Altar Mayor - Nº 82 (02)
Fecha Viernes, 25 octubre a las 19:44:19
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 82 – septiembre-octubre de 2002

Cristianismo y europeidad
TRABAJO, EMPRESA Y SOCIEDAD

Por
Luis Suárez Fernández. Catedrático. Académico de la R. A. De la Historia

1. Empecemos haciendo un planteamiento histórico muy fundamental. El trabajo, como función específica de determinados individuos en la sociedad, es una consecuencia de la aparición de las primeras sociedades urbanas. Toda labor mecánica era considerada como imposición onerosa al hombre y en cierto modo humillante; era fácil interpretar los versículos del Génesis como si el trabajo y no solamente la fatiga que conlleva, fuese consecuencia del pecado original. La sociedad helenística y romana hizo, a partir de aquí, una distinción entre aquellas actividades técnicas, a las que consideraba simplemente banáusicas, es decir, utilitarias y las que comportan creatividad, especialmente estética o científica. Las primeras eran adecuadas para los esclavos y las segundas para los hijos. De ahí que los trabajos se dividieran en dos clases: «serviles» y «liberales». A diferencia de lo que ocurre entre nosotros, los griegos atribuían a los bárbaros todos los inventos útiles, pero sólo ellos se sentían capaces de escribir poemas o constituir polis. La esclavitud, que perduró largo tiempo, fue considerada como algo imprescindible en el buen orden social.

Las derivaciones literarias de siglos próximos a nosotros han sido causa de que se haya rodeado a la esclavitud de condiciones, que resultan probablemente adecuadas para los trabajadores negros comprados en África para convertirlos en operarios de los cultivos de algodón y azúcar en el ámbito americano, pero que no responden a la realidad social. No era frecuente el mal trato; probablemente se ofrecía una variada gama de ejemplos, como corresponde al comportamiento humano. La radical diferencia estaba en otro punto, relacionado precisamente con esa división objetiva del trabajo: pues el esclavo no era hombre en el pleno sentido de la palabra, sino objeto, al cual se puede querer profundamente como se quiere un objeto precioso o útil; inferior en el sentido más profundo de la palabra, estaba sometido a tutela. La ley impedía malos tratos, con el mismo criterio que se aplica a la conservación de objetos valiosos.

El cristianismo, que recoge el núcleo de la sociedad hebrea, incluyendo el concepto jubilar, comenzó borrando esa distinción entre las dos clases de trabajo. Con cierta dosis de orgullo los evangelios refieren cómo sus coetáneos llamaban a Jesús artesano e hijo de artesano. No un asalariado ni, por consiguiente, un proletario pero sí alguien que gana su vida con trabajo manual desde un taller propio. La diferencia de calidad en el trabajo pasaba a medirse por el valor social que tuviera. Los benedictinos darían un paso de gigante convirtiendo el trabajo agrícola en uno de los elementos decisivos que labran la perfección de la vida cristiana.

Como una consecuencia de su propia doctrina estableció el principio de que todos, libres o esclavos, eran seres humanos de tal manera que la condición de «humiliores» no significaba un obstáculo para alcanzar el reino de los cielos. La facilidad que la legislación romana proporcionaba a los esclavos para conquistar su libertad -era cada vez mayor el número de los que pasaban a la condición de «libertos»- hizo más fácil la penetración de las nuevas ideas: servidumbre pasó a significar sumisión económica, pero sin que esto afectase a la persona. De este modo la rigurosa esclavitud pasó a convertirse en una forma de dependencia que denominamos servidumbre. Cuando, a finales del siglo VIII, la Iglesia inserta entre sus mandamientos el de no realizar trabajos serviles en días festivos, está prohibiendo a los señores exigir este tipo de prestaciones. En adelante la bastaría con multiplicar las fiestas para conseguir una mayor dosis de libertad en el trabajo.

