Altar Mayor - Nº 82 (03)
Fecha Viernes, 25 octubre a las 19:41:03
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

RECREAR LA FIGURA DEL HOMBRE
Por
Anselmo A. Navarrete, OSB

Pocas cosas tan incorrectas, política, intelectual y hasta teológicamente, como hablar del hombre moderno en términos no obligadamente panegiristas, como parece ineludible en un tiempo en que el culto al hombre es el dogma que sustituye todos los viejos credos y reclama adhesión incondicional. La confianza en él, depositario ya de saberes y poderes ilimitados y de capacidades aún mayores en proceso de evolución, ha suscitado expectativas y entusiasmos a los que se considera aberrante sustraerse. Dado tal nivel de autosatisfacción, reforzado en ocasiones por la evocación de un nuevo y más fascinante humanismo universal, el amago de crítica o el titubeo en la apología se descalifican por sí mismos. Y si en el análisis de algunas categorías fundamentales del hombre moderno se señalan signos de planteamientos erróneos y secuelas de descarrío o deterioro en el perfil del hombre, ello se considera fruto de una visión desviada o de un pesimismo impotente.

Sin duda los éxitos cosechados por el hombre occidental en los campos de la ciencia y de la técnica o en el de los derechos y libertades, demandan el reconocimiento explícito tanto por sus resultados incuestionables al servicio de la humanidad, como por el esfuerzo intelectual y la tenacidad de su empeño. Pero no es menos claro que la suma de esos resultados contiene algunos elementos que o bien desvirtúan significativamente los efectos positivos o entran en abierto contraste con ellos. Tal es la conclusión que parece obtenerse si nos situamos en la perspectiva de la historia espiritual del hombre, en particular en su vertiente cristiana, que contempla sus obras más allá de una apariencia tal vez seductora y de valoraciones exclusivamente humanas.
 

Hombre «sin figura ni hermosura»

Lo cierto es que en nombre de su progreso y liberación llevamos siglos asistiendo al desarme gradual del hombre, aunque estemos bien lejos de aceptar este resultado inverso. Más bien, damos por hecho que, a pesar de haber tenido que declarar liquidada la modernidad, el balance señala un superávit incuestionable a favor del crecimiento humano. Y así sería si el hombre no fuera más que su dimensión natural; entonces su optimismo podría estar justificado con creces. Pero la propia naturaleza racional, reforzada decisivamente por la revelación divina, le ha puesto ante perspectivas y compromisos de los que el sujeto de la cultura europea se ha ido desprendiendo gradualmente, con el resultado de una depauperación humanista sin precedentes.

El crecimiento desproporcionado de la inteligencia práctica y de la dimensión técnico-biológica le ha desestabilizado en la medida en que ha adoptado una visión marginal de la realidad humana. Su dedicación privilegiada a la instalación y posesionamiento del entorno material, incluido el de su corporeidad, le ha llevado a hacer peligrar su propia identidad, porque mientras descubría la exterioridad se le ha desvanecido su interioridad. La fascinación por la tierra y por la historia en lugar de arraigarle en su suelo natal le ha trasplantado a un territorio extraño.

Sus móviles vitales se han alejado cada vez más de la figura constitutiva del hombre en la medida en que le han acercado progresivamente a su biología: naturaleza, ciencia, economía, desarrollo, bienestar, eficacia. Se afirma con ello la recuperación de una cultura de eminente carácter ecológico y corporal, estrechamente vinculada al dominio y disfrute preferentes de la tierra, con primacía de los instintos primarios ligados al poder y al placer, así como a los saberes funcionales que los posibilitan. Entretanto, la indigencia en ideas, valores u horizontes trascendentes se incrementa sin cesar.

Esta identificación prioritaria del hombre con su marco natural lleva camino de revelarse como el final inevitable de toda la cultura y civilización modernas. El proceso de la modernidad ha sustituido la contemplación preferente de Dios, centro hasta entonces de la atención humana, por el ensimismamiento ante el hombre y la naturaleza. Tal debía ser en adelante el eje de toda investigación intelectual y de toda construcción histórica, dándole así el sentido de realización alternativa del reino de Dios.

