Altar Mayor - Nº 84 (44)
Fecha Viernes, 28 febrero a las 12:26:51
Tema Altar Mayor


REVISTA DE LA HERMANDAD DEL VALLE DE LOS CAÍDOS
Nº 84 – enero-febrero de 2003

ENTRE LA HISPANIDAD Y EL EUROPEISMO
Por
Jorge Lombardero

La idea de Hispanidad surge a partir de la doble catástrofe que supuso para España 1898; por un lado la pérdida de los últimos restos del Imperio que la priva del manto de gloria que había tejido durante siglos el sacrificio de muchas generaciones y por otro, la emergencia del nacionalismo catalán primero y del vasco después, alborozados por la quiebra histórica de Ultramar y embriagados por la onda romántica de las concepciones nacional-etnicistas de cuño germánico.

Ante esta situación un grupo de españoles no quisieron permanecer callados. Unos jóvenes airados asumieron la tarea de exaltación nacional capaz de sacar a la patria hispana de su achatamiento y asegurarle un futuro. Frente a una clase política que no afronta con dignidad el nuevo cuadro histórico, ejercieron una labor de estímulo desde la literatura. Rasgo característico de esta generación del 98 fue su conciencia trágica de España. Les dolía España e incluso les obsesionaba.

Pero en general predicaron para el país el mismo esquema nacional-etnicista puesto en práctica por el secesionismo periférico al que se pretendía combatir, dotándolo de similar envoltura de sentimentalismo, mística y retórica. Tal construcción se adentró en la consabida búsqueda hacia atrás de una plenitud etno-cultural perdida, que al fin se encontró en una cierta imagen de Castilla. Fue en definitiva, una actitud introspectiva y reaccionaria en el sentido más estricto del término, desconectada de toda referencia exterior y virulentamente hostil a las tinieblas extranjeristas.

A partir de ahí no es de extrañar que para gran parte de la generación del 98, el problema de la nación española dejase de ser político, para aparecer como «metafísico» y, en definitiva, religioso.

En este ambiente publica Ramiro de Maeztu su obra Defensa de la Hispanidad (1934). En ella se da la siguiente definición de hispanidad: «hispánicos son, pues, todos los pueblos que deben la civilización o el ser a los pueblos hispánicos de la península. Hispanidad es el concepto que a todos los abarca»1, y aclara que «la palabra se debe a un sacerdote español y patriota que en la Argentina reside, D. Zacarías de Vizcarra. Si el concepto de Cristiandad comprende y a la vez caracteriza a todos los pueblos cristianos ¿por qué no ha de acuñarse otra palabra, que, comprenda también y caracterice a la totalidad de los pueblos hispánicos?2.

Aunque existe un general acuerdo en responsabilizar a Maeztu de la popularización de este término, no lo hay en cambio sobre los orígenes de la idea de hispanidad.

Para Ricardo Pérez Montfort sus antecedentes estarían en Menéndez Pelayo: «combinando las ideas imperiales de Carlos V como antecedente lejano, con la integración de los fundamentos de una cultura madre elaborados por Marcelino Menéndez Pelayo, el hispanismo se basa en un principio que plantea la existencia de una "gran familia" o "comunidad" o "raza" transatlántica que distingue a todos los pueblos que pertenecieron a la Corona española. Esta identidad hispánica descansa en la convicción de que los españoles desarrollaron en su proceso de formación como imperio, una serie de formas de vida y de cultura propias que los diferencian claramente de otros pueblos»3, señalando además que «a raíz de la pérdida de Cuba, Puerto Rico, las Filipinas y Guam en 1898, queda claro que España ya no tiene posibilidad económica ni militar, de mantener territorios coloniales en América. Este año, conocido como el "año del desastre" marca el fin de la presencia española de este tipo en el nuevo continente. Así, los hispanistas crean el concepto de imperio espiritual, que pretende mantener unido en lo intemporal aquello que se perdió en lo temporal»4.

En la misma línea se manifiesta Eduardo Subirats cuando afirma que si «Menéndez Pelayo formula el concepto, Maeztu la ocasión, así como su eficacia publicística»5. Y también coincide con Pérez Montfort al sostener «que la idea de la Hispanidad surge positivamente como compensación en el maravilloso reino de los cielos y de los sueños de todo lo que se había perdido en el reino terrible de las colonias»6.

Sin embargo, José Luis Abellán cree que el antecedente está en Unamuno cuando escribe que «en 1909 emplea ya el término "hispanidad" para referirse a la comunidad de los pueblos que hablan español y a sus rasgos distintivos: "aquellas cualidades espirituales, aquella fisionomía moral, mental, ética, estética, religiosa"»7. Ahora bien, si de una simple cuestión de fechas se tratase, debemos decir por nuestra parte que esta expresión ya había sido utiliza por Monseñor Martínez Vigil, siendo obispo de Oviedo, al inaugurar en 1901 la basílica de Covadonga a la que tituló hogar de la Hispanidad.

