Altar Mayor - Nº 83 (17)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 10:20:40
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

HISTORIA DE MI CHAMBERGO (1)
Por
Ignacio Fernández García

1. De cómo se concibió y se puso en marcha la idea de montar un campamento de Repoblación Forestal

En sitio visible está el sombrero caqui, impermeable, con tres borlas colgando de cordoncillo rojo y negro, y aunque con él me guardo del sol africano cuando a la mar o al campo salgo, parece no conformarse, como si echara de menos su origen campamental junto con sus trescientos compañeros, con menos borlas o iguales colgando de su lado izquierdo, o buscase los aires, los susurros, de Villavieja, Cotos o Pedriza. Esto hace que le mire muchísimas veces, tantas o más que a la vieja tortuga atlántica que un día, al querer huir en vertical, se quedó en mallas sardineras; o al zarapito real, que Dios sólo sabe cuántas tormentas sorteó en su vuelo vertiginoso hasta que mi escopeta tumbó en un zapar marismero de la desembocadura del Guadiana cuando con su pareja buscaba ansioso dónde marisquear tranquilo; o a la imagen callada de la Virgen del Puerto que traje conmigo de Santoña y hoy mira por la ventana amplia la ruta colombina mientras la sal de la mar me dice de aquella nave de Juan de la Cosa; o al guión reducido de Javier como mezcla de santidad y torneo; o esa fusta de planta espinosa, que tiene el recuerdo de caravanas en dunas, hechas por manos morunas allá en tierras del «Señor Azul»; o las tres cabezas en corcho de moros vigilantes que dicen mudos de tiempos pasados; o la figura de Manuel y Belén que en barro de Sacromonte palmean y bailan permanentemente por el genio y la gracia de un Heredia; o...

Sin apenas quererlo he estado al borde de describir mi habitación semejante a tienda de campaña; pero seria largo y pesado y el sombrero, culpable de mis pensamientos, sigue quieto, impasible, como esperando otra salida que le recuerde la primera que juntos hicimos. Difícilmente volveremos él y yo a repetir lo hecho, y no por viejos, sino por cierto de que lo hecho queda y lo nuevo es diferente.

Hace años, otra habitación, más amplia que ésta y toda en planta baja, distinta de la que ocupo ahora, pero con recuerdos vivos como ésta, me recogía a diario, y en algunas de las muchas horas que la ocupaba fuimos fraguando ideas un tanto extrañas que ocupasen el verano de forma distinta a la que hasta entonces habíamos tenido. Charlando y pensando dimos con la empresa que durante tres años haría que cada verano le colgasen una borla más a este chambergo, en un acto sencillo, limpio y profundo.

Los amigos que compartían la idea sencilla de hacer hoyos para en su tiempo plantar árboles que repoblasen la sierra, se entusiasmarían como sólo ellos, jóvenes fuertes, podían hacerlo, y poco a poco, como se anda para llegar, pasamos del entusiasmo a la planificación de la aventura.

Los más nos animaron, cierto es reconocerlo, como también que los menos, un tanto a nuestras espaldas, pensaban eran chifladuras pasajeras; pero ni esto ni el tiempo, aunque caluroso, influyó en nuestra idea, y día a día se fue perfilando el proyecto con nuevas aportaciones. Se trabajaba con visión clara y tenaz en la empresa, pero escuchando a todos para perfeccionarla.

Las horas traían nuevas fórmulas para acoplar la actividad a la realidad, y creo que lo primero fue contar con los tres Jefes natos capaces de comprender la tarea y entusiasmar a los jóvenes que, de 17 a 21 años, en número de trescientos, habrían de ser los primeros en España que viviesen veinte días en lugares altos, azotados por los vientos, abrasados por el sol, secos y pelados, pero con condiciones de ser repoblados. La tarea no era fácil, pues los muchachos preferían pasar el verano de forma no tan dura. Gran parte eran obreros, sin que faltasen universitarios, y unos y otros sólo disponían de ese tiempo de permiso o vacación en todo el año.

