Altar Mayor - Nº 84 (47)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 12:08:11
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

EUROPA EN LOS SELLOS
Por Joaquín M. Pavón

«Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia Universal; desde Santiago te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte, sé tú misma»

Juan Pablo II

Nuestra colaboración para el número extraordinario de Altar Mayor sobre el tema Europa, será, como es habitual, en clave filatélica y, a modo de preámbulo queremos recordar algunas reflexiones relacionadas con el tema que nos ocupa, en razón de los acontecimientos que estamos viviendo en estos momentos.

En el diario ABC de 13 de agosto pasado ya nos dice el profesor Luis Suárez, en su artículo «Memoria de las cinco naciones de Europa», lo que era ésta a principio del siglo XV, que venía a estar formada por cinco naciones: Italia, Alemania, Francia, España e Inglaterra. Y las cinco habían permanecido como las grandes entidades, aunque no fuera imprescindible una estructura política unitaria. Era la Europa de aquellos tiempos. «Hemos de asumir la "europeidad" patrimonio plural de esas cinco naciones iniciales, no tanto como un derecho sino como una obligación».

Tengo ante la vista un libro de Antonio Almagro, titulado el El pueblo español y su destino, editado por la Delegación Nacional del Frente de Juventudes en 1952. De la «introducción» (pág. 22) resumimos: «Otra tesis que parece desprenderse claramente del panorama histórico, es que España se diferencia esencialmente del resto de Europa, salvo que se reconozca que sólo España encarna el concepto cultural de Europa. Somos el único pueblo occidental que permaneció en continuidad directa con sus primeros pobladores y con los ideales universales de la grande y excepcional cultura mediterránea. Es providencial la reunión de las ideas griegas, la organización romana y el sentido español del hombre, cerrando su evolución con el imperio católico romano del ibérico Teodosio. En efecto; cuando ocurre la definitiva riada invasora germánica y asiática -que allí donde domine acabará por trastocar los fundamentos mismos de aquella gran cultura mediterránea y las bases raciales y populares de los pueblos de Occidente-, mientras más allá de los Pirineos las reiteradas y cada vez más numerosas invasiones acaban por imponer plenamente el germanismo a sus poblaciones. Desde entonces un modo de ser y de enfrentarse con la existencia muy peculiar y distinto del ibérico, el modo de ser germánico, va a llenar el espacio europeo y va a tratar de abrir paso a lo largo de la Edad Media a su forma cultural. Con ello la auténtica herencia mediterránea, clásica en sus más puras esencias, conjuntada con el modo de ser hispánico, se conservaría solamente en la Península. Después, en el siglo VIII, la invasión musulmana reduce todavía más este último bastión de la gran cultura mediterránea y obliga a los españoles a dar frente al Sur, volviendo la espalda al resto de Europa durante cerca de ocho siglos, para, precisamente, protegerla y salvarla. Con ello, si bien se acabó de fundir el elemento visigodo en la mejor sangre celtíbera y si afirmamos aún más nuestro espíritu universal hacia las vertientes atlántica y africana, en cambio no nos dimos cuenta de que entre aquellos países transpirenaicos germanizados y nosotros, se iba estableciendo una diferenciación cada vez más desarrollada al brotar en aquellos un régimen social feudal, frente a la pasión de eternidad española y su sentido de dignidad de todo hombre y, por tanto, de hermandad entre todos los hombres y pueblos. Por ello, la llamada Edad Media europea debería entenderse, no como una intachable armonía, sino como resultado de este proceso interno, íntimo, de lucha del germanismo por abrirse paso. Así sucede que cuando termina la Reconquista, cree España dirigirse a una cristiandad unida bajo sus mismos ideales para una empresa ecuménica de propagación de la Fe, tropieza con el particularismo y el orgullo germánicos asomando más audazmente cada vez tras la superestructura artificial de romanismo y clasicismo con la que había cubierto sus bárbaras desnudeces culturales al iniciarse la Edad Media. Habían crecido durante esta Edad Media dos cristianismos distintos, o mejor dicho, una verdadera y una falsa cristiandad; la cristiandad ibérica, continuadora de la fórmula católica teodosiana, y la pseudocristiandad bárbara germánica, que poco a poco va construyendo su propia cultura sobre su específica manera de ser hasta aflorar con fuerza en el renacimiento pagano.

