El Risco de la Nava - Nº 151
Fecha Miércoles, 29 enero a las 10:25:45
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 151 – 28 de enero de 2003

SUMARIO

  1. Al-kanziyya: Pontífices, por Aquilino Duque
  2. La edad mundial (i): Derroteros y vigencias, por J. M. G. Páramo
  3. El trauma, por Joaquín Albaicín
  4. Un juez católico español vetado por sus creencias, de Zenit.org
  5. El exilio como pretexto, por Pío Moa


AL-KANZIYYA
Por Aquilino Duque

PONTÍFICES

La buena prensa de Juan XXIII contrasta con la mala prensa de otros pontífices, como Pío XII o Juan Pablo II. Esa prensa de la Euromodernidad siente por la Iglesia romana una aversión obsesiva, y si Juan XXIII está bien visto es por haber abierto, con el Concilio Vaticano II, una rendija por la que se introduciría lo que su sucesor Paulo VI llamó «el humo de Satanás». A cerrar esa brecha se precipitarían, primero Paulo VI, con titubeos, y luego Juan Pablo II, sin contemplaciones. Éste además pasaría a la ofensiva y es a él y a Reagan, otra bestia negra de los medios de manipulación, a los que se debe el derrumbamiento final del mito marxista-leninista. Sobre la índole criminal de ese mito no cabe ya la menor duda, pero aun así se beneficia de ciertas simpatías retrospectivas y de una cierta respetabilidad histórica. Juan XXIII sabía tanto del Gulag como Pío XII de Auschwitz y, aun suponiendo que éste callara para evitar males mayores, de sobra sabemos ya cuál fue el volumen de los males que pasó por alto el Pontificado del aggiornamento.

Cuando la guerra no era más que una amenaza, otro pontífice, Pío XI, publicó dos breves, que no encíclicas como suele decirse, Mit brennender Sorge y Non abbiamo bisogno, y es bueno que se sepa que la «ardiente preocupación» de Su Santidad era la educación de la juventud, o mejor dicho, su adoctrinamiento por un Estado laico, y eso que en Italia al menos, gracias a Gentile, Bottai o Gemelli, pudo la Iglesia mantener posiciones en una escuela tomada por el laicismo fascista.
 

LA EDAD MUNDIAL (I)
J. M G. Páramo

DERROTEROS Y VIGENCIAS

La caída del muro de Berlín enardeció a los liberales y se empeñaron en dos actividades: 1ª. Ir a la globalización del planeta con lo eficaz de su técnica; y 2ª. Teologizar y expandir el evangelio neo-capitalista. Es decir, propagar con grandes colosos industriales del globo (aquel regalo de una goma hinchada de aire que obsequiaban a los niños los jueves), como misioneros, y convencer como apóstoles ungidos -de paso- a toda la tierra, ¿la ideología neo-liberal era la solución de la crisis en marcha? Personas y equipos intelectuales «creyentes» comenzaron a hesitar poco después...

A pesar de la abundante bibliografía progresista sobre el tema, poca gente advierte el abismo a cuyo borde está el mundo. Una cosa es lo útil de determinadas propuestas capitalistas, otra su disfuncional carencia ideológica de Welstanchaung, de visión del mundo. Ignorancia de la libertad en cuanto imprescindible instrumento de la plenitud del hombre. Pero sólo el instrumento que responsabiliza al hombre ante el bien, el mal o la tibieza, cómplice de sendos cuernos de la existencia y sus dilemas.

Richard Falk hace una descripción desde el mercado, Noam Chomsky et allií desde la «objetividad limitadora» y Renè Passet un «elogio» de una globalización humana (editados respectivamente por Siglo XXI, Ariel y Salvat). Mis lectores reprochan mis continuas citas: así al escribir doy pistas a quienes desean matices, complementariedad, apoyo. Así evito el ataque por plagio-apoyo, menciono a quienes dan una idea o apoyan una mía previa. Dejo hoy los movimientos juveniles de la globalización a la anti-globalización (ed. Ariel social). En su momento tocaré la caliginosa cuestión de nuestros herederos, los jóvenes, en su mayoría abúlicos y en su minoría egregios. No son una grey ni un rebaño.

