Altar Mayor - Nº 82 (16)
Fecha Viernes, 25 octubre a las 17:41:30
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

Retazos de una novela histórica, 1931/1934
LA QUEMA DE LOS CONVENTOS
Por Mario Tecglen

Los días 11 y 12 de mayo, sin haberse cumplido un mes desde la proclamación de la República, se produjeron en Madrid, en Andalucía y en Levante, incendios y saqueos en edificios religiosos que supusieron un duro golpe al orden establecido y a la autoridad del reciente Gobierno.

No hubo que lamentar daños personales a ningún religioso en ninguna de las tres regiones afectadas. Pero sí hubo que deplorar seis muertos y docenas de heridos entre los incendiarios; además de las cuantiosas pérdidas en edificios, obras de arte, bibliotecas irreemplazables y un largo etcétera.

Consternado por los graves acontecimientos, Justo San Miguel, el amigo tradicionalista y contertulio del Café Universal, se acercó a la Plaza Mayor. Quería que Ernesto le disculpara ante la próxima tertulia. Temía que, ante tanto atropello anticatólico y antiespañol, se caldearan los ánimos y aquello degenerara en un enfrentamiento violento.

Le abrió la puerta Marta, su hija, a la que no conocía, y se quedó impresionado. No era extraño. Marta era, realmente, una muchacha impresionante.

-Soy Justo San Miguel, amigo de D. Ernesto Berbén. Y tú debes ser su hija. ¿Se encuentra él en casa?

-Efectivamente, soy Marta Berbén -le asintió extendiéndole la mano–. Y mi padre, aunque no está, no creo que tarde mucho en llegar.

Doña Pilar, que intuyó algo de lo que pasaba, se presentó enseguida. Le saludó igualmente, y le confirmó que su marido, que estaba al llegar, ya le había hablado de él en varias ocasiones.

-¿No es usted nieto del General Martínez Campos?

-Así es -confirmó el joven-. El abuelo Arsenio era el padre de mi madre. Y ya hemos comentado alguna vez Ernesto y yo, que su padre, el médico militar de Cuba, le conocía mucho, e incluso le trató alguna enfermedad pasajera.

-Bueno, pero pase, pase. Ernesto, lo más que puede tardar son quince minutos. ¿Por qué no se queda a comer con nosotros?

-De ninguna manera. Muchísimas gracias, pero me esperan en casa. Si me permite una mesa y una cuartilla, le voy a dejar simplemente una nota y me voy. Otro día vendré con más tiempo y charlaremos todos tranquilamente.

Pasó a la sala acompañado de Marta y escribió cuatro líneas en una cuartilla que después le entregó mientras ambos caminaban hacia la puerta.

-¿Qué haces Marta, a que te dedicas?

-Estoy estudiando tercero de Filosofía y Letras. ¿Y tú?

-Yo me licencié en derecho, ejerzo de abogado ayudando a un compañero más importante que yo; y soy, además, oficial del Cuerpo Jurídico Militar.

-¿Y practicas algún deporte? – Le preguntó Marta.

-Pues sí; dedico casi todo mi tiempo libre a la montaña. Me entusiasma elevarme sobre mí mismo. Como decía Pío X, en la montaña se encuentra uno más cerca de Dios.

Enseguida apareció Doña Pilar y, ya en la puerta, se despidieron efusivamente.

La nota para Ernesto decía:

«Ernesto, he venido a decirte que me disculpes ante los compañeros de la tertulia del Universal. Vais a tratar la Quema de los Conventos y temo un enfrentamiento con Juan del Río e incluso con Abelardo. Estos amigos hablan como si sólo ellos estuvieran en posesión de la verdad, y como de ninguna manera deseo que se produzca una discusión violenta, he decidido que lo más prudente es no ir.

»Tienes una esposa encantadora y una hija guapísima. Un abrazo muy cordial.

»Justo. 12 de junio de 1931».