Pero puestos a remontarse en el tiempo quien se lleva la palma es Ernesto Giménez Caballero para el que hispanidad es: «una palabra sacra y milenaria, de origen ibérico (Hispal o Hispan), la primordial Sevilla (desde donde se partió para América recién descubierta). Hispal o Hispan, vocablo que garantizaría a Portugal y Brasil su iberismo y el resto del vocablo pura "latinidad": el sufijo "latem". Por consiguiente, sin necesidad de recurrir a la América "ibérica" ni a la "latina", esta última inventada por los celtizados franceses. La palabra Hispanidad es, por tanto, milenaria y sagrada. La emplea ya en el siglo I antes de Cristo -Hispanitatem- el Cónsul Polión aplicada al español Quintiliano. Y restaurada por los humanistas del renacimiento como Filelfo y hasta el místico español Alejo de Venegas. El designar "Hispanidad" como constelación espiritual superadora de la "Región" y de la "Nación", a base de lengua y literatura fue afirmado en 1909 por Unamuno, seguido por el P. Zacarías de Vizcarra en 1926; defendido por Ramiro de Maeztu en 1934. Y consolidado por los Institutos de Cultura Hispánica en todo el mundo»8.

En cuanto a su contenido, según Maeztu el «ser» de la Hispanidad no es una Raza, ni tampoco una identidad jurídico-política; sino que el espíritu de la Hispanidad es el catolicismo tradicional en acción permanente. Se le da así una interpretación esencialista, metahistórica y providencial, inseparable de la defensa de la fe católica, que en el orden político sólo podía desembocar en la aparición espontánea de una federación o confederación de los pueblos hispanos, que debe reconocer alguna norma o algún poder moderador y aquí es donde encaja la monarquía: una Monarquía Católica, basada en un catolicismo integrista y en un corporativismo socio-económico.

Esta solución es presentada como la única válida, pues al decir de Maeztu: «para los españoles no hay otro camino que el de la antigua Monarquía Católica, instituida por servicio de Dios y del prójimo. No podría fijar el de los pueblos de América, porque son muchos y diversos. Cada uno de ellos está condicionado por sus realidades geográficas y raciales. A mí no me gusta la palabra Imperio. No tengo el menor interés en que empleados de Madrid vuelvan a cobrar tributos en América. Lo que digo es que los pueblos criollos están empeñados en una lucha de vida o muerte con el bolchevismo de una parte, y con el imperialismo extranjero de la otra, y que si han de salir victoriosos han de volver por los principios comunes de la Hispanidad, para vivir bajo las autoridades que tengan conciencia de haber recibido de Dios sus poderes, sin lo cual serán tiránicos y de que esos poderes han de emplearse en organizar la sociedad de un modo corporativo de tal suerte que las leyes y la economía se sometan al mismo principio espiritual que su propia autoridad, a fin de que todos los órganos y corporaciones del Estado reanuden la obra católica de la España tradicional, la depuren de sus imperfecciones y la continúen hasta el fin de los tiempos. Ello ha de hacerlo nacionalizándose aún más de lo que están. Los argentinos han de ser más argentinos; los chilenos más chilenos; los cubanos más cubanos. Y no lo conseguirán si no son al mismo tiempo más hispánicos, porque la Argentina, Chile y Cuba son sus tierras, pero la Hispanidad es su común espíritu, al mismo tiempo que la condición de su éxito en el mundo»9.

Ahora bien, la misión salvadora de la hispanidad sólo podrá llevarse a cabo por nuevos cruzados. Esta es la aportación básica de García Morente, expuesta en su conferencia de Buenos Aires en 1938, titulada La Idea de la Hispanidad, al delimitar la esencia del caballero cristiano, que luego propondría como modelo a los cadetes de la Escuela Naval Militar de San Fernando en las charlas que les impartió en 1941.

Raúl Morodo explica las consecuencias de esta visión de la hispanidad de la siguiente manera: «el imperio español, su conquista, su colonización, su desintegración, sirve para establecer toda una ideología que no sólo va a querer explicar el pasado, sino también proféticamente elaborar el camino del futuro, tanto de España como de América Latina. La revisión histórica implicaría, así, un rechazo de la modernidad y por otros caminos, el intento utópico de volver a la tradición de los siglos XVI y XVII. En gran medida, América es un pretexto: apoyatura ideológica para huir de la racionalidad europea de los siglos posteriores. La especificidad hispánica no obstaculizará, sin embargo, la compatibilización con otras ideologías foráneas, que relanzarán mitos transoceánicos o mediterráneos: lusitanidad o latinidad. El mito hispánico, con esta connotación reaccionaria, transformado en arma político-ideológica, surge al mismo tiempo en España y en América en las décadas de los veinte/treinta»10.

Efectivamente, en esta época nos encontramos en América con tres concepciones diferentes del mundo hispanoamericano. Por un lado la izquierda lanza la ideología indigenista, por otro está el panamericanismo como una especie de neocolonialismo norteamericano y frente a ellas el tradicionalismo conservador, con su defensa del catolicismo apoyándose para ello en la monarquía y en el caballero cristiano.

En España la derecha católica irá elaborando gradualmente el hispanismo conservador que intentará llevar a la práctica con la institucionalización del ideal hispánico, tras la victoria del bando franquista en la guerra civil, en organismos como el Consejo de la Hispanidad o el Instituto de Cultura Hispánica.

Así, en la ley de creación del Consejo de la Hispanidad de 2 de noviembre de 1940, se decía que: «la desunión de espíritu de los pueblos hispánicos hace que el mundo por ellos constituido viva sin un ideal de valor y transcendencia universales. Y, sin embargo, la Hispanidad, como concepto político que ha de germinar en frutos indudables e imperecederos, posee y detenta esa idea absoluta y salvadora. El espíritu de la Hispanidad, que no es el de una tierra sola, ni el de una raza determinada, radica en la identidad entre su ser y su fin, en la conciencia plena de su unidad; condición de vida inexcusable, ya que para vivir los pueblos han de unirse siempre, no en libertad, sino en la comunidad.

