El Risco de la Nava - Nº 150
Fecha Martes, 21 enero a las 21:02:54
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 150 – 21 de enero de 2003

SUMARIO

  1. El Madrid de Azaña, por Mario Tecglen
  2. El Tejo: Los pobres americanos, por Antonio Castro Villacañas
  3. Europa y los trabajadores, por Licinio de la Fuente
  4. El Estado de la cultura, por Dalmacio Negro
  5. Maestros, no testigos: Botella frente a Zerolo, de Hispanidad


EL MADRID DE AZAÑA
Por Mario Tecglen

Ahora resulta que Trinidad Jiménez, la aspirante a alcaldesa de Madrid por el PSOE, ofrece a los madrileños, como si se tratara del Edén Perdido, convertir nuestro Madrid actual en el Madrid de Azaña. Y D. Francisco Umbral, otro periodista mendaz –porque ese sí sabe de pe a pa lo que fue realmente aquel Madrid– apoya el ofrecimiento con su verbo brillante y su experiencia reconocida.

Y volvemos, una y otra vez, a la República Idílica. Al Paraíso Terrenal que arrasaron unos cuantos militarones de botas altas y medallas, en connivencia con unos señoritos fascistas. Y otra vez nos levanta en vilo y nos provoca la imprescindible reacción a los que nos tocó vivirlo en nuestras propias carnes.

Sí que es cierto que los intelectuales de izquierdas, como García Lorca y Valle Inclán, estrenaron su mejor teatro. Ahí están, en las hemerotecas, el estreno de «Divinas Palabras», de Valle, en el Teatro Español, con adaptación al teatro de Cipriano Rivas Cherif, el cuñado de Azaña, Y el de «Bodas de Sangre», de García Lorca, en el Beatriz (Con la República había perdido lo de «Infanta»), con una crítica unánimemente aplaudida por la práctica totalidad de los intelectuales, que el público no confirmó, como confesó el propio Federico.

Pero, al mismo tiempo, morían en las calles de Madrid los primeros falangistas por el tremendo delito de vender el semanario FE, como Francisco de Paula Sampol y Vicente Pérez. Y algo más tarde, por pertenecer al SEU, Matías Montero.

Qué triste debió resultar leer en los periódicos republicanos como apodaban a José Antonio «Juan Simón el enterrador», mientras él, tragando saliva, se resistía a convertir la naciente organización en un instrumento de terrorismo.

---«Aún es pronto – sentenciaba José Antonio–. Falange necesita cargarse de razón y de luto antes de penetrar en la encrucijada alevosa de la venganza».

Los mayorcitos, como Umbral, tienen que recordar, por pequeños que fueran, «las carreras» que en aquella época «idílica» eran el pan nuestro de cada día:

Las protagonizaba la Guardia de Asalto. Un cuerpo de choque formado por hombretones que, ante las luchas diarias de las calles, aparecían en camiones sin laterales, con bancos montados al aire, con las porras desenfundadas, y al primero que pillaban le rompían las costillas; ya fuera joven, viejo, gordo o flaco y por eso corrían. Todos corríamos. Hasta los niños como yo.

Aquella Guardia de Asalto fue la misma que, siguiendo órdenes de Azaña que más tarde negó, masacró a los pobres hambrientos de Casas Viejas el 11 de enero de 1933, cuando D. Manuel era Presidente del Gobierno y Ministro de la Guerra.

Así fue, y aún peor, el Madrid de Azaña que ahora, al cabo de los años, nos quieren pintar de color de rosa.
 

EL TEJO
Por Antonio Castro Villacañas

LOS POBRES AMERICANOS

A mí lo de Estados Unidos con Iraq me recuerda mucho a las películas del Oste. En ellas, los pobres americanos necesitaban pastos para sus ganados o tierras para sus campesinos. Los indios, sucios y malos, eran los dueños de ambas cosas. En consecuencia, los pobres americanos no tenían mas remedio que tomar por la fuerza lo que les hacía falta, aniquilando a los indios tontos que no querían cambiar su forma de vida. Resultado: los pobres americanos se quedaban con las tierras, los indios eran expulsados a las reservas inhóspitas o dejados muertos, algunos americanos se hacían ricos, y siempre quedaban puntos sin resolver para poder seguir adelante, en busca de nuevas tierras donde luego -para proporcionar argumentos a otras películas- se descubrirían yacimientos de oro o petróleo...