Los tres hombres fueron hallados, pues bien sabe Dios y España que la organización que tal empresa acometía siempre tuvo dónde elegir, y si resultó más difícil la selección se debió a ser mayor a los necesarios el número de quienes querían desarrollar tal actividad.

Tres eran los grupos de cien que deberían formarse. Y salvo algún impedimento de última hora, cada Jefe elegido encuadraría al centenar bajo el Guión más veterano del Distrito que agrupaba un número más elevado de jóvenes en la actividad.

Los tres grupos estarían enlazados entre sí por un mando superior denominado «Adelantado» y todos ellos dependiendo directamente del Jefe de Campamento.

No faltarían los servicios propios de toda acampada; únicamente sería reducido al mínimo el personal de cada uno de ellos, ya que si en toda actividad el exceso trae consigo el zanganeo, en un campamento de este tipo se daría más que en ni ningún otro.

Los primeros días se dedicaron a concretar ese reducido cuadro de mandos que haría menos incierto el éxito de la empresa. Al grupo se uniría un P. Carmelita Descalzo, joven con luz de misión en el alma, andarín silencioso y enjuto, pausado en el consejo y ligero en la andadura, hablador de las cosas de Dios y discreto y callado en las del mundo, sabroso en sus decires y terco en sus penitencias, que pronto se nos metería en el alma. Más tarde, tal vez muy a última hora, un médico nuevo, que «Reguera» («Coronel» entre nosotros) supo amoldarle a nuestras máximas. Desde el primer día tuvo el «Consignero» complejo de místico y aventurero, con fiebre en el cuerpo y en el alma. También desde el principio, el «Adelantado», hombre de recursos mil y novecientos noventa y nueve buenos y limpios. Y el Servicio de Intendencia y Administración, integrado por cuatro hombres del Distrito de Universidad, que para este cometido difícilmente podían ser sustituidos. Eran los que habían de demostrar que los futuros hombres de España casi podían reírse del descanso porque lo hacían mientras trabajaban allá en picos solitarios rozando el cielo.

Este grupo disciplinado y armónico, aglutinado por el Jefe del Campamento, al saber que la empresa no era bastarda, junto con los jóvenes se dispuso de la mejor forma a la realización del proyecto.

El Servicio de Campamentos montaría una acampada para veinte días una vez localizado el lugar designado por el Distrito Forestal de Madrid.

Se hicieron las visitas correspondientes y, justo es pregonarlo, fuimos atendidos inmejorablemente por el Jefe del Distrito Forestal, quien nos puso en contacto con el Ingeniero de Zona correspondiente, hombre todo corrección y preparación, tanto por su buena cuna como porque creía y asumía la variada y compleja misión que realizaba.

Una mañana, en un Fiat 1.100, coche guerrero latino, el Jefe del Servicio provincial de Campamentos me recogió en la Delegación y juntos, pisoteando las calles silenciosas de la Capital de España, dimos con la casa en que habitaba el Ingeniero mencionado, que aunque de años no inferior a dos veces los míos, nos recibió con la amabilidad, no sólo de quien es bien educado, sino de quien tiene por norma madrugar. Creo que charlamos a tales horas con la misma cordialidad que si en el Circulo de Bellas Artes nos encontrásemos, aunque bastante más estrechos.

Al encender el segundo pitillo dábamos ya espaldas al Arco Triunfal de la Victoria, que aún tenía los andamios. Ya en carretera la conversación se hizo más concreta; unos y otros nos preguntábamos sobre nuestras posibilidades. D. Luis hablaba de lo fácil que hoy era repoblar comparado con tiempos pasados, donde decir Ingeniero era sinónimo de hombre extraño y seguro opositor a ser apedreado por los campesinos.

