia de la sociedad […] consecuencia de una pérdida de fe […] y una pérdida de confianza en el sistema político y en quienes lo dirigen».

La moral antigua, nos cuenta Aquilino Duque, salta en pedazos y cede el paso a la sociedad tolerante. La burguesía hizo suyas las modas ideológicas y la indumentaria de la juventud respondona y convirtió sus ritos (conciertos, fiestas…), sus símbolos y su música en artículos de consumo. Recogió la información y la convirtió en publicidad: vaqueros, rebeldía JAP y el Che Guevara. Dice Duque que la gran frustración de la juventud contestaria fue la facilidad con que el mundo adulto dominante en vez de reaccionar contra el asalto, se unía a los asaltantes y la ayudaban a saquear la propia mansión. Y buena parte de esos contestatarios se hicieron periodistas, comunicadores.

La sociedad represiva se hacia permisiva y en ella se disolvía la revolución que viajaba a lomo de libros y periódicos. La prensa abandona las banderas generales, el fin de las ideologías, y se acomodan más o menos dentro de los extremos del sistema aceptable.

El modelo social, las pautas de comportamiento vienen decisivamente influidas por la modernidad, en un mundo globalizado cuyas cuatro grandes civilizaciones escapan a los acuerdos y corsés emanados de Potsdam, Yalta y Teherán; el orden nacido de la II Guerra Mundial ha muerto en la última década del siglo XX. Estados Unidos comenzó una guerra imperial en 1898 y cien años después es la potencia militar única. Nuevos desafíos en un mundo nuevo. Si antaño el lado oriental europeo era un bloque sólido, donde se leía Pacto de Varsovia, con creciente influencia en Asia, África e Hispanoamérica, y frente al bloque socialista una miriada de naciones al oeste de Berlín; hoy esas naciones se aúnan bajo el epígrafe Unión Europea y a su oriente un cúmulo de pueblos, eclosión del imperio austrohúngaro tan presente en el cine de Berlanga. Cuestiones como la clonación humana, la hegemonía de una potencia única: Estados Unidos, la redistribución de la riqueza, las señales visibles de la contaminación -el precio del progreso-, el hambre permanente… configuran un nuevo escenario para que todo siga igual en la relación de poder. Ese orden aceptado ya no lo expresa de forma evidente el monopolio de la violencia, sino la convicción de la prensa, que mantiene el debate en los limites aceptables. La modernidad, en palabras de Octavio Paz, se convirtió en una «alcahueta de los medios de comunicación».

Las civilizaciones se desarrollan con la escritura, se anuncian con el tránsito de la comunicación oral a la palabra escrita. Hasta la invención de la imprenta, la cultura de toda sociedad se fundamenta principalmente en la transmisión oral. Víctor Hugo destaca que los hombres escribían en piedra hasta la invención de la imprenta. La arquitectura queda relevada por la literatura como arte hegemónico.

Las hojas de rutas marítimas acompañaron a las naves inglesas en la construcción de su imperio. Entre los siglos XVIII y XIX se generaliza el diario. Desde la Revolución francesa la prensa forma parte integrante de la arena pública, es la dueña del coso donde transcurre la fiesta multinacional.

Con el telégrafo y el teléfono desaparecen las distancias, se mantiene la transmisión oral y comienza la era de las comunicaciones inmediatas. Le sigue el primer gran difusor de comunicaciones: la radio. Libros, periódicos, teléfonos, radios son todos elementos portadores de comunicación lingüística. Incorporan nuevas tecnologías en su momento. En Estados Unidos, la Western Union, que gozaba del monopolio del telégrafo, y la Associated Press, la primera agencia de noticias, se convirtieron en seguida en aliados naturales. Esta alianza influía en los periódicos porque era la AP la que establecía cuáles eran las noticias que había que dar y cuáles no. Hoy las cosas no han cambiado mucho, el 90 por ciento de la información que se produce en el mundo está generada desde Estados Unidos y Canadá donde se recopila y selecciona para transmitirlas a medios del mundo entero.
 

Poder y prensa

El poder, para el economista socialdemócrata Joaquín Estefanía, es una conspiración permanente contra el débil. El periodista liberal francés Revel lo denomina «la tragedia de la sumisión del individuo al poder político». El concepto liberal de contrato social se extiende y generaliza. La prensa, como parte de la sociedad, tiene una relación con y ante el poder, entendido como gobierno, al cual controla y vigila, no sólo en sus virtudes públicas sino en los vicios privados de sus componentes. La prensa también forma parte del poder y del juego de los partidos políticos y los grupos económicos. Por ello, el control y vigilancia de la prensa pierden la ecuanimidad informativa.

La prensa se desarrolla especialmente en sociedades industriales y con una cierta libertad política. La prensa se mueve hoy como pez en el agua en un mundo globalizado. Los llamados poderes fácticos (Iglesia, Ejército, Banca) han venido siendo el conjunto de instituciones con más fuerza para influir en la política de un Estado. Hoy tendremos que añadirles otros muchos: judicatura, mercado, prensa, sondeos. Los tres poderes tradicionales: legislativo, ejecutivo y judicial son sustituidos por una tríada de grupos fácticos: la prensa, los jueces y la opinión pública. Los más poderosos ya no son políticos, sino empresarios, financieros, comunicadores. El secretario general del Partido Comunista Chino recibió más veces a Bill Gates que a Bill Clinton, lo que demuestra cuáles son sus intereses. La prensa también ha convertido a Garzón en un superjuez contra el imperio etarra.

Los medios de comunicación -que forman como educación para adultos- han ido relevando a otros instrumentos caducos de control de masas -represivos por la fuerza- e incluso a gobiernos locales que ya no deciden sobre su destino, muy especialmente desde que a mediados del siglo XX llega la televisión, donde prevalece el hecho de ver sobre el hecho de leer.
 

Globalización

Globalización es la extensión del modo de vida occidental. La ciencia occidental se «convirtió en la ciencia, su medicina en la medicina, su filosofía en la filosofía y desde entonces ese movimiento de concentración no se ha detenido» (Malouf, 99, p. 86).

Siendo la globalización una etapa histórica, existiendo un mercado único y un discurso único, se trata de buscar la gobernabilidad del capitalismo mundial, tarea donde poseen más poder las máquinas ideológicas, prensa y publicidad, que crean o destruyen consensos, que los clásicos aparatos coaccionadores: policía, ejército. Es más barato convencer que reprimir y los medios que vehiculizan el consumo, por la publicidad, son ideales para crear estados de opinión determinados por la propaganda. La globalización implica la emergencia de nuevos actores y la reducción de otros a simples metáforas del poder más clásico. Y el proceso no se limita a las fronteras nacionales. Los nuevos protagonistas transcienden en poder e influencia allende los mares.

Matahir Mohammad, primer ministro de Malasia en 1997, afirmaba: «Hemos estado trabajando 30 ó 40 años intentando levantar nuestras economías. Y ahora viene un tipo -se refiere a G. Soros- que dispone de miles de millones de dólares y en un par de semanas deshace nuestro trabajo». La economía financiera ha sustituido a la real. La información pasa a ser un útil de trabajo y una mercancía. Tienen más poder los gerentes de los fondos de pensiones que deciden abandonar un país y limpiarlo de capitales que los diputados del partido que gobierna en ese país. Y la comunicación al día la transmiten los medios de comunicación.

