Altar Mayor - Nº 81 (2)
Fecha Jueves, 25 julio a las 19:35:58
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 81 – julio-agosto de 2002

Cristianismo y europeidad
EL HECHO CONCRETO DE UNA DESIDEOLOGIZACION
Por Luis Suárez Fernández. Catedrático. Académico de la R. A. de la Historia

1. Característica del mundo actual es el prestigio, mejor diríamos fuerza moral, que fuera de la Iglesia ha adquirido el Papa. No es un hecho que deba atribuirse a una coyuntura concreta ni a la presencia de una persona determinada, aunque ciertos protagonismos resulten de indudable significación. Desde Pío VII hasta nosotros la Sede de Pedro, que se ha ido despojando de compromisos temporales, a veces incluso contra su voluntad, ha protagonizado un desarrollo doctrinal en relación con los problemas que aquejan al mundo, sin que pueda ponerse esta tarea en relación con ningún interés o vínculo político. Ahora que el Estado vaticano se encuentra despojado de territorialidad, la voz que de allí emana puede escucharse con mayor claridad. La Santa Sede es un Estado independiente, pero tan desasido en relación con ese mínimo territorio que se le ha reservado, que ya no pueden atribuírsele ambiciones o compromisos de orden temporal. La voz de Pedro ocupa un plano superior.

Al mismo tiempo que se estaban formulando las ideologías, en especial positivismo, marxismo y nacionalismo racista, la Iglesia estaba formulando advertencias muy serias acerca de ellas. Es frecuente que se cometa un ligero error de matiz cuando se dice que los Papas condenaron el modernismo, el liberalismo o el marxismo: lo que hacían era señalar los errores que en tales doctrinas se contenían, sin los cuales ningún pronunciamiento hubiera sido necesario; al mismo tiempo la denuncia de ese error obligaba a la propia Iglesia a explicar cuál era, a su juicio, la doctrina correcta, de modo que no se trataba, en ningún caso, de asumir actitudes simplemente de prohibición o veto sino de llamadas a la rectificación. Doctrina positiva, en consecuencia. Los críticos de la Iglesia se equivocan con frecuencia a este respecto porque ignoran cuál es la verdadera posición de ésta y, por ejemplo, censuran a Pío XII porque hubieran deseado tal vez que con sus legiones -¿la guardia suiza?- se colocara entre los beligerantes de la segunda Guerra mundial y guardan silencio sobre el hecho de que la denuncia más radical acerca del nazismo fue redactada por él para Pío XI y publicada en alemán, para que no hubiese duda del destinatario de la definición de errores que se calificaban de radicales. Ninguna otra instancia se pronunció de la misma manera, y sus efectos sobre gobernantes católicos fueron decisivos.

El resultado final es una lenta reconstrucción en cuanto al pensamiento, sin perder en ningún momento de vista que la Iglesia no tiene un programa político, económico o social definidos y sí una propuesta acerca del hombre. Los primeros documentos de importancia, Mirar¡vos (1832) y Syllabus (1864) se proponían llamar la atención acerca de algunos graves errores que se estaban difundiendo a través de liberalismo y del modernismo. Las opiniones de algunos exaltados, también en las filas del tradicionalismo -«el liberalismo es pecado»- condujeron a que se creyese que la Iglesia se estaba replegando sobre sí misma, incurriendo en oscurantismo. En el fondo estaba llamando la atención acerca de algunos errores sustanciales que se difundían y que afectaban a todos los hombres; pues el error no deja de serlo cualquiera que sea el revestimiento ideológico en que se encuadre. Veamos, pues, cuatro puntos sustanciales:

a. Afirmar la libertad religiosa, es decir que nadie puede ser obligado a abrazar una determinada fe, ni se puede impedir a los hombres la práctica de sus creencias hasta en el menor de los detalles, no podía significar que dejara de admitirse el principio de que la Iglesia es depositaria de la Verdad. No puede admitirse el principio de reducir la Fe a una simple opinión.

b. No puede sostenerse, en este sentido, la libertad de conciencia, pues la Verdad es una y quien la rechaza incurre decididamente en el error.

c. Una separación entre la Iglesia y el Estado, con autonomía recíproca no puede estorbar ni desconocer el hecho de que los católicos súbditos de este último tienen que ver reconocida su condición de tales, acomodándose la legislación a ese reconocimiento. No es admisible que la religión -y el Concilio Vaticano II emplearía este término en su sentido más amplio- quede reducida al foro de la conciencia individual.

d. El principio de la libertad de prensa no permite establecer que la mentira, calumnia o difamación puedan considerarse buenas. Es indudable, por otra parte, que en la práctica, dicha libertad se convierte en privilegio, como sucedía con muchas de las libertades esgrimidas en la Edad Media ya que su ejercicio queda reservado a quienes cuentan con cuantiosos medios materiales que se necesitan para disponer de uno de esos medios de comunicación. El resto de los ciudadanos no pueden ejercerla más que cuando los propietarios de dichos medios se lo consienten.

Esta reacción inicial contra la primera de las ideologías, liberalismo, que se presentaba ya como sistema salvífico cerrado -se dijo que «los problemas de la libertad se resuelven con más libertad»- tuvo ya aspectos positivos. Con algunas excepciones como la famosa de Lammenais que desde un integrismo erróneo llegaría al abandono de la fe, todos los católicos que se sentían atraídos por el liberalismo se colocaron en la obediencia del Papa iniciando un programa de reformas que iba a dar a las organizaciones eclesiásticas un aire de renovación. Fue muy visible, desde la segunda mitad del siglo XIX, la participación de los católicos en la investigación científica: el tomismo, con su racionalismo responsable, contribuyó mucho a que esto se consiguiera.

Dos consecuencias de la primera de estas ideologías, afectaron muy directamente a la vida de la Iglesia: modernismo, que puede definirse como un sometimiento de su doctrina a los métodos de las ciencias naturales, y laicismo, que consiste en la secularización radical de la existencia. Tampoco podían considerarse favorables a ella los extremos de la alternativa contraria, tradicionalismo: pues muchas veces los que reclamaban la alianza entre el Altar y el Trono estaban proponiendo el sometimiento del primero a la política. La Curia romana acabaría denunciando con claridad algunos de estos movimientos, como sucedió con Pío X ante las desviaciones de algunos que trataban de sustantivar el termino democracia reduciendo el calificativo cristiano a un matiz secundario, o en 1926 cuando fue denunciada como errónea la Action française de Charles Maurras.

