Altar Mayor - Nº 83 (08)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 10:48:34
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

¿ES DELITO LA USURA?
Por
Adolfo Iranzo. Economista y periodista

La usura ha estado tipificada en el derecho penal español como un delito contra la propiedad, consistente en realizar un contrato de préstamo en el que se aplica un tipo de interés desmedido y manifiestamente desproporcionado con las circunstancias del caso, o en condiciones tales que resulta leonino, habiendo motivos para estimar que ha sido aceptado por el prestatario a causa de su situación angustiosa o de su inexperiencia.

La usura es tan antigua como la humanidad. Se tiene constancia histórica de la aplicación del interés y la práctica de la usura, así como su persecución, en la antigüedad, tanto en Grecia como en Roma. Desde el derecho romano se ha observado una tendencia a la represión de los préstamos y operaciones usurarias. La Iglesia católica reprobó la usura a partir del siglo IV, logrando que se prohibiera por el poder civil. En 1179 el Concilio de Letrán condenó todo tipo de préstamo con interés, anticipándose seis siglos a la formulación fisiocrática de que: «pecuania pecuniae parere non potest» (el dinero no puede engendrar dinero). La condena del Concilio de Letrán, con el paso del tiempo, encontró resquicios argumentales para ser soslayada; pero no dejó de crear problemas de conciencia a los buenos cristianos, alejándolos de la actividad prestamista y dejando el campo libre a sirios y judíos, que no tardaron en casi monopolizar las actividades financieras en tierras cristianas. Dicen las crónicas, que en la gestación de la expulsión de los judíos tuvieron más que ver sus habilidades financieras para enriquecerse que la cuestión religiosa.

Lo cierto es que la usura se ha seguido practicando y, periódicamente, obliga a intervenir a las autoridades públicas para corregir excesos y desmanes fiduciarios. El tema alcanzó niveles preocupantes en nuestra sociedad hasta no hace mucho tiempo y, esa preocupación, fue recogida en la Declaración IX del Fuero del Trabajo de 1938 con la siguiente redacción: «El Estado perseguirá implacablemente todas las formas de usura». Consecuentes con esta declaración se redactaron los artículos 542 a 546 del Código Penal, texto revisado de 1963. Según estos artículos del Código Penal se castigaba con las penas de presidio menor y multa «al que, habitualmente se dedicare a préstamos usurarios» y «al que encubriere con otra forma contractual cualquiera la realidad de un préstamo usurario, aunque no exista habitualidad».

Cuando el Fuero del Trabajo recogió en su declaración IX.3 la rotunda expresión de que «El Estado perseguirá implacablemente todas las formas de usura», era un claro reconocimiento de que la usura preocupaba seriamente a la sociedad del momento, hasta el punto de que se considerase necesario perseguirla desde la Ley positiva. El resultado debió ser satisfactorio, y en 1975 la usura podía haberse considerado erradicada de las prácticas financieras españolas. El Fuero del Trabajo fue derogado por la Constitución de 1978 y la usura no se volvió a mencionar en el texto de la nueva Norma Fundamental, ni en el nuevo Código Penal de 1995, actualmente vigente, habiendo desaparecido de su articulado la palabra usura y usurario. Hay que pensar, por lo tanto, que la usura, o no existe, o ya no es delito, o se ha subsumido, elípticamente, en otra tipología penal de enrevesada búsqueda.

Es verdad que, en la actualidad, los tipos de interés que se pactan en la práctica totalidad de las operaciones hipotecarias de la banca española no son, en modo alguno, de carácter usurario. Los tipos de interés europeos aplicados a las hipotecas, registran los niveles más bajos de la historia de las finanzas y no pueden ser objetados, a este respecto.

