El Risco de la Nava - Nº 157
Fecha Martes, 18 marzo a las 23:09:46
Tema El Risco de la Nava


GACETA SEMANAL DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 157 – 11 de marzo de 2003

SUMARIO

  1. Un recuerdo para Rosa, por Miguel Ángel Loma
  2. La patria de Nieva, por Ángel Palomino
  3. José Antonio y las elecciones, por Antonio Castro Villacañas
  4. Libros: España no es diferente, por Rafael Ibañez Hernández
  5. Galería de pendejos: Henry Kamen, por Alvarfrías


UN RECUERDO PARA ROSA
Por Miguel Ángel Loma

Un caso estrella como el de la pobre niña nicaragüense, que reunía las circunstancias más morbosas, no se presentaba todos los días. Por eso no había tiempo que perder. Todo debía hacerse deprisa deprisa, porque la decisión estaba tomada de antemano, fruto de una estrategia perfectamente organizada. Rosa: niña de nueve años, de familia pobre, violada por un desalmado y embarazada de quince semanas con supuesto gravísimo riesgo para su salud y para la del ser humano que llevaba dentro. No se podía perder la oportunidad que ofrecía aquel brutal caso de laboratorio del doctor Mengele. Se iban a enterar todos esos estrechos que, como la Iglesia, aún se oponen al aborto. Rápidamente, una ONG denominada Red de Mujeres contra la Violencia (contra la violencia hacia todo lo que no sea un indefenso ser humano en el vientre de una niña madre) tejió su telaraña alrededor de Rosa, lanzando en el momento justo la noticia a los cuatro vientos. El anzuelo estaba servido y los periodistas más «sensibles» entrarían a saco. Ni siquiera hubo rubor en difundir la mentira de que la pequeña había sido excomulgada, y hasta sacaron de paseo, cómo no, la larga sombra de la Inquisición. Para algunos vale todo cuando el motivo es tan noble como el aborto. La opinión pública conmovida por la dramática presentación del terrible caso, casi unánimemente sentenció: «Si van a morir los dos, al menos que intenten salvar a la niña». «Y no es que yo esté a favor del aborto, pero en estos casos...».

No hubo tiempo para más. Apenas conocida la noticia y planteado un mínimo debate, la Red de Mujeres etcétera quitó a Rosa de en medio y la condujo a una clínica privada de Managua. Allí la hicieron abortar. Todo sucedió en muy pocos días. Y pese a que nos habían repetido que Rosa corría un grave riesgo de morir, tanto si abortaba como si seguía adelante con su embarazo, al día siguiente de ejecutada la faena, la presidenta de la Red no tuvo reparo en declarar que «La niña está muy bien..., y ahora podrá seguir jugando con sus muñecas». Capítulo cerrado. A pasar página y recoger los frutos. ¿Capítulo cerrado? No del todo...

Después hemos conocido algunos datos inquietantes que entonces se nos ocultaron. Como que el supuesto violador se empeñaba en demostrar su inocencia ofreciéndose a someterse a un análisis de ADN, mientras que quien aparecía como sufrido padre de la niña (y que en realidad era su padrastro), ante algunas sospechas que le señalaban como algo más que padrastro, se negó a realizar la prueba. Pero esto eran ya cuestiones secundarias porque la batalla la ganaron y «La niña está muy bien...». Pero ¿y mañana?, ¿qué será de ella?

