Altar Mayor - Nº 83 (03)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 11:04:35
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

El Dios de Jesús (1)
JESÚS Y DIOS. Legado de la tradición
Por Antonio Salas OSA - Dr. en Ciencias Bíblicas

1. Jesús ante la herencia religiosa del judaísmo

Los cristianos olvidamos con frecuencia que Jesús, cuya condición divina no cesa de proclamar nuestra fe, ha de ser visto como un personaje histórico que compartió las inquietudes y anhelos del judaísmo contemporáneo. Y éste llevaba siglos soportando el lastre de unos prejuicios religiosos que más de una vez lo sumieran en el desencanto.

Cierto que el pueblo siempre se aferró a la divinidad cuya elección lo invitaba a sentirse seguro. ¿Cómo dar pábulo al desánimo sabiéndose mimados por Dios? Tal era cuando menos el sentir de quienes, tras el pacto del Sinaí, se creían con derecho al tutelaje divino. Y ello acabaría envolviéndolos con un halo de arrogancia. Pues bien, cuando un colectivo humano se juzga superior, no cesa de acumular torpezas.

Tal era la situación religiosa con la que se encontró Jesús. Cierto que su proyecto de vida no siempre engarzó con los postulados tradicionales. No obstante, le resultó imposible mantenerse del todo inmune a su radio de influencia. Quien tal supone, además de rozar el absurdo, sume a Jesús en un ostracismo existencial que le desconecta de cuanto configura su entorno. Y Jesús, lejos de ejercer de misántropo, vibró al ritmo de su sociedad.

Obvio es, por tanto, que todo ello incidiera en su forma de entender el compromiso religioso. Cierto que Jesús fue agraciado con una singularísima experiencia de Dios. Mas ello no le libró de dimensionarse con la divinidad tal como su pueblo la concebía y tal como la suponía actuar. Se impone, por ende, esbozar una experiencia religiosa de Jesús acorde con los módulos judaicos.

Nadie osaría cuestionar que Jesús brindó una visión novedosa de las realidades divinas. Estuvo, no obstante, mediatizada por las exigencias del módulo religioso y cultural en el que durante siglos vertiera el judaísmo su experiencia de fe. Y es sabido que no siempre mantuvo idéntico porte al respecto. Más bien cabría observar que fue experimentando, en el curso de los siglos, frecuentes cambios de perspectiva en su forma de entender a Dios. Pues bien, todo ello por fuerza debió incidir en Jesús.

De ello se infiere que, para valorar la visión novedosa de Dios tal como él la gestó, se impone bucear antes en las distintas fases que configuran la conciencia religiosa de su pueblo. Éste fue depurando su visión de la divinidad hasta el punto de verterla en unos módulos tan sobrados de estructura como carentes de vida. Y de ellos -¿quién lo duda?- tuvo que liberarla Jesús. Nada debe, pues, sorprender que se esboce a continuación una síntesis de las principales fases por las que pasó la experiencia religiosa del pueblo elegido.
 

2. Religiosidad israelita: del politeísmo a la monolatria

Los orígenes de la religión bíblica se hunden en la época de los patriarcas, siendo Abrahán quien puso en marcha una singular andadura, marcada desde su inicio por una fe incondicional anclada en la incertidumbre. La crítica teológica lleva más de un siglo cuestionándose por la actitud religiosa de Abrahán. Y no le sirve, al respecto, el sentir tradicional sobre el etiquetado monoteísta de la religión bíblica.

Lanzando una mirada hacia la época patriarcal, se ve que a la sazón la antigüedad se debatía por trocar su ancestral polidemonismo (=muchos demonios) en un gratificante politeísmo (=muchos dioses) con fuerza para trocar su miedo en confianza. En realidad, daba seguridad saberse tutelados por un panteón de divinidades benévolas cuyo máximo afán se cifraba en canalizar la existencia de los creyentes.