La carretera, vieja conocida nuestra en este pisarla, nos parecía nueva, diferente por mirarla atendiendo las observaciones de D. Luis y bajo la influencia de la misión que compartíamos. Ya, para siempre las sierras, los montes, los llanos, me hablarían de bosques de árboles diversos.

En Buitrago paramos y vimos cómo respetaban a D. Luis sus habitantes. Cuando los hombres disfrutan de tal reconocimiento es porque dan a su obra sentido de servicio, que nada tiene que ver con el trabajo obligatorio, a veces tan nefasto para la sociedad.

Mientras el motor se refrescaba, tomamos, creo, unos huevos con jamón en el Bar de la Gasolinera, y de nuevo dentro del coche. Yo, que iba al lado de «Petardo», vallecano que conduce tan maravillosamente como combatió en Rusia, pasé al asiento posterior ya que D. Luis, conocedor del terreno, quiso ir al lado del conductor. A 500 metros a la izquierda enfilamos por un camino vecinal hacia Villavieja, pueblo serrano de 600 habitantes, con gran murmullo de acequias. En un recodo paramos para establecer contacto con Andrés, Capataz Forestal que habría de enseñarnos la parte práctica en la futura acampada. Como buen forestal estaba en la floresta, con lo que iniciamos la subida por caminos tan típicos como abruptos. ¡Qué bien se portaba el coche y qué bien conocía aquello D. Luis!

Perdida, a la izquierda, la casa forestal montada sobre un mogote pelado, era lo único que nuestros ojos diferenciaron del seco paisaje. El sendero tenía tapias de cantos superpuestos como queriendo impedir mayor anchura, su suelo seco estaba deformado por el transitar de carretas cansinas de goznes sedientos, y a uno y a otro lado las faldas altas de la sierra despoblada.

Pensamos que el camino era malo con avaricia, pero siempre los hay peores y pronto lo aprenderíamos.

El «Petardo» aparcó como pudo y salimos del coche para buscar el lugar idóneo para la acampada, aunque las apariencias eran poco alentadoras. El único sitio horizontal era el ocupado por la casa, pero allí precisamente había que repoblar; daba la sensación de que los buenos lugares de acampada, además de no ser del Distrito Forestal, estaban suficientemente repoblados.

D. Luis, con una especie de salacof, soportaba mejor el calor que nosotros, que desde el año anterior apenas habíamos vuelto al campo. Cualquiera hubiese desertado sin cometer falta grave, pues el terreno hacía que hasta los lagartos perdiesen su agilidad para asegurar su estabilidad.

«Alce Negro», Jefe Provincial del Servicio de Campamentos, me miró a los ojos cuando D. Luis, que ahora parecía que quería tomarnos el pelo, observaba insistentemente a otra parte. Entre guasas y veras le dijo: «esto es de maravilla...». Para morirse.

Gracias a Dios sacamos fuerzas de flaqueza, y ya volvía nuestro acompañante cargado con un cuerno metálico que, resoplándole, al oírlo Andrés, el Forestal, vendría, según nos dijo, aunque sólo él tenia certeza de que esto sucediese: Y como la cosa más natural, nos dijo: ¿«ven ustedes la horizontal? (camino a 600 m. o más de altura en la ladera), pues encima, sin llegar a la cumbre, está Andrés». Nosotros pensábamos sentarnos y hablar de algo mientras se daba el milagro. Pero D. Luis se colgó los gemelos y nos invitó a seguirle. Por entre jaras y piedras este hombre hacía camino. Sólo el ser más jóvenes que él nos permitía no quedar atrás y conversar sin una sola palabra gruesa, pues era educado hasta agarrándose a las ortigas. Andar por esos campos con sol hizo que nuestras grasas invernales se fundiesen en charcos malolientes, y cuando D. Luis miraba con sus gemelos y se paraba para hablar, respirábamos y se lo agradecíamos.

Por fin apareció Andrés muy serio con una mano en la visera de la gorra requemada por el sol.