»Impulsar este ideal, encauzarle, vigilarle, prestarle su máximo reflejo como política natural del Nuevo Estado, es la tarea que hoy se inicia con la creación del Consejo de la Hispanidad y la función que se le asigna, trasunto de aquellas otras gloriosas tareas del Consejo de Indias, padre de leyes justas, ordenador de pueblos, creador de cultura, que fue cabeza rectora de nuestra política más allá de los mares. A él incumbirá conseguir que España, por su ideal ecuménico, sea para los pueblos hispánicos la representación fiel de esta Europa cabeza del mundo»11.

Pero como explica José Luis Rubio: «el Consejo de la Hispanidad nacía muerto. No reflejaba siquiera el pensamiento mayoritario de los hombres del régimen con vocación americana. No era un proyecto de proyección hispánica, sino de un proyecto de proyección europea -de la Europa de entonces- a través de España. Por eso no ilusionó ni a los de aquí ni a los fervorosos de la Hispanidad de América. Y aparecía con un talante de predominio español evidente, no de unidad igualitaria»12.

Aunque para otros, como Gastón Baquero, su fracaso no era atribuible en absoluto a los planteamientos del Consejo sino a la propaganda y a las falacias antiespañolas; argumentando que «el Consejo, en realidad, no pudo cuajar en una acción como la que se proponía, porque la respuesta en América, por lo general, fue de inercia o indiferencia cuando no de ataque o de suspicacia. Era lógico hasta cierto punto que las heridas abiertas por la guerra, y que tantos se empeñan en mantener sangrantes allende los mares, impidiesen abrir los ojos a unos pueblos que iban a ser precisamente los más beneficiados con la afirmación de la Hispanidad. Porque -y es muy oportuno subrayarlo ahora que comienzan a ver claro por fin los más renuentes y los más aprensivos- la Hispanidad no es sino sólo en parte muy reducida un interés de España: la Hispanidad representa para la América Hispana y para Filipinas el disponer de forma dinámica, práctica, actual, de una reserva de ideas y de principios, y por ende de normas, que puedan contrarrestar y aun vencer el avance de ideologías extrañas al espíritu americano. En un mundo de grandes bloques armados con terrorífico poder destructivo, el Continente hispanoamericano como las Filipinas, necesita contar urgentemente con aquellas armas, las del espíritu, las de la religión, las de la lengua, las de la tradición de unidad y de destino común, porque de lo contrario tendrá que rendir inexorablemente su libertad en manos de uno de los bloques nuclearizados»13.

El aislamiento internacional que sufre España tras la victoria aliada en 1945, lleva un replanteamiento de la política iberoamericana con el fin de romper este cerco. Se transformará para ello el Consejo en Instituto de Cultura Hispánica, siendo sus pretensiones mantener los vínculos espirituales entre todos los pueblos que componen la comunidad cultural de la hispanidad.

En opinión de Rubio, «la vida del Instituto de Cultura Hispánica se debatió, a lo largo de toda su trayectoria, entre una sincera lucha por avanzar en la concreción de la Comunidad Iberoamericana, y una utilización, a veces servil como aparato de propaganda, de lavado de imagen, del régimen de la Dictadura. El Instituto representó una ventana internacional a través de la que se mostraba al exterior la cara más amable del país, ocultando las más negativas, pero también muchos y tenaces esfuerzos, emprendidos con autenticidad, en pro de la colaboración e implantación de un ideal de comunidad»14.

A partir de 1953, con la firma de los convenios hispano-norteamericanos, la política exterior española entra de lleno en el juego de los bloques y va abandonando progresivamente el proyecto neutral iberoamericano. Muchos hispanoamericanos «llegaban a España en aquellos años del 44, del 45, del 46, del 47, con fe exaltada, con los ojos abiertos para llenarse de Hispanidad. Pero regresaban con una íntima decepción en sus ojos. Porque encontraron que con demasiada frecuencia, cuando hablamos de Hispanidad, hablamos de votos en la ONU; que no defendíamos la Hispanidad, sino nuestras cosas españolas»15.

Todo esto llevó a que la idea de hispanidad fuera contestada desde América. Así, Hernández Arregui escribe, que en el concepto de hispanidad «se entreveran como sombras chinescas de las ideologías del presente, fantasías religiosas e imperiales con hedor de sepulcro. En esta última cuestión cabe decir que el fracaso de la idea sustentada por autores españoles y americanos sobre el anudamiento económico y cultural de América y España, a fin de resucitar la antigua conexión histórica, no ha ido más allá de una infusión de nostalgia monacal y utopismo reaccionario que aún desvaría con la restauración del Imperio Católico Hispánico. España nada puede aportar, por su condición de potencia secundaria -y ya lo era con relación a la América Española en los preámbulos de la emancipación-, a la liberación de Latinoamérica. Tal liberación no es una cuestión de espíritu sino de máxima concentración económica y militar en una zona del planeta a la cual España no pertenece. La misma apatía de España es la prueba de su impotencia nacional para dar forma a ese ideal, pues también las naciones se proponen sólo aquellos fines que pueden alcanzar. Y la política real impone límites a los sueños»16.