Mañana, cuando crezca un poco más y deje de jugar con muñecas, posiblemente se entere de todo lo que le hicieron. Mañana quizás asalte a Rosa un confuso sentimiento al contemplar un «muñeco» como aquel que un día le arrancaron y que ni siquiera supo que jugaba a vivir dentro de su seno. Pero mañana, paradoja de este mundo deprisa deprisa, es un tiempo muy lejano. Mañana ya no interesará qué sucede con Rosa. Mañana nadie se acordará de aquella inocente niña y de aquel inocente hijo, que fue condenado a morir deprisa deprisa. El frente de la cultura de la muerte se apuntó un nuevo tanto y el caso de Rosa quedará en la memoria de la opinión pública como referente de esos episodios terribles y excepcionales que legitiman el aborto; sólo, claro, en esos casos... Casos terribles y excepcionales que sirven para introducir el aborto de tapadillo en las legislaciones y que una vez introducido, lo convierten en una medida más de «salud reproductiva». Y si para ello hay que utilizar a pobres niñas como Rosa, no pasa nada. Lo exige la noble causa del aborto.
 

LA PATRIA DE NIEVA
Por Ángel Palomino

Cuenta don Francisco Nieva, desde el sosiego de la ancianidad, que en su juventud aspiraba a ser artista. Él que además de académico es vanguardista de rompe y rasga, lo expresa así: «deseaba vivir instalado en el radio del arte»; suena horroroso; no podemos imaginar a doña Concha Velasco, protagonista brillante de una comedia musical de «problemática» semejante, diciendo, en lugar de «Mamá quiero ser artista», la culterana, y preciosista reivindicación «Mamá quiero instalarme en el radio del arte». A ver qué cara se le pone a una vedette cantando esa letra. Y quién es el guapo que le pone música. Es otro mundo, claro, el mundo de lo genial; algo que ha sucedido frecuentemente con las creaciones a veces excesivas y hasta grandiosamente disparatadas del señor Nieva que siempre encontró y encuentra resistencia en sus relaciones con empresarios y productores cuando demanda financiación para sus originales y atrevidos intentos de instalarse en el dorado radio. Por eso, desde los tiempos de Franco, hubo de apoyarse en el teatro oficial y en los despachos ministeriales para aportar al arte los frutos de su vocación de instalado. Según nos revela ahora, desde el radio ese de la cosa artística, en la España de la posguerra resultaba evidente que sus vehemencias expresivas no se iban a poder expresar […] el medio humano y cultural era emasculador y regresivo. Así de claro.

Emasculado ya, probablemente, se marchó a Francia y, como otros emasculados que no es necesario nombrar, contrajo matrimonio, lo que en aquel ambiente culto y vanguardista no comporta débitos conyugales exigibles en las llamadas «otras culturas». Y allí, en Francia, sus sentimientos hacia España se tornaron ambiguos. Admiraba la de Calderón, Gracián, ¡qué Parnaso!, la de Quevedo, Velázquez y Góngora -¡qué gente tan sublime y tan fina!- todo casi al mismo tiempo. Y añade: Pero la actual me contristaba, nada quería saber de ella y estaba dejando de ser «mi patria». Por fortuna el señor Nieva tampoco deseaba ser francés ni inglés o italiano: estaba comenzando a ser de ninguna parte.

Al fin, volvió a la expatria «gozosamente libre» y, desde su sensibilidad apátrida, sólo para dejarme caer en brazos del idioma. ¿Quiere con esto decir que la lengua lo reconcilia con España? No; su extrañamiento es virtual, íntimo, y le permite visitar zonas muy extrañas de la realidad y de la cultura aunque sean parte de la propia tierra en que se nace.

Una empanada mental como las que pone en escena y le permiten ser autor sin haber recibido otros plácemes que los de una crítica amable, complaciente y de cumplido. Una empanada mental que le permite visitar la Academia Española (sí, española de España) y sentarse en un sillón de la ilustre entidad. ¿O sólo visita al idioma y se sienta en el diccionario?

Porque todo esto lo describe confusamente en «Salvarse de España», un artículo publicado en el diario La Razón y lo remata con esta frase: Siempre desde fuera y salvado de España definitivamente. No he necesitado poner una sola bomba ni cargarme a nadie para demostrarlo.

¿Para demostrar, qué? Si ahondamos en el laberinto de la conmovedora confesión, podemos pensar que ha aceptado ser académico porque ama al idioma de Calderón: su Real Academia es Quevedesco-Cervantina-Calderoniana.