-Pues me deja solo ante ellos -comentó Ernesto al leerla-, porque D. Satur (un terrateniente de Talavera que vivía de las rentas) nunca interviene y Ramos Martín (un autor teatral) sólo lo hace para soltar tremendas perogrulladas. Sin embargo, me parece una oportuna precaución. Tenemos que evitar por todos los medios la posibilidad de un enfrentamiento.

Al hilo de la carta y de los piropos finales, Pilar le dijo a su marido en voz baja:

-Cómo me gustaría Justo San Miguel para Marta. ¿Has visto cómo se miraban? Serían una pareja estupenda.

-¡Qué dices Pilar! Marta es mucho más alta que él. Yo no veo que sean una buena pareja. Pero, en fin. ¡Quién sabe!

Tal y como se había previsto, la Quema de los Conventos propició una tertulia política que se presumía de lo más interesante. Era la primera acción violenta con la que hubo de enfrentarse la reciente República y había que debatirlo.

Ernesto Berbén se reunió alrededor de la gran mesa redonda del Universal con todos los contertulios a excepción de Justo San Miguel.

Allí estaban: D. Saturnino Alía, el terrateniente de Talavera; Juan del Río, médico, intelectual republicano y ateneista; Miguel Ramos Martín, el autor teatral, culto y apolítico; y Abelardo Delage, el periodista de izquierdas casado con una prima de Ernesto.

Rompió el hielo D. Ernesto disculpando a Justo San Miguel e inquiriendo en un tono deliberadamente agresivo a los defensores de la República Democrática:

-¿Qué les ha parecido a los señores republicanos la quema de iglesias y conventos? ¿Es esa la libertad que pregonaban? Os supongo enterados del total alcance de las fechorías. Pero, por si acaso, voy a permitirme resumiros que los primeros grupos saquearon e incendiaron la Residencia de Jesuitas de la calle de la Flor, al mismo tiempo que en Vallecas era incendiado el convento de Religiosas Bernardas. Después ardió parcialmente la iglesia de los Carmelitas Descalzos de la Plaza de España y a continuación saquearon e incendiaron el Colegio de Areneros de la calle de Alberto Aguilera. Durante la tarde, ardió el Colegio de las Maravillas, el de las Mercedarias de San Fernando, la iglesia de Bellas Vistas de Cuatro Caminos y el Colegio de las Salesianas de la calle de Vilaamil.

Le respondió a bote pronto Juan del Río:

-Esto no es libertad, sino atropello. El gobierno tendrá que cortar de raíz estos atentados. Yo creo que la chispa que ha provocado tanto disparate ha sido la aparición en el horizonte político de Acción Nacional, un partido categóricamente monárquico que comenzaba su andadura por el adarve de las Libertades Democráticas.

-Es evidente –continuó- que los libertarios no aceptaron semejante presencia oficial y el día 10 de mayo concentraron una tropa a las puertas del diario ABC con el claro propósito de incendiarlo. Pero ocurrió que alguien, al tanto de lo que se proponían, lo denunció a la Dirección General de Seguridad y ésta alertó a la Guardia Civil con órdenes tan severas que produjeron a los incendiarios dos muertos y docenas de heridos.

-La reacción ante este trágico suceso -siguió Juan- no se hizo esperar, y la mañana del siguiente día 11 comenzó con una huelga general, a la vez que grupos organizados se dedicaban a asaltar, saquear e incendiar conventos, iglesias y cualquier tipo de edificio religioso. Sin embargo, me cumple aclarar, que en Córdoba las fuerzas gubernamentales se cargaron cuatro incendiarios, y que en Málaga, por los numerosos saqueos e incendios perpetrados, el gobierno destituyó fulminantemente al Gobernador Civil y al Gobernador Militar.