-Sin novedad. La cuadrilla está junto al quemadillo de Segovia. Los pinos se van agarrando más que la otra temporada, y si Dios quiere que llueva, se agostarán menos este año.

Sólo después se fijó en nosotros, y en su mirada de respeto creímos ver un poco de compasión.

-Andrés, estos señores son del Frente de Juventudes y quieren montar un Campamento para ayudarnos a repoblar. Es necesario que te pongas a su disposición y les repartas las herramientas cuando lleguen.

-Si señor.

-Yo sé, Andrés, que lo hará usted bien, pero sobre todo tenga mucho cuidado con los fuegos.

-Si señor.

-Andrés, haga usted el favor de acompañarnos a la vertiente del Gato Montés para ver si hay en el torrente agua bastante, pues el verano es seco.

Y otra vez hacia la dichosa torrentera. Había agua pero en la profundidad del barranco y sólo en pozas. Consultándonos dijimos que era imposible, y tomando para Poniente, como dirían los pescadores, nos fuimos hacia el Chorro del Tejón.

Caminando veíamos la grandeza del lugar, sólo, mudo, con brisa fuerte por lo pelado; ya presentíamos la transformación que en su día se originaría en estos campos y oíamos el clamor del aire entre los futuros pinos, adivinando la sujeción de las piedras entre sus raíces.

En la hondonada, junto al camino más ancho, lamido por el torrente, estaba el nuevo sitio; era estrecho y de él nacían, con inclinación, las laderas que iban a perderse en lo alto. El sol pegaba fuerte; a la izquierda, arriba, quedaba la casa forestal.

Nos pareció lo mejor de lo que habíamos visto y nos agradó a todos. Parados, junto al agua, reconocimos el terreno y pronto «Alce Negro», capaz de hacer una acampada perfecta en lo alto de un poste telegráfico, empezó a distribuir el lugar:

-La casa, para Sanidad e Intendencia, pues el calor estropearía los víveres y enloquecería a los pocos que cayesen con anginas o colitis si tales servicios se montasen bajo lona. Cien metros a la izquierda y en lo alto parece que da para quince o dieciocho tiendas.

Nos acercamos comprobando que el lugar daba para un Campamento circular con plaza medio llana. Trescientos metros a la derecha, y junto al torrente, una especie de cañada nos permitió pensar en la posibilidad de montaje de otras dieciséis tiendas, una al costado de la otra. Y unos doscientos cincuenta metros en diagonal derecha, en un altozano, inclinado también, podría servir para otras tantas tiendas emplazadas un tanto asimétricamente, pero con amplitud. Y cien metros arriba, en el centro, dominando las tres acampadas, el sitio para la tienda de Jefatura Central. A la derecha el lugar para la tienda del Capellán. Este último emplazamiento nos gustó mucho por su situación de vigía; parecía un nido de alcotanes y pronto echaríamos de menos las alas para subir y bajar.

Descendimos al torrente, y pegado al segundo campamento vimos espacios para situar un gran sombrajo que habría de utilizarse en reuniones generales y para Capilla. Al frente de la Casa Forestal haríamos una pequeña explanada para el mástil. Y más alejados a la derecha, montaríamos la Cruz de Caídos. Después de todo esto ya nos pareció un lugar perfecto.

Creo que D. Luis se fue con Andrés a charlar con el viverista. Al rato, cuando «Alce Negro» le daba un frasco con agua para su examen bacteriológico, regresaron y con ello la hora de volver a Madrid.

«Petardo» volvió el Fiat corno él sabe, mientras una rueda buscaba el vacío y la otra se agarraba a un saliente. Por fin enfilamos el camino de Villavieja.

Se habló mucho de la vida ruda de Andrés y los hombres que quedaban solos con sus cien hoyos diarios si el terreno no tenía demasiadas losas, de su dormir en pajares y barracones si no eran de lugares cercanos, caso corriente.

