Altar Mayor - Nº 83 (13)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 10:35:30
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

Los puntos sobre las íes
RECONCILIACIÓN «SUI GENERIS»

Por
Rafael Luna Gijón

Creo que fue hacia mediados de septiembre –el día concreto no lo recuerdo- cuando la «Fundación Pablo Iglesias» inauguró una exposición sobre el exilio, tema éste de actualidad vivísima y palpitante, como nadie ignora. Como tal evento, eminentemente cultural, estuvo dedicado a la reconciliación nacional -meritísima labor en la que el socialismo hispano es y siempre fue campeón- la exposición se vio honrada en su inauguración por S.M. el Rey.

Aunque no sea necesaria la matización, me atrevo no obstante a aclarar que lo del exilio estaba referido sólo a aquellos que perdida, o dando por perdida su causa en la guerra civil, marcharon al extranjero; no se refería a los miles y miles que huyeron desde la zona «republicana» también al extranjero, pues éstos no cuentan aunque entre ellos hubiera personalidades como Ortega y Marañón que ayudaron decisivamente a traer la República del 14 de abril. (Bien es verdad que esa República no era la de julio de 1936, que obviamente es la que inspira a quienes montaron la exposición bajo la batuta de D. Alfonso Guerra, Presidente de la «Pablo Iglesias»).

La repetida exposición hizo una publicidad fantástica en radio, prensa y televisión, tanto de sí misma como de su contenido. Según lo que nos aseguraron sin sonrojarse, los exiliados fueron más de 400.000 y prácticamente todos –o una gran mayoría de ellos- sólo se reintegraron a la patria cuando en 1977 ó 1978 se vio ratificada plenamente –reinstaurada, decían- la democracia perdida en 1939, porque para los promotores de la exposición fueron democráticos los Gobiernos que de forma tan ilustrada mandaron en la Zona Roja –perdón, republicana- hasta el mismísimo 31 de marzo de 1939. Para los expositores, en lo referente al número de exiliados, nada cuenta lo demostrado por los más solventes historiadores:

    · Que la cifra total fue sensiblemente menor, algo así como poco más de 300.000.

    · Que más de las dos terceras partes de esta cifra volvió a España pocas semanas o pocos meses después, pues en su inmensa mayoría se trataba de soldados del Ejército derrotado que, disciplinadamente, habían obedecido a sus oficiales y comisarios en el paso de las fronteras; soldados que por no temer nada si regresaban habían vuelto espontáneamente pese a las presiones en contra ejercidas por aquellos su jefes.

    · Que otro número elevado de exiliados –que no soy capaz de cuantificar- protagonizaron un «goteo» constante en los años 50 y 60 con su regreso a la Patria, tras terminar la II Guerra Mundial y el cerco a la España nacional y ver que se había consolidado pacíficamente aquel Régimen.

    · Que quienes siguieron de forma recalcitrante en el exilio –una minoría de aquella cifra inicial- fueron en su casi totalidad los activistas antifranquistas, (muchos comunistas, no pocos socialistas y unos poquitos «republicanos» añorantes de Ateneo) que temían su regreso, aunque algunos de ellos no tuvieran razones objetivas para temerlo.

Pero estas razones simplemente numéricas –que no obstante serlo así tienen su significado político- que una y otra vez han expuesto los historiadores más objetivos y solventes, de nada han servido para los dogmáticos del rencor. Y esto, adornado con multitud de argumentos parejos –parejos en rencor, demagogia y manipulación de la Historia- es lo que ha ofrecido literaria y gráficamente la exposición sobre el exilio.

Antes señalaba que la exposición traspasó sus propias fronteras y así fue: todo un programa en TVE-2 (patrocinado por la propia «Fundación Pablo Iglesias») fue nota bien expresiva de cómo TVE entiende la equidad informativa. Pero esto no fue lo más vergonzante de aquella campaña, pues campaña fue como se verá; lo peor en mi criterio fue que la cadena de radio COPE –la cadena de la Conferencia Episcopal-, en el programa «Las mañanas de la COPE» que dirige Luis Herrero (hijo del que fue Ministro Secretario General del Movimiento, prematura y trágicamente desaparecido cuando tanto se esperaba de él para una transición bien planteada), durante toda una hora entrevistó a Santiago Carrillo como prototipo de exiliado sufridor (aunque no tan sufrido como los «exiliados sin retorno» de Paracuellos, no «contabilizados» por los promotores de la exposición), que se explayó en sus cantos habituales, incluyendo en su glosa la feliz entrevista con Stalin en compañía de «La Pasionaria» (tres indiscutibles demócratas, a su manera, claro está). El porqué de elegir Luis Herrero a Santiago Carrillo como paradigma de los exiliados es un misterio insondable; sólo se me ocurre que, entrevistando a Carrillo, ejemplo extremoso de hasta donde «se debe» llegar en la reconciliación extendía ésta a toda su dimensión nacional; lo cual probaba indirectamente el talante abierto, dialogante y liberal del entrevistador, paladín radiofónico habitual de las libertades y de la tolerancia… si bien éstas entendidas y aplicadas por él –también habitualmente- en una única dirección y dimensión política.