Las definiciones a que la Iglesia hubo de recurrir en estas circunstancias ha revestido profunda significación permitiendo la adopción de posturas doctrinales que, transcurrido el tiempo suficiente, han sido consideradas como más correctas que las que los ideólogos de la primera hora sostuvieran. Veamos, por ejemplo, estas tres que nos han servido de orientación a lo largo de nuestro ensayo:

a. Observación y experimentación no son las únicas vías de acceso al conocimiento, ni este puede limitarse únicamente a los individuales concretos. Intuición y sentimiento desempeñan también un importante papel. Pascal había dicho, hace ya muchos años, que el corazón tiene razones que la razón no entiende. En el aprendizaje la voluntad desempeña un papel sustantivo.

b. La ciencia sirve para muchas cosas pero no para todas y no deben absolutizarse sus conclusiones que, sin duda, son evidencias ciertas. Hemos de estar siempre dispuestos a ese gesto de humildad que obliga a reconocer que todos los resultados científicos pueden convertirse en revisables.

c. Se admitió, como ya había explicado el tomismo, que en el ser humano, alma y cuerpo comparten una unión sustancial: de este modo no puede decirse de una mujer sea «dueña» de su cuerpo pues ella misma «es» cuerpo al tiempo que espíritu y, cuando actúa, lo hace desde esa unión sustancial. Un feto no es una especie de excrescencia de la que sea lícito librarse cuando se convierte en un obstáculo.
 

2. Los grandes acontecimientos que, desde 1988, han tenido lugar en el Este de Europa, con la desaparición de la antigua Unión Soviética, precisan de un análisis más detenido del que los medios de comunicación nos ofrecen para evitar incurrir en juicios equivocados. Los medios de comunicación, atentos a lo efímero, poco pueden ayudarnos al respecto: para ellos todo cuanto no es susceptible de convertirse en noticia inmediata carece de interés; al mismo tiempo, cuanto no puede ser simplificado resulta inadecuado para su transmisión en cuanto tal. As¡ pues, lo sucedido en ese último decenio del siglo XX no es otra cosa que el hundimiento estrepitoso del sistema comunista. Pero desde la ideología del materialismo dialéctico la catástrofe final de la URSS es resultado de haberse aplicado erróneamente los principios de su ideología; no demuestra la falsedad de ésta.

De modo que asistimos a una especie de disyunción. Para el marxismo queda demostrado únicamente que, como Gramsci o los revisionistas ya anunciaran, el procedimiento de imponer la doctrina por medio de un Estado de partido único, era incorrecto: la sociedad debe permeabilizarse, previamente, de marxismo en todas sus estructuras. Para las corrientes occidentales afines al capitalismo positivista, lo que se ha producido no es otra cosa que el hundimiento estrepitoso de la ideología comunista: los pueblos, entusiasmados, empujan al suelo sistemas tiránicos que durante mucho tiempo les oprimieran porque anhelan ingresar en esa especie de paraíso universal que es la democracia liberal, forma suprema de la sociedad y meta de la Historia según Francis Fukuyama ha podido establecer. Según esta segunda apreciación nos encontramos ya en ese fin de la Historia adonde ha conducido el proceso dialéctico imaginado por Hegel. No queda más que una tarea de perfeccionamiento de la democracia de partidos y economía de consumo haciéndola llegar a todas partes. En el tránsito del II al III Milenio se advierte con claridad esta tendencia: sólo aquello que merece considerarse democrático es digno de ser tomado en consideración.

De cuando en cuando sufre un pequeño estremecimiento cuando se advierte que, dentro de ese sistema liberal parlamentario, los partidos marxistas encuentran oportunidades para volver al ejercicio del poder. Al mismo tiempo la corrupción invade sectores cada vez más amplios porque el ejercicio del poder no garantiza la virtud de quienes lo ostentan. Los historiadores descubren errores de bulto que se siguen cometiendo. Por ejemplo no es cierto, por mucho que la propaganda política se empeñe en repetirlo, que la voluntad de la mayoría deba ser monopolizadora de la verdad, la justicia o la razón. En definitiva una opinión puede ser verdadera aunque la sostengan solamente pocos hombres. Nada tiene que ver la justicia de un acto con que lo deseen pocos o muchos. La progresiva politización de las acciones o de los juicios es una de las perversiones de nuestro mundo.

Existen abusos muy notorios en el empleo del voto. En la antigua Atenas se le consideraba desviación respecto a la isonomía o igualdad entre los ciudadanos y por eso era empleado únicamente en muy contadas ocasiones. Fue la Iglesia quién enseñó a utilizar el sistema de voto para la designación de oficios de autoridad pero estableciendo el principio de una previa igualdad entre los que iban a ejercer el sufragio, fuesen estos miembros de una comunidad religiosa, de un colegio o universidad, pero sin que esta competencia pudiera extenderse a fijar criterios morales o doctrinales. En nuestros días se ha llegado a la aberración de que un acto es moral o legitimo por la simple razón de que así lo entiende la voluntad de la mayoría. Nos guste o no, sea ello oportuno o conveniente, resulta indudable que se trata de un criterio falso.

Mal que nos pese, la experiencia histórica demuestra que el gobierno corresponde siempre a oligarquías y que sólo las minorías son capaces de provocar el progreso de la Humanidad porque las mayorías, como advirtiera dramáticamente Ortega y Gasset hace ya muchos años, adoptan una actitud moral de disfrute de ese mismo progreso, olvidando la palabra deber y sustituyéndola en todo caso por derecho, que reclaman como algo de su propiedad. Aunque es indudablemente necesario para alcanzar el bien común que no se permita a las minorías excederse en sus poderes y funciones, tampoco es posible convertir la sociedad en un imperio de las masas que lleva consigo la desaparición hasta de la sombra de la libertad creadora. ¿Hay, acaso, en nuestros países occidentales, algún ciudadano que se encuentre libre del miedo, ajeno a las presiones del Fisco o que no se sienta dominado por los lazos, a menudo invisibles, pero siempre vigorosos de un Estado que ha llegado a fundir en uno solo autoridad y poder, bien público con la política que se encuentra al servicio de los partidos que le significan y representan?
 

3. El marxismo fue, tras el tradicionalismo, el liberalismo y el nacionalismo, también una ideología, mucho más que una idea. Los historiadores insisten en diferenciar unas de otras. Pues los sistemas de ideas se presentan únicamente como propuestas, en actitud de servicio, ofreciendo explicaciones a los problemas o incluso soluciones para los mismos, sin aspirar a ese absolutismo que reclama sumisión. Las ideologías tienen la pretensión de ser sistemas salvíficos cerrados, que sustituyen a las religiones con sus dogmas -toda la Historia de la Humanidad no es sino la Historia de la lucha de clases- y pretenden tener todas las soluciones para esos problemas que acongojan al hombre. Fuera de mí no hay verdad ni salvación. Desde una ideología, sea cualquiera, cuanto no es ella misma constituye un mal despreciable y, por tanto, digno de desaparecer.

Por eso la primera característica del marxismo fue lograr la desaparición de la religión, cualesquiera que ésta fuese, utilizando para ello dos praxis alternativas, la persecución violenta tratando de erradicarla o la tolerancia que la recluye en un rincón como un mal privado poco a pocos de los medios necesarios para su desarrollo y condenándola de este modo a desaparecer. También se ha utilizado una tercera vía que consiste en la reordenación de la comunidad religiosa sometiéndola a la ideología marxista, que es lo que se ha intentado en China con una Iglesia nacional separada de Roma o en otras partes con la teología de la liberación que pretende una relectura del Evangelio desde la praxis marxista.