Parece que de nuevo nos sale al paso el sabor de la fruta del paraíso: avidez de conocer, soberbia, placer, esperanza de llegar a ser dioses mordiendo en la carne y en la ciencia. El poder, el conocimiento, la libertad incondicionados, se insinúan como tentaciones de la primera y última hora del hombre. La razón ilustrada y utópica deriva así en razón cínica y epicúrea, escéptica de cualquier metafísica o moralidad. Y ocurre que donde y cuando el hombre parecía encontrarse por fin a sí mismo a través de sí mismo -de sus recursos y proyectos-, se ve cada vez más separado de su semblante humano, entregado a una falsificación creciente de su personalidad: «¿habéis empezado por el espíritu para terminar en la carne?» (Gál 3,3).

«La verdad habita en el interior del hombre» (san Agustín); por eso ha llegado a encontrarse tan lejos de sí y de su verdad, porque ya no vive ni dentro de sí ni de Dios: el hombre ha huido del hombre. ¿Dónde quedan hoy sus categorías distintivas: alma, espíritu, humanismo, libertad, valores, sabiduría, amor, verdad, cultura? Este sujeto, des-figurado y frivolizado, aclimatado irracionalmente al horizonte terreno, ha perdido su patrimonio, ha extraviado el pasado y no adivina el camino del futuro. Ante él sólo parece abrirse un laberinto por el que va abandonando retazos de su simbología espiritual y de su condición humana. Hay un rumbo perdido del hombre y de la historia que hace que ambos vivan un tiempo frenético y caótico, en medio de una ausencia casi total de ideas conductoras, después de haber disipado las certezas metafísicas y los absolutos en que habían desembocado milenios de reflexión concordante. En este sujeto desarraigado de sí mismo una especie parece haber perdido su memoria y su diferencial¡dad.

San Pablo había observado que lo que caracterizaba al hombre pagano, de su tiempo y de todos, es «la vaciedad de su mente» (Ef 4,17), a la que oponía un realismo elemental: «yo no corro sin rumbo fijo, no peleo dando golpes al viento» (1 Cor 9,26). Esta sencilla sabiduría, nutrida de la experiencia racional y evangélica que ha inspirado lo mejor del espíritu humano, ha sido olvidada y la cultura y el hombre levanta ahora construcciones y forja ideas huecas, excava aljibes agrietados que ni producen ni pueden contener el agua, como ya habían advertido los profetas.

Esta es la desventura inesperada del progreso en la mayor parte de sus vertientes: ideológica, económica, científica o técnica. El progreso es una de las vocaciones y compromisos unidos, desde el origen, a la existencia humana. Pero esto mismo imponía un sentido primordial a esa tarea: progresar avanzando en la dirección del hombre, en conformidad con los proyectos de los que él es, constitutivamente, portador.

Lo primero en lo que hay que convenir es que no se puede hablar de progreso sin saber exactamente quién es el sujeto que lo promueve y al que va dirigido. Porque si el hombre construye fuera y con abstracción de sí, de su verdadera entidad, construye sobre el viento. El hombre progresa desde el interior al exterior; el primer crecimiento que le espera es el de su hominidad y a imagen y en armonía con ella, el de todas las restantes esferas que lo enmarcan: tal es el orden de la racionalidad. Preguntó Cristo en una ocasión: «¿qué es más importante: el oro o el santuario que hace sagrado el oro?» (Mt 23,17). Igualmente, la edificación de la ciudad terrena o la actividad acumulativa de bienes y conocimientos naturales, sólo encuentra pleno sentido en esa subordinación al crecimiento de la perfección humana y espiritual.

Pero por extraño que parezca, el hombre de nuestra cultura ha excluido de su interés algo tan elemental como la búsqueda de la razón suficiente de sí mismo, y en lugar de rastrear el contorno de su verdadera imagen ha preferido investigar sobre su osamenta, sustituyendo la fascinación ante el misterio del ser por la curiosidad sobre las cosas. Este encubrimiento ha avanzado paralelamente al descubrimiento del mundo. Su mirada persistente hacia el exterior ha abierto una sima de olvido e ignorancia en torno a sí: la realidad, concluye, está fuera de él y a ella debe dedicar su atención para moldear según ella una nueva visión de sí mismo y para establecer con ella una nueva comunión. Sin embargo, «quien no sabe por qué ha sido hecho tampoco sabe ni quién es él ni qué es el mundo. El que ha descuidado el conocimiento de una sola de estas cuestiones tampoco sabrá decir en qué consiste su propia función en el mundo» (Marco Aurelio, Pensamientos, VIII, 52).