El cristianismo, en cuanto que es una revolución en el orden moral, penetraba en la conciencia misma de lo que debía entenderse por trabajo. Conviene advertir que, entonces como ahora, no entendía la Iglesia que entrase dentro de su competencia ordenar las estructuras económicas ni la forma en que hubiesen de establecerse las contrataciones. Hablamos frecuentemente de la «doctrina social de la Iglesia»; tal vez sería más claro decir doctrina moral acerca del comportamiento social. Esa doctrina es, además, permanente, si bien para cada generación es imprescindible explicarla de modo distinto, porque los problemas varían de un tiempo a otro. No es posible formular esa doctrina en medio de una sociedad esclavista que de otra proletaria. La Rerum novarum, al enfrentarse con cuestiones y teorías que un siglo antes no existían, tuvo que emplear formas de exposición distintas.

Lo primero que el cristianismo tuvo necesidad de recordar fue que el hombre ha sido creado por Dios con las condiciones necesarias para recibir en depósito la Naturaleza y hacerla madurar: «ut operaretur». De este modo, al borrar las diferencias objetivas entre trabajos serviles y liberales -algo que tardaría mucho tiempo en conseguir- introducía otra clase de distinciones que partían de valores como la honestidad, el servicio, la eficacia. Lograr la «obra bien hecha» pasó a ser consigna durante siglos. La esclavitud carecía de sentido. Aunque no incurrió en el error de provocar un vuelco repentino que hubiera traído consigo consecuencias imprevisibles, estableció como principio que era un mal, a lo sumo tolerable. Gracias espirituales se acumularon sobre aquellos que liberaban a un esclavo y, al fin de la Edad Media, nacerían congregaciones religiosas cuya misión especifica era la liberación de cautivos. Es significativo que la sociedad cristiana occidental haya sido la primera en suprimir la esclavitud: tardó siglos en conseguirlo porque era empresa de mucha envergadura. Todas las demás se verían arrastradas por este ejemplo.

Todo esto puede perderse. Con nombres distintos algunos procesos de esclavización aparecen en nuestros días y no tan solo en sectores marginales de la opulenta sociedad de hoy. La dignidad de la persona humana se encuentra amenazada y ahí reside el peligro principal. Todo parece depender, en las relaciones laborables, del dinero. Se llega de este modo a confundir trabajo con salario, despreciándose de nuevo, como forma actualizada de servidumbre, algunos de los trabajos más importantes, como el del ama de casa, el del educador que no quiere reducirse a ser instructor en técnicas, el de la comunicación espiritual en caridad, todos ellos relacionados con la dignidad humana. Urge, en consecuencia, librar una batalla que permita separar ambos extremos, trabajo y salario, devolviendo sentido cristiano a la vida. Es preciso recordar que, de acuerdo con la doctrina del Concilio Vaticano II, el trabajo, en cuanto cumplimiento de la misión que Dios ha entregado al hombre, es uno de los medios fundamentales en el camino hacia la santidad. Esa es la parte principal del salario debiendo, ayudar, por medio del trabajo, a los demás hombres.
 

2. Algunas consecuencias importantes deberíamos extraer de este primer apartado, la principal de todas que la criatura humana, en cuanto tal, posee una dimensión que la diferencia de todas las demás: ha sido dotado de facultades que la permiten operar constructivamente sobre la Naturaleza obligándose a proporcionar los recursos para su propia existencia. De ahí la diferencia de matiz: un animal se encuentra en condiciones de laborar haciendo un trabajo mecánico útil, pero sólo el hombres es capaz de operar transformando la Naturaleza.

Desde un punto de vista religioso y, en definitiva, moral, debemos llamar trabajo a cualquier operación que comporte utilidad sin hacer distinciones acerca de su calidad de creador o meramente utilitario. El deber de trabajar fue establecido por Dios antes de la caída del primer hombre por lo que deben atribuirse al pecado original las condiciones de fatiga que comporta pero no otra cosa. No puede juzgarse su valor con criterios crematísticos. Una mujer que cuida a un niño asegurando su crecimiento o a un enfermo procurando la conservación de su espíritu, hace, desde el punto de vista cristiano, una tarea infinitamente más importante que la del gran financiero, que especula y gana dinero. Esto no significa, sin embargo, que el segundo carezca de valor.

