Altar Mayor - Nº 83 (09)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 10:45:30
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

DIOS Y LA MÚSICA
Por
Mario Tecglen

El arte exquisito de ordenar los sonidos para crear un sentimiento de emoción, creo que lo llevo conmigo desde siempre, y mis amigos lo saben. Mi padre era compositor, y he crecido viviendo en mi casa el ambiente musical, hasta el punto de hacerlo mío.

Estamos en la Era de la Información, y mi primera intención, ante el reto aceptado de reflexionar sobre este tema, ha sido la de encontrar algo escrito que, de alguna forma, lo haya tratado antes. Hoy, con los medios de que se dispone, sería lo más fácil.

Sin embargo, no voy a hacerlo así. A mi avanzada edad y con tanta vivencia acumulada, voy a buscar las respuestas dentro de mí. Seguro que ha de resultar más vulgar, pero también más directo; más honrado; más lírico; más auténtico.

Me viene a la mente la última enseñanza que recibí de Roberto Cuñat. Para mí, el maestro más consagrado de cuantos tuve la suerte de disfrutar desde mis catorce años en el Frente de Juventudes. Estaba en la Venta Arias del Puerto de Navacerrada con una enfermedad cruel y terminal; su aspecto delataba la gravedad de su estado. Aquel hombrón deportivo, de modos y facciones elegantes, no era ni su sombra. Le saludé cordialmente, a la vez que pensaba, como así fue, que no le volvería a ver más, y contestó a mi saludo diciéndome: «Estoy buscando a Dios».

Fue una respuesta digna de él. Creo que cada uno lo puede encontrar por caminos muy distintos, y la Música es sin duda uno de ellos. He escuchado con emoción: los Cantos Gregorianos a los monjes de Silos, los mensajes medievales de Carmina Burana, el «It encarnatus est» de la Misa de la Creación de Haydin, el «Ave María» de Gounod... y un larguísimo etcétera. Sin embargo, recuerdo haber sentido su Divina Presencia, siendo muy pequeño, días antes de mi primera comunión, durante el acto de despedida del Pueblo de Madrid al Maestro Vives en la Plaza Mayor, debajo de los balcones de mi casa.

La Banda Municipal, que dirigía el legendario Maestro Villa, interpreta el Intermedio de «Bohemios», ante el féretro descubierto; y en presencia de una gran multitud de madrileños inusitadamente silenciosos.

Retumban recias, en el recinto cerrado de la Plaza Mayor, las frases largas, enmarcadas de pizzicatos, de la inspirada zarzuela, como homenaje póstumo a su vida y a su música,

Los miles de madrileños lo contemplan emocionados.

Y aquel niño de ocho años, asomado a su balcón, siente la Presencia de Dios junto a la emoción de la muerte.

Nunca lo he olvidado.

Y ahora, hace poco, con motivo de la muerte de José Antonio Gago, un camarada de mi centuria y de mi escuadra, nos habíamos reunido una veintena de esquiadores a celebrar una misa de difuntos en una pequeña capilla pirenaica de El Pas de la Casa, en Andorra. José Antonio Gago, siempre alegre y destilando bondad, nos había demostrado, a lo largo de su vida, una Fe en las Promesas de Jesucristo sencillamente envidiable.

Al finalizar la misa, todos los presentes, arropados por el órgano de la Capilla, cantamos con fuerza y con Fe el Himno Eucarístico:

Cantemos al Amor de los Amores,
Cantemos al Señor.
Dios está aquí....

Os puedo asegurar que aquella última afirmación la sentí dentro de mí como una realidad: Dios está aquí.

Pero junto a estas íntimas confesiones que dedico a mis correligionarios de Altar Mayor, y que pueden resultar incomprendidas a terceras personas, he de añadir algo que quizá muchos de vosotros no sabéis. Y es la relación íntima que existe entre la Música y la Estética de las Proporciones. O sea, que para que la ordenación de los sonidos produzca la armonía que se intenta conseguir, estos han de guardar las mismas proporciones que se dan en el cuerpo humano, o en la belleza de las flores, o en el Partenón de Atenas, o en una bella pintura del Renacimiento.

Eso que, desde Platón a nosotros, pasando por Euclides, Leonardo da Vinci, Alberti, Vignola, Durero, Kepler y un larguísimo etcétera, se ha llamado «Proporción Divina» o «Sección Áurea».

La división en dos partes desiguales de un segmento rectilíneo da lugar a la elección de un tercero. Pues bien, existe un solo punto intermedio que divide el segmento en media y extrema razón. O sea que el trozo pequeño es al trozo grande como el trozo grande es a todo del segmento.

Esta proporción produce una sensación de armonía lineal en la desigualdad. Leonardo da Vinci la llamó sección áurea, y de aquí que en todos los idiomas aparezca como sección dorada, golden section, section dorée, goldener Schnitt, etc. Y es la que rige la armonía del cuerpo humano, de los animales, de las plantas (el botánico Kepler la llamó «Joya preciosa») y de cualquier manifestación estética.

Pero es que en la música, aparentemente alejada, se vuelve a producir lo que Paccioli llamó «Proporción Divina», de forma que si una cuerda de violín, que da una determinada nota musical, la apretamos dividiendo su longitud conforme a la sección áurea, suena la nota quinta o dominante, básica para obtener un acorde mayor. Y buscando submúltiplos y combinaciones, se obtienen acordes menores, cuartas, etc. Zeysing, con la presencia de los números 3-5-8-13 establece toda una serie de armonías musicales que correlaciona rigurosamente con las medidas del cuerpo humano.

Es por tanto justo y necesario proclamar al Sumo Creador como Arquitecto Divino de toda la armonía que nos rodea; llámese Naomí Campbell, o Iglesita Románica de Fromista, o Amapola del Campo, o Entierro del Conde de Orgaz, o Capra Hispánica de Gredos, o Ave María de Schubert.







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