»Esta explicable e ingenua falta de visión de la realidad europea fue el error de España en los siglos XVI y XVII y una de las causas de su parcial y aparente fracaso, así como de los desdichados intentos de europeización durante los siglos XVIII y XIX».

Desde la Edad Media, desde el Concilio de Constanza a nuestros días han pasado varios siglos, ha llovido mucho. Pensadores españoles de la talla de Ortega y Gasset proclamaron con vigor y enjundia intelectuales, la necesidad acuciante de lograr una Europa integrada y en calidad de una unidad de destino.

Acaba de terminar, hace unos meses, la presidencia de España en la Unión Europea. ¡Quién nos iba a decir, hace cincuenta años, cuando éramos cadetes-alumnos de la Mejor Escuela de Mandos de Juventudes en Covaleda, que un español llegaría a ser presidente de los «estados unidos» de Europa, de aquella Europa que según se decía entonces terminaba en los Pirineos!

Una vez más tuvo que quedar Europa reducida a cenizas para que se reconociera cuán funestas eran las continuas rivalidades entre los estados europeos. Tan solo el derrumbamiento total de Europa y el desmoronamiento político y económico de los estados europeos, con sus estructuras nacionales anticuadas, crearon las condiciones necesarias para empezar de nuevo e impusieron una idea mucho más radical de configuración de Europa. Los diferentes movimientos en favor de una unión de Europa surgieron sobre todo del reconocimiento de tres datos.

En primer lugar, la conciencia de la propia debilidad. Europa había perdido la posición central, que había mantenido durante siglos en los acontecimientos mundiales, a consecuencia de sus enfrentamientos armados; había sido desplazada por las dos nuevas superpotencias, Estados Unidos de Norteamérica y la Unión Soviética. Ambas disponen de mayor poder militar, político y económico que una Europa dividida en numerosos estados.

En segundo lugar, debido a las dolorosas experiencias sufridas; la máxima de toda acción política era: «¡No más guerra!». Después de dos guerras mundiales, que habían comenzado como guerras civiles europeas y fratricidas, y que convirtieron a Europa en un verdadero campo de batalla e hicieron de ella la primera víctima, se hizo intolerable la idea de nuevos conflictos armados. Inmediatamente después de una de las luchas fratricidas más sangrientas de nuestra historia, los pueblos europeos decidieron establecer una unión más estrecha entre sí, por medio de tratados posteriores que fueron reforzando considerablemente la unión.

Por último, surgió el deseo y la necesidad de un mundo mejor, más libre y más justo, con una organización más perfecta de la convivencia entre los hombres y los Estados.

En un territorio que se extiende desde Escocia hasta Creta y desde Skagen hasta el Algarve, con sus diferentes estructuras y tradiciones, no resulta a menudo fácil definir objetivos comunes y medidas dirigidas a lograr los mismos efectos para todos. Sin embargo los problemas son similares y ya no se pueden resolver únicamente con la ayuda de los medios de que se dispone a nivel nacional. La Comunidad se ha propuesto como meta la realización de un mercado europeo sin fronteras y la creación de la «Europa de los ciudadanos».

Los padres fundadores de la Comunidad han devuelto a los pueblos todas las oportunidades de crear las condiciones de paz sólida y verdadera, favorecer los intercambios y el diálogo y ofrecer un espacio a las empresas colectivas o individuales. «Hacer Europa es hacer la paz», decía Jean Monnet profundamente marcado por el fracaso de las tentativas de seguridad colectiva realizadas entre las dos guerras sobre la base del precario equilibrio de las potencias. Pero esta Europa que va camino de unirse no es simplemente una conquista diplomática. Es sobre todo una experiencia de alcance universal que quiere introducir entre los Estados las mismas normas y comportamientos que los que permitieron a las sociedades primitivas transformarse en pacíficas y civilizadas. Esta Europa toma su impulso del proyecto visionario y generoso de los padres fundadores, que habían vivido la guerra en carne propia y aspiraban a crear las condiciones de una paz duradera entre los pueblos europeos. Los retos a los que tienen que enfrentarse nuestros países, en un mundo que sufre una transformación profunda y rápida, hacen que este impulso se renueve constantemente. Baste pensar en el aumento de la población mundial, que pasaría de 4.000 a 6.000 millones de almas en los próximos diez años, para apreciar la amplitud de los cambios a los que nuestras sociedades deberán adaptarse.

