Altar Mayor - Nº 84 (52)
Fecha Jueves, 27 febrero a las 20:58:10
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

IGLESIAS Y RELIGIONES EN LA NUEVA EUROPA
Por Pedro Langa - Consultor de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales

La condición mayoritariamente cristiana de Europa nunca fue cuestionada. De ahí que tampoco el movimiento ecuménico se despreocupe hoy de su futuro. A estas alturas del siglo XXI el cristianismo del viejo continente, antes casi hegemónico, ya no vive solo: a su vera caminan ahora otras religiones monoteístas de gran calado con las que habrá que dialogar y entenderse y trabajar, no sea que se nos vaya todo en suspiros. El dicho de que la Cruz, el Evangelio y el arado forjaron la Europa cristiana, que tanto gustaba a Pablo VI, suena bien pero se queda corto. Por de pronto el conflicto en los Balcanes, los cambios en el mapa político del Este, los problemas del paro y de una población cada vez más envejecida, hacen que la culta Europa de antaño haya de buscar el nuevo rostro de su renovada espiritualidad dentro de un quehacer intereclesial propicio al diálogo inteligente, vivo y audaz con las otras religiones a sabiendas de que, ni aun así, será bastante. Porque las Iglesias y religiones están llamadas a entenderse. De lo contrario no podrían afrontar el irresistible fenómeno pluricultural, ni plantarle cara al ateísmo, ni acabar con la depravación laicista, ni responder al desafío de la mentalidad ultramoderna, siempre al acecho. A raíz de fenómenos como el secularismo, el consumismo, el liberalismo capitalista, el agnosticismo, el ateísmo y otros interminables «ismos», estos pueblos europeos, posmodernos y frenéticos, se sienten cada vez más alejados, en esta sociedad mediática, del eje cristiano-católico, con menos presencia del mundo obrero y de los jóvenes en sus iglesias, con menos candidatos también para la vida religiosa, sacerdotal y misionera.

El reto de la nueva Europa

El Arzobispo de Atenas y de toda Grecia, Christodoulos, se lo dijo muy claro al presidente iraní Jatami: «Estoy plenamente convencido de que si ortodoxos y católicos hubieran trabajado en común con los musulmanes, si hubieran alzado un escudo de paz, si hubieran colaborado tan duramente como Dios exige, otro sería el destino de los pueblos de la ensangrentada Yugoslavia».

Participar, pues, en la construcción de Europa es uno de los mayores desafíos religioso-culturales a los que ahora mismo se enfrenta el cristianismo, pero ha de hacerlo con espíritu conciliador y tolerante, porque la tolerancia, como Juan Pablo II recordaba hace poco en Bakú (Azerbaiyán), es «valor preliminar de toda sana convivencia». Europa, por eso, espera de las Iglesias algo más que palabras; ansía luz unionista, ya que, de no ser así, el horizonte espacioso de la eclesialidad se vería pronto nublado.

La actuación conjunta, por otra parte, debe promover que pueblos y culturas se reconcilien, dado que nuestro viejo continente es hoy un hervidero de conflictos cuyas causas cumple descubrir en lo que de suyo, más que pobreza, fue siempre riqueza, o sea la diversidad de tradiciones regionales, culturales y religiosas. Ya en 1989, por ejemplo, el metropolita Kyrill de Smolensko de Kaliningrado avanzó en Basilea que la crisis de la civilización contemporánea se percibe como alejamiento de los hombres con respecto a Dios, de los unos con respecto a los otros, y de todos con respecto a la naturaleza: era un modo de anticiparse al actual ecosistema. Y es que el ecologismo guarda relación con el orden, la limpieza, la salud, esos valores, en suma, que tanto dicen para la unidad de los pueblos. El mundo es un hecho positivo cuyo valor depende no sólo de su bondad esencial, sino de haber sido creado por Dios y para el Reino de Dios, como lugar de encarnación. «El respeto de la creación -dice la reciente Declaración de Venecia- deriva del respeto por la vida y la dignidad humana. Solamente si reconocemos que el mundo es creado por Dios podemos discernir un orden moral objetivo en el que se articula un código de conducta ambiental». La Iglesia católica lo ha sabido repetir así en la cumbre de Johanesburgo.