Y eso sin matar a nadie.

De buena nos hemos librado.

¿Cree don Francisco que es el único español a quien no le gusta España? A Unamuno le dolía España. También le dolió a Larra; a Hernán Cortés seguro que no le gustaba; quemó sus naves en México para evitar la tentación de regresar. Una de las manifestaciones más originales de amor la pronunció José Antonio Primo de Rivera y ha pasado a la historia: «Amamos a España porque no nos gusta». Y si lee en la prensa algo más que su artículo, verá que España no le gusta a mucha gente: se quejan, expresan malestar.

Y no ponen bombas. Porque la aman.

El amor a la Patria, como la fe, es un don. Divino probablemente.
 

JOSÉ ANTONIO Y LAS ELECCIONES
Por Antonio Castro Villacañas

Parece evidente que la historia de nuestra II República hubiera sido casi exactamente igual si José Antonio -que el próximo 23 de abril cumpliría 100 años de no haber muerto en 1936 asesinado en Alicante- no hubiera participado en ella. Algo participó, sin embargo, en los cinco años que duró tal Régimen, y también parece evidente que de algún modo influyó en que la circunstancia política española fuera distinta en 1936 que en 1931. Cuando se proclamó la II República José Antonio tenía 28 años y era un brillante abogado en ejercicio, que llevaba unos cuantos meses defendiendo la memoria de su padre, el general que gobernó España en régimen de dictadura con el beneplácito y el patrocinio del rey Alfonso XIII. Con ese mismo empeño buscó el año 1931 ser diputado por Madrid, y su pequeña figura política disminuyó algo más cuando no consiguió serlo y se retiró de la escena pública durante los dos años siguientes, aunque no tanto como para pasar desapercibido ante las autoridades republicanas de 1932, que le metieron en la cárcel por ser hijo del dictador difunto, ni ante Ramón Carranza y José María Pemán, promotores de la candidatura que la derecha presentó en Cádiz para las elecciones del mes de noviembre de 1933 y en la que él figuró como «independiente» accediendo a los insistentes ruegos de quienes no lo verían tan «menor» cuando buscaron su compañía...

Evidente es también que «Falange Española, como tal, no se presentó a esas elecciones», por la sencilla razón de que Falange no existía «como tal» en la fecha de presentación de las correspondientes candidaturas, de modo que ni José Antonio ni el marqués de la Eliseda -que sólo pudieron ser oficialmente falangistas cuatro o cinco meses después de ser diputados- obtuvieron un solo voto «como cuales». Dos años y medio más tarde, en febrero de 1936, sí se presentó Falange «como tal» a las elecciones que dieron el triunfo al Frente Popular de la izquierda y derrotaron al Bloque Nacional de la derecha. Esta vez su independencia política y económica le costó el no obtener «ni un solo escaño», al quedar aprisionada entre los dos grandes bloques o frentes que cinco meses después despedazarían a España...

Todo parecía prefigurar que esas dos «figuras menores de la política española de los años treinta», José Antonio y la Falange, iban a desaparecer de la historia o a carecer en ella de importancia, pero como -según dicen algunos- Dios escribe derecho con renglones torcidos, he aquí que tal fracaso electoral y sus peculiares y posteriores circunstancias abrieron la puerta de la Gran Historia (esa que no repara en minucias de subvenciones o limosnas) al hombre y a la organización que tan solo eran «flecos de flecos».

Conviene meditar sobre ello. Seguiré recordando.
 