Se comentó el gran peligro que representa el fuego que termina con pinos jóvenes y viejos. Nosotros pensábamos en los años que tendrían los pinares de Covaleda o de ambas Castillas, y si el que nosotros ayudaríamos a nacer mucho o poco. Oímos que la cabra es peor que la procesionaria, por comer el pino que brota y la yema de todo árbol. Nos enteramos de la guerra bacteriológica que combate plagas eficazmente, y llegamos a Buitrago. Comimos, había apetito y truchas de Lozoyuela para saciarle.

«Alce Negro» y yo volvíamos contentos, pues ya podíamos hablar de lugares concretos y teníamos gran fe en el Distrito Forestal que técnicamente nos habría los caminos de la nueva tarea. El Fiat parecía nuevo, se bebió los 80 kilómetros que nos separaban de Madrid. «Petardo» no dijo ni una sola palabra bronca ni siquiera cuando, remolón, nos pedía que influyésemos para que le diesen el servicio de suministrar la acampada, pues decía que aquello olía a jara brava y que se barruntaba los días de jarana.

No se había puesto el sol cuando nos despedimos de D. Luis en el portal de su casa.

«Petardo», «Alce Negro» y yo recalamos en el Bar Esparteros y, entre cerveza helada, el primero nos dijo:

-Para suministrar aquella acampada hace falta un tío con riñones, yo por ejemplo, y para vivir y hacer agujeros en todo lo alto unos pájaros como los del Frente de Juventudes, y así y todo, no sé si no volverán a sus casas sin plantar un solo pino, pues el sitio es como para encerrar a unos cuantos granujas que yo me conozco bien.

«Alce Negro» creo que pensaba algo parecido, aunque confiaba más en poder hacer realidad tal chifladura.

-¿Has pensado bien cómo vais a soportar el calor y la manera de alternar el trabajo de verdaderos ganapanes con el sol que hace y lo pelado que está aquello? ¿No pensarás comprarles sombrillas?

Creo que fue entonces cuando nació la idea del chambergo, pues no me parecía indicado el célebre «paja», ya que tienen menos duración y muy poca historia. Por ello me incliné por el sombrero caqui de ala ancha que sabe de Filipinas, África... Lo difícil era encontrar tales descendientes en las actuales sombrererías.

Poco más tarde nos despedimos, y los tres, de forma diferente, coincidimos en que la cosa iba a ser tan difícil como buena. Creo que dormí como siempre.

Al día siguiente, temprano, el Jefe del Distrito Universitario conocía con todos los pormenores, como a él le gustaba, nuestro informe; y preguntaba una y otra vez de lo divino y lo humano, insistiendo si a nuestro juicio podría salir airoso el Frente de Juventudes y si los muchachos se encontrarían en buenas condiciones para sobrellevar la empresa.

Por la tarde, antes de la reunión extraordinaria de los Mandos de la acampada, me entrevisté con Serafín, Jefe del centenar denominado «Los Caballeros», y le encomendé que buscase -lo que suponía encontrar, pues es infatigable y eficaz- los clásicos chambergos, y que hablase de precio, así como que viese la forma de, una vez encontrados, ponerles el cordoncillo rojo y negro. Serafín, con sus ojillos medio abiertos, en principio puso sus pegas para luego resaltar más su habilidad. Y creo que hasta había pensado lo mismo y se había adelantado, pues horas antes de la citación vino muy satisfecho y me dijo que mañana estarían en mi despacho 350 chambergos. Le pregunté dónde los había encontrado, y riéndose entre misterioso y diáfano, me dijo que en el Rastro, y hasta me trajo uno de muestra que era idéntico a los que yo había pensado y visto en tantas fotografías cubriendo cabezas como la del General Silvestre, Millán Astray, Franco...

Tomamos unas copas y él puso, como siempre, los pitillos Chesterfield, y quiso saber noticias, pues disfrutaba siendo el primero en conocer las cosas y hacerse pasar por medio adivino; pero esta vez se quedó con las ganas y su inventiva no llegó demasiado lejos.