Carlos Alberto Montaner sostiene que «la palabra Hispanidad está inevitablemente rodeada de una atmósfera reverencial. Se dice Hispanidad y se piensa en Maeztu, en Menéndez Pelayo, en Donoso Cortés, en Balmes y en embajadores elocuentes. Hispanidad es desdichadamente un término conservador que huele a imperio rancio y a los textos de las derechas españolas»17. Por lo que su primera propuesta será rescatar «la Hispanidad del análisis sectario del pensamiento tradicionalista y conservador»18, seguida de la definición de la hispanidad como un idioma común, pues para él «las Filipinas no forman parte de la Hispanidad. No creo que un español o un argentino se sientan tan próximos a un filipino como, digamos, a un venezolano. Ni tampoco es Hispanidad Marruecos, el Sahara español o la remota Camboya, la Camboja de Góngora a la que también doblegaron los españoles. La Hispanidad es un negocio que sólo concierne a España y las partes de América en que triunfó su aventura imperial»19, dejando claro que «España con ser Madre y Padre de la Hispanidad, es sólo una pequeña porción del universo de habla hispana»20.

Por otra parte el argentino Alberto Buela, se quejaba en su artículo La Hispanidad vista desde América, de que hasta ahora todos los ensayos sobre la hispanidad hayan planteado el tema desde España, aclarando que no debe verse en su crítica «una actitud de menoscabo hacia lo hispánico que sería tanto como ir contra uno mismo, sino que nuestra meditación surge como una necesidad de afirmación de la americanidad en la hispanidad»21.

Buela realiza tres objeciones a la concepción tradicional de la hispanidad. La primera, es que la convertibilidad entre catolicidad e hispanidad «no es la adecuada, al menos para definir la Hispanidad, puesto que la catolicidad no constituye diferencia específica de lo hispano, ni es exclusivo rasgo de lo español»22. La segunda discrepancia radica en que aun cuando América tenía el estatus de reino y no de colonia, en la práctica hizo las veces de proveedora de oro, especias y materias primas, de modo tal que «de facto nada tiene que ver con el régimen de la monarquía española, pues, jamás participó de un proyecto político unitario»23. Además, la independencia se realizó bajo sistemas republicanos de forma que «si pretendiéramos definir la hispanidad apelando al régimen de la monarquía española, este no nos involucra a los americanos»24. Y la tercera y última, se basa en la falta de rigor que supone la generalización fundada en la teoría de los arquetipos humanos: «sostener que la esencia de la hispanidad se simboliza en el caballero cristiano, es mutatis mutandis como sostener que la esencia del inglés es el gentleman, la del francés l'honnete homme, la del italiano il condottieri, la del argentino el gaucho o la del chileno el huaso»25.

Alberto Buela llega finalmente a la conclusión de que de la hispanidad, vista desde España y Portugal, no queda nada. Por lo que «nosotros genuinamente americanos, tenemos mucho que decir y que hacer en el rescate de esa Hispanidad»26 que «se sitúa en el éxtasis temporal del futuro»27, y que, en definitiva, tiene el sentido «de una afirmación de nuestra identidad cultural, de saber que somos una cultura de alternativa a la homogeneización del mundo, propuesta por los centros mundiales de poder»28.

Paradójicamente este intento de rehabilitación de la idea de hispanidad presentada como anticolonialista, antiimperialista, laica, republicana y democrática vendría a coincidir con el sentido revolucionario presente en el origen del término «Latinoamérica» en 1856, tan combatido luego por los defensores de la hispanidad que lo presentaron como extranjerizante. A pesar de que su creador, el chileno Francisco Bilbao, consciente de que la difusión inicial de esta expresión era alentada por Francia para aumentar su prestigio en el continente americano, deja de usar este nombre «de la manera más coherente, porque ve que se está utilizando para legitimar el colonialismo francés»29.

Aunque para nosotros la postura francesa tenía su justificación en una América en la que se manifestaba la dicotomía entre anglosajones y latinos. Frente a los Estados Unidos anglosajones y protestantes, las naciones hispánicas pertenecían al bloque latino-católico del sur de Europa. Franceses y españoles habían sido desplazados durante el siglo XVIII, por parte de los anglosajones. Ante este panorama correspondía a Francia el papel de levantar el mundo latino y situarlo al nivel de otras naciones. Por todo ello, fue Chevalier el principal apologista de la expedición de Napoleón III a México. La consideraba vital para los intereses de Francia, y determinante para el incremento del poder de las naciones latinas.

Era necesario crear una fuerte barrera en el Río Grande, para impedir la expansión anglosajona hacia el sur. Y sólo Francia podía salvar a Hispanoamérica para la latinidad, estableciendo en México, con su apoyo, un gobierno estable para terminar con la proverbial anarquía mexicana que facilitaba la conquista de aquella nación por los norteamericanos. Por lo tanto, la tesis de Chevalier consistía en la adopción de una política exterior panlatina capitaneada por Francia, en oposición a los bloques, pangermanos y paneslavos, ya constituidos y que patrocinaban Inglaterra y Rusia. La alianza panlatina estaría integrada por Francia, Bélgica, España y Portugal, que mantendrían una unidad en su tradición cultural basada en el común origen lingüístico.

Estas propuestas francesas nos parecen en todo caso más realistas, que las de una España que ya desde Fernando VII o, mejor dicho, los hombres que le rodeaban al volver a ocupar el trono, no se dieron cuenta exacta del problema que se hallaba planteado en la América española y que imaginaron, cegados por la pasión política, que la sublevación de las provincias ultramarinas, era una consecuencia de los desaciertos cometidos durante el período constitucional, y de las ideas que habían imperado en las esferas de gobierno. Quizás partiendo de ese error, juzgaron posible poner término a la rebeldía, bien ésta desapareciese al influjo del nombre del rey deseado o bien porque fuese desechada por la fuerza de las armas.