Milimétricamente coincidente en lo cronológico con lo narrado –exposición, programa de TVE-2, entrevista en la COPE, etc.- surgió una bomba publicitaria: la concesión de una subvención a la «Fundación Francisco Franco» por el Ministerio de Cultura. Se ignoró casi universalmente por los medios informativos que esa subvención –mucho menor en cuantía que la antaño concedida a una fundación «progre» para el estudio de la genética de las lentejas- está destinada a microfilmar e informatizar los cerca de 30.000 documentos del legado de Franco, a fin de poderlos poner a disposición de investigadores e historiadores; se ignoró porque lo importante era denigrar cualquier trato positivo a algo que se denominase Franco, pues lo suyo es denigrar y falsear cualquier cosa que use tal nombre. Aquella coincidencia cronológica es obvio que fue casual, naturalmente, como también careció de cualquier rasgo peyorativo el que sólo se publicasen las declaraciones condenatorias contra la subvención. Para mí destacaron dos: la del entonces aún Presidente del PP de Cataluña –única ocasión conocida en la que este caballero haya tenido una actitud enérgica sobre algo- y la del eminente sociólogo Amando de Miguel (que se explayó contra la propiedad familiar de ese legado de Franco), un Amando de Miguel que trata por todos los medios de compensar aquel pecadillo de juventud de colaborar con la Delegación Nacional de Juventudes en la redacción de los textos escolares para la «Formación del Espíritu Nacional».

El por qué de estos tratamientos tan dispares sería incomprensible si se partiese del error de pensar que la reconciliación nacional se proyectaba para igualar, en el trato, a las dos partes antaño enfrentadas. En teoría, en purísima teoría así era o fue, pero la «praxis» ha evidenciado justamente lo contrario. Por el acomplejamiento, miedo, dudas e incultura histórica con las que uno de los sectores promotores de la transición abordaron y gestaron ésta, la realidad de esa reconciliación ha sido y sigue siendo todo un proceso impune de desquite y revancha a cargo de los antaño vencidos, «ayudados» por oportunistas camaleónicos, por notorios «conversos» y por notables cobardes.

Desde tal realidad innegable, ¿qué se creían los ingenuos y pacíficos que dieron paso, sin resistencia alguna, a quienes salían de la clandestinidad y del anonimato; creían que se inauguraba el tiempo de la igualdad de trato y el respeto a las personas y a los símbolos que desaparecían del poder? Tremendo error el de tales ingenuos. Las subvenciones son para entes como la «Pablo Iglesias» -desconozco si ésta las recibe del Estado, aunque no me sorprendería a la vista del muy costoso despliegue publicitario hecho para su comentada exposición- y para otros de igual o parecido signo «progre», pero para la «Fundación Franco» ¡qué osadía el subvencionar algo que pretende perpetuar la memoria del «Dictador» o de hacer accesibles para el estudio sus documentos…!

Se conmemora no recuerdo qué aniversario de Cernuda, y creo que se prepara la conmemoración del de Neruda; pero ¡vade retro…!, en modo alguno, desde el Gobierno, se conmemorará en el 2003 el centenario del nacimiento de José Antonio, probablemente ni con una emisión de sellos. Y es lógico que se eluda pues además de citar su nacimiento habría que reseñar el cómo y el por qué de su muerte, a manos de partidos y de personas ideológicamente tan cercanos a la «Pablo Iglesias»: habría que señalar necesariamente qué partidos y qué personas componían el Gobierno «republicano» que estampó y firmó él «enterado» de aquella sentencia de muerte (fórmula penal con la que se elude el indulto) y eso podría «resquebrajar» una reconciliación que ha reincorporado a la vida nacional –con todos los honores y consideraciones- a D. Santiago Carrillo.

¿Que todo esto conlleva a tener que calificar a esa reconciliación nacional al menos como «sui géneris» con el más piadoso calificativo posible? Por supuesto, pero esto no quita el sueño a nadie de la clase política, dirigente u opositora, que nos rige. Si se parte del repetido hecho de que el derechista Presidente del Gobierno –perdón, centrista y reformista- ensalza a D. Manuel Azaña en cualquier ocasión dialéctica que se le presenta, ¿qué se puede esperar en la materia comentada? (Por cierto, ante esa curiosa admiración de D. José María por Azaña se me ocurre esta pregunta: ¿habrá leído los libros de Pío Moa en los que se analiza cumplidamente al admirado personaje? Porque si mi pregunta se refiriese a lo escrito por otros como Ricardo de la Cierva, por ejemplo, la respuesta ya la conozco).







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