LIBROS
Por Rafael Ibáñez Hernández

ESPAÑA NO ES DIFERENTE
De Santiago González-Varas

Con este libro en las manos, inmediatamente nos viene a la memoria ese «Spain is diffetent» con el que en tiempos del Fraga Iribarne ministro de Información y Turismo (porque los tiempos de Fraga parecen haber comenzado casi en el Génesis y amenazan con prolongarse hasta el Apocalipsis) se catapultó la industria turística española. Aquel eslogan aparentaba dar la razón a aquellas mentes carpetovetónicas que ansiaban una España cerrada al mundo, cuando en realidad intentó con fortuna rasgar el negro velo que nos ocultaba y a la vez incrementar nuestras arcas con ansiadas divisas. Semejante es el juego verbal que González-Varas nos propone con este título, España no es diferente. Mentes ahormadas según los clichés impuestos por el pensamiento único sobre el tema de España o el tema de Europa (a la postre, el mismo tema) creerán hallarse ante un nuevo dictado apologético sobre la integración española en Europa. Y, efectivamente, ese es el asunto de esta obra, mas para nada sigue el discurso habitual, sino que lo remonta contracorriente para señalar la contradicción intrínseca entre los supuestos propósitos de europerizar España y la real política disgregadora de los nacionalismos periféricos.

Tras un muy interesante repaso a la literatura sobre la diferencia de España, aborda el autor la paradoja constitucional de las «nacionalidades y regiones», la cuestión de los nacionalismos regionales, desde una perspectiva cultural. No en vano el nacionalismo catalán tiene su origen en la Renaixença, lo que ha sido modelo para otros; en cuanto al nacionalismo vasco, su pretendido antropologismo quiere hallar confirmación en la lengua, una manifestación cultural, en definitiva. Es desde esta posición donde comienza González-Varas a dar aldabonazos para sacudir conciencias, pues viene a demostrar que junto a las Españas existen en Europa otras naciones que también cuentan con la diversidad regional entre sus características; es más: «en todos los Estados europeos, en realidad, está presente la diferencia interregional, aunque cada cual se la atribuya a sí mismo y la niegue a los demás» (p. 66).

Desde este punto, el discurso se manifiesta claramente contrario a la corrección política, lo que a González-Varas no le preocupa en exceso. Un repaso a la historia de regiones como Escocia, Gales, Bretaña, Córcega, Alsacia o Cerdeña confirma su mayor entidad frente a la de «nacionalidades» como Cataluña o el mal llamado País Vasco, regiones aquellas que en cambio carecen de la autonomía administrativa (no digamos política) de que gozan las españolas. Con especial detenimiento se analiza en las páginas de este libro el mito de la pluralidad lingüística, cuya «normalización» (sic) pretende grabar a fuego la diferenciación regional. La casuística analizada es compleja, pero muy ilustrativa del problema generado por las prácticas administrativas de las Comunidades Autónomas, cuyo propósito no es otro que la erradicación del castellano. El ordenamiento jurídico-político español viene a establecer una suerte de cooficialidad lingüística sobre la base del deber de todo español de conocer el castellano y el derecho a usarlo. Sin embargo, en el ámbito lingüístico concurren las competencias del Estado y las Comunidades Autónomas. La confusión al respecto es tal que, por ejemplo, no son pocos los casos de posible indefensión originada por motivos lingüísticos durante un proceso judicial; problemática a la que debe sumarse la ralentización causada por la forzada traducción de voluminosos rollos judiciales. El establecimiento de méritos extraordinarios basados en el conocimiento de lenguas cooficiales podría, a juicio del autor, no ser del todo compatible con la libre circulación de trabajadores que reconoce el Derecho comunitario europeo, máxime cuando en la práctica se han detectado numerosos casos de desproporción entre los méritos lingüísticos y los méritos técnicos para el desempeño de funciones en la administración pública.