Retornando a la doctrina cristiana específica, constatamos que el trabajo es un medio de santificación, es decir, de poner todas las cosas dentro del orden querido por Dios. Se santifica el trabajo cuando se le hace, en sí mismo santo; se santifica el trabajador cuando lo realiza dentro del orden cristiano; santifica a los demás cuando lo emplea para hacer el bien, predicando con el ejemplo. Coopera necesariamente con los planes de Dios respecto a la Naturaleza. Indirectamente esta consideración del trabajo alcanza a los no cristianos y aún a los no creyentes, puesto que conduce a un incremento de la dignidad humana. Ambas cosas, santidad y dignidad deben ser contempladas como primera y principal remuneración del esfuerzo humano.
 

3. Marxismo y capitalismo partieron de un mismo error, que les ha sido reprochado constantemente por la Iglesia, al considerar el trabajo como simple mercancía, cuando forma parte esencial de la empresa. Ese término, que se emplea habitualmente, «mercado de trabajo», para indicar la forma de concertar las relaciones laborales, entraña peligros de desviación moral. El trabajo productivo se relaciona con la sociedad por medio de la empresa, que es la célula esencial de producción. Sucede que la doctrina cristiana concibe la empresa como lugar de relación y no de enfrentamiento; de cómo se logre organizarla depende la propia sociedad. La doctrina de la lucha de clases, que debe considerarse históricamente falsa -sólo en algunas circunstancias muy concretas se ha dado este fenómeno, que pertenece más al ámbito de la coyuntura que al de la estructura- causa además daños morales y sociales irreparables. También el capitalismo, cuando se torna «salvaje», esto es, meramente financiero o especulativo, merece las censuras de la Iglesia por una razón semejante: el trabajo es una dimensión de la persona y no una mera función del individuo.

Cuando la relación entre los tres elementos de la empresa, capital, tecnología y trabajo, funciona mal, se producen los conflictos. La doctrina de la Iglesia, desde siempre, ha venido advirtiendo que aunque los enfrentamientos parezcan revestidos de circunstancias y motivos materiales, tienen carácter moral. Por ejemplo la creación del proletariado en el siglo XIX tuvo su origen en una desvalorización moral que convirtió el trabajo en una especie de valor material, propio de un esclavo libre, una cosa que se puede comprar y vender al precio que fije aquel que posee el capital, considerado como único dueño de la empresa. Este fenómeno, en su origen, lo mismo que en sus consecuencias, tuvo un signo principal: la materialización de la existencia, inevitablemente acompañada de la degradación moral. Los modos y relaciones de producción no tienen en sí mismos un sentido moral; es el hombre, al utilizarlos, quien se lo proporciona.

Uno de los grandes desafíos para el nuevo milenio, advierte la Sollicitudo rei socialis, reside ahí: descubrir cuáles deben ser las relaciones correctas en el interior de la empresa. Dado el hecho de que el trabajo productivo, es decir, aquel que se necesita invertir en la elaboración de los bienes de consumo, es cada vez más escaso, pues la máquina -que sustituye a la antigua mano de obra esclava- suple al hombre, y la equiparación a efectos de empleo entre varón y mujer multiplica por dos la demanda de puestos de trabajo, la sociedad se encuentra ante un desafío. No puede retroceder: renunciar a la máquina o negar el derecho de la mujer serían un contrasentido. En cambio se pueden ampliar otras funciones tendentes a asegurar el bienestar social, las cuales deben generar muchos nuevos empleos. Un nuevo desafío para el siglo XXI.

Se ha comenzado, desde distintos sectores, una profunda investigación, aunque adolece, todavía, de un defecto principal: tener en cuenta los aspectos materiales pero prestando poca atención a los morales. Por ejemplo, se tiene poco en cuenta la relación que existe entre la posesión de un empleo estable -que genera conciencia de propiedad en el trabajador- y el sostenimiento de la familia, acaso porque desde muy diversos sectores de la opinión actual ha dejado de considerarse a la familia como la célula esencial que es. La doctrina de la Iglesia no rechaza el principio de que la empresa debe procurar beneficios ya que, sin ellos, difícilmente podría sostenerse. Pero también afirma que una empresa que no los lograra, pero fuera capaz de proporcionar empleo estable a sus trabajadores, permitiendo en consecuencia el desarrollo de núcleos familiares, y produjera bienes útiles a la sociedad, ya estaría cumpliendo su función más importante. En otro sentido, el capital producto del ahorro, que se aplica al sostenimiento de una familia mediante las rentas que produce, tiene derecho a ostentar una dignidad que la sociedad actual no le reconoce. Vivir de rentas comporta en nuestros días una descalificación.
 