Late siempre un peligro para la Iglesia que, a diferencia del Islam, considera su independencia de los poderes temporales como característica esencial de su propia realidad: hubo épocas en que esos poderes sometieron a la religión a su control, sirviéndose de ella para asentar el propio Estado. El Libro de Daniel lo llama abominación. Contra esta tendencia se ha manifestado clara y abiertamente, en años recientes, el Concilio Vaticano II. El equilibrio es siempre difícil pues la religión necesita el aprecio de los poderes públicos reconociéndola como un bien, al tiempo que le resulta imprescindible la independencia para el cumplimiento de sus fines, sujetándose siempre a las leyes del Estado, que deben ser moralmente justas.

El ejemplo del judaísmo medieval no puede ser más transparente y aleccionador. Los reinos cristianos, que se apoyaban correctamente en una plataforma moral religiosa, comenzaron aceptando que la presencia de judíos en ese territorio era deseable por dos razones igualmente positivas: ellos custodiaban la Escritura en su forma originaria, donde se hallaban los argumentos probatorios del cristianismo, y coexistiendo con los bautizados tendrían el ejemplo que necesitaban para admitir que el Mesías había venido ya y era Jesús. Pero pronto se despertaron difamaciones y calumnias, entre otras que, inducidos por el diablo habían tergiversado esas Escrituras con lo que se llegó a la conclusión de que el judaísmo era un mal no deseable. Se les redujo a ser únicamente «tolerados y sufridos» como dicen expresamente los documentos. Pero un mal o inconveniente que se tolera abre la puerta a que se afirme que el bien consiste en su extinción. Y así, mediando presiones de muy diverso género, algunas muy sangrientas, Europa occidental llegó a una solución final consistente en la prohibición del judaísmo en su territorio: los judíos que, pese a todo, seguían fieles a su religión, tuvieron que ocultarse. Es significativo que esta medida no se aplicase en los Estados pontificios, aunque también aquí se aplicó el criterio estricto de la tolerancia.

¿Vamos a ser víctimas de un nuevo espejismo, confundiendo las estructuras políticas con la ideología, como si fuese suficiente la caída de las primeras? El fundamento de la operación de que se convirtió en protagonista Mikhail Gorbachov, como nombre de «perestroika/glassnot» (lo que equivale a decir nueva política económica y transparencia) se hallaba precisamente en el punto señalado de reforma de las estructuras estatales a fin de salvar lo que más importaba, esto es, la doctrina. Los Estados Unidos lanzaron entonces el desafío tendente a demostrar que no había inflexiones en la Economía fuera del criterio del libre mercado. Pero fue el Papa Juan Pablo II, desde su experiencia polaca como Karol Wojtila, quien centró el problema refiriéndolo a la libertad religiosa: fue como un torpedo en la línea de flotación de todo el sistema. No al cese de la persecución ni tampoco a la tolerancia: los cristianos tienen que participar en la construcción de la sociedad. Esta política, sin embargo, ha tropezado con un obstáculo serio: la Iglesia ortodoxa rusa, ampliamente comprometida con el régimen anterior, ha rechazado el establecimiento de líneas de cooperación, afirmando principios tradicionalistas que pertenecen a tiempo pasado. Sin embargo la línea correcta está marcada. El catolicismo, exige la Iglesia, tiene derecho a ser considerado como un bien social; lo es. Cualquier otra actitud constituye un error.

Fuertes corrientes, dentro del marxismo, están renaciendo y reagrupándose. El error, según ellas, no se encuentra en el materialismo dialéctico, verdadera explicación científica de la realidad, sino en aquellos que, al aplicar el conjunto salvífico de su ideología, equivocaron por completo la praxis a seguir. De modo que los marxistas, dentro del abanico que esto significa, tienen que hacer una abjuración de errores pragmáticos y de esas desviaciones que podemos llamar stalinismo o maoísmo o breznevismo -la crítica suele respetar a Lenin- para volver a él con toda claridad y transparencia ya que no existe otra salvación. El decurso histórico no parece confirmar estas expectativas, pues está revelando que los defectos del sistema proceden de la ideología y aparecen como señales de desastre dondequiera que ésta se aplica. Sin embargo permanecerán las claves: materialismo, estatismo, odio de clases, etc. Recordemos que ni la caída de Bagdad ni, en tiempos más recientes, el sometimiento a protectorado impuesto a los países musulmanes acabó con el Islam, que renace con mayor fuerza.
 

4. ¿Es la izquierda una ideología o, más bien, un sentimiento? En principio izquierda y derecha eran meras divisiones topográficas en relación con el reparto de escaños en una Asamblea; equivalían a Montaña y Llanura en la Convención revolucionaria francesa. Coincidían, desde luego, con actitudes y preferencias, de modo que éstas acabaron sustituyendo aquéllas. Por eso acaban prestándose a cierta confusión. A cualquier ciudadano de nuestros días que se le preguntara, diría que es o no es de derechas o de izquierdas dándonos de este modo a entender que unas y otras pertenecen al modo de ser y, en definitiva, al sentimiento. Con preferencia se prefiere hoy recurrir al término centro, que es otro lugar en el espacio para denotar que no se es lo uno ni lo otro sino simplemente tibio y acomodaticio entre las dos tendencias. Esas posiciones son, tan sólo, la consecuencia de la evolución de los sistemas políticos. Los movimientos totalitarios se consideran por encima de derecha o izquierda y guardan estos calificativos para emplearlos como denuncia descalificadora.

El hecho de que la caída del muro de Berlín coincidiera exactamente con el doscientos aniversario del comienzo de la Revolución francesa nos permite establecer un período histórico de clara significación. Para poder comprender algo de tales sucesos es imprescindible remontarse en el tiempo, buscando raíces de donde todas las cosas salieron. En el momento en que la Cristiandad medieval abandonaba este nombre para asumir el de Europa, se estaba ejecutando en ella un descubrimiento del papel central que el hombre debía asumir en el proceso histórico, incurriendo, desde luego, en exageraciones. Pero la respuesta a esa demanda acerca de lo que es el hombre no fue unívoca. Podemos decir que se formularon dos: una en línea con el tomismo y la segunda, escolástica, se le presentaba como criatura trascendente, dotada de libre albedrío y de capacidad para un conocimiento especulativo; siguiendo las nuevas corrientes del voluntarismo nominalista se insistía en su inmanencia, el «servo arbitrio» y la necesidad de entregarse a la observación y experimentación de individuales concretos en el trabajo científico.

No hubo diálogo entre ambas posturas ni reconocimiento, en consecuencia, de que hubiera algo de verdad en las opiniones contrarias. Se recurrió a esa «ultima ratio» que es la guerra para imponer las ideas propias. Triunfó la segunda de estas opciones y se acumuló toda la negrura de que pudo disponerse para descalificar a la primera. La «modernidad» fue reservada para la política que supeditaba la religión al Estado, negaba cualquier acceso a las esencias (noumenos, según Kant) de las cosas, y reducía la relación del hombre con Dios a un pietismo asido a la fe como única y suprema esperanza. Empezó el proceso de desintegración de España, aún no concluido, envolviéndolo además en una leyenda negra muy espesa. Dios me libre de defender la Inquisición; pero debe anotarse que los instrumentos represivos en los otros sistemas fueron todavía mucho peores que ella. La victoria, consagrada en 1648, venía a ser el signo de consolidación del Estado «moderno» y de la ciencia «moderna». En ambos están las primeras y remotas raíces de las ideologías del siglo XIX.