Pues eso: si en Iraq no existieran importantísimas reservas petrolíferas, el pobre Busch no tendría que buscar esas misteriosas armas (que deben ser pequeñísimas, pues son fáciles de esconder y difíciles de encontrar) que está seguro tienen los iraquíes para fastidiar a los pobres americanos, empeñados en poner orden y paz en el «lejano este» para que puedan vivir tranquilos esos míseros y desgraciados colonos de Israel, que son de verdad los buenos de la película.
 

EUROPA Y LOS TRABAJADORES
Por Licinio de la Fuente. Ex Ministro de Trabajo

Cuando apenas los últimos rescoldos de la Segunda Guerra Mundial se habían extinguido, y empezaban a cicatrizar los desgarros sangrientos de la división y el enfrentamiento de las naciones europeas, hombres con visión de futuro como Shuman, Adenauer, De Gasperi, Monnet... pusieron la primera piedra de una Europa unida. Esta primera piedra tenía un puro sentido económico, pero abrió un proceso imparable. La Comunidad Europea del Carbón y del Acero, la CECA, fue la semilla de la que hoy es la Unión Europea (UE). Han sido cincuenta años de andadura en los que a algunos les parecerá que se ha ido muy deprisa y a otros nos parece que lo fundamental está por hacer. Estoy seguro de que los creadores de la CECA, si vivieran, se alinearían en este segundo bando. Ellos eran conscientes de la amplitud del problema y muy ambiciosos en el planteamiento y concepción de Europa.

Por entonces -estaba yo en Segovia como Abogado del Estado-, me invitaron a dar una conferencia en un ciclo que organizaba la Diputación Provincial. Los organizadores me dejaron tema libre, si bien pensaban en algo de tipo administrativo o fiscal. Se sorprendieron cuando les anuncié el tema. Iba a hablar de Europa y de la importancia del proceso de integración que comenzaba y de la necesidad de acelerarlo y abrirlo a otras áreas. Dije entonces, y sigo pensando ahora, que si Europa quería seguir teniendo un papel significativo en el mundo, si quería defender no sólo su economía, sino sus valores y su cultura, que era lo que le había dado una proyección universal, tenía que unirse hasta llegar a constituir la nueva Patria de los Europeos. Fue seguramente una de las primeras conferencias que se dieron en España sobre el tema (estábamos a principios de los cincuenta) y en ella anticipé ideas que fueron madurando en conferencias sucesivas hasta culminar en una que pronuncié en la Cámara de Comercio de Madrid a principios de los sesenta, y que me atreví a titular ya «¿La Europa de las Patrias o una Patria Europea?». La primera idea respondía al concepto de De Gaulle, tan celoso de preservar «la grandeza de Francia». La segunda es la que defendíamos y seguimos defendiendo los que entendemos que sólo cuando los europeos se sientan unidos e integrados en un destino común, en una Patria común, Europa volverá a ser por fin algo significativo en el mundo. A la altura de nuestro tiempo, los «nacionalismos» de todo tipo se han quedado trasnochados y son un impedimento para el avance. El concepto Nación-Estado es creación y corresponde a necesidades y situaciones de otro tiempo. No digamos ya los «nacionalismos» localistas, que como nostalgias medievales parecen ser el glorioso futuro, retrógrado e insolidario, de los planteamientos de algunos políticos españoles (aunque no quieran llamarse así, son españoles y sin España no serían nada).

Las controversias y las dificultades, las fuerzas centrípetas y centrífugas, que han presidido la andadura de estos cincuenta años de integración europea, siguen vivos y plantean ahora como entonces el reto de hasta dónde queremos llegar. ¿Bastará con lograr acuerdos económicos cada vez más amplios y rigurosos? ¿Bastaría con defender la economía europea en el conflictivo mundo de la competencia y la globalización? ¿Será sostenible una Unión «Económica Europea»? ¿O habrá que profundizar más? ¿Por qué no se atreven todavía la mayoría de los dirigentes de los Estados a hablar de la construcción de «Europa», sin distingos? Hay que reconocer que no es fácil. Pero en primer lugar habría que proponérselo. Y ser imaginativos. Y soltar lastre. El lastre de conceptos que nos son familiares, entrañables, pero que corresponden a otro tiempo y a otro mundo. Entre ellos el de Estado-Nación que creó el liberalismo de los siglos XVIII y XIX. Hay que buscar otras formas de integración de Europa.