4. Reconozcamos que la aplicación de la doctrina moral cristiana a estas cuestiones implica enormes dificultades. Pero no parece que el grado de desarrollo que hemos alcanzado invite al desánimo: deben existir medios para resolver el problema. La disyunción entre ricos y pobres, aguda hace un siglo en el seno de la sociedad occidental, ha podido disminuirse de un modo acusado. Hay en ella menos pobres, aunque los marginados de la misma exhiben condiciones terriblemente dolorosas. La desigualdad se ha transferido, desde el interior de las sociedades capitalistas a los Estados. Hay países ricos y países pobres; extraordinariamente pobres debíamos decir. Diferencias en la tecnología y defectos en la distribución de alimentos provocan que, precisamente en el momento en que se ha alcanzado una producción suficiente de alimentos, haya sectores amplios que registran muertes por inanición. Un tremendo desafío moral. ¿Será capaz de responder a él ese siglo que empieza?

Trabajo, empresa y sociedad han permanecido íntimamente unidos a lo largo de la Historia. Conveniente es que recordemos aquí que la santidad, en los monasterios, apareció unida a las preocupaciones por resolver un problema económico de subsistencia con cierta holgura; sin ella no se hubieran podido cumplir los fines. Cada monasterio era una empresa cuyo producto era la santidad, el mayor bien social que nadie puede conseguir. Funcionaba como una pequeña sociedad pero también procuraba obtener ganancias materiales, a fin de atender a las distintas obligaciones que se insertaban en el «espíritu de caridad». Todo estaba enderezado a ese fin principal que puede llamarse vida de perfección porque se trataba de alcanzar un cristianismo «completo». Inspirándose en este modelo la sociedad laica creó luego talleres integrados en corporaciones de oficio, cuyas metas estaban señaladas por el mantenimiento holgado de las familias de sus miembros y por el servicio a la sociedad que significa la «obra bien hecha». La Revolución francesa, en su demanda de libertad, persiguió cruelmente a dichas corporaciones constituidas en gremios. Se trataba, como en el caso de la prensa, de libertad para los poderosos que ejercían el control de las nuevas empresas.

Consecuencia de esta nueva línea de materialismo fue el efecto que se originó: el grito de Luis Felipe, «franceses, enriqueceos» alcanzaba a unos pocos y no a la mayoría. Las advertencias del Papa son, a este respecto, muy serias. Se ha progresado en muchos aspectos, pero en otros se ha retrocedido porque el desarrollo del materialismo, junto a una mayor disposición de bienes, comporta un fuerte desarreglo moral. Trabajo y salud espiritual y física, se encuentran íntimamente unidos. Pues la falta de trabajo constituye en el hombre una carencia, un vacío que equivale a una disfunción, en el espíritu y en el cuerpo. La experiencia demuestra que esta carencia puede llegar a producir enfermedades, físicas y psíquicas, a veces muy serias. Dar ocupación es, por tanto, un acto de solidaridad y una defensa para la propia sociedad.
 

5. Conviene que, desde esta perspectiva, hagamos una especie de recapitulación que nos permita situarnos en la posición conveniente para los seres humanos en estos inicios del Tercer Milenio, que se abre, para los cristianos, desde esa perspectiva jubilar que reclama un compromiso de conversión. Recuérdese que la palabra conversión no significa otra cosa que retorno al camino recto. También debe considerarse como indudable otro hecho, referido a la profunda renovación que ha experimentado la Iglesia. Era inevitable que, en un proceso de tanta importancia, se produjesen ligerezas, desviaciones y errores; pero podemos prescindir de ellas para fijarnos en lo que hay de profunda transformación positiva. Los católicos se encuentran, gracias al Concilio Vaticano II y a la exposición doctrinal que le ha acompañado y seguido, en mejores condiciones para enfrentarse con esa nueva etapa de la Historia, que está verdaderamente necesitada de una reconversión moral. Afecta a todos los hombres.