Pero el diablo siempre está al acecho, y no tarda en encontrar alguna gatera o algún resquicio por donde pueda penetrar para hacer maldades. No se sabe bien la razón, aunque se adivina, de la asociación histórica del maligno con la riqueza, el dinero y el poder. Probablemente, esta vieja suspicacia esté en el origen de la iluminación que inspira a la ingeniería financiera (aplicación del ingenio a los manejos de las finanzas). Los medios de comunicación, en su sección de Economía, nos sorprenden casi todos los días con un caso nuevo de desajuste financiero derivado de alguna habilidad económico-contable que, inmediatamente, repercute en las cotizaciones bursátiles, disparando su volatilidad a niveles preocupantes y, casi siempre, a costa de los pequeños ahorros acumulados por los ciudadanos tras muchos años de esfuerzos y privaciones. La ingeniería financiera está de moda y aparece por todas partes.

Una de las últimas hazañas de la ingeniería financiera tiene que ver con la nueva configuración de las cuentas corrientes bancarias. Los ingenieros de las finanzas descubrieron que un alto interés, aplicado a una sola operación de cuantía significativa, llevaba aparejado el escándalo y la enemiga popular; pero un altísimo interés aplicado a pequeñas cuantías, pasa inadvertido para la gran masa de usuarios de los servicios de la banca; y, por la ley de los grandes números, muchas pequeñas cuantías significan un apetitoso botín, cifrado en muchos guarismos. No se tardó en pergeñar, con esa luminosa idea, una habilidosa mutación de las cuentas corrientes bancarias.

Por su naturaleza, para las entidades bancarias, las cuentas corrientes son cuentas de pasivo. Quiere esto decir que, mediante el contrato de cuenta corriente, el cuentacorrentista presta al Banco el dinero que deposita en la cuenta corriente. El cuentacorrentista es el prestamista y el Banco es el prestatario del saldo variable que figura en la cuenta en cada momento. El cuentacorrentista, es acreedor del Banco y el Banco, es deudor del cuentacorrentista por la cuantía del saldo de la cuenta. El Banco, por el uso que hace del dinero del cuentacorrentista, paga (o, mejor, pagaba) un precio, que es el tipo de interés con el que se remunera la cuenta corriente. El cuentacorrentista, será prestamista mientras posea saldo la cuenta y no lo será cuando la cuenta tenga saldo cero. Al ser la cuenta corriente una cuenta de pasivo nunca puede generar saldos negativos, nunca puede generar descubiertos. Si la cuenta corriente pudiera generar saldos negativos, ya no sería una cuenta de pasivo, sería una cuenta de crédito; es decir, sería una cuenta de activo.

Sin embargo, la cuenta corriente puede asociarse a una cuenta de crédito; por ejemplo: una tarjeta de crédito; que tiene su propio contrato, éste de crédito; con sus propias regulaciones acordes con las cuentas de activo; según las cuales es el Banco el que presta el dinero y el tenedor de la tarjeta el que lo recibe y lo adeuda al Banco que, en este caso, es el acreedor. Si, llegado el vencimiento del plazo concertado para devolver el crédito utilizado por el uso de la tarjeta, el tenedor no dispone de saldo suficiente en su cuenta corriente asociada, se reflejará en la cuenta la deuda resultante y registrará un saldo negativo. Pero debe quedar claro que ese saldo negativo lo ha generado la cuenta de crédito (la tarjeta); nunca la cuenta corriente que, por su propia naturaleza, no puede generar saldos negativos. En este caso, cuando media una operación de crédito, la cuenta corriente registra un saldo negativo y el Banco tiene todo el derecho para exigir la restitución de su dinero y penalizar, en sus justos límites, al deudor moroso.