El liberalismo económico se ha quedado con el poder ocultando su existencia y para ello necesita los medios de comunicación. Ya no es el carro de combate ni el soldado quienes expresan el orden, son los medios. Caen en decadencia los poderes basados en la propiedad y también el poder carismático en beneficio de la corporación. Se reduce el poder del hombre poderoso y del capitalista, menos ciudadanos Kane, más tecnoestructura de las sociedades, hacer anónima la propiedad. «Hoy es peligroso aparecer como demasiado ávido de poder, decir abiertamente lo que se va a hacer para obtenerlo. Tenemos que parecer justos y decentes» (Estefanía, 2000).

La globalización varía el poder, que pasa de jerárquico y piramidal a horizontal y en forma de red. Las estructuras multinacionales del poder se hacen extensas y repartidas en múltiples nudos.

Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, ve el poder como una red, ya no es autoritario en las formas, sino que utiliza los mecanismos de la manipulación para ejercer el poder de forma consensuada. Tras la mística del mercado y la soberanía del consumo está el poder de las corporaciones, que determina e influyen en los precios y los costes, que corrompen a algunos políticos y que manipulan la respuesta del consumidor. Los hombres con dinero pueden comprar a los hombres con poder dentro de la tendencia permanente de la economía a colonizar la política, también la imagen.

Jesús Cacho cuenta que «a los March o al BBV podía no importarles demasiado perder 10 mil millones por barba al año, porque ese era el precio de los "seguros Polanco"». El mismo «March que el día de la celebración de su cincuenta cumpleaños, en su impresionante finca de la sierra sevillana, pronunció un emotivo brindis ante más de cien invitados en el cual mencionó a su hermano, a su padre, ya fallecido, a su madre, allí presente, y a Jesús Polanco, "mi mejor amigo", a quien tanto debo». Es un acto de vasallaje, una gabela que se paga desde el poder financiero, la primera fortuna de España, ante el poder mediático, el primer poder del mundo.
 

Prensa como mercancía

La prensa es una doble mercancía que se vende en dos direcciones. Por un lado, capta público con su producto y, por otro, vende esas audiencias a los anunciantes. Al común se vende un producto, la información, enseñar más allá del horizonte, detrás de los muros, incluso dentro de los cráneos. Y el público definido que generan tales ventas se ofrece a los anunciantes por su nivel adquisitivo, hábitos de consumo, etc.

El mercado se convierte en el gran regulador de la vida económica, mejor cuanto menos intervenido esté por el gobierno, dicen los anarcoliberales: las cosas tienden a encontrar el equilibrio por sí mismas; el egoísmo sin trabas de cada individuo, vicio privado, se convierte en el bien común, virtud pública. Asegura Estefanía: «La mercadolatría es una especie de metafísica económica que absolutiza el mercado como panacea de todos los problemas». Los mercados financieros son la realidad económica dominante, el lugar donde se asigna el valor de compra. La globalización es, sobre todo, financiera. De las tres libertades europeas de circulación: personas, mercancías y capitales sólo la tercera no encuentra trabas, que se añade a la cuarta de hecho, que es la libertad de ondas e información para quienes pueden financiar su distribución masiva.

Los medios se legitiman en que funcionan de abajo hacia arriba transmitiendo las demandas sociales y al revés llevando la respuesta del poder y la publicidad. La información, y la presentación que facilita el efecto buscado en el público, se convierte en algo que incorpora valor, el descubrimiento de la información como mercancía cuya venta y difusión proporcionan importantes beneficios, en ingresos tanto como en otras rentabilidades de influencia. Lo que no publica el New York Times no ha sucedido. La prensa llega a ser notario de la realidad, dice qué ha pasado, cómo y porqué. Sucede cuanto dice que ha sucedido. Su paroxismo son los 5 minutos de gloria en televisión que definió Andy Warhol como deseo de los extras de la vida, del ciudadano anónimo ante un mundo audiovisual que ha sustituido su vida por la visión de otras vidas más interesantes. Al respecto, Arturo Robsy destaca que el 80 por ciento de la realidad la adquirimos por medio de la televisión, que nos discrimina entre lo bueno y lo malo. Anthony Giddens, asesor de Tony Blair, afirma: «Los acontecimientos de 1989 en Europa del Este no se habrían desarrollado del modo que lo hicieron sino hubiera sido por la televisión».

Éticamente el valor de las informaciones va asociado a diversos parámetros, en particular al de la verdad. Hoy, el precio de la información depende de la demanda, del interés que suscita y este interés puede crearse por medio de la publicidad. Lo que prima es la venta, la audiencia, los baremos que mueven las cuentas de la publicidad, pública y privada, de un medio a otro. Una información será juzgada sin valor si no consigue interesar al publico ni a las cuentas publicitarias.

Desde que la información está considerada como una mercancía, deja de verse estrictamente sometida a los criterios tradicionales de verificación y autenticidad. Ahora se rige por las leyes del mercado como viene sucediendo en Europa occidental con la información sobre las vidas hogareñas de grupos de desconocidos, extras de la vida que se convierten en primas donnas. Entre los grupos mediáticos esa realidad es más intensa que la natural.

Si las imágenes no estuvieron en las pantallas, nada tiene existencia mediática. La sociedad se mueve cada vez más dependiente de la versión dada a una historia imaginada, pero que salió en televisión. Vivimos un mundo paradójico.
 

Prensa y Poderes

«La autoridad debe cumplir los deberes que le incumben». D. A. Rustow.

Los líderes mediáticos no están sometidos a control democrático alguno; ellos y los jueces pueden modificar la opinión pública y poner en la picota a los representantes electos. Los editores de prensa sólo son juzgados por su cuenta de resultados económicos. Su objetivo es mantener las cosas en el estado necesario para incrementar su influencia y consiguientes ingresos publicitarios.

El periodista euroamericano responde a un perfil homogéneo: está más a la izquierda que la sociedad a la que informa. Es evidente en cuestiones como el aborto, la homosexualidad, las parejas de hecho, el mestizaje… Sólo un dos por ciento se confiesa «de derechas». Gracias a que, escribe Adam Ulam, «en la última cuarta parte del siglo [XX], el marxismo empezaba a adornarse con una respetabilidad profesional y burguesa». Ya Mao Tse Tung percibía que «el verdadero espíritu revolucionario no puede cohabitar con una economía altamente desarrollada». Pero ese profesional de la prensa no es enemigo de la pirueta. Desde las mismas páginas que los tardíos años 70 llenaron de imprecaciones al imperialismo norteamericano, hoy se aplaude Kosovo o Irak en clave de cañoneras. Ahí están las hemerotecas para subrayarlo.

Los estudios profundos y meditados aparecidos en las revistas sabias de mínima difusión no conseguirán borrar jamás las impresiones producidas en las campañas de los medios de comunicación, con protagonismo de los visuales: cine, televisión, la red. La única fórmula que encuentran quienes disponen de medios financieros es comprar medios de comunicación y empresas de sondeos, controlar críticas y orientar opiniones.

Aún así, la prensa es necesaria, existe y ha existido en distintos sistemas. Es la encargada de transmitir los mensajes entre el público y el poder. Cualquier grupo que quiera transmitir un mensaje, generar una respuesta electoral o de consumo, habrá de vehiculizar el mensaje (lavo más blanco, soy más honrado) por la prensa.
 