A la reunión no faltó nadie. Se formó la clásica rueda de preguntas y lo primero fue averiguar cuántos acampados saldrían. El número no era muy grande, y para evitar fallos de última hora, se convocó una reunión en el Salón de Actos de la Delegación Nacional de Sindicatos, a la que deberían asistir cuantos en principio dijeron que les gustaría participar el la Repoblación Forestal. Después se acordó establecer una cuota de 150 pesetas por acampado, pues esto valoraría más el esfuerzo y apoyaría económicamente a la campaña Provincial de Campamentos. Se decidió incluir el vino en las comidas y durante el trabajo, y aunque alguien se escandalizó en principio, el tiempo nos demostraría que fue medida acertada y que sólo a los ociosos vence el alcohol, pues trabajando no hubo un solo acampado que sintiese su honor empañado por falta de mesura, entre otras cosas porque se sudaba más que se bebía. Se ultimó el encuadramiento en tres unidades con acampada independiente y mando único, a las que se puso nombres que en la práctica fueron sustituidos por los «Caballeros» para los que manaba Serafín, «Legionarios» para los de Carlos y «Españoles» para los de José Luis. Y como la fecha de salida estaba determinada de antemano, se pasó a estudiar lo más difícil, el horario.

El tiempo pasó rápido, y cuando las manecillas de los relojes buscaban la una de la madrugada, concluyó la reunión que había resultado beneficiosa y fructífera.

Los mandos, en el recorrido hacia sus casas, pensaban en picos, palas, soles saharianos, chambergos de los tercios, botas de vino, competiciones para hacer hoyos y deseos de demostrar a sus amistades que sabían lo serio y grande que era lo que se proponían.
 

2. De la marcha hacia la acampada

Se trabajó bien, las cosas se fueron aclarando según pasaba el tiempo, y el 17 de Julio, un día antes de la partida, como ya era norma ante los acontecimientos importantes, los participantes más directos nos dedicamos a enfrentarnos con nuestros pensamientos, sin aparecer por el hervidero que era Ibiza 11.

No puedo precisar si era sábado, y no creo que importe; pero el 18 de Julio se parecía, como un águila a otra, a aquél que entró en la historia. ¡Qué buena fecha para comenzar el Campamento!

Las sábanas se dejaron pronto, las botas duras sustituyeron a los suaves zapatos, y la camisa azul dio calor al pecho en la madrugada. Abrazos y despedidas alegres, con empaque en su sencillez, recordando a más de una madre otro 18 de Julio, no tan lejano, pero mucho más serio. Ya en la calle se buscaba la casa del camarada para, juntos, llegar en grupos a la Delegación Provincial en Ibiza 11, con ese paso que da el «Celta» bien cargado a las espaldas. Llegaban de todos los rumbos de la capital de España, contentos, dentro de su uniforme, y de la duda que suponía la nueva acampada que presentían diferente.

Antes, en la habitación despacho y tienda de mandos que era la Ayudantía de Ibiza 11, el cuadro de Jefes charlaba mientras el reloj parecía dormido. Los minutos se estiraban largos. Se quería tener ya formados en la calle los tres centenares. En pie -como mejor circulan las ideas- se hablaba de lo más inmediato mientras daban las seis de la madrugada para saber el número y empezar la liquidación de cuotas. Las puntas de los cigarros cubrían el suelo.

Por fin el paso del tiempo transformó la calle en vivac; los grupos eran numerosos y los morrales se juntaban diciendo, en su silencio, cuántas escuadras llegaban. El número creció y se formó algo semejante a lo que en tiempos pasados y gloriosos, casi siempre, se hacía cuando una nueva compañía reclutaba soldados. Tres Jefes de Centuria comenzaron, en tres despachos habilitados, la tarea más inmediata, y pronto simularon ser grandes banqueros.