El hombre pertenece al doble orden de la naturaleza y de la gracia, lo que significa que su expansión ha de tener esa doble dirección simultánea, a fin de obtener la elevación a un estado humano superior y a una transformación «de claridad en claridad» que alcance a la totalidad de la persona. La evolución capital asignada al hombre, a través de la Creación y de la Redención, consiste en trascender el estadio biológico, natural y animal, y permitir la dilatación de su espacio espiritual en lugar de proyectarse en la dirección única de la tierra. Es la que avanza hacia la realización creciente de la imagen de Dios en él, en la que están todos y los únicos dinamismos que movilizan su proyecto. En ella está el verdadero hombre nuevo, de capacidades y horizontes ilimitados, el hombre finalmente señor, con independencia de sus conquistas materiales. Ese señorío es la meta final del desarrollo humano. Fuera de él nos movemos en un diminuto círculo cerrado.

Esta desproporción entre el avance técnico y el humano da lugar a un ser periférico a sí mismo, extraño a su ontología trascendental, huérfano de su anclaje teológico, carente de categorías axiales, agnóstico de todas las ideas menos de las intrascendentes. Hombre, por tanto, banal: cada vez más indiferente a Dios y al diablo, al bien y al mal, al pecado y a la virtud, a la mentira y a la verdad, realidades todas finalmente confundidas e indiferenciadas. Hombre sin significado y sin destino reconocidos, que reinventa cada día su fisonomía y espera oír cada mañana de su informador de turno las cosas que debe creer o negar, consumir o desechar, y que permanece complacido y tranquilo en su actual inanidad humana y espiritual. Un hombre que prefiere contemplar su propia máscara, que mira en cualquier dirección con tal de no encontrarse con su verdadero rostro.

Por eso, el exilio del hombre de su módulo espiritual reinvierte el sentido ascendente de la evolución para volverla a situar en el punto de partida. El progreso se convierte entonces en un juego exhibicionista, frívolo o trágico, del que salen indistintamente un ordenador, un misil, un ser clónico, un alimento transgénico o la carta del genoma humano. La infinita variedad de los productos técnicos, aun los más positivos, no justifica por sí misma ese reduccionismo mecanicista del desarrollo ni la prepotencia de la tecnología, de la que Heidegger decía que podía llevar al hombre a un invierno sin fin. En todo caso, le ha dejado indefenso ante el fetichismo de las criaturas salidas de sus manos, mientras que sus habilidades prácticas sirven ante todo a su megalomanía y narcisismo. La comprobación de que el auge tecnocientífico no logra racionalizar el contexto humano y de que el hombre no crece con él, sino que más bien parece decrecer, insinúa un sensible repliegue del espíritu y de la sabiduría.

Con este bagaje se entra en la era de la globalización y de la biogenética. Una globalización que se está elaborando en falso, sobre premisas accesorias y espurias, ineficaces si no es en términos de mercado. La homogeneización de ideas y apetitos virtuales, productora de individuos ideológicamente clonados, es una catástrofe humana sin precedentes que apunta hacia el fin del hombre, esto es, de la única realidad consonante con él.

Proceso al que se añade una nueva dimensión de la que tiene escasa conciencia: la del hombre biogénico, reconstruido a base de terapia celular. Aquí estamos ya ante una especie mutada, aunque se ignora bajo qué signo y con qué señas de identidad. Estamos ante «un segundo Génesis, esta vez en laboratorio, ante una naturaleza bioindustrial, producida artificialmente y destinada a reemplazar los mecanismos de la evolución natural» (J. Rifkin, Le siècle biotech, París, 1998, 27). «Los nuevos descubrimientos científicos abolirán la humanidad en cuanto tal [...] En este estadio habremos acabado definitivamente con la historia humana, porque habremos abolido los seres humanos en cuanto tales. Entonces empezará una nueva historia, más allá de lo humano» (Fr. Fukuyama, Le Monde, 17 junio 1999, 20). ¿Más allá o más acá? ¿Con resultado de una sobre o una infrahumanidad? ¿Esa acción técnica tendrá una virtualidad superior a los equilibrios de la evolución natural?