Para la modernidad progresista -que entiende el progreso como acumulación de saberes y riquezas que deben traer incremento de felicidad- la Iglesia pasaba a ser signo de oscuridad que debía ser desarraigado lo antes posible. La tolerancia, interpretada a veces como transigencia o indiferentismo, era el máximo que podía tolerarse. Uno de nuestros más excelsos jacobinos, don Manuel Azaña, asustó al cardenal Gomá cuando le explicó que el Estado estaba dispuesto a cumplir escrupulosamente lo que las leyes acordasen respecto a la Iglesia católica. Curiosa coincidencia con lo que hemos tenido ocasión de reconocer en la tolerancia con que los judíos eran «sufridos» en la Edad Media. Comenzó en el siglo XVII un proceso de secularización de la existencia que aceleró su velocidad. Al filo de ella, muy pronto llegaría a plantearse una segunda cuestión.

Hasta el triunfo de la «modernidad», Europa había reconocido la existencia de una autoridad moral, resultado del depósito de la Fe que la Iglesia católica custodiaba y que daba como resultado una objetividad ética que el luteranismo también conservó. Esta es la causa de que Inocencio X (Zelus domus Dei, 20 noviembre 1648) condenara expresamente las cláusulas de la paz de Westfalia que atentaban al orden moral. Reducida la religión a una iniciativa controlada desde los poderes del Estado -«cuius regio eius religio»- ¿dónde hallar esa referencia absoluta a valores que deben colocarse por encima de las decisiones políticas? Estaban llegando entonces las primeras respuestas: en el saber científico, expresado según Descartes desde la propia conciencia humana, al que se convertía en norma única y universal de certeza. No se ha parado mientes en que, en la disputa entre Galileo y sus jueces entraba una cuestión muy profunda, pues lo que el famoso astrónomo y matemático pretendía era que se recociese a la ciencia criterios de certeza tan absolutos que a ellos tuviera que someterse también la Revelación. Nadie escuchó las advertencias serias que algunos sabios como Newton estaban formulando. En el prólogo a su Principia mathematica, el más grande de los sabios de su tiempo recordaba que, rechazando el azar, el científico se siente obligado a admitir que existe un designio superior sobre la Creación.
 

5. E hombre llegó a considerarse dueño por completo de su existencia y de sus decisiones, libre para una investigación científica sin fronteras, aunque desentendida de las cuestiones abstractas como las que se refieren al Bien, Verdad, Belleza o Justicia, que quedaban referidas al libre arbitrio. Gracias a un prodigioso desarrollo científico y técnico, Europa impuso en el mundo su dominio y, con él, su modo de vida. Pero la fórmula acordada resultó incapaz de proporcionar la paz entre las naciones; al contrario, siguieron un ritmo crecientes las guerra de Devolución, de la Sucesión de España, de la Pragmática, de los Siete Años, Napoleónicas, de Crimea, Austriaca, Franco-prusiana, Grande de 1914 y Segunda de 1939. Extendidos a territorios fuera de Europa los conflictos, merced al desarrollo de la ciencia, se hicieron cada vez más destructivos. Las grandes matanzas del siglo XX, las inenarrables y refinada torturas, el imperio de los sistemas opresivos, cuyo fin se celebraba sólo para que otros nacieran después, pueden considerarse también como una de las consecuencias del progreso científico y técnico, gracias al cual se puede conseguir el exterminio indoloro de millones de seres humanos o el arrasamiento de enormes ciudades con un solo artefacto.

Se llegó a admitir como una especie de dogma de fe la inenarrabilidad de la ciencia, eludiendo incluso la cuestión de que sus conclusiones son constantemente revisadas. Thomas Hobbes, en su Leviathan (1651) ya advertía que la consecuencia de admitir que la sociedad responde a un pacto entre los hombres que depositan en uno, o varios, el ejercicio de la soberanía, conduce a identificar la libertad de los súbditos con el poder absoluto, que sólo puede ser rechazado, y de manera también absoluta, cuando incumple los fines para los que ha sido creado. Un siglo más tarde Voltaire afirmaba que cuando se hubiese «aplastado al infame», es decir a la Iglesia católica, el mundo podría entrar en una especie de paraíso terrenal por la ilustración de los déspotas encargados de regirlos. Estamos entrando por esta vía en el despotismo ilustrado, esa fórmula que se condensa en los tres principios: todo por el pueblo y para el pueblo pero sin el pueblo. El repliegue de la Iglesia católica parecía un bien incluso en las Monarquías que blasonaban de esta misma condición. La vía a seguir estaba en los concordatos que, de acuerdo con el modelo español, pasaban a ser funcionarios de la Corona.

La supresión de la Compañía de Jesús, justificada precisamente por su condición de especial obediencia a la Santa Sede, explica bien lo que se consideraba ideal en las postrimerías del siglo XVIII.

Izquierda, simplemente, se consideraron en la Francia de 1793, los jacobinos: sus ideales serían invocados todavía un siglo más tarde por aquellos movimientos o partidos que invocaban solamente su condición izquierdista, como era el caso en España de los seguidores de Azaña. Una de las metas esenciales del jacobinismo se encontraba, precisamente, en la desaparición de la Iglesia católica como factor social. Las estadísticas revelan que tanto en aquella Revolución, como en la española de 1936, los eclesiásticos constituyen el colectivo que mayor porcentaje de víctimas hubo de sufrir; la propaganda vertida hacia el pueblo explica esta circunstancia sin que sea necesario atribuir, directamente a las personas que componían tal izquierda, la acción directa. La responsabilidad en una persecución corresponde precisamente a quienes denuncian a los perseguidos como un mal. Azaña hizo coincidir deliberadamente la inauguración de las Cortes republicanas con el aniversario de la toma de la Bastilla y fue quien, con su famosa frase, a menudo mal interpretada, «España ha dejado de ser católica», trató de definir la nueva situación como aquella en que el catolicismo, perdida su oficialidad, pasaba a ser opción individual sometida, como cualquier otra asociación, al bien común. La nueva expulsión de los jesuitas aparece como consecuencia lógica de tal postura.

El problema que desde el primer momento se planteaba al jacobinismo radicaba en la búsqueda de fundamentos para ese nuevo contrato social que debe ser consecuencia de cualquier revolución. Robespierre, a quien sus amigos trataban de presentar como irreprochable, quiso comunicar al pueblo un nuevo mensaje, celebrando la fiesta de la Diosa Razón, llamada a sustituir al Dios de los cristianos; fue sin duda un percance que la llamada a personificar esta entelequia fuese una mujer de vida airada. Lo que los autores de la mascarada –ya que a esto se redujo aquel intento- pretendían decir era que la ciencia tenía que sustituir a la Fe como fundamento del orden social y moral. Desde el primer momento pudo comprobarse la insuficiencia de la respuesta: el jacobinismo pudo eliminar a sus oponentes creando el Terror; creó de este modo una revulsión interna de la que se salió restableciendo el principio de un poder absoluto que absorbía en sí mismo cualquier principio de autoridad. El Consulado y el Imperio, pese al disfraz del títulos pomposos y entorchados, no pasaron de ser formas bastante elementales de dictadura militar, a la que sus propias guerras impidieron evolucionar hacia una forma de Estado que salvaguardase los derechos mínimos de la persona humana. Fueron muchas las victimas.

