Altar Mayor - Nº 84 (50)
Fecha Jueves, 27 febrero a las 21:03:08
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

LA ILUSIÓN DE EUROPA
Por
Julián Marías, de la Real Academia Española

La crisis de la Comisión Europea, las fricciones con el Parlamento Europeo, las disensiones entre los diversos países, todo ello significa inevitablemente un momento de detención, tras el cual tendrá que iniciarse una nueva etapa. ¿Nueva? Esta es la cuestión. Sería admirable que la empresa de la unión de Europa empezara de manera distinta, más creadora y con mayores esperanzas. Para ello sería menester que se pensara a fondo sobre la realidad de Europa, su lugar en el mundo y sus posibilidades. Como el pensamiento es lo que más se escatima, mi confianza no es demasiado grande.

Hace tiempo escribí un breve articulo titulado «La segunda salida». Aludía a la de Don Quijote. La primera fue, como todos recuerdan, brevísima y bastante desastrosa. Don Quijote siguió los consejos del Ventero, se proveyó de «dineros y camisas» y buscó la compañía de Sancho Panza. Tuvo sinsabores sin cuento, pero hizo grandes recorridos, con memorables aventuras, y en la segunda parte llegó hasta Barcelona.

Cuando empezó de verdad a elaborarse la unión europea, se dijo, como crítica, que iba a ser la «Europa de los mercaderes». No me parecía tan malo, porque históricamente han contribuido de modo decisivo a esa unidad, y basta recordar el papel de las ciudades hanseáticas y los vínculos establecidos por el comercio entre países, y no digamos cuando Europa fue más allá de sus límites. Me preocupaba más que fuese una Europa de burócratas, de funcionarios, clases sin duda útiles y hasta necesarias, pero no particularmente «creadoras».

Hasta ahora, esta ha sido la realidad principal de la Unión Europea: reglamentos, normas, cuotas, trabas, con mengua de las iniciativas, de la espontaneidad vital. Las naciones europeas no luchan entre sí, pero tampoco se admiran, no pretenden la excelencia -simplemente las ventajas-, no presentan modelos de ser europeo -en el fondo, de ser hombre- con la noble ambición de la ejemplaridad, motor de perfeccionamiento.

Se ha deslizado una curiosa combinación de homogeneidad y provincianismo. Las diversas naciones se ven de modo abstracto, sin diferencias, procurando borrarlas, con pérdida de su riquísima variedad; y al mismo tiempo cada una se confina en sus intereses particulares, con egoísmo poco simpático, que se expresa en un regateo de corto alcance y que, además, es un elemento de paralización.

Lo más grave es el desconocimiento mutuo de las naciones europeas. Se sabe algo -muy poco- de cuatro o cinco, apenas nada de las demás. No se tiene idea de qué es importante o creador en cada una de ellas, no se participa de lo que podrían aportar al conjunto. Hay un automatismo de reuniones internacionales, congresos, premios, que establece un «circuito» de notoriedades, que deja en la oscuridad la mayor parte de lo que tiene verdadero interés. Si se repasa la lista de los premios Nobel que no responden a especialidades minoritarias, es decir, los de Literatura y de la Paz, el estupor es inevitable, y lo más notable es que ni siquiera logran que los premiados sean conocidos.

Y, por debajo de los nombres más o menos famosos, falta la comunicación de los diferentes «modos de vida», de las peculiaridades nacionales, de las formas de instalación que constituyen la riqueza europea, que en tiempos de muy escasa comunicación estaban realmente presentes, al menos a los ojos de las minorías que eran efectivamente rectoras, orientadoras. Lograr esto de una manera superior y más intensa debería ser una misión de algo que merezca llamarse Unión Europea.

Todavía hay más asuntos que dan que pensar. En una época en que se habla de «paz» hasta la náusea, llevan ya muchos años matándose entre sí, en números aterradores, europeos. No se han reconocido los tremendos errores cometidos tras la primera Guerra Mundial, el desmembramiento del Imperio Austro-Húngaro, maravilla de convivencia civilizada -a pesar de sus limitaciones y fricciones- de pueblos de increíble diversidad, para formar naciones escasamente viables y, salvo Austria y Hungría, tan complicadas como el conjunto destruido. Y acaso se podría lamentar el otro desmembramiento, el del Imperio Otomano, lleno de gravísimos defectos, heredados y multiplicados por los resultados de su fragmentación.

Lo que está sucediendo desde hace diez años en lo que fue Yugoslavia es simplemente monstruoso, y parece inevitable, pero me pregunto si algún pensamiento «a tiempo» hubiera podido evitarlo. Cuando se derrumbó el comunismo, escribí: «A la Unión Soviética le sobra evidentemente el adjetivo, pero quizá no la Unión». Estamos viendo los resultados.

Ha vuelto a florecer -digámoslo así- el nacionalismo, aunque es evidente que se le deben los mayores desastres de este siglo. Sobre todo -insisto: sobre todo- porque es una insigne falsedad. Pero lo que ahora brota en Europa y se está propagando es el nacionalismo de lo que no son naciones, lo que duplica la falsedad.

Y hay que añadir todavía algo más: yo hablaría de «necesidad e insuficiencia de Europa». Su unión es imperiosa, condición de prosperidad, excelencia y hasta perduración; pero no Europa «sola», sino unida indisolublemente a América, al otro lóbulo de Occidente. Este nombre, apenas se usa; se lo olvida, se lo evita. La culpa es de los que lo politizaron, lo opusieron al totalitarismo de los últimos decenios. El europeísmo «a ultranza» ha sido durante muchos años un disfraz del antiamericanismo, sin advertir que tanto Europa como América no son más que porciones menesterosas en un conjunto que es la verdadera realidad, nuestro «mundo», distinto de otros, que están presentes y con los cuales hay que contar.

Es curioso que cuando se habla de la unidad europea, de los «padres» de su unión, casi nunca se recuerda a Ortega, que fue uno de los primeros y el más clarividente. Me pregunto qué diría de la realización hasta ahora de su ideal. Y creo que puedo contestar aproximadamente a mi pregunta.

Ahora es el momento de iniciar una nueva etapa; lo propio del hombre es aprovechar hasta sus errores. ¿Por qué no hacerlo? ¿No valdría la pena, antes de tomar decisiones que van a tener largas consecuencias, pararse a pensar algunos ratos? Y, naturalmente, ya que en tiempos de democracia se hacen elecciones, se impone lo que se debe llamar «cuestión de personas». No precisamente de partidos, de manera abstracta, como simples etiquetas, sino de lo que lleven dentro. ¿En qué manos vamos a poner esa inmensa realidad, delicada y compleja, ilustre desde hace mucho más de dos mil años, que se llama Europa, y que se vertió en fecundo injerto, hace medio milenio, al otro lado del Atlántico?







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