«Este hombre de rostro indefinido está en gestación desde los orígenes de la modernidad cuando, en lugar de alcanzar la madurez que le prometía el humanismo ilustrado y científico, fue vaciando la silueta humana recibida en la Creación. En esta situación las suyas son "obras muertas" (Hbr 6,1; 9,14), porque no emanan ya de un hombre viviente (cf Ap 3,1) ni sirven para la vida verdadera, espiritual o humana. Goethe había pronosticado esta abolición de los rasgos humanos y espirituales del hombre.

»Para compensar este déficit, los ideales democráticos y una llamada moral de mínimos parecen querer representar un último reducto de humanidad en torno a ideales como los de igualdad, participación, tolerancia, solidaridad o derechos humanos. Conquistas -o aspiraciones- sobre las que se quiere nutrir la persuasión de que la sociedad está viva, e incluso próxima al logro de la utopía humana. Pero la ausencia de un sólido soporte moral y espiritual los hace inviables mientras carezcan de él».

La realidad humana que se perfila cada vez más nítidamente es la de un individuo en alejamiento vertiginoso de las cuestiones centrales; la de un sujeto que ha disuelto su ecología espiritual y ética, estética y política; alérgico a las disciplinas morales, rendido a todas las tolerancias, justificador de todas las incontinencias y que, en esta fuga de sí mismo, lleva consigo el fin de la cultura.

«En realidad, la ruptura del entorno humano se viene produciendo desde que el hombre se desmarcó del espacio divino y, aunque esa escisión fue restañada por Cristo, cada vez que el hombre la reabre pone en entredicho su experiencia humana y adopta él mismo el rostro "sin figura ni hermosura" con que las Escrituras describieron al Mesías crucificado».
 

El hombre en su verdad

Ya nos habían advertido que los hombres «se han apartado de la verdad y se han vuelto a las fábulas», y que muchos «prefieren las tinieblas a la claridad» (Jn 3,19). Pero no por eso impresiona menos el carácter obtuso de este sujeto en su alejamiento de la luz y de la verdad y su tranquila instalación en la noche. Rosmini había advertido que por el camino de la negación de Dios se termina llamando falso a lo verdadero y se está obligado a llamar verdadero a lo falso; algo que ya había insinuado también un sabio hebreo: «algunos llaman día a la noche, luz cercana a la tiniebla presente» (Job, 17, l2). Con la ciencia y el pensamiento ilustrado el hombre creyó estar alcanzando la culminación de sí mismo. Pero «la inteligencia sin humildad es la fuerza más devastadora del mundo» (Karl Stern, La zarza ardiente), porque no busca la verdad sino la arrogancia, que es ciega y demoledora.

Sólo en su verdad puede el hombre acceder a comprender lo que le rodea y el orden de relaciones que ha de guardar con ello. La acción del hombre sobre su entorno carece de sentido hasta que él haya encontrado el suyo, lo que es una de sus prioridades, pues «no tiene sentido que nuestra existencia no tenga sentido», decía el Nobel de Física de 1974, Anthony Hewihs. Sentido y verdad del hombre que no está en su capricho ignorar, contradecir o modificar, como no lo está el negar o modificar su naturaleza por mucho que la manipule: «no tenemos poder alguno contra la verdad; sólo a favor de la verdad» (2 Cor 13,8).

La disolución del concepto de verdad representa la amenaza absoluta sobre la cultura y el hombre. El relativismo sistemático imposibilita establecer cualquier orden de certezas en el pensamiento y la acción humanos: no hay ya lugar para ninguna afirmación consistente, sea teórica o real, personal o colectiva. Esta privación de convicciones, ideas y valores concordes le convierte en marioneta de todas las veleidades. Su error consiste en oponer libertad y verdad como si ambas pudieran coexistir por separado o en oposición. Fuera de la verdad hay cambio y alternancia, pero no progreso. Precisamente, ese proceso vertiginoso de cambio, que constituye el orgullo de la modernidad, es el síntoma del desconcierto y de la búsqueda a ciegas cuando se ha perdido el referente de la verdad.