Napoleón, rodeado de sabios en su expedición a Egipto, creador del Instituto de Francia, síntesis de las Academias, era, en sí mismo, una mente científica aplicada al terreno militar. Su fuerte estaba en las Matemáticas y sus campañas y batallas fueron una especie de prodigio admirable de utilización del número. Su eficacia se reflejaba también en el número de muertos que causaban. La izquierda jacobina y también la que no podría calificarse de tal, acabaron repudiando a Napoleón y su sistema. Pero de éste sobrevivieron el Código, que buscaba un reasiento del ¡us considerándolo territorial -todos los ciudadanos iguales ante la ley- y la confianza absoluta en los logros de la ciencia.
 

6. Muchos, en Francia y fuera de ella, se mostraron profundamente decepcionados: ¿cuál era la causa de este fracaso y de que en lugar de libertad se incurriera en el ordenancismo bonapartista? ¿Cómo del «sueño de la razón» habían nacido tales «monstruos»? Los aguafuertes de Goya se nos presentan como fuentes directas de primera magnitud. La ideología liberal trató de recoger en su seno los ideales de la Ilustración poniéndolos en relación con un romanticismo que se creía capaz de alcanzar la libertad de todos los pueblos. Una libertad que tampoco se presentaba de una forma específica, como la entendiera la Edad Media, sino genérica. Fue esa ideología la que protagonizó las revoluciones de 1830 y 1848, que se mostraron capaces de acabar con las secuelas del Antiguo Régimen derrotando a los tradicionalismos. De este mundo se produjo un curioso error consistente en identificar liberalismo con romanticismo, sin parar mientes en que, siendo este último retorno al predominio de los sentimientos, los tradicionalistas sacaban ventaja.

La respuesta imaginada por Augusto Comte, a través del positivismo, vino a completar algunos aspectos esenciales de esta ideología, dando además una explicación satisfactoria de los fracasos experimentados: la ciencia no había llegado a alcanzar el pleno dominio, de modo que todavía se veía obligada a convivir con dosis considerables de reliquias procedentes de las edades anteriores, «teológica» y «metafísica». Cuando, acelerado el proceso, se produzca la penetración absoluta de toda la sociedad por la verdad, que pertenece a la ciencia, sustituyendo a la religión, los duelos y quebrantos cesarían. En tales circunstancias se habría alcanzado la meta del suceder histórico. El dogma fundamental de este cientificismo, elevado a categoría absoluta, seguía siendo el mismo que formulara el marqués de Condorcet, y al que repetidas veces nos hemos referido: «cuanto más sabios más ricos, cuanto más ricos más felices». En la mente de sus defensores no se trataba de una creencia o de una opinión, sino de una realidad científica y, por ello, indiscutible. De este modo se imaginaba un siglo XX placentero en que desaparecerían las guerras y la violencia.

El positivismo ha sido la primera de las grandes doctrinas antropocéntricas de la Historia que consiguió alcanzar plena madurez. Sus efectos permanecen todavía, aunque haya conciencia de ciertos errores, en el planteamiento y en las conclusiones. Hegel, coetáneo de Comte, aunque inserto en la cultura alemana, es el progenitor de otras dos. De Fichte había heredado ese reconocimiento de la realidad histórica como si se tratase de un proceso dialéctico: mediante él, la Humanidad llega a alcanzar esa meta que consiste en la libertad racional. Hegel añadía que el Estado es precisamente la forma que garantiza dicha libertad. De modo que Hegel y los idealistas proporcionaron uno de los grandes asideros para la ideología genérica de la izquierda: el Estado, una vez que se encuentra administrado por el Partido, es libertad.

Recordemos de qué modo podía producirse una derivación desde este planteamiento hacia el nacionalismo; bastaba para ello con admitir que toda nación tiene derecho a constituirse en Estado. El término nación resulta evidentemente vago, pues designándose con él únicamente a la comunidad que se forma por naturaleza o nacimiento, puede referirse a sociedades demasiado pequeñas para que el Estado resulte viable. Henri Bergson lo advertiría con claridad: las dimensiones adecuadas tienen sus claros límites; por debajo o por encima de ellas no pueden dar resultado. El nacionalismo consiste, precisamente, en absolutizar el concepto de nación sometiendo a ella todas las demás consideraciones. Desde este punto de vista resulta casi inevitable llegar a establecer la identidad entre nación y raza, siendo ésta sustento objetivo del Estado. El nacionalismo, que incurre en odio contra quienes no forman parte de él, acaba descubriendo rasgos físicos o biológicos capaces se distinguir objetivamente -separar- a sus miembros de todos los demás.

El racismo aparece, en consecuencia, revestido de todas las ventajas que ofrece una explicación científica. Ya indicamos cómo tuvo su origen en Herder, Gobineau y Chamberlain; no es por tanto una invención del nacional-socialismo alemán. Hitler utilizó una ideología preexistente, lo mismo que estaba aprovechando un pequeño partido de izquierda, llamado socialista obrero alemán, al que inoculó el término nacional. Han sido los partidos marxistas, empeñados en marcar las diferencias, los que han insistido en situarle en la extrema derecha, cuando se trataba de una divergencia radical dentro de la misma ideología. También el término fascio fue empleado para designar a las células del partido socialista italiano -fascios dell lavoro- antes de que un antiguo dirigente de ese mismo partido, Benito Mussolini, lo empleara para designar a sus propias huestes: fascios di combattimento. Las divisiones establecidas por razones políticas no deben ser transferidas a las explicaciones históricas, porque entonces se comete una falsificación.
 

7. Marx tomó a Hegel por el cuello y le dio completamente la vuelta: donde aquél había puesto las Ideas, restableciendo en parte el viejo realismo, puso los modos de producción y sus relaciones. Sin variar, en cambio, los dos supuestos de que la ciencia debe sustituir a la religión, que se basa en principios falsos, y que la libertad corresponde a la propia comunidad, incluso más allá del propio Estado, afirmó que había descubierto la ley fundamental que permite explicar la Historia como el desarrollo de la lucha de clases. De modo que sólo la supresión de las clases, poniendo fin al proceso, permitiría a los hombres alcanzar la libertad que no es individual sino colectiva.