Ejecutivo

En España, la transición facilitó que quienes frecuentemente habían estudiado en los mismos colegios y tenían una relación personal, coincidieran como políticos y periodistas en plena reinstauración de la monarquía parlamentaria. Colegios como El Pilar o los Agustinos han supuesto la forja conjunta del poder político, mediático y financiero. Se produjo un compadreo que llevó a muchos comunicadores a las filas partidistas. El mismo impacto mediático que produce el mensaje del Rey la noche del 23 de febrero, momento en el que se establece un sólido cinturón audiovisual en torno a La Zarzuela, lo tuvo el carisma de Felipe González entre la prensa, que le llevó a la victoria en octubre de 1982, «Por el cambio». El compadreo del periodista con el político ha sido frecuentemente de «Bodeguilla» por la izquierda o de conspiración de despacho, en la derecha, al estilo de la denunciada por Luis María Anson en 1998. Aún así, los debates televisados de los primeros espadas de la política no son frecuentes, a pesar que en el cóctel del liderazgo hay mucho de comunicador, de cuidado de la imagen que es transmitida por la prensa. Asesores atentos a la presencia en los medios. Albert Boadella lo fue de Pepe Borrell.

Es conocida la apuesta política de bastantes medios de comunicación. También algún director presumiendo de poner el inquilino de La Moncloa. Los políticos saben que sus esfuerzos de organización política desde la cima sólo tendrán éxito a medida que lleguen a lo hondo de la estructura social suscitando una reacción allí. La prensa es el vehículo necesario y tienen conciencia de ello.

Los políticos dejan de lanzar su mensaje al pueblo para recabar información –encuestas, prensa- sobre el sentir general en torno a una causa determinada y situarse del lado de la mayoría, evitando desentonar y adoptar actitudes minoritarias, más atento el diputado a las modas políticas y mediáticas que al interés general de la causa a que sirve o su propia, quizás extinta, conciencia.
 

Judicial

Los medios de comunicación magnifican y hacen de caja de resonancia de los tribunales de justicia. De forma paralela, aún anticipándose, los medios expresan su sentencia. Dejan el criterio de eficacia para el periodismo de investigación, que inicia casos sonados, y paralelamente pone en marcha la opinión en torno a la actuación judicial. La prensa sabe que el poder del juez de instrucción es grande, el juez Garzón es la punta mediática del iceberg de ambiciones judiciales. El juez aparece en más áreas como regulador de todos los conflictos, de la sociedad. En ocasiones condenado a buscar compromisos, principal contrapeso de la corrupción de las costumbres (buena parte de nuestros empresarios más conocidos han sido condenados judicialmente), de los poderosos en declive para reafirmar su independencia que quedó puesta en entredicho con el caso Sogecable.

Una muestra de lo dicho podría ser un buen reportaje: todas las portadas de los casos que ha iniciado de forma sonada el juez Garzón y, luego, sus conclusiones, cuántos se han cerrado, cuántos han tenido condena, cuántos se han rechazado por defecto de forma, etc. También el libro de la periodista Pilar Urbano sobre Garzón ha consolidado y rentabilizado el estrellato mediático del juez estrella, elevado a esa categoría por los medios de comunicación, a la par que su amigo y compañero Gómez de Liaño fue defenestrado por intentar sentar en el banquillo de los acusados al poderoso editor del Grupo Prisa, Jesús Polanco.
 

Legislativo

Es la prensa quien encumbra u oculta las carreras políticas, difunde rumores, hace campaña por una u otra opción política e influye en el ánimo de los votantes ante las urnas. Las leyes, los proyectos, los presupuestos… llegan al gran público a través de los medios de comunicación que realizan auténticas campañas a favor o en contra de un plan hidrológico o las 35 horas semanales. El deporte, la política, la intimidad, el sexo, el pensamiento, no existe un aspecto de la vida personal que escape a la mirada de los medios.

La verdad mediática ha sustituido a la verdad auténtica. Sus manipuladores en nuestras democracias avanzadas hacen más previsibles los resultados. Los ciudadanos son tratados universalmente como consumidores. La transparencia ya no es la verdad íntima que menciona Gustavo Bueno, sino que se convierte en la manifestación de todos iguales de conversión obligatoria. La opinión pública, los medios de comunicación, están sustituyendo a la lucha de clases como presunto motor de la historia. Marcuse se equivocó con los estudiantes. La nueva división está entre los desinformados, que sólo tienen imágenes, los sobreinformados, que reciben un alud de datos superior a lo que pueden codificar, y lo simplemente informados que seleccionan, ordenan y pagan la información. Incluso el alud de datos no hace sino remachar, desde distintos medios y enfoques, las mismas noticias, presentadas de manera que homogeinizan la opinión del común y mantiene el clima de adaptación al status quo. Quienes pueden elegir la información que quieren recibir pueden analizarla, pensarla, extraer conclusiones y una línea de acción.

Los sondeos, que presuntamente expresan la opinión de la calle y orientan a muchos diputados, son acusados de parcialidad flagrante por Giovanni Sartori. Los sondeos consisten en respuestas que se dan a preguntas planteadas por el entrevistador. Las respuestas dependen, en gran manera, del modo en que se formulan las preguntas, las alternativas que se ofrecen y también de quién las formula. Dice Sartori que la mayoría de las opiniones que se reflejan son: a) débiles, no son profundas y se improvisan respuestas; b) volátil, pueden cambiar en poco tiempo; c) producen un rebote sobre lo que piensan los medios de comunicación. Los sondeos no son una demostración de democracia, del poder de la opinión del pueblo sino del poder de los medios de comunicación.
 

Prensa y terrorismo

La existencia de la prensa ha variado el objetivo de los grupos terroristas que antes influían en el poder por el miedo, como los hassishin de Hassan Sabah, el Viejo de la Montaña. Ahora, el terror se centra en generar noticias que mantengan su causa en la opinión pública a través de los medios de comunicación.

El terrorista entiende se equivoca parcialmente porque piensa que detrás de los parlamentos, las elecciones, la legislación y las negociaciones están los ejércitos y las armas que monopoliza el Estado. El arma hoy son los medios de comunicación. La ausencia física del soldado armado en la calle reduce la legitimación social que transforma al terrorista en guerrillero.

La lucha armada, justa o no, según Marcuse «nace frente al poder de un sistema capitalista totalmente desarrollado que domina la mentalidad del pueblo mediante la manipulación de las instituciones públicas y de los deseos privados». Cuando las instituciones públicas son de elección democrática partidista son necesarias las costosas campañas electorales, de donde salen los administradores de las instituciones que dirigen el Estado, cuya actividad es evaluada diariamente por los medios de comunicación. La prensa también es necesaria para los deseos privados; generando la demanda ante la oferta de un producto, es necesaria la publicidad. Las dos, que son una en el fondo: propaganda, llegan hasta el tejido social por medio de la publicidad.

Richard Rubenstein señala que el objetivo del terrorista es conmocionar a la audiencia, para lo que necesita estar presente en los medios de comunicación. Las armas buscan su eco en los medios, esa es la verdadera estrategia del terror. La violencia es un acceso seguro a los medios de comunicación, la ruptura del aislameinto de causas irredentas que saben, como André Malraux, «cuánto peso adquiere una idea por medio de la sangre que se derrama en su nombre».

