Altar Mayor - Nº 81 (4)
Fecha Jueves, 25 julio a las 19:26:06
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

Confidencias (XXVII)
LA CRUZ DEL VALLE, SÍMBOLO DE DOLOR COMPARTIDO

Por
Jesús López-Cancio

Deseo insistir hoy en el motivo de mi pertenencia a la Hermandad del Valle de los Caídos, que no es otro que el empeño de la proclamación unitiva de este monumento, consagrado como Basílica para la oración cristiana y la memoria civil de todos los muertos en la pugna por una España mejor.

Confieso que durante la guerra, como combatiente, mi dolor y fidelidad provenían y se proyectaban exclusivamente como consecuencia de las bajas de mi ejército. Decir otra cosa sería una hipocresía evidente hasta para el coloquiante más lejano, por edad, de aquel dramático acontecimiento. Si esto sentía yo, con mayor motivo tuvo que sucederle a quien nos condujo a la victoria, y por ello buscó, y halló personalmente, el lugar más adecuado por su grandiosidad y belleza para erigir en él el monumento en honor de nuestros muertos -él que perdió su primer laureada por la escasez de los que ocasionó a su heroica Compañía en la guerra de Marruecos-. Destinó asimismo a tal fin los donativos sobrantes del concurso económico personal que muchos prestaron a la «cruzada» y, como tal, deseó que el símbolo a construir fuese el de una cruz gigantesca de la que él mismo hizo algunos apuntes a lápiz expresivos de su idea. El decreto de abril de 1940 -un año después de terminada la guerra- no deja lugar a dudas respecto del propósito inicial, como tampoco es cuestionable que Franco deseó ser enterrado, con sus combatientes caídos, en lugar no ostentoso pero dentro de la misma iglesia votiva; lo que se cumplió, bajo el suelo situado entre el altar mayor y el coro del templo, por orden de S.M. el Rey Don Juan Carlos I.

Desde la inauguración del monumento y el enterramiento de su promotor discurre un largo tiempo, en el que se producen dos hechos significativos del positivo deslizamiento del propósito inicial hacia un universal destino. De un lado, el enterramiento de muertos anónimos en el osario general del Valle, procedentes de lugares diversos de la ensangrentada tierra española, que, por ser víctimas del ejército derrotado ninguna familia reclamó como suyos; la colaboración de los prisioneros de guerra acogidos a la redención de penas por el trabajo y la consiguiente previsión social; de otro, la mentalización comprensiva de las nuevas generaciones, de un modo especial influida en los campamentos del Frente de Juventudes -en los de Asturias ya se rezaba en los años 40 por todos los caídos en nuestra guerra civil-. Esta interpretación cristianamente ortodoxa del templo de Cuelgamuros la proclaman: la doliente imagen del Crucificado en el altar mayor, la inmensa Cruz, abierta en abrazo universal al ancho paisaje castellano, y la impresionante imagen de la Piedad, madre de Cristo y madre de España, situada sobre la puerta principal de la Basílica. Finalmente, confirman la interpretación universal del votivo monumento, las palabras del Breve pontificio del Papa Juan XXIII, esculpidas sobre uno de los muros del atrio de la Cripta: «... templo donde se ofrecen sacrificios expiatorios y continuos sufragios por los Caídos de la guerra civil de España. Y allí, acabados los padecimientos, terminados los trabajos y aplacadas las luchas, duermen juntos el sueño de la paz...». Todo ello no puede promover otra actitud que la de nuestra condolencia y reflexión unánime, superadoras de las causas hondas y antiguas que escindieron a la sociedad española a impulsos contradictorios de rencor, imputaciones y mutua incomprensión. Es imprescindible tener presentes y analizar sin prejuicios las causas de tan dolorosa tragedia y hacerlas imposibles en el futuro con la advertida conducta de nuestro pueblo y de sus gobernantes.