La doctrina de la lucha de clases generó la más profunda revolución espiritual hasta entonces conocida porque se unió a la pretensión de que es científicamente posible demostrar la no existencia de Dios. Dicha tesis es evidentemente falsa porque, contradiciendo los postulados de la misma ciencia, intenta atribuir a ésta competencias de las que carece pues Dios escapa a los recursos de la observación y la experimentación. Durante muchos años el breve libro de Historia que servía de texto a los alumnos que iban a formarse en marxismo a la Universidad Patricio Lumumba de Moscú comenzaba precisamente con estas palabras: «la no existencia de Dios es, científicamente, demostrable». A continuación añadía que toda tesis que se apartara de la metodología marxista debía considerarse falsa. Ahora bien, si todo transcurre, en el devenir histórico, bajo la forma de una lucha de clases y la oposición de los contrarios es una de las reglas de oro para medir la existencia, es el odio y no el amor, la forma correcta de entender las relaciones entre los hombres, divididos inexorablemente. Milovan Djilas, desde la experiencia yugoslava, llegaría a la conclusión de que ni siquiera la revolución puede librar de la inexorable cadena pues una «nueva clase», aparato del Partido, será el resultado de ella.

Al confluir en una magna corriente las dos tendencias del materialismo, aquella que contempla la realidad como estática y la que la concibe como dinamismo en oposición es casi inevitable que se tome el camino de una «civilización de la muerte». La vida se reduce a ese plazo en que consiste la existencia para la que no es aceptable un más allá. El ser humano sólo puede considerarse dotado de un derecho a vivir después del nacimiento y no antes y debe perder ese derecho cuando deja de ser útil para la sociedad: aborto y eutanasia se defiende como progreso en el desarrollo de la civilización. Del mismo modo se invierte la conciencia de utilidad en el sexo: ése es una dimensión que procura placer, dentro del cual puede entrar también el de procurarse hijos. No es necesario que la relación sea entre personas de distinto sexo ni, tampoco, que la producción de una nueva vida sea resultado del compromiso de dos: se debe reconocer a la mujer derecho a disponer de su cuerpo. El amor deja de ser un sentimiento para convertirse en un acto: la expresión que se emplea para indicar la cópula carnal es «hacer el amor». Esta confiscación de una de las dimensiones esenciales de la naturaleza humana, creada a imagen y semejanza de Dios, que «es Amor» como nos recuerda San Juan, torna al ser humano incomprensible. La sociedad occidental, descompensada, ha entrado en un proceso de envejecimiento que, si no se ponen remedios, debe conducir a que sea sustituida por otra en su propio suelo.

Es visible el fracaso del marxismo. Se ha desmoronado su obra más eficaz, la Unión Soviética que, en determinado momento, hizo creer a muchos que podía llegar a convertirse en la forma social más poderosa, capaz de dominar el mundo. Francis Fukuyama extrae de ahí la conclusión de que sólo el modelo occidental, democracia consumista, puede considerarse la meta posible y deseable. Es lógico que los movimientos que se engloban en la izquierda, extrayendo nuevas consecuencias de sus dogmas, intenten una reacción que les permita canalizar la voluntad de las masas que, con facilidad, abrigan el sentimiento de ser clase oprimida. Los que a sí mismos se llaman partidos socialistas o, simplemente, de izquierda, se organizan ya como verdaderas plataformas de poder. En sus luchas internas reflejan esa misma tendencia: son facciones las que se combaten tratando de asegurar su predominio. Sucede sin embargo que las luchas por el poder raras veces se presentan con esta definición: necesitan revestirse de una ideología, convencer de que no hacen otra cosa que servirla procurando a los seres humanos un futuro mejor. Estado del bienestar y Ética son dos palabras que se manejan con frecuencia: su ambigüedad las convierte en especialmente útiles.

Estado de bienestar significa atribuir a éste capacidad para la justa distribución de bienes, tomándolos, a través de los impuestos, de aquellos que se encuentran en condiciones de producir riqueza para hacerlos llegar al común de los ciudadanos. Ética es una referencia al comportamiento. Ninguna de ambas expresiones puede considerarse mala en principio. Pero es preciso establecer matices que nos sirvan de advertencia. Pues el incremento de los impuestos y la ampliación de la beneficencia pueden disminuir la inclinación al trabajo y la responsabilidad laboral, mientras crecen desmesuradamente los recursos y el poder de un Estado que se convierte en monstruo. El ejemplo del Imperio romano en sus últimos siglos resulta significativo: «panem et circenses» debe servirnos de advertencia.

Ética es norma de conducta. Se diferencia de la Moral en que ésta se apoya en principios objetivos a los que la conducta del hombre debe acomodarse mientras que aquella entiende que, mediante consenso, está en condiciones de establecer también los principios. Es la misma diferencia sutil que separa los «Derechos naturales humanos» de los «Derechos del hombre y del ciudadano», pues los primeros se entiende que, colocados por Dios en la naturaleza humana, son inmodificables y completos, mientras que los segundos, resultado del consenso, pueden ser variados en virtud de ese mismo consenso. No todo lo que es permitido por la ley es legítimo, afirma el moralista. Lo que no está prohibido está permitido, dice su contrario. Estas dos supervivencias, estatismo a ultranza y eticismo como sustituto de la moralidad pueden convertirse en verdaderas amenazas para el hombre, en la dignidad de su naturaleza.
 

8. La prensa, cada vez más sometida a directrices e influencias que podemos llamar oficiales porque coinciden con los argumentos que esgrime el poder, tiende a ocultar algunos aspectos de este fenómeno de crepúsculo, que sufren las ideologías. Del mismo modo que se insiste en los aspectos puramente externos de la reconstrucción del hecho religioso, para no verse en la necesidad de replantear las incógnitas que suscita la doctrina. La primera reacción de los pueblos del Este a la «perestroika» se ha enderezado a aceptar las estructuras de la democracia y libre comercio. Naturalmente esto no ha sucedido sin sufrimiento: todos los grandes acontecimientos históricos se presentan como moneda de dos caras. Fuertes tensiones nacionalistas han dado origen a una división entre los Estados que desborda los límites correctos. Urge, por consiguiente, una comunicación de la doctrina cristiana acerca de los derechos humanos que comenzó a expresarse por escrito por los mismos años en que alumbraba, a mediados del siglo XIV, la «modernidad».

Esa doctrina parte de la afirmación de que la naturaleza humana se encuentra dotada de tal dignidad que el propio Dios la ha escogido para encarnarse: acercándose «sin miedo» a ese modelo de Cristo, puede el hombre lograr un progreso que es crecimiento. El primero de los derechos humanos naturales es, sin duda, la vida. La sociedad debería tender a una situación en que no hubiera, para nadie, la posibilidad de arrebatarla. Esto plantea una de las cuestiones más difíciles de la jurisprudencia contemporánea: la supresión de la pena de muerte, considerada hasta no hace mucho justicia retributiva, ¿no introduce una desigualdad en favor de los asesinos que no pueden ser inducidos a abstenerse de las que a menudo llaman ejecuciones? El ejercicio de la libertad, especialmente en el sentido religioso, donde el hombre se trasciende, es el segundo de los derechos fundamentales. Pero las actuales estructuras dificultan esa dimensión: los creyentes sufren, desde los mass media y desde los sistemas educativos, toda clase de agresiones. El tercero de los grandes derechos formulados por la Iglesia católica se refiere a la propiedad sobre el fruto de su trabajo, que puede ser también amenazada por un incremento excesivo de la presión fiscal del Estado. La aplicación de los remedios reclamados por las ideologías puede, en todos estos casos, convertirse en un mal recayendo a su vez en otros aspectos no menos importantes, como la familia y los nacimientos, el amor y la virtud de la solidaridad el respeto mutuo, el orden en las relaciones recíprocas y muchas cosas más.