Los terroristas realizan acciones armadas, no porque piensen en «ganar la guerra» por la vía militar, sino para llevar su causa a los medios de comunicación, contra más internacionales mejor, y mantenerla allí lo más posible. La prensa se encuentra en el dilema de informar de los atentados, con lo que los terroristas consiguen sus objetivos, o no informar para no dar eco al terror e incumplir con su deber de transmitir noticias.
 

Función de la prensa

La génesis de la prensa es la comunicación, la transmisión de opinión e información sobre la res publica, sobre el poder político. La concepción intelectual y moral de las revoluciones francesa y americana, el racionalismo heredado del siglo de las Luces, impregna el mundo contemporáneo.

Los medios de comunicación han sustituido a la Iglesia como foco de influencia intelectual sobre lo que Gramsci llamaba «las almas simples», la mayoría. El Poder, en otros tiempos, buscaba influenciar al pueblo por medio de la Iglesia. Hoy en día procura usar los medios de comunicación para seguir asegurándose la docilidad de la masa.

La prensa utiliza su influencia. Actúa doblemente como vehículo y selector de información y opinión, no sólo como legítimo contrapoder. Elige la información a difundir y la forma de presentarla, el enfoque y el espacio en tiempo o papel. La prensa se alinea de forma partidaria y defiende una base ideológica, que en las sociedades posdesarrolladas se confunde frecuentemente con intereses empresariales coincidentes. La prensa no es ni puede ser ajena al sistema en el que vive, dado que ejerce de educadora para adultos del mismo. La prensa tiene un poder conocido y busca ser controlado con más intensidad desde la mitad del siglo XX.

Los medios de comunicación desarrollan una tarea fundamental puesto que aunque sus informaciones vayan dirigidas o sesgadas son las únicas fuentes posibles de la información. Los medios se ven con una autonomía reducida en la batalla por el control creciente de los medios de prensa más influyentes, de forma especial la televisión. La función de informar, de ser la cara y la voz de la noticia, de contar la historia según el cristal propio con que se mira, no pueden ser ajenos a la lucha por el control en una sociedad hiperdesarrollada donde la economía financiera está en auge y el liberalismo sufre la resaca privatizadora bendecida por su victoria frente al comunismo. La información, y con ella los medios, entran de lleno en el sistema de mercado donde la información se ha transformado en una mercancía. Información sobre movimientos económicos, tendencias de moda, prensa rosa, etc. En mayor o menor medida llega a todos por múltiples canales.

Noam Chomsky afirma: «El producto son las audiencias. No ganan dinero cuando compras el periódico. Están contentos poniéndolo gratis en la red. De hecho, pierden dinero cuando compras el periódico. Pero la audiencia es el producto. El producto es gente privilegiada, justo la misma gente que está escribiendo esos periódicos, ya sabes, la gente que toma las decisiones de alto nivel en esta sociedad. Tienes que vender un producto a un mercado, y el mercado es, por supuesto, los anunciantes (es decir, otras grandes empresas). Sea televisión o periódicos o lo que sea, están vendiendo audiencias. Grandes empresas que venden audiencias a otras grandes empresas». La prensa es la única factoría que vende su producto por debajo de los gastos de producción, como es el caso de la prensa impresa, o lo regala, como hacen muchas cadenas de televisión. Los beneficios e ingresos reales de las editoras mediáticas proceden de la publicidad y no de las ventas.

Una característica de la prensa es la multirrelación, su presencia en prácticamente todos los escenarios de la vida. La prensa vive el presente en su entorno, de forma consciente. Nos transmite los hechos que considera y los jerarquiza por el espacio que dan en los soportes mediáticos. Más o menos espacio en las páginas, más o menos tiempo en la pantalla en horas de máxima audiencia. Crea a los famosos y los hunde, empresas o personas como evidencian los casos de Mario Conde, Ruiz Mateos, Gil...

Muchas cadenas occidentales han hecho su agosto con el hundimiento del submarino Kurks; todas las grandes cadenas europeas y norteamericanas han presentado la misma versión de la historia, señalando la frialdad de Puttin al no interrumpir sus vacaciones, como jefe de Estado, ante las trágicas muertes de compatriotas. Quizás no sólo ocurra en Rusia. Nadie ha planteado otra visión de la historia. Los tripulantes del submarino estaban entrenados con objetivos de la Guerra Fría, transportaban misiles y en el imposible caso de dispararlos hubieran reaccionado con la obediencia debida. ¿Cuál es la función de un submarino nuclear ruso? Esa pregunta no la ha hecho nadie porque es difícil luchar contra la imagen del sumergible en el fondo, de las madres llorando.
 

Poder de la Prensa

No hay mayor poder que el emanado de ponerle nombre a los comportamientos, las personas y las cosas. Dios dio a la persona el poder de nombrar las cosas. Por ejemplo, ETA fascista. Es la trampa de la polisemia que nos tiende la lingüística moderna, por la cual las palabras se rodean de connotaciones emotivas que deforman o invierten su significado. Gustavo Le Bon afirmaba la necesidad de compartir los sentimientos de las masas para irlos derivando y exaltando en busca de los fines nacionalistas. Los razonamientos ni las ecuaciones movilizan un pueblo como lo hacen los sentimientos, como lo hacen los poetas, ingenieros de la palabra. La prensa conoce esta realidad y más o menos enfundada en su dignidad, explota también la vena sentimental. Un pastel que convierte a dos revistas del corazón en las más vendidas de España, seguido por un periódico deportivo. Nos acercan informaciones, tragedias personales que son convertidas en espectáculo mediático. Disculpa también los errores de los suyos, como el plagio en el libro de una presentadora que en otros es un pecado imperdonable que no se pasa por alto con la ligereza que lo ha sido en el libro de Ana Rosa Quintana o la acusación contra Luis Racionero por copiar 14 páginas del británico Toynbee y excusarse con un «se me olvidaron las comillas» tras su nombramiento al frente de la Biblioteca Nacional. También, en otro orden de cosas, se puede hablar de la implicación de la prensa en la muerte de Lady Di. La prensa sobrepasa el papel de espectador y busca su propio protagonismo en el escenario, llegando a crear las noticias.

La información es un derecho ciudadano hoy. ¿Quién la garantiza? Los medios públicos caen en comportamientos privados y son los agentes privados los que concurren ofertando información como mercancía en compra-venta, coordinada con la publicidad que reporta los ingresos necesarios para mantener las muy caras maquinarias de propaganda que son los medios de comunicación. La información presentada actúa paralelamente en la batalla en curso -política, económica o mediática- y se instrumentaliza en torno a intereses de grupo o de parte que tienen un reflejo mediático.
 

Periódicos

El poder de la prensa es el lenguaje. No es lo mismo «Felipe González hizo público…» de El País que un «Felipe González confesó…» de Abc.