En tal marco ha de situarse la religiosidad de Abrahán. Basta hurgar en los relatos del Génesis para comprender que, antes de su experiencia con el Dios desconocido (Gn 12,1-9), sintonizaba con la visión politeísta de quienes compartían su ideal nómada. Ello no obsta, sin embargo, a que la tradición bíblica se afane por realzar el mérito del patriarca, una vez que -sabiéndose invitado por una «nueva» divinidad (Gn 15,1-20)- rompe con los planteamientos religiosos de su clan para emprender en solitario una andadura del todo nueva.

Aunque los relatos bíblicos acentúen que Abrahán se deja guiar por el Dios desconocido, sería falso encuadrar su inquietud religiosa en módulos monoteístas (=existencia de una única divinidad). Más bien tiende a hablarse hoy de culto monolátrico. Y éste supone ponerse bajo la tutela de un dios, pero sin negar la existencia de muchos otros. Y así parece haber actuado aquel hombre hecho inquietud.

De hecho, tras abandonar el país de sus ancestros, acabó afincándose en territorio cananeo. Ahora bien, ¿cómo olvidar que allí -tal se pensaba al menos- imponía su ley el dios Él? El patriarca puso obviamente todo su empeño en no enfrentarse con tal divinidad. Cierto que se acogía a las promesas del Dios desconocido. Mas no por ello osaba conflictuar con otras divinidades, cuyo poderío admitía aunque rehusase acogerse a él.

Este planteamiento religioso ha de verse como monolátrico. Y no es osado suponer que por él se rigieron los patriarcas bíblicos hasta que, afrontando un sinfín de vicisitudes, acabarían instalándose en el país de los faraones. Y en él, tras ser recibidos como huéspedes de honor, terminaron compartiendo esclavismo. Pues bien, nada como la adversidad para decantar las vivencias de fe. Tal ocurrió de hecho con aquel pueblo en germen, cuyo cautiverio le haría suspirar por esa libertad que todo colectivo anhela al pulsar la vejación.

No es, por tanto, osado afirmar que la religión de los patriarcas se mantuvo en módulos monolátricos. Ellos les incitaban a apoyarse en su dios, aun sin perder el temor y el respeto a las divinidades de otros pueblos con los que se veían precisados a alternar. Cierto que en Egipto se había hecho un intento de monoteizar su culto (Amenofis IV/Eknatón). Pero resultó fallido.

Lo más sensato es suponer que los hijos de los patriarcas se acogieron a la monolatría para avivar con ella su esperanza de liberación. Sin enfrentarse a las divinidades egipcias, se acogieron al tutelaje del dios que siglos antes se manifestara a su ancestro Abrahán. Aun ignorando su nombre, les inspiraba confianza. Y ésta les dio fuerza para soportar la adversidad hasta que -Moisés sería el artífice- se incoara una nueva fase en su experiencia religiosa.
 

3. Religiosidad israelita: de la monolatría al monoteísmo

Moisés sería el inspirador del éxodo, cuyo objetivo se cifró en ofertar libertad a cuantos israelitas transpiraban cautiverio. La tradición bíblica es pródiga en acentuar ese cambio de perspectiva. Pone de hecho singular empeño en mostrar cómo Moisés fijó las bases de una nueva modalidad religiosa, conocida como «yahvismo». Éste se puso en marcha una vez que, tras su encuentro con lo divino (Ex 3,14), conoció el nombre de esa divinidad que, desde la época de los patriarcas, se suponía regir el destino de su descendencia.

El Dios bíblico había de ser aclamado como Yahvé. A nosotros nos resulta casi imposible valorar las implicaciones de ese nombre divino. Mas ¿cómo olvidar que en la antigüedad el conocimiento del nombre suponía una cercanía avalada por la confianza? Yahvé había de verse, pues, como una divinidad cercana y caliente, siempre pronta a actuar en favor de cuantos le prodigaran vasallaje. Y éste debía traducirse en un culto hecho compromiso.