La llamada universal a la santidad, a colocarse del lado de Dios, para decirlo de manera gráfica aunque poco respetuosa, es una invitación a la Humanidad en cuanto tal, aunque debe suponerse que las respuestas no serán cuantitativamente abundantes. Cada ser humano, en cuanto que es persona moral concreta, vuelve a convertirse en centro de la existencia: el cristiano se siente urgido no sólo a reconducir su existencia, sin olvidar que el orden moral responde al orden de la Naturaleza, pero también a comunicar su mensaje a los demás. Es la actitud de servicio que el Concilio recomienda y que la Iglesia ha asumido. La proliferación de movimientos apostólicos laicales, con atenciones sociales diversas pero respondiendo a la unidad que reside en su Cabeza, y la recapitulación de la doctrina que los últimos Papas han realizado y están realizando, son aspectos esenciales para esa profunda recapitulación.

Al mismo tiempo las últimas generaciones, correspondientes al siglo XX, han vivido lo que puede bien calificarse de un sueño o una alucinación. El acelerado y gigantesco progreso técnico, que parece hallarse con posibilidades de frenado, generador de prosperidad, ha conducido a la pérdida de valores morales, rechazo absoluto de la doctrina cristiana acerca de la ley natural, y a desigualdades más profundas que en ningún otro tiempo. Se repiten, en la sociedad occidental, algunos de los rasgos que caracterizaran la desintegración del Imperio romano. No se trata únicamente de ese abismo que separa países ricos y pobres sino de la extensión entre estos de sentimientos, odio y desesperación, y de aproximación de aquellos a una civilización de muerte pues ni siquiera reponen los huecos que se van produciendo en su población. La ayuda generosa y moralmente loable, de las organizaciones que a sí mismas se llaman no gubernamentales, aplacan el dolor de las heridas pero no las curan, antes, acaso, las tornan más persistentes. Europa se encuentra virtualmente amenazada por una invasión de pobres procedentes del mundo africano que llevan consigo el terrible virus de la desesperación. Despierta el Islam, que no comparte las actitudes dialogantes o de transigencia de esa otra sociedad occidental, a la que califica de débil, decadente, destinada a sucumbir.

De hecho no le falta razón. ¿En qué cree el mundo occidental? Más allá del consumo y del placer es difícil encontrar otros rasgos. El servicio militar extendido a toda la población, que fue una de las conquistas de la Revolución francesa situando a todos los ciudadanos ante esa función de defensa antes reservada a las aristocracias, es considerado como una especie de castigo del que conviene librarse. Se propone, como remedio, el recurso a los ejércitos profesionales, un expediente empleado por Roma, por el Califato abbasida y por China en determinados momentos de su Historia, con resultados que no es necesario recordar. También, como entonces, las competiciones deportivas -cuadrigas o fútbol- se han convertido en vehículos de apasionada competencia, que se mezcla con sentimientos de otro tipo, pero que son alimentados por los poderosos medios de comunicación que comunican a millones de seres humanos el sentimiento. Todo ello, pobreza, alienación, sentimientos exaltados, se traduce en violencia, de cada uno contra sí mismo. Las grandes voces como amor, justicia y verdad se han quedado vacías, reducidas a palabras, palabras, palabras como en el famoso diálogo de Hamlet.

Volvamos a recoger el mensaje del Papa Juan Pablo II: fe, esperanza y caridad, las tres virtudes cardinales que hacen explicable y significativo al ser humano, han sido sustituidas en nuestros días por la droga, la violencia y la promiscuidad sexual. Los grandes medios de comunicación, especialmente los visuales, que no se detienen en el consciente, realizan una especie de apología del sexo como si obedecieran a un programa previamente establecido, mientras que acostumbran al espectador a dosis inexplicables de violencia, franqueando los limites de la realidad. El mundo futuro imaginado no puede ser más espeluznante.

