Altar Mayor - Nº 83 (01)
Fecha Domingo, 24 noviembre a las 11:09:53
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 83 – noviembre-diciembre de 2002

SALIR DEL LABERINTO
Por Emilio Álvarez Frías

Somos incorregibles. No parece posible que el hombre sea capaz de salir del laberinto en el que está metido. Los caminos por los que transita dan infinidad de vueltas para finalizar siempre en el mismo muro que le impide salir al exterior al encuentro de nuevas perspectivas, nuevos planteamientos, ideas regeneradoras, espacios más tranquilos, más bellos.

Aunque, como en todo laberinto, existe una salida que, encontrada, rompe la angustia que atenaza al hombre, le libera de la claustrofobia que no le permite razonar con cordura, le impide hallar la libertad real que le desenganche de la tiranía de la mente dando paso a la paz ansiada por la conciencia. Pero la soberbia, la ambición, el egoísmo, el egocentrismo, el materialismo, la codicia, la envidia, la voracidad, la sordidez, la miseria... que le dominan no le permiten hallar esa la puerta por la que encontrarse con la felicidad. ¿Por qué? Porque se cierra en torno a esas deidades que le conducen por los caminos incorrectos del laberinto, desoyendo las recomendaciones de la humildad, de la armonía, de la tranquilidad, del amor.

Siempre, cuando llegan estas fechas navideñas, intentamos hacer una reflexión de por qué Dios envió a su Hijo a estar un tiempo entre nosotros, para enseñarnos el camino, para presentarnos la imagen de la vida eterna, para ofrecernos la posibilidad de que podamos alcanzar el Reino.

Si estaría seguro el Padre de que somos incapaces de conducirnos solos por la senda recta, si estaría convencido de que nuestra inclinación era propensa a dejarnos llevar por las tentaciones, si sabría que el pueblo elegido extraviaba su andadura que nos envió al Hombre que, con su vida, su palabra, su ejemplo, su muerte iniciara la nueva jornada del hombre.

En muchas ocasiones nos invade el desánimo si miramos el laberinto desde lo alto. Nos damos cuenta de que los hombres que transitan desorientados por sus vericuetos en lugar de aproximarse a la única salida que existe, se alejan de ella, se pierden en los recodos, eligen los caminos equivocados cuando en un cruce han de decidir por cuál seguir, desvían su atención a los cantos de las sirenas tentadoras. Algunos, pocos, hacen el trayecto desde la paz interior, sin agobios, eligiendo el sendero adecuado. Unos con plena seguridad, sin titubeos; otros perdiéndose en alguna ocasión aunque más adelante vuelvan a encontrar esa senda que abandonaron.

¡Cuántos, como hormigas enloquecidas, recorren las trochas erróneas sin ver la salida, sin darse cuenta que han de salir porque de alguna forma tienen que abandonar el laberinto! Estos son mayoría de los que circular alrededor nuestro. Se empeñan en no ver la claridad que puede conducirlos a la verdad, cubren sus ojos con gafas oscuras porque rechazan la belleza que se muestra ante ellos, cambian la mirada de lugar para no admitir dónde está la ruta verdadera. ¡Lástima! Pues sin hallar la Verdad no alcanzarán la felicidad.

Lo que nos dicen cada mañana los titulares de los periódicos produce escalofríos. Es el resultado de dar vueltas y vueltas en el laberinto sin encontrar la salida. Ya casi nos hemos acostumbrado a la lectura de esos titulares y los despachamos con un «el mundo está desquiciado, se ha vuelto loco». Y somos reacios a rebelarnos ante las muertes violentas, o ante los discursos que confunden o engañan, o ante las decisiones que producen pánico, o a la vista de las actitudes que originan dolor, o por causa de acciones que avergüenza,...

En estas fechas la tradición habla de paz. Y nosotros lo repetimos con alegría y convencimiento de que nuestros semejantes nos escucharán y esa paz harán realidad en el mundo. ¡Vana ilusión!

Mas, a pesar del desánimo, hemos de seguir repartiendo buenos deseos, pues la esperanza nos inclina a pensar que no caen en el vacío y alguna vez el hombre enmendará su trayectoria y alcanzará a salir en tropel del laberinto para ver la luz de la Verdad, conseguir esa paz ansiada y cumplir el mandamiento único de amor.







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