El Brocal - Nº 10
Fecha Domingo, 27 octubre a las 22:16:15
Tema El Brocal


REVISTA DE ESTUDIOS Y DE DOCUMENTACIÓN
Nº 10 – 25 de octubre de 2002

¿UNIVERSITAS?
Por
Edmundo Gelonch Villarino. Córdoba, Argentina

Conclusión de los múltiples Congresos reunidos en Roma a principios de septiembre de 2000, con ocasión del Gran Jubileo de los Universitarios, fue el cuestionamiento profundo de esta institución educativa. A dos años, ¿qué me ha quedado?

Lo primero que se le puede ocurrir a un observador despierto, es preguntarse: «¿Cómo ha sobrevivido hasta el 2000 un invento medieval?». Porque, pese a los deseos de Perón, quien gustaba hablar de «las universidades de la antigua Grecia», la Universidad es un invento medieval. Peor: de la Cristiandad medieval. ¿Qué posibilidades de supervivencia tiene un invento de la Cristiandad Medieval en el Tercer Milenio?

Destáquese que al hablar de la «universidad» no estamos hablando de la «enseñanza superior» de la profesión, o de las ciencias o de la tecnología. A pesar de la decadencia que sufre el interés por estudiar (sobre todo cuando no se ve para qué sirve saber, ni qué diferencia hay entre tener un título de postgrado y ser analfabeto, ni tampoco se ve mucho en qué se diferencian un postgraduado y un analfabeto, excepto en que el último tiene mucho mayores probabilidades de éxito político, laboral y financiero que el primero), hay gente que aún intenta averiguar cómo y porqué funcionan las máquinas que opera. Pero ese conocimiento no corresponde a la idea de la Universitas. Porque un conjunto de escuelas técnicas o expendedoras de habilitaciones profesionales, no es una Universidad; por lo menos no es lo que desde la Edad Media merece el nombre de Universidad, aunque en la Argentina constitucional haya quedado investida así por el Estado Liberal.

Ser universitario es haberse formado el alma universal; ser hombre, no de ahora, sino de todos los tiempos: ser hombre clásico, es decir, que no pasa de moda; universal por sobre folclorismos y tipicidades étnicas; humanista, por hermano de todo lo que tienen de humano todos los humanos, y no sólo los palestinos o los judíos, ni los serbios ni los croatas. Solamente el hombre universal tiene derecho a estar por sobre las diferencias nacionales, hermano de otros hombres universales, como en la hermandad de los Santos y la de los Caballeros que combaten bajo distintas banderas, pero dentro de un mismo ideal humano.

No es necesariamente cierto que en todas partes se verifique la estafa de la pseudo-universidad argentina, fabricando universitarios falsificados. Pude vivir el desprecio que merecen los grados argentinos cuando, en ciertos centros europeos de postgrado, se obliga a nuestros graduados a rendir un examen de ingreso que no se exige a ningún otro. Por grandes que fueran mi dolor y mi vergüenza, no dejo de reconocer que aún hoy es sorprendente encontrar un «doctor» ignorante del latín y el griego, debido a que la cultura clásica no es necesaria en nuestras «universidades»". (Recordemos la risa universal cuando, allá por el centenario de Descartes, el Premio Nobel Bernardo Houssay presentó un trabajo donde se evidenciaba su ignorancia del latín). Se entiende la desconfianza que recibe al graduado argentino, si a lo anterior añadimos la jactancia porteña de muchos exiliados y «desaparecidos» prófugos de la Justicia argentina, que exhibían títulos y diplomas falsos, comprados con sobornos o con «militancias populares por los derechos humanos», pero sin otro estudio que las prácticas terroristas.

Los liberales agentinos que destruyeron la universidad, lo hicieron porque creyeron que independizarnos era liberarse de la civilización, del rostro humano de la sociabilidad, para volver a recaer en las añoradas costumbres salvajes a imitación de las «culturas» tribales de los indios. Y conste que, si en México y en Perú existieron pueblos indios con importante grado de organización política, poseedores de hábitos, algunos tan característicos como inhumanos, en el Río de la Plata los desiertos eran apenas recorridos por nómadas dependientes de la rapiña como único medio de supervivencia.