Es por ello, que como escribe Raymond Carr: «La España oficial se negó durante muchos años a reconocer que había perdido América. Acariciaba ilusiones de una reconquista militar del Perú, o del retorno "espontáneo" de un continente agotado por la anarquía de la independencia. De ahí su negativa a reconocer a las nuevas naciones: la presión a favor de la reconciliación procedía de un deseo de volver a abrir al comercio (que había cesado a contar desde 1824) y de conservar las únicas posesiones españolas que quedaban del Imperio, Cuba y Puerto Rico»30.

Así que cuando se pierden estas últimas, no es de extrañar que, siguiendo la costumbre de negar la realidad, en lugar de producirse reacciones políticas aparecen respuesta literarias (generación del 98) y en vez de una resuelta política exterior que aglutinase a las naciones de la América española, surge la propuesta de la hispanidad como imperio espiritual, cuyos contenidos eran incompatibles con los principios que propiciaron el levantamiento de los hispanoamericanos.

Mientras que España padecía el absolutismo monárquico, las naciones iberoamericanas acceden a la Independencia bajo el influjo de las ideas racionalistas del siglo XVIII, y el impacto de la revolución francesa y norteamericana. Pero después de la guerra la mayoría de los países continúa con un orden semifeudal basado en la gran propiedad agrícola, que daría lugar a una estructura social en la que el caudillo local, como señor campesino, aparecía supeditado al del pueblo o comarca y éste al del estado o provincia, que a su vez debía lealtad a un jefe nacional.

Estos caudillos, que encabezaron los movimientos de emancipación, no constituían una nueva fuerza social sino la continuación de las antiguas. Con la Independencia se salió del sistema absolutista pero no se entró en el democrático, debido en gran parte a la militarización provocada en los sectores rurales por la guerra, que sacó de ellos reclutas y recursos, y que supuso la imposición de un orden cada vez más severo, para seguir obteniéndolos a medida que la lucha se prolongaba. Luego el papel del ejército fue fundamental para la construcción de los nuevos estados nacionales, ya que al ser los caudillos líderes militares y al crearse como dice Brice Echenique «naciones sin nacionalistas», las fuerzas armadas se convierten en el único elemento vertebrador del Estado. Éstas asumen una presencia importante en la política interna de las naciones dando lugar a la tradición golpista iberoamericana, y a las situaciones de democracia vigilada por el ejército. Estamos hablando, por tanto, de Estados definidos en gran medida desde los intereses de la capa militar.

Con el tiempo nacen nuevas fuerzas sociales, se amplía la clase media, aparece la clase obrera y se recibe una fuerte inmigración europea; asociadas a estos cambios se crean organizaciones políticas, que van superando paulatinamente el esquemas y las ideologías de los partidos tradicionales, es decir, el liberal y el conservador. Se fundan grupos llamados radicales o revolucionarios, seguidos por otros de orientación más o menos socialista, siendo en este contexto cuando surgen los movimientos populistas.

El populismo designa en Iberoamérica a ciertos partidos de masas aparecidos en el siglo XX («getulismo» o «queremismo» en Brasil, peronismo en Argentina, aprismo en Perú), que tienen como común denominador que la canalización de las aspiraciones políticas de éstas se realiza a través de un líder carismático (frecuentemente militar), con lo que entronca con el caudillismo clásico y con el fascismo europeo.

Entre sus características destacan: la búsqueda de la justicia social, la extensión del derecho laboral, nacionalismo con momentos antiimperialistas; pero también orden, disciplina, exaltación del jefe, intolerancia ideológica, sentimiento de superioridad nacional, desprecio hacia Europa y anticomunismo. Como vemos el populismo comparte propuestas propias de los movimientos de liberación nacional con otras típicamente fascista; correspondiendo a lo que el sociólogo Gino Germani llamara en la época del desarrollismo «el tradicionalismo ideológico». Es decir, una minoría (posiblemente militar, de ahí su designación muchas veces como «nasserista»), produce cambios estructurales en el nivel económico (nacionalizaciones, distribución de la tierra), pero que no se traducen con igual intensidad y significado ni en el campo político, donde se procede con particular cautela en materia de participación, ni en la mentalidad o ideología que puede ser incluso derechista. Los populismos suelen ser soluciones transitorias como también lo fueron los fascismos europeos; por lo que aquellos que aspiraban a perdurar tuvieron que ir definiendo políticas prácticas concretas y es aquí donde se apreciarán las diferencias entre unos movimientos y otros, muy marcadas por las diversas circunstancias de cada país.

En Brasil y Argentina los grupos populistas acceden al poder con un fuerte respaldo electoral, pero además contando con la aprobación de los militares (o por lo menos de la oficialidad, caso del tenentismo brasileño), de la Iglesia (factor importante, pues no debemos olvidar que a diferencia del liberalismo anticlerical español en las nuevas naciones americanas se desarrolló un republicanismo confesional, siendo la Iglesia la única institución que sobrevivió al turbulento reinado de los caudillos) y de las masas obreras (sindicalismo argentino).

Pero conforme van tomando determinadas medidas de reforma social, tanto el getulismo como el peronismo acabarán enfrentándose al Ejército y a la Iglesia (tema del divorcio en Argentina) por lo que apelarán a las movilizaciones populares (queremos Getulio grito de las masas brasileñas, descamisados de Eva Perón) para mantenerse en el poder, aunque ambos terminarán perdiéndolo por intervenciones militares.