Falk, catedrático de Princenton, con su contundencia exhibe algunos perfiles de la versión vigente de la planetización. Estudia los rasgos creados «desde arriba» por el imperio y los gigantes de la absorción y «desde abajo» por tipos humanos sensibles a los riegos del control ajeno de las fuentes de rentas; y cree necesario revitalizar el Estado-Nación con compromisos y responsabilidad. El poder mundial opera hoy defensivamente, con dureza e irresponsabilidad en lo social y en los patrimonios de comunidades. Distingue Falk netamente entre la demonización de lo público y la elevación a los altares de lo privado. La confusión era reduccionista y simplona. En ambos sectores puede ocurrir, darse, el bien y el mal. Muchas estructuras del pecado son privadas, lástima que los ejemplos para aclarar lo obvio caiga -para un cristiano- fuera de la cultura de la vida. Por lo demás es encomiable su captación de la ideología neo-liberal, su mención crítica de prioridades objetables del su clima dogmático, la «teología liberal». Esto resulta preconizable en un prof. Americano inmerso en un mar de reflejos capitalistas.

Lo 1º, la imagen mundial de neo-liberalismo, su «proyecto» cree en la dirección de los mercados autónomos y el favor de los Estados; promueve un crecimiento raudo del comercio y las inversiones; democracias tranquilas; la crisis y el FMI; la división entre los poderes neo-capitalistas. Los temas más polémicos se embaulan en voces: liberalización; fomento de lo privado; el mínimo de reglas (¿); reducción del gasto estatal; disciplina fiscal y mengua de la presión impuesta; flujo más libre de capital (¡); control de los sindicatos y repatriación sin restricción de lo invertido o su rendimiento (¡). Eso para Falk -y para mí- es globalización depredadora. Los idearios variados de los neo-liberales, keynesianos, ecológicos, democracias neo-sociales; otros enfoques de la política económica dice Falk- no son intrínsecos a la mundialización; yo creo que algunos sí, y gravemente. La «globalización desde abajo» se opone a la perfilada «globalización desde arriba». No hay todavía ocasiones de encuentro.

¿Es deseable lo que él describe como democracia cosmopolita? La mundialización depredadora erosiona el acuerdo de la gente, el «contrato social» y presiona con el futuro sostenible, para el beneficio propio, a todos lo pueblos. La sumisión a lo que desea el capital mundial es presionante e inaceptable. Los depredadores se proponen reforzar el encaje social del comercio tele-dirigido aunque las finanzas parezcan abrirse y se hable de la ciudadanía del mundo; beneficios no excesivos y sin coste social (¿); mejora del fundamento filosófico sin dogmatismos; eso debiera evitar la irrelevancia ciudadana y social; la inoperatividad de los partidos. Parece ser que las militancias progresistas y alejadas no son tan objetivas como las sugeridas o coleccionadas por Falk. Sostenimiento histórico del desarrollo, beneficios extensibles a toda la tierra y a los desfavorecidos; hay que proceder al descarte de lo utópico e insensato; y fomentar la competencia, el crecimiento y la eficacia; evitar la tendencia de los países díscolos ¿por los anti-ideólogos o los geo-políticos? (¿)
 

EL TRAUMA
Por Joaquín Albaicín

Leíamos el otro día en estas páginas que las víctimas gitanas de la política de exterminio del Tercer Reich aún no se han sobrepuesto al trauma de sobrevivir a los campos de concentración. Gracioso, que se levantó el señor.

Al margen de que ironizar y burlarse de la muerte y el sufrimiento ajenos me parezca no sólo profundamente reprensible, sino algo -además- siempre evitable, en especial cuando al irónico se le supone el dominio de la lengua en que se expresa, todavía no he escuchado jamás a ningún chistoso de su cuerda cuestionar la existencia de los campos de exterminio soviéticos.

Miles y miles de infortunados prisioneros salieron vivos de ellos, lo mismo que de los regentados por la SS o la chusma ustasha de Ante Paveliç. Esta circunstancia, sin embargo, no lleva a los anticomunistas a concluir que el gulag es una falacia de la propaganda occidental ni a proclamar que Stalin y Khruschev eran unos patriotas incomprendidos.