La evidencia que más nos importa es la que atañe a nuestra condición humana. Por eso, ¿cómo poder reconocernos, afirmarnos y definirnos, cómo saber dónde estamos o cómo nos llamamos, cómo hacernos objeto de alguna seguridad respecto a nosotros mismos, si hemos borrado todas nuestra huellas, si, por tanto, carecemos de pasado y no sabemos de dónde venimos, si no queremos venir de ningún sitio ni ser o tener nada que nos ligue al pasado, si arrancamos de nosotros cualquier memoria, cualquier raíz, cualquier tradición? No hay cultura sin sedimento de experiencia y tradición, que nos transmiten de forma decantada el patrimonio elaborado en el curso de edades y generaciones. Como tampoco la hay donde se deroga la espiritualidad, la belleza, la ética, la armonía del ser consigo y con la naturaleza, donde no se deja lugar para la hominidad ni un camino para su recuperación. En lugar de ello el pensamiento, la ciencia, el arte, el conjunto de los valores modernos, ahondan la ruptura con el pasado a fin de anunciar la nueva edad de la historia y eliminar los vínculos que hipotecan el crecimiento de la nueva creación. Es preciso rehacerlo todo y esto a su vez reinventarlo incesantemente para que lo nuevo de hoy no sea viejo mañana mismo.

Este intento, sin embargo, en el que se ha agotado la modernidad, ha resultado ilusorio. Según se creyó, la vetusta y cuarteada morada cultural del hombre no debía ser reparada sino demolida, pero la que le ha sucedido se ha desplomado ella misma de manera súbita. En corto espacio de tiempo a la liquidación del pasado siguió la del presente. Inopinadamente, el nuevo orden, que se consideraba definitivamente asentado, se declaró utópico y agónico. Aquella herencia primera había alimentado la vida de la humanidad durante milenios; en cambio su alternativa -la modernidad- nació con la fragilidad de unos pseudoconceptos extraños al espíritu humano. Hoy sabemos que la alienación decisiva de nuestro tiempo no es tanto la que se ha venido vinculando a la esfera socioeconómica y política, como la que está provocada por la ruptura con las raíces nutricias de las significaciones fundamentales en las que el hombre se había reconocido. Esta enajenación cierra el ciclo de la cultura humana y abre el apogeo del hombre terrícola. Pero la finalidad eminente del hombre era el cultivo de sí mismo según la Imagen esculpida en él y, en imitación de ella, de todo lo demás.
 

El fundamento y el centro

Este panorama sombrío, ajeno no menos a las perspectivas depositadas por Dios en la raza humana que a la exaltación de que el hombre se ha hecho objeto en la época moderna, está sin embargo muy próximo al que, con su propio lenguaje, describe la Escritura al resumir la trayectoria del hombre caído: «caminaban según sus ideas [...] daban a Dios la espalda, no la frente» (Jer 7,24). Como en la historia de Israel, esta posición del hombre frente a Dios se prolonga en el extravío frente a sí mismo. Algo que los Padres de la Iglesia han definido como un «caminar por la tierra de la desemejanza», a lo largo de la cual ha ido desdibujando los rasgos divinos con que había sido formado y cuya recuperación afirmaban ser inexcusable para volver a entrar dentro de sí. Este habría sido el objetivo de la Encarnación y de la Redención llevadas a cabo por el Verbo de Dios.

Ya ha quedado indicado cómo todos los datos suministrados por la Revelación acerca del hombre subrayan que el alejamiento de Dios altera profundamente el orden humano, que está llamado a ser imagen del divino. El hombre subsiste en Dios; por eso, cuando se aleja de Él deja al descubierto su impotencia para crear una obra verdadera, en armonía con su constitución trascendente e histórica. De ahí que la infidelidad a Dios le haga también infiel a sí mismo. El hombre es una unidad y, por designio del Creador, su doble dimensión espiritual y humana siguen un rumbo paralelo, tal como se evidencia a raíz del pecado original, cuyos efectos trastornaron no sólo la integridad de los dones sobrenaturales, sino la propia condición terrena.

De hecho, el origen de todas sus desviaciones se sitúa en el intento de oponer las afirmaciones y opciones del hombre a las de Dios, situando las suyas en un nivel superior de veracidad y coherencia, y concluyendo después que las propuestas divinas acerca del hombre o no existen o no son de recibo, por lo que es preciso que éste formule otras desde su exclusiva perspectiva.