Un caso singular sería el del aprismo peruano por su componente más antiimperialista, socialista, indigenista y americanista que la del resto de los movimientos populistas, y también porque mantuvo un pulso con el ejército desde sus orígenes, ya que éste nunca permitió que el líder de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), Haya de la Torre, se hiciera con el poder pese a haber ganado las elecciones31.

La propuesta transnacional que representó el aprismo, también fue defendida por el getulismo y el peronismo en un intento final por hacer una política exterior autónoma de los Estados Unidos, llegando a establecer lazos entre ambos movimientos y a teorizar sobre la Gran Patria que abarcaría todo el cono sur americano. Pero la tradición populista de recurrir a la exaltación nacional ante la presencia de problemas políticos internos o exteriores pesó más que los tímidos pasos dados en el camino de la cooperación transnacional, lo que a la postre les llevó a todos a perder el poder ante los intereses de quien sí era el enemigo común: los Estados Unidos de Norteamérica (USA).

Enfrentamiento ya señalado por Bolívar cuando afirmó que los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia para plagar la América de miserias a nombre de la libertad. Este convencimiento llevó a Bolívar a propugnar un proyecto de unidad de todas las naciones hispanoamericanas en el Congreso de Panamá en 1826. Esta propuesta hace preguntarse por qué no se llevó a cabo ese proceso paralelamente al de Independencia. Para José Luis Bustamante, «mueve, sin duda, a reflexión y a conjeturas la actitud política de Bolívar, inspirador indiscutido del Congreso de Panamá, al promover entre los pueblos recién emancipados un movimiento confederativo o aglutinante casi a renglón seguido de haber establecido él mismo la individual existencia separada y autónoma de cada uno de aquéllos. ¿Quiere con ello el Libertador rectificar su propio rumbo? ¿Vio, acaso, en su genial clarividencia, que esos pequeños Estados, débiles y dispersos, iban a carecer de recursos bastantes para consolidar su persistencia o a verse expuestos a la acechanza de externas ambiciones? ¿O es que en la mente del grande hombre el proceso de unidad final debía realizarse por etapas y era, por eso, ineludible la etapa previa de creación de unidades múltiples ante la necesidad militar de ir consolidando palmo a palmo, zona por zona, colonia tras colonia, el triunfo de los alzamientos liberatorios? Hondo problema entrañan estas interrogaciones; mas, sea como fuere, es lo cierto que desde entonces flotó sobre la tierra americana el atisbo profético de una unidad solidaria en el arcano porvenir»32.

Y continúa flotando, aunque el presidente venezolano, Hugo Chavez trate de bajarla a tierra. En la cumbre Unión Europea-Latinoamérica, celebrada en Río de Janeiro en junio de 1999, Chavez propuso la creación de una gran Confederación Latinoamericana. Más allá de lo económico planteó una integración geopolítica. Una confederación de estados bolivarianos (Colombia, Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela) primero, y luego avanzar a una integración con el Mercosur (Paraguay, Uruguay, Brasil y Argentina), de bloque a bloque33.

A partir de estas experiencias americanas podemos extraer lecciones para la España de hoy, pues nos enfrentamos a un mismo enemigo: tanto el imperialismo USA como el emergente alemán. Lo que han querido vendernos como globalización económica no es más que neoimperialismo. Como explica James Petras, «algunos países capitalistas marchan muy bien mientras otros van muy mal. Y la razón por la cual no hay una "crisis global" es porque no hay una "economía global". Con esto quiero decir que el actual sistema capitalista se basa en las naciones estado, algunas de las cuales ejercen un profundo control sobre el resto de las economías del mundo»34.

Con el derrumbamiento del «mundo socialista» y el triunfo del «mundo libre», se ha instalado un nuevo escenario, el Nuevo Orden Mundial (NOM), que tiene como cabeza directiva a USA, como brazo armado a la OTAN, como mecanismo de legitimación a la ONU (en el caso de que Washington se digne consultarla) y en que el liberalismo aparece como «ideología del mundo» y como único sistema posible a escala planetaria.

Dentro de esta estructura del NOM no sólo operan relaciones de subordinación mecánica. Existen también acotamientos de zonas de influencia, regionalizaciones del dominio, que dan lugar a virreinatos. Y en todo momento, las relaciones de concurrencia siguen discurriendo de modo que los virreyes pueden verse forzados a convertirse en competidores. En realidad el carácter «monopolar» del NOM implantado tras la caída del muro de Berlín y el estallido del Este y la URSS, ha sido simplemente un deseo de USA. Apenas desaparecida la polarización entre USA y el llamado «mundo comunista», han irrumpido en el mismo seno de Occidente tendencias hacia nuevos polos de rivalidad, de entrada en el ámbito económico y en algunas fricciones políticas. El principal de esos polos es el liderado por una Alemania reunificada que aspira de nuevo a poner a Europa a su servicio, de cara a la concurrencia capitalista mundial35.