Nos encontramos en un momento crucial, cuando se está elaborando un proyecto de Constitución Europea. Parece que una Ponencia del PPE ha elaborado un anteproyecto de texto ambicioso e integrador. Pero las manifestaciones de la mayoría de los Jefes de Estado y de Gobierno están llenas de reservas y reticencias. Es como si no fueran conscientes de que cada vez Europa y los Estados europeos significan menos en el Mundo y van a remolque de otros en los problemas importantes, sin que su voz atenuada y dividida suponga algo más que una opinión.

Necesitamos una Europa unida, en lo económico, en lo social, en lo político... Y en lo cultural, la gran aportación de Europa al mundo en que vivimos.

Los trabajadores europeos necesitan también esa unión. Es posible que inicialmente suponga ciertos traumas y que, desde luego, sean necesarios esfuerzos especiales de formación y culturización, pero al final, si el trabajador puede tener a Europa como horizonte de su futuro laboral, no cabe duda de que se habrán abierto para él nuevas posibilidades de realización y promoción personal.

¿Por qué la integración social va tan detrás y tan a remolque de la integración económica? Es posible que sea inevitable en una concepción pura o básicamente capitalista de la economía, que es la que hoy predomina en Europa y en el mundo. Pero incluso pensando en la pura concepción económica, el trabajo no tenía que haberse quedado atrás en el proceso de integración. Porque, incluso desde el punto de vista exclusivamente económico, y prescindiendo de otras valoraciones (de las que a mi juicio no se puede prescindir), ¿acaso el trabajo no es la primera fuerza económica, la más importante, la que potencia y hace rentables los demás recursos? ¿Por qué no se piensa que la «movilidad» del trabajo (de todo tipo) puede crear tanta riqueza como la «movilidad» de los capitales, de las producciones, de los avances tecnológicos...? ¿Y por qué no se piensa en que la «riqueza» del hombre es algo más que los recursos económicos?

Para nosotros, el trabajo no es sólo la primera fuerza económica, sino que el trabajador es el primer factor de integración humana y social. O llegamos a hacer la Europa de los trabajadores, o no habrá Europa. Puede haber una Europa de los políticos, pero no habrá una Europa del pueblo. Hilvanaremos y recoseremos los trozos de la Europa descompuesta, y hasta crearemos organismos comunes para enfrentarnos a otros en los problemas económicos. Pero, por encima de los hilvanes y recosidos, Europa requiere una integración social y humana que se está dejando en segundo plano y que sólo pueden hacer los trabajadores, los trabajadores manuales, los intelectuales, los científicos, los artistas, los creadores y dirigentes de Empresas, los difusores de la cultura... Ese es el ancho mundo del trabajo que hay que integrar si de verdad queremos hacer Europa. La forma política cómo se haga, es en cierto modo instrumental y secundaria y no hay por qué atenerse a módulos tradicionales o de otro tiempo. No hay por qué ceñirse al concepto de Estado, ya sea unitario, federal o confederal. No hay por qué poner a una construcción nueva un armazón antiguo. El instrumento tiene que ser el más adecuado para conseguir el fin. Pero a veces parece lo contrario.

Para esa integración social y humana de los europeos hay que recorrer un largo y difícil camino lleno de obstáculos y problemas. Ese es nuestro gran reto.

En primer lugar hay que declarar y conseguir una igualdad de derechos y de trato para todos los europeos, en cualquier lugar de Europa y en cualquier actividad o profesión. Pero no basta, no nos engañemos, con una igualdad teórica, formal o declarada, hay que conseguir una igualdad real.

En segundo término, en vez de poner barreras, hay que fomentar la movilidad. Y esto tenemos que hacerlo entre todos, no es un problema sólo de los Estados, de los administradores. Es un problema de la sociedad, de los hombres. ¿Y se está haciendo algo por crear esta conciencia social e intelectuales, de los técnicos, de los que se dedican a la cultura o al arte, a la creación y dirección de empresas...

Comprendo que el camino no es fácil. Pero es el camino que hay que andar. O no llegaremos. Dar al trabajo, a la actividad del hombre en cualquier campo un horizonte europeo, creo que vale la pena. Creo que es, de verdad, el futuro. Por largo y lleno de curvas, y cuestas, y baches, que sea el camino.
 

