Altar Mayor - Nº 84 (49)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 11:59:03
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

<SIN TITULO>
Por
Manuel Jiménez de Parga - Presidente del Tribunal Constitucional

Europa es una realidad compleja, compuesta históricamente de elementos diversos. No resulta fácil ni la definición de Europa, ni la organización jurídico-política de la Unión existente o la que pueda alcanzarse en el futuro. Hay que considerar Europa sin pretensiones simplificadoras.

Uno de los intentos valiosos para definir a Europa lo llevó a cabo, en la primera mitad del siglo XX, Paul Valéry, poseído de unos temores infinitamente más categóricos que sus esperanzas, afectado de la terrible duda que él había atribuido a su generación: «Esperamos con vaguedad, tememos con certidumbre [...] Confesamos que la dulzura de vivir está detrás de nosotros, que la abundancia está también detrás de nosotros, pero la confusión y el temor están en y con nosotros».

Sin embargo, el gran poeta y escritor francés se hallaba plenamente convencido de una cosa: de la superioridad de Europa y del modo de ser europeo. «Europa, en su propio suelo -afirma Valéry-, consigue el máximo de la vida, de la fecundidad intelectual, de la riqueza y de la ambición [...] Europa crea la ciencia, la gloria más cierta y más personal de nuestro espíritu. Han existido artes en todos los países; verdadera ciencia no la ha habido más que en Europa».

Europa, pues, centro del mundo y patria de las mejores hazañas del espíritu humano. Para dar un cierto fundamento a esta idealización de Europa y los europeos -tesis poética que hoy puede provocar una sonrisa de escepticismo-, Valéry admite que existen europeos auténticos y europeos falsos. Por otro lado, hay que dar también por descontado que no todos los europeos auténticos habitan ahora en la región del globo llamada Europa, al tiempo que en este Viejo Continente moran bastantes europeos falsos. «Donde los nombres de César, de Gayo, de Trajano y de Virgilio; donde los nombres de Moisés y San Pablo; donde los nombres de Aristóteles, de Platón y de Euclides han tenido conjuntamente un significado y una autoridad, allí se encuentra Europa. Toda raza y toda tierra que haya sido romanizada, cristianizada y sometida, en cuanto al espíritu, por la disciplina de los griegos, es europea de verdad [...] Encontramos quien no ha recibido más que uno o dos de los sellos».

Europeos auténticos, europeos falsos, europeos a medias, con sólo uno o dos de los sellos imprescindibles. ¿Cómo distinguiremos a unos y a otros?

El mismo Paul Valéry, después de adornar en su imaginación a Europa con todas las perfecciones posibles, sugiere una definición del hombre europeo. «Yo consideraría como europeos -dice- a todos los pueblos que en el transcurso de la Historia han experimentado tres influencias: Roma, el Cristianismo y antes Grecia» (Paul Valéry, como se ve, infravalora la fundamental aportación germánica a Europa).

Hijo de Roma, cristiano, heredero de Grecia, «tales creo que son -concluye el escritor galo- las tres condiciones esenciales que me parecen definen al verdadero europeo».

Mas llegar a la precisión conceptual en esta materia -llegar a definir Europa- sigue siendo una empresa ardua. Grecia, Roma y el Cristianismo están, efectivamente, en nuestra base vital: nosotros somos lo que somos gracias a ellos. Pero encima de tales cimientos se han levantado edificios de estilos diferentes y en los que se convive según varias normas de conducta. ¿Qué es, entonces, Europa? Y, previamente, ¿puede hablarse de una comunidad europea, puede encontrarse un denominador común a todos los que se autocaracterizan de europeos?

En 1950, mi maestro Enrique Gómez Arboleya se planteó esas cuestiones en una ponencia de contenido denso, con una doctrina magistralmente elaborada. Posición y ámbito del problema de Europa, fue titulado el trabajo. Arboleya recuerda a quienes niegan la existencia de una unidad espiritual entre europeos, y cita las palabras acusadoras que Ambrouche dedica a Europa: «Tanto refinamiento en el arte de vivir [...], tanta sutileza en los debates del espíritu para llegar a matanzas donde el genio de Occidente ha mostrado todo de lo que es capaz...».

