Altar Mayor - Nº 81 (5)
Fecha Jueves, 25 julio a las 19:24:12
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

EL GRAN COMBATE
Por Antonio de Oarso

La guerra cultural en Estados Unidos trasciende sus fronteras, puesto que lo que se está dilucidando allí es si la faz de Occidente en el futuro será definitivamente neopagana, o bien recuperará los rasgos cristianos que antaño tenía.

De Estados Unidos llegan noticias que pueden considerarse positivas. Una de ellas es la decisión de Bush de cortar la financiación estatal al Fondo de las Naciones Unidas para la Población (UNFPA), organización que promueve el aborto, habiendo colaborado con el gobierno chino en su política de natalidad restringida que incluye abortos y esterilizaciones forzosos.

Otra noticia significativa es la negativa de Bush a seguir financiando programas de «sexo seguro» que promocionan masivamente el uso del condón, por considerarlos contraproducentes. En vez de ello, ha incrementado sustancialmente el dinero destinado a los programas de castidad.

Pero la más importante medida puede ser la propuesta por la Administración Bush para dar cobertura de seguridad sanitaria a los niños no nacidos. Esta propuesta se está encontrando con la fiera oposición de los defensores del aborto.

La regulación propuesta autorizaría al Programa Estatal para la Seguridad Sanitaria de los Niños (State Children’s Health Insurance Program), cubrir la salud de los niños desde su concepción hasta los 19 años. Wendy Wright, de Concerned Women for America, una de las diversas asociaciones pro-vida, ha puesto el dedo en la llaga de la realidad, cuando ha declarado que la idea de que el niño no nacido sea un ser humano es algo a lo que los partidarios del aborto se oponen firmemente. Pues toda la triunfadora ideología abortista se basa, y se ha basado, en una falsedad que el sentido común rechaza: que el niño no nacido no es un ser humano. Y la medida propuesta supone el reconocimiento de la verdad de su condición humana.

«Ellos no desean el menor reconocimiento de que el niño no nacido sea un ser humano», dice Wright, «por lo que se oponen a esta propuesta, aun cuando al hacerlo así terminan de hecho dañando a las mujeres que dicen representar».

Según Wright, el anuncio de Bush es significativo por dos razones. Primeramente, porque extiende la cobertura sanitaria a los niños antes de su nacimiento, permitiéndoles, por tanto, vitales cuidados prenatales. La segunda razón es terminológica.

«Esto es así por usar el término "niño no nacido" en lugar de "feto". Aún cuando la definición de "feto" en el diccionario es "una cría de la misma especie", la mayoría de la gente no entiende que esto signifique un ser humano» dice ella. «Por ello, es importante que utilicemos términos que el hombre común pueda entender».

Wright dice que siempre que los partidarios del aborto son cuestionados, presentan la misma argumentación: que no se debe permitir que el feto tenga los mismos beneficios que la madre. Pero ella dice que el niño no nacido merece, por lo menos, la misma protección.

Y también hace notar que si reconocemos la humanidad del niño no nacido, cuyas madres intentan dar a luz, inevitablemente se presenta la pregunta: ¿cómo podemos permitir que estos mismos niños puedan ser matados por abortistas?

Este es el dilema, la contradicción, que está penetrando gota a gota en la conciencia de los norteamericanos. Con la ayuda también de la polémica suscitada por la utilización de los embriones humanos para la extracción de las células madre con la consiguiente muerte de aquellos. Pues cualquier mente sencilla se ha de preguntar: Pero, si tanto respeto merecen los embriones que provocan esta polémica, ¿cómo es posible que aceptemos tranquilamente el asesinato masivo legalizado de seres humanos en período de gestación? Resulta íntimamente contradictorio.

Y esta turbación de las conciencias comienza a tener sus consecuencias. El número de abortos se ha reducido. Para el año 2002 se calcula que se efectuarán alrededor de un millón cien mil, cuando en años anteriores se había llegado al millón y medio. También se están cerrando algunas clínicas abortistas.

El dato no es lo suficientemente significativo como para ser optimistas sin más. El combate ha de continuar tan implacablemente como hasta la fecha. Y así está siendo. Todas las organizaciones religiosas y político-religiosas conservadoras que están en pie de guerra desde hace décadas, prosiguen su tarea diaria de concienciar a las gentes: Christian Coalition, Concerned Women for America (CWA), Culture and Family Institute, American Family Association (AFA), Human Life International y otros más no cejan en su empeño que tiene una meta de la máxima importancia: la revocación de la sentencia del juicio Roe v. Wade, que introdujo el aborto legalizado en Estados Unidos en 1973 y, como consecuencia, en otros muchos países de Occidente (prácticamente, toda Europa). Y esto no resulta tan arduo, casi imposible, como hace años. Se ha conseguido colocar un presidente conservador en la Casa Blanca, una persona sobre la que pueden ejercer una presión constante, y así lo están haciendo. Y lo probable es que este gobierno tenga una duración de ocho años. Y si a su término cuenta con un vicepresidente popular, no es pecar de optimistas si prevemos como probable una prolongación de otros ocho años de gobierno conservador. Y en dieciséis años se pueden hacer muchas cosas. Se puede cambiar la faz de la nación, borrando la desfiguración efectuada por los «progresistas» (liberals).