El sentido de la cultura moderna se ha decantado por la clausura, al menos momentánea, de la trayectoria humana hacia Dios. A partir de ello el hombre se declara en retorno a sí mismo, abandonando las huellas divinas y convirtiendo en necedad la Sabiduría del Evangelio, como había subrayado san Pablo. Desde entonces son la razón y la libertad excéntrica las que tienen confiada la dirección de una nueva historia. Se han encendido así las luces crepusculares de la razón, que si han permitido arrancar algunos secretos de la naturaleza y satisfacer algunos derechos sociales y políticos, han ocultado en cambio la grandeza del misterio que es el hombre.

La obstrucción de lo espiritual conduce a la apostaría de lo humano, sin más. El alejamiento de ese epicentro le distancia de su propio núcleo, y el ciclo termina cuando el hombre se escinde de sí mismo, con la amenaza añadida de que, en la medida en que se profundiza la ausencia de Dios, la historia queda a merced del hombre, capaz ya de desencadenar todas las demencias. La razón sólo sirve a la persona cuando se pone bajo la autoridad del espíritu y a la sombra de su imagen divina. Más aún; no podrá sorprender que el mundo, vaciado de las profundidades de Dios, se llene de lo que el Apocalipsis llama «las profundidades de Satanás» (2, 24).

«El pensamiento que no se decapita desemboca en lo trascendente», escribía Adorno (Dialéctica negativa), y Octavio Paz aseguraba que «la mayor herejía de nuestro tiempo es haber sustituido a Dios por la historia». En realidad, el final del humanismo ha progresado en paralelo con el avance del escepticismo y del agnosticismo, convertidos en la forma pseudoestética de la decadencia. Tal como se le había advertido, el hombre muere cuando elige contra Dios: «el día que comas de ese árbol morirás». En consecuencia, está sufriendo la segunda expulsión del paraíso. La respuesta sobre qué ha sido del hombre se responde al inquirir qué ha sido de Dios. De hecho, la distancia entre el dedo de Adán y el de Dios, que en el fresco de la Creación, en la Capilla Sixtina, es todavía mínima, ha ido ensanchándose incesantemente: en la misma medida en que se amplía la distancia del hombre frente a sí mismo.

Sin embargo, el hombre es humano porque es divino, porque está hecho con fragmentos y reflejos divinos. Por eso, el intento de desvincularse de Dios desarticula íntegramente la estructura fundamental del hombre y de la historia. Dios es el clima en el que el hombre ha nacido; su eclipse es su agonía. Con el de Dios concluye el tiempo del hombre; sólo sobreviven sus restos. Fuera de Dios el hombre es el verdadero ser mítico, en el que se verifica el dicho de la Escritura: cuando alguien deja de mirarse en ese espejo -en Dios- y le vuelve la espalda, se olvida inmediatamente de quién es él mismo (Sant 1,23-24). Sin Dios nada es posible, todo es radical utopía y quimera. El desarrollo perfectivo de lo humano exige que todas las cosas y todos los individuos ocupen el puesto, el orden y la finalidad para los que fueron creados. El progreso no puede caminar en la indiferencia o la rivalidad frente a Dios, que es lo que sucede cuando decide que sus proyectos terrenos deben constituir la «verdadera ciudad de Dios sobre la tierra» (Herder). La historia acaba no cuando a Fukuyama le parezca, sino cuando se ha acabado el hombre, lo que ocurre cuando el hombre ha eclipsado la presencia de lo divino en él.

Sin Dios el hombre es su nombre y su sombra: nada, un fantasma. El hombre no tiene relevancia alguna fuera de Dios: está pero no es, produce pero no crea, vocea pero nada dice, opina pero no razona, corre pero no avanza, llena de artilugios su inmensa caverna vacía y de ensueños su soledad irremediable. Es la «pasión inútil» descrita, entre el abatimiento y el despecho, por el existencialismo que, sin embargo, renunció a entrever las claves reales de esta situación. El hombre se desarrolla en semejanza con Dios, o por el contrario en afinidad con el barro primigenio; barro dotado de razón, pero una razón de barro.