La casa común europea

Deben, por tanto, las Iglesias dialogar con las religiones, promover un ecumenismo que, a la postre, se incorpore a lo interreligioso. Cierto es que la Iglesia católica en esto viene trabajando de firme, según acreditan el Jubileo 2000, los sínodos sobre Europa y emblemáticos documentos conciliares y posconciliares. También, por su parte, las otras Iglesias y Comunidades eclesiales hacen lo suyo. Diríase que por doquier va ganando cuerpo un notorio afán de recorrer juntos el difícil camino de la concordia. Lo malo es que el deseo solo no basta. Años atrás irrumpió casi como tópico lo de la casa común europea. Juan Pablo II y Gorbachov emplearon la expresión en sus discursos de entonces, cada uno con matices bien distintos, pero indudablemente apuntando los dos a la nueva Europa renacida como el fénix de las cenizas tras la guerra fría. Algo que políticamente empieza a conseguirse gracias a la Comunidad Económica Europea, que goza ya de moneda única, bloque militar unido, y tantas cosas comunes. Lo cual es, por de pronto, sabia lección que los políticos siguen dando a los líderes religiosos, quienes deberán sacar al respecto nota más alta. De entrada, las cumbres de Asís han sido un buen comienzo y ojalá que, a medida que se repitan, pierdan lastre folclórico y ganen en peso espiritual.

Lo deseable sería que los proyectos interconfesionales fueran saliendo a flote como consecuencia de un esfuerzo intereclesial mancomunado y armónico y constructivo: que todas las Iglesias emprendieran juntas el camino compartiendo en la marcha gozos y esperanzas, pues el futuro de cristianismo va por ahí. Pero luego que dialoguen también con las religiones desde la convicción de formar, al hacerlo, una sola voz, tener un único deseo y alimentar un común sentir. Desde este punto de vista la Carta Ecuménica Europea firmada en Estrasburgo constituye, justo es reconocerlo, uno de los hitos más salientes de los últimos años en el quehacer ecuménico a la vez que pauta en los venideros. El ecumenismo y el diálogo interreligioso, por tanto, constituyen para la Europa del siglo XXI apenas abierto un reto ante el que no cabe andarse a flores.

El diálogo con las Religiones del Libro

Dialogar entre judaísmo, islam y cristianismo, por sólo citar las tres grandes Religiones del Libro, es ya carrera imparable, aunque tampoco ésta se perfile de fácil andadura. Si costó lo suyo en la Iglesia católica sacar adelante el ecumenismo por los venturosos años del Vaticano II, imagínese qué no supondría entonces el diálogo interreligioso. Aquel bondadoso cardenal Bea, muy querido del beato Papa Juan XXIII y respetado por Oscar Cullman y un sinnúmero de relevantes personalidades ecuménicas, se llevó a la tumba el secreto de los disgustos que le había causado la puesta a punto de las declaraciones conciliares «Nostra aetate» y «Dignitatis humanae». Habría de ser luego Pablo VI, fiel al propósito dialogante de la Iglesia, quien soltase amarras para poner rumbo hacia lo más puro y verdadero y bello de los creyentes del mundo.

A la vuelta de estos decenios posconciliares, hasta la Comisión Teológica Internacional ha tenido que reconocer la trascendencia del asunto, lo cual es tanto más de valorar cuanto que la creciente globalización en los sectores económicos y políticos y la rápida extensión de los medios de comunicación dividen cada día más y más a la gente, y con mayor intensidad aún, si se me apura, en ámbito religioso, de modo que el diálogo se torna tan necesario como difícil. La Iglesia católica, no obstante, promueve también el interreligioso como dimensión integral de la evangelización, y cada día que pasa ve más apremiante una teología de las religiones que ayude a comprender y acercarse mejor a otros mundos del espíritu.

El fenómeno de la inmigración, provocado por mil causas multicolores, ha convertido de un tiempo a esta parte nuestro suelo hispano en algo que lleva camino de convertirse en una familia plurirreligiosa de imprevisibles consecuencias pastorales para un futuro más que próximo. Y lo peor de todo es que no vale ya, como antes, ignorar el hecho. Ahora se impone lidiar cuanto antes el astado de esa cruda realidad. Los medios de comunicación han permitido comprobar de qué modo las Iglesias europeas alzaban la voz contra las atrocidades en el campo de Jenín o la ocupación de la basílica de la Natividad. Pero nadie creo que ponga en tela de juicio que tal apoyo habría sido más persuasivo y conmovedor de haberlo promocionado una cristiandad unida, de tú a tú con el judaísmo y el islam, sin recelos por medio. Es preciso que aprendamos a distinguir entre fundamentalismo judío, sionismo, hebraísmo y otros nombres afines a esta religión, cuyo exacto significado persiste a menudo entre nebulosa. Hablar del judaísmo implica conocer antes estos y otros extremos so pena de no dar una a derechas y hacer el ridículo de todo en todo. Y lo mismo a propósito del islam. A veces da la impresión de que estuviéramos como convidados de piedra en el conflicto que divide a judíos y palestinos y, por ende, a judíos y musulmanes, cuando son dos religiones de muy honda raíz en nuestro suelo ibérico.