Para Rafael Argullol, «el hecho de que en al actualidad el "proyecto Europa" marche a la deriva debería obligarnos a recorrer la genealogía de dicho proyecto. Es completamente cierto que en los últimos decenios ha sido fruto del pacto de no agresión entre Francia y Alemania. De hecho Francia y Alemania han protagonizado los grandes intentos de fijar, a partir de sus respectivas hegemonías, un modelo de Europa unida: Napoleón en el siglo XIX y Hitler en el XX. Sin embargo, en sus distintos despliegues, el "proyecto Europa" es tan antiguo como la propia idea de occidente y, si prescindimos de la antigüedad romana se remonta ya a Carlomagno. En relación a esto no convendría olvidar que tras sus orígenes mediterráneos y "católicos" se produce una paulatina septentrionalización, bien evidente a partir del siglo XVI. Ello da lugar a herencias modernas basadas en apreciaciones históricas contrapuestas. Nietzsche, por ejemplo, defendía que el Renacimiento hubiera debido ser la matriz de la percepción europea posterior; Hegel, en cambio, consideraba que el Renacimiento era sólo un momento hacia la Reforma, a la que veía como el auténtico punto de inflexión hacia la Europa moderna. Aunque podamos estar de acuerdo con la concepción de Nietzsche, no hay duda que es la Europa nórdica de la Reforma la que ha asumido el centro de gravedad del "proyecto Europa", determinándolo en gran medida.

»El "proyecto Europa" más reciente basado, sobre todo, en una comunidad económica, se ha intentado materializar mediante el despliegue de sucesivos círculos concéntricos a partir de un núcleo representado por el eje Alemania-Francia. En este desarrollo se ha privilegiado claramente el criterio economicista y la inclusión de los países del ámbito mediterráneo -exceptuando Italia, incorporada inicialmente como efecto de la Segunda Guerra Mundial- únicamente se ha producido con posterioridad. El desmoronamiento del mundo comunista ha venido a entorpecer aquel despliegue poniendo en entredicho los términos supuestamente políticos y espirituales, pero en realidad abrumadoramente económicos, de la construcción europea. Si los países mediterráneos aparecen como un círculo de mayor pobreza que el núcleo pero todavía asumible, los países eslavos representan un círculo exterior ya inadmisible. El mundo eslavo surge metafóricamente, como una caótica "estepa intermedia" semi-barbarizada en la que se reproduce, de nuevo, el imaginario de las grandes invasiones orientales. Como consecuencia de estos factores, junto con otros estrictamente económicos, se ha producido la conmoción del actual "proyecto Europa". El núcleo mismo se ha visto afectado, especialmente en la medida en que la unidad alemana ha despertado recelos dormidos y ha planteado la posibilidad de expansionismos que parecían olvidados»36.

Recelos que ya habían sido planteados por Luis Racionero, antes de la unificación alemana. Racionero defiende la forma de vida del sur de Europa frente a los modelos nórdicos, pues «el problema de Europa consiste en que los pueblos germánicos han buscado mal sus raíces. Queremos ser europeos, dicen los alemanes y los ingleses; para ello, a partir del siglo XVIII deciden entroncarse con los griegos y devienen neoclásicos. Es el síndrome de nuevo rico: buscarse un pedigree. Pero los pueblos germanos no tienen nada que ver con los griegos; si una minoría conecta muy bien con la Grecia clásica -Goethe, los helenistas de Oxford, los eruditos alemanes-, la mayoría, el pueblo inglés o alemán no conecta en absoluto. Las dos guerras mundiales del siglo XX evidencian el fracaso de la operación helenizadora de los pueblos germanos. Hitler arrastra a su pueblo agitando el subconsciente colectivo de los mitos germánicos: la epopeya de los nibelungos, el drama musical wagneriano, que es para ellos más auténtico que el museo de arqueología de Berlín. Lo mismo sucede en Inglaterra: los mármoles de lord Elgin son tan foráneos y remotos como las esculturas egipcias: piezas de museo. ¿En qué pueden hallar sus señas de identidad esos pueblos? Esa es la gran cuestión no resuelta de la Europa del norte. Lo que yo mantengo es que deben plantearla claramente, cosa que no han hecho; que su ensayo de resolverla reclamándose herederos de los griegos no funciona y que su intento de conseguir entroncarse con la fuente griega ha sido un fracaso que ha culminado en las guerras civiles europeas, llamadas mundiales para repartir responsabilidades. Creo que Inglaterra tiene sus raíces en la tradición celta -tan respetable como la griega-, y es ahí donde deben buscarlas. No está tan claro dónde las tiene Alemania después del resultado del nibelunguismo de Hitler. Pero, desde luego, ni en uno ni en otro caso pueden buscarlas en Grecia o Roma los pueblos que las destruyeron. Este es el drama de Thomas Mann, de Maurice Bowra, de la inmensa minoría alemana e inglesa que sí puede, por afinidad de espíritu, reclamarse heredera de Grecia, pero que no logra difundir ese espíritu en la mayoría de su pueblo. Y esto, aunque nos duela a todos, es preciso reconocerlo para comenzar a paliarlo»37.

Más duro aún con Alemania se muestra el italiano Alberto Savinio para quien «la guerra que, desde hace veinte siglos, libran los europeos contra el germanismo, no es otra cosa que la fatiga constante que los europeos se ven forzados a soportar para volver a encender la luz que los alemanes tratan constantemente de apagar. ¿Es infinita la lucha de Indra contra Arimán? Arimán no muere, no hace más que cambiar de nombre, y ya se llama Atila, ya Alarico, ya Barbarroja, ya Guillermo II, ya Hitler. Y siempre es de raza alemana. ¿Es ésta, quizá, la razón de que los alemanes muestren tal tendencia al arrianismo? Permítaseme aquí un juego de palabras: al arimanismo. Después de veinte siglos de fatigas mortales, los europeos debieran tener derecho a sentirse cansados y decididos a acabar de una vez para siempre con estos incorregibles apagadores de la luz.