Los gobiernos «constitucionales» impusieron, primeramente la Ley Avellaneda y después la Reforma Universitaria del 18 (inspirada en las ideas soviéticas del 17). Allí se desarticuló la antigua universidad clausurando las escuelas de humanidades, suprimiendo la Teología, «desaristotelizando» la enseñanza, y entronizando la demagogia muchachista donde primaba la autoridad académica. Y se organizó, bajo la apariencia de un haz de «facultades» expendedoras de habilitaciones profesionales, un campo de entrenamiento en la dialéctica partidocrática y el adiestramiento terrorista, cuyo fruto resultó un modelo de egresado ideológicamente correcto en total sometimiento al pensamiento único, ignorante de que en la historia haya existido cualquier otra posibilidad intelectual: «el burgués zurdo». ¿Quién puede creer que ése sea el Hombre universal liberado por la Verdad?

Resumiendo el mensaje de Juan Pablo II en respuesta a las conclusiones que le presentaron los Congresos, podemos extractar algunas tesis, expresadas en nuestro lenguaje:

1) La única posibilidad de supervivencia de la Universidad para el Tercer Milenio, es centrarse en «un nuevo humanismo».

2) «Un nuevo humanismo» es el que ve al hombre en su modelo perfecto: el «Ecce Homo», la humanidad santísima de Cristo, arquetipo de la humanidad universal tal como fue pensada en la Sabiduría divina. Cristo perfectus homo irradia universalidad para investir a cada universitario, de modo que sea, no un limitado especialista, sino un hombre universal, que eso quiere decir universitario. La configuración del carácter humano universal según la naturaleza humana personificada en Jesucristo, es la tarea de formación de virtudes auténticamente universales que justifican la existencia de la Universidad.

3) Aunque las ciencias particulares, fragmentarias del conocimiento y limitativas de la realidad, tienen cabida en la Universidad, sólo la tienen si recuperan la dependencia raigal de la Teología y de la Metafísica.

4) Importa al Papa rescatar la dimensión social del hombre, patriótica y política, porque por ella se puede llamar al universitario hombre civilizado, ya que la civilización le viene de la civitas. Pero el universitario será civilizado en tanto trascienda las fronteras de la democracia como pura voluntad mayoritaria, hacia la encarnación de valores objetivos imitados de la personalidad de Jesucristo, Hombre universal.

5) También de este nuevo humanismo se desprenden las normas orientadoras de la investigación y la experimentación científica y tecnológica, para dirigirlas al bien del hombre y no a su destrucción.

Bien mirada, no ha cambiado mucho aquella institución de Pedro Abelardo o San Anselmo. Mientras, ¿qué puede quedar, en pocos siglos más, de estos últimos «modelos» científicos y de tanta novedad tecnológica nacida para una decrepitud acelerada? Ganga y escorias, útiles, pero sin valor universal y perenne, saberes descartables que pronto serán despreciados y sustituídos por otras ficciones conceptuales o paradigmas suplentes de la Verdad perdida.

No estamos rechazando la importancia del conocimiento instrumental descartable, de las ciencias experimentales y de su hija la tecnología: ni la medicina, ni la economía, ni las ingenierías, pueden ser subestimadas en su valor para esta vida temporal, ni para ampliar el poder material sobre lo que tenemos en común con los animales. Lo que afirmamos es que ese valor no tiene el rango humanizador, universal y siempre joven que define a lo universitario. Con sólo esos saberes limitados en su abstracción, en su parcialidad, y por su misma índole ajena a la Verdad, no se forma propiamente a un hombre completo, siempre actual y universal.

Dicho en criollo, no hay ciencia ni técnica que puedan estructurar una Universitas donde se alcancen los grados sin la Teología, sin la Filosofía y sin las lenguas clásicas y los clásicos de la propia lengua. No estarán formados para ser libres quienes no estén conformados sobre la universalidad de las verdades que no cambian.

Algo de aquella imagen se puede entrever en el rostro de ciertas universidades anglosajonas, cuidadosas de sus tradiciones clásicas. Han perdido el arraigo teológico a partir de la Reforma, pero han conservado muchas de sus consecuencias por vía de un tradicionalismo costumbrista. Así como no puede haber civilización si no es tradicional, una Europa secularizada -o repaganizada en la esclavitud adoradora de todos los demonios de todos los tiempos-, por un efecto del puro conservadurismo ha mantenido máscaras y vestigios de una tradición vaciada de profundidad humanista, pero que permite a los europeos seguir pareciendo civilizados aunque ya muy pocos sepan por qué.