Un terremoto ha comenzado sin que nadie disponga de medios para pararlo. Oriente y Occidente contemplan cómo muchos de los principios sobre los que edificaran sus estructuras están siendo demolidos. La ciencia es muy útil, pero no tiene respuesta para todo y puede convertirse en peligrosa cuando deja de estar sometida a los principios que dicta la moral; menos aún puede atribuirse a la economía o a la sociedad esa capacidad totalizadora. La Historia presenta ejemplos frecuentes de lucha de clases -es un error convertirla en ley única- pero tras ellas se descubre siempre un problema moral: abuso, prepotencia, opresión, y no estructuras económicas. Nada tiene que ver el feudalismo, contrato entre personas libres, con la servidumbre, sistema para el trabajo de la tierra que se creara en el tardo Imperio romano y que venía a ser una herencia que la influencia cristiana lograría cambiar. No son las estructuras sino el hombre mismo, persona humana, responsable de sus actos y de las posibles injusticias.

Si los jueces hubiesen hecho caso a Galileo reescribiendo la Biblia para acomodarla a sus descubrimientos, tan importantes, hoy nos encontraríamos de nuevo en semejante contradicción, pues de la imagen de aquel universo curvo y estático o de aquella esfera perfecta que era la Tierra, no quedan muchas cosas en pie. Los descubrimientos científicos renuevan constantemente la imagen de esa realidad observada y experimentada, por debajo de la cual percibimos eso mismo que el genio de Einstein supo resumir en la frase de que Dios no juega a los dados. Si aceptamos algunas de las hipótesis científicas de nuestros días, como los quanta, la explosión del Universo o el principio antrópico, y las aplicamos a la explicación de la realidad nos vemos obligados a rechazar algunos de los postulados que todavía no hace mucho tiempo parecían inconmovibles. El siglo XXI va a encontrarse ante fuertes desafíos que se explican por esa mezcla de temor y desconfianza que provocan los últimos resultados: los Gobiernos han comenzado a plantearse la necesidad de tomar precauciones en algunos campos, como el de la Biogenética.

No es únicamente el marxismo, al que podemos considerar como una especie de resultado final de esas corrientes ideológicas que algunas veces se autocalificaron de laicas, quien se encuentra en grave crisis; afecta a toda la modernidad. Los materialismos han tenido que abandonar aquella referencia absoluta a la Razón para poder adentrarse en los resultados del progreso científico. El cristianismo, en cambio, insiste nuevamente en la racionalidad de sus presupuestos: en el principio de todas las cosas estaba el Logos, la Razón creadora que se manifiesta a través de la Palabra. De modo que el hombre de la «postmodernidad» está precisado de reconquistar la racionalidad en el pensamiento, pues ella debe permitirle conocer y aclarar la Verdad que nos ha sido revelada. Juan Pablo II recuerda que la Fe se convierte en cultura cuando se proyecta en valores y definiciones acerca de esos tres pivotes que son bondad, belleza y justicia. Muchas cosas están cambiando, es preciso no olvidar que nada en el suceder histórico está predeterminado: la Historia es ámbito de libertad.
 

9. La Iglesia, cuyo certificado de defunción parecían a punto de extender los materialismos triunfantes, aparece más viva que nunca, incluso a causa de los signos de contradicción que la sacuden. Ha venido ofreciendo, y no únicamente a los cristianos, una exposición de su doctrina haciéndolo a través de documentos que, sin solución de continuidad, se han venido publicando desde la primera mitad del siglo XIX hasta hoy. Esa unidad y coherencia en el pensamiento, que nada tiene que ver con las diferencias en el programa y en las conductas, que advertimos entre unos Papas y otros, ni con los errores, desviaciones o simples comentarios que algunos teólogos practican, conduce a ciertas afirmaciones que no se presentan como científicas sino como eminentemente morales, poseyendo por eso un grado mayor de certeza y de utilidad.

En primer término es preciso no identificar a la libertad con la independencia: el recto uso de la primera exige una continua referencia al orden moral y a sus valores lo que significa el reconocimiento de la responsabilidad del hombre en relación con las consecuencias que pueden derivarse de sus acciones. La libertad significa, simplemente capacidad de elección, lo que incluye renuncia a lo que no se ha elegido. Una decisión equivocada, contra el orden moral, tiene consecuencias que pueden afectar a ámbitos muy lejanos de la voluntad del autor.

Los valores religiosos, aunque sean incompletos, tienen que considerarse siempre coma elementos positivos; establecen una religación entre dos realidades absolutas: el hombre y su Trascendencia. La ausencia de ellos tiene que calificarse necesariamente de carencia lo que significa provocar un vacío en la existencia. El hombre nunca se conforma con este vacío que trata de llenar recurriendo a mitos y supersticiones. Ambas cosas abundan mucho en nuestros días: en términos generales podemos definir la superstición como creencia en fuerzas oscuras, como esas que llenan las películas de ficción de los últimos tiempos; mitificar consiste, como ya indicamos, en hacer absolutas las fuerzas de la Naturaleza atribuyéndolas una especie de divinidad.

Verdad y mentira no pueden ser colocados al mismo nivel cuando de libertad de expresión se trata. La verdad, coincidencia entre el pensamiento y el objeto, tiene valor positivo y está al servicio de la libertad; la mentira es, en sí misma, peligrosa agresión contra la Naturaleza y contra el hombre mismo. La doctrina de la Iglesia advierte seriamente en este punto: mientras que la verdad libera al hacer correcto el ejercicio del albedrío, la mentira esclaviza.

Clave básica de esta doctrina es, fundamentalmente, recordar que el orden moral no es ni algo artificial, impuesto al hombre desde fuera ni tampoco una especie de acuerdo procedente de la cambiante voluntad de los hombres: se halla impreso profundamente en el alma humana. De ahí la necesidad que se siente en definir a los derechos que de dicho orden dimanan, como naturales y humanos, sin apelar a la indirecta devaluación que consiste en llamarlos «del Hombre y del ciudadano». Bien y Mal, justo e injusto, no son contingencias determinadas por la voluntad: bondad y justicia están ahí, como valores positivos y creadores, relacionados con el amor a la Naturaleza, al prójimo y en definitiva a Dios; maldad e injusticia son carencias. San Juan ya recordaba que no se puede creer de un hombre que ama a Dios cuando no ama a sus criaturas. La consecuencia es que la libertad social depende de que los hombres sean capaces de cumplir sus deberes naturales.