Sin embargo, a tenor del razonamiento antedicho, lo lógico sería considerar a los supervivientes de Vorkuta unos pobres frustrados que se dedican a dar el coñazo a la gente de bien con sus padecimientos imaginarios bajo el imperio de la justicia social. En realidad, ¿no es preciosa Siberia? ¿Qué mayor alegría que ser útil a la patria y al proletariado mundial compartiendo a treinta y cinco bajo cero medio suculento pan duro con los camaradas? ¿Que se pretendía exterminarles? ¡Vaya falacia! ¡Se trataba sólo de endurecer su espíritu, de hacer de ellos buenos internacionalistas!

Por la misma regla de tres, sin duda que los supervivientes de la División Azul repatriados más de diez años después de su captura tampoco fueron más que unos excursionistas que disfrutaron en Rusia de vacaciones pagadas mientras el resto de los españoles pasaba hambre. ¿Encerrados? Ya. Y, ¿cómo es que volvieron? ¡Basta ya de propaganda fascista que presenta como mártires a unos señoritos que vivieron a cuerpo de rey a costa del contribuyente soviético!

Por otra parte, se me escapa de qué modo puede conciliarse la afirmación de que los campos de exterminio nazi son un invento de la propaganda aliada con la paralela de que Franco proporcionó pasaportes a miles de judíos que, gracias a esa maniobra, se libraron de dejar la vida precisamente en las alambradas de esos establecimientos educativos donde «el trabajo les haría libres».

En fin, que probablemente sea el «flecha» ilustrado en cuestión quien no haya superado -ni quizá, a estas alturas, superará- el trauma de constatar que las revoluciones no se hacen en pantaloncito corto.

La diferencia está en que dudo mucho que ningún gitano haya hecho jamás pública mofa de esa desilusión suya, pese a su absoluta irrelevancia en comparación con la de aquellos cuyas madres o abuelos fueron arrojados a una fosa común cavada a un tiro de piedra de los barracones «educativos» nazis.

Cuestión de estilos, acaso.
 

UN JUEZ CATÓLICO ESPAÑOL VETADO POR SUS CREENCIAS
En la comisión de reproducción asistida
Zenit.org

MADRID, 23 enero 2003.- El juez español José Enrique Mora Mateo, ha hecho llegar a los medios de comunicación una carta en la que reflexiona sobre su descarte como miembro de la Comisión Nacional de Reproducción Asistida, según varios periódicos españoles, «por ser afín al Opus Dei», el pasado 14 de enero.

Según el magistrado, «lo que se ha publicado constituye un atropello antidemocrático a la libertad de asociación, a la libertad de pensamiento, a la libertad de acceso a los cargos públicos».

Mora Mateo, magistrado del Tribunal Supremo de Aragón y padre de once hijos, afirma: «Según cuentan, el único de los peticionarios que presentaba curriculum en Bioética, no ha sido nombrado como vocal de la Comisión de Reproducción Asistida, por sus creencias o por pertenecer a una asociación cuyas ideas no gustan».

Según el escrito de este magistrado, que es miembro de la Asociación Española de Bioética (AEBI) y de la Asociación de Familias Numerosas de Aragón, «en un Estado de Derecho, la religión, la ideología o el ejercicio lícito del derecho de asociación no pueden ser nunca un perjuicio para acceder a un cargo público profesional. Cuando una persona se asocia con otras legítimamente no debería preocuparle que eso le pueda perjudicar para acceder a cargos públicos».

Según el magistrado, «sostener que una posición ante el derecho a la vida no es objetiva sólo porque es distinta a la propia, y valorar esa postura en relación con el nombramiento, es pensamiento único, totalitarismo ideológico y esconde además miedo a la libertad, miedo al diálogo, inmovilismo y rechazo al progreso».

Continúa afirmando que «es un ataque al pluralismo político, al asociacionismo, a la vertebración social. Lo que los medios dicen que ha pasado y cuentan vocales del Consejo del Poder Judicial es más lamentable aún porque ocurre en un órgano que debería dar ejemplo al respecto, y además, en un tema tan delicado y complejo».
 