Las soluciones propuestas en la primera mitad del siglo XX, el capitalismo desarrollista, el nacionalismo con su dosis inevitable de racismo, han fracasado precisamente en aquello mismo que habían propuesto como objetivo fundamental. Seguramente porque cada uno de ellos puso la atención solamente en un aspecto de su programa, los beneficios, la independencia, el predominio de la clase obrera, dejando de contempla al «hombre total» como es en realidad. Las dictaduras del proletariado, allí donde se han establecido, tras crear una oligarquía de dirigentes, proclives al uniforme, han reducido a los proletarios a extrema indigencia, de cuerpo y de alma. Los nacionalismos despliegan opresión y crueldad hacia los que disienten. Y el capitalismo ha llegado a suplantar el valor humano del trabajo por el dinero. Y sin embargo, no debe olvidarse que tales proposiciones contenían algo de verdad que no puede dejar de tenerse en cuenta. Es cierto que si no se crea riqueza no es posible alcanzar un mínimo de justicia social. Es pernicioso confundir unidad con uniformidad tratando de suprimir los valores diversos: el bautismo no alcanza únicamente a los individuos sino también a las naciones. Sin la justicia social y el cese de la explotación de los inferiores, no es posible construir la paz. Como ya denunciara León XIII la sociedad occidental creó situaciones «que claman al Cielo». Es importante no olvidar todo esto.
 

6. La Iglesia, cuyo certificado de defunción ya extendiera un periódico oficial de París en los inicios del siglo XIX, aparece, en medio de signos de contradicción que la sacuden, más viva, aunque sus efectivos en algunas naciones hayan experimentado drástica reducción. Ha perdido el poder de que en ciertas de estas naciones disfrutaba, pero ha ganado en extensión haciéndose verdaderamente universal. La desaparición del Patrimonio de San Pedro, reduciéndose a limites mínimos el Estado Vaticano, se ha convertido, contra lo que algunos esperaban, en una liberación: el Pontificado es ahora cabeza de un movimiento religioso presente en todas partes y habla desde los valores espirituales sin tener que mezclarse en los temporales. El Islam, que supera en número de fieles y en rigor interno a la Iglesia católica, no puede presentar un interlocutor de esa clase. Al enfrentarse con la Iglesia, la URSS ha sido, a la larga, la gran derrotada. De ahí que se haya puesto muy particular atención a la figura y doctrina del Papa incluso entre sus enemigos más acérrimos.

Son características de los dos últimos siglos aproximadamente de vida en la cabeza de la Iglesia, una santidad persistente y profunda, en las personas que ocupan la sede de Pedro -aunque, desde luego, con diferencias grandes en cuanto al modo de gobierno- y una formulación coherente y clara en la doctrina que se refiere a los problemas que aquejan al hombre. Podríamos establecer una corriente de unidad desde Gregorio XVI a Juan Pablo II. Esta observación no puede ser extendida a otros sectores de la Iglesia pues junto a teólogos que han alcanzado niveles que se sitúan entre los más altos, se ha producido errores y desviaciones muy serias y que pretenden asumir el calificativo de «avanzados» o «progresistas». La doctrina de la Iglesia, que es explicación de la fe, no ha variado; pero las explicaciones mediante las cuales se aplica al análisis de los problemas contemporáneos, se han enriquecido.

Repasemos de nuevo, sin que nos preocupe ser reiterativos, algunas de ellas, que afectan directamente a la existencia:

· No es posible identificar libertad con independencia, como a menudo se hace. La libertad es condición de la naturaleza humana y responde a un designio de Dios cuando decidió crear al hombre a su imagen y semejanza. En su ejercicio, se encuentra siempre en relación con el orden de valores morales de los que depende incluso la conservación del universo. El ejercicio de la libertad comporta, en consecuencia, y siempre, dos aditamentos: renuncia a aquello que no se ha elegido, y responsabilidad respecto a los resultados de la elección. De que el hombre sea capaz de hacer lo que debe y no lo que se le antoja, dependen muchas cosas.