-Fulano de tal, de la primera Falange, primera Escuadra, del centenar de los «Legionarios», 150 pesetas como ellas solas. Bien, firma el recibo y a formar en la calle.

Las listas iban registrando a su izquierda «P» de pagados.

-Mengano, de la segunda Falange, sexta Escuadra de los «Caballeros», 150 pesetas. El talonario de recibos disminuía.

-A tus órdenes, Carlos. Este es bueno de verdad, pero no puede entregar más que veinte duros.

-Pues los potentados de la Escuadra que paguen el resto.

Las mesas de encuadramiento quedaron pronto vacías y la calle llena de camaradas que formaban.

Creo que se esperaron los Jefes de los «Caballeros», «Legionarios» y «Españoles» para pedir permiso juntos y pasar al despacho del Ayudante y Jefe del Campamento, sin otra novedad que cuatro camaradas a los que les era imposible reunir más de 300 pesetas entre todos, ya que no llevaban tiempo en la Centuria y creían que al final podrían ir sin pagar, o tal vez que no pudieron reunir el total, según Serafín.

Pasaron los cuatro al despacho mientras los Jefes de Unidad, después de entregar el dinero al Administrador Provincial, se fueron a formar a sus muchachos.

-¿Cómo no podéis pagar la cuota entera? Tú primero, rubiales.

-Mira, mi padre no ha cobrado aún la extra. He tenido que comprar las botas y varias cosas del equipo; pero si no voy a plantar pinos no sé cómo voy a regresar al barrio.

-¿Y quién te manda presumir de nada? Bueno, ¿te comprometes a abonar la diferenciar? -Y mirando a los ojos afirmó de nuevo- Entonces encuádrate y da gracias a que no nos gusta que nadie haga el ridículo.

-¿Y tú, cómo te llamas?

-Ángel Tomelloso, y no puedo pagar ahora ni luego porque mi padre trabaja y, claro, los treinta duros que tenía ahorrados se me ocurrió enseñarlos en casa y me ha dicho que lo normal es pagar al que va a tirar de pico y no a la inversa. Si llego a insistir me hubieran prohibido venir, así que ese es el motivo.

-Bueno, que Carlos haga lo necesario para la concesión de una beca, y cuando vuelvas podrás explicar bien a tu padre, supongo, por qué trabajamos voluntariamente y además pagamos.

-¿Tú, Jaime, qué te pasa?

-Que mis padres se han ido a Alicante y se han enfadado conmigo como nunca porque no terminan de comprender nuestras cosas, y a todo trance querían que les acompañase. Al final les he convencido de que luego iría yo a la playa con ellos, pero se me pasó en la refriega lo de los treinta duros, y como hace seis días que se fueron y estoy en casa de mis tíos, no me ha parecido oportuno pedírselos. Así que ahora pago 55 pesetas pero prometo dar después el resto.

-No está mal. ¿Por qué no has querido ir con ellos?

-Bueno, pues ya sabes, como es el primer Campamento de Repoblación y en mi Centuria somos los más veteranos, he pensada que para una vez que voy a currelar en serio, no me podía «rajar».

-Anda y que te encuadre José Luis.

-Y por fin, dime, ¿qué es lo que te ha pasado que no traes ni cinco pesetas?

-Pues... que mis padres no pueden y yo como no trabajo...

-¿Y no piensas pagarte ni los sellos?

-Pues... no. Bueno, 78 pesetas que no son mías, son de Juan, que me las ha dado para que...

-¿Quien es Juan, en que Centuria está?

-En la de Carlos.

-«Reguera», di a Carlos que venga con Juan, amigo de Alfonso Groto.

Entra Carlos.

-¿Conoces a Groto? Dice es de la «Hipólito Moreno».

-Pues no, es la primera vez que lo veo. Tal vez lo conozca Juan. Con tu permiso.

-Sí, que pase.

-¡A tus órdenes!

-Oye, Juan, ¿Groto es muy amigo tuyo?

-Mucho no, Jefe.