Y ahora vamos a nuestra específica tarea: Europa filatélica.

Hay muchos sellos de España relacionados con Europa, pero nos referiremos exclusivamente a las series particularmente dedicadas a Europa, que alcanzan la treintena. De estas emisiones hemos seleccionado la mitad. Previamente y como excepción, queremos recordar con unas líneas a Jean Monnet, a quien se ha dedicado un sello el día 1 de mayo de 1988 en el I Centenario de su nacimiento.
 

Jean Monnet

«Las propuestas de Schuman son, sencillamente, revolucionarias. Su principio fundamental es la delegación de soberanía en un sector limitado, pero decisivo. Un plan que no parta de este principio no puede aportar contribución útil alguna a la solución de los graves problemas que nos aquejan. La cooperación entre las naciones, por muy importante que sea, no resuelve nada. Lo que hay que buscar es la fusión de los intereses de los pueblos europeos, y no el mero mantenimiento de los equilibrios entre tales intereses».
 

1960, 19 septiembre. Europa

Rueda de 19 radios simbolizando los países integrantes de la CEPT. Conferencia Europea de Correos y Telecomunicaciones. Impresos en huecograbado.
 

1961, 18 septiembre. Europa

Paloma compuesta de otras 19, dibujo común aprobado por la Conferencia Europea de Correos y Telecomunicación.
 

1963, 16 septiembre. Europa

Una de las series denominadas Europa, para afirmar la idea de la unidad del Viejo Continente y, en este caso, el cuadro de un pintor español, Angulo, sirve para los dos sellos que se hace de 1 y 5 pesetas. El cuadro está en el Santuario della Madonna di Campligio, en Italia (Alpes Dolomíticos) y fue bendecido por S.S. Juan XXIII.
 

1966. 26 septiembre. Europa

«El rapto de Europa por Zeus»
 

1973. 30 abril. Europa

«El Rapto de Europa», fragmento de un mosaico romano existente en el Museo Arqueológico de Mérida, en la provincia de Badajoz.
 

1974. 29 abril. Europa

«La Dama Oferente», escultura ibérica del Cerro de los Santos en la provincia de Albacete y «La Dama en Baza», también escultura ibérica.
 

1978. 2 mayo. Europa

Vista del patio del Palacio de Carlos I en la Alhambra de Granada y fachada del edificio de la Lonja de Sevilla, sede del Archivo de Indias.
 

1979. 30 abril. Europa

Correo de gabinete y postillón, grabado del libro de Campomanes «itinerario real de Postas de dentro y fuera del reino». Y «Manuel de Ysasi», fundador de la Asociación Postal Internacional y precursor de la Unión Postal Universal (UPU).
 

1982. 3 mayo. Europa

Representa la Unidad de España. Fernando V de Aragón e Isabel I de Castilla, tomados de sellos de la época; en el centro los cuarteles que componen el Escudo Nacional. Y detalle del Monumento a Colón, en la Plaza del Descubrimiento de Madrid; a la derecha, mapa autógrafo de la isla La Española y firma del descubridor.
 

1978. 5 mayo. Adhesión de España al Consejo de Europa.
 

1983. 5 mayo. Europa.

Miguel de Cervantes Saavedra y alegoría de su obra «El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha». Y Leonardo Torres Quevedo y el trasbordador sobre el Niágara por él proyectado.
 

1987. 4 mayo. Europa

Edificio del Banco de Bilbao, del arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oza, situado en el Paseo de la Castellana de Madrid. Y perspectiva axonométrica seccionada del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, obra del arquitecto José Rafael Moneo.
 

1988. 5 mayo. Europa

Ferrocarril establecido en 1837 entre La Habana y Guines, para transportar azúcar a los puertos. Y Torre del Telégrafo óptico filipino instalado sobre la Puerta del Postigo del Real Palacio, en la plaza de Manila.







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