Cuando la opinión pública era plasmada fundamentalmente en los periódicos, el equilibrio estaba teóricamente garantizado por la existencia de una prensa libre y múltiple, incluyendo la obrera, que representaba muchas voces en la medida que la edición de un periódico suponía un esfuerzo accesible a grupos y organizaciones. La complejidad técnica y la inversión financiera masiva de los nuevos medios emergentes (cine, televisión, la red) niega la posibilidad de una edición influyente adoptada como romántica aventura personal o colectiva. La concentración de los medios en gigantescos conglomerados es inevitable técnica y económicamente en este sistema, por una complejidad creciente y necesidades de financiación gigantescas. Conforme avanza ese proceso de concentración, disminuyen las posibilidades de que todo el mundo pueda expresarse a través de los medios, Dice Estefanía que «poco a poco, sólo la voz de los más poderosos y de la minorías tienen acceso a los medios influyentes»; la transparencia informativa ya no es la realidad íntima sino la manifestación de un deseo de dominación. La sociedad de consumo es dirigida por la financiación. Los medios lo hacen a través de la publicidad. En la revista Defensa, un ingenuo artículo criticando la adopción del coche Nissan Patrol por las Fuerzas Armadas españolas terminó con la publicidad de esa casa japonesa. También son conocidos los casos de medios ahogados, castigados sin publicidad, y de otros molestos para el Gobierno socialista, como El Independiente, adquiridos con dinero procedente de la ONCE sencillamente para cerrarlo.

Los poderes financieros son aliados naturales del poder, su apariencia democrática exige un consenso social. Sus esfuerzos para influir en la política desde la cima tienen éxito a medida que la prensa llega a lo hondo de la estructura social suscitando adhesiones y votos allí.

Los periodistas de diarios son la elite del cuarto poder, los que recogen la información con más visos de credibilidad. Pero no son ajenos a la tendencia general. Cualquiera que esté presente en la vida pública lo hace por medio de la prensa. La mejor operación de relaciones públicas y mercadotecnia.
 

Radio y televisión

Afirma Malouf que «las oleadas de imágenes y de palabras no favorecen el espíritu crítico» (Malouf, 1999, p. 137).

La aparición de la radio no alteró sustancialmente este equilibrio. Fue el medio por el que optaron célebres fascistas, desde Moscú a Buenos Aires pasando por Roma y Berlín. Libera del esfuerzo de leer y mantiene, como dijimos, la tradición oral, llevando la fuerza de la entonación hasta el oyente.

Si antaño Churchill podía hacerse doblar por un locutor profesional en sus alocuciones radiadas por la BBC en la II Guerra Mundial, con el triunfo de lo audiovisual, los políticos y grandes hombres públicos tienen que ser asesorados para transmitir la imagen pública que desean, imagen que transmiten los medios.

El problema surgió con la televisión, en la medida en que el acto de ver suplantó al acto de discurrir. Tuvo su avanzada y maestro, aún hoy, en el cine. La televisión vocera del cine norteamericano que nos ha explicado quiénes eran los buenos y quiénes los malos, desde la Segunda Guerra Mundial, cuanto ha sucedido en el mundo, desde la rebelión de los Boxers al Cid. Transmite comportamientos, estilos de vida, modas, música, otra cultura en sus hábitos de consumo. La hegemonía cinematográfica norteamericana se impone incluso en los marginales cines nacionales, como defiende el director colombiano Sergio Cabrera. El cine no requiere que funcionen los filtros anexos a la lectura. Llega por la retina, directamente al cerebro. McLuhan estableció que la televisión es un campo de ejercicio de la cultura oral, una reivindicación encubierta de la cultura efímera contra la cultura de la permanencia, fundada en la escritura.

«El medio produce una nueva forma de realidad y, por eso mismo, suscita una nueva manera de relacionarnos con ella», escribe Lynch. Una manera más frívola de donde desaparecen paulatinamente la coherencia y el rigor a favor del espectáculo.

Ambos medios funcionan básicamente recurriendo a los sentimientos, en la línea que explicaba Le Bon. Su influencia masiva provoca que informaciones inocuas sean seguidas masivamente.

Con la televisión nos introducimos en una novedad: la televisión no es un anexo sino una sustitución que modifica sustancialmente la relación entre entender y ver. La televisión no es sólo un medio de comunicación, es, también, paideía, forma parte del proceso de formación de las personas. La instruye en lo que cada momento es correcto, tanto en el comportamiento colectivo como en el íntimo. La cultura de la imagen que expande el medio televisivo hace que pierdan importancia noticias o informaciones de las que no hay imágenes. Se produce una nueva selección de la información con parámetros propios del medio audiovisual. La vídeo-política, además, tiende a reforzar el localismo por los elevados costes de desplazamiento de un equipo televisivo. Tenemos una preponderancia de la imagen, de lo visible sobre lo inteligible. Es falso que la televisión se limite a reflejar los cambios que suceden en el mundo y en su cultura. En realidad la televisión refleja los cambios que inspira y promueve a largo plazo. «12 meses, 12 causas justas», y otras campañas más soterradas convierten a la televisión en la primera educadora para adultos que promueve cambios como potenciar actitudes favorables hacia la emigración, el mestizaje absoluto, la normalidad ante sujetos que reivindican como definición personal, que se definen básicamente, por sus aberraciones sexuales; la televisión fomenta el rupturismo social presentando abortos y divorcios como alternativas prioritarias o haciendo de altavoz de marginados psicóticos y generando leyendas sobre delincuentes y asesinos. Karl Popper ha escrito que una democracia no puede existir si no se controla la televisión.

La contaminación del ocio, según Alexander King, se expresará en alcoholismo, drogadicción, gamberrismo y delincuencia. En esa contaminación, los medios audiovisuales tienen una responsabilidad concreta por los modelos de comportamiento que muestran en sus emisiones, banalizando la violencia y normalizando comportamientos atípicos.

Las guerras, desde Corea, se jugaron tanto el terreno de los medios de comunicación como los escenarios del combate; hoy ya son guerras virtuales o mediáticas. El ataque contra Irak fueron unas escenas cibernéticas sin sangre ni lágrimas, el vídeo juego del sistema de tiro de un F 115.

Lynch profundiza en las consecuencias de esta nueva manera de relacionarnos con la realidad: «¿Cómo haríamos para paliar la soledad de las grandes urbes […] sin esa ventana que nos permite hurgar en el mundo de los demás sin tener que aproximarnos a ellos?». El caso más evidente lo constituyen los programas de mirones y porteras, uno de los cuales ha sumado ocho millones de espectadores.

Son los medios de comunicación quienes han convertido el mundo en una aldea global, especialmente gracias al desarrollo técnico en la captación y transmisión de imágenes y de datos. La televisión lleva a las masas a lugares y momentos históricos inaccesibles de otro modo. Excesos sentimentales, voyeurismo, democratiza la información con el riesgo de envilecerla en espectáculo. La imagen de la locutora metiendo el micrófono a las madres de las niñas de Alcasser. La información de los diarios es seria y les rinden pleitesía los informativos de televisión, pero llega a un círculo reducido de personas, aunque no las menos importantes. La «verdad» como llega al gran público, ese que vota, la transmiten las televisiones. Hacen cercanas a las personas. «La visualidad unida al sonido y al movimiento permite un máximo de presencia, de comunicación irreal, pero que perceptivamente apenas lo es» (Marías, 1985, p. 46).