Yo no sé hasta qué punto, en el plano de la filosofía de la historia, los europeos podemos seguir adoptando la actitud triunfalista de años atrás. Yo no sé si, cuando nos hallamos en el siglo XXI, la mejor ciencia es ya europea, o si el mejor humanismo se practica en esta parte del planeta. Pero en el ámbito de las realizaciones políticas -campo con frutos tangibles, con instituciones concretas- es cierto que encontramos en los regímenes europeos -monárquicos o republicanos- un denominador común, unos principios que se repiten y unas formas jurídico-constitucionales trazadas con arreglo a un mismo patrón.

Pero, ¿cómo organizar la Unión Europea?

Una constitucionalista italiana, Luisa Torchia, se ha tomado la molestia de recopilar algunas de las expresiones que hoy se manejan para designar el fenómeno de la Unión Europea. Aparece el catálogo en el último número de la revista Diritto Pubblico y allí se recogen, entre otras denominaciones, Organización internacional, Unión de Estados nacionales, Confederación, Sistema político federal no estatal, Consorcio, Agencia administrativa multifuncional, Estado internacional, poder público no estatal... La realidad que quiere describirse es, sin embargo, tan singular que necesitamos un nuevo concepto. Los tradicionales -por cierto, todos ellos de origen europeo- no nos sirven para referirnos con propiedad a un fenómeno que acredita otra vez a este pequeño Continente como el espacio de mayor efervescencia intelectual y política en la historia de la humanidad.

Pero nada se construyó desde la especulación anticipada. Muy por el contrario, todo se conceptuó y formalizó a posteriori. La idea de soberanía surgió cuando ya los monarcas europeos habían monopolizado de manera irresistible el poder que antes se habían repartido los señores. El Estado nacional hunde las raíces de su inspiración en la Ilustración, pero sólo pudo teorizarse una vez que la Revolución francesa puso en práctica los ideales ilustrados. En Europa, pues, la realidad siempre se ha anticipado a la teoría. No ha sido ésta una tierra en la que la realidad haya sabido acomodarse a construcciones teóricas ya acabadas. Al contrario, Europa ha necesitado siempre una dogmática a la medida.

Por eso no me parece preocupante el desconcierto que tanto inquieta a los dogmáticos. La Europa que estamos construyendo -la que siempre está en trance de construcción- no puede limitarse en las categorías que conocemos.

La Europa de los próximos años no podemos entenderla ni definirla como un Estado, como una Federación o como una Confederación. Debemos aplicarle, como siempre, una categoría original. Y en tanto llega el feliz hallazgo no podemos cerrar los ojos ante lo que ya es una realidad consolidada y tangible. Quizás si reparamos en ella vayamos en la dirección propicia para encontrar lo que buscamos.

Algún día alcanzaremos un modelo original. Empeñarse en crear un Estado europeo a imagen de los viejos Estados nacionales sería la evidencia de un fracaso y la garantía del fin de Europa. Lo primero, porque se habría renunciado a la rebeldía europea frente a los modelos asentados. Lo segundo, porque el viejo modelo del Estado-nación exige unos sacrificios en términos de uniformidad y reducción de las diferencias que yugularían nuestra mayor riqueza: la pluralidad irreductible. Éste parece ser el gran reto: domeñar la pluralidad, sujetarla y rendirla, sin convertirla en su contrario. Hacer, si se quiere, de la esquizofrenia una virtud. El objetivo puede antojarse monstruoso, pero una de las más brillantes construcciones doctrinales europeas, el Estado del que todavía vivimos, tomó en sus orígenes, precisamente, el nombre de una abominable criatura bíblica: Leviatán.







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