EL EXILIO COMO PRETEXTO
Por Pío Moa

«La Revista digital», 13 octubre 2002

Una de las cosas que más sorprenden cuando se estudian los entresijos de la república y la guerra civil es hasta qué punto esa mendacidad es descarnada, y ha encontrado su curso gracias, precisamente, a los tonos agresivos y desvergonzados con que ha sido expuesta.

En los últimos años, una historiografía alejada de la mínima honradez intelectual ha reproducido todo aquel arsenal de falsedades. El penúltimo episodio es el de la exposición sobre el exilio, organizada por Alfonso Guerra y la fundación Pablo Iglesias (cuyos fondos, digamos incidentalmente, contienen los más radicales desmentidos a la historia o historieta que nos vende su director). En la muestra, los exiliados aparecen como el bien absoluto, víctimas del mal no menos absoluto representado por los vencedores de la contienda. La desvergüenza llega al colmo cuando semejante sectarismo es publicitado como un avance en la «reconciliación de los españoles». He aquí un típico envilecimiento del lenguaje, que a su vez envilece la convivencia. ¿Qué entenderá por reconciliación gente como Guerra?

La exposición está montada como un típico instrumento de propaganda: fotografías, recuerdos diversos, con una música de fondo que transmite cierta solemnidad dolorida; de vez en cuando, muy destacadas, algunas frases que el visitante incauto graba fácilmente en su cabeza y que resumen el contenido y la intención de los manipuladores. Todo muy simple, una explotación de la emotividad al nivel del Goebbels de pub que lo organiza. Así, bajo el rótulo «Los retornos», encontramos esta explicación: «En el interior de España se intensificó la oposición al régimen de Franco. Aumentaron las relaciones entre el exilio y el denominado exilio interior. Poco a poco revivieron con fuerza aquellos ideales que condenaron al exilio a miles de españoles: la soberanía nacional y el Estado de derecho»; y al llegar la democracia por obra, se insinúa, de ese acercamiento entre el «exilio interior» y el exterior, pudieron retornar los emigrados que quedaban y querían.

No debe de ser fácil concentrar tanta falsedad en tan pocas palabras. Los retornos comenzaron inmediatamente de terminada la guerra. A lo largo de 1939 volvieron 360.000 exiliados del medio millón inicial, es decir, las tres cuartas partes de ellos. De ese retorno no informan los organizadores en su labor de esclarecimiento de la memoria histórica, dejando el hecho discretamente implícito cuando reconocen que el exilio definitivo afectó a unas 200.000 personas, cifra inflada probablemente en 50.000 o más, aunque eso tiene importancia menor. Y desde 1939 siguió un goteo de retornos a lo largo de los restantes años de franquismo.

Las cosas empezaron a cambiar en España, vienen a decir los promotores de la muestra, por las relaciones entre los emigrados y el «exilio interior», expresión camelística esta última que pretende sublimar la conducta de quienes, como el propio Guerra, se quejaban de la dictadura sin hacer nada contra ella, viviendo cómodamente y, muy a menudo, en puestos de la administración franquista. La verdad es que ni el exilio «interior» ni el exterior tuvieron nada que ver con la evolución del régimen, el cual se reformó, básicamente por su propia dinámica, hasta la democracia de hoy. ¿O pertenecían el rey, Torcuato Fernández Miranda, Suárez y tantos otros al «exilio interior»? Fue el franquismo el que evolucionó, y fueron los comunistas, cuyo carácter totalitario no precisa aclaración, los que se opusieron de manera real, aunque no demasiado efectiva, a aquel régimen. Los organizadores de la exposición ningunean así a la verdadera oposición, en provecho de oportunistas como el propio Guerra, cuyo apoderamiento de lo que no le corresponde recuerda una vez más la célebre caricatura de Gallego y Rey. Hurto moral, intelectual y político más grave, en mi opinión, en consonancia con las corruptelas de la época de mando del líder socialista.