»Pero los hombres no solamente son mortales, son también desmemoriados, y no recuerdan de hijos lo que pensaron de padres. En Italia sobre todo, el "mito alemán", el "terrible" mito alemán, es completamente ignorado. Y es que son muchas, demasiadas, las cosas que ignoran los italianos. El mal más grave que sufre Italia, la causa principal de sus desgracias, es la ignorancia. Se entiende que aquí hablo de los europeos de hace veinte siglos, se entiende que aquí hablo de los romanos. Los romanos tienen cabida en el concepto de Europa. Mejor dicho: los romanos son los creadores, aunque inconscientes, de aquella unión intelectual de pueblos asociados por ideas cívicas y morales comunes que se expresa en el concepto de Europa»38. Aunque también «Alemania tiene una idea "europea": pero es de una Europa suya propia, de una Europa germanizada, de una Europa construida con materiales germánicos y animada por el espíritu germánico. Alemania no comprende una Europa "europea"»39. Esto mismo piensa el rumano Mihai Nadin cuando, al ser interrogado sobre lo que supuso para él su contacto con la cultura alemana, afirma: «Conocí una sociedad casi decadente en su opulencia y en la que es fácil perder la capacidad del pensar crítico. Depende de la explotación del resto del mundo y quieren pertenecer a la Unión Europea porque es la única forma de mantener su standard de vida; por eso la financian. Pero cuando van a Mallorca aspiran a convertirla en una isla alemana. Un buen extranjero, según ellos, es el que actúa y piensa como un alemán. El momento de la verdad llegará cuando se den cuenta de que los europeos son diferentes»40.

Los caminos que recorrieron los panzer de Hitler en pos del III Reich, son hoy desbrozados a golpe de talonario y diplomacia. La Unión Europea (UE) no es otra cosa que una eurolandia, un IV Reich liberal-capitalista bajo dirección teutona. Sus pasos vuelven a ser el afianzamiento central en una Mitteleurope (exBenelux y Austria) y luego la marcha hacia el Este, con una ampliación de este euroclub sólo con los países que están desde hace tiempo en la órbita del capitalismo germano y que son, de hecho, colonias suyas (Polonia, Hungría, República Checa, Eslovenia, Estonia). En cuanto a Francia se la ha mantenido maniatada a través de los fondos agrícolas y el sostenimiento de los desfallecimientos del franco, mientras se erosionaba paso a paso su fuerza industrial. Respecto al sur, los fondos de cohesión, básicamente aportados por Alemania, han servido hasta el momento para anestesiar la ruina de campos y fábricas.

Trama de este proyecto han sido las orientaciones trazadas desde Mastrique, que han significado la subordinación de los diversos estados europeos a cumbres socio-políticas alejadas de cualquier posibilidad de control democrático, la imposición de disciplinas monetarias promotoras del paro en masa, la fractura social y las desigualdades territoriales, el sometimiento de las economías nacionales -a través de la cadena de bancos centrales subordinados al Banco Central Europeo (BCE) trasunto del Bundesbank- y la libre y omnipotente circulación de los grandes capitales.

Por otro lado, el sueño de Hitler de una «Europa de las Etnias» pilotada desde Alemania, está hoy en vías de realización por medios por el momento diferentes a los del III Reich. El avance del IV Reich implica una rígida centralización mediante instituciones pretendidamente técnicas, neutrales y asépticas, como el BCE, guardianes políticos que arrebatan a los Estados nacionales la posibilidad de dirigir aspectos esenciales de su vida económica. Pero esta centralización por arriba se combina con fuertes impulsos hacia el descoyuntamiento de dichos Estados por abajo. La Eurolandia se abre paso entre un amplio proceso de desvertebraciones nacionales. Hemos asistido a la partición de Checoslovaquia, al sangriento estallido de Yugoslavia, a los intentos de federalización de Italia, de regionalización de Portugal y de desintegración de lo que queda de España

La ideología característica del imperialismo norteamericano es la de los «derechos del hombre», del individuo liberal. El imperialismo alemán se inserta hoy también en esa honda. Pero, a la vez, se encuentra cómodo bajo el estandarte del «derecho de los pueblos», como puso de manifiesto su pronto reconocimiento de Eslovenia y Croacia, punto de partida de la posterior carnicería de los balcanes. Ocurre sin embargo, que los acontecimientos han ido a veces más allá de lo que Alemania podía dominar y controlar, favoreciendo la recuperación de las posiciones USA en Europa (como en el caso balcánico).

Por eso debemos convocar desde una España combatiente que no se resigna a morir, a una resistencia patriótica tanto frente al imperialismo USA como frente al IV Reich eurogermano. Para ello no partimos de la defensa del individuo asilado -liberalismo- ni de la emancipación de clases sociales apátridas -marxismo- ni del «derecho a la diferencia» de las etnias o las razas -romanticismo germánico- sino de las tradiciones de cuño grecorromano, renacentista y de sectores de la Revolución Francesa que han erigido a las realidades políticas de conjunto en el centro de su quehacer. En concreto, la nación política es la única trinchera que posibilita la resistencia de los pueblos frente a las convulsiones de la nueva fase del imperialismo.

La globalización y la mundialización suponen la crisis de los Estados nacionales débiles y desquiciados como la España actual y, a la vez, imponen confluencias más amplias, bien para la promoción de bloques imperialistas, bien para alentar alternativas frente a esos bloques.

Europa debe ser, ante todo, la opción por la vía del pensamiento racional, que comporta la exigencia de mirar a la realidad cara a cara.







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