Altar Mayor - Nº 82 (07)
Fecha Viernes, 25 octubre a las 18:14:48
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

NI LEGALES NI FORAJIDOS
Por
Juan Luis Calleja

Ya quisiera nuestra Iglesia que sus hijos la mirásemos tan devotamente como fervorosamente la vigilan sus críticos para meterla mano. Al soplo de la carta pastoral vasca, la han puesto como para el tinte. Merecen la enhorabuena ésos que lo han pasado bomba dando a la Iglesia el consabido repaso que va desde Galileo hasta el palio de Franco, pasando por la Inquisición.

Pues nada: enhorabuena.

Tapándose la nariz, alguno ha descrito el «asco» que le dan los hediondos obispos por sus opiniones intolerables, aunque antes recitaba que en democracia es lícito pensar y sostener lo que nos dé la gana. Por lo visto, hay pituitarias que funcionan según.

Desde luego, las opiniones de los obispos no eran indiscutibles. Lo indiscutible es que eran opiniones, y aquí vamos a discutir, a fondo, un par de ellas; pero apoyamos otras suyas que no sé si alguien ha elogiado, aunque lo merecían. La carta condena a ETA y de qué modo; se opone al ofrecimiento de un determinado modelo de país vasco, a cambio de la paz; pide a las escuelas, a las ikastolas por tanto, que enseñen «el respeto al diferente, el sentimiento de pertenencia a un mismo pueblo»; rechaza ciudadanías vascas privilegiadas so pretexto de rasgos culturales. La carta, en fin, expone ideas razonables que no han querido aplaudirse, que es como si los árbitros aquellos de Corea levantaran la banderita para dejar fuera de juego a la Iglesia.

Pero la estructura de la pastoral se dislocó al hablar de Batasuna, tema con doble jurisdicción: Moral, una; política, la otra. La carta se zambulle en la política y deja a un lado la moral... ¿Equivocándose ambas veces?

Vaya por delante que, para un cristiano, es lógico y necesario que la Iglesia responda a la Política cuando la Política toca la Moral y, no digamos, si la pisa. Entonces, los fieles tienen derecho al consejo de la Iglesia. Porque saben que no ganarán el Cielo con rezos y devociones, sólo, y clamando «¡Señor, Señor!», sino que, además, han de «cumplir la voluntad de mi Padre», según advirtió Cristo; o sea, vivir como Dios manda, que no consiste en guarecerse en la sacristía sino en obedecerle en toda ocasión. De ahí que la Iglesia estudie todas las ocasiones de este mundo. Si repasamos los documentos del Concilio Vaticano II, siquiera con un vistazo al índice alfabético de materias, encontraremos docenas de entradas como estas:

Carrera de armamentos. Cine. Deporte. Empleo. Expansión demográfica. Guerra. Huelga. Industrialización. Latifundios. Liberalismo. Partidos políticos. Patriotismo. Periodismo. Política. Política monetaria. Prensa. Radio. Régimen político. Salario. Seguridad social. Turismo... Y, así, docenas y docenas más.

De modo que la Iglesia analiza el mundo donde el católico tropieza con circunstancias que, tal vez, no le ayuden nada a «cumplir la voluntad de mi Padre». Y para eso, para ayudarle, la Iglesia se «mete en política»: Religiosamente. ¿Y políticamente?

Ahí no pinta nada, sentencian muchos con desdén. Lo que les sobra es el desdén superior. La Iglesia mandó como el que más y mucho tiempo, en Europa; ha arbitrado enormes conflictos internacionales en el Pacifico y en América; el último, no hace mucho, entre Argentina y Chile. Ha dado maestros como Alberoni, Cisneros o Richelieu; y esta milenaria y marinera Iglesia, con veinte siglos al timón de su Nave, tiene muy poco de inexperta en Política. Lo que pasa es que, hoy, preferimos que aparte sus sabias manos de la Política. Los obispos vascos las pusieron. Y su pastoral fermentó.

Cualquier palabra episcopal, aunque vaya de paisano, tiene sabor religioso. Si un prelado gritara !GOL! en el fútbol, tendrían, algunos, la impresión de que el gol entró con indulgencias. Vaya usted a saber. Pero es que, además, ya lo hemos dicho, en el tema Batasuna hay un aspecto político en el que los obispos vascos se inmiscuyeron, provocando un tifón que ha zarandeado a la Iglesia española entera. Y el tema presenta otro aspecto, el moral, donde los obispos callaron. ¿Debiendo intervenir?

Cuando ellos explican en su carta que la ilegalización de Batasuna les preocupa «porque prevemos consecuencias sombrías sólidamente probables» que «afectan a nuestra convivencia y a la causa de la paz», y que «deberían ser evitadas, sean cuales fueren las relaciones entre Batasuna y ETA», los obispos se muestran sólidamente convencidos de que a ETA le irrita y disgusta tanto que pongan a Batasuna donde ella está, fuera de la ley, que tomará «sombrías» represalias, si se hace. Por tanto, es más prudente dejar las cosas como están.

Tal vez. Pero Batasuna lleva un cuarto de siglo negándose pública y ostentosamente a distanciarse de los crímenes de ETA. Batasuna se niega a condenar los secuestros, los tiros en la nuca, los asesinatos de niños, mujeres, guardias, jueces, periodistas, concejales, diputados, militares, empresarios. Lleva un cuarto de siglo riéndose del calvario sin fin de quienes han quedado tullidos, inválidos, huérfanos, viudas, que son miles. Lo de Batasuna es un largo exhibicionismo de expreso apoyo a ETA y el terror.

Ese exhibicionismo de un partido legal con todos los derechos de la democracia ¿no es un detonante escándalo moral? Preguntamos a los obispos vascos: Si lo es, ¿no será otro escándalo, y más desmoralizador, que Sus Ilustrísimas defiendan la postura y legalidad del escandaloso? ¿No deberían anatematizarlo?

Hemos preguntado sobre lo que sería audaz un pobre dictamen nuestro. En cambio, «audemos dicere», nos atrevemos a decir que la carta pastoral incurre en un claro error político y estratégico, impropio de la enciclopédica experiencia de la Iglesia, pues ignora, o no ha tenido en cuenta, la maniobra envolvente, como la de la batalla de Cannes, recomendada por Stalin a todos los comunistas del mundo.

Batasuna despliega sus fuerzas dialécticas y teatrales contra España en todos los asientos, escaños, programas y manifestaciones a que la Constitución y el Estatuto le garantizan el libre uso legal. Por su parte, ETA, que no oculta el marxismo leninismo ni el puño, hace en la calle lo que sabemos. Entre ambos brazos, el legal y el forajido, siguen la misma estrategia que tan bien sirvió a la revolución rusa, según Trotsky. Cediendo, por el centro, aunque eran más, los del partido Cadete. Por el flanco legal, los bolcheviques y mencheviques voceando en la Duna, en el mitin, en la prensa y la manifestación. Por el flanco ilegal, las bandas forajidas, por calles, plazas y empresas, desordenando la sociedad con la violencia. En su Historia de la Revolución, Trotsky se ríe de los cadetes, supuestos dueños del futuro por más numerosos y con más diputados. Nada me extrañaría que parecidas carcajadas, a costa del PNV, se oyeran en Batasuna.

Pero su ilegalización apagaría tales risas. La doble maniobra de Cannes quedaría desarticulada, amputado el brazo legal. Así será, nos dice la Ley de Partidos, si Batasuna reitera su escándalo. Entonces, los legales pasarán a forajidos, o a casa. Y, tal vez, a la larga (seamos optimistas) ni forajidos ni legales.









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