Las sociedades modernas, especialmente aquellas que se mueven bajo el impacto de la Ilustración, en las últimas décadas del siglo XVIII, en su empeño por eliminar toda referencia a Dios o reducirle a las funciones de un simple motor del Universo, se preocuparon abundantemente de esta cuestión, pues no ignoraban que el soporte ético es imprescindible para el sostenimiento de cualquier clase de comunidad humana. La Declaración de Derechos de los nacientes Estados Unidos se mantuvo fiel a ese principio esencial -«Dios nos ha hecho libres e iguales»- pero las revoluciones que vinieron después prefirieron recurrir a la novedad de atribuir las normas morales básicas al mismo Hombre, escrito con mayúscula. La Iglesia del siglo XX, especialmente tras el acto de reflexión del Concilio Vaticano II, elogia con aplauso esta decisión aunque recuerda que es insuficiente: hay que llegar más lejos y reconocer todos los derechos implícitos en la persona humana y no solamente aquellos que los hombres pueden acordar entre si, porque estos últimos pueden convertirse en cambiantes, según el ritmo de las generaciones. Matar o mentir no son malos porque así se declare en las leyes pertinentes sino en razón de su naturaleza.
 

10. Si los cálculos de los historiadores son correctos, hace ya unos pocos años que se ha cumplido el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús de Nazaret, en la tierra de Israel. Nos hallamos viviendo, pues, ese período que corresponde a la vida oculta, escondida, que se rememora en los Evangelios. Unos años muy adecuados para reflexionar sobre el dinamismo que significa la esperanza. El siglo XX, que ha conocido las más terribles persecuciones religiosas de una manera especial contra los cristianos católicos, parece haber comenzado a superar esos niveles de locura y se escinde desde su aconfesionalidad, en dos sectores: aquél en que se incluyen los que piensan que la religión tiene valores aprovechables, y el de los que piensan que el mejor medio para acabar con ella es el silencio que ahogue los clamores de los mártires. Mientras se acelera el progreso científico, con una muy fuerte decantación en favor de la técnica y una desvalorización del espíritu, se insiste en declarar el carácter instrumental que a la ciencia corresponde. Se muestra una desconfianza cada vez mayor acerca de las pretensiones de «certeza absoluta» que deben reconocerse a los descubrimientos.

Nos acercamos, tal vez, a un nuevo Humanismo o, para decirlo de otra manera, a un magno proyecto que consiste en integrar todos los descubrimientos obtenidos en una actitud de servicio a la persona humana y su dignidad. Algunos de los textos fundamentales que, a través de la comunidad cristiana, el Papa Juan Pablo II ha dirigido a la Humanidad entera, pueden ayudarnos a comprender la naturaleza misma del fenómeno sobre el que se apoyan las grandes esperanzas. Ese modelo de hombre propuesto desde el cristianismo, tiene tres componentes que explican su dignidad: para definirlos en su verdadero valor es imprescindible recurrir a la dimensión del amor, pues, sin ella, todo se torna incomprensible.

- Ante todo el valor de la femineidad que constituye una de las aportaciones más decisivas que se encuentran en el mensaje cristiano. Se comete, sin duda, un grave error cuando se afirma que no existe ninguna diferencia sustancial entre hombre y mujer y se impulsa a uno y otra a buscar la vía de la promiscuidad. La persona humana -«hombre y mujer los creó» dice el Génesis- se presenta bajo dos formas distintas y complementarias, iguales desde luego en sus derechos o nivel de dignidad. Lo masculino se dirige hacia lo femenino buscando el complemento que le puede llevar a la perfección y lo mismo sucede a la inversa. Carece de sentido plantearse la pregunta de cuál de los dos es superior o preferente. Un grave error de tiempos pasados, que conviene superar era aquél que afirmaba la superioridad de lo masculino. De ahí ha nacido otro bien visible entre nosotros y que consiste en recomendar a la mujer adoptar todos los rasgos y vicios del varón desfimeneizandose.

- Es precisamente la Iglesia la que defiende, como núcleo fundamental de su doctrina que la primera y más excelsa de las criaturas es precisamente una mujer, María, a la que otorga el titulo de Theotokos, Madre de Dios, vehículo para la encarnación del propio Dios, y en la que se conjugan las dos condiciones que ponen el sello a la femineidad: la virginidad y la maternidad. Pues no es posible construir el futuro humano cuando se rebaja o quebranta uno de esos dos elementos. Nuestro mundo está seriamente amenazado desde la promiscuidad; con pretexto de procurar la independencia absoluta de la mujer, que se califica de «liberación» aunque no se suele especificar claramente cuáles eran los vínculos que debían ser desatados, se la somete a un tratamiento que convierte el sexo -y la mujer consiguientemente- en un objeto. Le asigna libertad para cumplir los que fueran siempre deseos y apetencias del varón. La promiscuidad es, en el fondo, un descenso en los niveles de comportamiento al situar el fin de la sexualidad en la mitad del camino, como vehículo únicamente de placer.

- El cristianismo no rechaza este aspecto de la sexualidad, pero lo define como vehículo establecido por Dios precisamente para hacer más fructífera esa misión esencial que hombre y mujer comparten: transmitir la vida. En el caso de las criaturas humanas no es mero producto del instinto genético sino acto de amor. Incluso en muchas de las corruptelas capciosas de nuestros días se introduce esta conciencia: a la cópula carnal se la llama «hacer el amor». Por parte del nuevo ser que viene al mundo esa necesidad de amor forma parte de su misma existencia y de él no se puede prescindir sin que se originen graves consecuencias.

- El escenario en donde se produce, conserva y difunde el amor, es la familia; nada ni nadie puede sustituirla. Pero también ella, como primera institución social, depende del albedrío de los hombres. Si se disuelve o deja de cumplir este cometido sustancial, se produce un vacío social de grandes proporciones. En nuestros días se detecta en la institución familiar una crisis de muy grandes proporciones que se refleja en el masivo desarraigo de niños y jóvenes. Es ciertos que en casos extremos se trata del abandono de esos niños que, dominados por el miedo, la angustia y el odio a un mundo que se les revela hostil. Pese a todo la Iglesia confía en que un nuevo planteamiento en las relaciones entre hombre y mujer, pueda servir para la construcción sobre bases más sólidas de la institución.

Frente al marxismo y a las doctrinas economicistas la Iglesia invita a una profunda reflexión en torno a ese otro punto de partida que hallamos en los primeros capítulos del Génesis: «ut operaretur». El trabajo no es una mercancía que se compra y vende, como parece indicar la expresión «mercado de trabajo» frecuente en nuestros dial, ya que se trata, ante todo, de una realización de la persona humana. Puede ser o no remunerado, sin que pierda por ambas circunstancias su esencial consideración. La remuneración es un acto de justicia distributiva al tiempo que una participación en los beneficios que con él se procuran; en cualquiera de los dos aspectos, tiene que venir acompañada del concepto de justicia y separada del de especulación. Por eso tanto el materialismo económico como el capitalismo «salvaje» merecen las más duras críticas desde la doctrina moral católica cuando se ocupa de la sociedad.

Tal doctrina exige que ni el Estado, ni la Sociedad, ni la Empresa, puedan considerarse como fines en sí mismos. Su importancia reside en que son estructuras imprescindibles para la ordenación de la existencia humana. Pero no les corresponde, en absoluto, la última palabra.







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