EL ESTADO DE LA CULTURA
Por Dalmacio Negro

Tomado de «La Razón» 14 enero 2003

La decadencia cultural de Europa es indiscutible. Resulta fácil percibirla en las artes y en la literatura, pero el declive alcanza a los demás campos de la vida intelectual, desde la filosofía y la ciencia a la religión. La profusión de obras, libros, revistas, películas, etcétera no debe engañar al respecto: es lo propio de una cultura meramente cuantitativa que, además, incita la producción de cultura como un bien y como un mérito aunque no se tenga nada valioso que aportar ni nada interesante que decir, ni se sepa decirlo llegado el caso; así ocurre, por ejemplo, para acceder a determinadas categorías de la enseñanza, en las que es casi obligatoria la publicación como si fuese equivalente a la investigación; otro de los mitos de la cultura actual, según el cual, quien se dedique a alguna actividad más o menos intelectual ha de ser al mismo tiempo investigador, cuantificándose también así la investigación y aumentando la incultura general.

En esta forma de la cultura dominante, al final prevalece la cantidad sobre la calidad y, puesto que la selección la hace la propaganda, en la que hay que incluir casi siempre a la crítica, se orienta la producción como si se tratase de una industria pensando en el mercado, y lo cualitativamente valioso, lo bueno, queda oculto por el número. El resultado es la confusión intelectual con graves consecuencias para la ética.

Son muchos los que no se recatan en decir como Pierre Rosanvallon, que nuestras sociedades son moralmente esquizofrénicas: sufren de compasión ante las miserias del mundo mientras defienden ferozmente los intereses más discutibles; son humanitarias, creen en los llamados derechos humanos e impulsan por todos los medios lo que C. S. Lewis ha llamado la abolición del hombre; reivindican la justicia y piden al mismo tiempo que se cometan en su nombre las mayores injusticias; se consideran libres y atropellan la libertad todos los días; exigen la igualdad creando nuevos privilegios y desigualdades; postulan la verdad y descansan en una gigantesca organización de la mentira; son solidarias a la moda y se aprovechan de la solidaridad; se creen progresistas y son escandalosamente reaccionarias; se dicen pacifistas, amantes de la paz y tolerantes pero se producen con dureza, violentamente a la menor discrepancia; se piensan como ilustradas y en ellas prosperan la incultura y la ignorancia; individualistas, añoran las formas de vida comunitaria; realistas, viven de abstracciones siendo ellas mismas sociedades abstractas; racionales, son dirigidas por la opinión de los peores...

Sociedades inconformistas caracterizadas por su conformismo, la ética de estas sociedades más que amorales psicológicamente enfermas es, en la medida en que existe, una ética sin verdad incapaz, aunque sea racional, de suscitar la adhesión del corazón. Ética puramente procedimental, se atiene sin convicción a las mínimas reglas establecidas fingiendo ceñirse formalmente a las pautas de conducta establecidas. Es lógico el predominio de lo «políticamente correcto», especie de pseudoética heterónoma que por lo menos proporciona un criterio al individuo aislado, autónomo, que se piensa independiente. El acatamiento a la opinión establecida por el mero hecho de que parezca compartirla la mayoría, es el conformismo del enfermo en una sociedad nihilista.

La cultura cuantitativa es una cultura en cuyo corazón se ha instalado el principio de neutralidad. Como en ella lo importante es, pues, naturalmente, la cantidad, resulta normal que su vitalidad dependa del poder político y el poder del dinero llegando un momento en el que se pierde la capacidad intelectual de distinguir y valorar, con lo que todo da igual; «todo vale»; sólo es cuestión de más o de menos. En contraste con la igualitarista y amorfa cultura cuantitativa, la cultura cualitativa no es neutral: guiada por el principio de realidad, se rige por el preferir y el elegir, el distinguir y el valorar. En ella se reconoce la diferencia entre la verdad y la mentira, entre lo que es bello y lo que es feo, entre lo que es bueno y lo que es malo, entre lo mejor y lo peor
 

MAESTROS, NO TESTIGOS: BOTELLA FRENTE ZEROLO
Hispanidad,
21 enero 2003

Si tú fichas a Boyer yo a su señora. Bueno a su ex, doña Elena Arnedo. La moda que comenzara Felipe González con el juez estrella Baltasar Garzón, ha empezado a tomar derroteros curiosos. Los políticos fichan a líderes sociales. Y si no son líderes es igual: ante la confusión de ideologías y mensajes grises, lo que importa es fichar a rostros que identifiquen una actitud, en el mejor de los casos, hasta podrían identificar una idea.