Es cierto que la tradición de las lenguas y la cultura clásicas son como la armazón constitutiva de la Universitas, lo plena e indiscutiblemente universitario. Sin embargo que muchas universidades anglosajonas se han mantenido fieles a las costumbres del humanismo clásico, han perdido el alma religiosa y cultual de la cultura, se han secularizado hasta el extremo de otorgar grados de «Ph D» o «DD» a limitados especialistas que no realizan el significado del título, porque la misma «universidad» se ha vaciado de contenido universal. Sin duda, podrán exhibir grados de mayor valor académico que los destruidos argentinos, pero tampoco realizan la verdadera idea de la Universitas.

Sin Cristo, la Universidad está tan perdida como el hombre.
 

EJECUCIÓN / SERRAÑO SUÑER SE DISCULPA EL FALANGISTA QUE FUSILÓ FRANCO
Por
Alfredo Amestoy

Tomado de «El Mundo», 1 septiembre 2002

Durante 60 años se negó a darle la mano. Hoy, incluso se la ha besado. Él es un anciano que el día 12 de septiembre cumplirá 101 años. Ella pronto será octogenaria. Y no es que la aún guapa mujer Celia Martínez, gallegaleonesa de Cacabelos, haya olvidado que en aquel terrible agosto de 1942 nadie, ni siquiera el todopoderoso Ramón Serrano Suñer, pudo salvar la vida de su joven marido Juan José; lo que ocurre es que el tiempo le ha enseñado muchas cosas.

¿Cómo podía entender ella entonces, con 19 años, que la mujer de Serrano Suñer, la hermosa y dulce Zita, no hablara con su hermana Carmen, la esposa de Franco, para que el Caudillo conmutara la pena de muerte que un tribunal militar había puesto a su marido? ¿Es que Serrano Suñer no era capaz de hacer algo por Juan José? No este Serrano Suñer, venerable y beatífico centenario, sino el hombre de 41 años que hablaba con Hitler y con Mussolini, ministro de Asuntos Exteriores que tenía una División (la Azul) combatiendo en Rusia y medio millón de falangistas controlando Gobierno, municipios y sindicatos en España.

Celia no lo podía entender. Ahora, Ramón se lo ha explicado en su casa de Marbella en presencia de los hijos: el embajador Fernando Serrano Suñer, de 70 años, y Mari Celi, la hija del falangista fusilado que a los cuatro meses era tan pequeña que pudo pasar entre dos rejas para que su padre la besara en la celda cuando ya estaba en capilla.

Todo había comenzado el 16 de agosto de 1942, con los sucesos de Begoña. El choque entre falangistas y tradicionalistas se saldó, tras el lanzamiento de una granada de mano por los primeros, con más de 70 heridos leves, carlistas en su mayoría. El general Varela, presente, se adjudicó sin razón ser él el objetivo del supuesto atentado (la granada se arrojó en el exterior de la basílica bilbaína cuando Varela aún no había pisado la calle).

El suceso, que serviría a Franco para domeñar a la Falange y destituir a los tres ministros más influyentes del Régimen (Galarza, de Gobernación; el anglófilo Varela, del Ejército y cada vez más carlista por su matrimonio con la tradicionalista y riquísima vasca Casilda Ampuero, y Ramón Serrano Suñer, de Exteriores), se saldó con el sacrificio de Domínguez. De los ocho falangistas implicados en la pelea con los carlistas, dos fueron condenados a muerte, Calleja y Domínguez, pero a Calleja se le conmutó la pena capital por ser caballero mutilado y haber perdido una pierna en la Guerra Civil.