Esta babelización de la vida pública española (y aún de la privada, si atendemos a la problemática suscitada en los ámbitos docentes) es consecuencia de una desmedida respuesta a una peculiaridad que en absoluto es exclusivamente española. La diversidad lingüística es un fenómeno común en los Estados europeos. Así, prácticamente en cada Land germano coexiste el alemán con otra u otras lenguas, muchas de las cuales no comparten origen: bávaro, franco, sajón... Otro tanto puede decirse en otros Estados, como Gran Bretaña (donde el inglés convive con el galés y el gaélico), Francia (que cuenta, además del vasco, con el alsaciano, el bretón, el corso o el occitano, amén lógicamente del francés) o Italia (donde han pervivido algunas lenguas retorrománicas). Sin embargo, en ninguno de estos Estados cuentan tales lenguas con el status de cooficialidad existente en España para otras lenguas regionales. Incluso se da la paradoja de que una misma lengua, el vasco, cuenta con amplias prerrogativas en España mientras que es institucionalmente ignorada en Francia, siendo ambos Estados igualmente miembros de la Unión Europea. La interpretación misma de la «Carta europea de las lenguas regionales o minoritarias» es sumamente dispar, pues mientras en unos Estados se emplea esta Carta para favorecer el monopolio de la lengua más representativa (la lengua nacional por excelencia), cabe interpretarse como instrumento de protección de las lenguas nacionales ocultas bajo el dominio de la lengua unificadora y oficial, lectura que de ella se hace en determinadas Comunidades Autónomas españolas. Ocurre, sin embargo, que tal interpretación podría volverse en contra de los nacionalistas, pues sus abusivas prácticas de «normalización» podrían llevar a la necesidad de proteger el español de la presión dominadora de las lenguas catalana o vasca, pongamos por caso; es decir, podrían exigirse prácticas de normalización de la lengua española para que recupere igual condición a la que cuentan lenguas como el inglés, el francés, el alemán o el italiano.

Pese a que la progresía española equipara europeización con regionalización, lo cierto es que la convergencia de los diferentes Estados integrantes de la Unión Europea plantea claramente la necesidad de establecer espacios de comunicación lo más amplios posibles, requisito incompatible con la diversidad lingüística. Mientras en el resto de Europa se ha caminado en este sentido reduciendo el uso de las lenguas regionales al ámbito privado, no institucional (sin que esto signifique merma alguna de la riqueza cultural que su existencia significa), en España se ha seguido la vía de la diferenciación. Y es que España no es diferente a Europa, pero es que Europa no es como nos la pintan.

Este libro de González-Varas, que tan amplia reseña ha merecido, cuenta con otros valores, a la par que con una última parte a nuestro juicio sobrante. Entre aquellos, el enriquecedor prólogo de Gustavo Bueno, que puntualiza la lectura que de su idea de Imperio hace el autor, idea sumamente sugestiva que merecería por sí misma alguna reflexión.
 

GALERÍA DE PENDEJOS
Por Alvarfrías

HENRY KAMEN

Henry Kamen, «el prestigioso hispanista» ha parido el libro Imperio en el que, tras asegura que los historiadores no van a aceptar sus argumentos, pasa a exponerlos, intentando «deconstruir» el Imperio español, que para él no fue mas que una empresa; afirmando que no hubo conquista en la actuación española en ninguna parte del mundo; desmitificando la actuación militar española para explicar que no fueron siempre los españoles los que participaban en los Ejércitos; asegurando que el éxito de la conquista de Tenochtitlán se debe a los indios y no a Cortés y subrayando que la empresa imperial fue una experiencia ambigua, «con motivos para el orgullo y para la vergüenza». Kamen derrumba, pues, los cimientos del imperio español y la polémica no ha hecho sino principiar.