El enfoque monoteísta imprime un sesgo del todo nuevo a la religión bíblica. Ésta se sabe invitada a dejarse guiar por el dios de sus antepasados (=Yahvé), dando el nombre de ídolos a cuantos poderes divinos venían aclamados por otras etnias. La fe monoteísta, que se afianzaría en el Sinaí (Ex 19,1-20,17), no ocultaba su repudio por los cultos idolátricos. Y es que éstos hacían crujir la estructura de una religión cuyo carácter monolítico se imponía afianzar.

La alianza sinaítica ha de verse, pues, como la ratificación del yahvismo. Y de ella arranca esa nueva fase en la andadura del pueblo, cuya inquietud monoteísta cada vez lo fue diferenciando más de los países e imperios vecinos. De ello se infiere que el «pueblo de Dios» ancló su identidad en criterios no sólo étnicos, sino también religiosos. Dicho de otra forma, su compromiso con Yahvé lo situó en un plano ético donde no se permitían flirteos con ninguna otra divinidad. Todas ellas recibían el calificativo de ídolos. Sólo Yahvé daba la talla para ser proclamado Dios.

Estas convicciones dieron fuerza a la colectividad para que, tras culminar la conquista de la tierra prometida, pudiera afrontar el futuro con un mínimo de esperanza. Cierto que otros imperios disponían de ejércitos más numerosos. Ellos, en cambio, contaban con la protección del único Dios que, desde su trono empíreo, se adentraba en la historia de cuantos le prometían fidelidad.

Sobre tales bases se fundamentaría la religión bíblica. Ésta, tras un largo período de teocracia (=fuerza de Dios), abocó a la monarquía, por más que todo soberano fuera visto como representante de la divinidad. El aporte del profetismo resultaría decisivo para consolidar esa fe monoteísta que siempre gravitó en torno al culto yahvista. La erección del templo en Jerusalén contribuyó a centralizar aún más la fe, ya que todo israelita se sabía obligado a relacionarse con la divinidad mediante un ritualismo que no siempre permitía activar los valores personales.

El tiempo se erigiría en aval de cuantas ventajas conllevaba el yahvismo. El culto monoteísta era sin duda el mejor refrendo de esa unidad tan necesaria para afrontar con éxito el futuro. No obstante, la historia atestigua que, tras la muerte del rey Salomón (a. 931 a. Xto.), la unidad se convirtió en quimera, una vez que las antiguas tribus apostaron por la división, dándose con ello origen a un doble reino: Israel (=norte) y Judá (=sur).

La escisión fue pródiga en conflictos, no sólo políticos, sino también religiosos. De hecho, en un sinfín de ocasiones corrió serio peligro la integridad de la fe yahvista. Ésta se vio incluso amenazada de muerte, cuando algunos monarcas -haciendo alardes de tolerancia- consintieron y hasta apoyaron los cultos idolátricos. ¿No implicaba tal porte una traición al compromiso del Sinaí? Así lo entendieron los paladines de la ortodoxia, centrando sus esfuerzos en depurar el culto a Yahvé para inmunizarlo contra el virus idolátrico.

Ya observé antes que los profetas se erigieron en los grandes paladines del yahvismo, apostando sin reserva por un culto monoteísta que devolviera al pueblo su unidad primigenia, cada vez más amenazada por intereses personales o grupistas. Nadie pone en duda que el profetismo fue el artífice de la genuina religión bíblica. Lástima que su mensaje no hallara el eco esperado. Incluso se adoptaron a veces portes extremistas donde la religión quedaba al servicio de objetivos más pragmáticos pero menos acordes con la alianza del Sinaí.