La prensa traduce la vida ante el espectador, que es la condición esencial del occidental medio. Señala pautas de conducta que repiten los espectadores, marca modas y modos de vivir. La pantalla permite asistir a otras vidas, tiempos y lugares inaccesibles. Se intensifica el ver y se reduce el campo de la experiencia personal, de la elección propia y el aprendizaje. Triunfa la contemplación y el abandono de la acción a favor de la copia. La repetición de lo real, convierte el medio televisivo en un arma involuntaria de defensa del orden dominante.

Los periódicos y la radio no tienen porqué estar en el lugar de los hechos, la TV sí. La radio es más sencilla que los periódicos porque llega también a gente que no sabe o no quiere leer. La televisión da menos informaciones que cualquier otro instrumento porque da prioridad a la información sobre la que dispone de imágenes. La imagen es enemiga de la abstracción mientras que explicar es desarrollar un discurso abstracto. Los problemas no son siempre visibles por lo que las imágenes mueven sentimientos y emociones: violencia, lamentos, etc. La televisión favorece la emotivización de la política, reduciéndola a episodios emocionales. Pero el saber es logos, no pathos. Aún cuando la palabra puede inflamar los ánimos, produce menos conmoción que la imagen. La televisión empobrece drásticamente la información y la formación del ciudadano. El mundo en imágenes que nos ofrece la televisión desactiva nuestra capacidad de abstracción y, con ella, nuestra posibilidad de comprender los problemas y afrontarlos racionalmente. El hombre medieval tenía creencias hoy absurdas pero vertebradas por una concepción del mundo, una weltanschauung, mientras que el hombre contemporáneo es un ser deshuesado que vive sin el sostén de una visión coherente del mundo. Entonces no es paradójico que el país que dispone de una mayor ciencia tecnológica, Estados Unidos, sea también el país de mayor credulidad (Reagan no se reunía con Gorbachov sin el consentimiento de la astróloga de la Sra. Reagan), y que está abrazando cultos de poca monta, como la Iglesia de la Cienciología o el budismo fotográfico de algunas estrellas de Hollywood.

Sartori habla del homo ludens, el hombre que juega y que jamás ha estado tan gratificado. La televisión transforma todo en espectáculo; la dictadura del mando a distancia impele a las diversas cadenas a imaginar nuevas y estridentes formas de pan y circo: torturando a los concursantes o encerrándoles en un cubículo con 24 horas de observación diaria, como ocurre, por caso, en España, Alemania y Japón.

Información no es conocimiento; se puede estar muy informado y no saber nada. Cuanto más se abre el ciudadano en busca de información, recibe más flujos del poder político o de los instrumentos de información de masas.
 

Intelectuales

La prensa, especialmente la audiovisual, plantea cuáles son las preguntas y sugiere las respuestas. Los nuevos púlpitos son los medios televisivos. Los intelectuales han perdido su poder, basado en la universidad y la presencia pública, porque son los medios de comunicación los que dictan quiénes son los intelectuales, los que les llevan a sus tertulias, de quienes hablan, de sus libros; intelectuales son aquellos que salen en sus pantallas. Sustituido el intelectual clásico por el intelectual mediático y el periodista. En la convención norteamericana del Partido Demócrata, Enrique Iglesias figuraba en la lista de intelectuales que apoyaban a Gore. Cristina Tárrega es una intelectual de Crónicas Marcianas. «Los errores de los intelectuales son proporcionales, en sus efectos, a la autoridad que se les otorga. La autoridad la crean los medios de difusión y los medios son empresas mercantiles», afirma Funes Robert en La lucha de clases en el siglo XXI.

Serge Halimi, autor de Los perros de guardia, niega que en este mundo globalizado podamos todavía periodistas e intelectuales desempeñar un papel de contrapoderes: consolar a los que viven en la aflicción y afligir a los que viven en la holgura, todo eso y mucho más. Algunos líderes mediáticos, a menudo los más poderosos, lo más presentes en antena, pertenecen ya a la clase dirigente tanto como la propia elite de los negocios. Conscientemente o no, los periodistas legitiman el sistema, como moderadores del éxito y ventrílocuos de las injusticias.

Eso pareció demostrar la guerra digital que enfrentó al grupo Prisa con Teléfonica y el primer gobierno del PP. La batalla se centró en los derechos de emisión del fútbol. Uno de sus episodios es demostrativo de la mezcolanza de finanzas, política y espectáculo. Anson, en nombre de Azcárraga (quien busca establecerse en Europa para llegar al público hispano norteamericano), ofreció 200 millones de dólares por la compra de los derechos televisivos de los trece clubes que eran propiedad del editor Asensio, cabeza de Antena 3 y Grupo Zeta. Poco después, Anson telefoneó a Miguel Ángel Rodríguez para hacerle partícipe del fracaso de su gestión y entonces Rodríguez, secretario de Estado de Comunicación, descolgó al teléfono para proferir contra Asensio la más famosa amenaza que, meses más tarde, se convertiría en una tormenta parlamentaria: «Te vas a enterar. Te garantizo que me voy a encargar personalmente de que vayas a parar al sitio donde tenías que estar hace tiempo». La respuesta de Asensio fue española: «Vete a tomar por el culo». Lo chusco del incidente no demuestra más que cosas así ocurren y, en democracia, unos medios de comunicación a quienes nadie votó impulsan sentidos del voto, corrientes de opinión, imágenes: los dobermann del PP. Miguel Ángel Rodríguez dimitió, Anson preside La Razón y Asensio se entregó a Polanco. Los partidos del arco parlamentario tomaron posiciones coincidentes con la Cope y El Mundo o con El País y Canal Plus. Es innecesario abundar en ello.
 

Opinión Pública

«La primera de todas las fuerzas es la opinión pública». Simón Bolivar

La opinión pública se forma en una democracia a base de las informaciones que suministra la prensa. El control de dicha opinión pública será el escenario del conflicto mediático por parcelas de audiencia entre poderes económicos, bancos y grandes empresas, y políticos, ufanándose de poner inquilino en la Moncloa. En Homo videns se pregunta el autor: ¿Cómo se constituye una opinión pública que sea verdaderamente del público? Las respuestas dependen del modo como se hacen las preguntas.

Los medios crean un clima de opinión, un conjunto de puntos de vista juicios de valor y líneas de conducta que los miembros de la sociedad deben manifestar públicamente para no diferenciarse de las masas. Javier Pradera afirma que, en esas ocasiones, «una elite de profesionales que se comporta de manera coherente y que participa de una misma escala de valores, transmite sus convicciones al contenido de los medios, imprime un rumbo selectivo a las informaciones, magnetiza las percepciones de la audiencia». Una de las consecuencias de ese envolvente clima de opinión es que los individuos al observar su entorno perciben qué opiniones y conducta pueden adoptar sin verse amenazados. Estefanía lo califica como «efecto Queipo de Llano». Los partidarios de las ideas en alza, al expresarse con fuerza y seguridad, producen la sensación de ser abrumadoramente mayoritarios frente a las personas que apenas se atreven a expresarse públicamente y que transmiten la sensación de representar opiniones menos valiosas y extendidas. Aquellos que se perciben a sí mismos como portavoces minoritarios tienden a inhibir sus expresiones públicas por temor a la marginación social. Mientras hombres de voluntad fuerte, como Lenin o Kamal Ataturk, impusieron a sus colegas sus puntos de vista de acuerdo con la realidad, quien intenta imponer ideas irreales -en base al concepto de utopía que informe a la mayoría social- termina en el fracaso político.