· Los valores religiosos que, como su nombre indica, suponen una religación del hombre con la Trascendencia absoluta, que es Dios, deben considerarse siempre como valores positivos, aunque sólo el cristianismo puede presentarse como la forma completa que la convierte en única verdadera. La Iglesia afirma que es depositaria de la Verdad, pero admite que los hombres pueden llegar por sí mismos al descubrimiento parcial de los mencionados valores y que esta parcela de la Verdad tiene que ser apreciada, no simplemente tolerada. En cambio, la ausencia de valores religiosos debe considerarse como una carencia, un vacío. Agnosticismo y ateismo entran en el ámbito de las negaciones que se inscriben en ese vacío. Conviene advertir que, cuando se produce, el hombre mismo tiene tendencia a cubrir el hueco con supersticiones, creencias en fuerzas oscuras normalmente malignas, y con mitos, esto es, idolización de la Naturaleza. Dinero (Mercurio), sexo (Venus), poder (Zeus) son formas coetáneas del mito.

· La verdad, que es coincidencia entre el pensamiento y el objeto, no puede ser confundida con la simple opinión. Eso de «tú» verdad y «mí» verdad constituye simplemente una falsificación: la verdad es única; puedo adherirme a ella o rechazarla en uso de la libertad. Las opiniones son respetables siempre que se encuentren dotadas de la suficiente humildad para no pretender ser otra cosa que vehículos y ayudas para el descubrimiento y cultivo de la verdad. Absoluta es, solamente, la verdad revelada porque Dios no puede engañarse ni engañarnos. A la verdad solamente se opone la mentira que, en definitiva, es agresión contra el hombre. La sociedad política moderna causa un gran daño cuando, defendiendo la libertad de expresión otorga a la verdad y a la mentira los mismos derechos. Esa libertad de expresión, que pretende ser un bien, necesita ejercerse dentro de dos límites: respeto a la verdad y obediencia al orden moral.

Conclusión de esta doctrina es el recuerdo, que constantemente suscita la Iglesia, de que el orden ético, conjunto de valores establecidos por Dios, no es algo artificioso que se imponga al hombre desde fuera ni que él mismo pueda establecer a su arbitrio, sino que responde al plan de Dios acerca de la Creación y se halla inserto en la naturaleza humana. Bien y mal, justo e injusto, no son algo artificioso que se imponga al hombre desde un arbitrio cualquiera: sin ese amor a Dios, al prójimo y a sí mismo que reclama el orden moral, ese mismo hombre se torna incomprensible. Ha sido la Iglesia católica la primera en establecer que existe un derecho de gentes de carácter universal, consecuencia de ser el hombre una criatura. De él proceden las modernas Declaraciones.
 

7. La sociedad europea moderna, cuando asumió la decisión de prescindir de cualquier referencia a Dios, comprendiendo el vacío a que se arrojaba, en que el hombre quedaba condenado a ser un lobo para sus semejantes, como en el antiguo adagio, decidió construir un nuevo orden ético, presentando su Declaración de Derechos del hombre y del ciudadano como si carecieran de cualquier referencia anterior. La inmensa mayoría de la gente lo cree así. Pero tal doctrina parte de un error de interpretación, en parte malevolente, ya que se trataba de suprimir, de forma deliberada, cuanto había existido antes. De ahí nació la idea, emparentada con la tesis rousseauniana que ningún antropólogo cultural de nuestros días se atrevería a suscribir, acerca del contrato social: son los hombres, en ejercicio de su voluntad los que establecen la reglas del juego; pueden, en consecuencia, variarlas. Conductas tenidas por aberrantes en el siglo XIX parecen ahora lícitas e incluso recomendables.