Franco aprovechó lo ocurrido para reafirmar su poder personal, aprovechándose del pulso entre el Ejército (con el apoyo de monárquicos y la derecha más reaccionaria) y la Falange, el partido único. Relevó a su cuñado, el germanófilo Suñer, tres días después de que, por el referido fusilamiento, dimitieran los falangistas puros Narciso Perales y Dionisio Ridruejo. Cuenta Girón que se atribuyó a Carrero Blanco la sugerencia del cese de Ramón Serrano Suñer. Algo que Franco quería, pero no sabía cómo hacer desde muchos meses antes. Hoy, Serrano Suñer, a punto de cumplir 101 años, resume en la clave de lo que ocurrió:

-«Lo de Begoña fue un suceso lamentable, pero no hubo ni fuerza ni unión ni para salvar a Domínguez ni para mantener el poder. En aquel momento vivíamos con un dinamismo trepidante, pero Franco, en seguida, se dio cuenta de que esos falangistas que parecían tan intransigentes, los Arrese, los Fernández Cuesta, los Girón, venían a comer de la mano. Y ése fue el principio del fin. El gran amigo de todas las horas, Dionisio Ridruejo, dimitió de todos sus cargos y lo mismo hizo Narciso Perales, Palma de Plata y el tercer hombre en el mando de la Falange después de José Antonio y Hedilla. Fue por eso por lo que yo propuse que la Falange fuera "dignamente licenciada"».

Girón siempre se opuso a ello, y eso explica quizá que la viuda de Domínguez lo haya defendido siempre. Para Celia es intocable. «Si no llega a ser por Girón, no sé qué hubiera sido de mi hija y de mí. Narciso Perales se movió lo indecible, pero con su dimisión el día 29, por la pena de muerte a mi marido, ya no tuvo influencias. Incluso fue confinado; pero siempre conté con él. José Antonio Girón trató de convencer a Franco, pero ya estaba todo envenenado. Un grupo numeroso de generales, manejados por Varela, le amenazaban con ir a El Pardo, exigirle la disolución de la Falange y el establecimiento de una dictadura militar. Franco llegó a decirle a Girón no ya que mi marido era un espía británico, sino que era un agente al servicio de los americanos».

Gracias a Girón, madre e hija pudieron viajar en coche hasta Bilbao para despedir a Domínguez. «Llegamos el 31 de agosto; precisamente cuando se daba a conocer la sentencia que tenía ya el enterado de Franco». Se alojaron en el hotel Alemania. Una falangista, Emilia Santos, de la Sección Femenina, les llamó el día 2, a las ocho de la mañana, para decirles que habían oído una descarga procedente de la prisión de Lerrínaga. A la viuda no le dejaron ver el cadáver. Se la llevaron a Madrid.

Al día siguiente fue el entierro. Una docena de falangistas de Bilbao, más mujeres que hombres, presenciaron cómo se sepultaba el cuerpo en una fosa gratuita cavada en un descampado del cementerio de Derio. Al cabo del tiempo, sus restos fueron exhumados para trasladarlos a una sepultura más digna. Allí permaneció hasta 1988, cuando su viuda, Celia, adquirió una sepultura en el camposanto de Galapagar, en Madrid.

La Falange de Bilbao se ocupó durante muchos años de que no faltaran nunca cinco rosas en la tumba de Domínguez y que su hija Mari Celi no echara en falta vestidos, juguetes y, luego, libros.«Vivimos de una paga que me consiguió Girón, en un piso de la Obra Sindical del Hogar que él me facilitó y estiramos durante 10 años las 90.000 pesetas que nos dieron para salir adelante».

Aún recuerda la viuda cómo circuló el rumor de que habían recibido en desagravio nueve millones de pesetas. «Esa fue la última patraña urdida en torno a Juan José, un hombre fuera de serie que fue inmolado como un cordero». Había nacido en Sevilla. En los años 30, de acuerdo a la lírica dannunziana, el peligro era lo que luego se llamó activismo. Juan José nació para el activismo y para la actividad. De familia humilde, huérfano de padre (de padre y de madre cuando le fusilan a los 26 años), fue seducido por el mensaje joseantoniano con apenas 16 años y decide trasladarse a Madrid para escuchar el discurso del fundador de la Falange. Lo hace en bicicleta y con un duro en el bolsillo.

Su historial comienza antes de la Guerra Civil. En Aznalcóllar intentó quitar la bandera republicana izada en el Ayuntamiento. Abren fuego sobre él y Narciso Perales (quien salvó la vida de Arrese cuando le iba a fusilar Queipo de Llano y quien intentó salvar la vida de Domínguez inutilmente cuando le iba a fusilar Franco). Es José Antonio Primo de Rivera personalmente quien le defiende en los tribunales por aquello.