Con ello -¿cómo evitarlo?- fueron radicalizándose las posturas. Y así, mientras un sector del pueblo daba pábulo al laxismo, iban a su vez en aumento quienes apostaban por una drástica depuración de la fe. ¿Qué decir? Donde imperan los extremismos, mal se evita el desconcierto. Y así sucedió con aquel pueblo en marcha, tan ávido de un futuro mejor como incapaz de forjarlo. Cuanto más de cerca iba pulsando su ineptitud, más se imponía el sentir de quienes se aferraban a Yahvé como única tabla de salvación.

Tal porte, aun siendo en principio válido, llegó a tornarse obsesivo. Y cuando un colectivo se obsesiona, corre el riesgo de fanatizar su religión. ¿Fue tal el sino del judaísmo? Antes de emitir veredicto, se impone analizar una nueva fase que, arrancando del monoteísmo, abocó a portes monistas poco acordes con lo estipulado en el Sinaí.
 

4. Religiosidad israelita: del monoteísmo al monismo

Fue en el destierro babilónico donde el «resto» fiel acusó más de cerca la ausencia de la divinidad. Destruido su templo por las huestes de Nabucodonosor, ¿cómo dimensionarse con lo divino? Para despejar la incógnita, se elaboró una nueva visión religiosa donde Yahvé, sin renunciar a sus atributos, se suponía pronto a actuar en las personas y en la historia desde su trono empíreo.

Este planteamiento fue acentuando la santidad de Dios, el cual rehusaba compartirla con los humanos. Y así se gestaría una visión tan sublime de lo divino que, aun interesándose por el mundo, se mantenía del todo ajeno a él. Se trataba, al parecer, de una divinidad que con nadie compartía sus privilegios.

Al imponerse esta concepción, adquirió mayor fuerza la unicidad de Yahvé. Sólo él debía ser considerado fuerte, justo e insobornable. Los creyentes se sabían, por tanto, invitados a confiar en él, aun siendo incapaces de escrutar sus designios. El Dios bíblico quedó así rodeado con un aura de trascendencia que lo inmunizaba contra todo afán humano de adentrarse en sus dominios. Pues bien, tal divinidad sólo podía inspirar temor y respeto.

Todo ello contribuyó, al menos en un principio, a consolidar un compromiso que llevaba siglos haciendo agua. Los judíos, tras el retorno a su país, se aferraron con más brío a su ancestral monoteísmo, con el lógico repudio de los samaritanos por su flirteo con otras divinidades que la ortodoxia tildaba no sin razón de idolátricas.

El judaísmo, aun fomentando una religiosidad con etiquetado de tolerancia, llegó a creerse en posesión exclusiva de la verdad. Sólo él se suponía contar con el beneplácito divino, por lo que podía otear el futuro sin traumas ni zozobras. Mas para ello precisaba depurar su compromiso con Yahvé, cuya inasibilidad avalaba su trascendencia. Tal convicción imprimiría un cambio drástico a su experiencia religiosa. Tanto que, en vez de suspirar por las intervenciones divinas en la historia humana, se pretendió que cada creyente -activando la sabiduría- pudiera remontarse al mundo divino.

Y así, mientras por una parte se suscribía la división de planos (divino/humano), por otra se aspiraba a que Dios regulase la andadura de cada creyente. Dios era el «único» («monos»/monismo) capaz de librar al mundo del caos. Esta doctrina, aun siendo válida, suscitó en el pueblo una creciente avidez de providencia divina. Mas ¿cómo granjeársela? Sólo existía una alternativa: cumpliendo sin reservas cuanto ordenaba la ley. No en vano ésta venía entendida como la más vívida expresión del designio divino.

Encuadre tan novedoso culminaría en un vano intento de fusionar el cosmos con la divinidad. Esta fusión, traducida a sistema filosófico, recibiría el nombre de panteísmo. Sin embargo, no fue tal el sentir del alma judía. Se afanaba más bien por convertir a la divinidad en eje de cuanto existe, seres humanos incluidos. Su historia ha de verse, pues, como un simple eco de la acción divina, la cual cataliza y canaliza cuanto acontece en el cosmos.