Consideramos que ha obtenido, por propios méritos, el derecho a figurar en nuestra Galería de Pendejos. Pero no vamos a comentar en esta ocasión las opiniones de nuestro premiado, preferimos hacerlo con las doctas voces de tres historiadores que tomamos de ABC:

Dice Luis Suárez Fernández

El profesor y académico de la Historia Luis Suárez Fernández, premio Nacional de Historia, piensa que el libro de Kamen sentará mal en la historiografía española: «Sus tesis son falsas y no es la primera vez que así ocurre», apunta. Luis Suárez cita el libro de Kamen sobre la Inquisición «en donde él sostiene la idea de que la persecución a los judíos fue ideada por las clases dirigentes cuando fue al contrario: los nobles trataron de concienciar a los Reyes». El profesor Suárez entiende que libros como los de Kamen suponen una provocación: «Se trata de llamar la atención desde el efectismo. Tenemos la desgracia de que son los extranjeros los que nos escriben la Historia», advierte.

¿A qué atribuye, pues, el profesor Suárez esta fiebre por bucear en la Historia de España? El autor de Isabel I, Reina explica: «La Historia de España vende porque es una historia tan brillante y de una dimensión tan grande que cautiva por su tremendo atractivo. Pero otra cosa es escribir para llamar la atención y para aumentar las ventas. Las tesis de Kamen chocan y, repito, son falsas. Habrá que leer, no obstante, detenidamente su libro. Es una unilateralidad. Es decir, sólo aborda un problema, que se limita a una parte o a un aspecto de algo».

Dice Antonio Rumeu de Armas

Antonio Rumeu de Armas, que fuera director de la Real Academia de la Historia, parte de un axiomá: «En España nunca ha habido ningún historiador que se ocupe de la historia de Francia o de Inglaterra. En cambio, está lleno el mundo de hispanistas, que vienen de Alemania, de Francia, de las Islas Británicas o de Bolonia. Nuestra historia parece que despierta inusitada pasión entre los hispanistas. Esa historia va a la contra porque dos ojos ven más que uno. Yo creo que contribuye con la contradicción y esa contradicción tal vez esclarezca algo. A todo esto, lo malo es la pasión morbosa; las difamaciones. Porque la leyenda negra es tan grande como la historia de España».

Rumeu de Armas recuerda el libro de Kamen sobre la época de la inquisición: «Ahí Kamen es un poco apasionado. La exagera. No fue tan condenable. No fue tan dura. En ese momento había más tolerancia de lo que dicen los historiadores».

Otros investigadores consideran que los hispanistas de fuera de España «pretenden escribir una historia que está escrita o se escribe mejor aquí». Y denuncian cómo en su obra sobre Felipe II, «Henry Kamen ha despreciado y rechazado a don Gregorio Marañón y su monumental estudio e investigación de Simancas sobre Antonio Pérez». Esos historiadores puntualizan que obras como la de Kamen «la verdad es que no son muy conocidas fuera de los estudiosos de la Historia».

Dice Vicente Palacio Atard

El académico de la Historia Vicente Palacio Atard considera que «con un poquito más de humildad probablemente los trabajos de Kamen serían más aprovechables. Parece que él se presenta como descubridor de la Historia de España y no debemos olvidar que hay otros historiadores que han contribuido a la Historia de España». Y aconseja: «Si pretendía escribir textos en profundidad debería conocer los espléndidos trabajos publicados sobre Felipe II y Carlos V, obra de don Manuel Fernández Álvarez, a quien ha ignorado por completo».

El viejo profesor y prestigioso investigador Juan Pérez de Tudela, que ha editado obras imprescindibles como la Colección Documental del Descubrimiento o Batallas y quincuagenas, inédito de Gonzalo Fernández de Oviedo, señala a ABC que una opinión sobre ensayos como el de Kamen o sobre otros libros demandan un detenido examen critico y un tiempo «del que desgraciadamente no dispongo».

Las tesis de Kamen han revolucionado las calmadas aguas de la historiografía española. Él asegura que también ha recurrido a las fuentes: «Doy todos los detalles para explicar qué pasó. La leyenda sigue porque con la evolución de la España imperial otros historiadores como Antonio de Herrera continúan exagerando y dejando sólo a los españoles en el centro del escenario. Y excluyen a los demás. Si me critican tendrán que contradecir la evidencia que proporciono».







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