Durante la guerra bate una auténtica marca cruzando, en misiones arriesgadas, seis veces de la zona nacional a la zona roja, con los correspondientes retornos. Fue capturado en varias ocasiones. Poseía, concedidas por José Antonio, dos condecoraciones: Aspa Roja y Aspa de Plata.

El 1 de abril de 1940, en la madrileña Castellana y mientras se celebra el primer desfile de la Victoria, conoce a una muchacha que le enloquece. Ella tiene 18 años; él, 23. Domínguez sigue a la chica hasta su casa, en Sagasta, 19. Se llama Celia, pero él siempre la llamará Piruchiña. Domínguez enseguida deja a las claras su carácter valeroso. Lo hizo cuando, pocos días después, sube a hablar con su madre para decirle que quiere casarse con su hija, y cuando, 16 meses más tarde, le escribe desde la celda, 10 horas antes de la ejecución, para decirle: «Querida Piruchiña: Te ruego, a ser posible, que te unas en matrimonio con cualquiera de mis camaradas del actual cautiverio que te harán feliz y cuidarán de nuestra pequeña con el mismo celo y cariño que yo pudiera hacerlo».

Tras el 39, Domínguez se dedicó al Servicio de Información. Las condiciones económicas en que vivía hacen descartar su condición de agente doble. Hicieron creer a Franco que trabajó para el Intelligence Service americano. Según su viuda, en 1942 se dedicó al trazado del cable de Francia a la Línea de la Concepción.¿Para controlar el paso de submarinos ingleses por el Mediterráneo o para preparar un ataque alemán a Gibraltar?

Ignorar qué pasaba en el mundo a finales de julio de 1942, impide comprender los rocambolescos sucesos de Begoña. El 15 de julio, Alemania ya tenía preparada la Operación Ilona para invadir, primero, el País Vasco y, luego, toda España. El 7 de junio, el Führer había comentado que «los curas y los monárquicos se habían confabulado para hacerse con el poder en España». Si la Guerra Civil estallara otra vez no le extrañaría, decía, «ver a los falangistas obligados a hacer causa común con los rojos para librarse de esa basura monárquicoclerical».

¿Fue esta información, que ignoraban incluso los falangistas que actuaron en Begoña, la que obligó a Franco a sacrificar a Domínguez? Porque, en el fondo, él, como Calleja, Rivadulla, Hernández Bravo y los demás, habían reaccionado en Begoña cuando oyeron «¡Viva el rey!», «¡Abajo el socialismo de Estado!», e incluso «¡Muera Franco!». La situación demencial de aquellos días se concreta en la respuesta de Franco al obispo de Madrid, que le pide el indulto. «Tendría que condecorarle, pero le tengo que fusilar».

Hitler, desde Alemania, pondría en ridículo al Caudillo concediendo a Juan José Domínguez, el mismo día de su ejecución, el 1 de septiembre de 1942, la Cruz de la Orden del Águila Alemana.

Celia, la viuda, sabe que su marido fue fusilado por «razones de Estado». En 1964, el general Castejón, el militar que presidió el consejo de guerra y firmó la sentencia a muerte, le confesó: «Firmé en contra de mi voluntad». El hombre le había solicitado una entrevista para pedirle perdón y descargar su mala conciencia.

Sólo la víctima estuvo a la altura de las circunstancias. Juan José Domínguez llegó al extremo de negarse a aceptar una fuga que se había preparado. «Se consiguieron», explica Celia, «dos millones de pesetas para comprar a dos funcionarios de prisiones. Tenían un barco para la huida, que hundirían para simular un naufragio. Los guardianes estaban dispuestos, pero era tal el pavor que le entró a Jorge Hernández Bravo, por las represalias que podrían tomar contra él, que mi marido renunció a perjudicarle con la fuga».

En el testamento que redactó la noche antes de morir, llegó a justificar «la inconsciencia de Franco y la debilidad impropia de un general». Celia -también su hija- siempre ha estado orgullosa de su marido. «Murió cantando el Cara al sol y con la camisa azul, pero sólo la primera estrofa, porque la Guardia Civil tuvo buena puntería. Apenas pudo terminar de decir: "Ella había bordado aquella camisa en rojo ayer"».







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