La visión monista de la fe incitaba a dignificar los valores del espíritu, postergando a un plano secundario cuanto era expresión de materia. Urgía unificar criterios para que los creyentes rompieran de una vez las bridas de su propia angustia. Sólo así podrían optar a esa plenificante felicidad por la que todo ser humano suspiraba desde su origen.

El problema estribaba, no obstante, en fijar criterios válidos para sintonizar con el designio divino. ¿Cómo descubrir la voluntad de Yahvé si éste, aun siendo el alma del mundo, no deja sentir su presencia en cuanto conlleva caducidad? La religión judía poco tardó en hallar la respuesta: ¡cumpliendo a rajatabla la ley! ¿Acaso no había vertido en ella Dios su proyecto de salvación?
 

5. Religiosidad israelita: del monismo al legalismo

Siempre será cierto que el ser humano no puede vivir sin leyes. Sin embargo, resta por definir el auténtico contenido de todo organigrama legal. Éste -aunque suene a paradoja- sólo sirve para lo que sirve y no para lo que a veces los humanos pretendemos hacerlo servir. Aplicando este criterio al judaísmo, cabe ante todo advertir que la ley mosaica fue su bálsamo ideal para aliviarlo de un sinfín de dolencias cuya raíz debía buscarse en el pecado.

No obstante, quien se adentra en el llamado «judaísmo tardío», liderado por las escuelas rabínicas, tarda poco en constatar cómo del monismo (unicidad de Dios) abocó al nomismo (culto a la ley). Y éste a punto estuvo de constreñir su espíritu y asfixiar sus ansias de plenitud.

Tras afianzarse en su convicción de que Yahvé era el foco catalizador de cuanto existe, buscó en la ley el respaldo necesario para activar su confianza en él. Más aún, creyó que el cumplimiento de la normativa legal tenía fuerza para hacerlo feliz. Tal aberración a punto estuvo de dar al traste con sus esperanzas e ilusiones. De hecho, cuando un colectivo llega a obsesionarse por la observancia, acaba castrando su espíritu.

Al imponerse este enfoque, se rindió pleitesía a la exterioridad. Sólo importaba cumplir lo preceptuado, aunque cada persona almacenara en su interior un sinfín de traumas y mezquindades. ¿Qué decir? Una religión hecha normativa carece de fuerza para estimular al ser. Ello explica que el judaísmo, aunque blasonara de fidelidad a Yahvé, cada vez se supiera más atrapado en un marasmo de normas y leyes que le impedían explotar sus valores personales y colectivos.

¿Cómo resolver el problema? Su fe yahvista le incitaba a apoyarse sin más en Dios. Y, por supuesto, así trataría de hacerlo. Sólo que esgrimió al respecto una estrategia poco afortunada, pues hasta la propia divinidad quedó vertida en módulos de ley. Se pensaba, en efecto, que sólo era viable ajustarse a su designio cumpliendo cuanto prescribía un organigrama legal, hecho para conjurar su endógeno desvalimiento.

El legalismo resultó nefasto para aquel pueblo en marcha, cuya inquietud religiosa lo fue alejando cada vez más de los valores espirituales para aferrarlo a los legales. Es sabido que las escuelas rabínicas ponían todo su afán en explicitar las normas a fin de convertir la santidad en patrimonio exclusivo de quienes, mediante un esfuerzo rayano en lo heroico, lograran cumplir lo ordenado. Y es que -tal era su axioma- sólo observando las normas se conectaba con Dios.

Ello explica que incluso la divinidad quedase atrapada en ese marasmo de leyes, donde los creyentes jamás descubrían ofertas de cuño liberador. Se llegó incluso a moldear una visión de Yahvé cuajada de estructuralismo legal. Y ello -¿cómo evitarlo?- iba alejando a la colectividad del camino que siglos antes le trazara el profetismo. Éste incitaba a un compromiso de vida. En cambio, los rabinos clamaban por la hegemonía del rito, lo cual no hacía sino acentuar la asfixia de quienes llevaban siglos anhelando plenitud.