«Se piensa a veces que con tantos periódicos, radios y televisiones se tienen que escuchar infinidad de opiniones diferentes. Después se descubre que es al contrario; la fuerza de esos altavoces no hace sino amplificar la opinión dominante del momento, hasta el punto de hacer inaudible cualquier otro parecer» (Malouf, 1999, p. 137). Chomsky lo subraya: «Podemos hacerlo irrelevante porque podemos manufacturar el consenso y asegurarnos que sus opciones y actitudes estén estructuradas de tal forma que siempre hagan lo que les digamos, incluso si tienen un modo formal de participar. Así tendremos una democracia real. Funcionará correctamente. Eso es aplicar las lecciones de la agencia de propaganda».

No es ser denigrado en los medios, sino ausentarse de ellos. En La hora XXV de España se recuerda la capacidad de cualquier sector de la prensa, que «se empeñaba en desorbitar la situación, difundiendo con más profusión los aspectos negativos entre sus lectores, con unos enunciados propagandísticos […] inventados por especialistas en crispar a toda la sociedad, maestros en desquiciarla».
 

Los marginales

«Da igual que se rían de nosotros o que nos critiquen, que nos presenten como payasos o criminales; lo principal es que nos mencionen», escribió Hitler quien, como Castro o Kennedy, le debía mucho a la prensa. Como De Gaulle, aprendieron que su adherencia a creencias que les parecían verdaderas y grandes, sea cual sea el precio de su impopularidad temporal; se les dará la razón cuando al fin las circunstancias consagren la permanencia y la aptitud de sus creencias. La misión redentora que asume el líder es una transmisión de la herencia de los ancestros, renovada en el jefe. El fanatismo no se define por el contenido de las opiniones que se profesan, sino por la manera en que pretenden imponerlas. La batalla se riñe hoy en torno a la información y la verdad es lo que cuentan los medios de comunicación.
 

Publicidad

Cuando se decide homologar los gustos de los consumidores de territorios y culturas distintas para incrementar la producción masiva, los medios de comunicación, el cine entre ellos, son el instrumento imprescindible. Una de las características de la globalización, la propaganda comercial, se transforma en publicidad. Los medios de comunicación suponen el instrumento necesario de la educación de los consumidores. La publicidad nos enseña a mirar de determinada manera.

La hegemonía de la publicidad lleva consigo el auge del publicismo, afirma Aquilino Duque, es decir, de los medios de comunicación, su soporte natural. Este es un fenómeno intrínsecamente occidental; el 85 por ciento del volumen mundial en el negocio de las telecomunicaciones se da entre Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. «La publicidad no sólo mantiene el medio que la defiende, sino que perfila y modela los valores de la sociedad mediática», afirma Enrique Lynch.

El político se convierte en publicitario, convence a la clientela de que «un eslogan reemplaza a un programa, la imagen a la personalidad y el estilo al alma», denuncia A. Minc. El poder de los medios de comunicación, cuando es utilizado espuriamente, de forma confesada o no, muestra cómo el periodismo puede ser puesto al servicio de intereses ajenos a los lectores, oyentes o al espectador. Se desarrollan a la luz pública campañas de opinión que responden a pugnas por intereses mercantiles; como a veces la caza del hombre se disfraza de periodismo de investigación.

La prensa requiere financiación, cifras enormes. N. Chomsky destaca el papel amortiguador que realizan los medios en las informaciones hacia las que pueden ser sensibles sus clientes. En España lo expresa en un libro llamado Cómo nos venden la moto. Acusa a los grandes medios de connivencia con el poder político y financiero. Los medios no pueden mantenerse sin formar parte del sistema, recibir sus cuotas de publicidad pública y privada. El sistema y quienes se benefician de él no pueden renunciar al control de los medios de comunicación de masas. Por eso existe un cinturón audiovisual en torno a personas e instituciones hacia quienes la crítica está vedada.

García de Viedma escribe que «la publicidad lo invade todo y ha pasado a jugar un importantísimo papel en el proceso económico […] y enorme significado en el entendimiento de la vida y los comportamientos de las personas». El mismo autor cita a Sánchez Ferlosio: «Ninguna pedagogía ha llegado a alcanzar jamás en este mundo un grado de eficacia tan siquiera remotamente comparable con el que, en sus escasos cien años de existencia, ha acabado por lograr la pedagogía publicitaria».
 

Abusos del cuarto poder

«La distinción reside entre quienes adoptan sus objetivos a la luz de la realidad y los que intentan modelar la realidad a la luz de sus propios objetivos». Kissinger.

El periodismo ha perdido su carácter de contrapoder, sufre la metamorfosis de Kafka, y se convierte en un poder más del sistema por su capacidad de influencia. Los medios se han demostrado repetidamente capaces de generar opinión que den la victoria electoral a alternativas políticas instantáneas como demostró Beslusconi en Italia o las diversas aventuras del magnate Murdoch. En España es Jesús Polanco, a quien Jesús Cacho retrata en El negocio de la libertad. Los gestores de los grandes medios comparten residencia con los privilegiados, gozan junto al poder de una satisfacción contigua y se acomodan de modo similar a las ideas económicas y políticas del momento. Quizás hasta cae un título.

Los periodistas idealistas, dulces soñadores con su búsqueda de la verdad que antes dirigían periódicos, han sido reemplazados, a menudo en la cabeza de las empresas, por hombres de negocios que se mueven por porcentajes e incremento de beneficios. Incluso los mismos medios, de conocida voracidad financiera, recurren a los grandes préstamos en cifras que dejan en pañales los fichajes de futbolistas, nuevos ganchos de la publicidad.

La prensa levanta héroes en Génova. Decía Bismarck: «Vivimos una época maravillosa en que el fuerte es débil por sus escrúpulos morales y en que el débil se hace fuerte debido a su audacia».

Los medios juegan con los sentimientos del público pero no tienen una política sentimiental en su supervivencia. Para conseguirla, los poderosos grupos mediáticos no se limitan a esperar los acontecimientos porque quedarían prisioneros de ellos. El oportunismo puro es estéril, al reducirse al análisis de dónde estoy en lugar de estudiar a dónde voy.

Ricardo Fuente escribió que el periódico era una auténtica patente de corso. Los periódicos de empresa, según él los llama, nacen al calor de la subvención y se inspiran en el afán de ganancia ilegítima. Se titulan imparciales o independientes y empiezan a luchar por causas nobles desde la oposición. Cuando logran un público ponen entre líneas este anuncio: «Somos un poder. Bancos, empresas, gobierno: mi silencio o mi apoyo valen tanto». Comienza el chantaje. El periódico cobra por no publicar o hacerlo de manera inocua noticias que han llegado a la redacción y que determinada persona física o jurídica quiere evitar que se publiquen. Con ello, se convierten los medios en un instrumento al servicio del tráfico de influencias, intereses externos, una práctica de abuso que crece a la sombra de la libertad de empresa o expresión. Una nueva forma de opinión pública, un compuesto químico de sondeos y medios de comunicación.
 