El desafío entre musulmanes y cristianos de España

Los musulmanes europeos constituyen en su gran parte fuertes minorías con buenas relaciones y fricciones a las espaldas. También hay contactos positivos y relaciones de buena vecindad entre musulmanes y cristianos, aunque tampoco aquí sin reservas ni prejuicios generalizados por ambas partes, basados en dolorosas vivencias de la historia y del pasado más reciente. La Carta Ecuménica, pese a todo, apuesta por un diálogo intenso en cuestiones de fe y de derechos humanos. Y es que practicar la religión sin trabas, por un lado, y por otro, abrirse a un diálogo total a base de testimoniar ante las demás religiones la identidad cristiana es todavía, en España, negocio de mala digestión. En reciente encuesta del Centro Islamo-Cristiano hecha pública el año 2001 por un rotativo madrileño se decía que más del 65% de los religiosos/religiosas de España no cree posible una «colaboración sincera» entre cristianos y musulmanes; un 54,88% reconocía no haber leído nada sobre el islam. Y en cuanto al adjetivo que mejor podía definir al islam las respuestas eran elocuentes: fundamentalista un 26,48%; fanático un 46,81 %, y machista un 26,71%.

Por supuesto que tampoco sería justo silenciar el mal trato que no pocos países musulmanes infligen a los cristianos, católicos o no, a quienes, o se persigue sañudamente y hasta se da muerte creyendo sus asesinos que con ello glorifican a Dios, o ni se les permite levantar una sola iglesia para el culto. Uno se pregunta dónde está la ética de las grandes religiones, dónde la Declaración de Derechos Humanos de 1948 y dónde la «Dignitatis humanae». Con todo y con eso no hay que demonizar al islam. Lo acontecido a raíz del 11-S y la posterior declaración de guerra por parte de EE. UU. a Afghanistán, mirado a bote pronto, toca lo más íntimo de la visceralidad humana, que, por lo común, se alimenta de represalias y venganzas y es caldo de cultivo de fundamentalismos. Pero si se examina desde el Evangelio, incluso desde el monoteísmo menos exigente de las antedichas religiones, resulta de vergüenza internacional. Las subsiguientes medidas de caza y captura y castigo han sido, siguen siendo, para qué vamos a engañarnos, como querer apagar el fuego con gasolina.

La Jornada de Asís 2002 puso de manifiesto la necesidad de que Iglesias y religiones se conozcan, se comprendan, se respeten y trabajen juntas. Ya los musulmanes, algunos sectores por lo menos, habían mostrado años antes, en Alemania para ser preciso, un rostro democrático bien diverso del fundamentalista magrebí. La colaboración con las religiones, en cualquier caso, no debe impedir a las Iglesias enarbolar su propia bandera y hacer ver que Jesucristo es, como bellamente sentenció el teólogo del cristocentrismo y cumbre de la clasicidad Fray Luis, «la razón y la proporción y la compostura y la consonancia de todas las cosas».

Tanto ha cambiado Europa estos decenios que parece otra. La caída del Muro y del comunismo acarreó un reajuste fronterizo y una convulsión de movimientos étnicos y culturales, con la consiguiente pluriculturalidad actual. Hoy es idea común que el número de cristianos en la futura Europa disminuirá y que, por ello, va camino de adverarse lo qué K. Rahner previó más de seis lustros hace, a saber, que el cristianismo llegará a situación de diáspora. Pero esto, lejos de asustar, debe más bien ayudarnos a poner los pies en tierra y comprender que la aportación de las Iglesias ha de ser no tanto de expansión cuantitativa cuanto de compromiso cualitativo. La Asamblea Mundial en pro de la Justicia, la Paz y la Conservación de la Creación, celebrada en Seúl, marzo de 1990, dejó claro que una casa común europea, no podrá edificarse sino en la medida en que nos preocupemos de que la tierra en su totalidad sea habitable. Y para ello las Iglesias no tendrán otro remedio que abrirse sin escatimar esfuerzos a una positiva cooperación interreligiosa. La segunda asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Europa, octubre de 2001, lanzaba en la clausura un mensaje que a uno se le antoja lleno de sentido para las otras Iglesias: «Llamad y mandad a anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la esperanza». Y el cardenal Rouco insistía por entonces; «Cada cristiano particular, cada Iglesia y comunidad eclesial está llamada a colaborar dando señales de esperanza de cara al futuro de la unidad que Europa está construyendo». Las Iglesias y religiones de la nueva Europa, en fin, tienen ante sí el reto común de construir juntas un futuro de esperanza, un continente armónico y habitable.







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