Es obvio que no todo el pueblo estuviera acorde con tal enfoque. De hecho, quienes se afanaban por jugar limpio con Dios, al constatar la ineficacia del legalismo, clamaban por liberar a la divinidad de cuantos módulos legales absorbían su ancestral cercanía y tolerancia. El Dios bíblico se resistía a morir por asfixia. Y tal hubiera ocurrido de seguir arropado por un legalismo que fomentaba la fe, no tanto en una divinidad entrañable, cuanto en un ser con talante de ídolo.
 

6. Al Dios bíblico, ¿cómo situarlo allende la ley?

La labor distaba mucho de ser fácil. No obstante, se intuía del todo necesaria para que el judaísmo avivara su esperanza. Pues bien, como paso inicial, se lanzó una mirada hacia el pasado en un plausible intento de reactivar las doctrinas proféticas. Y éstas no podían ser más explícitas al respecto. Hablaban, en efecto, de una divinidad con ansias de liberar al mundo de cuantas redes le trenzaba el pecado. Cierto que su irrupción en la historia resultaba imprevisible. Pero se albergaba la esperanza de que Dios, en su «día», pondría fin a cuantas vejaciones jalonaban la historia de su pueblo.

La literatura apocalíptica especuló de nuevo sobre ese enigmático «día» en el que Dios pondría fin a toda negatividad. Y entonces se incoaría una égida de plenitud en la que compartirían felicidad quienes la integraran. Cierto que para alcanzar tal meta era indispensable observar la ley. Mas cuando la acción divina se hiciera presente en la historia humana, todo legalismo quedaría sublimado por una destraumatizante concordia. Y donde impera el amor, queda sin vigencia la ley.

Urgía, en consecuencia, recuperar la genuina imagen de la divinidad bíblica, cuya cercanía tanto caldeara las ilusiones del pueblo. Éste, en cambio, se había visto desmotivado conforme iban adquiriendo fuerza en él los criterios legalistas. Muchos creyentes evocaban con nostalgia sus orígenes nómadas, ya que en la soledad del desierto se siente cercano a Dios.

Tal porte serviría de inspiración a diversos movimientos religiosos cuyo empeño se cifraba en asirse a sus orígenes. Cierto que no fueron capaces de romper las bridas del legalismo. Mas aun así, lograron reactivar un espíritu religioso cuya ilusión disipara el desencanto.

Todos esos movimientos compartían la más vívida expectación mesiánica. Aunque con matices no siempre afines, avivaban la esperanza de que el mesías instauraría una fase de plenitud en la que pudieran ser felices cuantos se mantuvieran fieles a las exigencias divinas. Mas tal como permitía descubrirlas no sólo la observancia de la ley, sino también la vivencia de la fe. Y ésta ¿no debía traducirse en un compromiso de vida?

Tal encuadre incitaba a reciclar la visión de la divinidad y adentrarla en un plano más cálido donde los creyentes pudieran sentirla más próxima. Y es que sólo la cercanía de Dios podría liberar al hombre del caos. Así lo garantizaba esa fe que, arrancando de Abrahán, se fue abriendo camino en la historia.

Mas tal fe ¿cómo podía enraizarse en el pueblo? ¡Cuán difícil resulta modificar actitudes donde rigen criterios de ley! Ello explica que todas sus esperanzas se centraran en el mesías. Sólo al irrumpir éste en la historia, se avivaría una fe hecha confianza, activándose con ella el encuentro de los creyentes con esa divinidad pronta a regir los destinos del hombre y librarlo de su esclavismo vivencial.
 