Esta y no otra interpretación cabe dar hoy al Valle de los Caídos, y esa es la que figura como propósito fundamental en los Estatutos de nuestra Hermandad, que viene normalizando la conducta de sus miembros en orden a la nacionalización cristiana de este monumento, al que propios y extraños deben aproximarse con unción espiritual superior al subyacente interés turístico por el paisaje y la grandiosidad del monumento. Las rectificaciones, respecto del pasado, no tienen por qué ser demoledoras sino asuntivas de lo evidente y positivo para que nuestros espíritus se identifiquen con el gigantesco símbolo del amor y la bandera de la unidad.

No se trata de reescribir la historia, haciendo rosa lo que fue rojo o blanco lo que fue azul. No se propone la negativa o el olvido de una victoria militar que instauró un régimen político autoritario de cuarenta años durante los cuales se impuso la paz interior, se mantuvo la neutralidad e independencia de España respecto de la conflagración europea, se reconstruyó lo devastado, se inició nuestro desarrollo económico que posibilitó el crecimiento de las clases medias, y se instauró un régimen monárquico -que muchos no querían y todos acataron- en la persona de Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, bajo cuyo reinado se consagró constitucionalmente un estado social y democrático de derecho, en forma de monarquía parlamentaria.

Ni es cierto que todo pasado fue mejor, ni lo es que todo pasado fue peor. Tampoco que no haya más pasado a juzgar que el tiempo comprendido entre el 1 de abril de 1939 y el 21 de noviembre de 1975. Desgraciadamente, salvo las víctimas de las batallas cruentas del protectorado español en Marruecos y las de la División Azul, todas las demás proceden de confrontaciones internas, pues tales fueron las de la independencia de los territorios hispano-americanos, las de las guerras carlistas y las de las sangrientas asonadas revolucionarias de los años 1917 y 1934. No olvidemos tampoco la que en parte fue heroica reacción popular de independencia nacional contra el francés invasor, pero que produjo profundas tensiones filosófico-políticas en las clases cultas de la sociedad esp.-añola. El grave problema de las dos Españas, que tan lúcidamente estudió José María García Escudero, pueden al fin desaparecer, cenitalmente o -Dios no lo permita- por disgregación en diecinueve. En atención a estas circunstancias mis preferencias se identifican más con la Cruz que con el Obelisco.

P.D.: Viene a cuento esta reflexión por la significativa explicación que da un periódico madrileño al noticiar las preferencias del público en orden a las visitas de los monumentos madrileños, durante la pasada Semana Santa. Titular principal: «El Palacio Real y El Escorial los más visitados, durante la Semana Santa». Titular menor: «El Valle de los Caídos destaca en las preferencias de los turistas». Explicación de una incomprensible preferencia: «El hecho de que las visitas al Valle de los Caídos sean más numerosas que el monumento principal del conjunto monumental de San Lorenzo de El Escorial se debe, según explicaron las mismas fuentes, a que la Cruz del Valle es visitada también por el entorno natural en el que está emplazada, como es la finca de Cuelgamuros».

Es natural que una parte de los visitantes del Monasterio y de la Basílica, aparte de admirar la grandiosidad de los monumentos, dediquen atención a los sepulcros de Felipe II y del General Franco, respectivamente, e incluso, que no pocos, al tiempo que recuerdan al rey Prudente, otros le atribuyan incapacidad para las decisiones apremiantes. Lo mismo digo con referencia al Valle donde, aparte del impresionante paisaje, acude allí la gente para honrar a los caídos, aunque algunos lo hagan expresamente para rezar por Franco o cerciorarse de que está muerto y sepultado. Hay quienes acuden sólo para depositar unas rosas sobre la lápida del sepulcro de José Antonio y finalmente quienes, pensando en él, rezamos por los caídos en la guerra civil española. Pregunta final: ¿No va siendo hora de aceptar la historia en sus noticias y huellas contrastadas, para el elogio o el arrepentimiento, después de pasados sesenta años?

Aceptado el carácter unificador de los sufragios en el Valle de los Caídos, suplicamos que no se exceptúe del patrocinio de la Corona este grandioso y justificado monumento de Cuelgamuros.







Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4193