-¿Tanto como para que le dejes 78 pesetas?

-¡Yo! ¡Eso es un camelo!

-¿Tú qué dices Groto?

-Pues que es mentira; pero yo quería ir y pagar me parecía un tanto...

-Basta. Portella, como «Adelantado», encárgate de que no nos vuelva a mentir. Escribe a sus padres y diles los motivos por los que no sale de acampada.

-Si me permites te pido que no escribas a casa. Mis padres se van a llevar un disgusto muy grande, ya que han hecho un esfuerzo muy gordo para darme 125 pesetas de las que me he gastado cuarenta y cinco. Si encima me vuelvo... y leen la carta.

-Sécate las lágrimas y que no sean de cocodrilo, sino sinceras. Vete con Carlos y que la acampada te haga mejor.

Luego, dirigiéndose a Carlos:

-Procura ponerle entre los mejores, entre los más veraces y haz que te entregue 78 pesetas; el resto lo pones a cuenta perdida.

El Pater, que en unión del «Adelantado» y el «Consignero», habían estado en silencio, lo rompió.

-Estoy desorientado y quisiera cogeros el hilo pronto. Tenéis una manera de tratar a la juventud que es especial.

-Pater -terció el «Consignero»-, tan igual desde hace años ha sido lo de hoy, que no veo nada extraño.

-No sé, no quiero que penséis en prejuicios, pero tan pronto habláis como conquistadores hasta en el tono, como cambiáis y parecéis hermanos de la caridad.

-¿Hasta en el tono también? -terció el «Adelantado».

-No lo toméis a broma, pero creo que llegáis más al corazón de los muchachos con esa compensación en el trato, que lo que a primera vista parece.

-Bueno, lo que hace falta -dijo el Jefe de Campamento- es que al final del turno hayamos conseguido todos lo que nos proponemos. Y cargando los morrales, que hay que dejar esto y pasar lista antes de partir. ¿Nos vamos, Pater?

-Cuando queráis.

Apenas aparecimos por la cristalera del chalet de la Delegación, cuando el bullicio propio de las unidades juveniles se rompió por el cornetín que mandaba firmes después de atención. La revista fue como todas. Los mandos mayores veían de cabeza a cola las formaciones y preguntaban el por qué de lo poco que no estaba correcto. El Jefe de Unidad correspondiente aclaraba. Total, lo de siempre: un morral mal equipado, una manta ladeada, unas medias caídas y más de un nervioso que se movía.

Recibidas las novedades, los tres Jefes de Centuria bajaron los Guiones que habían de ondear en la tienda de Jefatura de la acampada. Se les recibió con las estrofas cantadas de Gibraltar, marcha oficial del Campamento. Cuando estuvieron en la cabeza de la formación, el cornetín mandó silencio y el Pater rezó un Padrenuestro para iniciar bien el turno. Creo que le acompañamos con verdadera devoción.

Unos minutos, tal vez cinco, y los siete camiones de la CAT estaban rebosantes de muchachos y morrales, junto con los guiones alzados en sus moharras.

Antes de dar la orden de marcha, «Alce Negro» y el Administrador Provincial recogieron el dinero de las cuotas. Muchos viejos y buenos camaradas nos despedían con alegría y asombro, pues el número de acampados era superior a lo previsto, y por vez primera se pagaba para trabajar, lo cual no era fácil, si se escuchaba a tantos ciudadanos superenterados hablar de la frivolidad de nuestras juventudes.

Segundos antes de salir, el Jefe del Distrito Universitario recibía la novedad y daba la orden de partida deseándonos la más fecunda acampada. Nos dimos un abrazo, pues era mucho lo que había costado encajar el turno, y este hombre de gesto un tanto adusto, pero con un alma de niño grande, nos acompañó a la calle Ibiza. El cornetín dio limpias las notas de «de frente» y los saludos y despedidas se multiplicaron. Pronto los motores hicieron competencia a las gargantas que cantaban.







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