Deontología

«Concisión en el estilo, precisión en el pensamiento, decisión en la vida». Víctor Hugo

Sartori señala que los medios de comunicación social, especialmente el cine, han provocado un incremento ilusorio de las aspiraciones, es decir, de las expectativas de vida y fortuna de los espectadores agravando la infelicidad consecuencia del consumismo. Julián Marías nos recuerda que «la sociedad técnica ha situado a sus gentes en un nivel de adaptación muy superior [...] y se les antoja natural y hasta insuficiente» (Marías, 1985, p. 21). Sin terminar de haber asimilado el actual bocado la gente considera muy altas sus expectativas, aguijonadas por la publicidad.

La prensa también influye directamente en comunidades e individuos. Un ejemplo tuvo lugar en Francia, cuando el primer ministro socialista, Pierre Beregovoy se suicidó el primero de mayo de 1993, seis semanas después de que el partido socialista francés perdiese las elecciones, identificado con el paro y la corrupción como el Gobierno González. La prensa aireó un préstamo de 20 millones de francos a Beregovoy, su reputación puesta en solfa. Hay palabras y caricaturas más mortíferas que las balas.

En una cacería mediática, el catedrático Jaime García Añoveros analizaba el poder espurio de algunos medios de comunicación: «Hay gente que aquí en España se siente oprimida no sólo por el poder político aunque también, ahora me refiero específicamente a poderes no siempre públicos entre los que el ciudadano parece no tener defensa hasta el punto que algunos piensan, parafraseando la vieja fórmula, que entre tantas leyes hay una en importante lugar según la cual todo español será objeto de falso testimonio y moralmente linchado».

Criticar a la prensa constituye una especie de sacrilegio, cometido en privado, pero no por ello menos censurado. «Espectador y actor, el periodista se beneficia, además, de un privilegio: es el único actor de nuestras sociedades complejas que nunca está sometido a su propia crítica», destaca Minc.

La confusión se produce entre la libertad de expresión, que debe ser concedida hasta a los embusteros y los locos, y el oficio de informar con sus propias obligaciones. La defensa de una prensa de opinión, apoyada por Voltaire y Tocqueville no supone patente de corso para manipular la información. El periodista tiene que haber hecho cuanto ha podido para descubrir la verdad, para informarse, saber que no ha omitido nada de cuanto sabía ni inventado lo que ignora, así es admisible el error.

Ningún medio sacrifica sus oportunidades a sus principios. Los poderes financieros son conscientes y mantienen una presencia accionarial.

En octubre de 1985 un diario de Nueva Delhi, The Patriot, fue citado como fuente para una noticia que dio la vuelta al mundo: el SIDA es un experimento fallido de Washington. Mucha prensa la recogió pero The Patriot no lo había publicado nunca.

La profesión no está tan desprestigia como otros oficios poderosos con quienes comparte status: políticos, jueces, funcionarios y, en general, personajes públicos, incluidos los inquilinos de Gran Hermano. Al mismo tiempo ninguna otra profesión es tan adulada por el temor que inspira su poder. Quien tiene más recursos para actuar, no necesariamente económicos, tiene poder a costa de los demás. En las ciencias sociales, constituyen dos fenómenos diferentes la mentira flagrante y la deformación ideológica. Podemos hablar de mentira cuando constituye una falsificación palpable de cifras, de datos, de hechos. La mentira no es una simple ayuda, sino un componente orgánico del sistema, una protección para sobrevivir. Joaquín Costa definió así la corrupción del parlamentarismo de su época.

El problema es el enfrentamiento entre el informador y el militante. El periodista tiene mucho de esto último por su capacidad para ponerse a sí mismo en estado de disponibilidad y satisfacer informativamente las circunstancias, mantener la tensión de la polémica continua, el tedio de la constante vigilancia de los movimientos e intrigas. El periodismo no existe en el vacío (a pesar de la prueba empírica con que el Tamarismo y el Granhermanismo parecen negar mi afirmación). Los periodistas son siempre accesibles, cualidad más reducida en los políticos y comediantes. Por ello, en el periodismo la confluencia entre el militante, en el concepto más amplio y sin carnet, y el informador provoca un déficit en la información que viene sesgada por el medio de transmisión.

Jean François Revel nos dice que la ideología supone una triple dispensa: intelectual, práctica y moral ante las obligaciones del periodista. La intelectual consiste en retener sólo los hechos favorables y lanzarlos como propaganda única.

1. Las realidades que no encajen en su concepción del mundo, del periodista o del medio, se eliminan o dulcifican.

2. La dispensa práctica suprime el criterio de la eficacia, quita todo valor de refutación a los fracasos. La ruina sobrevenida nunca se debe a la doctrina aplicada sino a factores exógenos: conspiraciones, bloqueos, etc.

3. La dispensa moral. Las acciones no son buenas o malas a la luz de la ética, sino en razón de la eficacia con que sirvan a la ideología. Es el lema comunista español de los años cuarenta: preferimos equivocarnos con el partido a acertar contra él.

Ese es el resultado de la mezcla de confundir lo que es con lo que le gustaría ser.
 

Prensa y civilización

La civilización es la hija de la técnica y del progreso. El endiosamiento del avance técnico, al desequilibrar su relación con otros factores civilizatorios (educación, participación en la vida pública, etc.) frecuentemente convierte al progresismo en polución natural. Su rápido desarrollo llevó a Heidegger a definir la técnica como una máquina devastadora. El progreso, como monopolizador del desarrollo humano e ídolo público, es uno de los monstruos más peligrosos que ha engendrado el sueño de la razón que nos representó Goya. La razón, en un determinado momento histórico de vacío teológico, convertida en abstracción de logos, deviene en caricatura de sí misma.

La revolución tecnológica ha traído una revolución moral, sustituyendo los valores cristianos, dice Octavio Paz, por «un nihilismo de signo opuesto al de Nietzsche, no estamos ante una negación crítica de los valores establecidos, sino ante su disolución en una indiferencia pasiva». Es decir, hemos pasado del guerracivilismo a la indiferencia. Paralelamente, los cambios se suceden. El desafío no es adaptarse a una nueva situación, sino ingresar en un estado permanente de adaptación para poder afrontar la incertidumbre, las nuevas dimensiones de complejidad y los cambios insidiosos o brutales.

Cuando hoy el perdedor apela a la providencia de los Estados, estos se baten en retirada porque pese a toda la riqueza generada, están en quiebra o han delegado sus funciones en los agentes privados y la prensa es uno de ellos. Emerge así otro de los efectos de la mundialización: el fatalismo, no hay nada que hacer. El economista norteamericano Albert Hirschman define la tesis de la perversidad. Toda acción deliberada para cambiar el estado de las cosas las empeorará. En cualquier caso, toda tentativa de control genera un efecto de resistencia que se ve agravado dado que la mayoría de las sociedades, sin embargo, institucionalizan el momento de su éxito y no consiguen renovar continuamente su dinamismo (Hall, 1993, p. 149).

La ley en democracia garantiza la libertad de expresión, no la infalibilidad. El talento, la competencia, la responsabilidad, la inteligencia, y la comprobación de los hechos están a cargo del periodista, no del legislador. Pero las editoras no pagan por el servicio a la verdad sino a sus intereses.

A la postre, nos recordaba Guillermo de Orange, «no es necesario esperar para emprender ni lograr para perseverar».





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