Se acerca el tiempo en que se producirán vacantes en la Corte Suprema. De cómo se suplan esas vacantes dependerá la posible reversión de la ley del aborto. Es algo que tiene hondamente preocupados a los pro-aborto.

Este combate sordo, pero persistente, tenaz, que se está dando en Estados Unidos, no se refleja mucho en los periódicos de fuera, mucho más ocupados en tratar de la guerra antiterrorista. Y, sin embargo, esta última guerra tiene proyección importante en el combate ético y cultural interno. Los «liberals» han creído encontrar un buen filón en la falacia de comparar a los talibanes con los conservadores cristianos de su nación. Para ellos, la mejor forma de combatir a los fundamentalistas islámicos es acabar con el «fundamentalismo» cristiano en el interior de las fronteras. Claro que esta argumentación está condenada a tener éxito tan sólo entre los «liberals». Más sólida se presenta la posición de los conservadores que llaman a un rearme moral, volviendo al código de valores cristiano, para mejor combatir las acusaciones de corrupción moral, degradación de costumbres y ateísmo que prodigan los fanáticos musulmanes.

La constatación de esta lucha en Estados Unidos lleva indefectiblemente a considerar qué es lo que se está haciendo en Europa en parecido orden. El contraste es muy acusado, porque la tónica general en el Viejo Continente es la aceptación acrítica del pensamiento progresista y sus costumbres consiguientes, incluido por descontado el aborto legalizado. Todas las naciones de la Unión Europea lo han aceptado, salvo Irlanda. Pero lo grave es que no existe una oposición activa y fuerte como en Estados Unidos, pues esto descubre un estado de atonía moral, de muerte espiritual.

Si pensamos en el caso de España, la impresión es ciertamente pesimista. Su vieja aspiración de integrarse en el resto de Europa se ha visto satisfecha y ha alcanzado un importante grado de prosperidad. Estos son hechos aparentemente positivos, pero lo cierto es que no han conducido a un incremento de la espiritualidad sino a todo lo contrario. El problema añadido de España es el sentimiento mimético que le ha obligado a aceptar la decadencia como si fuese progreso. De tal forma que se valora el aumento de los divorcios, del aborto, etc. como síntoma de modernidad, de puesta al día.

Los países hispanoamericanos se deberían presentar como un ejemplo para España en el aspecto moral, pues la mayoría de ellos tienen legislaciones antiabortistas. Pero el hecho de que hoy en día España sea un país mucho más rico, que duplica, triplica y cuadruplica la renta per cápita de esos otros países, impide que los españoles admitan que los mismos puedan tener otra aspiración que la de seguir el rumbo de su antigua metrópoli. Este es uno de los efectos perniciosos de la prosperidad. La sensación de que se marcha por buen camino puesto que la riqueza aumenta y que cualquier otra consideración es inconsecuente y carece de pertinencia. Y este efecto adormecedor y embotador de la sensibilidad que ejerce la prosperidad se observa en todos los países ricos, lo que induce a pensar, aunque esto sea una digresión, que el hombre se deteriora en su ser cuando nada en la riqueza y que desarrolla sus facultades y obedece a ideales elevados con mayor facilidad cuando se enfrenta con dificultades.

Pero lo cierto es que en el país más rico del mundo se desarrolla un combate de índole trascendental. Se está dirimiendo cuál va a ser la faz de la nación, y posiblemente de todo Occidente, en el siglo XXI. Si se va a recuperar el carácter esencialmente cristiano de la civilización occidental, desvanecido con la revolución del 68, o bien el proceso degradador, amoral, relativista, hedonista, cientificista, va a triunfar definitivamente. En otras palabras: si la civilización de muerte va a prevalecer o no sobre la civilización cristiana. Alternativa que no se hubiese presentado (situación letal) de haber sido otro el resultado de las elecciones pasadas, presentadas acertadamente por algunos como las más importantes del siglo XX.

No nos cabe otra postura que apostar por aquellos que luchan por la ley natural y la ley cristiana, evitando pujos antiamericanos a los que tan proclives somos, pues en estos momentos serían síntoma de miopía, de falta de perspectiva de futuro.







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