Pero hete aquí, que un buen día los ingenieros financieros idearon un nuevo concepto: la administración de la cuenta corriente. No satisfechos con disponer del dinero del cuentacorrentista para lucrarse con él en su propio beneficio, los Bancos inventan la administración del dinero del depositante y cobran una comisión periódica por este supuesto servicio. Comisión, que no sólo absorbe el escuálido interés que pagan (cuando lo pagan) por el dinero depositado, sino que, periódicamente, se lleva un buen pellizco del saldo del cuentacorrentista que, en algunos casos con la inexplicable complacencia de las autoridades monetarias, las comisiones aplicadas equivalen, en la realidad, a tipos de interés efectivos que superan, exponencialmente, los tipos de interés que jamás se hubiera atrevido a manejar ningún prestamista cuando la usura campaba por sus respetos y que, incluso, hubiera hecho palidecer a los usureros más conspicuos.

El contrato de cuenta corriente que los titulares de estas cuentas tienen que firmar cuando deciden abrir una, contiene un autentico cheque en blanco a favor del Banco, que cuesta trabajo entender que lo haya podido aprobar la autoridad monetaria. De acuerdo con ese contrato, el Banco puede cambiar, cuando le plazca, la cuantía de los intereses y de las comisiones y las remuneraciones de la cuenta, sin necesidad de tener que comunicarlo directamente a los cuentacorrentistas; y se les obliga a considerarlos válidos, sin más que dejar transcurrir algunos días tras permanecer expuestos en las distintas sucursales del Banco.

Con el paso del tiempo y con la complacencia permisiva de la autoridad monetaria que, en teoría, debe velar por la salvaguardia de los intereses del ciudadano, los tipos de interés y las comisiones que cobra o paga alguna acreditada entidad bancaria, según comunicación pública actualmente en vigor, han llegado a ser los siguientes:

Sobre los saldos positivos a favor del cuentacorrentista, el Banco paga semestralmente:

Intereses primer tramo ..................... 0,00 €
Intereses segundo tramo .................. 0,01 €

Y cobra, semestralmente, con cargo al saldo de la cuenta:

Comisión de administración ............... 18,36 €
Comisión de mantenimiento ............... 13,53 €

Sobre los saldos negativos (o descubiertos) el Banco cobra mensualmente:

Intereses primer tramo ..................... 17,00 €
Intereses segundo tramo .................. 29,00 €

Cobra, además, cada mes:

Comisión de exceso mínima ............... 15,03 €
Correo .............................................. 0,25 €
Comisión de mantenimiento ............... 3,51 €

La aplicación sistemática de estas comisiones, más los intereses de castigo, sobre un hipotético saldo negativo (o descubierto, según el argot bancario) de un Euro, puede transformarse, en un año, en 240 Euros; lo que significa un tipo de interés real aplicado, del 24.000%. ¿Son delictivamente usurarios estos tipos de interés o son, simplemente, escandalosos?

La pequeña cuantía de estos descubiertos, en la gran mayoría de los casos, no justifica el recurso a los Tribunales, por parte de cada uno de los millones de cuentacorrentistas que los sufren. En el caso hipotético de que se recurriera a ellos, tropezamos con la enrevesada especialización del asunto, sólo entendible por los expertos inmersos en esta parcela de la ciencia económica. El Juez tiene que apoyarse en el informe de las autoridades monetarias. Ya hemos visto cómo se comportan estas autoridades. Al juez no se le puede exigir la omnisciencia, pero a la autoridad monetaria no se le puede tolerar la lenidad en la defensa de los intereses del ciudadano, que le han sido encomendados. Nos deja perplejos que, todavía, no se haya actuado de oficio por quien pudiera corresponder, mientras se contempla, impasiblemente, el crecimiento ininterrumpido de los beneficios de un sector de la gran banca y se toleran prácticas financieras que han originado serios problemas sociales en más de una época histórica pasada.

Todo nos conduce a pensar que la ingeniería financiera ha conseguido neutralizar la consideración delictiva de la usura, hasta expulsar la palabra de nuestro vigente y flamante Código Penal, promulgado, para mayor INRI, durante el último gobierno socialista. La pregunta sigue en el aire: actualmente, en España, ¿es delito la usura?







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