Altar Mayor - Nº 84 (55)
Fecha Jueves, 27 febrero a las 20:50:39
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA AMPLIACIÓN, UNA OPORTUNIDAD PARA ESPAÑA
Por José Antonio Zarzalejos - Director de ABC

En la obra colectiva Paisanos de Kafka -una iniciativa editorial de los europarlamentarios socialistas coordinada por Joaquín Leguina con acierto y oportunidad- escribí que el universo de las referencias europeas de los españoles no permite afirmar que en nuestro país el Viejo Continente disponga de una visión íntegra. Los españoles atribuimos la europeidad en función de nuestra experiencia histórica y de nuestros intereses más o menos inmediatos. Y no hemos sido capaces de superar la inercia que adjetiva a lo europeo como desarrollado, democrático, avanzado, estructurado. Se trata de una mirada estrábica, occidentalista, parcial. Preocupados como estábamos por la sostenibilidad de nuestro joven -ya no tanto- régimen de libertades, Francia, Italia, Alemania e Inglaterra -que son las cuatro referencias europeas de los españoles- se concebían como instructores severos del cumplimiento escrupuloso de las notas características de las democracias avanzadas; y puestos a reivindicar nuestro desarrollo, Alemania ha sido siempre el «granero» de unos fondos estructurales y de cohesión que han servido para la bonanza de nuestros presupuestos y el entretejido de realizaciones que hacen que España sea soportada por una estructura sólida en lo cívico y en lo económico.

Hasta con fruición los medios de comunicación españoles hemos alimentado esas referencias parciales -sin duda, también fundamentales- pero no hemos llegado a tocar con nuestro interés, y mucho menos trasladar a la opinión pública nacional, que esa Europa era una parte de una nueva realidad emergente, hasta ahora umbría por una historia contundente de oscurantismo político totalitario; por la miseria que provoca el mal reparto de lo escaso y por el hecho de haber vivido los avatares del Este europeo con desinterés.

Toda nuestra conciencia nacional está trabada en la historia de las Monarquías europeas -austríacas y francesas- que marcaron una red de relaciones internacionales, luego sustituida por el aislacionismo tras la pérdida colonial y la sucesiva enajenación del ritmo de desarrollo político y social de los que en otros siglos fueron terrenos de tránsito y estancia españoles.

Llega sin embargo el momento de abrirse a la Europa auténtica, también pues, a aquella que hasta hace poco más de una década quedaba opaca tras el muro berlinés que cayó en 1989 y que ahora pide la palabra. Y hasta tal punto lo hace que países como Polonia, Rumanía, Bulgaria... son conocidos como «los de la ampliación». Y surge en España una sensación de que son candidatos a un hurto, a un arrebato, a un desplazamiento de influencias. No hemos acertado a convertir el problema de la ampliación -que lo es en el terreno político- en una oportunidad. El ingreso en la Unión de los candidatos del Este implica una significativa remoción del papel y posición españoles en la Europa de los quince. No seremos ni el menor de los grandes, ni el más grande de los menores. Nos incluiremos en la zona media de potencias, pero potencia al fin, con pérdida de ese carácter de receptores al que nos aferramos con lógica, pero también con escaso sentido de futuro. Pero hay algo más: el hielo sentimental. No conocemos a las sociedades que se adentran en la aventura europea procedentes del este y centro del continente; no hemos tenido con ellos los parentescos de la guerra, de la lengua ni del comercio; hemos estado ajenos a sus catástrofes y sólo hemos sido capaces de admirar cómo Chequia y Eslovaquia se separaban pacíficamente; cómo un sindicato católico tumbaba el régimen comunista de Polonia; cómo Rumanía se deshacía brutalmente de su dictador y cómo un Rey llegaba a ser el primer ministro republicano de Bulgaria. La guerra en el Balcán nos ha conmovido, pero en ella estaba -en nuestro subconsciente- más presente el recuerdo del mariscal Tito que las aspiraciones de los pueblos de la zona. Demasiado orientales, demasiado oscuros, muy lejanos, piensan muchos.

España ha apostado por sus oportunidades externas en los países iberoamericanos. La lengua, la religión, la cultura y la historia nos ha llevado allí como los parientes ricos y recordados. Allí están y estaban nuestras oportunidades. ¿Debemos pensar que también lo están en los países del este y centro europeos? Sí, debemos hacerlo. Por razones materiales pero también por razones morales. La democracia es una construcción anhelante y constante que busca la universalidad porque se entraña en el hombre, en cualquier hombre, y se sostiene en la dignidad material, en el acceso a la dignidad, en la inducción moral a ser mejores. Y la sociedad española no puede sustraerse a esa energía, callada a veces y otras casi claudicante, de los países del este y del centro de Europa que llaman pidiendo ayuda con el patrimonio de fortísimas culturas, grandes tradiciones, enormes aportaciones y singularidades y con derecho propio a completar la imagen inacabada de una Unión manca y tuerta como la actual. El acogimiento en España de la emigración de naciones del Este -de un nivel educativo y profesional más alto que el iberoamericano- desfigura a veces la percepción de las potencias que pueden ofrecer al conjunto de la Unión las naciones más orientales y obstaculizan una visión nítida de sus posibilidades y las nuestras. Sabedores de que el Oriente europeo se ha comportado y lo sigue haciendo como espacio de expansión llamado a la hegemonía de los germanos y los rusos ¿no es el momento de avanzar en el debate sobre nuestro papel respecto de estos países y hacer de ellos una oportunidad para España, una oportunidad moral, política, económica y cultural?

En tiempos no lejanos, los españoles éramos polacos, rumanos o búlgaros. Si no lo olvidamos, si el proyecto de vivir juntos es algo más que un mejor negocio para nuestras finanzas, si la iniciativa de Europa tiene un aliento moral y ético, la obligación de la sociedad española es muy clara: mirar al Este y hacerlo con afecto, interés e inteligencia.







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