-Los asaltos, incendios y saqueos -intervino Abelardo Delage- constituyen una falta de eficacia gubernativa absolutamente intolerable. En la República Democrática de Trabajadores, que yo entiendo y deseo, estos desmanes no tienen cabida. El Gobierno está para que se hagan cumplir las leyes y éstas nos afectan a todos por igual. Lo único que a mi juicio puede justificar, en una mínima parte, la debilidad demostrada, es que el gobierno todavía no llevaba ni siquiera un mes en la cúpula y no supo reaccionar.

D. Satur interrumpió con un comentario:

-Un amigo de toda confianza me ha asegurado la presencia de Agapito, nuestro camarero de siempre, en el incendio de la iglesia de los Carmelitas de la Plaza de España. Creo que nuestro servidor es un revolucionario peligroso y quiero que lo sepáis.

Intervino entonces D. Ernesto:

-Toda esa gente, incluido Agapito, pertenece a una clase resentida, y de ello se está aprovechando el Comunismo Internacional. Sigo creyendo que detrás de ellos se percibe una organización. Por sí solos no se hubieran atrevido a tanto.

-¡Que Dios nos asista! -intervino de nuevo D. Satur.

-Querido D. Satur –puntualizó Abelardo-. Mi opinión generalizada sobre la actual situación es que estamos al borde de cambios sociales imparables, de alcance imprevisible. El cuerpo social no se va a conformar, como hasta ahora, con cuatro promesas y dos concesiones mezquinas; y querrán, o mejor dicho, exigirán un orden nuevo que les proporcione un trabajo digno, remunerado con criterios formales de justicia y equidad. La República Parlamentaria, con fuertes representaciones sindicales, tendrá que garantizar a las fuerzas del trabajo estas metas sociales que son, a mi juicio, el objetivo principal de su existencia.

A Abelardo y a Juan del Río les respondió Miguel Ramos Martín:

-Como sabéis, soy apolítico y me guío sólo por lo que he leído y por lo que me dicta el sentido común. Me tenéis que disculpar los superdemócratas si os tacho de ingenuos. Pensar que a los libertarios los vais a doblegar sólo porque así lo aprueba una mayoría parlamentaria es una completa ingenuidad. Ni a la Revolución Rusa ni a la Revolución Francesa les frenó ninguna legalidad constituida, ni ninguna cámara parlamentaria. Los bolcheviques, liderados por Lenin, constituían una clara minoría, dispuesta a todo, que se impuso y venció. Y aquí, por qué no, podría ocurrir algo parecido. Para mí, todo está por ver. Mi opinión, respecto a la España de hoy, es que: «Aquí puede pasar cualquier cosa».

D. Satur y Ernesto quedaron impresionados por la brevedad y el pragmatismo de Ramos Martín. Sólo Abelardo Delage replicaba con frases tópicas en defensa del sistema democrático de partidos, cuando Agapito se acercó a D. Ernesto y le dijo algo al oído.

Éste se levantó al instante. Sus grandes amigos Enrique García Alvarez y Pedro Muñoz Seca, creadores del «astracán», un tipo de comedia disparatada que constituía una forma nueva de hacer humor, llevaban varias horas trabajando en una mesa cercana y no querían marcharse sin saludarle.

Ambos autores se levantaron al ver acercarse a Ernesto. Estaban dando los últimos toques a una nueva colaboración y, además de saludarle, querían aprovechar la ocasión para anunciar a Abelardo Delage su estreno inminente. Se trataba de una nueva astracanada y esperaban una crítica comprensiva, sin acritudes, de El Liberal, el periódico de Abelardo, que polarizaba la izquierda intelectual y pesaba mucho en el mundo literario.

Mientras tanto, habían entrado en una discusión de principios Abelardo y Juan del Río cuando Ernesto interrumpió acompañado de los dos insignes comediógrafos.

Todos los contertulios se olvidaron de sus tensiones ideológicas y recibieron de pie a los celebrados autores. Ernesto se los presentó al Dr. Del Río y a D. Saturnino Alía. Después, los más se despidieron, mientras los restantes siguieron con temas literarios entre cañas de cerveza, boquerones en vinagre y patatas fritas.









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