Y aún más corruptor de la memoria histórica resulta pretender que los exiliados fueron «condenados» a su situación por defender la soberanía nacional. Al margen de la consideración que merezca la tragedia y la dignidad personal de muchos de ellos, fueron los dirigentes y partidos del Frente Popular quienes enajenaron la soberanía española a Stalin, tras enviarle el grueso de las reservas financieras del país. Como prueban los documentos de Largo Caballero, entre otros muchos, Stalin pudo poner bajo su tutela al Frente Popular, gracias a aquel oro recibido en depósito, pero consumido directamente por imposición soviética. Las armas eran pagadas por España, en general a alto precio, pero en definitiva quien decidía sobre ellas era el Kremlin. Largo, cada vez más furioso por la «protección» soviética, tenía que doblegarse porque, escribe, en otro caso la URSS podía cesar en su «ayuda». De hecho, su gran ofensiva por Extremadura, planeada para cortar en dos la zona enemiga, fue abiertamente saboteada por los «consejeros» stalinianos, dueños de los aviones y los tanques, y él mismo terminó expulsado del poder por una maniobra comunista. Luego Negrín ya no pondría ninguna pega a Stalin. Los nazis y los italianos, juntos o por separado, no tuvieron en el bando franquista, ni muy remotamente, el poder dominante ejercido por el Kremlin en el bando de las izquierdas.

Y la enajenación de la soberanía nacional no fue obra, ante todo, de los comunistas, sino en primer lugar de los socialistas, empezando por Largo, Prieto y Negrín. Y fue aceptada, mejor o peor, por los demás partidos. A tal punto despreciaban éstos dicha soberanía, que Prieto y los nacionalistas vascos y catalanes sólo pensaban en librarse del protectorado soviético sustituyéndolo por otro británico. Azaña expone con crudas tintas la ausencia de un ideal español en el Frente Popular, a pesar de la omnipresente demagogia patriotera, y cabría preguntarse qué entiende por soberanía nacional un listillo resuelto a dejar a España «que no la va a reconocer ni la madre que la parió». Y que, por cierto, la acercó bastante al Méjico del PRI.

Lo mismo en cuanto al estado de derecho defendido, según él, por los exiliados. El Frente Popular, una vez triunfó en las elecciones de febrero del 36, abandonó todas las normas propias de tal estado. La ley comenzó a ser impuesta desde la calle, y el poder judicial sometido a las políticas izquierdistas y revolucionarias. Cundieron por el país los asesinatos, incendios de iglesias, asaltos a centros políticos y periódicos de la derecha, y los gobiernos de Azaña y de Casares hicieron oídos sordos a las desesperadas peticiones de la oposición de que aplicasen la ley. Proliferaron las milicias izquierdistas, que actuaban a menudo junto con las fuerzas de orden público, como ocurrió en el secuestro y asesinato de Calvo Sotelo, y fue destituido de la presidencia Alcalá-Zamora, acto interpretable como golpe de estado. Etc. Quizás para Guerra tal situación responda a un estado de derecho, pues sus recetas para cambiar España incluían el entierro de Montesquieu, o la justificación, en nombre del «pueblo», del expolio de Rumasa, madre de mil corrupciones.

Hablando de corruptelas, la exposición no dice una palabra en torno a los saqueos del patrimonio artístico e histórico español y de los bienes de particulares, incluyendo los de miles de familias modestas depositados en los Montes de Piedad, que sirvieron para financiar a los dirigentes exiliados. ¡Otro olvido crucial de quienes pretenden rescatar la memoria histórica! Según otra frase destacada en la muestra, tomada del líder socialista Araquistáin, el exilio fue «una admirable Numancia errante que prefiere morir gradualmente a darse por vencida». Cuando la masiva y caótica huida de Barcelona a la frontera francesa, el «numantino» Araquistáin se preocupó de llevarse sus pertenencias, y probablemente otras que no eran suyas, mientras cientos de miles escapaban con lo puesto. Lo peor no fue eso, sino que para transportar sus «papeles y alfombras», en palabras de Constancia de la Mora, citadas por Javier Rubio, el líder socialista utilizó… ambulancias militares, sustraídas al transporte de heridos y gracias a las cuales pudo abrirse camino entre el alud de refugiados.

El exilio fue duro, incluso a veces trágico, para la masa de quienes lo sufrieron. Mucho menos, desde luego, para los dirigentes, como señalaba Negrín. Con esos dirigentes, y no con los exiliados de a pie, cuyas penas explota, se identifica Guerra, para darnos gato por liebre y envenenar la memoria histórica del país.







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