Así, la candidata socialista al Ayuntamiento de Madrid, Trini, la de la chupa de cuero, ha respondido a su adversario, Ruiz-Gallardón, y su fichaje estrella de Ana Botella, con doña Elena Arnedo, médica, ex esposa de Boyer, hoy metido en la fundación del Partido Popular. Y también ha fichado, muy representativo del progresismo socialista, a Pedro Zerolo, de la Plataforma Gay. Es decir, que en las democracias modernas se votan nombres propios, no ideas. Al menos, en la democracia española.

Se vé que el electorado moderno no acepta maestros, sino testigos. Y que las ideologías y las estrategias políticas no valen lo que un rostro y la identificación con un líder social. Así se ha creado un auténtico mercado de fichajes políticos, buscando el voto de quien se identifica con el PP o con el PSOE. Pero ya no es el Julio Iglesias de Aznar o el Antonio Banderas de Felipe González. No, ahora los testigos, los modelos, deben ir en las listas, preferentemente en aquellos puestos en los que seguramente no saldrán elegidos. De esta forma, el rédito se lo llevan los políticos profesionales, si saben utilizar correctamente a los famosos.

Por ejemplo, ahora sabemos que a los socialistas les gustan los cachorros (y eso es progresismo) y a los populares les gusta Miguel Boyer (y eso nadie sabe qué es, por lo que sospechamos que estamos ante un centro-reformismo de gran pureza).

Y esos rostros son los que ocultan cuestiones como la seguridad ciudadana, la intervención de España en la guerra de Irak, la política fiscal, la participación de las autonomías en el Gobierno del Estado y en el gobierno de la Unión Europea, la inmigración y algunas cuantas cosillas más.

Lo importante es que la cara del PP es Ana Botella y la del PSOE Pedro Zerolo. O sea, que el debate política está adquiriendo altura.

Maestros, no testigos: Botella frente Zerolo

Si tú fichas a Boyer yo a su señora. Bueno a su ex, doña Elena Arnedo. La moda que comenzara Felipe González con el juez estrella Baltasar Garzón, ha empezado a tomar derroteros curiosos. Los políticos fichan a líderes sociales. Y si no son líderes es igual: ante la confusión de ideologías y mensajes grises, lo que importa es fichar a rostros que identifiquen una actitud, en el mejor de los casos, hasta podrían identificar una idea.

Así, la candidata socialista al Ayuntamiento de Madrid, Trini, la de la chupa de cuero, ha respondido a su adversario, Ruiz-Gallardón, y su fichaje estrella de Ana Botella, con doña Elena Arnedo, médica, ex esposa de Boyer, hoy metido en la fundación del Partido Popular. Y también ha fichado, muy representativo del progresismo socialista, a Pedro Zerolo, de la Plataforma Gay. Es decir, que en las democracias modernas se votan nombres propios, no ideas. Al menos, en la democracia española.

Se vé que el electorado moderno no acepta maestros, sino testigos. Y que las ideologías y las estrategias políticas no valen lo que un rostro y la identificación con un líder social. Así se ha creado un auténtico mercado de fichajes políticos, buscando el voto de quien se identifica con el PP o con el PSOE. Pero ya no es el Julio Iglesias de Aznar o el Antonio Banderas de Felipe González. No, ahora los testigos, los modelos, deben ir en las listas, preferentemente en aquellos puestos en los que seguramente no saldrán elegidos. De esta forma, el rédito se lo llevan los políticos profesionales, si saben utilizar correctamente a los famosos.

Por ejemplo, ahora sabemos que a los socialistas les gustan los cachorros (y eso es progresismo) y a los populares les gusta Miguel Boyer (y eso nadie sabe qué es, por lo que sospechamos que estamos ante un centro-reformismo de gran pureza).

Y esos rostros son los que ocultan cuestiones como la seguridad ciudadana, la intervención de España en la guerra de Irak, la política fiscal, la participación de las autonomías en el Gobierno del Estado y en el gobierno de la Unión Europea, la inmigración y algunas cuantas cosillas más.

Lo importante es que la cara del PP es Ana Botella y la del PSOE Pedro Zerolo. O sea, que el debate política está adquiriendo altura.







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