Esa es la causa de su enorme precariedad actual. Por eso, a pesar de que los islotes de cultura espiritual son cada vez más escasos en el océano de las actitudes positivistas, parece indispensable volver a pensar al hombre, de manera total y radical, a partir del hombre arquetípico -Jesús-, en el que lo humano y lo divino se han encontrado de forma ejemplar. El nombre es la medida de todas las cosas, pero Cristo es la medida del hombre. Fuera de Él la humanidad está fuera de su orden, de su realidad, de su destino; en Él están, por el contrario, todas y las únicas potencialidades. Él es el suelo y la raíz, la savia y el aire del hombre: «Él es el origen, guía y meta del universo» (Rom 11,36).

Cristo es «la luz del mundo», de manera que «el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tiene la luz de la vida». Él ha sido dado por Fundamento, Centro y Vértice de toda realidad humana, porque el plan de Dios, viene a decir San Pablo, es que todo tenga a Cristo por Cabeza (cf. Ef 1,22; Col 1,18;2,10). En Él el Padre ha dicho su Palabra para todos los tiempos. En Él está la medida y la frontera de la verdad. Más allá de Él y de lo que es asimilable por Él sólo queda espacio para la mentira y la nada. En Él se centraron todas las referencias anteriores y posteriores a su venida, y Él ha sido constituido primogénito de la humanidad nueva; sólo su descendencia es portadora de humanidad y novedad auténticas. Los genes y la primera identidad del verdadero superhombre están en el Evangelio y en la gracia del Bautismo: «Dios busca descendencia divina» (Mal 2,15).

Después de todo lo que hemos aprendido y experimentado en el terreno de las ciencias -naturales, humanas e históricas-, nos queda por asimilar algo que en el pasado de nuestra cultura constituía el a priori, implícito o explícito, de todos los demás saberes y actividades: la historia humana tiene como referente inexcusable el doble acontecimiento de la Creación y de la Redención. En ambas están los hechos nucleares que determinan la armonía y la ley del acontecer humano, sea o no advertido o aceptado por sus protagonistas. De ellas brotan su sentido y dinamismo actuales. Todo lo que no se adhiere o no secunda ese significado queda fuera del movimiento ascendente abierto bajo su impulso; ellas darán a su tiempo la dimensión y el valor objetivos de las realizaciones humanas. En consecuencia, el logro de las aspiraciones que movilizan la evolución del hombre, llámense bien, verdad, paz, justicia, libertad, progreso o unidad, crece únicamente dentro del orden establecido por Dios; fuera de él está el reino del desorden.

Ciertamente, la situación de este hombre agotado pone en evidencia la extrema actualidad del Evangelio. Es posible que sus palabras estén hoy muy lejos de nuestras ideas, pero están completamente cercanas a nuestra realidad. La historia entraría en una etapa y un ritmo totalmente nuevos si el hombre volviera a descubrir a través de ellas el sacramento divino que es. Sin duda, antes o después, el hombre volverá a esas palabras, ahora olvidadas o despreciadas. Todos los demás dilemas están acabados. Con la postmodernidad hemos entrado en el final de los absolutos históricos: ideología o revolución, clase o raza, ciencia o Estado, razón o progreso, historia o liberación. También el mundialisrno, último aunque tal vez el más amenazante de los ismos desarrollados por la utopía humana, y que ha sido ya ensayado en los colectivismos, comunismos y totalitarismos que han quedado atrás, con los resultados conocidos. Apenas es posible ir más lejos en el exilio elegido. Sólo hay ya lugar para una era nueva, que no es la Nueva Era, sino el tiempo de ese Hombre nuevo que ahora hace dos milenios fue anunciado en la persona de Cristo: «Él nos salvó y nos salva; en Él está nuestra esperanza» (2 Cor 1,10).

Si hay una providencia que vela para preservar al hombre dentro de su ser y destino, frente a todas sus veleidades para desnaturalizarlos, hay que presumir que, llegado el momento, su actuación va a tener toda la contundencia que ya hemos conocido al menos en dos ocasiones decisivas: en el paraíso y en la Encarnación del Verbo.









Este artículo proviene de Hermandad del Valle de los Caidos
http://hermandaddelvalle.org

La dirección de esta publicación es:
http://hermandaddelvalle.org/article.php?sid=4227