7. El mesías, ¿portador de una divinidad flexible y cercana?

El judaísmo llevaba siglos albergando la ilusión de un reino mesiánico donde al fin se acabaran sus penurias. No en vano la historia lo proclamaba experto en infortunios. De hecho, a pesar de sus nexos con Yahvé, casi siempre estuvo en manos de los grandes imperios que no cesaban de manipularlo y explotarlo. Cierto que, para conservar su esperanza, se asió con brío a la fe. Sin embargo, tampoco ésta se mantuvo inmune al influjo de la adversidad.

Ya los profetas habían dado un serio toque de alerta. Tras denunciar el porte obstinado de quienes anteponían su interés al de Dios, esbozaron una doctrina cifrada en avivar la ilusión. Era la única alternativa viable para que la colectividad, aunque acosada por el infortunio, siguiera oteando el futuro con esperanza de total liberación. Y es que sólo una libertad sin condicionantes podía colmar las aspiraciones de aquel pueblo hecho búsqueda.

El profetismo, para enderezar su timón, lo invitó a suspirar por la llegada del mesías, cuya presencia iba a conllevar la gran cercanía de Dios. Éste se dimensionó con el pueblo en la cima del Sinaí, después de guiarlo a través del desierto. Incluso a él se atribuía la conquista de la tierra prometida. Mas, tras la inercia de la instalación, se fue acusando la lejanía divina. El pueblo estuvo a punto de creerse abandonado de Dios.

Tal creencia era del todo falsa. Así trató a proclamarlo el profetismo, siempre pronto a expandir los horizontes de esperanza, a fin de que el pueblo estuviera en condiciones de recibir cuantas promesas le hiciera Dios a través del patriarca Abrahán. No obstante, nadie podía saber en qué momento concreto irrumpiría Yahvé en el mundo para domeñar de una vez el poderío del mal.

Cada vez se afianzaba más la convicción de que sólo la presencia del mesías pondría fin a tanta penuria. Ahora bien, tal mesías ¿qué iba a ofertar? Ante todo una imagen de Dios profundamente cercana al hombre. Apremiaba, en efecto, liberar a la divinidad de todo estructuralismo legal, pues mientras la ley siguiera constriñendo al pueblo, mal podría conseguir plenitud. Y sin ella ¿cómo ser en verdad feliz?

Meta tan sublime se suponía vinculada con el mesías. Cuando éste injiriera en la andadura del pueblo, se pondría fin al imperio de los malvados. Y entonces tomaría la divinidad las riendas de quienes, siempre prontos a servirla, suspiraban por las delicias de un reino donde no tuviera acceso lo negativo. Era obvio que un reino así sólo incubaría positividad. Siendo tal, ¿cómo no transpirar dicha plena?

La instauración de ese reino se suponía incumbir al mesías. Cierto que no todos los judíos se ponían de acuerdo al trazar las coordenadas del reino mesiánico. Un calificado sector de creyentes, harto ya de vejaciones, lo encuadraba en módulos de contenido político. Mas tampoco faltaban quienes -engarzando con las tradiciones proféticas- le infundían proyección vivencial. Y con tal enfoque sintonizaría por supuesto Jesús.

Su proclama en torno al reino invita a pensar en una divinidad cálida y cercana cuyos nexos con el hombre no se rigen por coordenadas de ley. Para mejor plasmar tal doctrina, brindó una imagen de Dios que la tradición judía por fuerza debía impugnar como espuria. Y es que, sin desplazarlo de su trono celeste, lo adentró en un plano humano permitiendo a los creyentes asir la presencia divina en su vida y actuación.

Jamás el ser humano había imaginado tan próximo a Dios. Cierto que éste conservaba su dimensión trascendente. Mas ello no impedía asentarlo en un plano histórico para que los humanos pudiéramos descubrirlo en la cotidianidad de Jesús. Vista así, su misión mesiánica se centró no sólo en proclamar las excelencias del nuevo reino, sino en acuñar una imagen divina acorde con él.







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