La posición adoptada por la Iglesia católica, tras algunas vacilaciones iniciales, suscitadas por las consideraciones arriba apuntadas, ha sido la de declarar loable el esfuerzo realizado en el siglo XX, para llegar a una elaboración de Derechos del Hombre, aunque prefiere siempre matizarlos mediante el uso de dos términos: naturales y humanos. Significan un esfuerzo loable, aunque es imprescindible introducir un matiz esencial: no son el producto de un acuerdo sino reconocimiento del contenido de la naturaleza humana; en consecuencia, no pueden considerarse variables. Tal ha sido la postura defendida, con éxito, en las Conferencias de El Cairo y Pekín, la cual ha despertado irritación en ciertos movimientos que consideran el permisivismo moral como una gran conquista. Conviene insistir que la reclamación de la Iglesia se dirige a lograr el reconocimiento de algunos de estos derechos con más amplitud de la que ahora poseen. Libra en este campo una dura batalla: la dignidad de la naturaleza humana procede del acto de creación y no puede ser conculcada por un consenso entre los hombres.

Tiempo de esperanza que no es simple espera, el que se indica como definición del tránsito entre los dos Milenios; la Iglesia se ha preparado para él meditando profundamente sobre la naturaleza, una y trina al mismo tiempo, de Dios. Destaca el reflejo que las operaciones ad intra de las tres personas en una misma naturaleza, han dejado en el hombre en virtud de esa imagen y semejanza. El siglo XX, que ha conocido las mayores persecuciones religiosas de la Historia humana, parece haber comprendido la insensatez de su proyecto y comienza a valorar los comportamientos religiosos con su carga ética. A ello contribuye esa especie de revisión del papel de la ciencia y la técnica en la conducta humana, ya que se ha empezado a sentir temor acerca de las consecuencias de un exceso en su iniciativa. En relación con lo que fueran sus antecesores del siglo XIX y buena parte del XX, los sabios han comenzado a recuperar su humildad.

Nos acercamos probablemente a un nuevo Humanismo, esto es, un proyecto que busca integrar todos los descubrimientos en el servicio a la persona humana y a su dignidad. Juan Pablo II ha dirigido un mensaje a todos los seres humanos para recordarles que la Iglesia propone como modelo cabal a Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre al mismo tiempo. Pero al hablar de hombre se hace necesario poner especial énfasis en esas dos ideas doctrinales de que «hombre y mujer» los creó y en que una mujer, María, vehículo para la Encarnación, es la más excelsa de las criaturas. La valoración de las mujeres constituye la característica de nuestro tiempo. Sin embargo es preciso permanecer alerta ante posibles errores, como ese que consiste en negar que entre hombre y mujer no hay diferencias sustanciales o que, en todo caso, consisten en un solo punto: únicamente la mujer tiene la facultad de alumbrar nuevos seres humanos. No, la persona humana se presenta bajo dos formas distintas que son sustancialmente complementarias: sólo en esa especie de «esponsales», que el Papa no reduce a la forma consagrada del matrimonio, en que se reúnen varón y hembra, se encuentra completa la persona humana.

Durante siglos se admitió que las condiciones sustanciales del varón eran superiores a las de la mujer. De esta afirmación, evidentemente falsa -la diferencia no implica superioridad- ha surgido una tendencia que parece afirmar que la emancipación de la mujer, a la que injustamente se negaron determinadas opciones jurídicas, profesionales y políticas, dependía de que ésta se adueñase de las posiciones del hombre que eran intrínsecamente superiores. Un fenómeno de completa desfeiminización de la mujeres se ha registrado y se registra aún. Pero la sociedad no puede privarse de los valores femeninos, porque faltando estos, la sociedad experimentaría gran daño.

Hombre y mujer colaboran esencial e indeclinablemente en la transmisión de la vida, un acto que en el caso de las criaturas humanas viene sustancialmente envuelto en el amor. No se transmite sólo ese organigrama que parece indicado en el código genético, sino algo más, normas y costumbres, hábitos y creencias, hasta el gusto por ciertas cosas y, desde luego, el parentesco y la nación, visible entre otras cosas en el idioma. Todo eso que reunimos y sintetizamos en tres palabras: amor, educación y crecimiento. Ahora bien el escenario en donde se produce, conserva y difunde el amor es la familia. Podemos evidentemente destruirla, pero es importante que no se pierda de vista que, con ella, destruimos también la capacidad de inyectar el amor en las venas de la sociedad. La doctrina cristiana advierte que nuevas relaciones, guiadas por las virtudes de la cooperación y de la solidaridad, son necesarias para la revitalización de la familia.









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